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Antes de que nos olvide

Chapter 2: 16 de marzo

Summary:

En ese entonces eran extraños. Doppio recuerda cómo Risotto se convirtió en su primer secreto, su primer acto de rebelión contra Él.

Notes:

¡Día 6 de la RisoDoppi week 2022! El prompt de hoy es "By the sea, by your side"

Como pueden ver, este capítulo es la continuación del que publiqué hace un año jeje

La versión en inglés está aquí en caso de que quieran compartirla con sus amigues que no hablan español. Esta fue revisada y corregida por Zee! Zee, es el mejor, y mi escritura en general no sería lo mismo sin tu guía! <3

¡Espero que les guste! (◕‿◕)

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Eras solo un nombre.

Risotto Nero. Un nombre que nada ni nadie, ni siquiera Él, podrá eliminar de mi memoria. Aún me pregunto por qué soy capaz de recordar cuándo nos conocimos. ¿Será porque de alguna forma Él puede usar estos recuerdos en nuestra contra ? ¿O será porque esta memoria es tan mía que está a salvo de él? No quiero esperar a averiguarlo. Siento que en algún momento los bordes de mis más preciosos recuerdos comenzarán a marchitarse.

Doppio, me dijo, mi hermoso Doppio. No me gusta tener información incompleta. Puedo confiarte esto, ¿verdad, mio carissimo?

Claro que sí podía. Yo no vivía por nada más que no fuera cumplir sus órdenes y obtener el placer de sus elogios. Era todo lo que tenía, pero entonces te tuve a ti.

Eras solo un rumor.

Un joven con un stand que había aparecido de la nada, y ejecutaba cualquier trabajo que se le diera con una eficiencia y rapidez impresionantes. El jefe no soportaba la idea de un asesino tan excepcional bajo las órdenes de alguien más. En cuanto tu nombre llegó a sus oídos, quiso saber todo de ti. De dónde venías, cuál era tu habilidad, si tenías colateral, si podría obtener tu lealtad o si, al contrario, debía hacerte desaparecer como si jamás hubieras existido.

Llegué a Nápoles a inicios de marzo. No fue demasiado difícil dar con tus contratistas. Sabía, por las recientes víctimas de misteriosas muertes, en dónde podía comenzar. Tus víctimas eran señores de las drogas del tráfico local, enemigos de otros traficantes más grandes que querían ganar territorio. Por medio de estas conexiones, averigué que eras siciliano y que no tenías nada a tu nombre; que habías comenzado como un simple matón que cobraba deudas y quebraba muñecas. Con esta información, supe que superabas el metro noventa de estatura, eras de contextura atlética, tenías entre veinte y veintecinco años; con cabello plateado a los hombros (te veías como un chico malo entonces) y que tus ojos, escleras tatuadas, iris carmesí, eran los de un depredador que paraliza a su víctima con solo una mirada. Esta estampa no tardó en ganarte una reputación entre los criminales del área, que te solicitaban como guardaespaldas. Tras esto, no pasó mucho tiempo para que te graduaras como asesino.

La imagen de ti que tenía en mi mente me puso nervioso. ¿Y si me topaba de frente contigo? Si eras este monstruo de dos metros, no tendría oportunidad de salir bien parado de ese encuentro. Pero confiaba en mi discresión para llevar a cabo mi trabajo. Y demasiado pronto me enteré de que tu próximo golpe sería cerca de la bahía.

El 3 de marzo al mediodía me acerqué al paseo del rompeolas lleno de turistas. Me acerqué a las piedras del muelle a ver los cangrejitos que traía la marea para sacar fotos de ellos, y así solo parecer otro viajero disfrutando del sol. Miré a todos lados. No vi a nadie que calzara con tu descripción. Esperé diez minutos, treinta, una hora, y estaba maldiciendo a mi informante cuando de pronto, una conmoción agitó a la multitud en la terraza de un café. Un hombre había caído de cara sobre su almuerzo, vomitando sangre por cada orificio del rostro. El plato frenó su caída por un breve instante, pero el peso de su cuerpo lo hizo desplomarse de lado, a los pies de la mesa. Estaba muerto.

Los comensales del café salieron despavoridos, dejando sus bebidas a medio terminar. Todos excepto uno. Eras tú bebiendo con calma una taza de café que en tus manos se veía como de juguete. Todos los items de mi lista se fueron tachando uno tras el otro. Eras quien buscaba: alto, joven, ojos fríos que no se olvidan…

Aproveché el desorden del gentío para acercarme a la escena y tomar un par de fotos del cadáver. ¿Qué era esta habilidad? ¿Cómo lo habías hecho estando a varios metros de su mesa? No tuve demasiado tiempo para analizarlo, pues de pronto te pusiste de pie tras dejar un billete bajo el plato y te marchaste sin mirar atrás.

¿Y bien?

No pude ver nada, Jefe.

…¿Qué esperas? No lo pierdas de vista.

Sí, Jefe.

Miré al muerto y luego te miré a ti alejándote. Había recibido una orden y la obedecí los días que estuve en Nápoles.

Eras mi misión.

Vivías en una habitación en el Cuartieri Spagnoli. Tuve la suerte de que la mujer que barría el portal de tu edificio fuera también tu casera. Las señoras mayores confían en mí de inmediato. Ella se creyó fácilmente que solo era un sujeto buscando un lugar para rentar. . No supo decirme mucho sobre ti, más que tenías unos pocos meses viviendo ahí solo, que trabajabas de noche, que no hablabas con nadie, pero que pagabas la renta de forma puntual. Mi nueva amiga, me habló de un cuarto que se alquilaba a una cuadra del tuyo. Pagué un mes de renta y monté guardia desde la ventana que daba, en una diagonal casi perfecta, con la tuya; tenía suerte de que mi balcón estuviese un piso más alto que el tuyo. Podía verte, pero tú a mí no.

Con el dedo sobre el disparador de la cámara, estaba listo para retratar cada detalle de tu rutina. Pero resulta que eras un hombre más normal de lo que esperaba, muy distinto al verdugo que había despertado el interés del Jefe. Aunque sin duda, había algo fascinante en observarte hacer las cosas más mundanas. Era como contemplar desde la maleza a un tigre bebiendo agua en el río.

Dormías casi todo el día; tus persianas permanecían cerradas la mayor parte del tiempo. En pocas ocasiones salías a la luz, frotándote los párpados, en camino a la tienda. Yo me apresuraba para poder pisarte los talones. De estas breves incursiones no recogía mucha información valiosa, más que regresabas a casa con una bolsa que, como confirmé después, no solía contener más que comida congelada y una lata de café instántaneo. Jamás hacías ningún desvío, ni te detenías por nada o nadie. Si acaso te vi unas cuantas veces agacharte para acariciar al gato que dormía dentro de una maceta vacía frente a tu edificio.

(¿Cómo me habías dicho que se llamaba ese gatito? ¿Gnocchi?)

Una vez dentro de tu casa, no volvías a asomar el rostro hasta que comenzaba a morir el día. Cerca de las cinco de la tarde, abrías las ventana de par en par con el cabello revuelto por la almohada. A veces sin camisa, a veces con solo tu ropa interior, siempre descalzo, hacías flexiones y abdominales en el suelo. “Por eso tienes ese cuerpo” pensé la primera vez que te vi entrenar, y me sonrojé por el hecho de que esa frase fuera lo primero que se me viniera a la mente. Mi mano dudaba un instante antes de tomar la cámara. ¿Era necesario tomar una fotografía tuya mientras te ejercitabas? Sí, claro que lo era, me convencí a mí mismo. La única excusa válida para mirar embobado hacia tu ventana era si usaba esas fotos como parte de mi reporte.

Jefe, este sujeto no necesita un Stand para matar a alguien…

De pronto, la violencia de tus músculos en acción se transformaba en calma cuando te tendías de espaldas sobre el suelo, esperando a que tu respiración retomara su ritmo natural, dejando que la brisa vespertina te refrescase el sudor, antes de desaparecerte de mi vista. Una hora después- siempre has sido como un reloj suizo- te dejabas ver nuevamente. Salías del edificio recién duchado, la piel fresca y vestido en un traje negro ceñido que te hacía parecer mucho más alto e intimidante. El aspecto perfecto para tu trabajo en el club nocturno que administraba uno de los mayores traficantes de la ciudad, y de quien eras guardaespaldas y su verdugo personal. Mientras caminabas, haciéndote el nudo de la corbata, tu oscura forma se hacía una sola con las sombras crecientes de los edificios. Pensaba que te había perdido el rastro, pero al tercer día de seguirte supe que siempre te iba a encontrar en el mismo lugar.

Estoy orgulloso de mí, porque si cierro los ojos, puedo verte tan claro como si te estuviera al frente ahora mismo. Te detenías cerca del rompeolas, de pie como una escultura, mirando los colores con que el atardecer pintaba el Tirreno. Mis manos cogían la cámara por instinto, como siempre lo hacían cuando encontraba una escena de belleza inesperada. Zoom. Cuando te peinabas un mechón largo de tu cabello detrás de la oreja me permitías ver tu rostro bañado en ocaso, con esa expresión de hierro que de pronto se permeaba de un aire de nostalgia, tristeza o algo más. A pesar de tu silencio, había algo que me decía que tu cabeza no era un lugar tranquilo…

Zoom out. Tu apellido no era lo único que me recordaba a un emperador, tu porte también lo hacía. No había forma de ignorar a un hombre tan imponente como tú, pese a tu evidente intento de no querer ocupar demasiado espacio en este mundo. Comprendí que eras más similar a mí de lo que esperaba. Somos dos figuras solitarias que destacan en la multitud, que jamás podremos ser parte de ella. No es que esto sea malo. Después de todo, si no fuera por esta vida que vivimos, nuestros caminos jamás se habrían cruzado. Pero a veces sería bueno ser como los demás, ¿no? A veces me pregunto qué habría pasado si nos hubiéramos conocido de otra forma ¿Nos amaríamos de la misma manera?

Casi olvidaba en esos minutos que duraba la puesta de sol que no éramos solo tú y yo en el universo, y que había una razón por la que te estaba persiguiendo. Sin darme tiempo a recuperarme de mi embelesamiento, retomabas tu trayecto cuando la última luz del día se apagaba en el horizonte.

Esas noches que te seguí a tu trabajo, entré al club usando uno de los muchos nombres que figuraban en mis identificaciones falsas. En una sección exclusiva del club, estabas siempre vigilante como un perro guardián. No bebías, no fumabas, no participabas del ritual de aspirar las líneas blancas de coca sobre la mesa para mantenerte alerta, no accedías a las invitaciones de las personas que se te acercaban de vez en cuando para ofrecerte su compañía. Pude confirmar en una de esas noches las sospechas del Jefe: tu patrón, un tal Cianfanelli, ofrecía tus servicios a otros. Los trabajos se contrataban por medio de él, y tú aceptabas sin chistar. Teniendo a su disposición un arma mortal e infalible como tú, era natural que Cianfanelli estuviera ganando la guerra de territorios y el temor de los otros traficantes.

Está malgastando sus habilidades con objetivos insignificantes.

Estoy de acuerdo, Jefe.

Regresaba a mi departamento arrastrando los pies en las primeras horas de la madrugada. Estaba muerto de cansancio pero algo me llevaba a encerrarme en el cuarto oscuro improvisado que había montado en el baño. En esos días había llenado rollo tras rollo con fotografías tuyas.

Cómo me gustaba ver tu rostro revelándose en el papel fotográfico. A menudo me sorprendía a mí mismo contemplando demasiado cerca y en detalle cada una de tus fotos, y me sonrojaba como si te tuviera al frente. Envuelto en el rojo y la oscuridad del cuarto, imaginaba cómo sería tener tus ojos sobre mí, y si sería capaz de evadir tu mirada sin perderme en ella.

“¿Qué haré con todas estas?” me preguntaba mirando a contraluz los negativos. No tenía razón alguna para conservarlos, pero de todos modos guardé esos rollos y los escondí hasta ahora. Jamás había ocultado algo de él.

Fuiste mi primer secreto.

Cuando comenzaba a acostumbrarme a que tu rutina fuera mi rutina, el Jefe llamó.

Quiero a Risotto Nero. Ya sabes qué hacer.

Sí, Jefe.

Esperemos que acepte mi oferta.

¿Y si no lo hace? pregunté con cierto temor.

Le conviene que lo haga respondió sin más Toma el tren a Milán hoy a las 9 pm. Te necesito allá.

A sus órdenes.

Has hecho un buen trabajo, mi Doppio.

No comprendí entonces la inusual sensación de desasosiego que me invadió al colgar el teléfono. El elogio del Jefe no se sintió como la misma efervescencia eufórica de siempre, pero traté de no prestarle atención a esto. Las cosas siempre habían sido así. Finitas y sin apegos. En Passione las personas son así. Las personas vienen y van, desaparecen, permanecen hasta que les llega su hora, cambian. Pero tú te negabas a abandonar mi mente.

Comencé a recoger mis pocas pertenencias, y en pocos minutos el apartamento estaba tan limpio y vacío como lo había encontrado. Preparé lo de siempre. Una breve carta con una invitación y una oferta difícil de rechazar; una fotografía adicional que incluía el objetivo para sellar el trato, y unas cuantas fotografías tuyas en el sobre como prueba de legitimidad y mecanismo de intimidación. Aunque no estaba seguro si esto surtiría efecto alguno en ti.

Muy dentro de mí esperaba que aceptaras.

En cuanto el sol comenzó a ponerse, salí para dirigirme a la estación de tren. De camino, dejaría un sobre sin remitente con tu dirección escrita en la oficina postal y concluiría mi trabajo.

El Jefe me había dado una orden que debía obedecer, pero no lo hice. No quise. Por primera vez en mi vida, o al menos lo que recuerdo de ella, actué por iniciativa propia. El hecho de poder verte antes de irme guió mis pasos hacia el rompeolas, donde parecías esperarme fielmente.

¿A dónde vas? su voz me sobresaltó de pronto

Q-quería tomar unas fotos del atardecer antes de irme, Jefe

Él no se molestó en preguntar nada más; solo colgó y mi conciencia fue totalmente mía de nuevo. El Jefe no tenía razón para preocuparse. Era inconcebible que su Doppio hiciera algo sin su autorización. Sentí culpa, pero fue más fuerte el cosquilleo que me recorrió el cuerpo conforme me acercaba a ti, a tu ancha espalda, a tu presencia enorme y magnética.

Me detuve a unos cuantos pasos de ti. Te tenía tan cerca que podía oler el jabón en tu piel.

El corazón me latía con demasiada fuerza, tanta que temí que fueras capaz de escucharlo. Respiré y me dije a mí mismo “Haz lo que sabes hacer mejor”. Saqué mi cámara para pasar por un turista más y apunté el lente hacia el Castel dell’Ovo.

Pero—claro que tenía que haber un pero, soy yo— cuando quise fotografiar una bandada de charranes sobrevolando las almenas del castillo, me percaté de que ya había gastado toda la película. Lo que siempre había sido una tarea sencilla- quitar el rollo viejo, cargar el nuevo- terminó en un fracaso por la forma en que mis manos temblaban. El rollo saltó, como un renacuajo que se escapa de unas manos húmedas, y rodó hasta chocar con tu zapato. Antes de que yo pudiera dar un paso, te agachaste para tomarlo..

Me miraste. Tus ojos me traspasaron de extremo a extremo, dos flechas certeras. Y no, no pude evadir tu mirada.

Estiraste la mano para entregarme lo que había tirado y yo abrí la palma para recibirlo. Tu mano tibia reposó un instante sobre la mía, y esta caricia me hizo bajar la guardia, porque de inmediato me cogiste con fuerza por la muñeca.

“¿Quién eres?” gruñiste en voz baja.

El instinto me hizo luchar por liberarme, pero otro susurro tuyo me detuvo.

“Si tratas de escapar, te mato”.

Tan pronto terminaste de pronunciar estas palabras, un brazalete de dolor se manifestó alrededor de mi muñeca. Dejé de resistirme. La violencia de tus ojos me había paralizado cada músculo. Ahora tenía que hallar la forma de huir de esa situación. Hacerme el tonto siempre solía funcionar, aunque me hubiera costado palizas en el pasado; pero no quería alterarme. Si lo hacía, la migraña empezaría y yo ya no tendría control; y si ya no tenía el control, Él te eliminaría por mi culpa.

“Ahora dime quién te envía. ¿Piensas que no sé que me has estado siguiendo?”

“Yo solo estoy de vacaciones” contesté con la voz hecha un hilo. ¡¿Cómo te habías dado cuenta?!

La forma en que entornaste los ojos para leer mi rostro, mi alma, me hizo sentir un temor mezclado con fascinación.

“Habla de una vez. Puedes caer muerto aquí mismo y nadie sabrá nunca qué te sucedió”.

El dolor en mi muñeca comenzaba a escalar como espinas por todo mi brazo. No supe de dónde salió la energía para contestarte con voz tan firme.

“Si me muestras tu stand, solo se lo harás más fácil”.

Tu cara no mostró ninguna emoción, pero sentí tu agarre debilitarse un poco.

“Eres un usuario también. ¿Quién eres?” insististe.

“Eso no importa. El Jefe se ha fijado en ti y quiere hacerte una invitación”.

Cuando me oíste mencionarlo, miraste a tu alrededor, de forma discreta y sin bajar la guardia. Me dejaste ir y diste un paso atrás. Tenía el rollo de vuelta conmigo y la extraña tortura en mi mano desapareció; tu calor permaneció.

“No mientes” susurraste. “Dime, ¿qué pasa si rechazo la invitación de tu jefe?” Te hiciste sombra con la mano para mirar hacia el suave contorno de Capri, que ya abría sus muchos ojos luminosos para vencer la oscuridad. Sin respuesta de mi parte, terminaste por responderte a ti mismo “Lo entiendo. No tengo opción… ¿Cuáles son sus condiciones?”

Abrí mi maletín y extraje el sobre que debería haberte llegado de forma anónima para entregártelo. Te tomaste tu tiempo para leer la carta y mirar las fotografías, en especial aquella que no era tuya. No vi ninguna reacción. Ni sorpresa por el precio que el Jefe le puso a la cabeza de tu actual patrón; ni enojo por verte forzado a cometer traición; mucho menos miedo, nada. Volviste a guardar los contenidos en el sobre y me lo devolviste.

“Mato a Cianfanelli, ¿y luego qué?”

“Esperas instrucciones”.

Las lámparas que bordeaban la costa se encendieron en secuencia de Oeste a Este hasta que la luz nos alcanzó a ambos. Perdiste interés de inmediato en el mar, ahora un espejo negro que reflejaba las luces de la ciudad.

“Supongo que volveremos a vernos". Le diste la espalda al océano y ahora solo me veías a mí. "¿Cómo te llamas?”

Me mordí la lengua.

“Es mejor si no haces tantas preguntas, Nero” repliqué de forma tosca y procedí a marcharme; eso sí pareció causar una respuesta de tu parte. Frunciendo el ceño, intrigado, me seguiste con la mirada hasta que me alejé lo suficiente como para esconderme en un callejón y tener un ataque de nervios con cierta dignidad. Me tomó unos minutos recuperar el ritmo de mi respiración. Justo cuando estaba listo para continuar mi camino, una llamada suya casi me mata del susto.

¡¿Qué demonios fue eso?!

A-al parecer, Nero sabía que lo estaba siguiendo, J-jefe.

Es un sujeto listo y tú fuiste muy arriesgado, Doppio. Que no se repita.

No, señor. No volverá a pasar.

Dejé Nápoles el 16 de marzo a las 9:02 p.m con un moretón en la muñeca izquierda que por unos días me recordaría nuestro primer encuentro. El 16 de marzo de 1996 fue sábado, la temperatura era de 15 grados. Recosté mi cabeza en el vidrio de la ventana y cerré los ojos para dormir y no pensarte más.

16 de marzo, 16 de marzo. No lo quiero olvidar por nada del mundo; pero si lo hago, por favor recuérdalo por mí.

Notes:

Este es el último fic de la semana de mi parte. Le puse mucho amor a este y espero escribir más capítulos para esta pequeña serie. Es muy divertido (y doloroso) escribir a Doppio hablando sobre él y Ris. Ya tengo otro par de capítulos en borradores :3c

Muchas gracias por leer mis trabajos para este evento. Esta es mi tercera semana RSDP y espero estar aquí el próximo año para seguir escribiendo para esta ship que significa mucho para mí. Mientras tanto, seguiré apareciendo por aquí durante el resto del año como de costumbre ;3

¡Su apoyo, kudos y comentarios son muy motivadores! <3

Si quieren conversar, pueden encontrarme en Twitter como @irahetatatatata

¡Nos leemos pronto! 📞✂️

Notes:

Como tal vez notaron, este es el primer capítulo en esta serie que tal vez siga publicando de vez en cuando. Quiero profundizar un poco en los aspectos trágicos de su relación, así como sus momentos de intimidad :,3

Díganme qué les pareció este fic :3

Si quieren conversar, pueden encontrarme en Twitter como @irahetatatatata

¡Nos leemos pronto! 📞✂️

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