Actions

Work Header

Treinta y seis preguntas para (re)conocer al amor de tu vida

Chapter 2

Summary:

Cristian y Lisandro se siguen conociendo y las preguntas se van poniendo más profundas.

Notes:

Hola!! Volví y traigo el segundo capítulo. Es cortito, pero lo preferí así por las preguntas en sí. Espero que lo disfruten ❤️

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

—¿De qué estás más agradecido en la vida? Y no vale decir que de estar acá conmigo.

—Entonces te va a sonar medio de chamuyero lo que voy a decir, pero un poco sí estoy agradecido por eso.

Lisandro le hizo montoncito con la mano, aunque para sus adentros no pudo negar que se sintió un poco complacido.

—¡En serio! Pero es parte de una respuesta más grande. En realidad estoy agradecido por mi familia y mis amigos, porque si hoy estoy acá también es por ellos. La verdad es que tuve unos años y sobre todo unos últimos meses difíciles —Se lo notaba incómodo, pero no por eso dejó de contestar—. En realidad, aún hoy es difícil. Que pueda estar acá no solo con vos, sino con Gio y su familia, en este lugar exacto, es por ellos.

—En ese caso, no sé por qué habrás pasado, pero también agradezco que estés acá. Si no estuvieras, creo que no le hubiera dicho a otra persona de hacer el cuestionario.

—¿No? ¿Entonces ya me tenías fichado de antes?

—Vos dijiste que tenía que haber atracción física, ¿no? Por algo se empieza —Aquello le sacó una carcajada a Cristian—. Pero de verdad, comparto tu agradecimiento. Y yo también estoy agradecido por mi familia. Me apoyaron mucho siempre.

—Que raro que no nombraste a Polito.

—Sí que lo nombré —afirmó Licha; le parecía que era algo obvio—, es parte de mi familia.

—Ah, perdón, es que nunca tuve mascotas. Me parece tierno, pero siempre me llamó la atención que un perro pueda sentirse tan cercano.

—Es que creo que es algo que no podés entender hasta que te pasa. Sobre todo porque a veces llegan en el momento justo. Yo de verdad siento que Dios, o el Universo, no sé, me lo mandó —Cristian se mostró curioso ante esa declaración, así que Lisandro se vio en la necesidad de explicarse—. Cuando perdí a mi abuela fue un momento durísimo, y cuando se fue mi abuelo, peor. Eran personas tan importantes en mi vida, lo siguen siendo aunque ya no estén. Al principio no sabía bien cómo lidiar con su ausencia. Queda ese hueco gigante en tu corazón y en tu día a día, y sabés que no lo vas a poder reemplazar con nada, tenés que aprender a vivir con ese dolor. En ese momento me resultaba imposible hacer eso —sintió sus ojos humedecerse, pero no se molestó en intentar retener las lágrimas que pudieran salir; sabía que más iban a aparecer de todos modos—. Después de que fallecieron me empecé a encerrar mucho, no quería ver a nadie y casi no salía de mi casa. Fueron varios meses de estar en un pozo y no encontrar la fuerza para salir. Ni las ganas, porque yo veía que mi familia se preocupaba, que mis amistades querían sacarme, pero no estaba listo.

No era nada fácil para él recordar aquel tiempo luego de la muerte de su abuelo, que ocurrió apenas unos meses después de la de su abuela. En muy poco tiempo se había quedado sin dos de las personas con las que había pasado gran parte de su vida. No sabía cómo vivir sin ellos, y aunque la gente a su alrededor también había sufrido enormemente la pérdida, él particularmente no podía encontrar la forma de estar presente en el día a día sin que todo ese dolor se adueñara de su cuerpo y de su mente.

—Hasta que un día cayó mi vieja con un cachorro, que apenas tendría tres meses y ya me miraba de reojo, como juzgándome porque no le estaba dando algo que quería. Me dijo que una de las perras del vecino había tenido crías, y sin más lo dejó en mis manos. Y hasta ese entonces yo había estado viviendo con lo mínimo en cuanto a lo emocional, pero esa fue la primera vez en meses que sentí que algo distinto a la tristeza se removió en mi pecho.

La llegada de aquel cachorro que apenas cabía en sus dos manos no solucionó las cosas. Pero fue un punto de partida para comenzar a recuperarse.

—Tampoco es que a partir de ahí fue todo color de rosa. Fueron otros tantos meses más de luchar conmigo mismo para encontrar las ganas de seguir adelante. Pero al menos ya quería tenerlas. En mucho de eso tuvo que ver Polito, porque había que llevarlo al veterinario para los controles, sacarlo a pasear, mantenerlo bien alimentado. Y de todo eso me tenía que encargar yo, porque mi vieja decía que era mi perro entonces era mi responsabilidad. Y creo que Polito desde un principio notó que yo estaba triste, porque me acompañaba cuando me quedaba en la cama, me lamía la cara cuando lloraba. Pero al final del día seguía teniendo sus necesidades, y él no iba a dejar que yo lo privara de salir a pasear.

—Le salió bien la jugada a tu mamá, entonces.

—Sí; de a poco empecé a salir más de mi casa, al menos para caminar unas cuadras con Polito. Me animé a empezar terapia también, eso me ayudó mucho a volver a mí —Había sido un proceso largo, y en el medio se había encontrado con tantas otras cosas que también necesitaba desaprender y sanar; pero no sabía dónde estaría si no fuera, en parte, por su psicólogo—. Incluso fui al psiquiatra y tomé medicación unos meses. De a poco fui encontrando lo que me ayudaba a mejorar. Y no te digo que haya dejado de doler. Siempre me va a doler. Pero es porque los siento cerca, y eso para mí significa muchísimo. Me acompañan siempre. Y Polito me ayudó a entender eso. Que puede doler pero que la vida puede seguir. Así que sí, todavía hay gente a la que le suena raro, pero para mí es parte de mi familia.

—Me alegra que hayas podido sanar un poco de ese momento de tu vida, de verdad. Igual debe ser difícil contarlo.

—Sí. Como te digo, necesité mucho tiempo y psicólogo, y aún hay días en los que me agarra por sorpresa esa tristeza. Pero aprendí a sobrellevarlo, y trato de apoyarme en lo bueno que tengo en mi vida para no volver a caer.

Lisandro concluyó su respuesta con una sonrisa suave. A veces le costaba hablar de ese momento de su vida, pero se sentía bien contárselo a Cristian.

—Ahora siento que necesito abrazarte —admitió el cordobés después de un breve silencio.

—Ah, no, vos no me dejaste besarte, ahora guardate el abrazo para el final.

—¡Pero no es lo mismo! —Su indignación era graciosa de escuchar. Lisandro se sentía un nene queriendo provocar su falso enojo, pero no podía parar—. Quiero hacerlo para animarte y hacerte sentir bien.

—Un beso me animaría.

—Lisandro…

—Ya sé, ya sé. Te estoy jodiendo —Aunque entre broma y broma…—. Y decime Licha. Se siente muy formal Lisandro.

—Licha… —Cristian probó el apodo en sus labios, y al entrerriano le gustó como sonaba en su voz—. Bueno, vos decime Cuti entonces.

—¿Cuti?

—Mi hermana menor me empezó a decir así cuando era chico, y quedó.

—Es adorable.

—Es un apodo, no es para tanto —Lisandro notó que un leve rubor aparecía en sus mejillas, y no pudo distinguir si era vergüenza o incomodidad—. Pero sí, me gusta.

—Te queda bien.

—Andá. ¿Querés que siga con la siguiente pregunta?

—Dale.

Le pasó el celular, y Cristian aprovechó el movimiento para dejar una caricia en su muñeca. Lisandro notó que fue intencional por el apretón que le siguió, sutil pero presente. Le agradeció con una sonrisa y lo dejó seguir.

—Si pudieras cambiar cualquier cosa de cómo fuiste criado, ¿qué sería?

—No sé, soy como soy por cómo me criaron. Tal vez con una sola cosa que cambiase, sería una persona distinta.

—Lo estás pensando demasiado de nuevo.

—No puedo evitarlo, es la manera en la que me criaron —dijo, riéndose—. Tal vez cambiaría eso. Pero a veces es bueno pensar las cosas.

—Pensarlas, sí. Pensarlas demasiado ya no sé.

—¿Vos las pensás demasiado?

—Antes, no. Últimamente sí. Pero no me ayuda mucho, estoy tratando de dejarlo. Es un mal hábito que me quedó de mi última relación.

—Ah, esa que mencionaste en la mesa.

—Sí.

—¿Puedo preguntar por qué terminaron?

Cristian soltó un suspiro entrecortado, incómodo de pronto.

—¿Después? —pidió—. Nos estamos desviando de nuevo del cuestionario.

A Lisandro no le parecía que se estuvieran desviando más que cuando bailaron, pero nuevamente dejó pasar la cuestión. Recién se conocían, y no era quién para solicitar respuestas a preguntas que parecían inoportunas.

—Bueno, sigamos. Vos no respondiste, ¿cambiarías algo de tu crianza?

—No creo; mi familia hizo lo mejor que pudo con lo que tenía, no me parece que tenga sentido ponerme a pensar en qué podría haber sido diferente, porque igual no podría cambiarlo —Licha asintió, dándole la razón, y Cristian continuó con la próxima pregunta—. Ahora me tenés que contar la historia de tu vida en cuatro minutos, pero con tanto detalle como puedas.

—¿Cuatro minutos? Poneme un temporizador por las dudas, que yo suelto la lengua y termino mañana.

—Lo pongo en serio, eh.

—Sí, por favor.

En lo que Cristian buscaba la aplicación para cronometrar su respuesta, Lisandro aprovechó y lo miró un poco más. Tenía una postura relajada, y sus piernas apenas abiertas estaban bien marcadas por el pantalón de vestir, ajustado debido a la posición en que se encontraba. Lisandro se imaginó que aquellos muslos serían muy cómodos para actividades de lo más variadas. La atracción física sí que estaba clara.

Pero ¿estaría enamorándose de él? Era muy pronto para tener una respuesta concreta; apenas habían contestado unas diez preguntas. Ciertamente había una fuerte química. Se sentía en buena compañía, y parecían estar en sintonía. Además, le gustaba su voz y cómo se reía; pero a veces la risa no llegaba a sus ojos y le intrigaba el porqué. Esperaba que alguna de las próximas preguntas le permitiera saber qué...

—Ya está el reloj, eh. Cuando termines de mirarme podés empezar —Licha se sobresaltó ante la interrupción de sus pensamientos. Cristian lo miraba sonriente; al parecer lo divertía haberlo agarrado mirándolo con total descaro. Pero él no tenía nada de qué avergonzarse.

—La verdad no quiero dejar de mirarte, pero bueno, empiezo. Nací en Gualeguay, en Entre Ríos, no sé si conocés —Cristian negó, y Lisandro pensó que le gustaría mostrarle algún día aquel lugar que consideraba su rincón en el mundo—. Es hermoso, muy tranquilo. Vivía muy cerca del río con mi familia, mis viejos y mi hermana, así que las inundaciones eran un temor constante que algunas temporadas se hacía realidad. Y había una canchita de fútbol a la orilla, así que siempre teníamos que andar con cuidado de no tirar la pelota a la mierda. Mi abuelo siempre nos acompañaba, se fijaba que no nos mandaramos cagadas. Así pasamos muchas tardes... Tuve una infancia muy linda; ya después en la adolescencia era medio un bardo y tenía mala junta, por suerte me terminé rescatando. Y cuando salí de la secundaria no sabía qué hacer de mi vida. Ni para donde apuntar siquiera. Me tomé un año para ver si en una de esas descubría qué me gustaba. Trabajé en el carnaval de Gualeguay, que fue divertido pero no era lo mío, aunque… —Detuvo su relato ante la mirada extrañada de Cuti— ¿Qué?

—...¿Desfilando?

—¡No! —La sola idea de verse en esa posición lo tomó por sorpresa. Aunque el carnaval era entretenido y las comparsas se lucían todos los años con diseños espectaculares tanto de las carrozas como de los trajes, esa parte no era lo suyo—. Estuve en la organización. Nunca me animé a llevar los trajes que llevan los hombres en los desfiles… Pero no me quedaría mal, ¿no?

—¿Vos, en cuero, lleno de purpurina y bailando? Me interesaría ver eso —La manera en que brillaron los ojos de Cristian delató sus pensamientos.

—Quién sabe, por ahí en una de esas… —bromeó—. Pero no, esa vez no desfilé. Al menos me hice amigo de una de las chicas que estaba en una comparsa conocida; aún hoy hablamos. Después ayudé a mi viejo que es albañil en un par de obras, pero renegué bastante. Los dos, en realidad, yo porque no me gustaba el trabajo y él porque yo era un irresponsable —Por aquel entonces habían sido meses tensos por las cagadas que se había mandado, pero el tiempo había pasado, y ahora él y su padre podían recordar esa época rebelde de Lisandro con humor—. Ese mismo año para el día del niño hubo festejos en el club que había cerca de mi casa, y como en mi familia mis viejos habían formado parte cuando eran jóvenes, me anoté para ayudar con lo que hiciera falta. Me pusieron de ayudante en uno de los talleres que iba a haber para los chicos, y te juro que fue uno de los mejores días que tuve ese año. El taller en el que quedé era como de manualidades, o de collage, no me acuerdo bien, pero fue tan divertido, no te lo puedo explicar. Les quise enseñar más o menos a los chicos qué hacer, porque había plastilina, glitter y cosas así... Ni bola me dieron, hicieron lo que quisieron, pero me divirtió tanto ver como sacaban toda su creatividad y la re vivían. Fue ese día que hice un click y empecé a pensar que si tenía que trabajar de algo, tal vez podía ser relacionado a eso. Me llevaba bien con los chicos, me daba satisfacción ver que le había enseñado algo a alguno. Me puse a buscar y encontré un profesorado de educación inicial ahí en el centro. Cuando empecé me miraban raro algunas personas, porque no se suelen ver muchos maestros jardineros. Hubo algunos comentarios mala leche, y en un momento me harté y mandé a la mierda a los que me rompían las bolas. Me quedé con la gente que se daba cuenta que eso era importante para mí. Me dediqué a estudiar; estaba haciendo la carrera en tiempo y forma dentro de todo, y cuando estaba por empezar el último año pasó lo de mis abuelos. Ahí fue… un año, un año y medio que no pude ni acercarme al profesorado. Por suerte mis profes ya me conocían y supieron entender. Fue lento, lentísimo, pero como te dije, mi familia me ayudó mucho. Mis amistades también. De a poco fui volviendo a la rutina. El día que volví a cursar fui con Polito, se le ocurrió a mi vieja y pensó que podía ayudarme con la gente. Una vez más, tenía razón, porque estaban todas tan encantadas con él que no se enfocaron mucho en el hecho de que no había ido durante un año; aunque obvio cuando fueron encontrando el tiempo me hicieron saber que me habían estado esperando.

Polito se había robado todas las miradas aquel día. Todavía era medio cachorrón, así que era más panza que perro, y sus ojos tiernos cautivaron a cada persona que se detuvo a acariciarlo.

—El último año fue el de prácticas. Cuando lo empecé, me dio lástima no haber podido hacerlo antes, porque resultó ser algo hermoso y por mi dolor me lo negué mucho tiempo. Pero el psicólogo también me ayudó a entender que fue el tiempo que necesité para sanar. Y después el año en sí fue increíble, como una confirmación de que eso era lo mío. El jardín en el que hice las prácticas fue en el que terminé quedando, se ve que me fue bien. Es importante tener una buena relación con los chicos, y a mí me encanta esa parte. A veces vienen con cada cosa, igual. Una vez… —Una alarma interrumpió su relato y le indicó que sus cuatro minutos habían terminado—. Fua, pero es imposible contar una vida en ese tiempo. Me faltan como cuatro años, y eso que resumí bastante mi infancia.

—Bastante bien estuviste, por poco no llegaste a la actualidad. Y no mencionaste nada de una vida amorosa —resaltó Cuti.

—Ah, sí. Es que no hay mucho para contar por ese lado —Esta vez fue el turno de Licha de ruborizarse—. Tuve una novia en la adolescencia, e intenté salir con la chica que te dije que conocí en la comparsa, hasta que me di cuenta que era gay. Eso fue complicado con mi familia. Aún hoy lo es, a veces. Mis viejos me aman, pero les costó aceptarlo. Quería que lo aceptaran porque no me imagino la vida sin ellos, no quería llegar a un punto en el que no nos habláramos. Pero fueron algunos meses difíciles; por suerte tenía el profesorado para mantenerme enfocado. Y mis abuelos fueron un gran pilar en esa situación, porque todos esperaban que fueran los primeros en querer desheredarme más o menos pero fueron los que menos problema tuvieron. Sí le preocupaba a mi abuela que pudiera tardar más en darle nietos a mis viejos, pero me dijo que estaba dispuesta a esperar a que llegara a casa con un hombre bueno.

Lisandro no pudo contener una sonrisa al recordar aquella conversación. Su abuela le había asegurado que tendría paciencia, pero un rato después le preguntó si era posible que aquel hombre bueno apareciera pronto. Él no quiso decirle la verdad sobre cómo era la situación actual en las aplicaciones de citas y en los boliches, que era donde solía conocer hombres, así que solo pudo asegurarle que lo bueno tardaba en llegar.

—Tremendo lo que le preocupan a las abuelas y las madres los nietos, las mías son iguales —reconoció Cristian—. ¿Entonces tus abuelos ayudaron a que tus padres fueran más comprensivos?

—Sí, definitivamente. Igual les tomó su tiempo. En el medio me mudé solo, eso también ayudó, era necesario que tuviéramos esa distancia. Y tuve un… no novio, pero casi. Llegaron a conocerlo, y a partir de ahí todo mejoró.

—Y ese no novio, pero casi, ¿no era el hombre bueno que esperaba tu abuela?

—Mi abuela sabía hacer muchas cosas, entre ellas leer a la gente. Charló un rato con él y cuando le pregunté qué le había parecido me dijo que era verdad lo que le había dicho, que lo bueno tardaba en llegar y que en mi caso se iba a tomar su tiempo —A Cristian se le escapó una risotada estruendosa de la que Licha se contagió. Su abuela era así, y le agradaba que el cordobés compartiera su humor—. Tenía razón, porque el pibe era un boludo al final. Después de él seguí teniendo algunas citas, pero ahora hace rato que no estoy en nada. Por ahora —le guiñó un ojo a Cuti.

—Veremos. Todavía quedan muchas preguntas —Se hizo el misterioso Cristian.

—Sí, y te toca a vos ahora. ¿Querés que ponga el temporizador? —Cristian le pasó el celular a modo de respuesta—. Bueno… Ahí está. Empezá cuando quieras.

—Dale. Nací en Córdoba capital, bien al sur. Vivía ahí con mis viejos, mi abuela y mis hermanos, uno mayor y una hermana menor. Mi infancia fue linda, somos una familia no muy grande pero siempre fuimos muy unidos. Siempre me gustó jugar al fútbol, jugué varios años en el club del barrio, incluso llegué a probarme en un club de allá de Córdoba, pero lamentablemente no se dio. Cuando entendí que no iba a poder llegar a ser profesional, salí del colegio y decidí encarar para la facultad. Me anoté en Kinesiología, y ahí lo conocí a Gio, que se había ido desde Rosario a estudiar a Córdoba. Nos hicimos muy buenos amigos y cursamos juntos durante tres años, ahí avanzamos unos dos años en la carrera. En ese tiempo nos hicimos un lindo grupo con algunas personas más, Rodri, Nahu, algunos otros de los que están acá. Ahí justo al tercer año se dio que a él se le vencía el contrato del departamento en el que estaba y se le complicaba renovar por sí solo, así que le tiré la de vivir juntos, porque yo había empezado a trabajar y me quería independizar pero tampoco me daba para hacerlo solo. Le pareció buena idea y nos salió bien por suerte, la convivencia era buena. Nos quedaron algunas anécdotas interesantes de ese tiempo, pero la amistad sigue, que es lo que importa. Vivimos juntos dos años más o menos.

Iba a seguir hablando, y de pronto se calló y apartó su mirada. Lisandro lo notó vacilar mientras jugaba con el borde de su lata de cerveza. Después de un momento, continuó, ahora con su voz en un susurro solo audible para ellos dos.

—En el medio lo acompañé un verano a Rosario, se iba unas semanas de vacaciones y me invitó. Una noche salimos a un bar y ahí conocí a Gastón —Al mencionar aquel nombre, sus labios se curvaron, apenas, en una sonrisa de todo menos feliz—. Fue mi primer novio oficial. Antes de él había estado en la secundaria con algunas chicas y algún que otro chico, pero nada serio. Él me conquistó desde el momento en que se acercó a hablarme. Era mayor por varios años; tenía una personalidad muy compradora y era muy coqueto. Le gusté y él me gustó, así que intercambiamos números. Ahí todavía nos quedaban unas dos semanas en Rosario, y creo que las pasé casi por completo con él. Vivía en la ciudad así que me llevaba a pasear, a conocer lugares. Me llevó a la casa también. Medio que lo abandoné a Gio, pero él me veía muy feliz así que me perdonó, porque igual se la pasaba con la familia. Cuando llegó el momento de volver a Córdoba me puse un poco triste, porque en esas semanas había vivido algo muy intenso. Y Gastón también lo sintió así, porque me propuso tener una relación a distancia. Así como si nada, después de conocerme hace dos semanas. Me parecía una locura, pero nunca me había enamorado, y pensé que tal vez eso era el amor, así de intenso. Así que le dije que sí. Nos veíamos dos findes al mes, uno iba él a Córdoba, uno iba yo a Rosario. Esos días que pasábamos juntos eran increíbles, él siempre tenía algún detalle hermoso conmigo, y yo también trataba de darle lo mejor de mí. Por ahí durante los días que no nos veíamos costaba mantener una charla fluida, pero imaginaba que era la distancia. Así estuvimos casi un año, yendo y viniendo de una provincia a otra. Hasta que un finde que no habíamos arreglado para vernos decidí sorprenderlo.

A Lisandro le pareció que era un muy lindo gesto, pero la sonrisa de Cuti desapareció y su tono se tiñó de una leve amargura cuando habló a continuación.

—Llegué a su casa cerca del mediodía del sábado, y cuando me estaba acercando a la puerta de su edificio vi que justo salía. Estaba con un hombre, y lo despidió con un beso en los labios. Apenas se fue el tipo, se dio vuelta y me vió. Yo estaba helado, no me podía mover.

El corazón de Lisandro se estrujó al escuchar eso e imaginar el dolor que debía haber sentido Cuti.

—Él se acercó y me abrazó, me pedía perdón, pero yo no respondía, estaba anulado. Me cacheteó a ver si reaccionaba, y… —El sonido de la alarma lo interrumpió. Lisandro se apresuró a apagar el temporizador para que pudiera continuar, pero Cristian ya había dejado de hablar. Su mirada afligida estaba clavada en el piso.

—Seguí, porfa —lo animó Lisandro.

—Ya terminaron mis cuatro minutos —Su respuesta fue débil.

—No importa. Si querés seguir, seguí. Hasta donde quieras. Y si querés seguimos con las preguntas.

Cristian se tomó un momento para recuperarse. Tomó un trago largo de su cerveza, que ya debía estar caliente. Respiró profundo y de pronto una risa nerviosa acompañó su exhalación. Lisandro lo miró con curiosidad, no imaginaba qué pasaba por su mente y le gustaría saberlo; lo que estaba contando no debía haber sido nada fácil de atravesar.

—No hay mucho más para contar —continuó, pero ahora lo notaba retraído. El sonido de la alarma lo había sacado de su relato—. Gastón fue mi primer gran amor, y no sé qué se me pasó por la cabeza en ese momento, pero lo terminé perdonando.

—¿Sentiste que era sincero su arrepentimiento?

—No sé qué pensé, aún hoy no lo entiendo completamente. Imaginate que terminamos viviendo juntos.

Lisandro no era quién para juzgar, pero se sorprendió al escuchar eso. Se debió haber notado en su cara, porque Cuti respondió con una sonrisa irónica.

—Sí, ya sé. ¿En qué cabeza cabe, no? Recién ahora empiezo a darme cuenta de todo lo que salió mal en esa relación. Pero en ese momento estaba muy metido, no podía pensar con claridad. Estaba lejos de mis amistades, de mi familia. Eso no ayudó. Después de esa situación estuvimos… un año más, aproximadamente. Y ahí sí, terminamos. Ya pasó casi un año desde la última vez que lo vi, desde entonces no estuve con nadie.

—Preferiste tomarte un tiempo para vos —supuso Licha.

—Sí, necesitaba limpiar mi cabeza de todo lo que pasó. Volví a Córdoba y ahora estoy viviendo con mi vieja de nuevo hasta que pueda encontrar un alquiler para mí, porque cuando volví Gio ya estaba viviendo hace rato con Magui. Logré encontrar otro trabajo después del que dejé para estar con Gastón, pero todavía me estoy acomodando.

Después de eso, Lisandro se quedó callado unos segundos. Sinceramente, no sabía qué decir. Cualquier cosa que se le ocurriera sonaba desacertada. Terminó explicándole aquello a Cuti, que por lo menos soltó una risa que sonó más ligera.

—Está bien. No tenés que decir nada. Yo mismo todavía estoy encontrando las palabras para cómo me siento. Es complicado.

—Igual. Me gustaría poder decirte algo que te anime. Como que me alegra que hayas podido terminar con eso que te hizo daño. Pero no sé... Ahora soy yo el que siente que necesita abrazarte —confesó Lisandro.

—Y yo no me negaría, a diferencia de otros —se burló Cuti; el entrerriano se vio traicionado por sus propias palabras, mencionadas un rato antes.

—Está bien, retiro lo que dije, me podés abrazar.

—Ah, mirá que panqueque que sos.

A Lisandro le dio risa el insulto, y pensaba dejarlo pasar para poder abrazar a Cristian hasta que aquella palabra le hizo recordar dónde estaban. Un interrogante de suma importancia lo asaltó:

—Che, panqueque —le dijo a Cuti, preocupado— ¿Y si nos perdimos la mesa dulce?

Notes:

Lisandro fue al casamiento de Gio por la mesa dulce así que sería un gran problema si se la perdieron.

Fuera de joda, cuentenme qué les pareció, espero reacciones! porque me harían muuuy feliz 🫶🏻 Nos vemos en el próximo capítulo!

Notes:

Espero que les haya gustado este primer capítulo, espero kudos y comentarios para ser feliz y que me digan qué les pareció. Nos vemos!!