Chapter Text
Hotel de Alpine – 23:25 hs
Franco estaba bajo él.
Piel desnuda, pezones enrojecidos y tensos, marcando la tela del colchón con su dureza. Muslos abiertos y temblorosos, la piel brillando por una fina capa de sudor. Respiración desacompasada, entrecortada, como si el aire quemara al entrar en sus pulmones.
Pero aun así, con los ojos cargados de orgullo. El mismo que lo hacía acelerar donde otros levantaban el pie del acelerador. El mismo que lo hacía desafiar a la muerte en cada curva.
Paul no lo había tocado del todo todavía. No como Franco sabía, o mejor dicho, intuía que lo iba a hacer. No había explorado cada rincón de su cuerpo, cada punto sensible, cada curva que lo haría gemir de placer. Y esa anticipación, esa espera, lo estaba volviendo loco. Lo estaba quemando por dentro.
—¿Qué esperás? ¿Una señal de largada? ¿La bandera a cuadros? —murmuró Franco, la voz más ronca y quebrada de lo que quería admitir. Un ruego disfrazado de burla.
Paul apoyó ambas manos a los lados de su cabeza, aprisionándolo contra el colchón. Se inclinó hasta que sus labios quedaron a un centímetro de los de Franco, su aliento caliente chocando contra su piel.
—Espero que te termines de rendir por completo. No me gusta correr si no gané ya la pole position, el holeshot y la carrera. Quiero verte a mis pies.
Franco le clavó la mirada, desafiante, pero con un brillo de excitación en el fondo. Le ardían los ojos, como si estuviera luchando contra una fiebre.
—Sos insoportable. Un estonio agrandado.
—Y vos estás mojado como pista húmeda después de la lluvia. Y a punto de explotar.
El argentino abrió la boca para responder con una de sus habituales frases ingeniosas, pero Paul ya se había hundido en él. No con violencia bruta, sino con una presión lenta, deliberada, dominante. Lo cubrió con su cuerpo, reclamando cada centímetro de su piel. Cada músculo tenso. Cada hueso prominente. Cada rincón vulnerable.
La fricción fue un rayo que recorrió todo el cuerpo de Franco, desde la punta de los dedos de los pies hasta el último pelo de la nuca. El jadeo se convirtió en un rugido ahogado, un sonido animal que escapó de su garganta sin que pudiera controlarlo. Franco se arqueó contra Paul, buscando desesperadamente más contacto, como si intentara fusionarse con él.
Y ahí empezó el ritmo. Un vaivén medido, pero cada vez más fuerte. Intenso. Casi coreografiado, como una danza primitiva entre dos cuerpos que se odiaban y deseaban al mismo tiempo.
Paul bajaba el cuerpo sobre él, marcando cada costilla, cada hueso de la cadera. Le susurraba cosas en estonio que Franco no entendía, palabras guturales y apasionadas que igual lo hacían gemir y retorcerse de placer. Le atrapaba las muñecas por encima de la cabeza, inmovilizándolo. Le mordía el cuello con una precisión depredadora, dejando marcas rojas en su piel. Le lamía los pezones hasta dejarlos temblando y doloridos de sensibilidad.
Franco se movía bajo él, empujándose contra Paul, maldecía en voz baja con su acento argentino, palabras sucias y apasionadas.
—Haceme lo que quieras… pero no pares. No pares, Por favor.
—Eso pensaba hacer —susurró Paul, con una voz que prometía el paraíso y el infierno al mismo tiempo.
Le agarró la cintura con fuerza, apretándolo más contra el colchón. Cada embestida lo sacudía entero, haciéndole perder el control sobre su cuerpo y su mente. Y cada vez que Franco se arqueaba para buscar más profundidad, más intensidad, Paul lo empujaba de nuevo contra el colchón, manteniéndolo en su lugar, dominándolo por completo.
La fricción en el interior de los muslos era un incendio que se extendía por todo su cuerpo, consumiéndolo desde adentro. Los pezones, todavía doloridos y sensibles, rozaban el pecho firme de Paul, aumentando la tortura. Franco no podía dejar de gemir, su voz quebrándose en sonidos inarticulados. No con elegancia. No con disimulo. Con una honestidad brutal.
—Callate… —murmuró Franco, sin fuerzas para seguir luchando contra el placer, solo por un último vestigio de orgullo herido.
—Estás gritando mi nombre, Colapinto. Como si estuvieras rezando. Pero tranqui… no se lo voy a contar a nadie. Por ahora. Quizás lo use como chantaje después.
Franco lo arañó en la espalda con saña. Con desesperación. Sus uñas dejaron marcas rojas en la piel de Pau.
—Te odio, Aron.
—No. Me necesitás. Y lo sabés.
Y cuando todo estalló en una explosión de sensaciones incontrolables —cuando el ritmo se descontroló, las respiraciones se rompieron en jadeos desesperados y el mundo se comprimió en un último gemido estrangulado y compartido— Franco se aferró a él con todas sus fuerzas, como si lo odiara por haberlo hecho sentir así. Como si quisiera destruir y poseer a Paul al mismo tiempo.
Paul no se apartó enseguida. Se quedó sobre Franco, su cuerpo pesado y caliente. Bajó la cabeza y le besó el cuello con una suavidad que sorprendió a ambos. Un gesto casi tierno, casi inconsciente.
—Me vas a matar —jadeó Franco, todavía debajo de él, con el pecho agitado como si acabara de correr una maratón.
—No. Te voy a joder la vida, Colapinto. Te voy a marcar de tal forma que no vas a olvidar nunca. Pero vas a volver. Porque esto... esto no terminó acá.
Franco se tapó los ojos con un brazo, intentando ocultar la vulnerabilidad que lo invadía.
—No digas nada. No arruinés esto con tus frases de mierda.
Paul se rió, apoyando su frente en su pecho, sintiendo el latido acelerado del corazón de Franco contra el suyo.
—¿Y ahora qué, general? ¿Me vas a dar un sermón sobre la deportividad?
Pau respondió bajando la cabeza y lamiéndole la clavícula con una lentitud maldita, disfrutando del sabor salado de su piel. Dejó un camino húmedo hasta el cuello, donde mordió con precisión, justo en el punto donde el pulso de Franco latía con fuerza. Franco se arqueó de golpe, exhalando con fuerza y un gemido ahogado.
—Sos un hijo de puta —murmuró, con la voz temblorosa de placer y furia.
—Y vos gemís como si me quisieras adentro tuyo desde el primer GP. Como si hubieras nacido para mí.
Franco lo empujó por el hombro, más por reflejo que por fuerza real, intentando recuperar algo de su orgullo herido.
—No me hagás hablar, eh. Porque te empiezo a recitar el calendario de F3 con los días exactos que me mirabas el culo en cada curva. Y no eran pocos.
Paul se alzó sobre él, apoyando ambas manos a los lados de su cabeza, inclinándose hasta que sus labios quedaron a un centímetro de los de Franco. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que hizo temblar a Franco por dentro.
Sus manos subieron lentamente, explorando su abdomen con un roce calculado y provocador. Franco jadeó, mordiendo su propio labio para contener los gemidos.
—Me tenés ganas desde antes que existiera Alpine, Colapinto.
—Y vos querés ganarme, aunque sea por abajo, Aron. Porque en la pista no podés.
Las respiraciones se aceleraban, llenando la habitación con un ritmo caliente y excitante. Los cuerpos se conocían a la fuerza, explorando territorios prohibidos. El deseo disfrazado de odio salía a flote como una marea imparable. Franco se arqueó bajo Paul, buscando más contacto, más profundidad. Paul lo sujetó más fuerte, reclamándolo como suyo.
Ambos estaban temblando. Marcados en cuerpo y alma. Desordenados y exhaustos. Y conectados de una forma que ninguno de los dos se atrevería a admitir en voz alta.
Y ahí, en ese silencio espeso y cargado de tensión post-rendición, Franco pensó lo que nunca diría en voz alta:
La concha de su madre… me entregué. Me entregué a este estonio hijo de puta.
