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𝐌𝐈𝐍𝐄 | ItaFushi

Chapter 5: 𝐂𝐚𝐩𝐢́𝐭𝐮𝐥𝐨 𝐜𝐮𝐚𝐭𝐫𝐨: ❝𝐈𝐧𝐬𝐭𝐢𝐧𝐭𝐨❞

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

— ¿Estás seguro de esto?

— Es una completa locura —secundó Jogo. Sus dedos golpeaban el teclado en la pantalla táctil de su celular inteligente, mientras un traicionero temblor de sus falanges dejaba al descubierto su nerviosismo. Envió su respuesta al mensaje de su novia, Hanami, avisándole que estaría ocupado y no podría acompañarla hasta la puerta de su casa, como de costumbre. Su mirada se posó en Mahito cuando este le arrebató su celular y, con una mueca de asco, leyó el apodo que usó para agendar a su pareja en aquella aplicación para enviar y recibir mensajes.

— "Mi flor", ¿en serio? —sonrió con burla.

Jogo resistió las ganas de golpearlo, atrapando en el aire su celular y metiéndolo en el bolsillo de su pantalón, para evitar otro arrebato por parte de su burlesco amigo.

— ¿No crees que nos meteremos en un problema muy grande si nos descubren? —Dagón, pese a su apariencia intimidante, era probablemente el más cobarde de los tres. Se rascó el cabello rojizo mientras buscaba apoyo de Jogo, para juntos lograr detener a Mahito, quien se auto proclamaba el líder del trío.

— Dagón tiene razón

Mahito rechinó los dientes. Su mirada fulminante se alterna entre Jogo y Dagón, hasta que se aseguró de haberlos intimidado con la cólera plasmada en sus ojos.

El autoproclamado líder era un beta bastante problemático, a decir verdad. En realidad, solo continuaba permitiéndosele asistir a clases porque su padre era uno de los principales donadores de fondos para financiar los gastos de aquella prestigiosa escuela secundaria; su comportamiento claramente era por demás inaceptable, pero un cero más en la donación mensual que su padre hacía llegar y entonces los profesores bajaban la cabeza, como perros bien adiestrados. El director era lo bastante corrupto para hacer caso omiso a las quejas de algunos docentes que, sin dejarse sobornar, continuaban acudiendo a él, para expulsar al estudiante beta de una vez por todas. La mayoría de estos, terminaban despedidos.

La personalidad de Mahito era despreciable, sin escrúpulos. Además de Jogo y Dagón, nadie quería tenerlo cerca. Era lo contrario al encantador Yuji Itadori, ese sujeto cuya familia era bastante más rica que la suya y gozaba de ser el centro de atención incluso entre los profesores, que solían hablar de su prometedor futuro mientras bebían tazas de café en la sala de docentes.

Mahito estaba harto de escucharlos halagar al chico de cabello de un ridículo color rosáceo, mientras él era llevado a firmar otra carta de compromiso, donde prometía mejorar su comportamiento. El director pretendía cumplir el protocolo escolar ante las faltas que cometía, haciéndole llevar a su padre un nuevo reporte de mala conducta que debía firmar, haciéndose enterado.

Él solía colarse a la oficina de su padre y tomar su sello personalizado para plasmarlo en la hoja que después devolvía, con una sonrisa zorruna al salirse con la suya, otra vez. De igual forma, ese reporte se sumaría a otra docena más en su expediente.

Daba igual, no iban a echarlo. En realidad, no tenía aspiración alguna, además, no era el heredero, entonces acudir a la escuela no era más que una forma de distracción; podía joder a Dagón, haciéndolo tropezar y caer por las escaleras cuantas veces quisiera, y ese grandulón seguiría volviendo a comportarse como una mascota obediente porque era el único que no se sentía atemorizado por su aspecto tan desagradable. Y Jogo, solía portarse como un sirviente porque le pagaba bastante bien por hacerle los mandados. Y no, no era precisamente que le hiciera las tareas, sino que le consiguiera alimentos y bebidas que le apetecían, a cualquier hora. Con lo que ganaba siendo su achichincle, podía comprarle bastantes obsequios a su novia, Hanami, o planear citas fantásticas.

La familia de Jogo no era adinerada, y este tenía becas escolares que le ayudaban a mantenerse ahí. Era listo, pero también bastante inseguro. Mahito lo había engatusado para que creyera que mientras le siguiera dando regalos a su novia, esta no lo dejaría pese a su horrible físico y bajo estatus. Por eso lo necesitaba, porque el dinero que ganaba era más que suficiente para consentir a la chica que amaba la jardinería.

Mahito metió la mano a su bolsillo y extrajo una bolsa de plástico del tamaño de su palma. Dentro de esta había dos cápsulas.

— Cada una de estas, cuesta entre quinientos y mil dólares —explicó a sus cómplices, con una sonrisa demencial.—, solo tenemos que disolverlas en una bebida, hacer que las beban, y surgirá la magia

Jogo y Dagón se miraron de reojo. Ambos sintieron una gruesa gota de sudor frío bajar por su sien. Lo que Mahito les proponía hacer era considerado un delito, uno grave; el par de achichincles sabían, mejor que ningún otro alumno o docente, el gran odio que profesaba el beta hacia Itadori Yuji.

Si los rumores eran ciertos, en menos de un año, Yuji estaría manifestándose como alfa dominante.

Ese chico tenía todo lo que Mahito anhelaba, y por eso lo envidiaba, porque recibía atención a montones.

Por más fechorías que el beta cometiera, la atención que le prestaban las personas en su entorno era temporal. Realmente escasa.

Después de una breve llamada de atención, preferían ignorar su existencia. Su propio padre tenía ese trato hacia él, pues estaba ocupado con su primogénito, un alfa. No tenía tiempo que perder con su descendiente beta.

Jogo se mordió el labio inferior. Como beta podría tomarse ambas cápsulas y no sentir ningún cambio en absoluto, pero no era el mismo caso para un omega o un alfa, pues lo que Mahito tenía en sus manos no era precisamente un antigripal, sino un estimulante de celo: una droga prohibida desde hace años.

Contrario a los supresores, que bloquean el mecanismo que desencadena el celo, un estimulante lo inicia. Su carga hormonal es tanta que, incluso sin haber tenido un despertar del segundo género previamente, puede provocar algo similar al calor.

Dagón extrajo de su mochila dos latas de gaseosa. El aluminio ocultaría la cápsula por disolverse, aunque claro, lo difícil sería encontrar a la persona que entregara la bebida a la víctima, que no levantara ninguna mínima sospecha.

En cuanto a la otra cápsula, Mahito ya tenía en mente al desafortunado ser que forzará a consumirla.

Se trataba de Junpei Yoshino, el hijo omega de la secretaria de su padre. El chico había entrado a la misma escuela secundaria que él, pese a no ser adinerado, y todo gracias a los esfuerzos de su madre. O eso creía el tímido aficionado al cine.

Mahito conocía una versión más retorcida de la historia, y es que, había visto a esa mujer arrodillarse sin rechistar entre las piernas de su padre y hacerle felaciones, o masturbarlo con sus senos, con tal de recibir un aumento salarial.

Mentiría si dijera que se sentía conmovido por los sacrificios de la mujer, con tal de que su hijo, también omega, tuviese mejores oportunidades de las que ella tuvo, en una sociedad aún injusta para los omegas.

Más bien, desde entonces había comenzado a hostigar al pelinegro, que estaba lejos de parecerle siquiera una pizca de atractivo. Era demasiado sombrío. Su rostro apenas era visible tras el flequillo enorme que le cubría la mitad de la cara, y era tan delgado como un palillo de dientes.

Pero, lo que atrajo la atención del beta, fue aquella fascinación que Yoshino tenía por el ser que él más despreciaba: el mismísimo Itadori Yuji.

Lo había atrapado viéndolo a lo lejos, con ese único ojo que no ocultaba su flequillo, mirándolo como un idiota enamorado; con lo que tenía planeado para ese par, tal vez Junpei debería agradecerle que le iba a echar una mano.

No escuchó los consejos de sus esbirros y, tomando ambas latas, las abrió y echó dentro de cada una una cápsula.


Yuji bajó del taxi, después de recibir el pago por el servicio, el auto se fue alejando lentamente, mientras el joven miraba su antiguo hogar, con nostalgia plasmada por todo su joven rostro.

En sus recuerdos, esa mansión era más grande. Tal vez porque después de varios años lejos, fue ganando algunos centímetros de altura. Ahora legalmente era un adulto.

Cuando dejó Japón, tenía solo doce años.

Un largo suspiro se escurrió fuera de sus labios; su corazón palpitaba con fuerza, como si hubiese corrido un maratón recién.

Al principio dudó hacia donde ir primero, pero al final, la respuesta estaba clara desde un comienzo: desconocía el paradero de la mujer que lo dió a luz, por ello, como primer paso debía intentar dialogar con su tío, soportar su regaño, pues estaba seguro de que estaría demasiado enfadado con él por desobedecerlo, y si era necesario, tumbarse al suelo y suplicar, hasta lograr que este le permitiera saber dónde se hallaba esa mujer que alguna vez lo meció entre sus brazos y le cantó una canción de cuna con amor.

Cada paso que daba hacia la puerta principal lo hacía más y más lento que el anterior, como si su calzado se adheriera al suelo y por lo tanto, le resultase cada vez más dificultoso andar.

Palpó el bolsillo de su pantalón, sintiendo dentro de este la llave que guardó con bastante esmero, deseando algún día poder volver a utilizarla; a pesar de contar con servidumbre, él siempre cuidó el objeto que abría la puerta principal de su hogar. Lo hizo responsablemente, y siguió asegurándose de tenerla consigo incluso en el extranjero.

Esa llave le fue dada por Higuruma, cuando cumplió once años. Ese cumpleaños era sumamente importante para todos los miembros de la familia Itadori, pues el despertar de su segundo género estaba cada vez más cerca, y de forma simbólica, la cabeza del clan entregaba a su primogénito y próximo heredero la llave de su nuevo hogar. Su abuelo le obsequió una a su padre, Jin, pero Jin... No vivió lo suficiente para continuar la tradición con su propio hijo. Y, aunque Itadori no era más el heredero del clan, se le permitió tener una copia de la llave de la mansión que alguna vez fue de Jin Itadori y ahora estaba bajo el nombre de su tío, Sukuna.

Yuji sintió su estómago revolverse, debido a la culpa. ¿No estaría siendo demasiado malagradecido? Sukuna, pese a su temperamento, nunca permitió que nada le faltara desde la muerte de Jin. Yuji pudo perder a su padre a muy temprana edad, pero Sukuna perdió a su hermano gemelo, su otra mitad.

Aunque la versión que Yuji conocía sobre el suicidio de su padre era bastante corta y carente de detalles, sí sabía que la decisión de Jin estuvo fuertemente influenciada al abandono de su madre, Kaori. Por eso mismo, nació un resentimiento sin medida de Sukuna hacia su ex cuñada.

Miró la copia de la llave en su palma. Sintiendo su corazón estrujarse ante la idea de decepcionar al hombre que envió a Higuruma a entregarle esa misma llave.

Jin pudo haberse suicidado, dejándolo huérfano, pero Sukuna aún así hizo que esa copia estuviera en sus manos. No era su hijo biológico, legalmente estaba lejos de ser la cabeza del clan desde que esa responsabilidad le fue transferida a su tío y próximamente, a su descendencia, pero jamás se sintió una carga, o al menos, no hasta ese desafortunado evento que lo orilló a irse lejos de Japón.

Ahora estaba de vuelta en su hogar, y lo primero que haría sería enfrentar a su tío, para poder ver, aunque sea una última vez, a la mujer que trajo tantas desgracias a la familia Itadori.

Se tragó el doloroso nudo que se formó en su garganta e insertó la llave en la ranura, haciéndola girar.

Necesitaba respuestas. Ya no era un niño, ya no necesitaba que nadie lo protegiera de la verdad.


Megumi tosió, sacando abruptamente su cabeza de la tina a rebosar de agua en la que la sumergió. La temperatura del agua era baja, haciéndolo temblar como un animal desamparado en una noche de frío invernal.

Su cuerpo desnudo cayó al suelo mojado, mientras respiraba irregularmente. Su vista estaba nublada, fija en el techo.

Desde que su marido se fue, dejándolo confundido y solo en esa enorme habitación, no había conseguido calmar sus feromonas; el lado más desconocido de sí mismo estaba sin control alguno, es decir, esa fracción suya que se comportaba como un omega, no estaba cediendo a sus intentos por reprimirla.

Su cuerpo ardía, como si estuviera sufriendo la más intensa de las fiebres. El aroma a su alrededor, gritaba a los cuatro vientos hallarse en lo que los omegas conocían como celo.

Sus piernas se flexionaron, obligando a sus rodillas a pegarse a su pecho, en una posición fetal, mientras temblaba, preso de una excitación incontenible.

Ese lugar olía a alfa por completo, era imposible calmarse cuando estaba tan cerca ese olor que hacía enloquecer al omega en él. No era precisamente que deseara a su ahora esposo, en realidad a su cuerpo solo le interesaba el alfa en él. Era un instinto, y lo odiaba.

Odiaba sentir húmedo ese agujero entre sus nalgas. Sentir la necesidad de ser penetrado, e impregnado de feromonas alfa. Daba igual quién fuera, quería ser tomado.

Experimentar eso le daba tanto terror.

No lo quería, en el fondo de su corazón, no quería sostener relaciones sexuales con nadie, ni con su propio esposo. Pero su instinto era más fuerte que su propia cordura, y lo obligaba a juntar las piernas, frotando con sus propios muslos mojados en semen su propio pene erecto, buscando un poco de placer.

Gimoteó, llevándose ambas manos a la boca, cubriéndola, como si le doliera escucharse a sí mismo en esa situación tan humillante.

Sus feromonas llenaron el cuarto de baño, el armario inmenso y la habitación. Estaba fuera de sí mismo.

Arrastrándose por el piso, quiso volver a la habitación. Había ido hasta el cuarto de baño, casi a gatas, buscando algún botiquín. Necesitaba un inhibidor cuanto antes, uno fuerte, que lo adormeciera de ser necesario; su marido debía tener alguno de emergencia, pero en los cajones del baño no lo halló, por eso decidió meterse al agua y tratar de regular su temperatura, pero fue inútil. El ardor venía desde dentro, le quemaba. Era como tener lava ardiendo en el vientre.

Con sus antebrazos, continuó arrastrándose hasta llegar a la mesa de noche más próxima. Abrió el primer cajón, encontrando solo un estuche de lentes con apenas poca graduación. Los hizo a un lado, dando con un libro a medio leer y una cajetilla de cigarros.

Se sintió mareado y detuvo su búsqueda, tumbándose por completo en el suelo.

Quiso llorar a todo pulmón, y entre su llanto llamar a Tsumiki. En esos momentos, la extrañaba tanto. Estaba seguro que su sola presencia sería suficiente para calmarlo. Pero ella no estaba ahí, y ni siquiera sabía su número de teléfono para llamarla y pedirle ayuda. Jamás se le permitió tener un celular mientras estaba bajo el techo de los Zenin, entonces le parecía innecesario recordar el contacto de su fiel amiga, si de todas formas no podría llamarla.

Ahora se sentía muy idiota, por no preguntarlo y memorizarlo. 

Intentó recordar los consejos de Maki, pero al cabo de unos segundos de no lograr ningún cambio, volvía a frustrarse.

Sus ojos se pasearon por toda la estancia. Su cuerpo estaba debilitándose, dejándolo en un estado por demás vulnerable; no sabía si estaba solo en esa enorme mansión, pero sospechaba que sí. De cualquier forma, su esposo no lo creería capaz de huir seguramente. Ni siquiera tenía a donde ir.

Intentó gritar, llamar al mayordomo que amablemente lo guió hasta ahí, pero su voz era apenas audible. Sus brazos temblaban, incapaz de ayudarlo a sostenerse para lograr incorporarse.

Volvió a lloriquear. Sus genitales dolían. Quería tocarse, pero a la vez, le era una idea repulsiva dejarse llevar por la excitación en una situación como esa.

Cerró sus ojos, tratando de reprimir el amargo recuerdo de esa noche en que Naoya se coló a su habitación; aunque había evitado que este lograra su retorcido objetivo, el recordar que, una parte suya sintió que era correcto, que así debía ser, le hacía desear arrancarse con sus propias uñas esa glándula protegida por la piel de su nuca. Poseer ese órgano era un verdadero calvario. Porque, a pesar del miedo que sentía, capaz de paralizarlo, su cuerpo se preparó para recibir al alfa.

Pasó horas en la tina, tratando de quitar cualquier rastro de las caricias del alfa, de borrar la evidencia de su cuerpo cediendo. Tsumiki lo había encontrado casi moribundo, con nuevas heridas sobre la glándula de olor, y en sus uñas, rastros de piel y sangre propia.

Odió, otra vez, que su vida fuese tan miserable por algo que no eligió ser.

Sus gemidos lastimeros cesaron cuando, convencido de haber escuchado pasos acercándose, se obligó a sellar sus propios labios y escuchar, con más atención.

Una mezcla de alivio y miedo inundaron su cuerpo. Podría ser el mayordomo. De ser así, le pediría un inhibidor de emergencia, y podría recobrar la cordura. Sin embargo, existía la posibilidad de tratarse de su marido, quien volvería de atender el asunto tan importante que lo obligó a irse en un comienzo.

Anheló que se tratara de la primera opción. A pesar de lo que su cuerpo deseaba, no quería ser tomado. No ahora, probablemente nunca.

La puerta de la habitación se abrió, con una lentitud tortuosa. Con indecisión.

Como una fuerte bofetada, Megumi sintió sus instintos desatarse como nunca antes. Algo dentro suyo, se quebró, en miles de pedazos que parecieron suspenderse en el aire; se vió a sí mismo, como si su espíritu hubiese abandonado su cuerpo, y se mirara desde un segundo plano, tendido sobre la alfombra de la habitación, tembloroso.

Su anatomía por completo respondió a un llamado silencioso, pero poderoso, irresistible. Cada diminuto vello en su piel se erizó. Ardió como nunca. Sus pupilas se dilataron, volviéndose casi imperceptible el iris esmeralda en sus ojos; las aletas de su nariz se ensancharon e inhalaron un aroma único, proveniente del intruso que, desde el marco de la puerta, lo observaba, sosteniendo la perilla entre su palma con la fuerza suficiente para destrozarla.

Ambos se reconocen.

Nuevas lágrimas nublaron su vista. Su cerebro se fundió por el calor tan abrumador que experimentaba, haciéndole perder el racionamiento, cegándose por el instinto. Y el instinto, ese maldito, le suplicó que dejara que ese espécimen lo reclamase como suyo.

Era algo imposible de describir. Era magnetismo puro.

En su último segundo de consciencia, tendido en el piso, con un cuerpo cubriendo el suyo, pudo ver unos iris brillantes, de un irreal color dorado.

Pero... No sintió miedo. 

Notes:

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✎ 𝐍𝐨𝐭𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫𝐚:

Mis niños al fin se conocerán, qué felicidad.

¡Nos olemos pronto!

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Notes:

┌─────────────────── ∘°αβΩ°∘ ───────────────────┐

| | | | ✧ 𝑺𝒖𝒑𝒓𝒆𝒔𝒐𝒓: Fármaco oral o inyectable que bloquea el mecanismo que desencadena el calor/celo.

| | | ✧ 𝑰𝒏𝒉𝒊𝒃𝒊𝒅𝒐𝒓: Fármaco oral o inyectable que disminuye los síntomas del calor/celo. No lo frena por completo, pero lo vuelve más tolerable y permite a quien lo usa pasar desapercibido, disminuyendo la intensidad del olor de las feromonas.

| | ✧ 𝑫𝒆𝒔𝒑𝒆𝒓𝒕𝒂𝒓: También conocido como "presentación". Es como se conoce a tener el primer calor/celo.

| ✧ 𝑺𝒊𝒈𝒎𝒂: No revelaré mucha información, ya que en los próximos capítulos ahondaré más profundamente en este segundo género tan peculiar. Por ahora llamémoslo un "híbrido" de alfa y omega.

└─────────────────── °∘αβΩ∘° ───────────────────┘

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✎ 𝐍𝐨𝐭𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫𝐚:

Volví con este proyecto, al que no llamaré "nuevo", porque en realidad le encaja más llamarlo "reciclado", o "mejorado". La trama ha cambiado, por lo que te invito, querido/a lector/a, a olvidarte de los capítulos que publiqué hace tiempo.

También estaré jugando un poco con los términos ya conocidos del Omegaverse. Algunas cosas las cambiaré para beneficio de la historia, pero evitaré ser muy confusa o alejarme mucho de la definición más básica. Quiero tener libertad creativa en este fanfic, ya que hace mucho anhelaba escribir un Omegaverse.

Estaré actualizando todos los domingos, ya que es mi día con más disponibilidad. Ser adulto es difícil.

Sin más, agradezco que hayas llegado hasta aquí, y espero, de todo corazón, que no te arrepientas de darle una oportunidad a este fanfic.

Un beso sabor... Ah, olvídalo, cambiemos la frase de despedida... Nos olemos, ¿Entiendes? Porque este fanfic es un omegaverse... Las feromonas, tú entiendes.

¡Nos olemos, pórtense bien o los/as morderé!

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