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129 d.C

Chapter 28: It was only the beginning

Summary:

“And it’s hard to dance with a devil on your back.”
— Florence Welch, Shake It Out.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Los pasillos de Marcaderiva se sentían distintos a esa hora de la madrugada. No había antorchas encendidas más de lo necesario, el mar no se veía, pero se escuchaba, profundo, constante… se filtró por la piedra como un recordatorio de todo lo que ese asentamiento representaba.

Laenor caminó escoltado sin sentir protección alguna de la presencia de sus guardias. Los pasos resonaron con demasiada fuerza, y cada paso parecía anunciarlo.

No preguntó a donde lo llevaban, lo sabía.

El Salón de los Siete no se abría a esas horas sin motivo grave.

La puerta se abrió con apenas un ligero empujón. Las bisagras apenas y se quejaron, como si también estuvieran enteradas de lo ocurrido y decidieran guardar silencio. El calor del fuego lo golpeó de lleno, luego el olor: madera vieja, sal, humo.

Lord Corlys estaba de pie frente a la chimenea. No se inmutó aun cuando los guardias habían abandonado la sala.

La llama iluminó su perfil endurecido, marcando las líneas del cansancio que ya no intentaba ocultar. Su postura era recta, pesada, como si el peso del mar entero hubiera sido colocado sobre sus hombros.

—Padre…

Lord Corlys apenas inclinó la cabeza. No era un asentimiento. Era tolerancia.

—¿Sabes porque estamos aquí?

Laenor abrió la boca, pero no dijo nada. Tenía palabras de sobra, pero sabía que en ese momento nada de lo que dijera le serviría.

Fue entonces cuando lo notó. A unos pasos del fuego, ligeramente cerca de la oscuridad, estaba su hermana acompañada de dos hombres que conocía muy bien.

Hugh Martillo y Vaemond Velaryon.

Laena estaba en quietud absoluta. Tenía la cabeza baja. Los hombros tensos. Las manos unidas frente a su cuerpo.

Y su ropa.

Desarreglada, con el atuendo masculino que los alfa solían llevar cuando había trabajo que hacer en el barco, en el astillero.

Su ropa, la que él debía portar.

Laenor sintió que el estómago se le hundió.

Como si de un castigo se tratase, el alfa ya no fue capaz de ignorar la elegante seda azul que descansaba sobre su cuerpo. La tela era tan limpia que captó la luz del fuego devolviéndola en reflejos suaves.

—¿Desde cuándo? —preguntó lord Corlys con voz baja, sus ojos se posaron sobre su hijo y en la vergüenza en la que estaba ataviado—. ¿Desde cuándo hacen esto?

Silencio total.

—¿Creyeron que no lo sabría? —continuó moderando el tono de su voz— ¿Qué este castillo no habla?

La Serpiente Marina caminó sin prisa tomándose su tiempo para llegar a escasos pasos de él. Cada paso parecía calculado, frío, con furia contenida y una profunda decepción.

—Hugh —llamó al hombre que aún se encontraba junto a su hija—. ¿Quieres decirle a mi heredero que fue lo que ocurrió?

—No hemos dañado a nadie —se defendió Laenor.

Lord Corlys lo miró directo. —Hugh, cuéntale a mi hijo como su impertinencia nos ha puesto a todos en riesgo.

—Mi señor —dijo el beta inclinando la cabeza—. Lady Laena fue encontrada con una moza en su camarote. Los marineros creyeron que era usted y la obligaron a entrar con ella para… pasar el rato. La mujer se percató y amenazó con decirle a todos. Afortunadamente Lord Corlys fue informado de inmediato.

Laenor tragó saliva virando hacia su hermana, al tiempo que ella movía los labios en un marcado “lo siento”.

Eso no era lo que debía pasar. Ese no era el fin de su intercambio.

Ambos querían vivir una libertad negada. Querían disfrutar de una vida sin restricciones asfixiantes y exigencias excesivas. Ellos solo querían disfrutar alejándose momentáneamente del peso de pertenecer a esa familia.

—Eres mi heredero —dijo La Serpiente Marina—. Y actúas como si no entendieras lo que eso exige.

Algo dentro del estómago de Laenor se retorció.

—No quiero serlo —susurró con los dientes apretados.

—¿Qué has dicho? —cuestionó Lord Corlys.

El alfa levantó la cabeza con una mirada cargada de resolución.

—¡No quiero serlo! —respondió levantando la voz—. No quiero casarme con Rhaenyra como si fuera una moneda más en el juego de tu ambición, padre. No quiero vivir una mentira.

El fuego crepitó con fuerza como si fuera una representación del ímpetu que ardía dentro de la cabeza de los Velaryon.

Pero Lord Corlys no alzó la voz. Eso lo hacía aún peor.

—El deber no se elige —dijo—. Se acepta o se traiciona.

Viró hacia su hermana, luego volvió la vista a él.

—Tú no te casas por deseo —continuó—. Te casas porque es lo que mantiene este linaje de pie. El rey se presentó personalmente ante nosotros suplicando por un matrimonio, ¿en enserio crees que tus preferencias importan más que tu apellido?

El alfa lo escudriñó de arriba abajo observando el vestido. Ese que pertenecía a su hermana.

—Esto —añadió señalándolo a él y Laena—. Es un descuido que pudo terminar en vergüenza.

Laenor dio un paso adelante

—¡No es vergüenza! —dijo con aplomo—. Vergüenza es suplicar por el acceso al Trono de Hierro.

Lord Corlys lo observó en silencio por un tiempo considerable.

—Cuida tus palabras, hijo mío. He sido muy tolerante con sus andanzas, si estuvieras en mi lugar, no sabrías que hacer —el alfa elevó el mentón y se llevó las manos a la espalda—. Ahora que al fin logré entender porque a mi hija la llaman mujerzuela y a mi hijo impotente, podré ponerles fin a esos asquerosos rumores que hay de ustedes.

Laenor apretó los labios.

Eran rumores tontos. Alguien lo había visto con Joffrey mientras vestía las ropas de su hermana, y ella claramente no se iba a involucrar con ninguna mujer. Eran rumores, solo eso.

—Váyanse —dijo Lord Corlys caminando de vuelta frente al fuego dándole la espalda a su hijo—. Ambos. Hablaré con mi hermano.

No había perdón en esa orden, tampoco castigo inmediato. Solo la certeza de que algo se había roto y que nada volvería a encajar del mismo modo.

Laena se adelantó saliendo primero.

Tras de ellos ya no había más guardias, y era tan doloroso porque su padre lo hizo con la intención de hacerles saber que él sabía que, a partir de ese momento, ellos acatarían sus órdenes.

Llegaron a la cámara de Laena, la puerta se cerró tras ellos con la misma pesadez que invadía sus corazones. Laenor miró a su alrededor, había mapas plegados sobre una mesa y una réplica a escala del arnés que usaba con Vhagar. Olía a cuero, y sal, olía a alguien que solía entrar y salir sin pedir permiso.

Laenor se quitó el vestido luego de un suspiro. La seda cayó al suelo como algo que en realidad se obligó a llevar. Abajo aún conservaba su ropa mal ajustada por la fuerza que usó para lograr entallarse en el vestido.

Apartó las vestiduras y se sentó junto a su hermana en el borde de la cama.

—No debí…

—No —lo interrumpió ella—. No empieces así.

El alfa ajustó su posición acercándose más a ella. El silencio se hizo pesado. Desde algún lugar lejano llegó el sonido del mar, amortiguado por los gruesos muros del castillo que los aprisionaba.

—Nos descubrió —dijo Laenor al fin—. De verdad lo hizo.

Laena asintió. —Claro que lo hizo. Siempre lo supo.

El platinado negó con la cabeza, completamente frustrado. —No como hoy.

Su hermana bajó la cabeza y largó un suspiro.

—Ellos me dijeron que, si no iba al camarote con esa omega, entonces no sería capaz de preñar a alguien. Se burlaron diciendo que sólo me gustaba la atención de los alfas —se quedó en silencio un momento, luego continuó—. Pensé que ella no lo notaria, estaba demasiado borracha, pero entonces comenzó a tocarme y yo…

—¿La golpeaste? —preguntó Laenor con una leve sonrisa.

—Eso hubiese sido lo ideal, sin embargo, ella se echó a gritar y el tío Vaemond llegó.

Laenor la abrazó acercándola a su pecho. Ella no tenía la culpa, la responsabilidad era de esos marineros entrometidos que no lo dejaban en paz. Desde que la noticia de su compromiso con Rhaenyra llegó a oídos ajenos, todos se tomaron el atrevimiento de cuestionarlo sobre todo lo que les cruzara por la cabeza.

Había comentarios estúpidos que rayaban la ridiculez.

—Esto fue un accidente —dijo él soltándola.

—Nuestro padre dijo que era un descuido —murmuró Laena con molestia—. Como si no pensáramos. Como si hubiese sido un juego para nosotros.

Y así había iniciado, pero de a poco se convirtió en un respiro entre tanta restricción.

—La Gran Serpiente Marina no entiende de libertad, él solo entiende de rutas, puertos y alianzas.

Laena apoyó su hombro contra el de él. —Tu eres la ruta más importante al Trono de Hierro.

El platinado asintió aparentando la mandíbula.

—No quiero serlo…

Laena lo miró, cara a cara, sin dureza, pero sin suavizar sus palabras. —Lo sé, pero no hay nada que hacer.

Todo estaba escrito. Su padre se había encargado de eso.

El silencio se instaló entre ellos. Permanecieron así, hombro con hombro, como cuando eran niños y se escondían del viento en la cubierta del navío de su padre. La cercanía era simple, sin incomodidad. Un gesto tan antiguo y necesario que Laenor atinó a cerrar los ojos un instante para descansar.

—Aumentaran la vigilancia —dijo ella en medio de aquel abismo de pensamientos—. No podemos volver hacerlo.

Laenor suspiró. —¿Te arrepientes?

Su hermana negó sin dudar. —No. Nunca. Cambiar contigo para cuidarnos mutuamente le puede doler a nuestro padre, pero lo hicimos desde el cariño que nos tenemos. Él no lo vio, pero cuando lo hacíamos te veía respirar.

Eso rompió a Laenor, pero no se atrevió a derramar una sola lagrima ante ella.

—Tú te sentías más libre. Lo notaba por como sonreías.

Laena se encogió de hombros. —Es lo más cerca que estuve de sentirme así.

Laenor experimentó una sensación suave en su pecho, era el cariño de su hermana anunciándole que, aunque no hubiesen compartido el mismo ciclo de gestación, era tan idénticos que parecía que ambos habían nacido el mismo día.

Tan iguales. Tan unidos.

—¿Crees que el tío Vaemond le cuente a Daeron y Daemion? —cuestionó Laenor.

—Si pensamos como lo hace él, dudo que lo haga.

El alfa hizo una mueca. —¿A qué te refieres con eso?

—El tío Vaemond quiere comprometer a Daeron con Hazel Harte. Si la familia de ella se entera de esto, no creo que ese acuerdo continúe. Además, ¿viste su cara?, estaba pasmado.

Esa explicación le hacía sentido, su tío Vaemond era igual de rígido que su padre.

Pasaron más minutos en silencio y Laenor terminó por levantarse, tomó el vestido y lo colocó sobre la cama de Laena con delicadeza calculada.

Lo había dejado en el piso, pero merecía respeto, los vestidos de su hermana le dieron la liberación que buscó por años.

—Me voy a casar con Rhaenyra —dijo resignado—. Hable con ella cuando el Rey se presentó con la propuesta de matrimonio. Creo que podemos tener un matrimonio que nos beneficie a ambos.

Laena se puso de pie. Se acercó a Laenor y lo abrazó con fuerza, con amor.

—No dejes que la corte te consuma, hermano. Que no te convenzan de que vales menos por sentir que no encajas.

—¿Siempre estarás conmigo?, Laena.

Ella se aferró a él y asintió.

Laenor cerró los ojos apoyando la frente en su hombro.

Por primera vez en ese caos orquestado por los dioses, la noche en ese castillo no pesaba tanto.

 

 

Hasta ese momento, Lucerys no había notado que el Salón de los Siete parecía siempre oler a madera vieja y sal. Lo notó apenas cruzó el umbral: el crepitar parecía demasiado alto para una estancia tan grande, era como si el castillo quisiera llenar el silencio impuesto por todos aquellos que no se atrevían a decir lo que realmente pensaban.

Se obligó a caminar sin prisa, a mantener la espalda recta y a no buscar una salida que delatara todo ese nerviosismo.

Todos se encontraban allí.

Su abuela, con los labios apretados en una línea que no prometía compasión, permanecía inmóvil como una hermosa estatua tallada en el más costoso marfil. Lord Corlys, cerca del fuego, parecía más una sombra que hombre por como la luz mordía su estoico rostro. Daeron, diferente a como lo había visto la última vez, lucia serio, casi severo, con la calma controlada de alguien que analiza el espacio que lo rodea como si se tratase de un complicado juego de ajedrez. Lord Daemion, con su presencia neutral, se veía envuelto en una calma silenciosa.

Y lo que más le preocupaba, llamó su atención.

Aegon, con la misma actitud despreocupada de siempre, ocupaba una silla como si el mundo pudiese romperse en ese instante y él no se inmutaría por ayudar a alguien, tenía una sonrisa fácil y desdeñosa dibujada en sus labios, algo natural y simple para él.

Lucerys detuvo su recorrido visual, negándose a fijar su vista sobre el último miembro de esa sala. Lo sintió bajo su piel, un tirón, la incomodidad que no era nerviosismo, no era miedo, era su presencia difícil de ignorar.

Aemond.

No necesitaba mirarlo para saber que estaba ahí. El olor lo delataba, intenso, contenido, como una lluvia que no cesaba. Luke mantuvo el rostro neutral y la postura recta, aunque su naturaleza, esa que se esforzaba por contener, reaccionaba desbocada haciéndolo sentir confundido y alerta.

«No en este momento», pensó. «Por favor, no ahora».

Todos estaban allí, todos se darían cuenta.

Sin embargo, tenía que continuar, no podía permitirse sentir que ese espacio ya le pertenecía al alfa, no podía permitirse hacerse pequeño.

Lucerys reunió todo el valor que encontró dentro de su haber y se permitió observarlo.

Aemond no estaba cómodo, lo notó en la tensión contenida en su mirada afilada, su ojo sano parecía una braza ardiente que amenazaba con quemar todo a su paso. No había un ápice de cordialidad en él, su semblante gritaba que se tomaría la tarea de pronunciarse ante la persona que le diera un mínimo inconveniente.

Y su vista estaba sobre la discordia en persona.

Addam.

Luke tragó saliva, ¿cómo carajo había regresado?, para empezar, ¿cómo se había ido en primer lugar?, nadie lo vio entrar ni salir. Nadie podía explicar cómo es que salió del castillo sin que lo registraran los guardias, sin que alguien en el puerto lo viera, sin que la servidumbre chismeara. HighTide era enorme, pero un lugar así tenia demasiados empleados, ¿cómo ocurrió esa prolongada ausencia además de ese regreso imposible?

No lo sabía, pero Addam estaba allí, de pie a unos pasos del centro con el rostro más delgado de lo que el omega recordaba, como si en ese tiempo que se fue, alguien le hubiese quitado algo. No se veía derrotado, lucía resignado, casi preparado para asumir su destino.

Lord Corlys alzó una mano, y el salón pareció tensarse como si de una cuerda se tratase.

—Estamos aquí reunidos por una evidente razón —dijo llamando la atención de todos—. El regresó de Addam y la necesidad de resolver asuntos que se quedaron pendientes antes de su partida.

Aegon soltó una risa breve, como si lo dicho por la Serpiente Marina fuera un chiste.

Rhaenys no lo miró.

El omega sintió ese silencio lleno de furia reservada, no olvidaba lo que todos sabían y que nadie se atrevía a decir en voz alta; la última vez que Addam estuvo ahí, hubo derramamiento de sangre. Una pelea que no terminó con un golpe cualquiera, sino con una fina línea trazada, un paso invisible que dividía lo que se podía perdonar y lo que se iba a cobrar.

Lord Corlys giró hacia Addam. —Tienes la palabra.

El alfa inclinó la cabeza, y comenzó a dar sus motivos con la voz firme y resuelta.

—Quiero pedirle una disculpa a todos los presentes por la pelea que propicié. Fue una total pérdida de control de mi parte. Una ofensa para esta honorable Casa y para la dinastía que nos gobierna.

Lucerys vio de reojo como Aemond permanecía atento, una atención que podía traducirse en amenaza.

—Me arrepentí apenas tuve espacio para pensar con claridad, sin embargo —Addam respiró—. La salud de mi hermano repentinamente empeoró y me vi obligado a parir sin dar las explicaciones adecuadas. Les ruego que me perdonen.

El alfa se inclinó ante ellos en un gesto de sumisión.

Aegon se inclinó hacia adelante, como si eso fuese lo más divertido que había visto en días.

Rhaenys, por su parte, cruzó las manos guardando toda hostilidad en su postura.

Addam suspiró.

—He hablado con Lord Corlys —dijo virando hacía la cabeza de los Velaryon—. Con su bendición, me iré a las ciudades libres. Permaneceré allí. No regresare aquí, pues mi error ha sido grave.

Lucerys sintió que la temperatura del salón se elevó varios grados, como si eso que Addam acababa de decir, fuese una moneda al aire y todos los presentes esperaban la resolución para pronunciarse.

—Así será —habló Lord Corlys—. Y a la par de la partida de Addam, se ofrecerá un banquete en honor a mi heredero.

El omega sintió un repentino mareo. Un banquete, en esa sala, el mismo día que Addam se iba, sonó como una decisión que fue tomada para ocultar algo que nadie debería saber.

—No celebramos como era debido tu llegada, mi querido príncipe.

Luke aparentó con éxito su descontento, el aire le raspaba el pecho, pero no había nada que decir.

—Que generosos somos —soltó Aegon alzando las manos con teatralidad—. Perdonar con tanta facilidad a alguien que golpeó a un miembro de la familia real… que conmovedor y conveniente.

El omega notó el cambio de postura en su abuela.

—Una conmoción que claramente preocupa a todos —dijo ella con frialdad hacia su esposo—. Qué resolución tan eficaz.

Aegon soltó una risilla nasal, como si sintiera felicidad por ser secundado por alguien como Rhaenys.

—La corona no dispuso un castigo formal —intervino lord Corlys antes de que aquello se saliera de su control—. No hay orden de aprensión, no hay sentencia. La solución más pacifica que se encontró, es que tanto Addam como Alyn se retiren para que el asunto muera sin tener que derramar más sangre.

La palabra “mueran” en la misma oración que el nombre de Addam y Alyn, hizo que Luke tragara saliva.

Daeron que hasta ese momento se había reservado sus palabras, se pronunció.

—Con todo mi respeto, mi lord —dijo con toda la ceremonia que se permitía—. Si existe una misiva real, debería leerse en voz alta. No por desconfianza, sin por precaución. Para que todos verifiquen el contenido y evitar interpretaciones convenientes.

Lucerys sintió de nuevo ese movimiento bajo su piel, viró hacia Aemond y parecía conforme con la petición de Lord Daeron, como si esa sugerencia por fin fuera algo útil en esa conversación.

—No es necesario —respondió La Serpiente Marina.

—No es innecesario, mi lord —insistió el alfa con firmeza medida—. Solo prudente.

Aegon chasqueó la lengua.

—Y si la carta dice “despídanse con amor”, ¿los enviaremos en un barco cargado de oro? —dijo con ironía y poca sutileza—. Si se marchan sin un castigo, ¿quién le puede asegurar a la Corona que no volverán en unos meses como si nada hubiese pasado?, Driftmark es una isla muy grande con varios accesos ¿o me equivoco?

—Desconocía su conocimiento en los accesos a la isla, mi príncipe —respondió Addam intentando no sonar demasiado hostil—. Pero no hay de qué preocuparse, mi hermano y yo no regresaremos.

Lucerys sintió que el impulso de hablar trepaba por la garganta. No es que quisiera defender a Addam. No quería defender a nadie, pero sabía lo que ocurriría si en esa sala llena de poder, se le permitía a los Targaryen tomar la palabra.

—Todos los presentes saben lo que implica no acatar una orden del Rey —dijo y se sorprendió al escuchar la firmeza en su tono, era más sólida de lo que pensaba—. Si Lord Corlys concede su permiso para una partida, no es un permiso vació. Nadie ignoraría las consecuencias de quebrantar una orden así.

Aegon lo miró como si acabara de recordar su presencia allí.

Su abuela apenas y levantó el mentón, evaluándolo.

Addam se inclinó hacia él, en un gesto de agradecimiento.

—Yo solo deseo la paz —dijo el alfa—. Eso y cuidar de mi hermano.

Antes de que alguien más dijera algo, Aemond alzó la voz por primera vez, y Lucerys sintió un repentino bajón en la temperatura que hasta hacia un momento, se sentía estable.

—¿Dónde está Alyn? —demandó saber.

Lucerys lo notó de inmediato. No era una duda en esencia, era la mano de su tío cerrándose sobre el cuello de Addam.

—Él ya va en camino a las ciudades libres —respondió el platinado alternando la mirada entre él y Aemond—. Necesita ver un médico ya que su estado es delicado.

Su tío lo observó como un cazador observa a la presa que ha decidido acorralar para decidir donde le dará la estocada final.

—Mal por él —dijo sin nada más.

Aemond no insistió, no indagó, se quedó callado.

Y eso, lejos de aliviar la preocupación de Lucerys, la empeoro.

Su tío no era de lo que otorgaban piedad, si permanecía callado, era porque estaba guardando algo para después, estaba calculando, sabía algo que los demás no y quizá estaba estrechamente ligado a los asuntos que había tratado con Daenaera antes de su partida.

Luke sintió un malestar punzante bajo las costillas. Una sensación sobre toda la conversación, aunque esta parecía haberse encaminado bien, tenía un hueco difícil de descifrar, algo que no encajaba.

Addam regresó sin ser visto, avisaba su retiro y todos aceptaban, porque la Corona no había emitido una orden para castigarlo. Era demasiado limpio y conveniente. Rápido para una situación que había dejado sangre en las manos de varios de los presentes.

Sin anticipar lo que se venía, Lord Corlys giró el cuerpo hacía él, como si de pronto hubiese recordado que aún faltaba algo importante.

—Quiero que te involucres en los preparativos del banquete —ordenó y su voz no admitía una negativa—. Supervisa personalmente lo que desees. El menú, los invitados, la decoración. Hazlo visible, que todos vean lo orgullosos que estamos de ti.

Luke atinó a sonreír.

Eso no era orgullo. Era un posible mensaje.

El omega prefería masticar piedras antes que exponerse al escarnio público, pero la sala estaba atestada de personas cuyas intenciones giraban en torno en lo que él estuviera haciendo.

Lo presentía.

—Hare lo que sea necesario, mi Lord —dijo como si fuera el honor más grande que le concedían.

Lord Daemion que había permanecido en la periferia, habló con voz seria y calmada.

—Por cuestiones de seguridad, debe establecerse una restricción de espacio entre Addam y el príncipe Aemond —dijo como si nada—. Hasta que Addam se marche de Marcaderiva. Esto es una medida tomada por prevención.

Aemond no reaccionó.

Addam asintió con demasiada facilidad, como si esa medida le diera en realidad, una ventaja que solo él entendía.

—Haz los preparativos —accedió Lord Corlys.

Daemion asintió y La Serpiente Marina cerro la reunión con una inclinación leve de cabeza, ninguno de los presentes discutió las decisiones que se tomaron. Estaban ahí para escuchar, no para emitir un voto.

Lucerys se quedó un instante más, sintiendo como el frío del estómago subía a su nuca.

Banquete en su honor. Para callar rumores

Para confirmar la herencia.

Se sintió de pronto como si se fuera a exhibir en una mesa larga, con velas, comida y música, para que todos aceptaran una verdad que él mismo no podía consentir como completamente suya.

Cuando por fin salió del salón, una idea se clavó con insistencia en sus adentros.

Addam se iba por su hermano, pero nadie se interesó por preguntar sobre la enfermedad.

Aemond evidentemente no le creyó, sin embargo, se guardó sus comentarios.

Su abuelo no había querido leer la carta de la Corona

Y nadie vio entrar o salir a Addam.

Luke caminó con el porte firme que se esperaba de él, pero por dentro la amargura enraizaba una idea que se negaba a soltar.

Había algo en esa paz que olía menos a perdón y más a encubrimiento.

 

 

El té estaba tibio y desprendía un delicioso olor a miel, Alicent no sabía cómo describir ese dulzor que permanecía en el aire antes de que la taza siquiera tocara sus labios. Su salón personal se sentía cálido, cómodo. Las cortinas, las alfombras y el silencio cuidadosamente mantenido. Allí, el exterior parecía lejano: la corte, las sesiones con el consejo, los cuchicheos, las alianzas… allí solo existía el murmullo del agua al ser depositada en una taza de porcelana y su hija.

Su tierna y amada hija.

Helaena estaba sentada como de costumbre; espalda erguida y manos alrededor de la taza que la sostenía con delicadeza. No bebió de inmediato, observó el vapor fascinada por la forma en que se deshacía, como si fuese una nube efímera que no volvería a ver. Los ojos de Helaena veían un mundo que otros no imaginaban, su atención siempre se centraba en algo que los demás denominaban como distracción.

Alicent bajó su taza con cuidado, un gesto automático, enseñado desde que era una niña: no derramar, no hacer ruido y no ocupar más espacio de lo necesario. La reina consorte ahí se permitía ser esa mujer que no necesitaba pelear con hombres en el consejo, en ese espacio podía regocijarse en las banalidades femeninas que de vez en cuando fastidiaban al resto de personas.

—Cuando estaba embarazada de Aegon —habló de pronto rompiendo el silencio entre ambas—. El Rey caminaba con el pecho hinchado de orgullo, era como si hubiese rejuvenecido. Se lo decía a todos, no ocultaba su felicidad.

Helaena levantó la vista con interés, como si las palabras de su madre fueran un ancla para su atención.

Alicent le sonrió con suavidad. Estaba a punto de hablar de embarazos como quien habla de las estaciones del año: inevitable, largas…

—Era todo nuevo —continuó—. Para mí, para el reino. El primer hijo es una promesa que aún no sabes si podrás sostener entre tus brazos.

Eso pasó con Aegon, aunque las cosas cambiaron conforme fue creciendo.

—¿Y Aemond? —pregunto tímida apenas curvando sus labios.

—Con tu hermano fue distinto —respondió la castaña—. No lo amábamos menos, pero ya teníamos la experiencia de dos niños. Nuestra alegría nacía del conocimiento acumulado de esos años. Siempre les pasa a las mujeres que tienen la fortuna de ser madres más de una vez.

A la memoria de Alicent vino el rostro del Rey cuando sostuvo a su tercer hijo con una ternura solemne, un alivio resultado de tantas plegarias. Todos estaban atentos al nacimiento del nuevo príncipe, pero Alicent también recordaba la soledad de estar rodeada por extraños cuya misión era contemplar la continuidad de la línea sanguínea de los Targaryen, la maternidad no era completamente suya, era un espectáculo para que Alicent se hiciera a la idea de que esos niños le pertenecían al reino.

—¿Y yo? —pregunto Helaena, como si hubiese estado preparándose para soltar aquello.

Alicent la observó con ese amor y atención que no podía permitirse en público.

—Tú —respondió con una sonrisa—. Fuiste alegría pura. El Rey vociferaba que eras una bendición que los Dioses le otorgaron.

Su hija se ruborizó de inmediato. Sonrió cómo si la belleza de una afirmación como esa, la pudiese guardar consigo para siempre.

Alicent sintió un pinchazo de culpa. Había cosas que nunca le dijo, cosas que le oculto de forma consiente. Ella no tenía por qué enterarse, ya tenía suficiente peso sobre ella como para añadirle una preocupación más.

El silencio volvió a instalarse hasta que Helaena habló de nuevo.

—A veces pienso que me gustaría tener dos hijos.

La reina hizo un gesto de sorpresa. —¿Si?

Helaena asintió apretando la taza, como si necesitara de algo material para manifestar su deseo.

—Una niña y un niño —dijo con emoción en su voz—. La niña con el cabello de Jace, y el niño con su sonrisa.

La frase quedó flotando en la retahíla de los pensamientos de Alicent. Le sonrió a su hija, pero algo dentro de su interior se endureció.

Cabello y sonrisa de Jacaerys.

No, lo mejor eran niños con verdaderos rasgos Targaryen. Cabello plata. Una señal indiscutible que le permitieran vivir su maternidad sin la duda acechando la legitimidad de sus hijos. Cuando la sangre era cuestionada, se convertía en un arma.

Alicent lo sabía de sobra.

—Los dioses escuchan los deseos sinceros —respondió con amabilidad—. Tu siempre has sido eso. La Madre te bendecirá.

La platinada sonrió algo más resuelta, aflojando el agarre de la taza.

La reina iba añadir algo más, justo cuando la puerta se abrió y el guardia anunció la llegada de las dos personas que Alicent no estaba preparada para ver en ese momento.

—La princesa Rhaenyra Targaryen y el príncipe Jacaerys Velaryon.

El ambiente cambió en ese instante, no por el ruido, sino por la anticipación. Esos dos no podían pronunciarse de manera neutral sin que la política apareciera.

Helaena se levantó de inmediato, tan rápido que la silla se movió raspando levemente el suelo. La reina observó con preocupación cómo su hija se acercaba a su esposo con una seguridad abrumadora.

Jacaerys entró primero con esa facilidad heredada directamente de su madre. Era joven, pero se movía con la confianza que parecía haber cultivado desde el vientre. Alicent vio como sus ojos encontraron a Helaena y estos se suavizaron en el acto.

El alfa tomó las manos de su esposa sin dudar, con total naturalidad. Besó su frente con delicadeza, no era un beso cargado de pasión, era un gesto de amor y cariño que podían permitirse expresar en público.

La castaña sonrió. No de forma amplia, ni cálida, reservada, como la etiqueta indicaba.

Entonces su atención fue tomada por Rhaenyra. Espalda recta, ropa impoluta, su presencia llenó el salón con esa autoridad que provenía de la Corona, de la certeza de que el mundo se organizaba alrededor de ella. La reina notó como su aroma se desplazó cerca del de su hijo, marcando un territorio que no era de ella, respetando la posesión que su heredero vertía sobre Helaena.

—Madre —dijo Jacaerys y Alicent señaló dentro de su haber el uso de la palabra, se escuchaba amable cuando la decía en voz alta, sin embargo, también era una declaración pública sugerida por el Rey, un recordatorio de los vínculos y obligaciones que tenían el uno con el otro.

—Hemos venido con un presente.

Los ojos de Helaena se encendieron.

—¿Un regalo?

El príncipe sonrió, y con esa sonrisa, Alicent no podía desconfiar del todo.

—Es un detalle —respondió—. Es algo necesario.

La platinada reparó en Rhaenyra buscando una confirmación, como si le diera espacio a un permiso que no provenía solo de su esposo.

—Anticipándome a las responsabilidades crecientes de Jacaerys —dijo Rhaenyra—. He mandado traer desde la corte de Nido de Aguilar una dama para que te sirva.

Alicent elevó el mentón poniéndose en alerta. Una dama de la corte más inaccesible por tierra, a la que Rhaenyra podía acceder con un viaje en dragón. Familia de su madre, personas que apoyaban su herencia.

—Está bien educada, entrenada —continuó la platinada—. Tiene los conocimientos necesarios para servir a una princesa. Ella es ajena a los círculos internos de la corte de King’s Landing, es perfecta para ti.

El ultimo comentario fue deliberado. Alicent lo sintió, pero no lo demostró,

—Pasa —Rhaenyra hablo y la joven cruzó el umbral de la puerta.

Era hermosa, eso fue lo primero que la castaña noto. Cabello largo, oscuro y brillante, rostro refinado y postura impecable. Caminó levemente inclinada, como quien sabe que está frente a la reina consorte, los Herederos al Trono de Hierro, y una de las hijas favoritas del Rey. La chica se detuvo a una distancia prudente y se inclinó para reverenciarlos.

—Mi reina… princesa —dijo hacía las dos personas con el rango más alto en la habitación—. Es todo un honor.

Alicent evaluó cada detalle: el control de su respiración, el tono de su voz, la forma en que no posaba la vista sobre Jacaerys. Detalles pequeños pero importantes.

Algo tenía esa chica que no le gustaba del todo.

Por su parte, Helaena parecía menos segura. Su mirada se movió entre la joven y su esposo, como buscando una grieta que explicara lo que sentía ante lo que en ese momento calaba como una posible intrusión.

—Ella es… —empezó Rhaenyra.

—No me importa el nombre —interrumpió Helaena sin querer hacerlo realmente, se ruborizó—. Perdón, hable antes de tiempo.

La chica sonrió con amabilidad.

—Mi princesa —dijo con tono suave—. He traído algo para usted.

—¿Un regalo? —preguntó Helaena y la duda se evaporó al instante.

—Si me lo permite…

Helaena se acercó emocionada. —Enséñamelo.

La joven inclinó la cabeza.

—Con gusto, ¿me acompañaría?

Helaena no espero la réplica de nadie. Tomó a la dama del brazo con una confianza torpe y ambas salieron del salón.

Alicent la observó partir. La forma en que la chica se ajustó al paso de Helaena le pareció interesante, sin darse cuenta, o eso es lo que la castaña esperaba, había captado la atención de su hija gracias a la promesa de recibir algo bonito.

Cuando la puerta se cerró, Jacaerys se aclaró la garganta, anticipándoles que también debía marcharse.

—Debo continuar con mis deberes —anunció—. Gracias, madre.

El tono fue correcto, respetuoso, pero había prisa en él, prisa real.

Alicent inclinó la cabeza. Jacaerys se volvió hacía Rhaenyra susurrándole algo que la castaña no alcanzó a oír, luego se retiró como había anunciado.

Ambas se quedaron solas.

Cuando Rhaenyra dio un paso hacía la salida, Alicent la detuvo con una voz suave, demasiado para su propio gusto.

—Princesa.

La platinada se giró y Alicent le sostuvo la mirada.

—Es mejor que lo sepa ahora —dijo—. Prefiero saberlo en este momento.

—¿Saber qué? —pregunto como si no hubiese entendido hacía donde iba la conversación.

—Esa joven… ¿es un desahogo intimo para el príncipe?

El cuestionamiento quedo suspendido en el aire, Alicent no elevó el tono, no necesitaba hacerlo, su padre le sugirió mesura y prudencia, además, el tiempo le había enseñado que las acusaciones más crueles podían hacerse con voz serena.

—Nuestras intenciones son buenas —respondió Rhaenyra.

—Eso no es una respuesta a lo que pregunté.

La platinada le sostuvo la mirada, firme, con calma.

—Helaena necesita una dama que no hable a sus espaldas —aseveró con sinceridad—. Aquí muchas de las jóvenes la observan de una forma que no es del agrado de Jacaerys. Necesita alguien en quien confiar.

—Ella es tímida —defendió Alicent.

—Es distinta —corrigió Rhaenyra—. Y en este lugar, lo distinto lo castigan con crueldad. Lo sabemos.

Alicent apretó los dedos.

—¿Qué hay del príncipe?

—Jacaerys tiene más responsabilidades cada día. No puede acompañarla tanto como él quisiera. Con él moviéndose de un lado a otro, Helaena se queda expuesta —Rhaenyra dijo con aplomo—. Le doy una compañía segura. Alguien que se familiarice con ella. Eso es todo.

La castaña no podía negarlo, Rhaenyra hablaba como si su gesto fuera pura benevolencia, pero esa amabilidad también era una forma de control. Elegir a la persona de confianza de la princesa, era decidir que pensamiento fortalecer en su entorno.

Ya había usado a Helena una vez, lo seguiría haciendo.

—Te agradezco la sinceridad.

Rhaenyra sostuvo su mirada un instante más. Luego se inclinó con cortesía.

—Nos vemos en la cena.

La reina permaneció inmóvil hasta que la puerta se cerró. El salón se quedó en completo silencio y su té se había enfriado.

Observó el contenido de la taza. No bebió.

Pensó en su hija, iluminada por la promesa de una compañía amable. Pensó en Jacaerys, rápido, ocupado, cada vez menos presente. Pensó en Rhaenyra, tan segura de sus “buenas intenciones”, tan hábil para convertir la protección en influencia y en un favor para agradar al rey.

Pensó, con una claridad incomoda, que quizá la platinada estaba ganando una clase de juego. Uno que se había disfrazado de preocupación, uno que pasara desapercibido en las reuniones del consejo y las misivas de la Corona, gestos amables con intenciones ocultas.

Alicent negó, se estaba volviendo presa de la paranoia, Lord Mano solo le pidió llevarse bien con ella con la intención de ganarse el favor del Rey, pero Rhaenyra parecía ir veinte pasos delante de ella, algo que debía analizar con precaución.

Porque en esa corte, la diferencia entre imaginar una amenaza y verla tarde, era la vida en todo su esplendor.

 

 

La arena todavía estaba tibia cuando Aegon se sentó junto a Sunfyre.

El dragón descansaba con las alas plegadas, el dorado de sus escamas se veía opacado por la sal y la evidente caída de la tarde. Respiraba lento, como si haber hecho un viaje de ida y vuelta a Dragonstone dos veces en ese día no fuesen nada para él.

Aegon apoyó la espalda contra uno de sus flancos cálidos y se permitió sentir el calor viajar hasta sus huesos.

El mar estaba en calma, pero no silencioso, la sede de los Velaryon se sentía igual de ruidosa que la Red Keep. El omega largó un suspiro, el oleaje arrastraba piedras pequeñas, resto de algas, fragmentos de conchas… el sonido era demasiado parecido a una multitud lejana.

Cerró los ojos e inevitablemente, la reunión en el Salón de los Siete volvió a su memoria.

Lo que se dijo. Las miradas.

Dejó escapar una risa sin humor.

Estaba orgulloso del papel que hasta ese momento estaba representando frente a los Velaryon, el príncipe indeseado y despreocupado, el de la sonrisa ladina, el que hizo la broma hacía Addam cuyo fin era irritar a Lord Corlys… todo eso le salía bien, aprendió a molestar a otros a una temprana edad, y Aemond no podía quejarse, encarnaba esa falsedad tal y como se lo había pedido.

El problema era su hermano.

Aegon jugueteo con la arena mientras repasaba la actitud que su hermano tuvo durante la reunión. No la que todos habían visto, la que estuvo frente a todos y que parecía que solo él pudo notar.

El omega había aprendido a la mala que conocer y confrontar a Aemond sobre sus sentimientos, no era precisamente algo simple de hacer, ¿estaba bien si le decía que se tenía que controlar?, estaba reaccionando desde el instinto. Su aroma se había vuelto amargo, su mal humor no era solo un simple enojo, era territorialidad herida.

Cuando Lucerys intervino para hablar de las órdenes del Rey y las consecuencias que tenía desobedecerlas, vio con claridad como la atención de Aemond cayó sobre él, era como una mano caliente, posesiva.

No era simple y banal enojo.

No era un reproche como los que había mostrado antes.

Aemond tenía una preocupación latente envenenada por los celos.

Su hermano estaba ahí, pero a la vez no lo estaba, para él, la reunión no pareció ser sobre Addam, ni siquiera sobre la herencia en disputa. Para el alfa había sido sobre territorio, instinto, de todo lo que no decía en voz alta pero que si demostraba con ese aire tenso que lo rodeaba.

Aegon frunció el ceño.

Addam era un problema político, un bastardo inconveniente.

Pero para su hermano era algo peligroso y Lucerys estaba en medio de toda esa vorágine.

¿Addam también tenía sentimientos hacia Lucerys?, o peor aún ¿Lucerys los tenía hacia Addam?

Estaba cansando de pensar, de analizarlos a todos.

Aemond no lo admitiría, pero todo ese enredo sin sentido lo estaba convirtiendo en un alfa perdiendo la paciencia hacia ese intruso que invadía su relación con Lucerys.

Ese vínculo del que ninguno de los dos se atrevía hablar.

—Mierda —murmuró y Sunfyre abrió un ojo con pereza analizando si ese quejido emitido por su jinete era algo digno para reaccionar.

Aegon apoyó la mano contra el cuerpo cálido de su compañero.

¿Por qué Aemond no solo era sincero?

Habían decidido compartir toda la información que supieran sobre la conspiración de Lord Corlys, pero en ningún momento habían hablado de sentimientos.

Lo mejor era que Aemond y Addam se mantuvieran alejados.

Por el espacio, por la distancia, por tiempo, de ser necesario.

Aegon empezaba a creer que Marcaderiva estaba maldita.

Un ruido llamó su atención y vio a Aemond dirigirse hacia él. Se puso de pie despacio sacudiéndose la arena pegada en su ropa.

—Llegas tarde —se quejó sin reproche real—. Empezaba a creer que tendría que irte a buscar a tu nueva cámara.

El alfa se detuvo a unos pasos, su rostro lucio tenso, no estaba relajado, pero tampoco parecía dispuesto a fingirlo.

—No podemos hablar dentro del castillo —respondió con seriedad—. No en este momento.

El omega ladeo la cabeza. —¿Ni siquiera en nuestras habitaciones?

Aemond lo miro —Especialmente allí.

Vaya, entonces ahora sospechaba que los estaban espiando.

—Entonces dime, ¿qué es tan importante para vernos aquí?

—A partir de ahora tomaremos rutas distintas.

¿Distintas?, ¿no se suponía que debían estar pegados todo el tiempo?

—Tu adentro —continuó—. Y yo afuera.

Así que de eso se trataba.

—Tu investigaras afuera del castillo —dijo Aegon—. Rutas, testigos, movimientos vinculados con Marcaderiva, entiendo… ¿qué quieres que busque?

Aemond apenas y giró el rostro. —La misiva del Rey.

Aegon hizo una mueca. —¿La carta de la Corona?

—La supuesta carta —corrigió el alfa—. La que habla de la resolución pacífica para esos bastardos. La que la Serpiente Marina convenientemente no quiso mostrarnos.

Aegon quiso estirarse el cabello de la frustración. Buscar esa jodida carta involucraba moverse por el castillo llamando la atención de todos.

—¿Dónde crees que este? —preguntó el omega con sarcasmo—. Quizá bajo el colchón de Lord Corlys y la Princesa Rhaenys, ¿no?

Aemond no sonrió.

—Lord Corlys es cuidadoso, pero no infalible. Lord Daemion te ayudara con discreción, también el Maestre Tallad. Además, ese siempre fue tu encargo. Moverte y observar donde otros no ven nada.

El mayor lo observó un instante, no se opondría, Aemond no estaba precisamente en un momento en que se pudiera dar el lujo de conceder que algo se le escapara.

—Haré lo que pueda —dijo al fin—. Pero si no existe.

—Existe —lo interrumpió Aemond—. Y en caso de que no exista, es mejor para nosotros. Por eso es necesario que busques en cada rincón del castillo.

Aegon asintió.

—¿Sospechas de algo?, ¿cierto?

Aemond dudó. —Sí. Estoy seguro que esos dos bastardos nunca se irán, pero Lord Corlys lo quiere disfrazar de un exilio conveniente.

Por supuesto.

Y es que eso era demasiado evidente. Lord Corlys estaba tomando decisiones fáciles de leer. Para que alguien no se diera cuenta tendría que estar tremendamente abrumado y distraído por…

Aegon abrió los ojos de la sorpresa virando hacia Aemond.

—Lo sé —dijo el alfa—. También me he percatado de eso. Lo distrae con banalidades para no alertarlo. En el peor de los casos, lo hace sabiendo que eventualmente lo descubrirá, y así podrá dirigir la responsabilidad hacia alguien más.

—Está jugando con todos nosotros —sopesó Aemond algo cabizbajo—. Sabe que Lucerys no creerá en la palabra de nadie de nosotros.

—Sigo analizando cómo es que tomó la ventaja de un momento a otro.

Aegon exhaló por la nariz, tenso.

—La partida de Daenaera Velaryon dejó demasiado asuntos inconclusos.

—Esos asuntos ahora son problema de su padre —comentó Aemond—. Lord Daeron se encargará de eso, no podemos hacer nada al respecto.

—Lord Daeron se ve especialmente huraño en estos días, ¿te dijo algo más?

Aemond asintió. —La búsqueda de Alyn se intensificará.

Era evidente que nadie creyó que ese bastardo enfermizo estuviera en las Ciudades Libres.

—¿Dónde empezaran la búsqueda? —preguntó, aunque la respuesta ya rondaba por su mente.

—Los bosques de Hull.

Hull solo era un punto en el mapa, un sitio donde los secretos parecían enterrarse con facilidad. Donde las personas sabían callar y desaparecer.

—Esto ya no tiene marcha atrás —murmuro para sí mismo.

—No —dijo Aemond—. No la tiene.

El silenció se hizo entre ellos. El mar seguía su ritmo, lento, cautivador. Sunfyre se movió apenas, inquieto como si percibiera el peso del momento sin comprenderlo del todo.

El mayor posó la vista en el alfa.

—Aemond.

Este reparó en el apenas lo llamó. Aegon eligió las palabras con cuidado. No podía decirle “estas celoso de Addam”, porque eso le costaría un golpe en la mandíbula. No podía decir “admite que estás enamorado de Lucerys”, porque Vhagar se lo cenaría. Mucho menos podía decir “tienes miedo de perderlo”, porque era su hermano y prefería hablar con toda la cautela posible para no herirlo.

—Cuídate —continuó—. No solo del bastardo, si no de ti mismo.

El alfa lo miró en silencio, y por un pequeño instante, Aegon vio toda la furia contenida que no sabía dónde descargarse.

—Tu preocupación me sabe enfermiza —respondió con un tono más relajado.

La nariz del omega logró captar como el aroma de su hermano se hacía menos denso. Sabía que Aemond la estaba pasando realmente mal, estaba tomando decisiones no solo con la cabeza, si no con el cuerpo también, su instinto rasgaba por salir a la superficie y solo los Dioses sabían la dura batallada que el menor estaba librando.

Porque una vez que Aemond decidió proteger algo que reclamaba como suyo, el mundo en el que vivían rara vez resultaba ileso.

 

 

El pasillo era más angosto de lo que Lucerys recordaba.

O quizá siempre había sido así, y él nunca lo había notado porque no solía caminarlo con el pecho tan apretado. Las antorchas estaban separadas por mayor distancia, y la luz que arrojaban temblaba, no por el viento, sino por la antigüedad de los soportes. La piedra devolvía el frío incluso a través de sus botas, subiendo despacio por las piernas.

A mitad del corredor, Lucerys redujo el paso.

No porque dudara de querer verla, sino porque sabía que una vez que cruzara esa puerta no podría fingir del todo. Con Tyshara nunca había podido hacerlo como lo hacía con los demás.

El guardia permanecía firme frente a la puerta. Con la postura correcta. La mandíbula tensa. Los ojos atentos, pero no hostiles.

—Mi príncipe —dijo dándole una reverencia—. Las visitas están restringidas.

Lucerys respiró hondo. Intentó mantener la voz estable.

—Se me ha informado que Lady Tyshara se encuentra mejor —dijo con calma—. Quiero verla unos minutos.

El guardia se quedó en silencio un momento. —Las órdenes son claras. El maestre ha indicado reposo absoluto.

Lucerys sintió un arranque de enojo. No violento, cansado. Ese que nace de llevar demasiadas decisiones ajenas sobre los hombros.

—He pasado por reuniones interminables hoy —respondió con algo de hostilidad—. No vine a discutir los protocolos.

—Discúlpeme, mi príncipe, no es personal —respondió el guardia—. Pero…

Lucerys dio un paso adelante. —Sé que no es personal.

El silencio se estiró. Ambos sabían lo que venía después.

Lucerys cerró los ojos un instante.

«Odio esto», pensó. «Odio tener que hacerlo así».

Cuando volvió a abrirlos, su voz cambió apenas.

—Soy el príncipe de la Casa Velaryon —sentenció—. Voy a entrar.

No fue un alarde, fue una sentencia breve.

El guardia vaciló. Por una fracción de segundo, pareció querer decir algo más, pero terminó haciéndose a un lado sin atreverse a objetar.

Lucerys pasó sin mirarlo. No se sintió victorioso, se sintió impropio de él.

La habitación de su amiga era sencilla, casi austera para alguien de su linaje. Una cama amplia, bien tendida. Una mesa de trabajo pequeña junto a la ventana. Cortinas claras que dejaban pasar una luz gris, filtrada por nubes pesadas. El olor a hierbas y a infusión todavía flotaba en el aire.

Tyshara estaba sentada a la mesa, leyendo.

Lucerys se detuvo en seco.

No porque se viera frágil, sino porque se veía real, lo más real que había visto en días.

Vestía un vestido simple, cómodo, de tela suave, ceñido solo lo necesario. Las mangas largas caían relajadas sobre las muñecas. El cabello le caía suelto, más largo de lo que solía llevarlo en la corte.

Alzó la vista.

Sus ojos se iluminaron de inmediato.

—¿Luke…?

El libro cayó sobre la mesa sin cuidado. Tyshara se levantó tan rápido que la silla se movió torpemente hacia atrás. Caminó hacia él y lo abrazó sin dudar, sin pedir permiso.

Lucerys cerró los brazos alrededor de ella, aferrándose con más fuerza de la que pretendía.

—Te he extrañado —dijo, y no intentó suavizarlo—. Es muy solitario allá afuera.

Tyshara apoyó la frente en su hombro.

—También te extrañé. Pensé que nunca vendrías a visitarme.

Él soltó una risa breve, apagada. —Créeme, pensé en hacerlo en varias ocasiones, pero me dijeron que aun estabas recuperándote.

Ambos se separaron lo justo para mirarse.

—Te ves mejor —continuó él—. Bueno, en realidad nunca te vi enferma.

Tyshara soltó una risa. —Fue gracias a los cuidados del Maestre. Me atendieron bien.

Lucerys miró alrededor. —¿Es una habitación inusual?

—Sí —asintió—. Es una cámara de confinamiento. El maestre me lo explicó. Lord Corlys dio la orden de cambiarme de habitación. Es rudimentaria pero linda.

Lucerys negó con la cabeza, divertido.

—Mi abuelo debió dejarte en tu habitación.

Las damas que estaban en la estancia intercambiaron miradas discretas y Tyshara las notó.

—Déjenos solos —pidió—. Si necesito algo, las llamaré.

Las mujeres asintieron y salieron sin comentar nada, la puerta se cerró y el silencio que quedó fue distinto al del pasillo, más cálido, más afable.

Lucerys se acercó a la mesa.

—¿Qué leías?

—Crónicas del Oeste —respondió—. Nada emocionante, pero me ayudaron a no perder la cabeza encerrada aquí.

Él tomó el libro y lo hojeó. —¿Siempre encuentras consuelo en las palabras?

—Tenía que hacerlo —sonrió ella—. Tú te consuelas con los cotilleos de por aquí y por allá, yo no tenía acceso a eso.

Lucerys arcó una ceja. —Eso suena peligrosamente acertado.

Claro, porque la persona que le ayudaba a investigar y disipar dudas, había estado enferma dejándolo a merced de las malas decisiones y el vino.

Tyshara se sentó en el borde de la cama e indicó la silla frente a ella.

—Cuéntame —dijo—. ¿Cómo ha sido para ti quedarte sin mi compañía?

Luke se sentó.

—Terrible —respondió sin dudar—. El castillo se volvió demasiado aburrido apenas te encerraron.

Ella rio con ganas. Luke la extrañaba en serio. Las risas, las suposiciones, inclusive los regaños.

—Así que mi ausencia no pasó desapercibida —dijo ella con tono juguetón.

—Fui quién más lo sufrió —dijo él con seriedad fingida—. Para mí fue una pérdida total.

Ella sonrió casi conmovida.

—Quiero volver pronto a la Fortaleza Roja —dijo Tyshara de repente—. Mi familia debe estar desesperada con la boda de mi hermano. Necesito partir pronto a casa.

Lucerys sintió el golpe antes de saber por qué.

Casterly Rock, lo había olvidado por completo. Estaba dentro de la lista que había decido omitir para no tener que pensar en todo lo que aún permanecía pendiente.

Ese maldito viaje. Esa maldita boda.

Estaba hastiado de todo lo que aún no resolvía y volvía constantemente a él. De pronto sintió la necesidad de adormecer su cuerpo con algo de vino. Sentir que todo se despejaba y lo dejaban descansar.

—Luke, ¿sucede algo? —preguntó la rubia algo consternada.

Él respiró hondo tratando de sonreír. —Nada.

Ella negó sin creerle. —Algo ocurre.

Lucerys pasó una mano por su rostro.

—Aemond y yo estamos designados para asistir a la boda ¿lo recuerdas? —ella asintió—. Bueno, pues en este momento no estamos en buenos términos.

Y eso era lo mínimo. Tyshara ladeó la cabeza.

—¿Discutieron? —pregunto la Lannister—. No debe ser tan grave.

—Es un reverendo desastre —dijo y se puso de pie—. No nos hablamos, él ni siquiera me mira. La última vez que hablamos apenas y tenia deseos de entablar una conversación conmigo. Me evade con crueldad.

Tyshara apretó los labios con preocupación.

—¿Qué fue lo que ocurrió?

No quería decirle a Tyshara que ya no sabía de quien era la culpa, si de él, o de las malditas circunstancias que lo rodeaban. Era un entramado de circunstancias que no paraban de enredarse y confundirlo más.

—¿Qué sucedió? —insistió ella.

—Es complicado —respondió él tratando de esquivar el cuestionamiento—. Deber, familia, todo se ha mezclado.

—Luke… —había una advertencia suave en su voz.

—No es nada que no pueda manejar —añadió rápido—. Sólo lo dije por decirlo. No importa.

Ella se acercó un paso, y Lucerys sintió que esa cercanía lo haría perder la calma en cualquier momento.

—Si no puedes decírmelo, no me digas nada —dijo—. Pero no me hagas sentir como que puedo ayudarte y después ya no. Somos amigos. Soy tu confidente. No me hagas a un lado.

Lucerys tragó saliva.

Tyshara generalmente era aguerrida y firme. Esa suavidad en su comportamiento debía ser resultado de su enfermedad y encierro.

—No he logrado resolver lo de Addam y Alyn —confesó con tristeza—. Y por eso… la princesa Rhaenys está presionando para que me case con Aemond, ella quiere que tomemos el gobierno de Marcaderiva.

Tyshara abrió los ojos con sorpresa genuina. —¿Tomar el gobierno?

Lucerys hizo una mueca. —Dice que es la única forma de asegurar la sede, de impedir que Addam y Alyn se queden con todo.

Ella lo sopesó un momento.

—Eso es… —buscó la palabra adecuada—. Una traición directa a Lord Corlys.

Lucerys asintió aliviado de no ser el único que lo veía así. —Lo sé, lo sé perfectamente.

—Pero… —Tyshara habló con cuidado tratando de entender lo que el omega le estaba contando—. ¿Ese fue el origen de tu discusión con Aemond?

Lucerys se quedó en silencio unos segundos.

—Cuando hablé con Aemond —dijo con voz trémula—, le conté acerca de todo. Intenté no revelarle más de lo necesario, pero él insistió y terminé diciéndole todo lo que la princesa me propuesto. El prometió no hacer nada que yo no quisiera, aun así…

Tyshara de pronto sonrió.

—Eso suena… bastante bien, en realidad, ¿Por qué no accediste?

Lucerys no dijo nada. La pregunta resonó más de lo esperado.

Recordó la conversación con su abuela. Su voz firme. Su certeza peligrosa.

No estamos traicionando a nadie. El error fue de tu abuelo al traer a esos bastardos al castillo.

Tyshara chasqueó los dedos frente a él. —Luke.

—Es demasiado pronto —dijo al fin—. Todo va demasiado rápido. Mi madre ni siquiera podría asistir, y que decir de la reina, así como el resto de la corte.

—Eso no es una razón —replicó ella con suavidad—. Es una excusa. Hay un registro innumerable de matrimonios que se dieron de forma repentina. Nadie va a oponerse si saben cuál es el motivo de esa unión.

Lucerys se movió hacia la ventana. Miró el cielo plomizo, silencioso, ese que permitía que el ruido predominante fuera el del mar.

—Le dije que no me quería casar con él —soltó de pronto virando hacía ella—. Le dije que no era por su causa, pero no me creyó.

La rubia lo miró en silencio desde su lugar en la habitación. Ella parecía herida, como si fuera un relejo de lo que él sentía realmente.

—¿Por qué le dijiste eso? —preguntó son suavidad—. Nunca dijiste algo como eso antes.

—No importa porque lo dije. Lo hice y eso abrió una brecha entre nosotros.

Tyshara no respondió de inmediato, se acercó despacio pero no lo tocó.

—Luke…

—No tiene caso que me queje sobre algo que yo mismo provoque.

Él, con sus dudas, con su miedo, con su integridad.  Con todo eso que decía cuando no debía, con esa cobardía que lo hacía querer arrancarse el corazón para no sentir, para que su pecho se apretara, para no darle paso a la duda sobre sus sentimientos. Lloraba durante la noche cuando estaba sobrio, cuando el vino aún no se metía en su torrente, era doloroso, delirante. Le pesaba la cabeza, las piernas, el cuerpo entero. Quería ser un niño que corría a refugiarse en los brazos de su madre, que lo abrazara, que le dijera cuanto lo amaba y que no estaba solo.

Pero no podía, era el príncipe heredero de Marcaderiva y sus obligaciones no le permitían tiempo para la autocompasión.

—No eres lo que crees —volvió hablar la rubia—. Eres bueno, realmente bueno.

Lucerys negó con los ojos cristalizados. —No intentes amortiguar la verdad.

—Luke, este es tu castillo, tu familia, tu herencia…

—Lo sé —dijo tragando saliva—. Pero ya no hay marcha atrás.

Tyshara le sonrió tomando con suavidad sus manos. —Si hablas con él…

El omega se deshizo del agarre eludiéndola. —No puedo.

—Tal vez si el príncipe Aegon habla con él…

—¡Dije que no! —gritó reparando en ella—. No voy a hablar con él. No va a solucionar nada.

—Si no lo intentas no lo sabrás —soltó la rubia elevando el tono de su voz—. Si te quedas callado no se va a solucionar nada, hazlo que esté a tu alcance.

Lucerys soltó una risa amarga.

—¿Para qué?, ¿para que se arruine como todo lo que me rodea?

La omega frunció el entrecejo y con paso firme se acercó encarándolo.

—¿A que le temes? —preguntó como una flecha que da cerca de la diana—. ¿Qué te da miedo?

—Nada.

—¡Dímelo! —suplicó la chica.

—¡Todo!, todo me da miedo —gritó moviendo los brazos—. ¿Sabes lo que sigue de un matrimonio?, ¿lo sabes?

Tyshara parpadeo apretando los labios.

—Hijos —continuó con la voz quebrándose por la rabia y la tristeza—. Primero el matrimonio, después los herederos, ¿qué les diré a ellos?, ¿qué explicación les daré? —la omega no respondió— ¡¿Tendré que decirles me casé con su padre para evitar que dos bastardos se apoderaran de esta sede cuando yo también soy uno?!

Lucerys se llevó una mano a los ojos para no evidenciar que las lágrimas ya habían salido.

El silencio cayó sobre ellos, pero luego de unos segundos en silencio, el omega volvió hablar.

—Addam volvió —dijo limpiándose las lágrimas—. Nadie los vio entrar o salir.

—¿Mandarás a alguien a que investigue? —preguntó Tyshara acercándose nuevamente a él.

—Yo no quiero mandar a nadie —dijo—. Solo quiero paz.

—La paz no llega ignorando las amenazas —replicó ella—. ¿De verdad no te preguntas cómo esos dos entran y salen sin dejar rastro?

Lucerys suspiró. —Eso es lo que más me inquieta. De todos modos, espero que te dejen salir para el banquete que se oficiara en mi honor.

Tyshara se quedó en silencio, para luego exhalar con fuerza.

—Luke… tengo que decirte algo.

Él levantó la vista.

—Cuando viajé a Hull con Daenaera —hizo una pausa que hizo crecer la duda en el omega—… Escuché rumores. Dos vendedoras dijeron que Addam y Alyn eran peligrosos. Que siempre lo habían sido. Que todos en Hull creían que mataron a Ulf.

—¿Ulf? —preguntó Lucerys—. ¿Quién es Ulf?

Tyshara abrió la boca para responder, pero la puerta se abrió de pronto.

Jack estaba allí.

—Lo requieren con urgencia en el Salón de los Siete —dijo como si nada.

Lucerys se llevó una mano al pecho. —¿Qué ocurre ahora?

—Llegó una carta del Rey. —dijo el beta encogiéndose de hombros—. Deben estar presentes usted, Aegon y Aemond cuando se lea.

Lucerys sintió que el mundo se inclinaba.

—Que venga aquí —dijo tratando de ocultar la sorpresa—. Estoy ocupado.

Jack negó.

—Su presencia es requerida, órdenes directas del Rey. Los tres deben estar presentes.

Lucerys lo miró fijamente pensando en cómo salirse de eso. —¿Quién es el emisario?

Jack no dudó. —Ser Erryk Cargyll.

El nombre cayó como una sentencia. Lucerys cerró los ojos, y no sólo por cansancio. Si no por un presentimiento que lo acababa de golpear en donde menos esperaba.

Notes:

Welcome back, mis queridos lectores.

Me ausenté una eternidad, pero en medio de esta locura que llamo vida, pensé que una buena forma de pasar víspera de navidad, es actualizando.

Estoy de vacaciones, descansado y viviendo el duelo de una separación de mi marchita relación que duró 6 años. Porfavor díganme que les parece esta nueva parte, quiero leer sus comentarios.

En fin, les agradezco mucho por estar aquí esperando por la continuación, no voy a prometer seguir actualizando con regularidad, pero aquí ando. Voy a abrir un canal de Whatsapp, la verdad no sé cómo funciona, pero es fin de año probando cosas nuevas. Luego público en mi tablero cuando el canal esté listo.

Sin nada más por agregar, les deseo mucho amor, salud y prosperidad. Que todo lo bonito que les pueda pasar, llegue a ustedes.
Besitos en sus frentes. Lxs amo a todxs.

Notes:

La última vez que tuve tantas ganas de escribir algo, estaba tan ocupada que no pude. En este momento también tengo demasiados pendientes, pero después de una cantidad ENORME del contenido de esta pareja y unas cuantas conversaciones con mi amiga Jica, dije ¿Por qué no?

Agradezco infinitamente a todos los que entren a leer la historia, no importa si son uno o dos, tienen mi agradecimiento hasta el final de mis días. Sin más por añadir, espero les guste.

También pueden encontrarme en Wattpad como @Breexnnie