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golpe de suerte

Chapter 4: quiero todo

Notes:

HOLA vieron que les dije que no iba a tardar :D

decidí que voy a agregar algunas canciones a los capítulos, así que a partir de ahora las van a encontrar con links dentro del texto, también se los voy a agregar a los caps anteriores.

muchas gracias por todos sus comentarios y devoluciones, la verdad que me calientan el alma y el corazón, las amo mucho

psd: PERDÓN por meter tantos mensajes ok?? soy fanática

Chapter Text

Una semana había pasado desde que había intercambiado esos mensajes tontos con Lautaro. 

Decir que Manuel se estaba volviendo loco era decir poco. 

En el trabajo, repiqueteaba su pie ansioso contra el suelo. Las ideas fluían con más libertad y estaba más flexible. Cantaba en el auto, bailando con su hija en camino al supermercado. Justina sonreía más, volvía del colegio con historias locas sobre Antonia y podía ver la felicidad en su rostro. Y el morocho escuchaba y siempre se reía, prestando total atención a las experiencias de su hija y recordando las suyas propias. 

Manuel estaba en las nubes. Volando

Se despertaba más tranquilo y los problemas del trabajo le resbalaban por la espalda. Hasta había dejado de pelear con Balza. Había salido a correr. 

Y claro, la razón de su pronta felicidad tenía nombre y apellido. Pero eso no era nada nuevo; Manuel siempre había sido más feliz con Lautaro en su vida. 

Aunque se negaba a aceptarlo. Se negaba a aceptar que un simple mensaje era la razón del cambio de su humor. Se negaba a aceptar que se despertaba más temprano para llegar 10 minutos antes al colegio, solo para quedarse charlando con él. Se negaba a aceptar que su risa le iluminaba las mañanas y que después de verlo, incluso si fuese un momento, iba más relajado al trabajo. 

Se negaba a aceptar que la vida era más colorida y que la sonrisa de Lautaro seguía igual; que sus ojos miel seguían buscándolo. Que casi se arrancaba la piel de los brazos cuando pensaba en él, que su corazón latía acelerado cuando lo veía acercarse, todos los días con un traje distinto, cada uno mejor que el anterior. 

Que el cosquilleo en su vientre había estado dormido por 6 largos años y ahora parecía arrasarlo por completo.  Que mientras se lavaba los dientes, repasaba la charla de ese día y sus mejillas se ponían bordó. Que, antes de quedarse dormido, una vergüenza cálida le apretaba el pecho y siempre, una sonrisa involuntaria se formaba en sus labios.  

Manuel trataba de ignorar todo eso. Seguir con su vida como alguien normal, y no como un completo psicópata que seguía enamorado de su ex mejor amigo, el cual veía una vez al día por unos minutos. No, obvio que él no se sentía así. Obvio

Era por esa misma razón que se encontraba manejando hacia la casa de su mejor amigo, con la esperanza de poder olvidarse de un rato de todo lo que había pasado en los últimos 10 días. Había salido tarde del trabajo, y Santiago había tenido que ir a buscar a Justina al colegio de imprevisto. 

Odiaba hacerle eso. No irla a buscar sin avisarle dejaba a su hija en una posición desprevenida, y conociéndola, su pequeño cerebro había pasado por las razones de su ausencia una y mil veces, porque así era Justina. Años habían pasado desde que Florencia se había ido, y la castaña todavía pensaba que Manuel un día despertaría sin amarla. 

Al morocho se le partía el corazón cada vez que tenía que fallarle. Manuel se la imaginaba parada en la puerta del aula junto a la maestra, con la mochila más grande que su cuerpo y las lágrimas cayendo por su rostro, esperando lo peor. La conocía tan bien, que estaba seguro que su corazón se había tranquilizado un poco cuando llegó Santiago y le explicó la situación, pero sabía que su nena probablemente seguía con el sentimiento en el pecho de que él nunca iba a llegar. Que nunca volvería a buscarla. 

Porque así funcionaba el trauma, o eso le había explicado la psicóloga. Justina tenía un trauma que ni siquiera ella lograba entender, o siquiera recordar. ¿Y cómo iba a hacerlo? Si era tan solo una bebé. A Manuel todavía le daban escalofríos al recordar el llanto desgarrador de su hija de tan solo 2 años, pidiendo por su madre, alguien que nunca iba a volver. 

La realidad era, que el morocho estaba furioso con Florencia. Y si quisiese volver a la vida de Justina, nunca lo aprobaría ni tampoco lo permitiría. Porque había sido él, el que había dormido junto al cuerpo aterrado de su hija noche tras noche después. Había sido él, el que la había acunado en sus brazos a altas horas de la madrugada por horas, sobando su espalda para que parara de llorar. Había sido él, el que había presenciado cómo crecía y se ponía cada día más hermosa, el que había jugado a las muñecas y había mirado todas las películas de Spiderman existentes. Era él, el que la miraba y sentía que iba a explotar de amor. 

De solo pensar en su carita preocupada y el pucherito que seguramente había llevado en sus labios, se le encogía el alma.

Se bajó del auto con más rapidez de la pensada y se apresuró a tocar el timbre. El viento había cambiado y parecía que una tormenta se acercaba inminente; sus manos recorrieron la piel tatuada, tratando de cubrir sus brazos descubiertos. 

Santiago no tardó en abrir la puerta, con una sonrisa en la cara y un sticker de Hello Kitty en el cachete. Manuel frunció el ceño mientras tomaba su mano en forma de saludo y entraba. 

—Tu hija—dijo, señalando la figurita. 

El morocho negó con la cabeza:—¿Cómo está?¿Estaba llorando cuando llegaste?¿Está enojada? 

Santiago se rió, adentrándose en la cocina de su casa. No había rastros ni de su mujer ni de su hija en ningún lugar. 

—Cálmate, Manola. No estaba enojada, ni siquiera parecía preocupada cuando llegué. 

Manuel lo miró extrañado:—¿Qué?¿Cómo que no?

—Nop—sonrió, mientras abría la heladera y sacaba dos latas de Coca Cola y dejaba una sobre la barra—Capaz ya superó esa relación rara que tienen. Me parece que ya no te ama, amigo. Es más, creo que ya te reemplazó. 

El morocho estaba muy confundido y Santiago solo podía reírse solo mientras se tiraba en el sillón. 

—¿Qué?¿Qué significa eso, Santiago?—el castaño siguió riendo mientras se agarraba la panza—Dale, pelotudo. ¿Dónde está? Me haces re calentar. 

—Por Dios, que sensible que andamos. ¿Andas alteradito?—dijo, tomándolo de los hombros mientras se sentaba a su lado, masajeando con torpeza—Me parece que cierto rubiecito te corrió todos los cables, ¿no? 

—Callate, idiota. ¡¿Qué mierda decís, Santiago?! Se te va a salir coca por la nariz, mogul. 

El castaño soltó un par de carcajadas más, ignorando sus preguntas y escondiendo la cara en un almohadón para seguir riéndose. Manuel estaba rojo de pies a cabeza, no sabía si de la vergüenza o de la bronca. 

Estaba a punto de pegarle en el brazo para que le diga dónde estaba su hija cuando Melina entró al living con Justina en brazos, ambas con vinchas peluditas y pijama. 

Manuel siempre iba a estar agradecido con la chica que tenía enfrente. Porque de cierta forma, sin que nadie se lo pidiera y con el corazón en la mano, se había convertido en lo más cercano que Justina tenía a una madre. Desde hacerle miles de avioncitos para que su hija comiera cuando era solo una bebé hasta comprarle ropa que veía y pensaba que era linda. De irla a buscar al jardín para que tengan un día de chicas juntas por lo menos 2 veces por mes, hasta a acompañarlo a Manuel a citas médicas solo para que nadie lo mirara mal. 

De hacer reír a Justina mientras jugaban, hasta sostenerlo a él sus brazos cuando no podía más. 

A esa chica le debía la vida, y no sabía como había hecho Santiago para conquistarla, pero ellos eran su pequeña familia, y Manuel se lo agradece al universo o a quien fuese por ponerlos en su camino. 

—¿De qué se ríen tanto ustedes dos? 

—Tu marido se ríe pero no me cuenta el chiste—dijo el morocho acercándose a ellas, dejando un beso en la mejilla de su amiga y tomando a su bebé en brazos. La castaña instantáneamente se pegó a él—Hola, mi amor. 

Le dedicó una mirada de súplica a Mel mientras Justina se pegaba a su cuello, apretando más fuerte su cuerpo. La chica le acarició el brazo con pena y le dijo con la cabeza que vaya a la habitación de invitados que tenían al fondo del pasillo. 

Escuchó como la castaña le pegaba en el brazo a su novio y le susurraba que no se riera, lo que solo causó que Santiago empezara a hacerle cosquillas, atrayéndola a él en el sillón. 

Manuel sonrió, negando con la cabeza. Caminó tranquilo hasta llegar a la puerta abierta; en el cuarto había una cama de dos plazas y un baño conjunto, donde, el morocho supuso, ambas chicas habían estado jugando con cremas y cosas para la cara. Podía imaginarse la escena en su cabeza a la perfección, porque la había presenciado miles de veces; Melina se hacía una rutina en su piel mientras Justina, sentada en la mesada del lavamanos la observaba y preguntaba qué era cada cosa. 

Con el tiempo, aquella habitación se había convertido en el segundo cuarto de su hija más que en uno de invitados. Tenía un gran canasto de juguetes en el rincón, la cómoda estaba dividida en dos partes, y una de ellas tenía ropa y pijamas para cuando Justina y Melina hacían pijamada. La cama estaba repleta de peluches que Santiago compraba para su sobrina. 

O mejor dicho, sus sobrinas. Cuantas veces Antonia habría dormido en ese mismo cuarto, sin siquiera saber que la ropa en el cajón de al lado era de su, ahora, mejor amiga. Parecía que, de alguna forma, estaban conectadas por el destino. 

Tal vez, y se le revolvió el estómago al pensarlo, no eran solo sus destinos los que estaban unidos. 

Manuel se sentó en el borde de la cama, todavía con su hija en brazos, sin soltarla ni un segundo. Justina tenía la cabeza hundida en su cuello y el morocho podía empezar a sentir como su remera se humedecía. Le acarició la espalda y el cabello mojado que tenía después de la ducha y dejó que llorara tranquila en su hombro, hipando y apretando la tela en sus pequeñas manos formadas en puños. 

—No llores, pimpollo. Ya pasó, mi vida. Ya estoy acá. 

—Papá—dijo, todavía llorando suavemente contra su piel. 

—Perdón, amor mío. Ya está, no llores más. 

Se separó un poco cuando la castaña dejó de llorar para mirarla a la cara. Tenía la punta de la nariz roja y las pestañas mojadas, Manuel se la quería comer a besos. No pudo resistirse a besarle toda la carita, haciéndola reír, queriendo alejarse. 

—¡No! Sin besos, estoy enojada. 

Manuel se rió, viendo su sonrisa mezquina. Le pinchó las costillas con los dedos, haciendo que se retuerza y suelte carcajadas; era como música para sus oídos. 

—¡¿Estás enojada conmigo, acaso?! Vas a ver, enana—siguió molestandola mientras se reía suavemente, disfrutando del sonido—¿Cómo enojada con papá? Te voy a matar a cosquillas. 

—¡Noooo, papá!¡Yo a vos!—dijo, devolviéndole las cosquillas, haciéndolo reír más fuerte.

Levantó los brazos en son de paz:—¡Me rindo! Ganas, ¡ganas! Estoy muerto. 

Fingió que estaba desmayado de una forma dramática y su hija se carcajeó sonoramente. 

—Papi, ya se que no estás muerto, ¡estás sonriendo!—dijo, mientras el morocho volvía a sentarse, todavía con su hija en sus piernas—Bobo. 

 Lo abrazó fuerte por el cuello. Manuel no tardó más de un segundo en corresponder. 

—Me atrasé en el trabajo, hija. Perdoname, mi vida—la meció contra su cuerpo, cerrando los ojos, sintiendo el olor al perfume de Melina en la ropa de su hija—¿Me perdonas?

La castaña asintió, sin separarse. Se quedaron así por un rato, disfrutando de la calidez del abrazo. 

—No fue tan malo. 

—¿Ah, no?¿No era que estabas muy enojada vos, mala?––mencionó, con duda, mientras se despegaba para ver la expresión tranquila que su hija tenía ahora. 

—Si estoy. Muy, papi—Justina revoleó los ojos, con una sonrisa chiquita en su boca. Metió los dedos en los hoyuelos de Manuel, como siempre solía hacer—Pero te perdono, tonto. 

El morocho la tomó de ambas mejillas, dándole un besito en la nariz. 

—¿Y por qué no fue tan malo entonces? 

Justina pareció dudar por un momento, jugando con sus dedos:—Lauti se quedó conmigo. Y Anto. 

El corazón de Manuel parecía estar dentro de un lavarropa de los saltos que pegaba. 

—¿Lauti?

—El papá de Anto. 

Manuel revoleó los ojos:—Sí, estoy al tanto, Ju. 

—Se quedó conmigo afuera del aula hasta que llegó el tío. Se sentó en el piso y jugamos a dar vuelta una botella––la castaña sonrió, mientras se bajaba de sus piernas y se lanzaba a la cama, estirándose—Me cae bien. Es tierno. Se parece a Toni. 

Manuel la miró con las cejas alzadas. Que podía esperar de su propia hija, ¿no? De tal palo tal astilla. Obviamente que Lautaro de alguna forma llegaría al corazón de Justina, justo como había hecho con él. 

—Sí—dijo, alzando a su hija en brazos y empezando a encaminarse al pasillo. 

Antes de llegar al living, Justina susurró:—Me agarró de la mano y me dijo que vos nunca me dejarías. Y que siempre ibas a volver porque me amabas. 

El morocho se quedó paralizado mirándola, en el medio del pasillo. En una mano llevaba a su hija, y en la otra su corazón. 

Lautaro se había encargado de tranquilizar a su hija cuando él no había podido hacerlo. Cuando Manuel había fallado, ahí estaba el rubio para atraparla en sus brazos. Para tomarla de la mano y limpiarle las lágrimas. 

Manuel siempre había sabido que si alguna vez Lautaro caía al vacío, ahí iba a estar él para sostenerlo cerca. Y el rubio había devuelto el favor. 

Justina se deslizó de sus brazos y corrió hacia el sillón, donde Santiago y Melina estaban acurrucados entre ellos, mirando algo en la televisión que Manuel no registraba. Su padrino la recibió en sus brazos, su hija quedando en el medio de los dos, lista para cerrar los ojos y dormirse en el pecho de su amigo. 

Ahora entendía porque Santiago se reía tanto cuando llegó. Se sentó a su lado, dándole una palmada en la nuca. 

—Mogulacho—susurró, para que Justina no escuchara. Mel soltó una risa, todavía concentrada en la televisión. 

—Auch—dijo, con una sonrisa en la cara. Todavía tenía el sticker en el cachete—Te dije que te había reemplazado.

—Callate, tonto—una sonrisa traicionera se le escapó, se mordió el labio, fijando su mirada en Kai, que jugaba con un hueso de hilo grueso. 

—No le soltó la mano hasta un rato después de que llegué yo. 

Manuel se hundió más en el sillón, escondiéndose un poco en su buzo; sus mejillas coloradas y su corazón latiente y acelerado. En su pecho y en su panza, ese sentimiento de hormigueo que había estado sintiendo toda la semana, y tratando de olvidar, volvía a sentirse bajo su piel. 

 

… 

every breath you take

Cuando abrió los ojos, ya estaba en un estado de alerta. Lo primero que captó fueron los sollozos suaves. 

Estaba confundido y por un segundo, pensó que podría estar soñando que alguien lloraba, alguna imagen desatada en su cabeza mientras dormía, de los eventos de aquella tarde, pero no. 

Los sollozos eran reales. 

Se sentó en la cama como una flecha, pasando sus manos por su cara en un intento de espabilarse un poco. Miró el celular que estaba en su mesita de luz, tratando de recomponerse en horario y día. 

Todavía no había amanecido, porque la luz no entraba por detrás de la cortina blackout que tenía en su cuarto. Trató de prender el velador, pero cuando pulsó la tecla, la bombilla no reaccionó. 

Y entonces todo cuadró dentro de la imagen. 

Se levantó lo más rápido que pudo, con los pies descalzos, y se escabulló en la oscuridad como una sombra, sin realmente poder ver. 

Llegó a la puerta del cuarto de su hija en un segundo con el celular en la mano y tanteó  torpemente las paredes para encontrar el picaporte; suponía que, aunque conocía el departamento de memoria de todos los años que llevaba viviendo allí, todavía se ponía tonto en estas situaciones. 

De repente, era de vuelta el Manuel de hace 3 años atrás, con el llanto desesperado de Justina de fondo y una incertidumbre que no tenía control. En ese momento, le quedaban años para aprender qué hacer. Ahora, él mismo volvía a sentirse un niño, hundido en sus propios sentimientos, dejando todo de lado para recibir a su hija en sus brazos. 

Abrió la puerta, reconociendo la bola que yacía en la cama debajo de las frazadas. Sus hombros se movían con exasperación, pequeños hipos saliendo de su boca como gemidos lastimeros. Tomás tenía su pequeña cabeza apoyada en su cuerpo, como si estuviese consolándola, esperando a que Manuel llegara. Se acercó con una mano en el pecho, y prendió la linterna del teléfono, dejándolo sobre la mesa de luz, con la intención de que la luz iluminara el cuarto. Acarició al gato y suavemente lo depositó a los pies de la niña. 

Primero sobó su espalda en círculos, apoyando la palma de su mano en el poco cuero cabelludo que la castaña había dejado fuera de las mantas. Se acercó todo lo que pudo, dejando que sienta el calor de su cuerpo y que los latidos de su corazón la tranquilizaran. 

—¿Qué pasó, Ju?—su tonalidad de voz era baja, y no se alejó ni un centímetro. Su hija encontró su mano que se había escabullido dentro de las sábanas y la apretó  tan fuerte como podía, un canal a tierra—Ya está, mi amor, ya estoy acá. 

Le hizo pequeñas caricias en los dedos, y estaba casi completamente acostado sobre ella, dejando que el leve peso de su cuerpo trajera a su hija de vuelta a la realidad. 

Después de un rato de estar acostados así, sin decir palabra, simplemente respirando juntos, el pecho de su hija dejó de subir y bajar tan rápido y los hipos cesaron. 

—Ju. 

Los llantos ya habían parado y algunos minutos habían pasado cuando volvió a hablar, todavía dejando caricias en su espalda. 

—Justinaaa—dijo, alargando la última letra, en un tono juguetón; la castaña se removió un poco—Ey. 

Sacó los brazos de debajo de la frazada y asomó la cabeza para mirarlo, claramente curiosa por lo que tenía que decirle su papá. Manuel le sonrió, apoyando su mano con una suavidad tranquilizadora en su cachete chiquito, limpiando las lágrimas nuevas y las viejas. 

—¿Me das un abracito? 

Justina sonrió un poquito, terminando de salir de las sábanas para acercarse a él. El morocho la recibió en sus brazos como si ese fuese su lugar en el mundo y la apretó cerca de él, disfrutando el calor sobre su piel. Pasó su mano por su largo cabello castaño, el cual se ondulaba un poco cuando en Buenos Aires había humedad. 

La tormenta afuera ya se había desatado y las gotas ya caían levemente sobre los techos y las calles de la ciudad. 

—No pasa nada, mi vida, solamente se cortó la luz por la tormenta. Te despertaste y estaba todo oscuro, ¿no?

Su hija asintió, todavía con el mentón apoyado en su hombro, abrazándolo relajadamente por el cuello. Manuel dejó varios besos en su mejilla mojada por las lágrimas, balanceándola en sus brazos en un compás que iba a juego con el ruido de la lluvia. 

—Traté de ir a tu pieza, papi, pero había monstruos en el pasillo. 

Justina estaba terriblemente asustada de la oscuridad. Era por eso, que dormía con una luz de noche enchufada justo al lado de su cama, que cubría la habitación con una calidez que la abrazaba por la madrugada, dejándola dormir en comodidad. Era la única solución que Manuel había encontrado para que su hija duerma en su cuarto después de que Florencia se había ido. 

La castaña solía querer dormir con él todo el tiempo, y era la única manera de que tuviera un sueño profundo, siendo que si dormía en su cama, lo más probable era que se despertara en la noche llorando o incluso gritando, sin siquiera saber bien por qué. 

Con el tiempo, el morocho descubrió que no era miedo a dormir sola, sino a la oscuridad que había en su cuarto cuando se despertaba en medio de la noche. Decía que un monstruo de manos largas y rostro lagrimoso se acercaba a ella para llevársela, para alejarla de él. No importaba si Manuel se quedaba con ella hasta que se durmiera, siempre se despertaba, y la abrasadora noche terminaba por asustarla tanto que tenía que cerrar sus ojos fuertemente y esconderse debajo de las sábanas, quedando completamente paralizada, sin siquiera poder moverse hasta llegar a su papá. 

Con los años, había mejorado un poco, pero la única solución definitiva fue cuando, sin querer, Manuel se olvidó la luz de la cocina prendida, y cuando Justina se despertó en el medio de la noche, el pequeño rayo de luz que entraba por su puerta entreabierta la había acunado hasta que volvió a caer rendida. Desde ese momento, dormía con la luz de noche cerca, tranquilizandose al instante si llegaba a despertarse, lo que ya casi no pasaba, dado que ahora podía descansar en paz. 

—Bueno, ya está, chiqui. Ya lloramos mucho por hoy, ¿no?—Se separó un poco para verla a los ojos, que estaban oscuros. La tomó de las mejillas con amor, y ella asintió— ¿Venís a la camita a dormir conmigo? 

Justina asintió alevosamente, todavía pegada a él. Manuel sabía que su hija había tenido un día complicado, y por más que la introducción de Antonia en su vida había mejorado la situación para todos, habían sido dos semanas difíciles, en las que había tenido que enfrentar muchos cambios. 

El morocho amaba mimarla, y bastante seguido tenían pijamadas donde veían películas y se dormían acurrucados con Tomás en el medio. Parecía que esa noche sería una de esas. 

Apagó la linterna, y le mandó un mensaje a Agustín diciendo que mañana no iba, sabiendo que su amigo ya sabría por qué, y dejó su celular olvidado en la mesita de luz. La tomó con un brazo, sujetándola bien cerca de él, y con el otro, tomó al gato despacio contra su pecho. Agradeció haber dejado la puerta de su cuarto entreabierta, porque le facilitó empujarla con su pie y apoyar a Tomás en la suavidad del edredón, mientras abría la cama para meter a su hija en el calor que él mismo había dejado en las sábanas, arropandola sin dejar de acariciar su pelo. Cuando la castaña puso la cabeza en la almohada, instantáneamente sus ojos se cerraron. 

Manuel se quedó un rato más despierto, pensando en como, antes, cuando vivía en su anterior departamento y en las noches donde la oscuridad era demasiado pesada, sus manos solían acariciarle el cabello rubio a una criatura que tampoco parecía poder conciliar el sueño, hasta quedarse dormido. 

 

… 


risk

 

El morocho dejó que Justina durmiera hasta tarde. Escuchó la alarma sonar por un rato en el otro cuarto, pero la dejó pasar, y volvió a dormirse. 

Llovía a cántaros cuando se volvió a despertar, y ahora la habitación estaba un poco iluminada por la luz que entraba por el pasillo. Dejó a la castaña durmiendo en su cama, acurrucada con su mascota, que se había movido hasta quedar pegado a ella. Le acarició las orejas sonriendo, y el gato ronroneó en sueños. 

Se guardó aquella imagen que había visto cientos de veces en su cabeza como si de una foto se tratase, queriendo siempre recordar esos momentos. Manuel era una persona nostálgica, amaba a Justina y cada día que pasaba su crecimiento inminente le pesaba en el pecho. 

Se levantó sin hacer ruido y dejó que siguieran durmiendo con el ruido de la lluvia contra el vidrio de la ventana. Abrió todas las cortinas del living, la poca luz que había afuera iluminando el lugar. Se hizo su té y lo disfrutó en el sillón, mientras en la televisión daban un dibujito que Manuel no reconocía. No sabía qué hora era ni qué tan enojado iba a estar Agustín porque había faltado al trabajo, agradeció haber dejado todo en orden para que los programas de hoy pudiesen salir al aire sin él. 

Estuvo tentado de cerrar los ojos y quedarse dormido en el sillón, tomar una siesta perezosa con el compás de la tormenta afuera. Eran incontables las veces que había hecho eso, en este departamento y en el antiguo. 

Otra costumbre más que le había pegado Lautaro, y él le había pegado a su hija. El rubio solía cerrar los ojos miel en los almohadones del sillón blanco que tenían en el hogar que compartían, y cuando Manuel lo veía, durmiendo tan tranquilo, le era imposible seguir haciendo cualquier cosa que estuviese haciendo. No importaba que tan peleados, enojados, alejados, si el morocho lo veía acurrucado en el sillón, se acercaba hasta tener su espalda pegada a su pecho y lo abrazaba con todas sus fuerzas, tratando que sus cuerpos se fundieran en uno solo y nunca más tener que separarse de él. 

Siempre se despertaban contracturados, pero a Manuel no le importaba. Despertarse con los brazos de Lautaro rodeando su cuello y ver esa sonrisa boba en su cara, era de las mejores experiencias que jamás hubiese vivido. Ahora, casi se sentía como un sueño. 

No le dió tiempo a quedarse dormido, porque escuchó unos pasitos por el pasillo. 

—¡Papá, me quedé dormida!¡No me despertaste! 

Manuel abrió los ojos para observarla. Con los pelos revueltos y el pijama que se había robado de la casa de Santiago, demasiado vaga para volver a ponerse el uniforme del colegio antes de ir a casa, tenía el ceño fruncido y sus pequeñas manitos en su cintura. 

—Buen día—dijo, riéndose de la postura de su hija. 

—¡Me hiciste faltar al cole! 

Se acercó a él, trepando al sillón, refunfuñando. 

—Hace dos semanas me rogabas para faltar, Justina. 

—Sí, ¡pero ahora no! Tenía que hacer cosas con Toni. 

Manuel soltó una carcajada, imaginándola como alguna empresaria que tenía que hacer cosas importantes. 

—¿Qué tantas cosas tenías que hacer, chanta? Aparte, mira como llueve, capaz Antonia tampoco fue. 

—Me va a retar la profe Pato. 

Se cruzó de brazos, todavía con una ceja levantada y los labios fruncidos. Manuel se quería morir, porque aunque su hija era su imagen y semejanza, a veces podía verlo a él en algunos de sus gestos. Se preguntaba si él mismo se lo había pegado o si la castaña había tomado las actitudes de su amiga como propias. 

—Ay, ay, profe Pato. ¿Acaso es mejor que papá la profe Pato?—dijo, mientras refregaba su cabeza contra la de su hija, haciéndola reír, queriendo alejarse pero recibiendolo en un abrazo—Mira que me pongo celocito, Justina, no se juega con eso. 

La niña rió suavemente, mientras Manuel la soltaba de su agarre y la dejaba viendo dibujitos en el living, dirigiéndose a la cocina a prepararle su desayuno, por más que probablemente ya hubiese pasado el mediodía. Un rato después, se acercó a ella con su taza llena de chocolatada y dos tostadas con queso crema. 

—Gracias, papi—dejó un beso en su mejilla mientras se abalanzaba a por las tostadas. Manuel negó con la cabeza. 

Recordó que había dejado su celular abandonado en el cuarto de Justina y que tal vez tendría alguna puteada de Balza a la que responder. Se adentró en el pasillo con intención de ir a buscarlo y cuando lo desbloqueó, había un par de mensajes mucho más importantes que cualquier cosa que le podría haber dicho su amigo. 

El calor le subió hasta las mejillas y se mordió el labio. 

bebote

 

Hola Manu, todo bien? 

Ju no fue al colegio

Te esperé pero no llegaste 

 

Se sentía como un virgen de 15 años, como si nunca hubiese recibido un mensaje de Lautaro antes. Como si no hubiese estado dentro de él. Como si nunca hubiese probado esa boca rojiza que tenía, como si nunca lo hubiese mirado a los ojos mientras le hacía el amor. 

Lautaro se había quedado esperándolo. A él. Se había quedado esperando para charlar con él. 

El rubio había mandado el mensaje hacía más de 3 horas, y sin siquiera importarle donde podría estar o si estaba ocupado, sin pensar y de un arranque, había buscado la aplicaciones de los contactos y había apretado el botón de “llamar” con los dedos temblorosos. 

Al tercer toque, empezó a dudar. Claro, Lautaro era una persona normal con un trabajo normal, no como él. Seguramente estaba trabajando, almorzando, ocupado o…

—¿Hola?¿Manu? 

—Hola—dijo, conmocionado por la sorpresa de escuchar su voz. Se sentó en la cama de su hija, sin saber más que decir. No sabía en realidad por qué lo había llamado, tranquilamente podría haber contestado sus mensajes y haber explicado la situación. Pero Manuel no quería eso, no quería esperar para volver a escucharlo, no quería esperar para verlo, no quería charlar solamente 10 minutos a la entrada del colegio. Quería verlo mientras desayunaba o se preparaba para ir al trabajo, quería verlo pelear con la corbata que siempre tenía desordenada y quería prepararle su café, que sabía que tomaba sin azúcar y solo un chorro de leche. 

Quería tomar un sorbo de su café y que Lautaro tomara uno de su té. Quería irlo a buscar al trabajo, llevarlo a almorzar, darle besos de buenas noches. 

Quería pelear y después arreglarse, quería escuchar su risa y sus gritos, quería tomar siestas en el sillón con él por el resto de su vida. Manuel quería todo. 

—¿Manu?¿Qué pasó?¿Estás bien?¿Justina está bien?

Estaba tan absorto en el sonido que salía del altavoz del teléfono que no se había dado cuenta que no había dicho nada más. 

—Hola, Lauti. Sí, perdón por preocuparte, está todo bien. Ju está bien. ¿Estás en el trabajo? 

—Sí. 

Manuel sonrió al escuchar su tono:—¿Y me atendés igual? Que rebelde. 

—Pelotudo—dijo, pero el morocho escuchó su risita contenida. Podía imaginarlo con las mejillas rojas y los ojos achinados—Vos sos un irresponsable. ¿Sos de azúcar que no llevas a Justina al colegio cuando llueve? 

El morocho soltó una carcajada, y se paró para salir del cuarto a ver que hacía su hija, la cual seguía recostada en el sillón, ahora acariciando a Tomás en la panza, y concentrada al canal que había puesto, donde pasaban dibujos viejos de superheroes. 

—Sí, sí salgo mucho con lluvia me gasto—bromeó, siguiendo el chiste. 

—Claro, con razón no te bañas, sucio. 

—A mi me venís a decir que no me baño, Lautaro, por favor—dijo, apoyándose en el marco de la puerta, disfrutando del tono juguetón que había tomado la conversación. 

—Soy un hombre nuevo—Manuel se rió. 

—Lo dudo, rubio. 

—¿Me estás diciendo mugriento, Mernuel?

Amaba cuando Lautaro volvía a ser el mismo chico provocador que era cuando lo conoció. Cuando abandonaba el papel de empresario serio para volver a ser su chico. 

Se rió ante el apodo, sabiendo que el rubio lo llamaba así solamente para molestarlo. 

—Sí, Moski—se la devolvió. Deseó poder ver como sus mejillas se tornaban bordó y sus ojos brillaban. 

—¿Me vas a decir para qué me llamabas o me vas a tener acá todo el día?¿Qué pasó, me extrañabas? 

—No—Se le calentaron hasta las orejas de la vergüenza, sabiendo que ambos sabían que era mentira. Sonrió, mordiéndose el labio y observaba a Justina que lo miraba curiosa. De repente una idea cayó en su cabeza como si fuese un rayo de luz. Se sintió un poco culpable por usar a su hija—En realidad, te llamaba para ver si Antonia tenía la tarde libre. 

Aunque solo lo viera unos segundos, Justina podría disfrutar de la compañía de Antonia, lo que probablemente haría de su día. Deseó con todas sus fuerzas que la rubia no estuviese con su mamá. 

—Si, ¿por?—dijo, después de un segundo, y al instante volvió a hablar—Íbamos a ir a tomar un helado después del cole, porque Antonia insiste e insiste que yo se lo prometí, no sé de dónde lo sacó. 

—Seguro se lo prometiste y no te acordás, viejo gaga—dijo, jugando con sus dedos, de repente con cierta timidez—Te iba a preguntar si te la podía robar un ratito, Ju no pudo ir a la escuela porque tuvimos unos problemas a la noche y no dormimos bien. Obvio, si ella quiere. Puedo preguntarle a Santi si podemos ir con él, por si a vos o a Pilar les molesta que se queden conmigo solas.

—Manuel, por Dios, ¿cómo me va a molestar eso, mogulacho? Obvio que va a querer, hoy estuvo triste porque Ju no fue, seguro si le digo se va a emocionar tanto que se va a hacer pis encima—dijo, riendo, y no lo dejó responder—¿Quieren…venir a tomar el helado con nosotros? Íbamos a ir ahora, cuando termine de trabajar. 

Manuel podría haberse largado a llorar de la emoción. Parecía que no era tan distinto de Antonia. 

—Ju, ¿querés ir a tomar un heladito con Toni en un rato?

Vió el brillo en los ojos de su hija tan fuerte que podría haber iluminado una ciudad entera; asintió frenéticamente:—¡Sí, sí, sí! 

Lautaro rió del otro lado de la línea:—Tomo eso como una confirmación. 

—Los paso a buscar, pásame la hora y la dirección. 

Casi podía ver a Lautaro revolear los ojos. 

—No es necesario, ¿sabés? Ya aprendí a manejar. 

Manuel se rió, tomándole el pelo:—Hay tradiciones que no hay que romper, bebote. 

Sintió la risita de Lautaro del otro lado antes de que le cortara. Instantáneamente le llegó el mensaje con la hora y la dirección. 

 

bebote 

 

Llega puntual 

Chamuyero 

 

te encanta

;) 

 

Gato. 

 

Manuel no sabía donde se estaba metiendo, pero temía que cada día le gustaba más que el anterior. 



Notes:

les dejo mi zaqa y mi twitter por si quieren charlar <3

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