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Renacencia

Chapter 48: Capítulo 47

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El estridente sonido de la campana del instituto atravesó el aire viciado del aula de Historia como una auténtica bendición divina. No me quedé a escuchar la conclusión del profesor Jefferson sobre el periodo de entreguerras. Agarré mi mochila, me la colgué al hombro con un movimiento brusco y salí disparada por la puerta, sumergiéndome de cabeza en el caótico océano de estudiantes del pasillo.

 

Mis botas militares golpeaban el linóleo con un ritmo frenético. Necesitaba poner distancia. 

 

Necesitaba oxígeno.

 

El encuentro con Jasper Whitlock había sido una puta pesadilla. Mi cerebro hiperventilando. El monstruo no solo se había sentado a mi lado; me había acorralado y me había soltado un gruñido territorial que aún me tenía la sangre congelada en las venas. 

 

Pero no tenía tiempo para procesar mi propio terror, ni para analizar la oscuridad asfixiante de sus ojos. Mi prioridad número uno, la única razón por la que yo seguía cuerda en este universo de locos, estaba en algún lugar de este edificio lidiando con su propia ración de chupasangres inmortales.

 

Aceleré el paso, esquivando a un grupo de jugadores de fútbol americano, y me dirigí hacia la intersección del ala de ciencias.

 

Y allí la vi.

 

Bella estaba de pie junto a su taquilla. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar las correas de su mochila, y su postura, aquella que habíamos trabajado con tanto sudor durante todo el verano en las clases de Krav Maga, se había desmoronado por completo. Volvía a ser la chica encogida, pálida y aterrorizada que intentaba fundirse con el metal gris de la taquilla para hacerse invisible.

 

El instinto protector estalló en mi pecho, quemando cualquier rastro del miedo que Jasper me había infundido minutos antes. Si esos putos vampiros habían roto las defensas de mi hermana el primer día de clase, iba a quemar este instituto hasta los cimientos.

 

—¡Bella! —la llamé, acortando la distancia con zancadas largas.

 

Mi hermana levantó la vista. Al verme, soltó un suspiro tan largo y tembloroso que pareció desinflarse físicamente. Se apartó de la taquilla y dio un par de pasos hacia mí, cerrando los ojos por un instante cuando la envolví con un brazo protector por encima de los hombros.

 

—Vespi... —murmuró, su voz sonando ronca, frágil y absolutamente exhausta—. Sácame de aquí. Por favor. Llévame al coche, quiero ir a casa.

 

—Tranquila. Ya te tengo —le aseguré, apretándola contra mi costado, escaneando el pasillo por si alguien la había seguido—. ¿Qué ha pasado en Biología? Estás temblando.

 

Bella negó con la cabeza, apoyando la frente contra la solapa de mi cazadora de cuero.

 

—Ha sido una pesadilla asfixiante —empezó a relatar, las palabras tropezándose en su boca por la ansiedad acumulada—. Me sentaron en la última mesa. Justo en el medio. Entre Edward y Alice.

 

Tragué saliva, pero mantuve mi expresión completamente estoica.

 

—Continúa.

 

—No me dejaban en paz, Vespera —sollozó Bella en un susurro, levantando la vista para mirarme con sus grandes ojos marrones llenos de un agobio insoportable—. Ella... Alice... no paraba de hablar. Se acercó muchísimo. Invadió mi espacio vital. Me hablaba de ropa, de colores, de estupideces, con una voz tan aguda y rápida que me estaba dando migraña. Parecía que se había tomado cinco cafés. Y él... Edward…

 

Bella se estremeció, frotándose los brazos como si de repente la temperatura hubiera caído bajo cero.

 

—Edward no decía nada, pero no paraba de mirarme. Me miraba como si fuera un bicho en un laboratorio o algo que quisiera diseccionar. Estaba tenso, rígido. Sentía su mirada perforándome el cráneo. La presión era tan grande que sentía que no podía respirar. Me estaban acorralando por los dos lados, Vespi. No me dejaban ni moverme.

 

La rabia, fría, implacable y meticulosamente calculada, comenzó a bombearse por mi torrente sanguíneo. Conocía la dinámica de su especie por los libros, pero vivirlo en la realidad era infinitamente más cruel. 

 

No se daban cuenta —o no les importaba en absoluto— de que estaban aterrorizando a una adolescente humana. Estaban forzando la máquina hasta reventarla.

 

—¿Qué hiciste? —le pregunté con suavidad, aunque mis ojos ya estaban escudriñando el pasillo, buscando objetivos.

 

—Yo... yo estallé —confesó Bella, bajando la mirada hacia sus zapatos, un leve rubor de vergüenza tiñéndole las mejillas—. No aguanté más. Me giré hacia ellos y les dije que se callaran de una puta vez y me dejaran en paz.

 

Levanté las cejas, genuinamente impresionada. Una chispa de puro orgullo fraternal iluminó la oscuridad de mi mente. Mi pequeña y asustadiza Bella, la chica que se escondía de su propia sombra en Phoenix, acababa de mandar a callar a dos de los depredadores más letales del planeta.

 

—Esa es mi chica —murmuré, dándole un apretón de pura aprobación en el hombro—. Muy bien hecho. Has marcado el perímetro. ¿Qué hicieron ellos?

 

—Se callaron. Se quedaron mirándome con los ojos como platos, como si fuera un extraterrestre —respondió Bella, suspirando con una pesadez que no correspondía a su edad—. Pero después de clase, le pedí al profesor Banner que me cambiara de sitio. Le rogué que me pusiera en cualquier otro pupitre, me daba igual dónde.

 

—¿Y qué te dijo el imbécil de Banner?

 

—Me dijo que era imposible. Que la clase estaba llena. Vespera, voy a tener que sentarme entre ellos el resto del año. No puedo. Te juro que no voy a poder soportarlo. Me volveré loca.

 

El pánico crudo en la voz de mi hermana fue el detonante final que necesitaba.

 

Si esos dos creían que iban a poder asediar a Bella hasta someterla por pura asfixia psicológica, se habían equivocado de familia. En el canon original, Bella se dejaba arrastrar por la toxicidad de los Cullen porque no tenía a nadie que le pusiera los pies en la tierra. 

 

Pero en este universo, Isabella Swan venía en un pack de dos. Y la otra mitad del pack estaba armada con una mente adulta, un cinismo crónico y una paciencia nula para las gilipolleces de unos inmortales con complejo de superioridad.

 

Si los chupasangres no entendían los límites del espacio personal humano, yo se los iba a explicar en un idioma que sus mentes inmortales pudieran procesar. Iba a amenazar lo único que les importaba por encima de sus propios deseos: su fachada de normalidad. Su preciado anonimato.

 

Metí la mano en el bolsillo de mis vaqueros y saqué el manojo de llaves de la vieja furgoneta Ford de Charlie.

 

—Escúchame con atención, Bella —le ordené, poniéndole las llaves en la palma de la mano y cerrando sus dedos sobre el metal frío—. Coge las llaves. Sal por la puerta doble del final de este pasillo, ve directa al aparcamiento, métete en la furgoneta, enciende la calefacción y pon los seguros de las puertas. No hables con nadie en el camino. Espérame allí.

 

Bella frunció el ceño, apretando las llaves contra su pecho, su instinto detectando que yo estaba a punto de hacer algo temerario.

 

—¿Y tú qué vas a hacer? ¿A dónde vas?

 

Esbocé una sonrisa que no me llegó a los ojos; una línea dura, afilada y desprovista de humor.

 

—Tengo que pasar por secretaría. Olvidé entregar un formulario de convalidación de créditos del instituto de Phoenix y la señora Cope me va a matar si no se lo dejo hoy mismo en su mesa —mentí con una fluidez impecable, sin parpadear.

 

—¿Segura? —dudó mi hermana, mirándome de arriba abajo.

 

—Segurísima. Serán cinco minutos. Vete al coche. Ahora.

 

Esperé en el pasillo, con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra las taquillas, hasta que vi a Bella empujar las pesadas puertas de salida y desaparecer bajo la lluvia constante de Washington. En cuanto la perdí de vista, mi postura cambió drásticamente. La hermana mayor comprensiva y reconfortante se evaporó, dejando paso a la estratega letal que estaba a punto de meterse voluntariamente en la guarida de los lobos.

 

Me di la vuelta y comencé a caminar por los pasillos, alejándome de las salidas principales.

 

Encontrar al aquelarre de los Cullen no requería un mapa ni habilidades de rastreo. Solo tenías que seguir el vacío. Allá donde los estudiantes humanos se apartaban inconscientemente, donde el ruido de las taquillas se amortiguaba y las risas disminuían, allí estaban ellos.

 

Doblé la esquina hacia el ala oeste del edificio, un pasillo mucho más ancho que daba acceso a la salida del aparcamiento del profesorado y que, a estas alturas de la tarde, solía estar desierto.

 

Y allí estaban.

 

Los cinco.

 

Estaban reunidos en un círculo cerrado. Su sola presencia alteraba la presión atmosférica del pasillo. Parecían un grupo de estatuas griegas talladas en mármol pálido, perfectos, inmutables y absolutamente antinaturales.

 

Emmett estaba apoyado contra las taquillas rojas, cruzado de brazos, su inmensa complexión bloqueando casi la mitad del corredor. Rosalie estaba a su lado, revisándose las uñas perfectas con una expresión de perpetuo desprecio hacia el mundo. Jasper estaba un poco más apartado, con la espalda recta y las manos metidas en los bolsillos oscuros de su abrigo, sumido en esa aura de tensión que lo caracterizaba y que me daba escalofríos.

 

Y en el centro del drama, cómo no, Edward y Alice.

 

Edward se estaba pasando las manos pálidas por el cabello cobrizo, su rostro esculpido contorsionado en una máscara de agonía, confusión y frustración absoluta. Alice estaba frente a él, gesticulando frenéticamente con las manos, su rostro diminuto marcado por la desesperación. Seguramente estaban debatiendo el colosal fracaso de su "táctica de acercamiento" en el laboratorio.

 

No reduje el ritmo de mis pasos. No dudé ni un solo instante. Caminé directamente hacia ellos, mis botas resonando con golpes secos, firmes y deliberados sobre el linóleo pulido.

 

Cuando estuve a unos diez metros, el radar de los depredadores se activó.

 

Jasper fue el primero en notar mi aproximación. Sus ojos se levantaron como resortes y se clavaron en mí al instante. Vi cómo su postura se tensaba, sus hombros cuadrándose en una posición de alerta. Emmett y Rosalie giraron la cabeza casi al unísono. Alice detuvo su monólogo frenético y Edward levantó la vista, sus ojos ambarinos abriéndose con genuina sorpresa al verme marchando hacia ellos con la expresión de un verdugo a punto de dejar caer el hacha.

 

Me detuve a escasos metros de su círculo cerrado. La diferencia de temperatura era palpable; el aire a su alrededor era frío, estéril, desprovisto del calor que emiten los cuerpos vivos.

 

Ignoré por completo la inmensa y amenazadora presencia de Emmett. Ignoré el desprecio venenoso que hervía en los ojos de Rosalie. E ignoré la mirada oscura, densa y devoradora que Jasper me estaba lanzando desde su posición. Los borré de mi campo de visión como si fueran mero decorado de pasillo. Mi atención estaba enfocada, como el láser de un francotirador, única y exclusivamente en los dos idiotas que habían llevado a mi hermana al borde de un ataque de ansiedad.

 

—Vosotros dos —siseé.

 

Mi voz no fue un grito. No necesitaba gritar para dominar la situación. Mi tono fue un latigazo bajo, gélido y cargado de un desprecio tan denso que casi se podía palpar en el aire.

 

Edward y Alice se quedaron literalmente paralizados.

 

La sorpresa en sus rostros inmortales fue casi cómica. Si un humano normal se enfrentaba a cinco vampiros en un pasillo solitario, su instinto biológico de supervivencia le dictaría bajar la mirada, tartamudear, disculparse o salir huyendo en dirección contraria. Ellos estaban acostumbrados a causar terror y sumisión por defecto.

 

El hecho de que una adolescente de metro sesenta los encarara con una hostilidad abierta y letal, señalándolos con el dedo índice como si fueran dos niños de preescolar que acaban de romper un jarrón, provocó un cortocircuito masivo en sus mentes centenarias.

 

Edward abrió la boca, pero las palabras parecieron morir en su garganta. Alice parpadeó, sus ojos dorados mostrando una vulnerabilidad inesperada; parecían dos cervatillos deslumbrados, petrificados frente a las luces de un camión de mercancías que se les venía encima.

 

—No sé qué puto problema tenéis en la cabeza, qué complejo de acosadores sufrís o qué clase de falta de habilidades sociales básicas se os ha diagnosticado en esta familia —continué, dando un paso más hacia ellos, invadiendo el perímetro de su círculo sin el menor atisbo de miedo—, pero este circo se acaba hoy. Aquí mismo.

 

—Vespera... nosotros solo... queríamos ser amables —balbuceó Alice. Su voz musical temblaba por la ansiedad desesperada de arreglar el desastre, y dio un paso tentativo hacia mí, extendiendo las manos en son de paz.

 

Levanté mi propia mano con la palma abierta, deteniéndola en seco como si le estuviera haciendo el alto a un perro desobediente.

 

—Corta el rollo, Alice. Tu idea de la amabilidad es el equivalente a un interrogatorio táctico de la CIA bajo un foco halógeno. Y tú —Giré la cabeza hacia Edward, clavándole la mirada como puñales—. Eres el tipo más espeluznante, raro e insufrible que he visto en mi puta vida. Te pasas cincuenta minutos mirando a mi hermana sin parpadear, en absoluto silencio, mientras tu novia le taladra el tímpano hablando de escaparates. ¿Os parece normal? ¿Es así como hacéis amigos en este pueblo de mierda? ¿Acorralando a la gente hasta que no pueden ni respirar?

 

Edward tragó saliva, o al menos hizo la perfecta imitación humana de hacerlo. El dolor en sus ojos ambarinos era profundo, lacerante y genuino.

 

—Nosotros no pretendíamos asustarla —dijo Edward, su voz grave y cargada de una disculpa tan desesperada que resultaba patética—. Te juro que nuestra única intención era darle la bienvenida. Que se sintiera cómoda.

 

—Pues vuestra bienvenida es una jodida basura —le corté implacablemente, cruzándome de brazos—. Y aquí es donde trazamos la línea roja.

 

Enderecé la espalda. Iba a utilizar la única arma a mi disposición que los asustaría mil veces más que el fuego o las balas: la implacable y destructiva burocracia humana.

 

—Escuchadme con mucha atención, porque no lo voy a repetir y no estoy de humor para sutilezas —dije, mi tono descendiendo a una amenaza fría, legal y absolutamente letal—. Bella es una estudiante de honor. Tiene un expediente perfecto. Y, muy a su pesar, se la va a pasar el resto del año sentada entre vosotros dos porque el idiota incompetente de Banner se niega a cambiarla de pupitre.

 

Hice una pausa dramática, asegurándome de mantener contacto visual con Edward, dejándole ver que hablaba completamente en serio.

 

—Si volvéis a asediarla... Si volvéis a invadir su espacio vital, a atosigarla con preguntas frívolas o a mirarla fijamente hasta provocarle un ataque de ansiedad... y sus calificaciones bajan un solo punto por culpa de vuestra inoportuna y asfixiante presencia, no os voy a mandar a callar como hizo ella hoy.

 

—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer? Ten mucho cuidado con cómo nos hablas. No tienes ni idea de con quién estás tratando. No eres nadie para darnos órdenes.

 

La voz que cortó mi monólogo fue un bloque de hielo afilado.

 

Rosalie Hale había dado un paso al frente. Su belleza era deslumbrante, sí, pero la arrogancia, el desdén y la hostilidad que desprendía eran suficientes para marchitar las plantas de todo el estado de Washington. Me miraba por encima del hombro, con los brazos cruzados y una mueca de superioridad absoluta, ofendida de que una simple bolsa de sangre les estuviera dando un ultimátum.

 

Giré el cuello lentamente hacia la rubia. No me dejé intimidar lo más mínimo. Sabía perfectamente lo que era, la fuerza que poseía, pero ella no sabía que yo lo sabía.

—Cierra la boca, Barbie. No te he dado vela en este entierro —le espeté a Rosalie con una sonrisa cínica, despectiva y cargada de burla, reduciéndola a un mero estereotipo de instituto.

 

Rosalie se quedó boquiabierta, las fosas nasales dilatándose de pura ira. Emmett, a su lado, tuvo que taparse la boca con la mano para ocultar lo que sonó sospechosamente como un bufido de risa ahogada.

 

Volví mi atención a Edward y Alice, que seguían luciendo como dos reos esperando su sentencia de muerte.

 

—Como os decía antes de la interrupción de vuestra hermana —retomé el hilo, mi voz firme como el acero templado—. Si volvéis a agobiar a Bella, iré directamente al despacho del director. Presentaré un informe formal, por escrito, por hostigamiento escolar y acoso psicológico continuado. Pediré la intervención inmediata de la junta directiva del distrito.

 

El rostro de Edward se contrajo. La palabra "acoso" en un registro oficial del instituto era exactamente el tipo de atención humana, el tipo de papeleo y escrutinio que un aquelarre de vampiros ocultos detestaba con todas sus fuerzas.

 

—Y si el director decide barrerlo bajo la alfombra para no manchar la reputación del instituto —continué, dando el golpe de gracia con precisión quirúrgica—, os recuerdo un pequeño detalle logístico. Mi padre es Charlie Swan. El Jefe de Policía de este pueblo. ¿Sabéis lo que hace un padre policía cuando se entera de que dos alumnos acosan sistemáticamente a su hija pequeña en el aula?

 

El silencio de los vampiros era sepulcral. Literalmente no respiraban.

 

—Envía una patrulla a vuestra maldita casa —respondí yo misma a la pregunta retórica—. Hace preguntas oficiales. Pide historiales académicos y médicos. Abre una investigación formal. Pone el foco de todo el puto pueblo, de los servicios sociales y de la policía del estado sobre la intachable y perfecta familia del doctor Cullen.

 

La amenaza flotó en el aire, pesada, lógica y absolutamente destructiva. Sabía que había dado en la diana. La exposición pública era su único talón de Aquiles. Los Vulturis masacrarían a toda su familia si su secreto quedaba expuesto por culpa de una investigación policial iniciada por una rabieta de acoso escolar. Yo acababa de poner el destino de su supervivencia y su estilo de vida en manos de mi amenaza legal.

 

Edward estaba más pálido que de costumbre, si es que eso era biológicamente posible. 

 

Entendía la magnitud del desastre que acababan de provocar. Su desesperación por estar cerca de Bella casi les cuesta el anonimato.

 

—No habrá ninguna investigación, Vespera —intervino Edward. Su voz era tensa, derrotada, rindiéndose incondicionalmente ante mi táctica—. Tienes mi palabra. No volveremos a molestarla. Mantendremos las distancias en clase. Seremos compañeros de mesa silenciosos. Solo... dile que lo sentimos profundamente.

 

Asentí secamente. Había ganado. Había establecido un perímetro de seguridad impenetrable para Bella.

 

Me di la vuelta, considerando a los dos idiotas neutralizados y el problema resuelto.

Iba a marcharme, pero el ambiente en el pasillo cambió de repente.

 

La temperatura a mi alrededor, que ya era deprimentemente fría, cayó en picado. El aire se volvió denso, casi sólido, cargado de una electricidad estática que me puso todos los pelos de los brazos de punta y activó mi instinto de huida.

 

Jasper Whitlock se había despegado de las taquillas.

 

No caminó hacia mí; se deslizó. Fue un movimiento tan fluido, antinatural, silencioso y puramente depredador que mi cerebro aulló de pánico. Se interpuso en mi camino, deteniéndose a menos de medio metro de mí, bloqueando por completo mi ruta de escape hacia las puertas principales.

 

De cerca, su presencia era aterradora. Me sacaba más de una cabeza de altura, obligándome a levantar la vista. Su postura no era la de un adolescente de instituto; era la postura arrogante, relajada y mortal de un comandante militar, de un asesino centenario que acaba de acorralar a su presa. Las cicatrices invisibles que yo sabía que cubrían su cuerpo parecían palpitar en el aire frío entre nosotros.

 

Y sus ojos... esos malditos pozos de ónix negro estaban clavados en mí. No había rastro de la cortesía forzada o de la máscara de caballero sureño que había utilizado en la clase de Historia. Lo que había allí era una oscuridad absoluta, una intensidad, oscura y violenta que me hizo tragar saliva a pesar de mi férrea determinación.

 

—Estás jugando a un juego muy peligroso, señorita Swan —susurró Jasper.

 

Su voz era un barítono rasposo y áspero, vibrando con un tono de advertencia letal que no admitía discusiones. El timbre de su voz contenía la promesa de una violencia inenarrable. 

 

Estaba poniendo a prueba mi límite de ruptura. Quería ver si el terror físico y directo era capaz de doblegar la amenaza burocrática y el aplomo que yo acababa de desplegar ante su familia.

 

Mi corazón latía tan rápido que sentía el pulso retumbar en mis sienes. El miedo era real, denso y paralizante. Sabía que este hombre podía arrancarme la cabeza con un solo giro de su muñeca antes de que yo pudiera siquiera parpadear. Él era el puto Dios de la Guerra del Sur.

 

Pero yo no era la misma Vespera que se había quedado congelada en la silla de madera horas atrás. Había venido aquí para trazar una línea, y si mostraba debilidad ahora, si me acobardaba ante él, todo mi puto discurso sobre la policía y el acoso se desmoronaría como un castillo de naipes. Los depredadores huelen el miedo, y yo me negaba rotundamente a oler a presa.

 

Enderecé los hombros, levanté la barbilla y sostuve la mirada de sus ojos negros sin retroceder un solo milímetro. Apreté las uñas contra las palmas de mis manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta para anclarme a la realidad y obligar a mi cuerpo a no temblar.

 

—Whitlock —dije, mi voz destilando un aburrimiento letal, arrastrando su apellido con hastío—. A menos que tengas una placa policial en el pecho o seas el director de este instituto, tu intento de intimidación de película barata me da exactamente igual. Estás estorbando. Muévete.

 

El desafío frontal, el absoluto desprecio por su instinto asesino, flotó en el aire entre los dos.

No se movió. El duelo de miradas fue una guerra silenciosa, brutal y cargada de tensión.

 

De repente, un sonido rompió la tensión asesina del pasillo.

 

Fue un resoplido ruidoso. Una carcajada que ya no podía ser contenida.

 

Emmett Cullen, apoyado en las taquillas, se estaba tapando la boca con una mano gigante, su inmenso pecho sacudiéndose de forma espasmódica. Sus ojos dorados brillaban con lágrimas de pura e incontrolable hilaridad.

 

—¡Joder! —masculló Emmett entre risas estruendosas, ignorando las miradas horrorizadas de Rosalie y Edward—. Hay que reconocer que la pequeña tiene unas agallas. Amenazar a la cara a... bueno, a nosotros. Tienes estilo, chica Swan. Y acabas de mandar a tomar por culo a Jazz. Esto es épico.

 

El comentario de Emmett rompió la atmósfera asfixiante que Jasper había creado a mi alrededor, disipando la neblina de tensión letal.

 

Jasper no apartó la mirada de mí, pero la oscuridad de sus ojos pareció destellar con un atisbo de algo diferente. Una sonrisa minúscula, casi imperceptible, curvó la comisura de sus labios pálidos.

 

Con una lentitud deliberada, sin apartar los ojos de los míos, Jasper dio medio paso hacia la izquierda. Me abrió el camino. Una concesión física. Un pase libre otorgado por el depredador.

 

No le di las gracias. No miré atrás.

 

Con la barbilla alta y la espalda recta, pasé por el hueco que me había dejado, rozando casi su brazo, y caminé por el pasillo hacia las puertas dobles que daban al exterior. No aceleré el paso. No iba a darles la más mínima satisfacción de verme huir. Mantuve mi ritmo militar, imperturbable, hasta que empujé la puerta y salí a la lluvia helada de Washington.

 

En cuanto las pesadas puertas se cerraron a mis espaldas y me supe fuera de su campo de visión, el bajón de adrenalina me golpeó con la fuerza de un yunque cayendo desde un décimo piso.

 

Mis rodillas temblaron tan violentamente que casi me caigo. Tuve que apoyarme contra la pared de ladrillo rojo del exterior del instituto, respirando hondo, llenando mis pulmones del aire húmedo y frío del bosque para no vomitar el almuerzo por la pura tensión acumulada.

 

Había encarado a cinco vampiros. Había mandado a callar a la rubia prepotente. Había amenazado a los Cullen con la policía humana. Y le había dicho al puto Dios de la Guerra que se apartara de mi camino como si fuera un chaval estorbo de secundaria.

 

"Estás loca. Estás completamente desquiciada, Vespera", me dije a mí misma, cerrando los ojos por un instante y dejando que la lluvia me empapara la cara.

 

Pero había funcionado. Edward y Alice recularían por miedo a la exposición pública. Había establecido un límite físico.

 

Me aparté de la pared y caminé por el aparcamiento lleno de charcos hacia la vieja furgoneta azul marino de Charlie.

 

Bella estaba sentada en el asiento del copiloto, con el motor encendido, la calefacción a tope y las puertas bloqueadas. Cuando me vio acercarme, abrió los seguros de inmediato.

 

Subí a la furgoneta, cerrando la puerta con un golpe seco. El calor del interior me acogió.

 

—¿Todo bien con el formulario de secretaría? —preguntó Bella, mirándome con cierta suspicacia, frotándose las manos frías.

 

—Todo en orden, ratoncita. La burocracia está resuelta. Trámite archivado —le mentí con una sonrisa cansada, metiendo la llave en el contacto y haciendo rugir el ruidoso motor de la Ford

 

Metí la primera marcha y salimos del aparcamiento del instituto, dejando atrás las miradas invisibles que sabía que nos estaban siguiendo desde el interior del edificio.

 

Había ganado la batalla del primer día.