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El fin de semana se redujo a una sola escena repitiéndose en mi cabeza, sin importar si tenía los ojos abiertos o cerrados, la luz mortecina de la sala de biología, el sonido de la saliva, el roce húmedo de la piel contra la piel, y los gemidos de Hirose. Lloraba, se quejaba en voz baja, movía sus hombros intentando no ser aplastado por el peso en su espalda de la figura enorme del profesor. Me mordí la lengua con rabia, sintiéndome la peor basura del mundo, esperando que el dolor pudiera desvanecer la punzada de placer en mi entrepierna. Pasé el sábado encerrado en mi habitación, con la puerta con seguro, el terror de que alguien me viera en mi estado actual era tan fuerte como la necesidad de tocarme.
Desabroché mis pantalones a prisa, con los dedos temblando por una urgencia que me avergonzaba. En cuanto mi mano bajó y se coló debajo de la ropa interior, el contacto directo con mi propia piel caliente me arrancó un escalofrío. Estaba completamente empapado. Mis dedos se deslizaron casi por instinto, frotando y presionando la carne hinchada, buscando desesperadamente el ritmo que calmara la punzada eléctrica en mi vientre. Cerré los ojos con fuerza, pero no sirvió de nada; en la oscuridad de mis párpados solo aparecía la imagen de la espalda de Hirose arqueada bajo el cuerpo del profesor. Cada gemido ahogado que le escuché el viernes parecía marcar el compás de mis propios movimientos. Comencé a mover los dedos más rápido, hundiéndolos con torpeza, restregándome con una fricción húmeda y constante que me hacía jadear contra la almohada para no hacer ruido. Mi mente se torció por completo: imaginé que era yo quien sujetaba las caderas de Hirose, que mis dedos eran los que provocaban esos llantos sumisos, perdiéndome en la fantasía de tenerlo abajo, su bonito rostro mirándome sobre el hombro. El ritmo se volvió frenético, casi doloroso, hasta que una oleada intensa de calor me recorrió la espina dorsal. Me corrí con un espasmo violento que me arqueó la espalda, apretando las piernas mientras los fluidos pegajosos manchaban mis dedos y se escurrían por mis muslos, solté un sollozo que rápidamente se volvió un llanto que me llenaba el pecho de hipidos, las lagrimas mojaban la almohada mezclándose con el sudor.
No había sentido tanto asco de mi cuerpo desde hace meses, quería cubrirme, desaparecer, la bruma del placer no había hecho nada para ocultar la culpa que me carcomía el pecho.
Sé que lo que vi fue un abuso, sé que Otogiri es un asqueroso, y aun así me excite.
Reconozco que gran parte del problema soy yo, mi cabeza siempre se ha distraído con los más coloridos escenarios y, ahora que me encuentro delante de un evento especialmente difícil de digerir, trato de minimizarlo como una fantasía sexual. Me enferma pensar que, mientras él sufría, una parte de mí se preguntaba si reaccionaría igual de sumiso si fuera yo quien estuviera en el lugar de Otogiri. Si me dejaría tocarlo así, si sería capaz de ignorar la forma de mi cuerpo con tal de tenerme dentro, amarme por como quiero ser y no por lo que soy.
En cuanto la puerta se abrió y el profesor Otogiri cruzó el umbral, el aire se me congeló en los pulmones. Había olvidado por completo que estaba sentado en el salón de clases, que era Lunes por la mañana, rodeado de los alumnos habituales, que actuaban tan normal a diferencia de mí que me sentía ajeno a cualquier estímulo.
Mi mirada se desvió por inercia a la figura brillante que representa Hirose, su mirada cálida y sonrisa apacible estaban intactas, se encuentra conversando con otros compañeros sobre cosas que no logro entender, el sonido de su voz que en cualquier otro dia me resultaría maravilloso solo se reduce a jadeos y gemidos. Ruidos, choques húmedos, sudor, él voltea a verme y sentí una violenta oleada de náuseas que me revolvió el estómago, tan real que tuve que tragar saliva para no vomitar ahí mismo.
Clavé los ojos en las grietas de la madera de mi escritorio, enterrando las uñas en las rodillas; era completamente incapaz de mirarlo a la cara sin volver al fin de semana, escondido detrás de la puerta. No me ha visto, estoy seguro de eso, no recuerdo con claridad cómo o cuando me fui de ese lugar, pero si él me hubiera notado yo lo sabría ¿Verdad? Es imposible que él sepa que yo estuve allí.
Las manos me sudan y se retuercen mientras mis piernas se mueven con ansiedad, balanceándose en el pupitre con el vértigo cada vez más intenso, las ganas de salir corriendo y esconderme me sobrepasan tan rápido que apenas me doy cuenta cuando una mano de dedos largos se posa sobre mi hombro dando un suave apretón. Me sobresalta la acción, alejándome por inercia, pero el pequeño espacio del escritorio no me deja pudiendo solo encogerme en mi sitio con la mirada perdida en el rostro del profesor Otogiri que tiene los ojos abiertos. El corazón me dio un vuelco seco, directo en la garganta. Me quedé petrificado, encogido bajo el peso de su mano, sintiendo la textura de sus dedos presionando mi tela. Desde esa distancia, me llegó su olor; una café frío y tabaco rancio que me pateó el estómago. El mismo olor que flotaba en el aire de ese pasillo el viernes.
—Nakamura —su voz retumbó demasiado cerca, con ese tono pastoso y calmado que usaba para dar los anuncios, lejos del tipo de jadeos bruscos que daba al tocar a Hiros…—. Te noto ausente. ¿Pasa algo?
La pregunta me astilló la cabeza. El sudor de las palmas se me enfrió de golpe. Debe preguntar por algo, estoy siendo demasiado evidente porque al girar apenas un poco pude notar todas las miradas sobre mí.
—No, profesor —mi voz salió un tono más agudo de lo que entrenaba a diario, desinflada—. Solo... no dormí bien.
Otogiri estiró apenas la comisura de los labios, parecía más una mueca que una sonrisa real, pero sus ojos se mantuvieron clavados en los míos, fijos, midiéndome. No pude sostenerle la mirada, sé que quería alguna reacción especifica de mi parte y probablemente le di lo que quería, no estoy siendo especialmente discreto.
—Entendido —retiró la mano despacio, raspando la tela de mi hombro antes de soltarme—. Si necesitas ir a la enfermería, me avisas. No te descuides.
El sonido de sus zapatos alejándose hacia el pizarrón fue lo único que me devolvió el aire. La clase regresó a la normalidad casi de inmediato; los murmullos habituales y el ruido de las hojas al pasar llenaron el salón, pero yo todavía sentía el hombro pesado, como si el tipo hubiera dejado una marca ahí. Traté de calmarme, apretando los dientes para que no se me notara el temblor. Para colmo, la incomodidad en mis pantalones seguía ahí, recordándome lo idiota que era mi cuerpo por reaccionar así. No dejaba de darle vueltas a la cabeza; ¿lo sabía? ¿Había sido una indirecta? Esa forma de mirarme no había sido normal.
—Abran el libro en la página cuarenta y dos —la voz de Otogiri cortó el ambiente mientras empezaba a escribir en la pizarra— Nakamura, espero que puedas seguir la clase hoy.
No lo miré, pero sentí sus ojos clavados en mí desde el frente, al mismo tiempo que la atención de Hirose seguía fija desde su asiento. Estaba atrapado entre los dos, y lo peor era que, en medio de los nervios, esa chispa extraña en mi entrepierna todavía no terminaba de desaparecer. Cuando el timbre por fin sonó anunciando el receso, el salón se llenó con el ruido caótico de las sillas arrastrándose y las mochilas abriéndose.
Esperé en mi sitio, pretendiendo guardar mis cosas con extrema lentitud para no tener que cruzarme con nadie. Fue justo al levantar la mochila cuando crucé una mirada directa con Hirose. Esta vez no hubo una sonrisa ligera ni un saludo amable de su parte, se veía extrañamente agotado, con una expresión extraña que nunca le había visto. Me sostuvo la mirada solo un par de segundos, pero fue suficiente para notar el atisbo de pena en sus ojos. Era como si, de alguna manera, él intuyera el peligro real que yo corría al llamar la atención de Otogiri. Luego, se dio la vuelta y salió del salón.
No me iba a quedar de brazos cruzados. Salí casi detrás del resto, pero mi objetivo no era Hirose, sino Hifumi Kawamura. La busqué entre la multitud de los pasillos hasta que la vi caminar a paso rápido hacia las escaleras de la azotea, un lugar que solía estar vacío a esta hora. La seguí en silencio y, en cuanto cruzó la puerta de metal, entré detrás de ella y la cerré. Al escuchar el golpe de la puerta, Hifumi se dio la vuelta asustada, pegando la espalda contra la pared.
—Nakamura... ¿qué haces aquí? Te dije que no me buscaras —dijo con la voz temblorosa, mirando de reojo hacia las escaleras como si alguien pudiera aparecer en cualquier momento. Ya no tenía caso pedirle detalles de lo que había visto el fin de semana. Yo ya lo sabía. Ya lo había vivido en carne propia y me había enfermado con mis propias reacciones.
—Tenías razón —le dije, soltando las palabras con una calma que no sentía. Hifumi se congeló. El poco color que le quedaba en el rostro desapareció por completo y se quebró ahí mismo. Se llevó las manos a la cara, presa del pánico, fue como si hubiera activado un mecanismo en su cabeza porque rápidamente iba empeorando su expresión.
—Ah…tu…tu los viste también… —comenzó a susurrar, hiperventilando— No, no, no ahora…
Se me acercó y me tomó de los brazos, apretándome con desesperación, rogándome con la mirada, ella parecía realmente aterrada y las sensaciones que jamás desaparecieron desde que salí del salón se intensificaron. El sudor frio hacia que los mechones desordenados de su fleco se le pegaran a la frente haciéndola lucir enfermiza, pude notar sus ojos desorbitados detrás de las lunas empañadas de sus lentes.
—Por favor, detente. No te metas en esto. Si te involucras, él....podría…podría
Se le atasco la voz en mitad de la oración, pero no necesitaba continuar porque comprendía su miedo ya que también me cruzo la posibilidad por la cabeza esa mañana. Si Otogiri le estaba haciendo eso a Hirose quizás se lo estaba haciendo a otros alumnos, o tal vez tenía una especial preferencia por Aiki pero me negaba a creer que ese hombre podía ser, además de un violador, un obsesivo. Porque eso nos pondría en el mismo saco. Antes de que pudiera responderle, Hifumi me soltó, abrió la puerta de la azotea de un tirón y huyó escaleras abajo, dejándome solo con el eco de sus pisadas y su advertencia final flotando en el aire. Me quedé quieto, mirando la puerta entornada, hay cosas que todavía se me están escapando, probablemente Hifumi no estaba solo aterrada por lo que vio sino por lo que vino después de verlo, ¿Ella fue descubierta? No, es imposible, fue a avisarme de inmediato, aun que, no tenía manera de saberlo, quizás se lo guardo durante días o semanas antes de decirme algo.
Apreté los puños hasta que me dolieron las uñas contra las palmas, son demasiadas posibilidades y suposiciones, ha quedado claro que no puedo pedirle ningún tipo de explicación a Kawamura así que depende de mí ahora comenzar a buscar soluciones.
