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2 — . Encuentro
El tiempo nunca había tenido sentido para Castiel. Como ángel, estaba acostumbrado a contar en eones, por lo que los relojes humanos eran una broma para él. Le bastaba un segundo de concentración para desplegar la historia del mundo como un mapa ante sus ojos, y podía atravesar los siglos con sólo desearlo. Sin embargo, cuando Dean lo sacó de aquel club, se sintió atrapado en una milésima de segundo igual que un insecto en una gota de ambar.
No notó el frío del exterior, ni el viento del Norte que levantaba el polvo de la vieja carretera y le volaba la gabardina. No levantó la vista para vislumbrar aquel lugar remoto del que había venido y al que no podía volver si aquella magia que había comprado por algunos dólares no era capaz de llevarlo a su Padre. No.
Las estrellas que amaba estaban ahí, frente a él, dolorosamente verdes. Si conseguía levantar la mano casi podía tocarlas, casi podía... pero el tiempo se había detenido y con él los movimientos del universo. Estaba enterrado en un recipiente de mermelada espesa y pegajosa, por más que pataleaba e intentaba salir braceando de ella, lo único que conseguía era llenarse los pulmones de algo parecido a la jalea de arándanos. ¿Estaba atrapado? ¿Sería esto otra señal para que no se fuera del lugar? No lo sabía, nadie le había advertido de lo que este poderoso hechizo que podía conjurar a Dios era capaz de hacer con el tiempo y el espacio.
Agitó la cabeza, desordenando su pelo con la esperanza de que sus ideas se ordenaran. Lo único que consiguió fue verse arrastrado hacia el Impala, flotando como un globo al que Dean había atado una cuerda. Tenía que contarle, ¡tenía que explicarle que estaba esperando la señal definitiva! Pero de su boca sólo salían burbujas de mermelada.
Dean estaba al volante, y seguía hablando y hablando con su voz de bronce oscuro. Cada sílaba era como un golpe de badajo en el pecho del ángel, una vibración a la que todo su ser comenzaba a adaptarse. Los sonidos más hermosos del mundo se resumían en su voz; sólo quería esconderse en la profundidad de su garganta como en una cueva de perfecta resonancia. Quizás allí lo encontraría.
La nube rosada que brotaba de sus manos dio paso a un nuevo paisaje. Miró a su alrededor y vio muchas puertas frente a él. Miles de puertas numeradas, todas iguales. Puertas como ojos de pez, vidriosas y descarnadas. Estaban por todas partes, reflejándose en el firmamento y en los charcos de la calle. ¿Tenía que elegir alguna? ¿Era esa la última prueba?
La desolación que Dean sentía al verlo tirado como un saco inconsciente en el asiento del pasajero se coló por una de aquellas puerta, filtrándose como una bruma venenosa a través de su piel de esponja. No sabía, no podía elegir. Quería atravesar todas las puertas, pero sólo en una estaba la verdad. ¿Cómo lo sabía? Nunca había visto aquellos dinteles, ni sus picaportes de cristal, pero la certeza era tan fuerte como un dogma. Tras una de ellas aguardaba lo que siempre había esperado, así que no podía equivocarse. ¿Pero y si lo hacía? El terror al fracaso volvió a él como una oleada de espinas.
Puertas, números, llaves. Puertas, números, llaves, y la mirada de Dean como estrellas oscuras escrutando su rostro. Una llave, un número. 009.
¡Era esa! ¡Ésa!
Castiel dio un salto mortal hacia atrás sobre su nube rosada
¡Y Dean tenía la llave! La tenía desde el principio ¿Por qué no le había dicho nada? ¿No se daba cuenta de la importancia que tenía esa llave, ese número? Quiso replicar, pero las manos del cazador lo empujaron hacia un suelo blando que amortiguó su caída y lo hizo rebotar. Antes de darse cuenta había cerrado los ojos.
Un agujero negro se tragaba el tiempo, la luz y las puertas, en un remolino voraz. Había atravesado el dintel, había seguido los pasos, las señales... ¿Dónde estaba Dios?
Castiel luchaba por escapar de aquel agujero sideral, de su poder de atracción. Se debatía, golpeaba el aire como si así pudiera escapar de su influjo, pero no servía de nada. El vórtice quería tragarlo, sumirlo en la más rotunda nada, en el negativo de la fotografía. ¿Dónde estaba su padre? No sentía nada, no podía notar su presencia en ningún rincón del universo. El hechizo había sido un fraude. Tenía que aceptar de nuevo su incompetencia, y ahí estaban las dentelladas de la derrota para que no lo olvidara. Dean llevaba razón, era absurdo buscar a un dios que no quiere ser encontrado ¿Cuando asumiría de una vez su abandono? Estaba cansado, tan cansado, que durante un segundo esa nada le pareció dulce como el algodón de azúcar, como soñaba que sería la boca de Dean. Ese agujero se tragaría también su deseo, su frustración, la locura de un corazón incompleto que necesitaba el amor de un padre ausente y el de un hombre que no podía tener. No estaba tan mal, después de todo. Aflojó los músculos, dando la batalla por perdida. Ya no sería más un soldado, un amante, un hijo... sólo un muñeco roto dejándose llevar por aquel remolino que lo borraría de la memoria del universo como si nunca hubiese existido. Giraba, giraba estrellándose contra puertas, y planetas, y espíritus perdidos …
De pronto fue sacudido por un fuerte estruendo ¿Era ese el final?
Gimió.
La oscuridad ardía en sus ojos.
—Ey —la voz de Dean. Era su voz.
Intentó abrir los párpados, lanzando un quejido. La luz le dolía.
—Lo sé, tío. Volver es jodido —Castiel sintió una mano sobre su hombro.
—La luz, Dean —no hizo falta decir más. Con un "clic" se instaló en el lugar una aceptable penumbra y el ángel pudo usar sus ojos. Estaban en la habitación de un motel, igual a tantas otras. Su gabardina estaba apoyada en una silla rota, y sobre la mesa descansaba una pistola y una botella de whisky. Hogar dulce hogar.
—Me diste un buen susto, joder —dijo con voz grave y reconfortante— pero no te preocupes, ya me encargue del mocoso que te vendió esa mierda. No creo que tenga ganas de timar a otro pardillo en una buena temporada. Cass empezaba a entender, aunque su cabeza todavía trabajaba a cámara super lenta.
—Entonces, el hechicero... —murmuró con esfuerzo— lo que me dijo... era mentira —. Estaba avergonzado. Hubiera sido mejor no volver de aquel agujero negro.
—Era sólo un camello de baja estofa —lo miro a los ojos— aunque el producto era de buena calidad — silbó con admiración—, parecías encantado paseando por la ciudad de la paranoia. Menos mal que me di cuenta y pude ponerte a cubierto ¡Tuve que cargarte en brazos! Si llegas a estar en tus cabales no te hubiese gustado nada, pero tuve que meterte en la cama para que durmiera la mona. Estabas totalmente ido, ¡dabas miedo! —Su mirada reflejaba preocupación y una honda melancolía—. Un poco más y no regresas, lo he visto alguna vez.
—Hubiera dado igual —dejó caer la cabeza en la almohada, resignado— no soy más que un idiota al que han engañado.
—Todos hemos sido idiotas alguna vez ¡Hasta a Sammy le colaron una vez hierba en mal estado! Y te aseguro que no sólo flipó de mala manera, sino que dio tantos viajes al tigre que no ha vuelto a fumar en su vida —se río, rompiendo la tensión con una broma, como siempre hacía. Castiel sonrió con ternura, agradeciendo su estrategia.
—Gracias, Dean —puso la mano en su rodilla brevemente. Se sentía bien con él sentado en la cama, a su lado—. Parece que todo ha pasado —murmuró con tristeza.
—Vas a estar bien —dio un fuerte apretón en su hombro, disfrazando una caricia. El ángel negó lentamente con la cabeza.
—No lo creo. Las visiones me han hecho volver a sentir cosas que prefería tener enterradas. Es como volver de un viaje al fondo de mis pesadillas. Es... difícil —bajó la mirada— Éste no es mi lugar, Dean, y en el cielo tampoco hay nada para mí. Estoy en tierra de nadie.
—Ya veo —su rostro se tornó serio—todo este numerito de las drogas ha sido para buscar a tu jodido... —Cass siseó, poniendo el dedo índice sobre sus labios.
—Sigue siendo mi Padre.
—Pues con un padre como ese es mejor no hacerse ilusiones. Nos ha abandonado a todos —se puso en pie, visiblemente irritado—. ¿Sabes una cosa? Él nos ha condenado a ser almas errantes, sin hogar, sin destino. No encajamos en ese supuesto paraíso que nos prometieron, ¡y hasta del infierno somos expulsados! —. Dijo con rabia— Tú no eres el único que vive en el exilio.
—Yo quería... hacer algo —musitó, incorporándose despacio de la cama. Aún se sentía mareado— Puede que yo no tenga un sitio al que volver, pero tú... ustedes... merecen salir de este círculo trágico —. Dean lo miro, sus ojos se iluminaron con una luz tan cálida que Cass pensó que aún estaba bajo el efecto del unicornio químico. Esas estrellas verdes que descubrió aquella lejana noche tras una bola de algodón de azúcar y que reencontró en el club, volvían a brillar para él bajo el resplandor de una lámpara polvorienta de motel.
—Cass —Dean se acercó, vigilando que se encontraba bien al levantarse— Si algo merece la pena de esta locura es que ambos estamos en el mismo bando —. El ángel sonrió con suavidad.
—Después de lo vivido esta noche, he entendido que para mí es más que suficiente —su mirada azul se humedeció— Tú eres mi verdadera misión, ya lo era desde el inicio de los tiempos, así que aunque todo lo demás se derrumbe mi lugar será donde tú te encuentres. Eso ni siquiera mi Padre puede negarlo.
La llave sobre la mesilla confirmaba el número 009. La puerta estaba cerrada tras ellos.
Dio un paso más hacia Dean y lo miro despacio, acariciando tímidamente todo el largo de su brazo.
Castiel no quiso pensar en señales, ni en signos de la aprobación divina. Sólo existía Dean, él era su única meta. Él y sus ojos estrellados, y sus labios con sabor a duda. Se lanzó a sus brazos como unos minutos antes estaba dispuesto a arrojarse al abismo, con la fe del que lo ha perdido todo. Y lo besó.
Nada en la tierra o el cielo podía compararse con el calor de su boca, con la limpia humedad de su saliva, con la violencia de su lengua. Nadie podría imitar la devota. pereza de sus movimientos, la profundidad, la dulzura, el arrebato de la sangre. Sólo Dean y su aura de fuego, Dean y sus manos expertas, capaces de hacer reventar su cuerpo en una explosión libre y blanca.
Al llegar la mañana, entre jadeos y susurros, Cass entendió que sus visiones tenían algo de razón: al final, tras aquel dintel marcado con el 009, encontró lo que de verdad había deseado.
