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Río arriba, como un salmón

Chapter 25: Río arriba, como un salmón

Notes:

Vamos con el capítulo final de "Río arriba, como un salmón" o RACUS. Va dedicado a todos los salmones y cormoranes.

Este es más cortito de lo habitual porque es una especie de epílogo. Sólo me queda desearos, por última vez, que lo disfrutéis.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

En medio de aquella fresca noche del mes de noviembre, justo dos años después del comienzo de esta historia, Martín se despertó sobresaltado. En la penumbra del dormitorio donde se encontraba, revivió sin querer las imágenes de la pesadilla que acababa de asaltarlo: para variar, Andrés moría de una manera atroz, acribillado a balazos por la policía en medio de un pasillo oscuro. Respirando con dificultad, Martín se colocó una mano en el pecho y extendió la otra hacia su izquierda, donde debía estar descansando el cuerpo de Andrés. El latido de su corazón sólo se tranquilizó ligeramente cuando sus dedos entraron en contacto con la piel desnuda del costado del español, que seguía durmiendo plácidamente a su lado como si nada.

Haciendo varias respiraciones profundas, Martín trató de calmarse, pero cinco minutos después, decidió levantarse de la cama, a pesar de la oscuridad que reinaba aún por todas partes, para poder dar un paseo o tomar un poco de agua sin molestar a su compañero. Con cuidado, se puso unos pantalones cómodos y una sudadera que tenía sobre una silla y abandonó la habitación, no sin antes lanzarle una última mirada a la figura de Andrés bajo el edredón. 

El monasterio estaba completamente silencioso a aquellas horas de la madrugada. Ni siquiera los monjes habían empezado aún su misa de maitines. Despacio, sin hacer ruido, Martín se acercó a la cocina y llenó un vaso con agua, que se bebió a pequeños sorbos. Sin embargo, al contrario de lo que le había ocurrido en otras ocasiones, aquello no fue suficiente para hacer que se encontrara mejor. Sabía que tendría que haberse sentido feliz después de la noche de ensueño que habían pasado: de los abrazos, de los besos… de aquel sexo dulce y apasionado al que se habían entregado Andrés y él juntos por primera vez. Pero los ecos de su pesadilla seguían resonando en su mente y empezaban a ramificarse en una serie de inseguridades y miedos que habían permanecido latentes dentro de su cuerpo a saber cuánto tiempo.

No era sólo el temor a perder a Andrés a manos de la muerte, que ya era lo suficientemente incapacitante en sí mismo. Ese lo había tenido siempre, incluso cuando sólo eran amigos, y, por un par de años, aquel pánico se había materializado en forma de miopatía ante sus destrozados ojos. Andrés había sido un enfermo terminal al que se le escapaba la vida por entre los dedos a marchas forzadas hasta que Martín había tomado cartas en el asunto y el destino y la Medicina habían querido concederles la gracia de salvarlo. Pero ahora que estaban juntos, que habían decidido unir sus caminos con un vínculo mucho más profundo y emocional, habían aparecido miedos nuevos a los que Martín no sabía muy bien cómo enfrentarse.

Por un lado, lo asustaba que Andrés se diera cuenta de que había cometido un error y de que, en realidad, no estaba enamorado de él. Que todos aquellos sentimientos tan intensos que se le habían despertado durante el atraco habían surgido únicamente por el carácter definitivo de las situaciones que habían vivido, por la emoción del triunfo que habían logrado, pero que, en el fondo, no era amor, sino euforia, una euforia que iría remitiendo poco a poco hasta desaparecer, lo que dejaría un vacío en el corazón de Andrés que pronto trataría de llenar en otro sitio.

Por otro lado, Martín temía no ser suficiente para el español, para aquel hombre brillante, apuesto y apasionado por quien él daría su vida. A juzgar por la sesión de sexo que habían tenido tan sólo unas horas antes, tal vez Martín no tuviera motivos para pensar así, porque, a todas luces, parecía que ambos habían disfrutado como nunca. Al menos, así había sido en el caso de Martín, pero temía que, quizá, Andrés se diera cuenta algún día de que seguía deseando mucho más los cuerpos femeninos y que Martín no podía darle todo lo que él anhelaba.

Y, por último, el argentino no podía evitar sentir que era un impostor, que estaba viviendo una vida de felicidad que no era la suya, que se la había robado a alguien que se la merecía mucho más que él. Tenía junto a sí al hombre de sus sueños, a la persona a la que había amado y por la que había suspirado durante años y años; ambos estaban relativamente sanos, eran ricos y acababan de hacer el amor por primera vez en su vida como pareja. Martín sentía que nada de aquello le pertenecía, que aquella burbuja iba a estallar de un momento a otro, porque era imposible que algo así le estuviera pasando a él. Y, si de verdad le estaba pasando, sólo podría ir a peor, porque, ¿cuál era el margen de mejora que tenía lo que ya era perfecto?

Martín no era consciente de cuánto tiempo llevaba sentado frente a la mesa de la cocina ni de cuándo había empezado a llorar, pero, de pronto, se dio cuenta de que tenía el vaso de cristal vacío firmemente agarrado en una mano de hierro y que las lágrimas le corrían por las mejillas silenciosamente, casi como si se hubieran resignado a caer y caer al vacío sin que nada pudiera impedirlo.

Y así estaba cuando oyó un ruido de pasos a su espalda. Con un movimiento lento, Martín se giró en la silla para ver a Andrés, que, para salir del dormitorio, se había puesto los pantalones de uno de sus elegantes pijamas de seda, pero llevaba aún el torso al descubierto. A pesar de ser aún demasiado temprano para levantarse, no había ni rastro de somnolencia en sus ojos y Martín se dio cuenta enseguida de que estaba preocupado.

- Martín, ¿qué pasa? - preguntó Andrés acercándose al centro de la cocina. Con un elegante gesto, el español se apoyó en la mesa justo delante de Martín y le acarició la mejilla para secarle una de aquellas díscolas lágrimas. - Habla conmigo.

Tomando aire, Martín se inclinó hacia delante y apoyó la frente en el pecho desnudo de Andrés, que le rodeó inmediatamente la nuca y los hombros para abrazarlo. El vello corporal del español le hacía cosquillas en la piel, pero eran las cosquillas más dulces que Martín había sentido nunca. Mientras se dejaba consolar momentáneamente, el argentino posó sus labios con suavidad sobre el corazón de Andrés y depositó allí un beso ligero antes de volver a apartarse hacia atrás para mirarlo a los ojos.

- ¿No tenés la sensación de que… estamos viviendo una vida que no es la que nos corresponde? No sé, como si… vos y yo no debiéramos estar acá. Siento que estoy soñando y que, en realidad, vos te fuiste con tu hermano a hacer fotocopias, o que te mató la policía, o que yo me maté el día que me dejaste, o que simplemente no volvimos a vernos después de aquella noche. ¿Entendés?

Aunque todo aquello sonara a auténtica locura, Martín quería compartirlo con Andrés. Al fin y al cabo, habían llegado a un punto en el que se sentía lo suficientemente seguro -o quizá, desesperado- como para hacerlo. En las facciones de Andrés se apreciaba el esfuerzo que estaba haciendo por comprender lo que Martín acababa de decirle, porque su entrecejo estaba ligeramente fruncido y sus ojos oscuros, clavados en el argentino como si quisieran entrar dentro de su cerebro a través de sus pupilas. Entonces, de pronto, Andrés se impulsó ligeramente hacia delante para apartarse de la mesa, rozó el hombro de Martín con las yemas de los dedos y se dirigió a la puerta de la cocina.

- Ponte un abrigo - le ordenó antes de salir.

Alzando las cejas por el desconcierto, Martín se levantó de la silla para averiguar algo más sobre lo que Andrés pretendía, porque aquella petición lo había pillado completamente por sorpresa.

- ¿Adónde vamos? - preguntó secándose las lágrimas mientras lo seguía por el pasillo empedrado hasta la capilla.

- Confía en mí - dijo Andrés mientras se metía en el vestidor para enfundarse en uno de sus bonitos jerséis de cuello alto y un chaquetón.

Cuando ambos se hubieron puesto sus respectivos abrigos sobre el pijama, Andrés y Martín salieron al frío patio en silencio, rodeados por la incipiente claridad de la mañana. A lo lejos, ya empezaban a oírse los cantos de los monjes, lo que anunciaba, como el canto del gallo, la llegada de un nuevo día. Durante unos segundos, Andrés le puso la mano en el pecho a Martín para que se detuvieran a escuchar con calma aquellas voces graves y etéreas. En los labios del español apareció paulatinamente una bella sonrisa que iluminó su rostro aún más que la tibia luz del alba, y Martín se quedó embelesado contemplando aquella piel perfecta, aquellos labios de azúcar, aquella mandíbula tan poderosa.

Pero entonces, Andrés lo agarró de nuevo por el brazo y, sin detenerse más, ambos enfilaron el camino hacia el campanario, que era donde, aparentemente, quería llevarlo el español. A una seña de Andrés, Martín empezó a subir primero las empinadas escaleras y, cuando llegó arriba del todo, al receptáculo donde lo esperaban las campanas del monasterio, el paisaje que le dio la bienvenida lo dejó sin habla, como de costumbre.

- Dime qué ves - pidió la melodiosa voz de Andrés desde atrás mientras se acercaba a él, con las manos a la espalda como si fuera un maestro antiguo examinando a su alumno favorito.

La vista de Martín se paseó por aquel sobrecogedor cuadro que sólo podía pintar la naturaleza. Bajo la sutil luz del amanecer, la Toscana se abría a sus pies con su bello manto de vegetación, de vida y de sensualidad, y a Martín se le vinieron a la mente de forma automática los recuerdos de los viejos tiempos, de tantas veces como ambos habían subido hasta allí para disfrutar del espectáculo silvestre y conmovedor que la naturaleza les ofrecía.

- Veo los árboles, las estribaciones del cañón… el río - respondió Martín arrebujándose en su abrigo.

- El río - susurró Andrés a su lado con un tono que indicaba que Martín había dicho exactamente lo que él esperaba. - Míralo bien, Martín. Mira cómo discurre el Arno hacia su desembocadura en el mar de Liguria. Si fijas la vista en un punto, cualquier punto, te parecerá que su caudal siempre es el mismo, que el agua que pasa por ese punto siempre es la misma. Pero, en realidad, no es así. La corriente de este río se puede alterar. Si yo coloco una piedra en medio de su cauce, el flujo del río cambiará, aunque no deje de ser el mismo río. Seguirá siendo el Arno, sólo que sus aguas bajarán de forma distinta. Pues, con la vida, ocurre igual. Cada decisión que tomamos altera el recorrido. No dejamos de ser nosotros, pero lo que hacemos y dejamos de hacer crea las diferentes posibilidades, los universos paralelos en los que vivimos. Es posible que, en alguna otra realidad, estemos los dos muertos, o ni siquiera hayamos llegado a conocernos. Pero esta es la vida que tú y yo hemos elegido y, para mí, es la de verdad, porque es posible. Porque estamos aquí, juntos, mirando el amanecer desde este campanario, porque veo el sol naciente reflejarse en tus ojos azules. Y porque te veo sonreír mientras lloras. Y nadie puede decirme que esto no está pasando.

Sorbiendo lágrimas a través de la nariz, Martín alzó la mano para secarse las mejillas lo mejor que pudo. Enseguida, sintió uno de los brazos de Andrés alrededor de su cuerpo y se dejó envolver por aquel consuelo templado y cariñoso que sólo el español podía darle. Sus palabras habían conseguido encender una llama de ilusión y verdad en el interior de Martín que enseguida se extendió por todo su caudal sanguíneo. Cuando se separaron, Martín vio que Andrés tenía una confiada sonrisa en los labios y al argentino le entraron unas ganas irrefrenables de besárselos, de recorrerlos con la punta de la lengua hasta hacerlos brillar como si fueran de plata.

Pero, entonces, Andrés pareció acordarse de algo y levantó una mano en el aire con el dedo alzado, mientras el sol empezaba a levantarse en el horizonte y teñía las nubes con aquellos colores pastel tan agradables y tranquilizadores.

- Por cierto, tengo una cosa para ti.

Mostrando por fin la mano que había tenido escondida tras la espalda todo el tiempo que llevaban en el campanario, Andrés sacó un muñeco de peluche que Martín conocía muy bien y que pensaba que no iba a volver a ver nunca, y se lo tendió con una sonrisa satisfecha.

- No te puedo creer. ¿Es Fonollosito? - preguntó el argentino echándose a reír a carcajadas, y su risa reverberó por todo el cañón que se extendía a sus pies. Que Martín supiera, Andrés había salido del monasterio sin el muñeco, así que debía de tenerlo escondido por allí para que Martín no se topara con él por casualidad y así, poder darle la sorpresa. - Pero, ¿adónde lo encontraste?

- Entre la pared y una estantería, donde tú lo tiraste hace más de un año - explicó Andrés, mientras Martín daba vueltas al cormorán de peluche entre sus manos.

- Lo siento. Y gracias de nuevo. Vos sí que sabés cómo reciclar un regalo, ¿eh? - rió Martín con alegría. Después, su expresión cambió a una más intensa, más trascendente, y fijó la vista en el amor de su vida. - La próxima vez tendré más cuidado para no perderlo.

Esperaba que Andrés entendiera el significado real de sus palabras, lo que de verdad subyacía en el fondo de aquella declaración metafórica.

- Tranquilo. Yo me aseguraré de que Fonollosito siempre vuelva a ti - respondió Andrés con la misma solemnidad, y Martín supo que ambos estaban hablando de algo mucho más profundo que un peluche. De alguna manera y sin planearlo, aquel muñequito tan peculiar se había convertido en el símbolo de su amor. - Por cierto, no sé si lo has mirado bien.

- ¿Qué tengo que…? - empezó a decir Martín, pero, de pronto, las palabras se le murieron en la garganta.

Sus ojos acababan de posarse sobre la cabeza del cormorán. Alrededor del pico largo y algo curvado del peluche había una brillante alianza de oro que relucía con los primeros rayos de sol de la mañana. La respiración se le cortó a Martín en plena inspiración y, por un momento, se quedó bloqueado. ¿Significaba aquello lo que creía que significaba?

Muy despacio, como si de pronto se hubieran interrumpido las conexiones entre su cerebro y sus músculos, Martín alzó la vista hasta la cara de Andrés, en cuya mirada de terciopelo se leía una mezcla de ternura y emoción que el argentino no le había visto nunca de forma tan desnuda. No había dobleces en su semblante; allí, delante de él, estaba Andrés en su máxima expresión tal y como era, con sus sentimientos en la solapa para que Martín pudiera verlos y guardarlos en la cajita invisible de sus tesoros más preciados.

- ¿Quieres casarte conmigo? - preguntó entonces Andrés con voz serena.

Así, sencillamente, los dos solos y sin aspavientos.

Y esa era toda la confirmación que necesitaba Martín para dejar que los ojos se le llenaran de lágrimas libremente, sin tapujos. En realidad, después de haber sido testigo desde niño de lo mal que les había ido a sus padres y de haber presenciado cada uno de los fallidos enlaces de Andrés a lo largo de aquellos años, Martín no confiaba en absoluto en el matrimonio. No necesitaba ningún papel que dijera lo mucho que amaba a Andrés y que quería pasar con él el resto de su vida. De hecho, siempre había estado convencido de que él nunca llegaría a casarse. Y, sin embargo, desde que a Andrés se le había escapado delante de Rafael, Tatiana y Sergio que algún día le gustaría comprometerse con él, a Martín ya no se le había ido aquella idea de la cabeza, aunque no le hubiera dado vueltas a menudo, aunque nunca lo hubiera visto como una posibilidad real por todas las dudas y los miedos que lo asaltaban continuamente. 

Pero, en aquel instante, con los ojos de Andrés clavados en los suyos y con aquella proposición flotando en el aire entre ellos, esperando a ser respondida, a Martín le dio la sensación de que su corazón era un globo que se hinchaba más y más de amor a cada segundo que pasaba. 

- Sí, quiero - contestó al fin en un susurro, como si aún no se lo creyera.

A Martín le pareció que Andrés soltaba un ligero suspiro de alivio antes de inclinarse hacia delante y besarlo con ardor, como si hubiera dudado de la decisión que iba a tomar Martín, como si hubiera otra respuesta posible. Apartándose brevemente y esbozando una sonrisa sincera, abierta, Andrés tomó el anillo del pico del cormorán de peluche y, acto seguido, lo deslizó en el dedo anular de Martín con delicadeza, mirándolo a los ojos en todo momento para intentar transmitirle sin palabras la solemnidad de aquel gesto. 

Abrumado, casi sin poder creérselo aún, Martín negó con la cabeza y miró la alianza en su dedo. Aquel pedacito de metal dorado era, de pronto, el sol de su vida. Reflejaba la luz de las auroras boreales de una noche en Noruega; vibraba con las notas de miles de canciones tarareadas a la luz de las velas y con los pasos de un millón de tangos argentinos; sabía a champán, a güisqui y a vino; y tenía más valor que todo el oro del Banco de España. Cuando Martín volvió a alzar la vista para mirar a Andrés, lo hizo con la convicción de que, por fin, ambos eran quienes debían ser. Como los salmones, habían aceptado su naturaleza y, luchando contra la mismísima ley de la gravedad, habían conseguido hacer lo que parecía imposible: remontar el río hacia arriba hasta llegar a la cima de la montaña.

Con Fonollosito aún en la mano, Martín rodeó el cuello de Andrés con los brazos y, por primera vez desde que estaban juntos, lo besó creyéndose de verdad que se merecía toda la dicha que sentía dentro del pecho. De esa manera, con aquel beso lleno de futuro y de ilusiones compartidas, e iluminados por los vaporosos rayos de sol de aquella mañana de noviembre, español y argentino sellaron el compromiso que tantas penalidades y sufrimientos les había costado.

Y allí de pie en el campanario del monasterio de Florencia, con los brazos de Andrés alrededor de su cuerpo, a Martín le pareció que no existían mayor felicidad ni plenitud en la vida.

Notes:

Si habéis conseguido llegar hasta aquí, sólo puedo daros las gracias, por la paciencia, por el cariño, por la fe y por el amor. He disfrutado infinito leyendo vuestros comentarios y reacciones, viendo vuestro arte... que han sido el motor de esta historia; los voy a echar de menos. Me alegro mucho de que hayáis podido acompañarnos a mí, a Andrés y a Martín en este viaje tan intenso y bonito.

Nunca imaginé que este fic tendría tanta repercusión. Empecé a escribirlo porque me apetecía darles la oportunidad de tomar otras decisiones, para que tuvieran otro final que me dejara con mejor sabor de boca. Y, como dice Andrés, ahora ya nadie puede negarme que esto haya pasado, porque está aquí escrito y las palabras tienen la fuerza y la magia de crear realidades. ;)

De nuevo, gracias por todo. Y no olvidéis que, aunque la corriente baje fuerte, siempre hay que intentar nadar río arriba.

PD: Os dejo un hilo de Twitter con curiosidades sobre la escritura de esta historia, por si os interesa.
https://twitter.com/HorusGreenEye/status/1493028357533048838?t=bM4u5HVjnQhKAbIEx0Dejg&s=19

Notes:

Dejadme vuestros comentarios, opiniones, críticas, quejas... Todos serán bien recibidos. :)

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