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Los jueves después de clases

Chapter 9

Notes:

JURO QUE NO ME ATRASÉ POR GANAS DE JODER, JAJAJAJAJAJAJJA, AYER TENÍA MIGRAÑA Y ESTABA DED. Pero ya, ya estoy aquí. ¿ESTAMOS TODES LISTOS? AAAAAHHHHH, EL FINAL INUKOKO.

Gracias a todes por leer, por comentar Y POR PARTICIPAR EN ESTE INUKOKO WEEKEND ;__;

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

De todos los lugares posibles en donde podría esconderse para lamerse las heridas, Seishu escoge llevar la motocicleta hasta la estación de Harajaku. A un minuto del gimnasio de boxeo que aún abre sus puertas. Exactamente a un minuto del apartamento de Benkei y Wakasa.

Justo sobre el gimnasio, en el segundo piso, está la residencia de Benkei y Wakasa. Un apartamento un tanto más pequeño que el que ocupa Seishu y su familia, pero tantas veces más cálido y lleno de vida, así esté repleto de cajas por desempacar, algunas bolsas de plástico con latas de cerveza para reciclar y un enorme pero gentil perro que hace de guardián juguetón. Seishu pretende únicamente entregar la moto y quedarse vagando por el gimnasio a medio terminar, dejando que el polvo y el olor a pintura nueva le sacudan el alma, pero apenas toca la puerta y Wakasa le abre, sabe que no podrá simplemente marcharse sin más. 

—… Te ves terrible. 

Seishu no está seguro de cómo se deja convencer, pero recuerda que no protestó demasiado y cuando finalmente recupera el sentido de la orientación, ya está sentado en el sofá, en el corazón del apartamento. Por alguna razón, tiene una toalla sobre los hombros. Algo sobre ¿Y viniste hasta acá con lluvia? Seishu no tiene cabeza para recordar si había cruzado charcos de agua durante el recorrido hasta acá o si le quedaba el fantasma de la sensación de ropa mojada pegada al cuerpo. 

Lo único que tiene claro, presente, es el recuerdo de Koko. El calor de su cuerpo, la expresión de su rostro cuando Seishu le dejó ir. El beso. 

—Podrías haberla devuelto mañana, ¿sabes? No teníamos apuro. Total, este idiota me hace llevarlo en el carro hasta el taller. 

Benkei pone una taza sobre la mesita del centro, Seishu puede distinguir el humo que se eleva, delicado y casi transparente. Tiene que darle un toque a Hiroto, el perro que tienen, para evitar que meta la nariz dentro de la taza. 

—Te la hubieras llevado al colegio, hubiera sido divertido —Wakasa regresa de la cocina con una botella que Seishu no logra distinguir, pero por el aroma, parece ser alcohol—. ¿Quieres? Puedo echarle un poco a tu leche caliente. 

—… Es un menor de edad, imbécil. 

—Bueno, en algún momento debe probar y mejor aquí con nosotros. 

No sabe si lo hacen por querer sacarle una risa o si es cosa de su dinámica, pero Seishu tan sólo deja escapar un sonido de entre los labios y, sin muchos ánimos, toma la taza entre las manos. Está lo suficientemente caliente como para que le suba la temperatura del cuerpo, sin que Seishu tema sentir el ardor de quemazón en la piel. 

Sin más, Wakasa toma asiento en un lado del sofá, mientras Benkei se acomoda en el suelo, con una mano bajo la mesita de noche, acariciando la cabeza de Hiroto. Ellos comparten alcohol en completo silencio. Seishu tiene la sensación que esperan por él, conscientes de que tiene cosas que le gustaría decir, pero que no se atreve todavía. No es un silencio desesperante, de esos que le ahogan la garganta y le hacen querer salir huyendo o meter algunas patadas para librarse. Este silencio es un “ Cuando estés listo, te escuchamos”. 

Seishu se acomoda en el sofá, bebiendo un poco de leche. Ni siquiera sabe qué es lo que quiere decir, si es que quiere hacerlo. La verdad es que cuando condujo hasta aquí, no lo hizo pensando en querer desahogarse o echar plática sobre lo ocurrido, tan sólo lo hizo por puro instinto. Necesitaba un lugar, un espacio seguro y este fue el primer lugar que pensó. 

El calor de la bebida le va haciendo entrar en razón, poco a poco, haciéndole recordar los eventos que precedieron al beso. Sus padres, Koujirou. Su hermana.

—Arruiné la cena de mi hermana. 

Le sorprende que eso sea lo que tenga más presente justo ahora. Seishu, que hasta hace poco no hacía nada más que sentir envidia de ella, porque Akane tenía todo lo que él anhelaba, aún si así no lo hubiera propuesto. Ahora siente vergüenza de su exabrupto, de haber manchado una noche especial porque no quiso ver cómo estaban realmente las cosas desde un principio. 

—Uno tiene hermanos para tener con quién pelear, eso se sabe. 

Seishu niega con la cabeza. Entiende lo que Benkei quiere decirle, pero no es justamente eso. 

Es mucho más. El tema va de cómo Seishu siente envidia de algo que no tiene, de cómo ese algo que no tiene, pero quiere, tiene nombre y apellido. Y casi estuvo entre sus manos, pero se desvaneció tan pronto como vino, bajo una estela de luz. El tema es que Seishu nunca tuvo lo que quería y nunca lo tendrá. 

—A Koko le gusta Akane. 

—Ew… patéalo. 

—Tíralo de una zanja. 

Incapaz de soportar la situación tan ridícula en la que se ha metido, Seishu se ríe entre dientes y cubre el rostro con la mano. Está cálida, gracias a la taza y la leche caliente. Tan cálida como la de Koko ayer, cuando le tocó el rostro. Cuando Seishu casi cae en la trampa de sus propios delirios. 

Ahora es consciente de la idiotez que cometió al comprometer a alguien que no le quiere. 

—Koko quiere a mi hermana, pero yo lo besé esta noche. 

Quiere volver a reírse cuando escucha a Wakasa silbar, sorprendido. No se ríe porque Seishu está perdiendo la habilidad de burlarse de su propia estupidez. 

Debió quedarse con el recuerdo de Koko, cuando Seishu tan sólo lo conocía como Kokonoi Hajime, Hajime-kun, el niño de la paleta de limón y el pantalón sucio de polvo. Aquel tonto, tonto, niño que pensó que podría vérselas de frente contra otros que, a todas luces, le superaban en fuerza. Seishu debió quedarse con la idea de Koko, con las cosas que creía saber con tan sólo verlo de lejos. 

Pero a él también le tocó ser tonto, porque terminó de caer en la trampa que Koko le tendió, con intención o sin ella. Seishu tuvo que bautizarlo con un apodo especial, con algo que solamente tendría conexión con los dos. Poco a poco fue escarbando entre las cáscaras que componen al verdadero Koko, maravillándose con cada pequeño descubrimiento que saltaba frente a sus ojos. Pasó de ilusionarse con una fantasía, a enamorarse del Koko real. 

Eso es de tontos. 

Seishu es consciente que los ojos quieren rebelarse sin piedad cuando le llega el picor. Hace muchos años que pretende ignorar las ganas de simplemente quebrarse y volverse uno con lo que sea que le atormente. Seishu lleva varios años tratando de tapar, con indiferencia, motocicletas y puños, que sigue siendo tan sólo un chiquillo con mucho sobre sus hombros. Este, de todos, es probablemente el motivo más patético para llorar. ¿Por amor? ¿Porque un tonto, más tonto que Seishu, no le corresponde, pero sí está prendado de su hermana? Seishu sobrevivió un incendio, quedó marcado de por vida, esos sí son motivos reales, lo demás es… 

—Es una estupidez. 

Aprieta los labios y mueve la lengua contra el interior de estos, empujándola contra las paredes de su boca. Hunde los dedos de los pies, desnudos y fríos, contra el pelaje de Hiroto. Juega con la suavidad que se le mete entre los dedos, tratando de encontrar consuelo. 

Cual niño pequeño, Seishu se distrae del mundo adulto, que le respira en la espalda. Quiere que la cabeza salga flotando y desaparezca en alguna parte, lejos de Koko, el beso y toda esta tontería que Seishu sigue guardando en el pecho. 

Agradece cuando Benkei le da un toque en la rodilla, queriendo llamar su atención. Vuelve a dejar la mano sobre la cabeza de Hiroto, ya profundamente dormido entre los mimos de Seishu y Benkei. Con la otra mano hace bailar un vaso de vidrio, parcialmente lleno de alcohol. 

—Cuando conseguimos este lugar, cinco años atrás, lo hicimos pensando en hacer algo de provecho con el gimnasio que estaba abandonado. En su momento pensamos que nos tomaría tan sólo un par de meses, un año cuando mucho. Pero… —Benkei alza los hombros—. Ya ves, uno se ilusiona con idioteces y fantasías, pero la realidad siempre es otra. 

Seishu sabe alguna que otra cosa sobre lo del gimnasio. No pregunta por respeto, porque no es de su incumbencia, pero Seishu no puede evitar escuchar conversaciones mientras trabaja en el taller. Ahora es menos constante, ahora se cuelan algunas que otras risas, chistes, pero antes, Seishu recuerda que hablaban muy bajito, que mencionaban cifras, papeleo oficial. Cosas de adultos que Seishu todavía no llega a entender, pero que sabe, es complicado. Echar a andar un negocio no es tarea sencilla, se necesitan recursos, tiempo, ayuda. 

—No te creas que nos la pasamos bebiendo para soportar los malos días, Seishu —Benkei apoya el antebrazo en el asiento del sofá, inclinando la cabeza para verlo fijamente—. Te lo digo por si eres de esos chiquillos tontos que creen que sólo porque sabes dar puñetazos, se te ha olvidado que puedes llorar también. Pero tú no eres un chico tonto, ¿verdad? 

La mirada de Benkei se parece tanto a la de Akane. No hay absolutamente nada de similitud entre las facciones de uno y otra, pero la mirada es exactamente la misma. Yo sé lo que estás intentando hacer, Seishu. Hacerse el fuerte, llenarse la boca con No pasa nada, y morderse el interior de la mejilla para no ser sincero. Así lleva siendo Seishu desde hace tanto, pero tanto tiempo. 

Se siente diminuto bajo el escrutinio de Benkei, volviendo la mirada rápidamente a la taza a medio consumir. 

—Y si es porque crees que eso es estúpido, deberías saber que Shinichiro ha llorado por desamor en este mismo sofá y nos ha tocado aguantarlo. Al menos tú nos caes mejor. 

El comentario está hecho para que Seishu se ría, para que se le baje la tensión de los hombros, pero no pasa una cosa ni la otra. Aunque debe admitir que se siente un poco más ligero. El saber que está bien no tener puesta una careta encima es gratificante, así Seishu siga indeciso. No es fácil deshacerse de viejos hábitos. 

Piensa en Koko, en que él también ha tenido que fingir durante todo este tiempo. Fingir que se divierte con él, que lo ha puesto a la par que Akane, en su corazón… Koko fue mucho más hábil que Seishu, sin duda, porque lo tuvo a un paso de creer que, tal vez, Koko se estaba sintiendo igual que él. 

Wakasa deja descansar una mano sobre la nuca de Seishu. No le acaricia, como Akane, cuando Seishu era pequeño y se permitía sentirse infantil y caprichoso. Sólo deja allí los dedos, ejerciendo la presión suficiente como para que Seishu sepa que allí está, por si lo necesita. 

No sabe si es porque le recuerda a Akane, porque se proyecta con años menos, envuelto en sábanas y acurrucado contra su hermana mayor, pero Seishu no aguanta mucho más. Las lágrimas caen silenciosas y controladas, aún tras haberse resignado. Son tímidas y calientes, rodando por las mejillas de Seishu. Ahí va la humillación y la vergüenza, el desamor y todas las ilusiones rotas. 

Caen y caen, una a una, dejando a Seishu con las mejillas empapadas y el alma desnuda. 

Wakasa vuelve a apretarle la nuca. 

—Deja que Benkei te cuente cuántas veces ha llorado por mí. 

—Cierra la boca, imbécil. 

Seishu se ríe entre dientes, empujando entre las lágrimas y la tristeza. Espera que, cuando el llanto haya terminado, quede algo que rescatar de entre los escombros. Como cuando Seishu tuvo que volver a juntar, pieza a pieza, lo que quedó de él tras el incendio. 



La primera vez que Hajime tuvo una crisis amorosa, dejó caer los libros al suelo y le ofreció a Akane, con voz quebrada y muy aguda, que le acompañaría a casa. La última, hoy, hace apenas unas cuantas horas, Hajime acabó corriendo bajo la lluvia, dos veces. Una para volver a casa, para ocultarse tras puertas cerradas y darse un baño tan helado como las gotas de lluvia en la calle. La segunda es para salir de su refugio seguro, porque es tonto, muy tonto y buscar compañía. 

No recuerda muy bien en qué momento decidió sacarse las sábanas de encima, hacer el menor ruido posible y escabullirse de la habitación, para no despertar a sus padres. Lo que recuerda es llamar insistentemente a Sanzu para que le abra la puerta principal de su casa, sin tener mucho éxito, hasta que Hajime tiene la brillante idea de elegir alguna ventana para colarse. Cree saber cuál es la habitación de Sanzu desde afuera, reconociendo el color de las paredes y unos cuantos pósters colgados. O eso cree. Es tarde, hace frío, tiene el cabello revuelto y húmedo por el suave rocío que cae del cielo, lo que queda de la lluvia de hace rato. Y le besaron. Hajime no tiene cabeza para distinguir entre una habitación y otra. 

Al final es la habitación de Senju, la hermana menor de Sanzu y Hajime tiene que aguantarse que ella se ría a carcajadas, pegando gritos para llamar a Sanzu. A él no le hace gracia la situación, porque cuando llega, riñe a Senju por hacer tanto escándalo, Me vas a meter en problemas, calla. A Hajime también le riñe, tomándolo del brazo y haciéndole entrar en la habitación bruscamente. Le gruñe entre susurros que le estaba esperando en la puerta principal como un idiota y que Hajime estaba jugando al Romeo con su hermana. 

—Al menos escoge una sola hermana para que te obsesiones. 

Sanzu lo dice de broma, pero Hajime no puede evitar temblar cual animal enjaulado. Nadie le manda a vivir en sus zapatos y cometer estupidez tras estupidez.

En la seguridad de la habitación de Sanzu (que es exactamente del mismo color que la de Senju, qué horror, cómo no pretendían que Hajime se equivocara), Hajime no espera a que le invite a sentarse: Se apodera de un lado de la cama, dejándose caer pesadamente y suspira, tal y como hizo cuando llegó a su casa la primera vez. No sabe cómo empezar, aunque Sanzu se echa a su lado, con los pies casi golpeando el rostro de Hajime y con las manos pellizca sus piernas, impaciente por algo de información. Decide que no hay modo casual ni simple de explicar todo, así que Hajime elige ser caótico, como Sanzu y Hanma. Vomita y vomita palabras, resume lo poco importante, destaca detalles relevantes, se enfoca en la cena, en cómo Inupi es idiota, muy idiota. Y abarca el beso y el casi beso del que Hajime parece ser el único consciente. 

Cuando termina, Hajime está abrazado a una almohada. Se siente como en la oficina de un psiquiatra o terapeuta, escupiendo cosas privadas y ridículas, esperando por un diagnóstico, porque alguien experto, con títulos colgados por la pared, le diga qué diablos se supone que tiene que hacer. Excepto que Sanzu no es una cosa ni otra. Es tan sólo otro adolescente que, para bien o para mal, es su amigo. O algo así.

—Casi lo besas ayer.

—Sí…

—Y él te besó hoy. 

—… Sí.

—… Uff, tienes suerte de venir a mi casa y no ir tras Hanma con esta información. 

Hajime no tiene la fuerza necesaria para alzar la cabeza e investigar qué quiere decir Sanzu con eso. Desconoce si está burlándose de él o si está tomándose en serio su situación tan absurda. Entre dos hermanos, una que le gusta… ¿Que le gustaba? Y el otro que le hace correr hasta su casa bajo la lluvia y luego salir huyendo hasta casa de un amigo, en mitad de la noche. 

Esto no puede ser normal ni saludable. 

—Mira, seré sincero: No sé qué esperas que te diga.

Con la almohada sobre el rostro, Hajime bufa. La verdad es que, a pesar que tiene urgencia que alguien le diga qué hacer, sabe que se ha metido a buscar en el lugar equivocado. No porque Sanzu sea un desalmado, que puede serlo en algunas cosas, pero porque se necesita tanta experiencia para desenmarañar este desastre de vida. Hajime que, durante los últimos años de su vida, ha pretendido jugar al joven adulto, comienza a darse cuenta que le faltan siglos para madurar de verdad. 

Se muerde el interior de la mejilla, tratando de quitarse de encima la sensación que le quedó tras el momento en la escalera. Quiere, pero no puede. Tonto Inupi… ¿Quién le dio derecho de poner su mundo de cabeza? ¿Acaso esto es una venganza por haberse equivocado la primera vez…?

Aunque, lo cierto es que más que el beso, más que la sensación que le quedó en las mejillas, calientes con el aliento de Inupi, es lo que le dijo. ¿Qué hay de mí? Cómo responder a esa pregunta sin sentir qué le estalla el corazón. Es lo complicado de todo esto, que Inupi le ha dejado una pieza final de un rompecabezas que Hajime no tenía ni la más mínima idea que estaba llenando desde hace meses. No sabe cómo interpretar lo que tiene en manos. Diablos, es que ni siquiera sabe cómo sostener el rompecabezas entre las manos sin destruirlo. 

—¿ Qué hay de mí…? ¿Cómo se supone que responda eso? 

Hay una implicación inmensa allí. Significa que Inupi estuvo esperando por quién sabe cuánto por Hajime. Es un reclamo muy privado y Hajime es demasiado listo para pretender ignorarlo. ¿Qué hay de Inupi? Todo, absolutamente todo. 

—Evidentemente está sentido porque tú a quien quieres es a Akane-san. 

—Eso ya lo sé, idiota… 

Hajime entiende eso, le quedó claro. La cosa es que, ha venido masticando un pensamiento desde hace un tiempo, pero es hasta esta noche, con la noticia del compromiso de Akane, que Hajime comienza a aceptar que tal vez, tal vez, la quiere, pero como a Inupi.

Akane es ilusión de infancia. Es poner a alguien en un pedestal y dibujarlo con colores que se han quedado caducados. No es un retrato exacto ni tampoco muy fiel al original, pero es complicado de desvanecer o reemplazar. En cambio, Inupi es tan real que puede tocarlo hasta cuando lo tiene lejos. Inupi no está moldeado con idealizaciones o nostalgia. Inupi viene desnudo, tal cual es, con lo malo, lo feo y lo bello. Y Hajime, por más que intente negarlo, oculto bajo la almohada, ha quedado maravillado por las tres cosas. 

—Oye —golpea el hombro de Sanzu con la punta del pie—. ¿Cómo sabes cuando realmente quieres a alguien? 

—Esas cosas deberías preguntárselas a Hanma y su obsesión por el nerdo de Kisaki. Yo no sé de estas tonterías. 

—¿Y qué hay de Mikey? 

—… Eso es complicado. 

Después de eso hay un silencio que Hajime casi se arrepiente de haber convocado. Casi porque sabe que Sanzu no es tan desinteresado como se esfuerza en demostrar. En el fondo, cuando nadie le ve, es un muchacho que busca cariño de cualquier manera. Una aprobación de parte de su hermano mayor, volver a ver a Senju con los ojos de la infancia, cuando todo era más fácil, una invitación al círculo cercano de Mikey. Hajime está aquí y no donde Hanma, porque de los dos, Sanzu es el único que le puede hablar de cariño y desamor, así no tenga las palabras correctas.

Tras lo que parece una eternidad, Sanzu se sienta en la cama, hundiendo el colchón en parte. Hajime no se sienta pero se acomoda para observarlo. Está meditabundo, como la primera vez que le soltó que odiaba que Takeomi no dejara de encontrar todo lo malo en él. Guarda silencio, paciente, porque no quiere provocar que Sanzu se arrepienta. 

—No me gusta hablar de mis cosas, pero supongo que no hace falta para que te diga que eres un verdadero tonto. 

—¿Eh? ¿No hace falta el insulto…? 

—Silencio.

Sanzu pellizca la pierna de Hajime y éste se queja. Pero escucha, atentamente.

—¿Qué tienes que preguntarte? Has estado tras Akane-san durante años pero solamente te he visto realmente interesado en alguien estos últimos meses. Alguien real, no una fantasía a medias. 

En el fondo, Hajime sabe que es tal cual lo dice Sanzu. Desde que llevó a Inupi a casa e incluso antes, Hajime ha tenido claro que Inupi es otra cosa muy distinta. No sólo lo quiere junto a él todo el tiempo, metiéndose horas y horas a acompañarlo en aquel taller caloroso, apestoso y rodeado de tipos con pintas dudosas, sino que también lo añora cual imbécil cuando no está. Quiere contarle cosas, hablarle de tonterías, de miedos, de aspiraciones. Inupi le hace detenerse a mirar las cosas pequeñas, las que parecen poco importantes. 

Hajime aprieta los labios y abraza con fuerza la almohada. 

—Le pusiste un apodo e ibas a besarlo ayer. ¿Qué más quieres? ¿Un cartel sobre la cabeza que diga Te gusta el hermano de la chica a la que creías querer? Porque tengo algo de papel por ahí. 

Sin pensarlo, tira la almohada en dirección a Sanzu. Éste la esquiva, por supuesto, y lo hace con una sonrisa. Hajime también le sonríe, aunque siente que está sonriéndose a sí mismo, como si se burlara. Es un imbécil y lo sabe.

—¿Y ahora qué? ¿Esta es la parte donde corro a su encuentro y le digo que no puedo estar sin él y todas esas cosas cursis? 

—Esta es la parte donde te quedas a dormir, porque es tarde y vas a espantarlo si intentas meterte por su ventana —Sanzu gatea hasta echarse junto a Hajime esta vez, cabeza con cabeza—. Mañana puedes ir a decirle todas esas cursilerías y supongo que tendré que desearte suerte y esas cosas. Hurra. 

La risa se le queda atorada a Hajime en la garganta, sale como un gorgoteo deforme. Está cansado, los músculos del cuerpo le reclaman por descanso, pero tiene el pulso acelerado. No hace falta preguntar por qué. Por quién. Hoy lo sabe, ya no tiene que buscar excusas ni sentir vergüenza. Cero dudas. 

Espera que Inupi no se enfade mucho por hacerlo esperar, pero, en su defensa, fue él quien salió huyendo. 



La parte en la que Hajime hace las cursilerías y todas esas cosas no llega sino hasta la tarde del día siguiente. Lunes. Primer día de vacaciones. 

Tan preocupado estaba por sus tontas decisiones amorosas, que Hajime perdió contacto con el tiempo y el espacio. Olvidó que las vacaciones escolares le mordían los talones, que en algún punto, entre Inupi no me quiere e Inupi es un idiota, Hajime pensó en colar visitas al taller cada día libre. ¿Cómo quiso poner en tela de duda que Inupi está constantemente en sus pensamientos y el significado de todo ello? Se largaría a llenar una encuesta y a explayarse en un ensayo de más de cincuenta páginas, pero Hajime no tiene tiempo para eso. 

Primero lo primero: Hablar con Inupi. 

El lío está en encontrarlo, porque Inupi desaparece tras una estela de humo. Hajime pasa de casualidad por el taller, como quien no quiere la cosa. Camina del otro lado de la calle y mira hacia el interior, no encontrando a Inupi sentado en el lugar de siempre. Vuelve a pasar unos minutos después y vuelve a tener la misma suerte. Se rinde al tercer intento y se dice que Inupi no está en el trabajo, a pesar que no es jueves. No le queda entonces otra opción que ir a la casa de los Inui, con el corazón en la boca palpitando inquieto cuando sube por las escaleras. Imposible no pensar en el beso tan pronto como se encuentra con la lámpara en la esquina superior. Aunque esté apagada a esas horas, la presencia es más que suficiente para sacudir el interior de Hajime. 

Lo más sorprendente de toda esa cruzada para encontrar a Inupi, es que cuando atienden a la puerta y Hajime descubre que es Akane, lo primero que le viene es una sensación de decepción. Es decepcionante ver a Akane y no a Inupi. Cómo cambia el mundo. 

—Lo siento, Hajime-kun, pero Seishu no está aquí. 

Por unos instantes Hajime se pregunta si Inupi está fingiendo estar lejos del hogar, pero que en realidad está encerrado en su habitación, con cero ganas de hablarle, pero luego descarta la posibilidad. Inupi no es tan cobarde y Akane no es mentirosa. Al contrario, ella siempre fue transparente. 

Hajime nota que hoy no está tan perfectamente arreglada como siempre, aunque sigue luciendo bonita. Tiene el cabello recogido pero está descuidado, con un par de mechones que han encontrado la forma de zafarse de la colita. Sobre la cabeza descansa una pañoleta de color blanco, con un bordado en azul. La camiseta tiene las mangas remangadas hasta el hombro, probablemente para ayudarla a combatir el calor. Un vistazo atrás de Akane y Hajime descubre bolsas de basura y artículos de limpieza.

Por cortesía, por los viejos tiempos, Hajime se ofrece a ayudar. 

No sabe con qué motivo lo hace, si es para asegurarse que en efecto no queda nada allí que le haga pensar cosas sobre Akane o si es porque tiene la vaga y estúpida esperanza que Inupi entre por la puerta principal. A lo mejor es un poco de ambas. 

Son tantos años creyendo tonterías, se dice Hajime. Tantos años en los que Akane era el espacio seguro, lo normal, lo que tenía que ser, que ahora que baila otro nombre entre sus suspiros, no puede evitar sentirse extraño. No necesariamente mal, pero sí extraño, distinto. Hajime quisiera hablar de esto con Sanzu o con alguien que sepa, pero todavía no se siente lo suficientemente diestro como para hacerlo. No tiene prisa, no obstante, porque lo importante es dejarle claras las cosas a Inupi. El resto de las cosas, pronombres, títulos, categorías… Eso es secundario, son detalles. 

Algún día podrá ponerse a limpiar tanta cosa que tiene en la cabeza, como ayuda a limpiar la casa de los Inui. Sacar lo que no sirve, lo que ya no tiene nada que ver con él y quedarse sólo con lo importante, lo que representa el ahora y no el pasado. 

Pasada una media hora, Inupi sigue sin aparecer, pero él y Akane terminan con lo más pesado. Acepta un vaso de refresco y un lugar en el sofá, pasando el antebrazo por su frente sudorosa. Akane luce mucho más radiante que él, acostumbrada a moverse entre los quehaceres del hogar. 

—Normalmente tenemos alguien que nos ayude con la limpieza —explica después de beber la mitad del vaso. 

Akane tan sólo se ríe entre dientes. 

—Siempre he creído que hay algo de independencia al limpiar. Significa que eres capaz de tomar decisiones y ponerle orden a tu vida. O al menos pretender que eso haces. 

Akane siempre se le hizo muy mayor, pero no por la edad, sino por la manera de hablar y de ver las cosas. Hajime se cree que va por la vida un par de pasos adelante que todos los demás, pero Akane siempre, siempre, lleva al menos unos veinte pasos delante de Hajime. Ella ha recorrido caminos que Hajime aún no conoce pero ni en sueños. 

Por eso estaba fascinado con ella, con la figura de grandeza que deja tras cada paso. Hoy puede entender esto y aceptarlo.

—Significan Lo siento —Akane toca con la punta del dedo el pequeño florero que está en la mesita del centro. 

Hajime reconoce las flores instantáneamente. Él las trajo a esta casa la tarde anterior. Inicialmente había querido adquirirlas en una florería, pero no tuvo mucha suerte. Preguntó qué flores eran las adecuadas para pedir disculpas, pero no tenían disponibles. La dependienta le comentó sobre un parque de la localidad, Si tienes suerte, encuentras algunas florecidas y Hajime, como un idiota, fue y recogió tantas como pudo. 

Se sintió como un completo imbécil caminando por la calle con las flores. Y más imbécil se sintió cuando llegó a su destino y no pudo entregar las flores a la persona correcta. 

—Eran para Seishu, ¿verdad? 

Como si tuviera cinco años menos, Hajime se sonroja y agacha la cabeza. No niega ni afirma, pero el silencio habla más que las palabras que se niega a dejar escapar. Akane tan sólo se sonríe y asiente. Ella ya sabe. 

—Me imaginé. Lamento la confusión. 

—¿Cómo supiste? 

—Cuando Seishu se fue y tú fuiste tras él, me imaginé que quizás algo más estaba pasando que yo no entendía.

Hajime quisiera tener la valentía de decirle que sí y contarle todo, pero se contiene. O más bien, no encuentra la forma de obligarse a hablar. No sabe si es que el tema le deja inquieto o desnudo, o si es que hablar de esto, precisamente con Akane, es complicado. Lo único que atina a hacer es apretar el vaso, ya vacío, y calmarse al sentir las gotas frías que se pegan a los dedos. 

—¿Sabes, Hajime-kun? Cuando Seishu y yo sobrevivimos al incendio, vivía preocupada por él. Seishu comenzó a hablar menos, se la pasaba metido en sus cosas, siempre haciéndose el fuerte, el que no necesita ayuda, al que nada le perturba. Pero yo sabía que en el fondo, aunque no lo diga, todo lo que quiere es sentir que no está solo y perdido, como esa noche. 

El relato de Akane le hace recordar a Hajime a cuando Inupi le contó del incendio, cómo su rostro, pálido por la nostalgia y la tragedia, se volvía tenso a cada palabra que pronunciaba. Hajime pensó en qué hubiera pasado si se hubieran conocido para entonces, si Inupi fuera parte de su vida en medio de ese desastre y su corazón comenzó a latir muy fuerte. Él tampoco quiere que Inupi sienta que está solo y perdido, así sea muy orgulloso para pedir ayuda. 

—Me alegra que ahora te tenga a ti, Hajime-kun. Eres muy bueno.

Contrario a lo que Hajime siempre ha pensado, se siente incómodo de recibir elogios. Especialmente de parte de Akane. Él no es necesariamente bueno, tiene un montón de defectos. Es mentiroso, atolondrado para saber cuándo está lastimando a alguien o no. Ciego ante los sentimientos de otros y sordo para escucharse a sí mismo cuando intenta gritar que se entere de una buena vez lo que realmente está sintiendo. 

Pero acepta una cosa: Él también se alegra de estar allí, junto a Inupi. 

—No estoy seguro de cómo fue, pero le quiero. 

La presencia de Akane es tal que Hajime se siente tan valiente como para decir eso, a pesar que luego aprieta los labios, como arrepentido. La risita de ella le pone los nervios de punta a tal punto que Hajime quiere meterse bajo el sofá, pero resiste. 

Lo más irónico es que, siempre soñó con decirle a Akane de frente que la quería a ella y ha terminado confesándole que quiere a su hermano. Las vueltas de la vida. 

—De todas las cosas que esperé escuchar de ti, esta no es una de esas, pero me alegro mucho, Hajime-kun. 

—Yo tampoco… Pero supongo que no está tan mal. 

Queriendo tener un último detalle con Akane, con la primera ilusión de su vida romántica, Hajime toma el vaso y el de ella y camina hacia la cocina, dispuesto a limpiar. Se detiene a medio camino, no obstante, notando un cofre abierto que está sobre la mesa del comedor. 

No es el cofre en sí, es el contenido: Una pila de canicas, perfectamente apiladas y sin un gramo de polvo sobre ellas. Canicas que, a simple vista, despiertan algo extraño en Hajime. Como meter la nariz en una bolsa de café y creer recordar algo. Una palabra que escucha en labios ajenos y algo mueve dentro de él, como intentando desenterrar una escena de un sueño. 

Toca una con la punta de los dedos y se vuelve hacia Akane. 

—Akane-san… ¿Y esto?

Quiere elaborar pero se queda corto. Lo único que se le viene a la cabeza es la sensación de arena en la ropa y los labios helados, con una paleta de limón. 

Un momento… 

Con un sólo movimiento, Akane se pone de pie y alza la cabeza. 

—Oh, son de Seishu. 

¿Canicas? ¿Esas canicas…? 

—Las llevaba a todas partes cuando era pequeño. A veces las encontraba en los bolsillos de mi ropa cuando iba a ponerme a lavar. Le gustaba robar mis vestidos y camisetas de flores, ¿te ha dicho? 

Hajime se queda frío, finalmente desenterrando aquel recuerdo que le baila entre las pestañas gracias a las canicas. Y de pronto, finalmente, todo tiene sentido. La mirada apática, la voz con tintes de arrogancia, la amnesia de Akane, el reclamo de Inupi, las canicas, la ropa prestada, la paleta de limón. 

Oh, mierda. 

Con un par de canicas al bolsillo y disculpas para Akane entre los dientes, Hajime corre a ponerse los zapatos. De pronto sabe en dónde está Inupi. 

No el taller. No la biblioteca. No el apartamento. 

Sino, donde todo empezó, así Hajime no lo entendiera hasta ahora. 



Como si hubiera estado escrito en alguna parte, entre párrafos y párrafos de una revista rosa, Hajime encuentra a Inupi justo en el lugar donde le indicó el corazón. Ridículo, diría Sanzu. Patético, diría Hanma. Pero allí está Inupi, tan pronto como Hajime gira la cabeza hacia la derecha, sentado en los columpios más solitarios del parque. Hajime se ríe porque, una vez más, el destino lo arrastra hacia Inupi y esta vez es la única vez que es totalmente consciente de ello. 

Le hace falta la paleta de limón a medio consumir, el pantalón corto y perfectamente planchado por su madre. También le faltan las malas intenciones de aquel día, hace tantos años atrás, dispuesto a aprovecharse de algún par de ilusos para ganarse unos cuantos yenes. Quién iba a decir que Hajime iba a volver a este parque, desgastado a cachos, glorioso en la nostalgia, esperando regresar a casa con las manos vacías de yenes, pero con el pecho lleno de tanto más. Se ríe entre dientes porque es lo más estúpido que ha anhelado en lo que lleva de vida. 

El único momento que queda de ese primer encuentro, el encuentro que Hajime interpretó mal durante años, Hajime lo carga en el bolsillo derecho de su pantalón. Como Inupi, ese día, toma una de las canicas entre los dedos y la estruja. Teme que se resbale, gracias al sudor que le escurre por las manos. Por todo el cuerpo, de hecho. La mitad del sudor es gracias a la carrera que pegó para llegar hasta acá, a pesar que no batallaba contra el reloj. La otra mitad es cosa del clima, que parece querer imitar la sensación térmica del primer encuentro. Una parte loca de él, esa que quiere creer en las supersticiones de la abuela, siente que apenas tenga tiempo, buscará en el celular el registro de la sensación térmica y el clima. Sólo para reírse y seguir comprobando que es un tonto. 

Se detiene para contemplar a Inupi, antes de hacer cualquier cosa. Él no se ha dado cuenta de la presencia de Hajime porque está sentado de espaldas. Y porque trae puestos los auriculares. Si no estuviera con el corazón pendiendo de la garganta y si no fuera porque Hajime no ha aclarado las cosas, seguramente se le habría acercado por la espalda y le preguntaría si está escuchando canciones de despecho. Pero eso para después, cuando tengan derecho de reírse juntos de todo esto. 

Hajime se toma un último segundo para notar que, a pesar de que Inupi está de espaldas, que bien podría tratarse de cualquier otra persona, Hajime está cien por ciento seguro que es él. Hajime se sorprende de cómo es capaz de reconocerlo, ahora, como si formara parte de un sexto sentido suyo.

Decidido, apunta con la canica a la espalda de Inupi. No lo suficiente, evidentemente, porque cuando la lanza, esta falla por mucho y termina por caer al suelo, a varios pasos de Inupi. Hajime se lamenta por tener una puntería tan mierda, pero calla cuando se da cuenta que el plan funcionó a medias, porque Inupi notó el movimiento y, tan pronto como se dio cuenta de qué se trataba, giró la cabeza hacia atrás. Hajime quiere ser ridículo y decir que no se le erizó la piel cuando compartieron una mirada, pero… Bah, nadie le está escudriñando la cabeza. Inupi le cortó el suministro de oxígeno por unos segundos con tan sólo mirarlo y Hajime tuvo que apretar los labios, haciéndose el valiente. 

Aunque no quedan completamente en silencio, con los ecos de movimiento y risas en el parque, es más que suficiente para que Hajime sienta cómo hay un aire de intimidad entre los dos. Es como si los árboles y los columpios supieran lo que pasó entre ellos, la noche anterior.

—Tienes una puntería patética.

Obvio que Inupi es el valiente entre los dos, porque Hajime tan sólo sabe cómo fingir ser valiente. Por eso es quien habla primero, quien se atreve a recoger la canica y limpiarle toda la arena de encima. Hajime tan sólo atina a bufar y murmurar entre dientes que no todo el mundo tiene que saber cómo lanzar una canica con éxito. 

El peso del resto de las canicas que descansan en su bolsillo, Hajime recuerda por qué se las ha traído. Por qué buscó a Inupi con más urgencia que antes. Quiere reclamarle y al mismo tiempo es consciente que no tiene derecho de hacerlo. Pero es complicado mantenerse cuerdo y diplomático en cuestiones de amor, eso Hajime lo aprendió a la mala. Como ahora.

—¿Por qué no me dijiste que fuiste tú? —reclama tan pronto decide el tono correcto. 

Como en aquel entonces, la primera vez en el parque, Inupi tan sólo se dedica a mirarlo. Ahora Hajime es capaz de poner esta imagen que tiene frente a sí, sobre la otra, la que tiene grabada en la memoria. Es el calco perfecto, unos años más adulto, de ese pequeño. Pequeño, no pequeña, porque fue Inupi y no Akane. Con sus pestañas rubias, largas, con los mechones dorados que bonitos adornan el rostro, los mismos ojos que juzgan y ocultan cosas. Inupi no ha cambiado en nada, excepto tal vez, que ahora debe defenderse con algo más que tan sólo canicas.

Inupi se encoge de hombros, le aparta la mirada y se mece en el columpio. El sonido metálico hace eco por sobre la brisa y las risas a la lejanía. 

—No hace falta que finjas que me quieres ahora porque descubriste que fui yo y no Akane —los movimientos de Inupi se detienen un momento, antes de retomar, con un poco más de fuerza—. Siempre he tenido claro que a quien quieres es a Akane, no tienes por qué complicarte porque sientes pena. Ya no hace falta que sigas fingiendo. 

—… ¿Cómo te atreves?

El espíritu que abandonó a Hajime ese día en el parque, cuando se supo derrotado y humillado, finalmente vuelve a metérsele en la piel. Es una sensación de quemazón, de ardor en las mejillas, en la punta de las orejas y el pecho. No sabe si tiene que ver con la adrenalina o el enfado, o las ganas de zarandear a Inupi para que deje de decir idioteces, pero Hajime avanza hacia él y sostiene con ambas manos las cadenas del columpio, tensándolas para obligarlo a detener los movimientos. Inupi frena para no golpearse contra Hajime, alzando tierra alrededor. 

Hajime enrosca los dedos contra las cadenas, sintiendo cómo las partes oxidadas se le pegan a la piel.

—¿Cómo te atreves a creer que estaba fingiendo todo este tiempo? Nadie puede fingir tan bien, Inupi. Nadie.

Allí lo está diciendo para sí también. Nadie finge tan bien, Hajime. Podrá haber estado confundido a cachos, temeroso a otros, pero Hajime sabe muy bien, en el fondo, que ha hecho, dicho, actuado de esa forma, porque le nacía de adentro. Podrá ser un farsante en la vida, pero en esto no, con Inupi nunca.

Por eso no lo deja escapar, aunque puede ver en el rostro de Inupi que tiene ganas de empujarlo para salir huyendo, como ayer. Esta vez el orgullo le gana, o tal vez las heridas siguen demasiado abiertas como para poder moverse con soltura. Pero Inupi se queda, con las manos, también, aferradas a las cadenas del columpio. Siente la tensión de los dedos de Inupi sacudir el metal, un lenguaje silencioso que contiene más profundidad que cualquier párrafo cursi de una revista rosa. 

Inupi es quien interrumpe el duelo de miradas, ocultando la suya en el suelo, en la arena, en los pies. Donde sea pero abajo, lejos del escrutinio de Hajime.

—¿Entonces por qué te detuviste aquella vez? 

¿Por qué no me besaste? Esa es la pregunta que Inupi dice pero no dice. Lo gracioso e irónico es que Hajime es el del misticismo, el que se oculta tras humos y espejos. Inupi es el sincero, el que suelta las cosas tal cual las piensa, sin temor a las repercusiones. Excepto en esto, excepto en todo lo que tiene que ver con ellos. 

Hajime aprieta los labios. 

—Estaba confundido.

No es la respuesta que Inupi está buscando y por eso se ríe. Hajime se enfada porque se siente burlado, porque esta no es la risa de Inupi que le gusta. Esta no es de las que dicen Eres un idiota, Koko, sino de las que dicen eso, pero sentido. De las que duelen, con los labios de Inupi dibujando una mueca falsa y terrible. 

—¡Bueno, castígame por confundirme! 

No se enfada más porque entiende que la palabra confusión, significa mucho más para Inupi. Hajime ha estado confundiendo a Inupi de Akane desde el principio. Intercambió rostros, nombres, labios, sentimientos. A lo mejor no tiene derecho a sentirse enfadado porque Inupi no quiera escucharle o darle la oportunidad de explicarse, pero Hajime acaba zapateando. 

Se permite unos segundos de ser niño antes de tener que fingir ser un adulto y explicarse, con palabras y no con pataletas. 

—¿Quieres que te pida perdón por haberte besado la primera vez, como querías desde un principio? —Inupi lo mira cuando menciona el beso por accidente y abre mucho los ojos—. Ok, perdóname por haberte besado esa noche en la fiesta… ¿Pero quiere saber realmente qué es lo que yo lamento, Inupi? 

Toma aire, Hajime tiene que llenarse los pulmones de oxígeno, consciente de lo que va a decir. De lo elige decir. No más caretas, no más orgullo y no más verdades a medias. Esta vez no será como con las flores, Inupi tiene que tener claro qué es lo que Hajime siente.

—Lamento no haberte besado la segunda vez. 

La noche del sábado Hajime se detuvo porque estaba confundido. Le confundía lo que sentía, pero no estaba confundido sobre lo que sentía. Estaba convencido de que quería besar a Inupi, que Inupi le hacía sentir cosas en el estómago, que su compañía estaba por encima de todo. Quería besarlo, no quería nada más en ese momento que besarlo. La confusión nacía de otra parte, de la parte compuesta por la sociedad, por haber crecido donde creció, por creer que esto estaba bien y aquello estaba mal. 

Hoy no está seguro de qué piensa de esto y aquello, pero sí está seguro que le importa menos que aclarar las cosas con Inupi. Hajime sólo quiere que Inupi sepa que hay muchos escalones dentro de su pecho, cada uno valioso, importante a su modo y que el suyo es sólo suyo. 

Inupi tensa la cadena con los dedos y Hajime le sigue. Puede notar que tiene los nudillos pálidos, como los de Inupi, casi temblando de la adrenalina y el nervio. Si fuera más tonto y enclenque, como Hanagaki, seguramente habría vomitado en ese momento. Pero Hajime tiene dignidad y amor propio, así que resiste. 

Esta vez, aunque el momento es más pesado que antes, Inupi no le aparta la mirada. Hajime lo maldice, porque lo obliga a mantenérsela y morir de la vergüenza con las mejillas sonrojadas. 

—¿Qué te detiene ahora?

Es un reto a todas luces y Hajime odia que alguien insinúe cosas de él. 

—… Estamos en medio de un parque —intenta excusarse, mirando hacia un lado y otro. 

—¿Y? Me besaste en una fiesta, la primera vez. 

—No había nadie en la habitación, idiota. Eso era diferente. 

—Alguien podría haber llegado, no cerraste la puerta. Idiota.

Hajime chasquea la lengua, pero sonríe. Inupi no cae tan fácil como la bola de tontos que conoce. Inupi es listo, tan listo como para hacerle frente. Él no saca el conocimiento de los libros, como Hajime, sino que Inupi está labrado por la vida, los aprendizajes sacados a golpes, los raspones que dejan las tragedias. Por eso siempre estará un par de pasos delante de él, aunque Akane les gane a ambos por mucha ventaja.

Cual niño pequeño, Hajime vuelve a patear la tierra bajo los pies, aunque con mucha menos fuerza. Mira a Inupi fijamente, contando las pestañas que no se mueven ni un poco porque Inupi se niega a parpadear. Siempre le parecieron bonitas. No las que creía que eran de Akane, sino estas, las de Inupi. Están diciéndole algo, retándole también a acercarse y conocerlas de cerca, con los ojos cerrados y el alma desnuda. 

Y, como Hajime nunca ha sabido ser un chico adulto o un chico listo, sino un tonto disfrazado de adulto, se deja llevar. Se aferra con fuerza del columpio, no porque tema que termine por caerse, sino porque siente cómo la tierra se sacude bajo sus pies. Con un movimiento mucho más lento de lo que hubiera querido, Hajime se inclina y no deja que nada le detenga hasta toparse con el rostro de Inupi. 

Sólo que este se aleja y aleja, arrastrado por el columpio. Hajime no entiende que es cosa de Inupi, quien mece el columpio lejos de Hajime, hasta que rompe en una carcajada. 

—¡Oye…! ¡Eres un imbécil! 

La carcajada de Inupi lo envuelve todo. Desde la brisa que se cuela entre las copas de los árboles, hasta los oídos de Hajime. Tan sólo la detiene el propio Inupi, cuando, impulsándose adelante, atrapa las quejas de Hajime con la boca, dejando morir la carcajada. El beso es menos cuidado que el primero, segundo, porque Inupi casi golpea el rostro de Hajime con el suyo, gracias al impulso del columpio. Pero… Hajime mentiría si dijera que no lo disfruta por completo. Lo sorpresivo, lo torpe y lo real que es. 

Vuelve a enroscar las manos en las cadenas en el columpio para detenerlo, aunque Inupi ya ha hecho lo propio, anclando los pies en el suelo. Hajime se aferra y se aferra al metal hasta que decide que quiere hacer lo que esa noche del sábado: Tocar a Inupi. Los dedos quedan enredados entre los cabellos rubios, sorpresivamente más suaves de lo esperado y el pulgar izquierdo roza la piel de Inupi, arrancando un suspiro que se devora a prisa. 

Se besan y Hajime se convence que no le importa eso o aquello. Le importa esto, lo de él y lo de Inupi. 

Cuando el beso pierde fuerza y a los dos les toca parar por aire y torpeza, Hajime aprovecha para apoyar el mentón sobre la cabeza de Inupi. Tiene los ojos cerrados por la vergüenza y el pudor, pero tiene algo tintineando en los labios desde la noche anterior. Tiene que dejarlo salir. 

—Sólo para que sepas: Si la casa se estuviera incendiando, te sacaría a ti. 

Inupi no tensa la cadena con las manos, sino que estruja la ropa de Hajime. Espera que eso signifique que Inupi entiende, ahora más que nunca, que Hajime podrá haber tropezado en el camino hacia él, pero que no le interesa seguir enredado en otros senderos. 

Hajime quisiera bromear, quisiera volver a ponerse la piel de fanfarrón porque es lo que conoce, pero prefiere quedarse con esta sensación de incomodidad y desnudez que le queda. Decide que, mejor que fingir y querer jugar a ser un maestro de la mentira, no está tan mal ser un poco torpe pero sincero. Abraza a Inupi, porque sabe que así no lo pida, lleva quién sabe cuánto tiempo aguardando por esto. Y Hajime también. 

Termina sonriendo, burlándose de sí mismo, por cómo ha sido capaz de comenzar esta historia confundiendo a Akane con Inupi y luego dar un giro en la trama para confundir a Inupi con Akane. Aunque lo importante, al menos, es que ha sabido terminar como se debe. 

Al menos ahora Hajime tiene muy claro, a qué hermano quiere besar. 

Notes:

AL FINAL KOKO SOLUCIONÓ SUS DILEMAS ;__;

Notes:

Meter a Sanzu y a Hanma como "amigos" de Koko es literal, LITERAL, de las mejores cosas el fic. JAJJAJAA. Son un desastre, pura maldad, los adoro.