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Hikaru esperó escondido en un oscuro pasillo a que aquella persona a la que consideraba enemiga saliera de la habitación en la que estaba y se fuera. Sus pulsaciones iban a un ritmo más rápido de lo normal, aunque estaba acostumbrado a castigar de esa forma a su corazón. También contenía las ganas de toser, no quería hacer ruido y que se dieran cuenta de su presencia allí. De todas formas, tuvo la suerte de que la espera fue más corta de lo que creía que sería. Esperó varios segundos tras ver a escondidas cómo esa escoria se alejaba de allí como si nada, como si tuviera derecho a seguir vivo.
El pelimorado entró en la habitación por la que llevaba un rato esperando fuera, yendo directo hacia un joven tirado en el suelo. Su cuerpo estaba lleno de moratones y manchas de sangre, se notaba claramente que estaba deshidratado y desnutrido y que había sufrido muchísimo.
“Kazuki...” Hikaru se sentó a su lado y le acarició la mejilla, con los ojos empañados. Al principio sólo podía ver sufrimiento pero, al cabo de unos segundos, ira y frustración era lo que más le invadía.
“¿Hikaru...? Deberías irte rápido de aquí, como te pill—”
“Shh...” El pelimorado interrumpió al pelinegro para hacerle callar. “Me da igual.” Murmuró, aunque no fuera cierto del todo. Por una parte sí que lo era, no quería mostrar sumisión ante sus secuestradores; de hecho, tenía la fama de rebelde entre ellos. Por otra parte no lo era porque ¿a quién le gusta recibir una paliza como mínimo por saltarte las normas?
Hikaru giró el rostro a un lado y se tapó la boca con una mano, tosiendo. Como de costumbre, al mirarse la mano, había sangre en ella. Sólo se la limpió en su propia ropa. En la otra mano tenía un trozo de pan duro, que ofreció a su amigo.
“Toma, Kazuki.” El nombrado miró los ojos morados de Hikaru con tremendo agradecimiento, parecía que iba a llorar de emoción.
“Gracias...” Pensaba negarse a aceptarlo y pedirle que se lo comiera él, que tampoco estaba en condiciones como para saltarse comidas, pero tenía tanta hambre que no pudo rechazar el trozo de pan así que se incorporó, apoyando la espalda en la cochambrosa pared, y empezó a comer.
No intercambiaron más palabras en un rato. Hikaru sabía de sobra dónde había estado el pelinegro, se lo habían llevado unos días lejos de su habitación, o más bien celda, para arrancarle escamas. Eso era lo que les hacían a todos allí, por eso los tenían cautivos.
El silencio estaba bien, no había por qué estropearlo hablando de cosas sin importancia. Estuvieron sentados uno al lado del otro un rato, Kazuki apoyando su cabeza sobre el hombro de Hikaru, compartiendo unos minutos juntos. No podrían estar mucho tiempo así, Hikaru debía volver a escondidas a su habitación, pero no lo hizo sin antes abrazar al pelinegro con toda la fuerza que era capaz de reunir.
“Algún día, Kazuki.” Dijo Hikaru, poniéndose en pie para ir hacia la puerta. Su tono de voz mostraba seguridad y esperanza, aunque el pelimorado dudaba mucho de eso. Todos sabían qué significaban esas palabras, se las solían decir unos a otros para darse ánimos y esperanzas, anhelando de veras algún día conseguir la libertad. “Buenas noches.”
“Buenas noches.” Respondió el pelinegro, acostándose en su sucio colchón.
El de ojos morados se movía con sigilo y bastante agilidad a pesar de lo débil que era y se encontraba su cuerpo. Burlaba a esa especie de seguratas, hasta que llegó a la última esquina que le faltaba para regresar a su habitación, en la que se encontró de cara a uno de ellos.
“Vaya, vaya, vaya...” Sonrió un hombre musculoso y alto, empujando a Hikaru contra la pared para después coger un mechón de su pelo y tirar de él. Lo único que pudo hacer el menor fue emitir un pequeño gemido de dolor y hacer una mueca que expresaba exactamente lo mismo que el sonido que no pudo evitar dejar escapar de sus labios. “¿Qué haces paseándote como si nada, basura?”
“...” Hikaru apretó los puños y le miró con odio. “He ido al baño, ¿querías ir conmigo o qué?” Contestó con burla, mordaz.
“Te crees muy gracioso, ¿¡verdad!?” Cómo les molestaba que no mostraran miedo o sumisión, y qué fácil era alterarlos. Tiró más fuerte del cabello del joven. “Eres una rata de cloaca, me das asco.” Hikaru sólo sonrió ante sus palabras.
“Me da igual provocarte asco o una erección.” No pudo morderse la lengua, estaba enfadado, y mucho, por lo que le habían hecho a Kazuki, aunque fuera algo que les hacían a todos allí. Más bien, eso lo empeoraba.
A pesar de que el hombre cerró el puño e hizo ademán de darle un puñetazo, se controló. Y parecía que le costaba la vida hacerlo. Para sorpresa de Hikaru, sonrió, victorioso.
“No puedo hacerte moratones ni dejarte marcas, mañana tienes un cliente. Disfrútalo.” Fue entonces cuando le soltó, riendo, y recibiendo una mirada de odio y profundo asco por parte del más bajo.
Volvió a su habitación, donde estaba su madre, dormida. Posó un beso en la frente de Kinako y fue a tumbarse a su colchón, conteniendo las ganas de gritar y romper cosas que tenía. Lloró en silencio un par de minutos como mucho y se forzó a dejar de hacerlo. Sentía tanta, pero tantísima rabia... En diecisiete años aún no se había acostumbrado del todo a ello, seguía sintiendo la misma impotencia y dolor de siempre.
