Chapter Text
1999
— No puedo creer que vayas a hacer esto—, dijo Ginny, apoyándose en uno de los armarios recientemente vaciados. Sus dedos jugaban con la punta de su larga trenza roja y la expresión de su rostro hizo que Harry se preguntara cuán exhausta debía estar. Se encogió de hombros y dejó la tibia taza de café que había estado sosteniendo.
— Ginny, — comenzó él, pero no encontró las palabras para continuar. Ella sí.
— Escuche a Hermione hablando sobre eso, — dijo Ginny y suspiro. — Creo que es una cosa inútil, imprudente y peligrosa. Tienes que ser consciente de lo precipitado que es todo el plan.
— Lo sé —admitió Harry en voz baja. — Pero creo que vale la pena hacerlo de todos modos. Siento que es algo que hay que hacer.
— ¿Hay que hacerlo? —, Repitió Ginny, y una vez más Harry se sintió agradecido por el hecho de que Ginny no tenía la costumbre de alzar la voz, sin importar lo molesta que estuviera. Tal vez había sido lo primero que a Harry realmente le había gustado de ella: la forma en que hablaba. — Está en el pasado. Sucedió hace décadas. Su vida fue miserable, pero también lo fueron las vidas de muchos niños. ¿Por qué salvarlo de eso?
— Las consecuencias fueron demasiado terribles. Lo sabes bien.
— La gente lidio con las consecuencias. Continuamos.
— Eso lo sé, Ginny. También lo he hecho, siempre lo haré de una manera u otra. Pero si continuo con este plan, nadie más tendrá que hacerlo, — insistió Harry esperando que ella comprendiera.
— Viajar en el tiempo para arreglar a Tom Ryddle puede que no cambie las cosas para mejor, — declaro Ginny. — Si logras evitar que se convierta en Voldemort, ¿de verdad crees que no habrá otro Señor Oscuro que intentara hacer lo que él hizo? Cosas terribles no dejaran de pasar aunque lo detengas.
— Ginny
— Lo que él hizo, lo que intento hacer, es un reflejo de quien es. Es un psicópata, y eso no es algo que tú puedes cambiar, Harry. Él no puede ser salvado porque él nunca se verá a sí mismo como alguien que necesita ser salvado. Tú sabes eso mejor que nadie.
— Se razonable
— Soy razonable—, dijo Ginny severamente, pero no con crueldad. El corazón de Harry dolió. — No intentes decirme que no estoy siendo razonable. La idea de que uses un ritual sombrío y no probado para retroceder en el tiempo para cuidar de Tom Ryddle es una locura. Soy quien está siendo razonable aquí, y si no puedes ver la falla en este ingenuo e idealista plan tuyo, entonces yo...
— Sí, has dejado tus pensamientos sobre el asunto muy claros—, interrumpió Harry. — Pero Ginny, el que crees que es estúpido o no, no me va a detener. No entiendes la mitad de las razones por las que quiero hacer esto, y no voy a explicarte todo. No debería necesitar.
— Ron y Hermione no han sido capaces de quitarte esta idea.
— Ellos entienden lo importante que es para mí. Saben que debo hacerlo.
— No, no tienes que hacer nada. No le debes nada a nadie. ¡Nunca lo hiciste!
— Esto no es sobre deberle algo a alguien, Ginny, — dijo Harry meneando la cabeza. Ya no sonaba perturbado o enojado, solo muy cansado. — Quiero hacer esto. Por él, y por mí.
— Espero que eso sea cierto. Porque todo lo que yo quiero, — dijo Ginny, — es asegurarme que estás haciendo esto por ti, no por beneficio de alguien más. Querer salvar al resto de nosotros de algo que ya paso es innecesario. Ya no eres el campeón de nadie, y no deberías sentir la necesidad de dedicar tu vida a una misión tras otra solo para sentirte aceptado.
— Gin
— Quiero que dejes de medir tu autoestima a través de tus logros. No necesitas ser miserable primero para justificar ser feliz después.
Harry la miró por unos momentos, antes de decir: — De verdad no te merezco.
— Esa es exactamente la forma de pensar de la que desearía que te deshagas, — Ginny suspiro, antes de sonreírle. — Harry, ¿por qué vas a usar un ritual no probado para enviarte en el tiempo para criar a Tom Ryddle?
— Quiero hacerlo, — respondió Harry vacilante, sintiéndose egoísta e inseguro de repente. — porque pensar en el en un orfanato me duele, no sé por qué.
Pero cuando pienso en él siendo tan pequeño, pasando frío y hambre y que al final lo maté, yo...
— Sientes que le diste a su mala vida una mal final, — dijo Ginny. — Sin importar lo mucho que lo merecía. Diría que tu complejo de culpa es asombroso si no me enojara tanto.
— Los orfanatos de ese tiempo eran terribles, — continúo en voz baja Harry. — Debió ser peor que vivir con los Dursley. Tú sabes lo que fue eso, te lo conté. Y luego hechizaste a la tía Petunia aunque te dije…
— Ella fue capaz de vivir felizmente mientras obligaba a un niño a vivir en su alacena durante casi una década, — Ginny se mostró impasible. — Sobrevivirá con risas aleatorias y fuertes por el resto de su vida. Si tu tío aún estuviera vivo, habría... Oh, bueno, no hay necesidad de pensar en eso ahora. No te desvíes. Veamos tus razones.
— Solo quería que supieras que la vida en los orfanatos antes eran horribles, — dijo Harry, intentando encontrar las palabras para expresar lo que sentía en su corazón. — Las habitaciones eran oscuras, los inviernos largos y congelados, la ropa delgada y vieja, la comida diluida o ya pasada. Raramente doctores veían a los huérfanos cuando estaban enfermos, la poca educación era dada solo a los más inteligentes en las iglesias locales… si es que había alguna y si es que tenían deseos de hacerlo.
— Y tú crees que una vez que aparezcas allí, ¿todo cambiara para mejor? — pregunto Ginny. — Si vas para intentar arreglar a alguien más, no estarás satisfecho hasta que tengas éxito, si lo tienes. ¿De verdad piensas que es algo que deberías hacer?
— Es un riesgo, — admitió Harry. — Un riesgo que estoy dispuesto a tomar. Hermione ya ha investigados todo lo posible del ritual y Ron ha arreglado mis finanzas con Gringotts para poder llevarme algo conmigo. Por favor, no intentes detenerme.
— No lo hare, — dijo Ginny haciendo una mueca. — No intentare detenerte, Harry, pero creo que mereces más que pasar el resto de tus días en una misión que muy bien podría dejarte sin nada. Hubiera querido cuando te pregunte por tus razones para ir, escuchar que lo hacías por ti sin ninguna duda. Que querías ir a otro lado, comenzar de nuevo e intentar conseguir la felicidad.
— Así, — dijo Harry vacilante. — Así es. Hare… todo lo posible para ser feliz.
Ginny suspiro, cerró los ojos y meneo la cabeza. — Por Merlín, ni siquiera sé que decirte. — Luego abrió los ojos y fulmino con la mirada a Harry. — Solo recuerda que te amamos aquí.
— Ginny—, comenzó Harry, pero la mujer lo hizo callar.
— Espera, déjame terminar, — le dijo. — Te conozco más de lo que es cómodo para ti, y sé que hay momentos en los que te sientes como un extraño e inseguro de lo que vales. Lo que va a empeorar las cosas a partir de ahora es que no estaremos allí para decirte que estás siendo un tonto.
— Gin…
— Siempre te hemos amado, — declaro Ginny con firmeza. — Te amamos cuando tenías once años, te amamos ahora y te amaremos siempre. Mamá, papá, yo… todos nosotros. El amor que sentimos por ti no es del tipo que requiere que te comportes de cierta manera para seguirte amando. Recuerda eso, Harry Potter. No importa lo que hagas, siempre serás amado, aunque no estemos ahí para decírtelo.
Harry no lloro, pero la sensación de las lágrimas se sintió. — Ginny, — le dijo, sin aliento. — Gracias. Gracias, yo…
— Está bien, — lo interrumpió Ginny sonriéndole con tristeza. — Todo está…bien.
*
1935
Hosco, pequeño y rencoroso. Pálido y flaco, las finas facciones de su rostro se agudizaban por el hambre crónica, el trabajo duro y la fatiga. Algunos sufrían de una renuente admiración hacia el inteligente niño y la mayoría de a los que no les desagradaba por completo tenían demasiado miedo de acercarse a él.
Y aun así, a pesar de sus pocas cualidades, no había una sola persona en el vecindario que pudiera jurarle a su Dios que particularmente les agradaba Tom Ryddle.
Tom sabía que le había dado a sus compañeros bastantes razones para odiarlo y temerlo, y los rumores exageraban enormemente esas razones. No le importaba. Los pequeños tartamudeaban y temblaban cuando lo veían y la mayoría de los chicos mayores optaban por no acercársele. Sin embargo los cuidadores, no tenían razón para temerle y todas las razones para enojarse con él, además que odiaban a Tom casi tanto como Tom los odiaba.
El orfanato era un lugar horrible, un edificio miserable lleno de recuerdos desagradables y personas que odiaban estar allí. Estaba lleno, ruidoso, sucio, y la gente se enfermaba fácilmente. Los médicos rara vez eran convocados y los funerales no se desperdiciaban en huérfanos, lo que simplemente significaba que después de un período de enfermedad, algunos simplemente desaparecían.
Tom sabía que ni la mitad de los niños allí eran realmente huérfanos, sino simplemente abandonados temporalmente o para siempre. Los cuidadores estaban más centrados en mostrar su autoridad que cualquier otra cosa y los huérfanos trataban de sobresalir en todo lo que podían, especialmente después de que los administradores habían introducido el nuevo sistema de acogida.
Era extraño; Tom no lo entendía. ¿Por qué alguien querría cuidar a un niño que no era suyo? Debía haber una razón para eso, un motivo. ¿Cuál era?
Sin embargo, lo que Tom si entendía era porque nadie quería adoptarlo. Hubo algunos que lo intentaron al principio, pero fueron advertidos con rapidez. Les contaron sobre la vez que había tomado al conejo de Billy Stubbs y lo había colgado del techo después de un estúpido argumento. Les contaron como le gustaba robar y quemar cosas y como le encantaba echarle serpientes a las personas.
Quizás hubo algunos vagos rumores sobre el Incidente en la Cueva donde le enseño a Dennis Bishop y Amy Benson una merecida lección sobre con quién no debían meterse. Casi se le salió de las manos, pero no importaba. Los tontos habían estado y todavía estaban demasiado asustados para decir una palabra al respecto por miedo a una repetición, a pesar de que las secuelas habían sido deliciosamente obvias.
Tom sabía que era especial. Era mejor que los demás a su alrededor porque era diferente. La vida lo había hecho diferente a las personas que lo rodeaban y eso debía significar algo. Quizás estaba destinado para algo… algo grandioso.
— Oye Ryddle, — una voz nasal, desafortunadamente familiar, lo llamo. Tom se volvió para ver a un chico alto y desgarbado con pecas y cicatrices de quemaduras algo desvanecidas en su rostro acercándose. Sabía quién era el niño: Jennings, que había sido dulce con Benson y odiaba a Tom con una pasión que superaba el miedo y el sentido común. — Voy a ser acogido por una familia hoy.
— Buen viaje, — respondió Tom. ¿El otro realmente pensaba que burlarse de él con algo que Tom no quería de todos modos iba a funcionar? ¿Adopción? ¿El sistema de acogida? ¡Tom no lo quería! El orfanato era malo pero estaba seguro de que lo que fuera que estuviera esperándolo en un hogar de acogida iba a ser peor.
Había visto y oído a aquellos chicos que eran traídos de vuelta después de ser adoptados. Había visto lo que les sucedía a esas personas de colocación fracasadas, que eran devueltas aún más rotas que antes. Ellie, no recordaba el apellido, había sido una chica viva cuando salió. El eco de su risa se escuchó en el viento mucho después de que ella había desaparecido en la distancia con sus nuevos padres. Seis semanas después estaba de vuelta con el pelo cortado, los ojos magullados y un miedo a los hombres que nunca antes había tenido.
— Tendré una familia, — insistió Jennings. — No estaré solo como tú.
— Si eso es lo que quieres creer, — Tom dijo como si nada, — entonces no dejes que yo te diga lo contrario. — Miro a Jennings, y no pudo evitar el disgusto que sentía hacia el chico. Gente como Jennings no debía vivir. Demasiado tontos para ser de uso y demasiado testarudos para obedecer a sus superiores. Y pese a su falta de utilidad, eran tan bulliciosos. Siempre intentando ser notados, nunca disculpándose por existir.
Tom odiaba a la gente así.
Cuando Jennings se marchó, Tom lo olvido de inmediato. Niños eran adoptados de manera regular; algunos regresaban, algunos morían, de algunos nunca más se volvía a saber. Tom nunca pensó en sí mismo como sujeto de adopción, nunca lo deseo, nunca vio el punto. ¿A quién le importaba las familias cuando los niños de Wool era prueba de lo voluble que eran?
No a Tom, eso era seguro. A él no le importaba la familia.
El día que todo cambio comenzó de manera bastante normal.
El cuatro de noviembre fue un día oscuro y frio. El fuerte viento barría los pasillos, sofocando los pocos rastros de calor y enterrándose en los residentes del orfanato. Tom estaba temblando mientras comía su desayuno de avena delgada y leche diluida. No era como si los inviernos fueran hermosos: la nieve era de un marrón sucio, el viento despiadado, el frío inquebrantable, y el lugar era estrecho ya que nadie estaba dispuesto a pasar sus días afuera como durante los veranos.
El día de lavado era el peor día para Tom. Los niños tenían que sacar cubos viejos y oxidados para llenarlos de nieve que se derretiría en agua helada, después de lo cual lavarían montones casi interminables de ropa sucia. — Hay que hacer buen uso de lo que la naturaleza nos da gratis, — decían los cuidadores, disfrutando la lana cálida con la envolvían sus manos.
Las manos de Tom estaban insensibles mientras lavaba la pila de ropa frente a él. Hundiendo la tela en el agua congelada y fregando con fuerza, como si las manchas de verdad fueran a desaparecer. Estaba agachado en una fila con otros nueve que tenían que hacer el lavado durante la semana y Tom resentía la mera idea de tener que hacer esto. Odiaba esta tarea sucia, tener que lavar la ropa sucia de otra persona; esto no era algo que debería hacer.
— ¡Cambien el agua! — gritó la mujer vigilándolos. Su rostro era tan severo como su voz, y su brazo que sostenía un pesado reloj estaba firme. Sus pequeños y agotados ojos observaban con cansancio a los niños mientras subían y salían a tirar el agua sucia y reemplazarla con nieve fresca.
Tom estaba llenando su cubo cuando sintió que alguien se le acercaba por detrás y, esperando un insulto de algún tipo, no se volvió ni le prestó atención a la persona en cuestión. Cuando el balde lleno de agua helada y sucia lo bañó, gritó de sorpresa y dolor. Trató de pararse con miembros que de repente estaban demasiado entumecidos para moverse, solo para ser empujado a la nieve.
— Lo siento, me equivoqué, — una voz dijo riendo, y Tom se estremeció, sintiendo el frío correr instantáneamente a través de su ropa, empapándolo por completo. Apretando los dientes, miró a Ben Buck que ya estaba corriendo adentro con un cubo lleno de nieve.
"Te mataré", pensó Tom, la furia ardiente dentro de él no hacía nada para luchar contra el frío que estaba arrasando sus huesos. "Llegará un día en que te mataré como un animal".
*
1999
— Va a ser tan muy extraño no tenerte cerca —, suspiró Ron, encorvándose en su silla con una mirada triste en su rostro. — Estoy demasiado acostumbrado a ti. Merlín, probablemente te extrañaré mucho.
— Tranquilo — respondió Harry, sin apartar la vista de las runas que Hermione dibujaba en el suelo. — ¿Cómo sabes cuántos remolinos necesitan esas cosas?
— Sé lo que estoy haciendo —, le aseguró Hermione. — Terminaré pronto y luego podremos tomar una taza de té mientras las runas se asientan.
— Mientras las runas se asientan. Ni siquiera sé qué quiere decir con eso —, dijo Ron. — ¿Todavía estás seguro de esto, amigo?
— Si, — respondió Harry. — Lo estoy.
— Bueno, quizás te haga muy bien, — admitió Ron. — Vivir lejos de todos los sangrientos reporteros y fanáticos locos. ¿Recuerdas al tipo que intentó entrar a tu casa y dijo que quería ser parte de tu vida?
— Orino frente a mi casa, — gruño Harry. — Es difícil olvidar a alguien que hace eso.
— Fue gracioso.
— No lo fue.
— Bien, — dijo de repente Hermione levantándose. — Ya casi está listo. Solo unos cuantos minutos y estará listo. ¿Alguien quiere más té?
— Me gustaría algo de comer, — dijo Ron. — Pollo a la parrilla y papas asadas.
— No voy a hacer nada de eso —, respondió Hermione, dirigiéndose hacia la cocina con Ron y Harry caminando detrás de ella. — Pero tengo algunas tartas de limón que hice esta mañana. Probé tu receta, Harry. Resultaron bastante bien.
— Me alegra escuchar eso —, dijo Harry con una sonrisa y se sentó junto a la mesa. — Obtuve la receta de Molly, en realidad. Espero poder encontrar los ingredientes en los años 40 también.
— Hablando de eso, ¿tienes todo lo que necesitas? — Preguntó Hermione, señalando a Ron para que les sirviera un poco de té. — También quiero decir dinero muggle. ¿Cuánto tomaste?
— No vacié las bóvedas, si eso es lo que te estabas preguntando—, respondió Harry. — No pude, aparentemente hay limitaciones para ese tipo de solicitud. Tomé suficiente dinero para durarme unos meses, pero buscaré trabajo tan pronto como llegue.
— Encontrar un trabajo sería genial, pero podría ser difícil. Ten cuidado, Harry, y si algo te confunde, sé sutil al respecto. Te compré algunos libros para leer.
— ¿Libros? Pero…
— Debes darte cuenta de que criar a un niño como Tom Ryddle no será una tarea fácil —, dijo Hermione seriamente, acercándose a su amigo. — No estoy segura de cuántos años tendrá cuando llegue a él, pero comenzó a ir... mal desde el principio. Podría ser el medio ambiente, ojala sea eso, dado que los problemas causados por el medio ambiente se resuelven más fácilmente que la otra opción.
— ¿Y la opción es…?— pregunto Harry no queriendo saber en realidad.
— Que la locura provocada por generaciones de endogamia combinada con las pociones que Merope hizo consumir al Muggle Tom Ryddle antes de impregnarla podría haber hecho algo para alterar su mente. El peor y más probable caso es, por supuesto, que sea víctima de los tres: mal uso de pociones, genética y medio ambiente. — Explicó Hermione con un suspiro triste. — Sin embargo, no importa qué, lee los libros y luego quémalos; no quieres que alguien te pregunte sobre la fecha de publicación.
— Haré lo que pueda, — prometió Harry. — ¿Cómo crees que se comportara? Quiero decir, Dumbledore me conto algunas cosas de las que Ryddle hizo en el orfanato, lastimar animales, quemar cosas, robar. Al parecer también era un mentiroso patológico.
— Eso no me sorprende, — dijo Hermione, sonriéndole agradecida a Ron cuando él puso una taza de té frente a ella. — Era un niño bastante perturbado. Harry, debo admitir que aunque estoy segura que tú serás un excelente padre, creo que Tom Ryddle podría ser un caso sin remedio.
— No voy a convertirlo en un santo — , le recordó Harry. — Solo quiero señalarle métodos de superación más saludables que no incluyan cosas como la dominación mundial y el asesinato.
— Ese es un buen punto— , dijo Ron. — Puedo verte triunfar si ese es el plan.
— Deberíamos comenzar pronto, — suspiró Hermione, recogiéndose el cabello en un moño apretado. — Es probable que las runas ya estén asentadas y no deberían dejarse así por mucho tiempo.
— Bien, — dijo Harry, sintiéndose nervioso. Se puso de pie y miró a Ron y Hermione con expresión preocupada, sin saber qué decir. Las despedidas finales estaban fuera de discusión.
— ¿Tu equipaje está contigo? — Preguntó finalmente Hermione después de un período de silencio, alcanzando para tomar la mano de Harry. — ¿Estás seguro de que tienes todo lo que necesitas?
— Encogido y en mis bolsillos, No te preocupes por el equipaje, — Le aseguro Harry. — Estoy seguro que llevo todo. Chicos…
— No lo digas, — dijo Ron poniendo su pesada mano sobre el hombro de Harry. — No digas adiós.
— No lo hare, — respondió Harry. — Solo prométeme que no llamaras a tu hijo Harry. Escoge otra cosa. Un nombre que la gente no pueda vincular con alguien que luchó en la guerra. Nómbralo Emil o Hugo o algo así.
— Así lo hare amigo, — Ron sonrió. Aunque no lucia especialmente feliz. — Buena suerte. Dale todo lo que tienes.
— Ten cuidado, — se apresuró a añadir Hermione. — Y, buena suerte, Harry.
*
1935
Harry no tenía idea de dónde estaba en Inglaterra. Las calles eran estrechas y llenas de gente, y los edificios que se alzaban a su alrededor no le eran familiares. La plaza en la que entró Harry le recordó más al Callejón Diagon cuando la vio por primera vez que a Surrey.
El sol del mediodía estaba alto y brillante cada vez que las nubes de humo, polvo y niebla le permitían brillar. A pesar del brillo del día, el sol comenzaría a ponerse pronto: los días de invierno solían ser cortos y fríos. El hielo y la nieve sucia cubrían el pavimento y Harry podía ver a las personas moverse con cuidado para evitar caerse. Un viento frío y desagradable se estaba levantando lentamente.
Pasó un automóvil ruidoso y nada parecido al Toyota que habían tenido los Dursley. Sorprendió a Harry, quien luego se dio cuenta de que quedarse quieto no lo ayudaría a avanzar. Respiró hondo y volvió a mirar a su alrededor, prestando más atención a las tiendas y boutiques de la zona. Más cerca de él había una cafetería que se jactaba de estar abierta las veinticuatro horas del día y servía "café original de goteo francés". Era un lugar de partida tan bueno como cualquier otro, y Harry se dirigió silenciosamente hacia él.
Tal vez, si tuviera la oportunidad, una taza de café sería algo bueno para terminar de adaptarse. Al menos lo calentaría por un momento.
La cafetería estaba bastante vacía. Los estantes superiores detrás del mostrador estaban llenos de bolsas de azúcar y harina, y las mesas cerca de la ventana tenían floreros vacíos. Una mujer joven con ojos azules y una sonrisa forzada acababa de darle a un cliente una taza de café.
— Disculpe, — comenzó Harry, acercándose al mostrador. — ¿Me permite un momento, por favor?
— ¿Un momento con o sin café? — , Preguntó la chica, empujando sus puños apretados profundamente en los bolsillos de su cárdigan gris oscuro. Harry le ofreció una sonrisa incómoda, inseguro de cómo responder. Ella lo miró de reojo, temblando ligeramente.
— Depende, — respondió él finalmente. — ¿Sabes si hay apartamentos en alquiler cerca? Y, tal vez, conoce algún lugar que esté contratando en este momento.
— Si no tienes trabajo, dudo que quieras café — , dijo la joven. — Son seis peniques por taza en estos días. — Su expresión severa se suavizó un poco, e incluso logró sonreírle a Harry.
— No conozco de ningún apartamento, continuó. — Dudo que tengamos alguno libre aquí en este lado de Deptford. Sin embargo, de que estén contratando, si sabes cómo sostener una aguja y coser botones, supongo que podrías pasar por Maggie's. Son dos calles más abajo, tienda de la esquina. Ella está buscando un asistente.
— Gracias, — dijo Harry. — Me gustaría ese café entonces.
— Estás confiado, ¿no es así? ¿Estás tan seguro que te contrataran?
— Mejor dicho tengo sed.
— Entonces toma una coca cola, — le dijo la chica. — Cuatro peniques. Esta cosa francesa no vale los seis. Ni siquiera con este maldito clima.
— Gracias, — dijo Harry otra vez, su sonrisa era más genuina ahora. — Entonces tomare una coca cola.
Después de beber su coca y dejar la cafetería, Harry se lanzó un hechizo calentador antes de caminar las dos cuadras hasta el lugar que le había indicado la joven. Para su alivio, fue fácil de encontrar.
Maggie era, al parecer, una modista. Su boutique era pequeña, limpia y elegante, y Harry se sintió muy fuera de lugar en la pequeña tienda. La mujer misma era alta, de ojos agudos, y le recordó a Harry vagamente a la tía Petunia.
— Necesito que hagas algo por mí antes de contratarte, — le dijo ella, sus pálidos ojos verdes evaluándolo con una mirada fría. Aquí estaba una mujer que no dudaría en echarlo si lo encontraba inútil. Le paso a Harry una aguja, algo de hilo y un trozo de tela doblada. — Toma, cose una línea para mí.
Harry no había tenido que coser muchas cosa donde la tía Petunia, pero cosas simples de seguro podía hacer sin problemas. Maggie, que le había dicho que la llamara Modista Maggie, pareció bastante satisfecha con lo que podía hacer, y asintió de manera aprobadora.
— Con algodón está bien usar esa aguja, — le dijo la mujer observado su trabajo. — Con satén necesitarás una más fina. Algunas telas son muy sensibles a las marcas que dejan las agujas, y considerando nuestra distinguida clientela, les proveemos solo lo mejor de lo mejor. Estás bien, supongo, con costuras simples y eso. ¿Cuál es tu nombre?
— Harry, — le respondió. — Hace poco llegue a esta área… aún estoy buscando un lugar para vivir.
— ¿Tienes familia?
— N…bueno, tengo un hermano pequeño. Aunque él no está conmigo aun, pero vendrá apenas encuentre un lugar para que vivamos. — Harry sonrió nervioso, pensando en Ryddle. Necesitaba encontrar al chico lo más pronto posible y convencerlo de alguna manera de dejar el orfanato.
— Entonces no necesitaras mucho espacio, — dijo la Modista Maggie. — Cuando termines de trabajar aquí hoy, ve a Fishers Road y busca a Amanda Millington. Tiene un pequeño apartamento que alquila por cuatro chelines a la semana, si no recuerdo mal. Te pagaré tres libras al mes y te aseguro que es más de lo que la gente de aquí le paga a sus asistentes. Creo en recompensar el trabajo duro, sabes, y para quedarte aquí trabajarás duro. ¿Está claro?
— Como el cristal, — respondió Harry. La Modista Maggie asintió, visiblemente complacida.
— Tenemos unas cuantas órdenes que completar. No harás nada más y nada menos que coser por hoy y seguir estrictamente las instrucciones que te doy.
— Si señora.
De seguro no era el tipo de trabajo que Harry habría imaginado hacer, pero estaba acostumbrado a hacer todo tipo de cosas para mantenerse.
Por ahora, estaba bien.
