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El cadáver de la novia

Summary:

Shiro siempre ha sido un poco torpe al momento de tratar de ser de la alta. Un joven promedio que de un momento a otro se encontraba rodeado de aristócratas y fiestas sin sentido mientras en las calles la gente moría de hambre. En plena época de revolución industrial, lo único que puede hacer un joven que apenas conoce de su lugar en la sociedad es aparentar.

Ahora tendría que casarse con una mujer de la alta, un matrimonio planeado para que todo saliera bien entre ambas familias.
Pero las cosas no salen bien, y Shiro termina comprometido con el cadáver de un chico.

Au. del cadáver de la novia/ final alternativo.

Notes:

Continuamos con historias que ya conocemos con una nueva perspectiva y nuestros personajes favoritos.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

El joven estaba sentado en el taburete, sus dedos se movían delicadamente entre las teclas del piano de cola. Delicadamente tocaba una canción triste que reflejaba todos sus sentimientos, el dolor y la angustia se apoderaban de la habitación, trepando por las paredes.

Su familia se había vuelto rica de la noche a la mañana, aún no entendía como el negocio pesquero que había iniciado por generaciones podía dar tales resultados en un instante. Ahora eran parte de la alta sociedad, sin la educación y sin las reglas de etiqueta que distingue a los aristócratas.

La tonada suave llenó la habitación y su corazón, miró las partituras con detenimiento. La siguiente parte era parte de una coreografía a cuatro manos, aún no había practicado con nadie que no fuera su maestro.

Detuvo la melodía y cerró la libreta con las partituras. Se levantó del taburete y comenzó a salir de la habitación. Sus padres ya estaban afuera de la casa, el carruaje estaba listo para llevarlos a la enorme mansión de Altea, donde conocería a su prometida.

Sus padres habían llegado a un trato, para beneficio de ambas familias Takashi Shirogane y Allura Altean tendrían que contraer matrimonio. No se conocían, nunca se habían visto, y estaban a una semana de casarse.

Hoy era el primer ensayo para la boda, dirían sus votos frente al padre para demostrar que estaban listos para casarse y hacer una familia.

Shiro subió a la carroza y esta comenzó a marchar, por desgracia la tos del pobre conductor era desagradable de escuchar a cada paso que daba el caballo. La madre del joven pegó al techo con gran molestia con su bastón.

—¡Coran!— gritó la mujer—. Deja de toser.

Su madre jamás había estado rodeada de lujos o de gente de la realeza, pero cuando la empresa de su inútil marido dió frutos, bueno, ella se volvió una bruja que se creía superior a los demás. Shiro no reconocía a esa mujer, pensaba que algún monstruo estaba ocupando el lugar de su progenitora. Por otro lado, su padre había pasado de ser un hombre fuerte que hablaba de su lejano país y las tradiciones de los samurai  Shirogane, a ser un hombre dócil dispuesto a obedecer a su mujer.

En verdad que Shiro no los reconocía.

—Takashi— habló su madre haciendo que el joven saltara en su asiento. Ya habían llegado a la mansión Altea, no podía esperar para terminar con esa farsa, seguro que la mujer que habían elegido como su esposa era un horrible mujer aristócrata, gorda por comer todo lo que el pueblo necesitaba para sobrevivir, igual de prepotente que los demás ricos que había conocido.

—Parate derecho— rogó su madre mientras comenzaba a descender de la carroza, sintiendo su crinolina atorarse en la puerta. Literalmente el anciano Coran tuvo que jalar de ella para que bajara de la carroza.

Cuando por fin los tres estuvieron de pie frente al enorme portón subiendo las escaleras, Shiro pudo sentir que algo había mal en todo esto, por fin era consciente de esto.

Casarse sin amor .

El corazón se estrujó tras rememorar aquellas palabras. Todo lo que había leído en sus libros y novelas, todo lo que había deseado encontrar, lo había perdido.

Había tres figuras más subiendo los escalones, una mujer bastante alta y con cabellos blancos peinados de una forma extravagante, sin duda era Lady Melenor; un hombre un poco más alto que su mujer, igual con el cabello blanquecino y una mirada seria que podía congelar a cualquiera, Alfor; y por último, una menuda figura, delgada y curvilínea que destacaba por sus cabellos platinados y su vestido azul, su prometida Allura.

Sus padres comenzaron a subir los escalones, lo hacían con cierta torpeza y sintiéndose en alguna especie de alfombra roja, casi saludando a la nada. Se detuvieron frente al otro trío y Shiro sintió como ambos padres lo examinaban.

—Debo admitir que es apuesto— dijo Lady Melenor con desdén, dándose la vuelta y entrando por aquellas enormes puertas.

Su esposo e hija le siguieron, y tras ellos sus propios padres y él.

Tendrían hasta las cuatro de la tarde para iniciar el ensayo, por lo que tenía una hora y media libre para conocer a la mujer que sería su esposa.

En realidad Allura era bellísima, tenía una cálida sonrisa y unos bellos ojos aqua. Ella en verdad lucía como una princesa, Shiro estaría cautivado por su belleza, pero por alguna razón...no lo estaba.

Él siempre se sintió diferente al resto, jamás se había sentido atraído por mujeres, ni siquiera en sus años de adolescente pensó algo impropio que tuviese relación con figuras femeninas y pechos voluminosos. En realidad, había pensado en sus compañeros de la escuela, o en aquellos jóvenes pescadores del muelle, varoniles y llenos de vida.

Un pecado, una condena, deshonroso.

Su prometida se acercó a él mientras sus padres discutían de política y negocios, bueno, más bien la madre de Shiro trataba de ser interesante frente a dos personas desinteresadas.

—Joven Shirogane— dijo Allura con una dulce voz—, me alegra por fin conocerlo.

—Por favor, señorita. Llámeme Shiro— pidió de la forma más caballerosa. Pasaron por una de las tantas salas y Shiro casi se tropieza con la alfombra persa por observar aquella majestuosidad. Un enorme piano negro cuyas teclas debían ser de mármol.

Tragó duro al darse cuenta que en verdad deseaba escuchar que tal sonaba esa belleza.

—¿Sabe tocar, Shiro? — preguntó la joven mientras se acercaba al banco frente al instrumento y tomaba asiento, pasó sus delicadas manos por las teclas apenas haciendo sonar una canción dulce y movida.

—No soy el mejor aún, pero disfruto de intentarlo— respondió el de cabellos negros.

—Podriamos tratar de tocar una pieza juntos— sugirió la chica y Shiro simplemente avanzó y se sentó a un lado de ella.

En verdad Allura era diferente, ella no parecía juzgar ni querer hacer daño. Más bien era una chica bastante dulce y, hasta cierto punto, valiente. Si tan solo Shiro no pensara en los varones como objeto de deseo...

Las manos de Allura se movieron marcando un ritmo y Shiro sonrió al reconocer la tonada, alzando sus manos listo para tocar con ella. Sus dedos acariciaban con tanta pasión las teclas y hacía sonar un dulce sonido, en verdad que era una de las cosas más placenteras el poder tocar un instrumento tan caro.

Toda la habitación se llenó de aquel compás producto de cuatro manos bien sincronizadas. Ambos se miraron y sonrieron ante lo que estaban logrando, en verdad parecían hechos el uno para el otro en ese momento, hasta que la melodía terminó y ambos volvieron a caer en la realidad.

—Shiro yo...

—Deberiamos ir al ensayo— sugirió el joven, se levantó de aquel asiento y tendió una mano a su prometida que negó efusivamente con la cabeza.

—Desearia poder enamorarme de tí, pero sé que los dos sabemos que esto es una farsa. Yo amo a alguien más— dijo la chica y Shiro no pudo evitar abrir su boca y tratar de cerrarla, imitando a un pez fuera del agua.

—Yo...— el joven carraspeó—. Lo lamento tanto, Allura. Quisiera poder hacer algo.

—Yo también.

💀

La hora del ensayo había llegado, el padre estaba frente el altar improvisado, Shiro y Allura estaban hincados en el suelo escuchando el sermón del anciano hombre que daba la palabra de Dios. Los únicos testigos en ese momento eran sus padres, por lo menos los Shirogane se veían felices, pero en cuanto a los Altean...bueno, ellos siempre se veían amargados.

—Es momento de que digan sus votos— pidió el padre y señaló los objetos en la mesa. La vela, el anillo, la copa y la botella de vino.

Shiro había memorizado los votos, sabía lo que tenía que hacer y cómo. Se puso de pie junto a Allura y tomó su mano, al instante sintió que esto no era lo que querían y la culpabilidad lo golpeó.

—Con esta mano...yo sostendré...—las palabras se atascaron en su garganta. Tomó la copa y soltó la mano de Allura— tu vela, ¡digo!, Tu copa nunca estará vacía porque...—intentó ahora agarrar la botella de vino abierta, pero la terminó derramando en la mesa.

Todos se cubrieron el rostro por la pena ajena y Shiro se puso aún más torpe con ello.

—Yo...— Shiro cerró los ojos con fuerza, el mareo había incrementado. Cuando volvió a abrir sus ojos pudo ver a Allura, ella tenía los ojos cristalinos. Tampoco quería eso.

Volvió a ver a los testigos y se dió cuenta de cómo lo juzgaban, como aquellas palabras silenciosas parecían brotar de sus mentes.

Indigno

Simplemente no lo aguantó más, dejó casi todo en la mesa y se apartó de la chica, dió media vuelta y corrió para salir de aquel lugar.

No se detuvo a pesar de los constantes gritos de sus padres para que se detuviera. Ni por las quejas de los padres de Allura, él no estaba listo, él no quería eso.

Corrió hasta pasar el puente del río que dividía al pueblo del bosque. Se adentro entre la espesura, ignorando que el sol se estaba poniendo ya y que la nieve que se había acumulado estaba dificultando su marcha.

Pronto su traje negro se vio cubierto por pequeños copos que caían del cielo. No se detuvo hasta estar lo suficientemente lejos.

Suspiró exasperado y miró a su alrededor. Aún no estaba perdido, por más que quisiera, sabía cómo llegar a casa. Caminó un rato más hasta detenerse en un pequeño lugar lleno de ramas secas y rocas cubiertas por la blancura del invierno.

—Soy tan cobarde— habló y se sentó en una roca. Miró el anillo de compromiso que había tomado sin querer de la mesa, una pieza valiosa para su familia. Un anillo de plata con detalles de diamante, una reliquia familiar hecha en Japón, su país de origen.

—No es tan difícil, maldición— se dijo a sí mismo mientras volvía a levantarse y guardaba el anillo en su bolsa del pantalón. Agarró una vara y comenzó de nuevo el discurso—. Con esta mano yo sostendré tus anhelos

Hablaba fuerte y claro, sentía el viento golpear su rostro y las hojas removerse a su alrededor. Se sentía un aura mágica en el ambiente y Shiro se armó de valor para continuar.

—Tu copa nunca estará vacía, pues yo seré tu vino— simuló vaciar una copa con una botella en el aire y siguió—; con esta vela alumbraré tu camino en la oscuridad…— ocupó la vara que había sujetado para pretender que pasaba el calor y fuego de una vela a otra, sacó de nueva cuenta el anillo de su bolsillo y dijo—: con este anillo yo te pido que seas mi esposa.

Miró hacia unas ramas que salían del piso, parecían una mano perfecta para su ensayo, colocó el anillo con delicadeza en la rama que simularía ser el dedo anular. Lo había hecho ya.

Al instante el piso comenzó a agrietarse bajo sus pies, Shiro tropezó y cayó sobre su trasero retrocediendo al instante. Las hojas se empezaron a juntar con brusquedad, mientras que a lo lejos los cuervos comenzaron a graznar y alzar el vuelo. La noche por fin estaba cayendo, Shiro sintió el terror apoderarse de él, trató de levantarse, pero solo podía sentir sus músculos forzarse.

Un destello azulado vino de aquella rama salida, mientras que por fin las cosas parecían calmarse. De la tierra salió entonces un cuerpo, su piel ya tenía un estado de putrefacción, con cortadas en su cuerpo y su brazo izquierdo siendo solo huesos. Parecía vestir un traje blanco con detalles de flores, mientras que en su cabeza un velo cubría su rostro.

A pesar de la primera impresión de Shiro, esa figura no era femenina. El velo se levantó revelando el rostro azulado de un joven, su cabello castaño estaba lleno de polvo y telarañas, sus ojos enormes eran de un bello color azul, mientras que su piel alguna vez fue morena ahora parecías azulada y con una parte de su mejilla abierta.

Shiro no pudo evitar gritar, por fin sus músculos reaccionaron y salió corriendo de aquel lugar. Quería llegar al pueblo, a pesar que este aún quedaba lejos. Escuchaba al ente moverse por el bosque, casi como una silueta espectral que jugaba con él.

Recordó todo lo que había vivido, era demasiado joven para morir. Aún así, muy en el fondo sabía que así sería. No miró atrás y decidió fijarse en las ramas y piedras que dificultaban su paso. La nieve hacia que sus zapatos se hundieran y él se volviera lento.

En cuanto divisó el puente soltó un suspiro de alivio. Por fin estando arriba de dicho puente, se permitió mirar atrás. Ya no había nadie, o nada...

—Tal vez, tal vez todo fue producto de mi imaginación— dijo para sacudir sus pantalones y dar media vuelta. Era mejor creer eso.

En cuanto giró se topó frente a frente con el cadáver del chico, que sonreía tiernamente. Seguro trató de retroceder, pero la esquelética mano del chico lo sostenía firmemente.

Miró con terror aquella mano y volvió a forcejear para ser liberado. El cadáver simplemente no notaba lo asustado que el joven estaba, simplemente sonreía y las hojas se agitaban a su alrededor. Un centenar de cuervos graznaron y se abalanzaron hacia ellos.

Shiro notó que en aquella mano huesuda estaba el anillo de plata, sintió mayor terror al darse cuenta de su error, aquellas ramas secas en el suelo no eran más que sino una mano de un cuerpo putrefacto.

—Acepto— dijo con una suave voz el chico cadáver al momento en que los cuervos unían sus cuerpos y la conciencia de Shiro flaqueaba.

☠💀☠

Sintió que algo picaba su mejilla constantemente, como un palo que se encajaba una y otra vez buscando incomodarlo. Cuando se hartó de dicha situación comenzó a abrir los ojos, al principio le costó por la luz que lo cegaba. Y en cuanto pudo adaptarse brincó desde el lugar donde estaba. Varios esqueletos lo rodeaban, algunos eran cuerpos aún en estado de descomposición, otros simples huesos con ojos y ropa.

Shiro se dió cuenta que dónde había estado acostado no era más que un ataúd de roble bastante acolchonado. Miró hacia todos lados buscando con que defenderse de aquellos seres de ultratumba, encontrando una espada clavada en otro conjunto de huesos con ojos.

La tomó firmemente entre sus manos y la sacó del cuerpo haciendo que este se volviera un bulto de huesos. Amenazó con la larga cuchilla a sus captores.

—Atras, a-atras— decía mientras apuntaba con un fuerte temblor a los esqueletos.

—No cabe duda que está vivo— murmuró un cuerpo bajo, vestía un conjunto verde y tenía aún piel en sus huesos, una chica bajita con cabello castaño claro y ojos color miel.

—Lance está loco— agregó otro cuerpo, este era mucho más grande y robusto, casi no quedaba piel en su cuerpo, cubierto por las ropas de lo que pudo ser un monje. En ese esqueleto si aplicaba la frase huesos anchos.

—Hola, mortal— saludó entusiasta otro cuerpo con un poco de carne, tenía puesta una armadura y se parecía bastante a la bajita—. Bienvenido al país de los muertos, me llamo...

El cuerpo fue interrumpido al haberse clavado su abdomen en la espada que Shiro sostenía. Miró para abajo con cierta curiosidad, para después encogerse de hombros y zafarse de la mortal arma.

Shiro palideció al ver que aún se movía como si nada. Ya estaban muertos, no puedes matar lo que ya está muerto.

—Dios— murmuró.

—Como decía, yo soy Matt. Estás en el país de los muertos porque nuestro dulce niño ha decidido traerte— puntualizó el castaño y miró a los demás.

Aparte de quienes habían hablado, pudo notar tres cuerpos más. Uno era un chico que parecía no haber muerto aún, de cabellos negros y ojos extrañamente morados, tenía puesta ropa de un desafortunado trabajador de alguna de las tantas fábricas, en su frente se podía ver el hueco que había dejado una bala. Después estaban los huesos de lo que parecía ser un lobo, un animal que se mantenía pegado al pelinegro y miraba por sus cuencas vacías hacia Shiro.

Por último, estaba un cuerpo en los huesos de lo que pudo haber sido una mujer. La chica ya solo conservaba el cabello y sus ojos. Tenía puesto un traje bastante antiguo.

—No te asustes, no comemos humanos. Bueno, no todos— agregó el autonombrado Matt, señaló con su huesuda mano al lobo—. De todos modos esa bestia ya está domesticada.

—Yo soy Hunk, un gusto conocer al prometido de Lanceleill— dijo el robusto mientras tendía su mano, Shiro la aceptó con terror.

—Me llamo Pidge, y ese greñudo malhumorado es Keith— dijo la niña mientras señalaba al chico pelinegro.

—Y la otra malhumorada es Acxa— finalizó Matt.

—Y Kosmo, el lobo se llama Kosmo— habló por fin el pelinegro.

Shiro no daba crédito de lo que estaba sucediendo. Simplemente tenía que ser un mal sueño, se habrá golpeado la cabeza con una rama o una piedra, seguro estaba en el bosque tratando de despertar. Debía despertar.

Vio al fondo de aquella habitación oscura con paredes hechas de tierra de donde salían raíces e insectos, unas escaleras de caracol de la cual provenía una sombra.

—Chicos, por favor no lo estén hostigando— pidió aquella sombra que se iba agrandando conforme su dueño se acercaba.

Shiro recordó la figura del difunto y se estremeció. El cadáver de ojos azules llamó la atención de todos los demás difuntos, quienes posaron sus vistas, si es que así puede decirse, sobre la figura danzante que descendía.

Shiro aprovechó su oportunidad para salir corriendo de ahí. No se quedaría más en esta locura, fuera un sueño o no. Corrió hasta no poder más en el sentido contrario, viendo solo pasillos y más pasillos de tierra, topándose con arañas y gusanos a cada paso que daba.

—Es un sueño— se decía una y otra vez. Los pasillos se iban volviendo más oscuros y el corazón del joven Shirogane estaba por salirse por su garganta.

—Querido espera— escuchó que una voz decía a sus espaldas. Sintió el gélido aliento de la muerte que le erizaba cada parte de su ser. No miró de nuevo hacia atrás y prosiguió corriendo en busca de una salida.

Al final de aquel pasillo interminable distinguió una fuerte luz. Corrió más rápido y se dejó abrazar por aquel destello.

Cerró con fuerza sus ojos al sentir por fin el calor de algo alumbrando. Poco a poco fue abriendo sus ojos hasta encontrarse con una escena macabra. Cientos de esqueletos y cuerpos, parecían venir de diferentes épocas, reunidos en una especie de taberna. Podía ver una tarima a su derecha, la barra más adelante de donde estaba y cientos de mesas con copas llenas de un líquido verde.

—Oh por dios, por dios— murmuró el chico retrocediendo lentamente, pero ya era demasiado tarde puesto que todos los muertos se habían fijado de su presencia y ahora lo veían con curiosidad. Shiro sintió una mano posarse en su hombro, volteó a ver al dueño y reprimió un grito al ver de nuevo al chico del velo.

—¿A dónde querías ir?— preguntó el joven cadáver mientras tomaba con delicadeza la mano de Shiro, aquella mano huesuda donde tenía el anillo—. Cuando vinimos aquí te desmayaste y Keith me dijo que te dejara descansar.

—¿Do-dónde estamos?— se aventuró a preguntar.

—Te dije que en el país de los muertos— contestó una voz tras el cadáver del ¿Novio?

—Asi es, estamos en nuestro hogar— añadió con una tierna sonrisa el chico.

Shiro tragó en seco, esto parecía estar bajo tierra. Nunca podría salir de ahí.

—Felicidades por su compromiso— dijo uno de los tantos huesudos de la cantina, fue coreado por otros.

—Me alegra mucho que por fin encontraras a alguien, Lance— añadió una voz femenina.

—¿Co-compromiso?— volvió a preguntar Shiro.

—Asi es, tú me pediste que fuera tu...—, el cadáver de separó un poco y enseñó el anillo en su dedo—, esposo.

—Oh dios, mierda, yo no...

—En horabuena— vociferó el cadáver de nombre Matt—. Nuestro pequeño Lanceleill ha estado solo por dos años, esperando al fin por este día.

—Cierto— agregó la pequeña Pidge—. Lo dejaron vestido y alborotado, casi en el altar.

—Chicos no creo...— Lance fue interrumpido por el abrazo del robusto. Hunk, si no recordaba mal Shiro.

—Oh hermano, tu historia siempre me hace llorar.

Shiro fue guiado por un montón de esqueletos para que tomara asiento en una de las tantas sillas, Matt salió detrás de Lance y tomó una de las copas, la alzó hacia Shiro y luego apuntó hacia Lance.

—Hace dos años, llegó nuestro bello niño— decía mientras parecía hacer figuras en las sombras. Un chico de complexión idéntica a Lance—. Con apenas diecisiete años, de familia rica y poderosa— recitaba el castaño mientras una tonada de piano se unía a él, las sombras formaron un castillo y a muchas personas que rodeaban a la sombra de Lance—. Crédulo muchacho quedó enamorado de un hombre, un caballero—. Ahora las sombras formaron dos figuras, dos hombres, uno era más alto que la sombra de Lance, con cabellos largos que se sacudían al viento.

—Los padres de Lanceleill no permitirían tal sacrilegio— añadió la voz de Pidge—, puesto que dos hombres no pueden enamorarse.

—Asi es hermanita— continuó Matt—. ¿Qué más les quedaba sino escapar?

—Como Romeo y Julieta, un amor prohibido. Huirían de sus familias para poderse amar— añadió la chica.

—Lance tomó todo lo que pudo; joyas, plata, monedas de oro. Se vistió con su traje de bodas, aunque no era para casarse con el hombre que amaba, sino con una mujer en un matrimonio arreglado—, la sombra proyectó de nuevo a Lance, ahora con su actual traje y un velo que volaba con el viento—. Tomó de su prometida solo un velo blanco, hilado delicadamente en un patrón de flores. Se vería con su amado a la media noche, en medio del bosque.

Shiro se removió más incómodo, presentía lo que venía a continuación. Su pecho se estrujó y su corazón se aceleró. Miró hacia donde estaba el cadáver de Lance, el chico solo miraba al suelo, avergonzado.

—El chico esperó, hasta que dió la una, pero su amado no apareció— Matt formó la sombra de Lance buscando por el bosque, viendo de un lado a otro—. Dieron las dos y el joven lloró—, ahora la sombra era el joven arrodillado y llorando—. Pero luego dieron las tres y el lobo se mostró—, la sombra era de Lance siendo acorralado en un árbol y una figura con una capa y un cuchillo asesinándolo.

—Esa noche el mundo perdió una luz, y en los confines de la tierra de los muertos apareció nuestro novio muerto— dijo Pidge.

— Y Lance prometió esperar al hombre que algún día lo desposara. Sin descanso, sin vida.

Las luces que se habían atenuado volvieron a ser más fuertes, todos los cadáveres se levantaron y aplaudieron a la interpretación de los hermanos, alabaron su forma de contar una triste historia.

Shiro sintió su corazón, latiendo acelerado, provocando una sensación de dolor. Volvió a mirar a Lance, quien le sonreía de forma tímida y con sus ojos cubiertos por el brillo que provoca el llanto.

—Te ganaste un corazón de oro— dijo un esqueleto codeando a Shiro, este solo tenía un ojo y lo pasaba de una cuenca a otra.

El joven vivo recordó dónde estaba. No podía quedarse aquí, él no era un muerto. Se levantó con cuidado y se dirigió a Lance.

—Necesito— carraspeó—, necesito un poco de aire fresco— pidió Takashi mientras que recibía un brillo más feliz por parte de Lance. Ese chico en realidad... Era adorable, fuera del estado en que estaba su pobre cuerpo. En vida habría sido el chico más perfecto del mundo.

Lance lo tomó de la mano, el más alto se estremeció al sentir los huesos fragiles entrelazando sus dedos. El joven cadáver lo dirigió a otro pasillo, subieron unas escaleras y salieron a la superficie. No estaban bajo tierra como Shiro suponía, podía ver un cielo extenderse, oscuro y con pequeños puntos brillando. Los edificios se alzaban con cierto toque escalofriante, estrechos y chuecos, sus agujas querían alcanzar el cielo. El aire ahí era frío, apenas una pequeña brisa que hacía que los brazos de Shiro se pusieran con los pelos de punta. Caminaron hasta lo que parecía un mirador de la ciudad. Ahí el cadáver Lance se sentó una banca y palmeó a su lado para que Shiro hiciera lo mismo.

El joven vivo lo miró con extrañeza y al final accedió a tomar asiento. Lance ocultó su rostro bajando la mirada y dejando su velo caer. Sus ojos brillaban enamorados ante la figura de Shiro.

—Sabes, esperé cada día desde que llegué aquí porque algo así pasara— dijo el menor—. Pensé que sería imposible, hasta que apareciste tú.

—¿Eh?

—Lo sé, apenas y nos conocemos. Tal vez sigo siendo el mismo chico iluso al que asesinaron. Pero...— Lance soltó un suspiro y miró al asiático—. Siento que te conociera de toda la vida- muerte— se corrigió.

—Vaya yo...— Shiro se quedó sin palabras y luego miró al cielo.

—¡Cierto!— exclamó el cadáver haciendo saltar al mayor. Lance tomó una caja que había estado abajo de la banca—. Preparé esto para tí, un regalo de bodas.

Shiro lo miró y después bajo su vista a la caja, era negra y tenía un listón blanco. La tomó en sus brazos desconfiado y comenzó a retirar el lazo. Quitó la tapa y vio el contenido, un montón de huesos.

Shiro no pudo evitar reír entre dientes ante tal regalo. Esto debía ser ironía o algún tipo de chiste para muertos.

La caja se tambaleó y el mayor la empujó lejos haciendo que los huesos se regaran en el suelo. Estos comenzaron a unirse hasta formar la figura de un animal pequeño. Un gato.

—Tal vez te acuerdas de él— soltó Lance y tendió a Shiro un collar con una placa que tenía el nombre 'Black'.

—¿Qué?— Shiro miró con mayor interés al animal en los huesos, este maulló y se acercó a su antiguo dueño para restregar sus huesos en el pantalón del vivo.

—Me costó un poco, pero tuve ayuda de alguien— Lance le dió un giño y luego se agachó para acariciar la cabeza del gatito—. Es bastante cariñoso para ser un felino, soy más de aves.

—Oh, Black— Shiro tomó al gato como pudo y lo subió a su regazo, los huesos temblaban por el ronroneo que emitía  el animal por las caricias en su cuerpo. Los huesos se movían con calma y se tallaban en toda su ropa. Shiro sonrió:— lo encontré en un callejón cuando aún era muy pequeño. Lo escondí un tiempo de mis padres, hasta que papá se enteró y me dejó quedármelo. Él fue quien compró el collar. Me pidió que lo escondiera de mi madre, ella en verdad odia a los animales si no son para sus horrendos sacos.

Shiro se hundió en sus recuerdos más, una sonrisa apareció en su rostro.

—Cuando mamá se enteró me reprendió horriblemente, y en cuanto a Black... A las dos semanas se había vuelto el consentido de la familia. Creo que fue el único animal que mi mamá en verdad quiso. Murió en una noche de invierno a causa de una gripe.

—Al parecer Black te extrañaba también— dijo Lance y volvió a acariciar la cabeza del felino, sin querer topándose con la mano de Shiro. Ambos se vieron a los ojos, si Lance aún tuviera sangre estaría sonrojado. Shiro le sonrió con cierto cariño.

"En verdad, debiste ser muy bello en vida" pensó el pelinegro—, mi mamá lloró mucho y mi papá me prohibió traer más animales. No querían sufrir otra decepción.

—Oh, tus padres suenan como personas increíbles. Me gustaría conocerlos.

En ese momento Shiro recordó, de nuevo y dolorosamente donde estaba y su mente comenzó a trabajar un plan. Rápidamente supo cómo salir de ahí. Bajó al gato esqueleto de su regazo y se levantó.

—Podemos ir con ellos, presentarte— animó el mayor.

—Querido, soy un chico.

—Que más da, eres mi esposo, ¿No?

Lance sonrió de la forma más radiante que pudo. Sus ojos parecían iluminarse, se levantó y abrazó al pelinegro, este pareció tensarse, pero terminó por relajarse y corresponder el abrazo. El más bajo se separó y vio a la ciudad.

—¿Dónde están enterrados?— preguntó el chico más animado.

—Bueno...ese es el problema, mis padres aún están vivos.

Mientras Shiro y Lance iban a dónde el brujo para salir de la tierra de los muertos, en el pueblo la tensión aumentaba. La noticia de Shiro huyendo del ensayo y su último avistamiento junto a una figura masculina habían hecho que los padres de Allura decidieran cancelar la boda.

—Se los ruego— decía la señora Shirogane—. Dénos una oportunidad para buscarlo.

—Ese mocoso no merece a nuestra hija— decía entre dientes Alfor.

—Ni siquiera es de la misma clase social— añadió Melenor.

La señora iba a volver a reclamar, pero fue interrumpida por los fuertes golpes en la puerta de la mansión Altea. Un sirviente salió de un pasillo y atendió al llamado, regresando al instante tras un nuevo invitado.

—Lamento la hora— habló el extraño. Era un hombre alto, delgado y con un largo cabello blanco. Su piel blanquecina y sus ojos dorados llamaban su atención.

—¿Quién es usted?— exigió saber Melenor, dando un gesto de disgusto.

—Oh pero que torpe, soy  el Duque Lotor, — el recién presentado hizo una reverencia. Ciertamente su traje y postura era de un hombre de alta clase, algún joven del centro de la ciudad en un pueblo como este... debía venir por la boda de Allura.

—Mis disculpas por mi esposa, sea bienvenido Duque Lotor— habló esta vez Alfor.

Una nueva idea cruzaba por la cabeza de la pareja Altea, una idea macabra sobre un posible nuevo prometido. Sin embargo, aún no terminaban con la familia Shirogane.