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Seguramente no era el mejor día para pasear o dedicarse a hacer cualquier actividad en el exterior. Las nubes grises arremolinándose y tapando los rayos del sol de media tarde, la suave pero fría brisa que precede a la lluvia, los sutiles parpadeos de rayos y el rugido lejano de truenos en el horizonte...Acechaba tormenta, y no parecía ser precisamente una tormenta breve. Por las calles no había mucha gente, los pocos que tenían la desgracia de encontrarse en la calle se apresuraban a regresas a sus casas o donde quiera que fueran.
De entre tanta gente correteando de aquí para allá una silueta parece estar fuera de lugar. Una silueta solitaria que no parece hacer nada más que observar al resto y caminar hacia delante lentamente sin parecer percibir la que se avecinaba sobre él.
Su mirada al frente mientras avanzaba, su actitud taciturna... Parecía perdido, de hecho más de uno se lo había quedado mirando y algún atrevido se había acercado a él a preguntarle si estaba bien. Un “Si, gracias” había sido su respuesta y había seguido su camino en dirección a la tormenta que aún quedaba algo lejos.
Sus ojos clavados en el horizonte parecían mirar más allá de aquellas nubes amenazantes, más allá de cualquier cosa que hubiera en este mundo. Y no iba desencaminado.
Castiel había perdido muchas cosas durante su vida, como ángel, como humano, hasta como Dios. Pero nunca algo tan valioso como Dean.
La última noticia que tuvo acerca de los Winchester es que Sam estaba ahora solo, su hermano había muerto a manos de Metatrón antes de poder detener su ególatra plan de ser Dios y acabar en las prisiones celestiales.
Tras haber ayudado a empezar a poner orden durante meses en el cielo había vuelto a la tierra, entre otros motivos, para ver a Sam. Pero aún no había encontrado el valor para asomarse al búnquer, menos aún con la pesada carga que ahora llevaba. Su Gracia, o mejor dicho la Gracia que tomó prestada de otro ángel sin tener más remedio, estaba menguando poco a poco, se consumía cada vez que usaba sus poderes angelicales y si se quedaba a cero su esencia, su propia existencia, se desintegraría. Básicamente desaparecería para siempre.
Por ese motivo no sabía como acercarse a Sam, el duelo por la pérdida de su hermano aún debía ser claramente visible en sus ojos. Sam era así, podía sonreírte de la manera más amable y dulce del mundo pero si estaba roto por dentro se podían ver claramente las brechas de su alma a través de sus pupilas.
Había pensado en ocultárselo, solo pasar a saludarlo y estar con él una temporada, ayudarlo a pasar el mal trago y una vez encaminado volver al cielo por “tener deberes que atender”. Pero la mentira ya les había hecho mucho daño hasta el momento. Siempre que había intentado hacer el bien por sí solo bajo la sombra de las mentiras había acabado mal. Cada una de las veces que había decidido ocultar secretos y actuar por cuenta propia por buenas que fueran sus intenciones había metido la pata así que en un momento tan delicado como este no se veía con corazón de mentir. Las consecuencias podrían ser peor.
Era por eso por lo que, después de haber sabido de la muerte de Dean, no había bajado a la tierra a ver a Sam. Dejaba pasar los días y muy a menudo se repetía que debía darle apoyo pero siempre se entretenía con otras cosas. Días, Semanas... Casi medio año había pasado hasta el momento en el que decidió que no se estaba comportando como un buen amigo y debía ver a Sam. Necesitaba saber como estaba... Y abrazarlo. Cuánto necesitaba abrazarlo.
Una vez atravesado el pueblo se adentró en un camino de tierra, aún tenía una larga caminata hasta llegar al búnquer y mucho en que pensar. Ya le iba bien dar ese paseo.
Su gabardina se sacudía cada vez de forma más violenta, su pelo, ya despeinado de por sí con esa eterna apariencia descuidada, parecía volverse loco de un lado a otro siguiendo los caprichosos cambios de dirección del viento.
Mas al poco de dejar el pueblo notó algo extraño, una presencia peligrosa pero remotamente familiar. Pudo sentir aura demoníaca pero no consiguió identificar lo que le resultaba familiar. Pensó en Crowley, pero su presencia era bastante notoria y habría reconocido enseguida que se trataba de él. Continuó caminando vigilando los movimientos de aquella presencia y procurando simular que no se había dado cuenta de ella.
- No disimules, sé que me sientes.
Castiel se quedó totalmente inmóvil, como si la misma tierra lo hubiera anclado al suelo. Aquella voz resonó dentro de su cabeza unos segundos que parecieron eternos. Se volvió hacia ella y confirmó que se trataba de él...
- ¿Dean?
- El mismo que viste y calza.
Dean se acercó tranquilamente a él con esos andares y esa sonrisa de chulito que lo caracterizaba pero tan fuera de contexto en aquel momento que Castiel se estremeció. Dean se detuvo al ver la reacción de Castiel, eso sí, sin borrar su sonrisa.
Castiel retrocedió un poco al verlo acercarse tan decidido, la situación era digna de pesadilla ya que ante él se encontraba un cazador convertido en demonio. Un compañero, un amigo y casi un hermano... Y ahora un demonio.
-¿Qué te ha pasado Dean? ¿Eso es fruto de...?
- Si, la marca. Digamos que no es que sea fácil deshacerse de esto – comentó subiéndose la manga derecha de la camisa hasta el codo – Parece que le gusto.
- Esto no... No está bien...
- ¿Ah no? Pues debes saber que yo me siento bastante cómodo así.
Bromeaba. No podía ser cierto. Castiel, aún en shock y sin saber si alegrarse por verlo vivo o caer en el pozo de la desesperación porque se había convertido en un demonio. Se repetía una y otra vez que no podía ser, que era una alucinación. Quizá se le había agotado ya la gracia y había ido a parar a un irónico infierno para ángeles en el que expiaría sus pecados lidiando con sus peores temores.
Pues empezaba fuerte...
- Ey Cas, ¿se te ha comido la lengua el gato?
Las palabras de Dean lo devolvieron a la realidad y no, no estaba muerto aún.
- Dean, tu hermano...
- Mi hermano está bien... Por ahora. Supongo que sigue en el búnquer intentando buscar una forma de “curarme” pero para eso antes deberá encontrarme – rió – y eso le va a costar un poco ahora que puedo moverme cómo y dónde quiera.
De repente apareció a poco menos de un metro de Castiel teletransportándose, lo que produjo en el ángel un sobresalto que le paró la respiración por un momento. Rápido de reflejos dio un salto hacia atrás y empuñó su espada de ángel.
- ¿Qué pasa? ¿Te doy miedo ahora, Cas?
- No.- Respondió rotundamente.
- Quién lo diría, estás tan tenso que podrías servir de arma arrojadiza – volvió a reír.
- Eso es imposible, Dean.
- Ah, angelito, siempre tan literal...
Su risa fácil parecía seguir intacta, sin embargo cuanto más la escuchaba más enlatada le parecía a Castiel. Miró a su alrededor rápidamente por si había omitido la presencia de algún otro demonio o criatura pero estaba solo, solo frente a Dean como tantas otras veces. Sin embargo esta vez deseó estar lejos de él para tener una perspectiva más amplia de lo que estaba pasando.
- ¿Por qué no me das eso, Cas? - Comentó con voz amenazadora extendiendo la mano y acercándose a Castiel – Yo le daré mejor uso.
- No te acerques – advirtió con tono firme – No me obligues a usarla contra ti.
- ¿Lo harías? - Miró a los ojos de Castiel – Ni mi hermano ni tú sois capaces de esas cosas.
Entonces Dean se abalanzó sobre Castiel pero una luz cegadora emanó del ángel, una luz que todo demonio que se precie debería temer.
Un grito grave y corto resonó en el lugar mezclado con una especie de pitido desagradable. Cuando la luz menguó Dean se había apartado de Castiel y se miraba las manos horrorizado. La luz de los ángeles daña a los demonios y Dean, por muy Winchester o marcado por Caín que fuera, no iba a ser la excepción.
Castiel se había defendido pero aún así no se sentía precisamente bien.
Dean se volvió de nuevo hacia él, su sonrisa había desaparecido y sus ojos se habían tornado negros. Donde antes habían dos pupilas de color verde esmeralda en las que a menudo reflejaba el dolor de las desdichas, otras veces la alegría de superar los obstáculos y otras decían sin hablar lo que necesitabas, ahora solo podía ver un oscuro e inmenso vacío.
- Hijo de puta... - susurró.
Y sin decir nada más desapareció dejando a Castiel aún con el corazón en un puño e intentando digerir lo que acababa de presenciar.
Tras unos minutos de duda se apresuró a usar sus poderes para encontrar el rastro de Dean e ir tras él pero era muy complicado seguir sus pasos. Se dejó caer sobre el suelo aún temblando, y no solo por lo de Dean. Usar la Gracia no era bueno en su situación.
¿Qué iba a hacer ahora para que todo volviera a ser como antes?
