Work Text:
Fushiguro Megumi despierta ante la vista de un techo blanco, y el olor de formol pegado a las sabanas. Esta es su habitación en los dormitorios… Le duele la cabeza, y todo lo que pasa por su mente son: maldiciones, maldiciones, maldiciones, retorciéndose, el uniforme de los estudiantes de Kyoto, y una flor azul creciendo en su pecho.
Itadori, ¿dónde está Itadori?
Se sentó ignorando el dolor punzante en el lado izquierdo de las costillas, la técnica maldita de energía inversa es muy útil pero no le quita en lo más mínimo el dolor residual a la herida.
Entonces sus ojos captan un viso de mechones rojos brillando a la luz de la tarde contra las sabanas blanca de la cama. Itadori Yuji, durmiendo despreocupadamente, babeando como si el mundo no se estuviese acabando allá afuera, y no hubiera una escuela completa intentando asesinarlo.
Los hombros de Megumi se relajan significativamente, sólo es Itadori, sorpresivamente cómodo. Demasiado cómodo, para su gusto o el de la decencia normal de las personas. Descansando en una habitación ajena, como la persona tonta y despreocupada que Fushiguro sabe que es.
Una persona fundamentalmente buena, justo como Tsumiki.
Tsumiki que se quedaba arrodillada en el lado de la cama, cuando se resfriaba, y no había nadie más que cuidase a dos niños desvalidos que fueron abandonados por sus padres antes de que cualquiera de los dos pudiese cumplir diez años.
Fushiguro sacude la cabeza, no tiene sentido preocuparse por el pasado, especialmente por pequeños arrepentimientos que no va a poder cambiar. Sin embargo, cuando ve a Itadori, a su lado, una parte de si mismo no puede evitar condenar a su propio egoísmo.
Después de todo, si nunca hubiera encontrado a Itadori esa tarde, si el destino no los hubiera enlazado juntos, moebius sin principio ni final enredándolos en tiras complejas. Quizás Itadori Yuji seguiría siendo un chico normal, o eso es lo que quiere creer.
Uno que regresa tarde a casa por practicar en el club de Béisbol.
Quizás algún día, Gojo-sensei prendería el televisor de los cuartos comunales y diría:
“Oh, es el Koshien” con estrellas en los ojos y envidia flagrante.
En la pequeña pantalla, haciendo corto por la antigüedad, estaría un chico en el centro del diamante con una sonrisa enorme con el cabello en un tono similar al de la malta roja, contrastando entre el azul del verano y el césped de los jardines posteriores.
Pero, eso no va a pasar.
Fushiguro lo sabe.
Se siente como un bastardo extraño, observando a otra persona mientras duerme, ni siquiera Gojo-sensei hace eso. Itadori no puedo hacerlo, porque se durmió en el intento, y casi se siente ofendido. Sin embargo, no es culpa de Megumi. Itadori es quien está dormido con la mejilla contra el borde de la cama, él es quien paso la tarde esperando a su lado, Fushiguro nunca se lo pidió.
En un nivel fundamental lo sabía, Itadori al ser una persona buena estaba preocupado por él, y siendo que es la primera vez que pasan más de una hora juntos en un mismo sitio desde...
La lluvia, el cadáver, su corazón en el suelo... Sukuna.
Sin embargo, Fushiguro no es alguien que se debata tanto en el pasado, o en esta ocasión, un presente inevitable. Siendo que es imposible arreglar lo que ya ha sido destrozado. Prefiere pensar en maneras de mantener un futuro plácido sin arrepentimientos, y tener a Itadori en él no suena tan problemático, no ahora, después de que creyó haberlo perdido para siempre.
Una cosa es indudablemente cierta, para una persona seria como Fushiguro, es que tiene un arrepentimiento que pica de vez en cuando cuál sarpullido, y que no importa lo mucho que rasque y gire el sentimiento.
Fushiguro siempre se va a arrepentir de lo que le hizo a Itadori Yuuji.
Siempre.
Le ha robado la inocencia a alguien más justo como hicieron con él hace muchos años. Abriendo la puerta hacia lo desconocido, el teatro de un espectáculo del cual entre más te adentras, más imposible se vuelve regresar o evitar mirar las cosas feas, las cosas sucias.
Itadori nunca debió haber conocido esa clase de espectáculo.
Los mechones rojizos se sacuden sutilmente, e Itadori se mantiene dormido, demasiado profundo como para que eso lo despierte. Fushiguro siente un toque de envidia, tan despreocupado, resopla.
No puede evitar sonreír un poco.
Fushiguro observa por la ventana hasta que el sol desaparece en el horizonte dopado sutilmente en el sentimiento cálido, la posibilidad de que algún día en un futuro cercano, ese sentimiento embriagador de paz absurda. Obtenga la palabra de amor para ser determinado, de momento solo será melaza y el aroma del verano.
Fushiguro cierra los ojos, si a Itadori después le duelen las rodillas no es problema suyo, piensa, descansando la cabeza de golpe contra la almohada, dándole un vistazo al rostro beatifico de Yuji durmiendo, y dándose un golpe mental por pensar esas cosas.
Entonces, sueña con el aroma de un verano placido; desconocido como el que puede tener solo un niño, completamente ajeno de la mirada carmín penetrante que lo disecciona en pedazos, fría, calculadora, y completamente encantada.
