Chapter Text
I
Risotto Nero era una persona práctica. Creía que la supervivencia del género humano se limitaba a la simple satisfacción de deseos primales; de esto derivaba todo lo demás: la creatividad, la innovación, el amor...Trabajaba para comer, comía para saciar el hambre; si tenía sueño, dormía, si estaba excitado, buscaba con quién pasar el rato. Su única relación duradera era con la percusión, que le parecía el ejemplo perfecto de la fuerza creadora del ser humano en su etapa más primitiva. Por eso no estaba hecho para las relaciones amorosas. Más allá de la socialización y la amistad, poco se obtenía de ellas. Y poco podía dar él.
La urgencia natural lo llevó de nuevo un viernes en la noche a abrir la app que no solía usar más que algunas veces al mes. Revisaba los mensajes, borraba algunos, consideraba a quién responderle y si no veía nada que realmente capturara su atención, aliviaba la necesidad a la antigua: loción, su dildo y tal vez porno. Estaba por responder el mensaje de un sujeto que estaba a una hora de distancia, cuando una notificación nueva saltó a la vista. Le gustó lo que vio: rostro inocente salpicado de pecas, grandes ojos color ámbar y cabello largo, rosado, muy llamativo.
“Hola :p”
“¿Qué tal?”
“Aburrido D:”
“Igual yo.”
“Quieres ir a tomar algo? :)”
A Risotto le sorprendió cómo la conversación no se desvió a ellos enviándose fotos de sus erecciones, pero la invitación parecía prometer algo bueno. Si bien no era su estilo salir antes de tener sexo—era más del tipo voy a tomar mi motocicleta, conducir hasta tu casa para coger como animales y no volver a verte en la vida—, accedió a encontrarse con él en un bar cercano al centro.
Risotto llegó mucho antes. Se sentó en una de las mesas de la terraza, y se puso a leer un libro para esperarlo. Unos minutos después, tras levantar la mirada de las páginas, vislumbró a su... ¿cita?. Era bastante más joven de lo que se veía en la foto. En cuanto a la estatura... bueno, hasta el hombre promedio era pequeño a su lado. El joven se acercó con las mejillas acaloradas.
—¿Cómo estás? Soy Doppio—se presentó ofreciéndole su mano para un apretón. Su voz era dulce y juvenil.
—Risotto—estiró la mano para estrechársela. Era raro saludarse así cuando de un momento a otro estarían comiéndose en la cama. De pronto, Risotto comenzó a temer que la noche no terminara en nada.
—Un placer—asintió el muchacho con una sonrisa y se sentó.
Doppio suspiró. Miró alrededor; tamborileó los dedos sobre la mesa. Risotto esperaba que dijera algo, porque él no iba a hacerlo.
—¿Ya ordenaste?
—No.
Doppio levantó la mano. Con el brazo en alto, le regaló una sonrisa a Risotto en tanto llegaba el mesero.
—Una cerveza.
—Otra para mí— añadió Risotto un poco desconcertado aún, pensando en si debió haberle sonreído también.
—Perdón—se detuvo el mesero, mirando a Doppio:parecía muy joven para beber y estar despierto a esa hora—Voy a necesitar…
—Una identificación—asintió él con una mueca derrotada, mientras buscaba dentro de su billetera.
Una vez que el mesero se retiró, los ojos de Doppio se posaron sobre los de Risotto, y el muchacho estiró otra sonrisa encantadora.
—Siempre me pasa.
—¿Es real?
—¡Claro que sí! Mira de cerca— con la identificación en la mano, se estiró sobre la mesa para que Risotto pudiera verla mejor.
—Hmmm…
—¿Qué?
—Eres mayor que yo.
Risotto mantenía sus frases concisas y al grano. Doppio captó esto de inmediato. Rápido. Tenía que pensar cómo mantener esa conversación.
—¿Qué leías?—preguntó mirando el libro sobre la mesa. Risotto le dio la vuelta. El título ponía La música en la era precolombina.—¡Ah! Supe que eras músico en cuanto te vi. ¿Qué música tocas? ¿Death Metal?
Risotto arqueó una ceja y por primera vez reveló una sonrisa tímida.
—Jazz.
Las escleras tatuadas y los piercings siempre daban la impresión equivocada.
—¡Oh!—Doppio se sostuvo el rostro con sus manos. En ese momento las cervezas llegaron—No eres muy hablador, ¿eh?
—Para tu desgracia, no.
—No hay problema. Yo paso hablando todo el día. Servicio al cliente—rodó los ojos y dejó caer su espalda contra el respaldar de la silla— ¿Y a qué te dedicas?
—Mi amigo y yo tenemos una tienda de instrumentos. Tenemos una banda. Yo soy el de la percusión.
La conversación prosiguió en cosas de protocolo. Dónde vives, qué te gusta hacer, de dónde vienes…A decir verdad, Doppio podía hacer hablar hasta a las piedras, pensaba Risotto. Era un muchacho simpático, con una energía contagiosa.
—Eres de Sicilia—señaló Doppio después de un rato, un poco más desenvuelto por el licor.
—¿Es muy obvio?
—Dijiste mi scusassi…
— Mi scusi , a veces olvido que estamos en Nápoles.
—No te preocupes. Tu acento es sexy—le respondió con la mirada sobre el vaso, consciente del riesgo que estaba a punto de tomar.
Risotto sintió con emoción el pie de Doppio moverse bajo la mesa, frotarle el tobillo, la pantorrilla; tantear el muslo. El muchacho sonrió, mordiéndose los labios.
—¿Nos vamos?—le preguntó Risotto devolviéndole una mirada penetrante, llena de intenciones.
Dejaron el dinero sobre la mesa y salieron apurados. Doppio no podía hacer otra cosa más que admirar la altura de Risotto, quien iba unos pasos más adelante que él. Buscaron el parqueo, y en un rincón oscuro, Risotto se dio vuelta de improvisto y lo tomó por la cintura para besarlo. Sin demasiado preámbulo, Risotto le mordió los labios y usó la esfera de acero en su lengua para hacer gemir a Doppio. Casi sin aire, Doppio se separó de él:
—Mi apartamento está cerca...
Risotto no dijo nada. Le dio un casco y se montó en la Ducati, majestuosa como él, intimidante y ruidosa, una demostración de dominancia que hacía voltear las miradas de los transeúntes. Doppio se abrazó fuerte a la cintura de Risotto. Frotó la erección que crecía en sus pantalones contra la espalda baja del conductor, que a ese punto ya respiraba agitado, pues su pasajero usaba como excusa el abrazo para palpar su entrepierna. Doppio sentía el pene del otro responder a sus caricias, hervir bajo la tela, anticipar la noche que tenía por delante.
Entraron al edificio, apresurados, como si se acabara el mundo. Risotto empujó a Doppio contra la puerta tan fuerte que esta se cerró de golpe; sin demoras se arrodilló frente a su cremallera. Risotto paseó la mano por encima del pantalón, los muslos, la entrepierna, hasta que Doppio mismo se abrió la pretina y sostuvo entre sus manos un miembro robusto, más grande que el suyo, pensó Risotto, en tanto comenzaba a saborearlo. Risotto comenzó a chupar y a explorar con sus dedos las nalgas de Doppio, donde el tacto se regocijaba con la sensación de vellos finos, y nalgas firmes de piel tersa, hasta que al separárselas chocó contra algo duro, plástico y húmedo. Doppio lo miró con picardía, mientras sostenía a Risotto por la nuca.
—Por esto fue que tardaste un poco más de tiempo, ¿eh?—afirmó Risotto volviéndose a incorporar.
Doppio sonrió con un pudor falso y tomó de la hebilla del cinturón a Risotto para dirigirlo a la cama, sin quitarle de encima los ojos. Rebotó ligeramente al sentarse sobre el colchón, para dedicarse a desvestirlo. Le quitó la chaqueta de cuero y la arrojaron a sus pies; y con un jugueteo se demoró de más en bajarle los pantalones y por fin poner sus manos sobre ese pene que, para poca sorpresa de Doppio, también tenía acero perforándole la base. Le dio algunas lamidas, solo para que Risotto se antojara más de él y lo empujara sobre la cama, donde continuó besándolo.
Doppio se liberó del peso de Risotto y se quitó los pantalones que tenía aún enganchados en los tobillos. Risotto lo ayudó y ahí pudo mirar con detalle los calcetines que usaba el muchacho.Verde oscuro con dibujos de ranas de ojos rojos por todas partes.
—¿Te gustan?— sonrió Doppio, que pudo notar lo que los ojos de Risotto decían, sin que él tuviera la necesidad de abrir la boca—Si pones un poco de atención, podrás darte cuenta de que me encantan las ranas…
Risotto miró alrededor. Era cierto. Patrones, libros de notas, adornos, un salero y pimentero en el desayunador. Pudo notar además que el apartamento estaba lleno de plantas, libros, lámparas y en él se respiraba buena energía—¿así le llamaban a eso?, pensó Risotto, que tal vez había leído algo sobre feng shui en su vida—. Era un lugar agradable y en compañía de ese chico tan encantador, no quería irse pronto.
Doppio separó las piernas y le mostró la base cromada de colores holográficos sobresalir en medio de sus glúteos pecosos. Risotto tanteó el juguete; lo tiró un poco hacia afuera, pero antes de que terminara de salir, volvió a hundirlo hasta donde alcanzó. Doppio se cubrió la boca al gemir.
—Mis vecinos—dijo en voz baja.
Eso no detuvo a Risotto. Lo penetró un rato con el juguete en tanto le hacía una mamada que puso a Doppio a frotarse contra las sábanas. De pronto la sensación sólida en su ano fue sustituida por tres dedos gruesos que lo llenaron tanto como el plug. La voz de Doppio se quebró en quejidos suplicantes. Risotto retiró la mano y buscó el rostro de Doppio para sostenerlo por la mandíbula y devorarle la boca a besos violentos.
—Dime qué quieres—le ordenó Risotto una vez se separó y lo dejó con la boca abierta, enrojecida de mordidas, buscando oxígeno.
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—Tu verga—respondió sin titubeos.
—Buen chico.
Risotto terminó de sacarse la camisa: pecho brillante de sudor, piercings en los pezones, tinta derramada sobre el pectoral y el hombro izquierdo. Doppio ya no podía aguantar más. Lo atrajo con las piernas y lo miró ansioso ponerse el condón, dar un par de golpecitos en su culo para provocarlo, y luego hundirse de lleno en él. Esta vez no se cubrió la boca.
Anduvieron por toda la cama, hasta en la butaca de la esquina. Doppio se dejó manipular por ese Goliat, que lo alzaba como si fuera una pluma, lo doblaba como si fuera una bailarina. Se permitieron gemir tan fuerte como quisieron. ¿Para qué reprimirse? Doppio empujó a Risotto de vuelta sobre la cama y escaló sobre él, sentándose sobre sus muslos; atrapó en su mano los penes de ambos para masturbarlos con rapidez, escupiendo de vez en cuando para agilizar el movimiento.
—Ven a sentarte—le dijo Risotto, empuñando su erección.
Doppio obedeció. Risotto disfrutó el efecto de la gravedad, el peso completo de Doppio penetrándose a sí mismo. Apretó con sus manos las nalgas del chico, y le dio una fuerte nalgada para incitarlo a moverse. Sus entrañas abusadas se sentían como lava, pero no era suficiente, no todavía. Con sus manos sobre el pecho de Risotto, comenzó a mover sus caderas. Desde arriba, Doppio se propuso hacerlo gemir a sentones, que terminaron de desarmarle la intrincada trenza que se había hecho antes de salir. La mitad de su rostro terminó cubierta de cabello sedoso que rebotaba contra su piel. Risotto lo miró fascinado. Era un desastre. Ambos lo eran. Sin aire, sin verbo, Risotto estiró la mano para poder despejarle la cara a Doppio, y así ver la expresión de placer que ponía cuando él lo penetraba con más violencia.
Las arremetidas hacían rechinar la cama. Doppio se puso una mano sobre el vientre. Apenas podía hablar, pero logró decir:
—Es muy grande...Te...Te siento hasta aquí…
¡Mierda! Era demasiado lindo. Sin aviso, Risotto solo alcanzó a sentir un chispazo recorrerle el cuerpo y la dulce liberación dentro de Doppio, que no dejó de moverse con una sonrisa victoriosa en los labios; y se permitió disfrutar un rato más del pene del otro hasta que ya no le fue útil. Doppio se deslizó sobre el torso de Risotto, frotándose contra la longitud de músculos tensos, hasta que se entretuvo masturbándose entre los pectorales lubricados de sudor, que subían y bajaban agitados.
Risotto alzó a mirarlo, jadeando con la boca abierta. Su lengua asomada entre los labios, y el piercing destellando bajo la luz eléctrica. Estaba listo para ser usado por Doppio, quien no perdió el tiempo y se asió a la cabecera de la cama con ambas manos para anclarse y comenzar a penetrarle la boca. Más temprano, cuando lo conoció, Doppio no imaginó ver a ese sujeto de casi dos metros gemir tímidamente cada vez que se hundía hasta el fondo de su garganta. Risotto le hundía las uñas en las nalgas, soltaba una que otra nalgada, hasta que le volvió la piel carmín y fuego. Tras dos estocadas furiosas, Doppio sintió la inminencia del final, que lo encontró muy profundo en la boca de su amante. Se vino en abundancia, gimiendo deliciosamente. Dejó caer la cabeza entre sus hombros y salió de la boca de Risotto para mirarlo de vuelta. Había tragado todo su semen salvo por un poco que goteaba en la comisura de sus labios. Doppio lo limpió con el pulgar y se lo ofreció a lamer.
—Qué bien se siente tu boca—sonrió antes de bajar sus labios para besarlo con ternura.
Risotto se quedó rígido. Usualmente todo se acababa tras el orgasmo. Los cariñitos no eran algo común en su rutina de satisfacción sexual, pero los labios de Doppio eran pulposos, juguetones, y no tuvo más opción que seguirle un instante el juego. Risotto buscó moverse y Doppio retrocedió con el rostro enrojecido.
—Lo siento...A veces, soy muy…
—Está bien—lo interrumpió Risotto, sentándose al borde de la cama.
—¡Oh! Ya te traigo una toalla—saltó Doppio y desapareció un momento en la puerta del baño.
Risotto se estiró. Tenía el cuello un poco adolorido por la posición en la que había estado, pero había sido una buena cogida, no podía negarlo. Se sacó el condón, le hizo un nudo y lo puso a un lado. Escaneó con la mirada dónde estaba su ropa, sus botas, y de paso echó una ojeada a la torrecita de discos compactos que estaba en medio de los estantes de la biblioteca. Venía siendo hora de retirarse, cuando Doppio apareció de nuevo, y en su camino a la cama recogió la chaqueta de cuero de Risotto y se la puso sobre los hombros. Eran como tres kilos de cuero auténtico que le hicieron soltar una expresión de sorpresa.
—Te queda bien—comentó Risotto.
—Bien grande. Es como un ternero recién nacido.
Risotto soltó un poco de aire por la nariz y sonrió. Una vez más miró a la torre de discos.
—¿Quieres verlos? Adelante—le dijo Doppio arrojándole la toalla.
Un poco apenado por ser tan obvio, se puso de pie y pescó su ropa interior y pantalones para ponérselos de camino a la biblioteca. Paseó la mirada por los títulos, sin tocarlos, pero con deseos de verlos de cerca. Era una colección impecable.
—Mi ex los dejó aquí cuando nos separamos.
—Ganaste la custodia—comentó Risotto enjugándose el sudor del pecho.
—Algo así. En realidad, se fue a trabajar al extranjero y habría sido una molestia llevárselos, entonces le dije que podía tenerlos aquí si algún día volvía…¡Pero ya no estamos juntos!—aclaró Doppio apresuradamente. Risotto lo miró de reojo—La verdad no los he escuchado todos. Siempre oigo los mismos cinco álbumes…
—¿Tienes a Fela Kuti en tu casa y no lo escuchas?—dijo en un tono que parecía como si estuviera molesto, pero esa era solo su forma de hablar.
—Me temo que no—se rió.
—Hmm...Parece que tu ex es un snob como yo. Tiene buen gusto.
—Pues claro que tiene buen gusto—dijo Doppio con una sonrisa encantadora, mirando al suelo.
Risotto lo volteó a ver. Aún con su chaqueta puesta, solo tenía un boxer de patrones coloridos. Se le antojó pellizcarle las mejillas, pero supo contenerse. Luego pensó que ese no era un sentimiento común que tuviera hacia alguien con quien acababa de acostarse. Se aclaró la garganta antes de preguntarle:
—¿Y los libros?
—Son todos míos— dijo orgulloso.
Los títulos eran evocadores, algunos poéticos.
—Este es bueno—comentó Risotto, tomando Historia de la Belleza de Eco entre sus manos y leyendo la contraportada de esa edición.
—¿Has leído El péndulo de Foucault?
—No, pero si me dices que es bueno, te creo. Aunque no suelo leer ficción.
—Eres de los que pasan las madrugadas leyendo artículos de Wikipedia, ¿no?
—Sí—admitió con una sonrisa.
Se entretuvieron un rato, semidesnudos aún, en una conversación que se ramificó de tal modo que terminaron escuchando el disco que Risotto no había soltado desde que lo sacó de su lugar. Se sentaron sobre la alfombra en silencio. Doppio lo miró mover las manos contra sus muslos, sentir la música con todo su cuerpo.
—Seguro eres un excelente percusionista…
—¿Por qué?
Doppio se encogió de hombros y quedó más hundido dentro de la chaqueta:
—Con verte, lo sé. Y das nalgadas con arte.
Risotto parpadeó un par de veces antes de soltar una risa que le recordó a Doppio la belleza de un órgano en una iglesia vacía. Un par de hoyuelos profundos en las mejillas de Risotto aumentaron el gozo de la escena.
—Qué linda tu sonrisa—le dijo.
Mierda, mierda, pensó Risotto al sentir una punzada en el pecho. Lo mejor sería irse. O al menos esa fue su intención antes de iniciar la segunda ronda.
