Chapter Text
Disclaimer: ©"Jujutsu Kaisen/呪術廻戦" y sus personajes son propiedad de Gege Akutami , esta obra es sin fines de lucro, únicamente recreativos.
Por Lala Dmo a la plataforma de Ao3. Cualquier modificación o re-subida a un sitio diferente sin autorización será reportada. Todos los derechos reservados.
Vacaciones
—
“ Vamos a jugar.
No contestes el teléfono y solo déjalo sonar.
No hay necesidad de decirle a nadie más que a nosotros dos”. —Exo - Playboy.
Si alguien le hubiera preguntado a Itadori Yuuji si era feliz, habría respondido que sí sin pensarlo dos veces. Porque lo era. Tal vez no tenía una vida perfecta —nadie la tenía—, pues había días agotadores, discusiones absurdas y momentos en los que sentía que el mundo avanzaba demasiado rápido para él. Pero cuando pensaba en Gojo Satoru, todas esas cosas parecían perder importancia.
Llevaban casi dos años juntos. Dos años que habían pasado tan rápido que a veces le costaba creerlo. Satoru era complicado: escandaloso, arrogante y molesto cuando se lo proponía; y, aun así, también era la persona que mejor lo conocía. Sabía cuándo estaba cansado, cuándo necesitaba espacio y cuándo estaba preocupado, incluso antes de que él mismo lo admitiera.
Por eso Yuuji seguía sonriendo mientras observaba el paisaje que se extendía al otro lado de la ventanilla. La carretera bordeaba la costa, el océano brillaba bajo la luz del sol y la música sonaba suavemente dentro del automóvil. Por primera vez en varias semanas, no tenía ninguna responsabilidad esperándolo. Solo vacaciones. Solo una semana lejos de Tokio. Solo él y Satoru.
O al menos eso había pensado al principio.
—Te estás quedando dormido —la voz de Satoru rompió el silencio.
Yuuji giró la cabeza, entornando los ojos. —No me estoy quedando dormido.
—Claro que sí.
—No.
—Llevas cinco minutos mirando a la nada.
Yuuji soltó una pequeña risa, rindiéndose un poco. —Tal vez estoy apreciando la naturaleza.
—Tal vez estás agotado.
Eso era más probable. Habían pasado semanas preparando el viaje y, además, el trayecto había sido largo. Demasiado largo.
Sintió entonces cómo una mano cálida se apoyaba sobre su pierna. No era extraño; Satoru siempre encontraba alguna excusa para buscar contacto físico. Yuuji entrelazó sus dedos con los de él, intentando mantener la compostura.
—Mira al frente.
—Qué aburrido eres.
—Y tú eres un peligro al volante.
—Pero soy tu peligro favorito.
Yuuji puso los ojos en blanco, aunque la calidez en su pecho era innegable. —No empieces.
La sonrisa victoriosa que apareció en el rostro de Satoru le indicó que había conseguido exactamente la reacción que buscaba. Como siempre.
La casa apareció varios minutos después e, incluso desde lejos, resultaba impresionante. Era grande, elegante, con enormes ventanales que reflejaban la luz del atardecer. Detrás de ella, podía verse el océano extendiéndose de forma infinita hasta el horizonte.
—Bienvenido al paraíso —anunció Satoru con evidente orgullo al apagar el motor.
—Presumido.
—No estoy presumiendo si es verdad.
Yuuji negó con la cabeza mientras salía del coche. El aire salado golpeó su rostro de inmediato. Era agradable, diferente. Por un instante, sintió que realmente había dejado atrás todas sus preocupaciones; tal vez aquellas vacaciones serían exactamente lo que necesitaban.
La siguiente hora transcurrió entre maletas, ropa y la distribución de las habitaciones. Cuando terminaron de instalarse, un silencio cómodo comenzó a llenar la casa, de esos que solo existen entre personas que llevan mucho tiempo juntas. Yuuji estaba terminando de guardar algunas cosas cuando recordó el detalle que alteraba su plan ideal.
—¿Cuándo llegan?
Satoru levantó la vista, dejando a un lado lo que estaba haciendo. —¿Megumi y Sukuna?
—Sí.
—Probablemente hoy.
Yuuji asintió. Había escuchado esos nombres cientos de veces, especialmente uno de ellos. Megumi. Satoru hablaba de él constantemente; no de forma obsesiva, sino con un orgullo genuino, como alguien que observa crecer a una persona importante. Yuuji nunca había tenido motivos para sentirse incómodo por ello. Al contrario, le parecía algo bonito.
—Te caerá bien —aseguró Satoru, rompiendo sus pensamientos.
—Eso dices siempre.
—Porque es verdad.
—¿Tan increíble es?
—Ya lo verás.
La seguridad de aquella respuesta despertó en Yuuji algo parecido a la curiosidad. Nada más. Solo curiosidad.
—
La tarde avanzó lentamente. Prepararon algo de comer, hablaron sobre los planes para la semana y discutieron qué lugares visitarían. Por momentos, pareció que nada podía alterar aquella tranquilidad... hasta que sonó el teléfono.
Satoru contestó de inmediato. Yuuji no prestó demasiada atención al principio, ocupado cortando algunas verduras en la cocina. Sin embargo, poco a poco comenzó a escuchar la risa de su pareja desde la otra habitación. Era una risa sincera, natural, extrañamente cálida. Sin saber exactamente por qué, el sonido capturó toda su atención.
Cuando la llamada terminó, Satoru regresó con una sonrisa flotando en los labios.
—¿Quién era? —preguntó Yuuji, intentando sonar casual.
—Megumi. —La respuesta fue inmediata.
—Ah.
—Ya están cerca.
Yuuji asintió, volviendo a lo suyo. No había motivo para darle importancia y, aun así, durante los siguientes minutos se descubrió dándole vueltas al asunto. Porque aquella llamada había sido diferente. Porque Satoru había sonado especialmente feliz.
Porque, por alguna razón que no logbaba comprender, ahora tenía más ganas de conocer a ese famoso Megumi.
—
La cena fue tranquila. Demasiado tranquila. Yuuji apenas participó en la conversación, y no porque estuviera molesto, sino porque se sentía repentinamente pensativo.
En medio del silencio de la mesa, los versos de la canción que venía sonando en el auto regresaron a su mente como un eco insistente y fuera de lugar: «Vamos a jugar. No contestes el teléfono y solo déjalo sonar...». Sacudió la cabeza para alejar el pensamiento. Era una tontería. Satoru solo hablaba con un amigo.
—Yuuji —lo llamó Satoru, observándolo desde el otro lado de la mesa—. ¿Qué pasa?
—Nada.
—Mentiroso.
Yuuji sonrió de lado, rindiéndose. —Solo estoy cansado.
—Seguro.
Satoru extendió una mano sobre la mesa y Yuuji la tomó. Era un gesto simple, un hábito familiar que habían desarrollado con el tiempo. Durante unos segundos, el calor de su palma le hizo sentir que todo estaba exactamente donde debía estar.
El sonido de un motor interrumpió finalmente la paz de la noche, justo cuando terminaban de recoger la mesa. Ambos levantaron la vista al mismo tiempo, pero Satoru fue el primero en ponerse de pie, impulsado por un entusiasmo casi infantil.
—Ya llegaron.
Yuuji no pudo evitar contagiar un poco de esa energía, aunque una punzada de expectación le recorrió el pecho. Durante todo el viaje había escuchado hablar de Megumi: Megumi había hecho esto, Megumi había conseguido aquello, Megumi se había mudado, Megumi estaba trabajando demasiado, Megumi no estaba durmiendo lo suficiente... Era difícil no tener altas expectativas después de tantos meses oyendo el mismo nombre de forma tan constante.
Tomó aire, se levantó de la silla y caminó detrás de Satoru hacia la entrada. La brisa marina golpeó suavemente su rostro cuando salieron al exterior, justo a tiempo para ver cómo el automóvil terminaba de detenerse frente a la casa. No esperaba que aquel momento fuera trascendental, ni que fuera diferente a cualquier otra presentación común y corriente. Pero cuando las puertas se abrieron, el ambiente pareció cambiar de densidad.
La puerta del conductor se abrió primero. Un hombre alto descendió con total tranquilidad, estirando los brazos tras el largo viaje. Sukuna.
Yuuji lo reconoció de inmediato por las fotografías que Satoru le había mostrado alguna vez; tenía una presencia difícil de ignorar, segura y cómoda, como si perteneciera a cualquier lugar en el que se parara. Intercambió un saludo rápido con Satoru antes de girarse hacia el lado contrario del vehículo.
Y entonces, la segunda puerta se abrió.
Yuuji no supo por qué se quedó mirando tan fijamente. Tal vez porque estaba esperando conocer finalmente al famoso Megumi, tal vez porque simplemente quería ser educado, o tal vez por algo más profundo que no quiso analizar.
Megumi salió del coche mientras se acomodaba una manga. El viento agitó ligeramente su cabello oscuro y su expresión se mantuvo tranquila, serena.
Por alguna razón, parecía completamente ajeno al ruido y a la energía desbordante que siempre acompañaba a Satoru. Era como observar dos estaciones distintas coexistiendo en el mismo espacio.
—Megumi —la sonrisa que apareció en el rostro de Satoru fue inmediata.
Megumi levantó la vista y, durante un instante, su expresión se suavizó. Fue un cambio sutil, muy poco, pero lo suficiente para que Yuuji lo notara.
—Llegaron rápido.
—Por una vez el tráfico decidió cooperar —respondió Megumi con tono pausado.
—Entonces hoy sí existen los milagros.
Megumi soltó una pequeña risa. Yuuji observó el intercambio desde unos pasos atrás, en silencio, sin intervenir. Era extraño; no porque hubiera algo malo en aquella conversación, sino todo lo contrario.
Se sentía demasiado natural, como si llevaran años teniendo exactamente el mismo tipo de charlas y supieran perfectamente qué esperar del otro. La complicidad entre ambos era dolorosamente evidente.
—Yuuji —la voz de Satoru lo sacó de sus pensamientos, rompiendo la burbuja—. Ven.
Yuuji avanzó un paso, rompiendo su parálisis.
—Él es Megumi, Fushiguro Megumi y el otro tonto de allá es Sukuna.
Los ojos oscuros de Megumi se posaron directamente sobre él, ignorando completamente al peli-rosa que maldecía a Satoru. No fue una mirada larga, ni intensa, ni especial; fue exactamente la clase de mirada que se intercambia cuando conoces a alguien por primera vez. Y, aun así, Yuuji sintió una extraña e inexplicable necesidad de sostenerla un segundo más.
—Mucho gusto —dijo Megumi.
—Itadori Yuuji, igualmente mucho gusto —Yuuji dio un paso al frente y extendió la mano. Megumi hizo lo mismo.
Fue un saludo normal, absolutamente normal. Nada extraordinario. Entonces, ¿por qué se sintió tan jodidamente consciente de ello? Cuando sus manos se separaron, tuvo la punzante sensación de que algo acababa de empezar. No sabía qué, ni por qué; solo que una inquietud imposible de explicar se le instalaba en el estómago mientras se descubría pensando en lo fría que había estado la piel de Megumi. Era una observación absurda e inútil, pero su mente la registró de todos modos.
—Entren antes de que el imbecil de Satoru empiece con sus estupideces o termine de presumir la casa otra vez —intervino Sukuna, rompiendo el trance.
—¿Otra vez? —preguntó Megumi, divertido.
—Lleva media hora enviándonos fotografías.
—¡Eran fotografías artísticas! —se defendió Satoru.
—Eran fotografías de una sala.
Satoru fingió indignarse, logrando que Yuuji terminara riéndose junto con los demás. La tensión extraña que había sentido desapareció tan rápido como había llegado. O al menos, eso quiso creer mientras los observaba entrar a la casa. Aquella semana iba a ser mucho más complicada de lo que había imaginado.
—
Las siguientes horas transcurrieron con total normalidad. Llevaron las maletas a las habitaciones, Satoru les dio el recorrido guiado por la propiedad y Sukuna se encargó de hacer comentarios sarcásticos sobre prácticamente todo.
Por su parte, Megumi permaneció más callado de lo que Yuuji esperaba. No parecía tímido, simplemente reservado. Cuando hablaba, todos lo escuchaban, y cuando permanecía en silencio, tampoco parecía incómodo; poseía una presencia tranquila, extrañamente pacífica. Más de una vez, Yuuji se descubrió buscándolo con la mirada en medio de las conversaciones. No porque estuviera haciendo algo llamativo, sino precisamente porque no lo hacía. Era raro, y bastante molesto, porque no tenía ningún motivo real para prestarle tanta atención. Megumi era solo Megumi: el protegido de Satoru, nada más.
Sin embargo, más tarde, una conversación particularmente ruidosa entre Sukuna y Gojo hizo que todos terminaran riendo a carcajadas. Yuuji levantó la vista contagiado por la risa y, al hacerlo, encontró a Megumi observándolo.
El contacto visual solo duró un segundo, tal vez menos. Megumi apartó la mirada primero y Yuuji hizo exactamente lo mismo. Ninguno comentó nada, ninguno pareció darle importancia, pero durante el resto de la noche el recuerdo de ese instante se quedó grabado en su mente.
Cuando finalmente se retiraron a descansar, Yuuji tardó mucho más de lo normal en quedarse dormido. A su lado, escuchaba la respiración acompasada y tranquila de Satoru, mientras el sonido distante de las olas y el viento golpeaban suavemente las ventanas.
Y, aun así, seguía despierto. Pensando.
No eran pensamientos importantes, no realmente; eran solo pequeños detalles. La voz pausada de Megumi, la forma en que sonreía, la naturalidad con la que se movía por la casa. Detalles insignificantes y ridículos. Lo sabía perfectamente. Acababa de conocerlo, apenas habían cruzado un par de palabras y no tenía el menor sentido que le diera tantas vueltas. Además, él amaba a Satoru.
Cerró los ojos con fuerza, intentando expulsar aquellas imágenes de su cabeza, intentando convencerse de que solo estaba exagerando por el cansancio del viaje. Probablemente era solo curiosidad. Nada más.
Sin embargo, justo antes de que el sueño lo venciera por completo, una última idea cruzó fugazmente por su mente: si realmente era solo curiosidad... ¿por qué seguía pensando en él?
—
Cuando finalmente todos se retiraron a sus habitaciones, la casa quedó en un silencio absoluto. Sukuna había caído rendido apenas tocó la cama, fulminado por el cansancio del viaje, pero Megumi, en cambio, permaneció despierto unos minutos más.
Se acercó al balcón de la habitación y abrió la puerta corrediza. La brisa nocturna entró de inmediato, trayendo consigo el olor a sal y el sonido constante de las olas golpeando contra la costa. Era agradable, mucho más tranquilo que Tokio. Apoyó los brazos sobre la barandilla de madera y observó la inmensa oscuridad del océano que se extendía frente a él.
Habían pasado apenas unas horas desde que llegaron, pero ya podía imaginar a la perfección cómo se desarrollaría aquella semana: Satoru seguiría haciendo demasiado ruido, Sukuna se quejaría de absolutamente todo y él, probablemente, terminaría actuando como el mediador entre ambos. Nada fuera de lo normal.
Una sonrisa cansada apareció en sus labios ante el pensamiento, pero entonces recordó algo. O mejor dicho, a alguien.
Itadori Yuuji.
No era exactamente como lo había imaginado. Después de escuchar a Satoru hablar de él durante casi dos años, esperaba encontrar a alguien diferente; más serio, tal vez, o más reservado. Pero Yuuji era extraño. Sonreía con una facilidad pasmosa, hablaba con cualquiera como si lo conociera de toda la vida y parecía capaz de llenar una habitación entera con su sola presencia.
Megumi apoyó el mentón sobre una de sus manos, pensativo. Era curioso, porque a él normalmente no le interesaba en lo más mínimo conocer gente nueva; sin embargo, había algo innegablemente agradable en Yuuji. Algo sencillo, transparente y natural.
—¿Vas a quedarte ahí afuera toda la noche? —la voz ronca de Sukuna lo llamó desde el interior de la habitación, rompiendo su hilo de pensamientos.
Megumi soltó un pequeño suspiro, apartándose de la barandilla. —Ya voy.
Cerró la puerta del balcón con suavidad y apagó las luces de la estancia. Sin embargo, mientras caminaba en la penumbra hacia su cama, una última idea cruzó fugazmente por su mente.
Tal vez aquellas vacaciones terminarían siendo mucho más interesantes de lo que esperaba.
