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Bajo la superficie

Summary:

Entre secretos, amenazas y coacciones en el marco de los 70º Juegos del Hambre, Finnick y Annie tendrán que aprender a esconder cualquier tipo de relación que se desarrolle entre ellos durante los días que dure el entrenamiento de Annie. Finnick está tan condenado como ella a una vida terrible, ¿hay alguna posibilidad de que se salven?

Chapter 1: La vida después de los 65º Juegos del Hambre.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Capitulo 1.

—Los chicos de los distritos… siempre tan apasionados y rebeldes me encantáis—arrulló con voz nasal la mujer que Finnick tenía a su espalda.—Ven aquí y abrázame.

Finnick abrió los ojos y con un suspiro reprimido e imperceptible para la mujer se dio media vuelta y la abrazo por la espalda.

—Eso esta mejor—comenzó a reír ella, pero su risa quedó cortada por un ataque de tos consecuencia de la gran cantidad de tabaco que se consumía en las altas esferas.

Porque sí, aquella mujer era de las más poderosas del Capitolio, esposa del secretario general del Presidente Snow y dirigente de la mayor compañía de moda de la Ciudadela que contrataba a todos los estilistas de los Juegos del Hambre.

—Cynthia…—susurró Finnick en su oído—esta noche ha sido increíble, ¿cómo una mujer como tú puede mirarme apenas un segundo?

Finnick conocía perfectamente la respuesta, es más, despreciaba absolutamente a la mujer que tenía entre los brazos, habría dado lo que fuera por estar a solas en su casa en el Distrito 4. Pero, ni estaba a solas, ni podía volver a su casa sin el permiso explicito del Presidente, aunque eso él ya lo tenía más que superado. La capa de indiferencia con la que Finnick miraba el mundo la maquillaba con una pose de prepotencia y encanto que no traía a nadie indiferente en el Capitolio, y menos a las mujeres. Finnick las odiaba, las odiaba con todas sus fuerzas, pero ese papel que desempeñaba dentro del Capitolio era lo que le había salvado la vida en la Arena así que se resignaba a la vida de Vencedor que, tras cinco años, ya no era tan dura. No necesitaba dinero, de eso tenía de sobra, así como tampoco buscaba la compañía de mujeres, que dadas las circunstancias le repulsaba e intentaba evitar en la medida que el Capitolio le permitía. Solo le quedaba una cosa que le interesase en el mundo: los secretos.

—¡Finnick cariño!—Cynthia giró la cabeza hacia él y le acarició una mejilla—que tierno eres. Me fijo en ti porque me encanta tu dulzura, tu aire misterioso, tu piel, tus ojos, tu pelo… Eres perfecto.

Finnick cerró los ojos al contacto de su mano y la agarró entre las suyas besándole los nudillos:

—Quiero saber más de ti, quiero saberlo todo, no puedo pensar en nada más que en ti Cynthia.

Cynthia estremecida por los encantos del muchacho habló esa noche mas que nunca. Habló sobre su marido, sobre sus hijos, que apenas superaban en edad al propio Finnick, relató ante sus ojos implorantes de información datos que supondrían la ruina del negocio que regentaba. Toda esta información respondía a la concertada manera que tenía Finnick de dirigir las conversaciones haciendo sentir a la gente que lo que le contaban era voluntario, que simplemente era un acto de amor hacia un chico irresistible con los ojos color mar.
Finnick abandonó esa habitación por la mañana tras despedirse de la mujer con un suave beso en la mejilla. Nada mas salir de allí se dirigió a su habitación de hotel, a escasos metros de aquel edificio, y que, por la cantidad de tiempo que pasaba allí, ya casi sentía como suya.

Nada mas abrir la puerta se metió en la ducha, necesitaba quitarse ese olor a perfume del cuerpo. Mientras el agua caliente relajaba sus músculos dejó la mente vacía de todo pensamiento, liberar su mente era una cualidad que había adquirido con el pasar del tiempo y de la que hacía uso siempre que se encontraba solo. La vida de vencedor que el Capitolio publicitaba no se asemejaba a su vida actual, ni a la de nadie que él conociera, si era sincero. Desde que le recogió el aerodeslizador de la Arena al proclamarse vencedor de los Juegos del Hambre, el chiquillo de catorce años que había sido elegido en la Cosecha no volvió a ser el mismo, sus responsabilidades y preocupaciones dieron un giro radical. Iluso de él pensó que cuando ganase su vida sería mejor en todos los aspectos. Ir a los Juegos suponía una desgracia para la mayor parte de niños elegidos, la vida como Vencedor al menos debía ser una recompensa al nivel del sacrificio que suponía. Pero nada mas lejos de la realidad. Una vez salió de los Juegos la pesadilla continuó, esta vez no tenía que matar a nadie, pero al que torturaban día tras día era a él. Finnick tuvo mala suerte, su belleza y encanto había sido una baza a favor de él en los Juegos, los innumerables patrocinadores que querían ayudar al “niño bonito” le vinieron muy bien para ganar, pero eso que había sido su salvación también se convirtió en su mayor pesadilla. Cuando dejó la Arena y comenzó la gira de Vencedor, su mentor le fue metiendo esa idea en la cabeza “Finnick hay mucha gente interesada en ti en el Capitolio, vas a tener un futuro brillante aquí, probablemente numerosos viajes y contactos importantes”.

—Futuro brillante...—masculló Finnick saliendo de la ducha y cubriéndose con una toalla.

Su futuro rápidamente se convirtió en un continuo teatro en el que se suponía que él era la estrella principal, pero en el que realmente era el personaje secundario. En el Capitolio todo el mundo quería tenerle cerca, pero no para darle una vida merecedora de un ganador de los Juegos, no, cada noche se le acercaban mujeres de todos los tipos y situaciones solicitando su compañía. La primera vez él se negó rotundamente y eso supuso un gran revuelo en el núcleo cercano de la mujer interesada. Ahí fue cuando el mismísimo Presidente Snow solicitó reunirse con él y se lo dejó claro: “nos perteneces”. Él era el que podían hacer que su vida estuviese llena de riquezas y facilidades o el que podían hacer que un día nadie mas hablase de Finnick Odair el tributo ganador de los 65º Juegos del Hambre, y no por perder la fama. Finnick ya no se estremecía al pensar en lo que se había convertido su vida, lo aceptaba y ya esta, no merecía la pena reivindicar la vida que le habían prometido porque esa vida no existía, era una utopía vendida por el Capitolio a los distritos para dotarles de aspiraciones y obtener un rendimiento mayor, evitar una insurrección cada vez que arrancan de sus familias a los niños para llevarlos a luchar por su vida en una Arena. Había tardado años en aceptarlo, años de estremecimiento y vómitos cada vez que llegaba a aquella habitación de hotel que le reservaban y cada vez que oía que le llamaban “el niño bonito del Capitolio”. Sin embargo, había aprendido a sacarle beneficio a todo ello, había encontrado algo que le interesaba y que le situaba en una posición por encima de los asquerosos peces gordos que le habían puesto en aquella situación: sus secretos. Disponía de una gran cantidad de información que, con solo mencionarla, podría provocar rebeliones en los distritos y que incluso revolucionaría el Capitolio desde dentro. Solo las mujeres que le contaban los secretos de sus poderosos negocios como acto de confianza en un chico dulce y encantador eran las conocedoras de que Finnick poseía esa información privilegiada, aún así el ego de cada una de ellas las llevaba a pensar que eran las únicas que abrían su corazón a aquel muchacho. Era un poder que nadie sabía que tenía y que realmente no pensaba llegar a utilizar nunca. A pesar de ello le tranquilizaba, le hacía ver un poco de luz en toda esa oscuridad que era su vida. El Finnick que comenzó a coleccionar secretos no era el Finnick de ese momento, actualmente estaba más acomodado y resignado a su vida, él no era materia para iniciar una revolución, pero sus secretos eran un seguro de vida.

Sacudiendo la cabeza se tumbó en la cama y cerró los ojos masajeándose las sienes. En pocos días comenzaría la septuagésima edición de los Juegos del Hambre y, aunque solo habían pasado cinco años desde que él se proclamó ganador, le parecía una eternidad. En dos días se llevaría a cabo la Cosecha en los distritos y él tendría que estar presente en el Distrito 4 como mentor, su mayor pesadilla. Entrenar y aconsejar a jóvenes de su edad o menores para asesinar a otros niños en la Arena era desde luego lo peor que le había dado la vida de Vencedor. Durante los días que duraba su mentoría apenas era capaz de mirar a los ojos a los tributos, se limitaba a repetir consejos como una máquina y tratarles como si fuera un desconocido, de ahí su fama de prepotente. El mundo en el que vivía le había enseñado a no encariñarse demasiado con nadie y menos aún con sus tributos. Ninguno había ganado aún después de él y ya hacía cuatro años que decidió no volver a implicarse tanto como lo hizo en sus primeros Juegos como mentor. No soportaría un dolor como aquel de nuevo.

Se levantó por fin de la cama para vestirse y hacer la maleta. Traía pocas cosas a sus viajes al Capitolio, ya que aquí había estilistas de sobra que estaban encantados de vestirle para cada ocasión. Como ya regresaba al Distrito 4 se puso la ropa que traía de allí que era muchísimo mas cómoda que los trajes horteras con los que le disfrazaban en el Capitolio. Tras empaquetar sus cosas abandonó la habitación de hotel, pero…

—¡Finnick espera!—gritó Stella, mentora del Distrito 1.

Finnick aguantó la puerta del ascensor con la mano y Stella entró cargando una gran maleta.

—Buenos días querida Stella—sonrió Finnick—¿hace un día espléndido no crees?

—Ay Finnick, que alegría me da siempre encontrarme contigo, y no lo digo solo por lo que veo—añadió guiñándole un ojo, Finnick estaba más que acostumbrado a ese tipo de comentarios—Supongo que volverás ya a casa para la Cosecha, ¿no?

—Eso me temo, a pesar de que me gustaría gozar de los placeres del Capitolio durante mas días el deber es mas importante en estos casos—suspiró Finnick.

—Y que lo digas. Como disfruto de ser mentora cada año, el mejor regalo después de los Juegos sin duda. Ver como mis niños entrenados durante años para este momento ganan es la mayor satisfacción que tengo en la vida.

Finnick sonrió cortésmente.

—A ver cuando alguno de los mocosos de tus tributos gana, sin ofender ya lo sabes, supongo que te gustará seguir monopolizando el puesto de Vencedor en tu distrito—rio Stella.

Finnick estaba acostumbrado a la crueldad con la que hablaban los habitantes del Distrito 1 y 2 acostumbrados a ganar con voluntarios entrenados durante años antes de los Juegos. El Distrito 4 también entrenaba tributos durante años para presentarse voluntarios en los Juegos, eso él lo sabía muy bien, pero casi nunca estaban al nivel de los dos distritos mas ricos, el 1 y el 2. Además, por suerte o por desgracia, aunque en su distrito si entrenaban a profesionales no era algo tan común y no todos los años se presentaba alguno voluntario, ni mucho menos. Los tributos profesionales no le podían dar más asco, pero aún así el teatro debía continuar.

—Ya sabes como me gusta ser el centro de atención—guiñó Finnick provocando una risita estúpida en Stella.

Llegaron por fin a la planta baja y ambos salieron del ascensor. Les esperaban sendos coches listos para partir a los trenes que los llevarían a casa.

—Un placer como siempre querido Finnick—dijo Stella cuando el muchacho, siguiendo su actuación casi grotesca de los modales aristocráticos del Capitolio, le besó la mano.

—Pronto nos volveremos a encontrar, espero que no se te haga muy dura mi ausencia—arrulló Finnick. De nuevo ahí estaba esa risita estúpida contestando a sus comentarios estudiados. No se podía quejar, su papel era ser la persona a la que esas risitas iban dedicadas.

Se metió en un coche que rápidamente le llevó a la estación de trenes. Después de despedirse del conductor, un avox llevó su maleta a la bodega del tren a pesar de los intentos de Finnick por viajar con ella en su espacioso vagón. Las reglas eran las reglas y los pobres avox estaban entrenados para cumplirlas sin rechistar. Una vez sentado en el tren suspiró e, ignorando todos los entretenimientos que le proporcionaban los distintos vagones, se limitó a mirar por la ventana durante horas hasta que por fin divisó el mar y, por ende, su querido Distrito 4. Había llegado a casa.

Notes:

¡Hola! Aviso que los próximos capítulos estarán narrados desde la visión de Annie y habrá un mix de puntos de vista a lo largo de la historia. Como ya tengo varios escritos iré subiéndolos de manera regular así que estad pendientes. ¡Espero que os guste!