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La primera vez que Harry vio reír a Hermione a carcajadas desde que rompió con Ron, estaban en el reservado de un local muggle celebrando el cumpleaños de Luna. Inicialmente, había sido el propio Harry quien había conseguido arrastrar a toda aquella pandilla de desconfiados sangre pura hasta las discotecas y pubs muggles, argumentando que su privacidad sería mucho más amplia que en el mundo mágico y tendrían más libertad de acción. Había acertado, los periodistas de El Profeta seguían conformándose con sacar fotos de ellos cuando comían helado en el renovado local de Fortesque, compartían una cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas o probaban el plato del día en el nuevo Caldero Chorreante regentado por Hannah. Ahora era la tónica general de los fines de semana. Harry sospechaba que Malfoy tenía bastante que ver en el tipo de reservados y locales que frecuentaban últimamente pero, decidido a que si no sabía nada no tendría nada que recriminarle, se limitaba a disfrutar de las bebidas de calidad y los cómodos sofás.
—Está coqueteando —dijo Pansy a su lado, entrecerrando los ojos en dirección a Hermione.
—No está coqueteando —protestó Harry, sintiendo el impulso de defender a su amiga—. Lo ha pasado mal todos estos meses, pero que se ría así es normal. Echaba de menos que lo hiciese.
—No digo ella, tonto. Digo Draco —insistió Pansy—. Está coqueteando con Granger.
—No puede ser, a Malfoy no… —Harry entrecerró los ojos también, intentando identificar por qué Pansy afirmaba aquello—. ¿Por qué crees que está coqueteando?
—Fíjate en sus ojos. No los ha apartado de ella y los tiene bien abiertos. Está mirándola —enfatizó la última palabra—, no evaluándola como hace con todos nosotros. Y su mano está casualmente apoyada en el respaldo del sofá, demasiado cerca del hombro de Granger.
—Eso no es coquetear.
—¡Le está hablando al oído, Harry! Tiene su cara prácticamente pegada a la oreja de Granger.
—Hay mucho ruido.
—Otras veces hablan sin necesidad de acercarse tanto. Y no poco, los dos cerebritos pueden tirarse horas hablando de sus libros favoritos, sus últimas lecturas y todo eso.
—Y comentando la película que hayan ido a ver al cine —añadió Harry, asintiendo y comprendiendo a qué se refería Pansy.
—¿Película?
—Claro. Hermione y él van al cine todas las semanas. —La ceja de Pansy se enarcó de un modo muy parecido a la forma en la que Malfoy lo hacía cuando decía una estupidez. Harry solía pincharles diciendo que uno de los dos debía haberlo aprendido del otro—. Desde hace meses. ¿No lo sabías?
—Draco no me había dicho nada. Podían habernos avisado.
—Hermione me lo dijo, pero nosotros teníamos… otros planes —dijo Harry con una risita.
—Oh, que le den por saco entonces a las películas. Así que es cierto. Está coqueteando.
—¡Hermione no está coqueteando! —volvió a protestar Harry.
—Granger no, Harry. ¡Draco! —Harry se sonrojó ante la impaciencia de Pansy—. Sólo tú habías conseguido convencer a Draco de hacer algo muggle y ha sido venir a estos locales. Debe de gustarle mucho.
—Estás sacando conclusiones sin basarte en nada concreto.
—¿Tú por qué te diste cuenta de que yo estaba intentando ligar contigo? —preguntó Pansy volviéndose hacia él y taladrándole con la mirada.
—Ehm… Luna me lo dijo —admitió Harry, avergonzado.
—¿Luna? —Harry asintió. Pansy suspiró, exasperada—. Eso explica tantas cosas… Bendita sea Luna.
—Al principio no la creí. —La ceja de Pansy volvió a alzarse hacia arriba—. Nunca se me ha dado bien ligar con las chicas. Bueno, ni con los chicos.
—No hace falta que lo jures. Aún recuerdo a Chang. Pero forma parte de tu encanto, cariño, no te preocupes, me sigues gustando igual —dijo Pansy riendo a carcajadas y atrayéndole hacia ella para darle un beso antes de volver a observar a Malfoy y Hermione.
—¿Gracias?
—Por supuesto —contestó Pansy, petulante, con otra carcajada maliciosa—. ¿Te molestaría? Que saliesen juntos, digo.
—¿Por qué iba a molestarme? Al fin y al cabo… son adultos. Es su problema.
—Porque Draco y tú seguís sin congeniar del todo bien.
—Malfoy no me cae mal. Sólo me saca de mis casillas.
—¿Y a quién no? —Harry resopló al oírla, divertido—. Tú tampoco le caes mal, pero como competís todo el rato como dos ciervos a tope de testosterona, no hay quien os aguante. Claro que tampoco os aguantáis entre vosotros, supongo que eso lo compensa. En el pecado va la penitencia. —Pansy arrugó la nariz con desagrado al decir aquello.
—¿Dónde has aprendido ese refrán? —preguntó Harry, perplejo.
—Lo habré oído en alguna película, Potter —dijo Pansy, haciendo un ademán con la mano para quitarle importancia—. No me has contestado.
—Me parece bien si quieren salir juntos. Lo que me importa es que Hermione sea feliz —suspiró Harry, volviendo a mirar en dirección a su amiga y Malfoy con esperanza.
No había sido fácil ser feliz para ninguno de los dos. Ni para Hermione ni para Harry. Tras la guerra, había muchísimas heridas que sanar y las físicas no fueron las más preocupantes. Después de la batalla de Hogwarts Harry había acabado encima de una de las camas de la enfermería, rendido de cansancio. Había despertado envuelto en sábanas suaves con fragancia a jabón, con un pijama blanco y sintiéndose limpio. Se sonrojó con vergüenza al pensar que, seguramente, había sido Madame Pomfrey quien le había aseado y vestido mientras estaba dormido. Reconociendo las voces de Ron y Hermione, se levantó, descalzo, y abrió las cortinas que le ocultaban de la vista del resto de los ocupantes de la sala.
Sus ojos se abrieron de par en par con sorpresa. Las camas de la enfermería se habían multiplicado en número y todas ellas estaban ocupadas. Muchas, la gran mayoría, estaban ocultas tras las mismas cortinas que le habían tapado a él. En las más cercanas a él, mucho menos distanciadas de lo habitual, se agrupaban varios de sus compañeros de curso. Malfoy leía un libro en silencio, arrebujado entre sus sábanas con un pijama idéntico al de Harry. Este se enteraría más tarde de que no había pronunciado palabra alguna desde el final de la batalla. Tardaría varios meses en recuperar su voz, tan misteriosa y repentinamente como la había perdido. Harry lo comprendía. Él a veces también tenía ganas de callarse y apagar su voz, cansado de ser quien debía sostener en sus hombros la esperanza de todo un mundo mágico.
Parkinson, vestida con el uniforme del colegio, dormitaba en un sillón orejero, los pies descalzos cubiertos por gruesos calcetines subidos al cojín, abrazándose las rodillas, justo al lado de la cama de Malfoy. Un par de camas más allá, que estaban vacías, Goyle tenía la mirada perdida en el infinito. Pocos días después lo trasladaron a San Mungo. Pomfrey les explicó que el trauma del incendio de la Sala de los Menesteres necesitaba ser tratado por un especialista.
Luna, que ocupaba otra de las camas, charlaba animadamente con Ginny, que estaba sentada a sus pies. Llevaba el mismo pijama que Harry y Malfoy y, aunque en su rostro aún había huellas del confinamiento en la mansión Malfoy, había recuperado el color de las mejillas y el brillo de los ojos. Harry buscó con la mirada a sus dos amigos.
Ron jugaba al ajedrez con Nott. A su lado, Hermione escribía furiosamente en un pergamino, totalmente concentrada. Los tres vestían ropa de calle, por lo que supuso que sólo estaban allí de visita. Harry parpadeó, sorprendido. La imagen era peculiar; ver a Ron jugando al ajedrez tranquilamente con alguien de Slytherin era una estampa que le hizo creer que estaba soñando.
—Alfil a torre cuatro y mate en tres jugadas, Nott —dijo Ron, triunfante. Hermione levantó la cabeza con interés, observando el tablero y buscando las jugadas. Nott levantó las manos, expresando derrota.
—Theo, ya te ha ganado dieciséis veces seguidas. Se supone que eras nuestro campeón, pero estás dejando el honor de la casa por los suelos —masculló Pansy desde el sillón, sin abrir los ojos.
—Es muy bueno —reconoció Nott, tendiendo la mano a Ron, que se la estrechó antes de volver a colocar las piezas en el tablero y ordenar un nuevo movimiento.
—¿Qué hora es? —preguntó Harry con la voz pastosa. Todos los rostros, menos el de Goyle, se volvieron hacia él. Ginny se apresuró a acercarse y Ron y Hermione se levantaron también.
—Las seis de la tarde —le informó Hermione diligentemente—. La hora del té pasó hace rato. Pero creo que mejor deberías preguntar el día: es 5 de mayo. Llevas durmiendo tres días.
Sintiéndose cuidado por sus amigos, que se apresuraron a rodearle y preguntar qué tal estaba antes de avisar a Pomfrey, se había olvidado por un rato de los Slytherin presentes en la sala. Había vuelto a recordarlos cuando, tras la agitación inicial, Ron volvió al tablero, Hermione entabló una conversación cortés con Parkinson y Luna parloteaba alrededor de Malfoy, acercándole los cubiertos para cenar sin esperar respuesta.
Había tardado un par de días en entender que tras la batalla, cansados de pelear, todos aquellos jóvenes encerrados entre las cuatro paredes habían encontrado un oasis donde no había rivalidad ni competencia y los bandos habían quedado fuera, en un mundo real que no entraba dentro de la enfermería. Incluso cuando Pomfrey les fue dando el alta, eligieron quedarse allí hasta que el último, Malfoy que, en palabras de la enfermera estaba completamente sano y no existía motivo alguno para que no hablase salvo su propia voluntad, fue eximido de estar en la enfermería.
La magia se había roto al volver al mundo real. Harry sabía que Ron se intercambiaba lechuzas con Nott porque le veía modificar el tablero mágico que tenía en su habitación de La Madriguera tras leer las cartas, pero no había vuelto a saber nada de los Slytherin hasta el momento de los juicios, meses después. Elegir declarar a su favor había sido sencillo: no sólo había argumentos lógicos para ello, también había un vínculo tras aquellos días de la enfermería que les impelía a ello.
Tomar una cerveza tras el anuncio de la sentencia absolutoria, quedar para comer, intercambiar lechuzas y llamadas flu fueron consecuencias casi naturales. La magia que había funcionado en la enfermería no lo hizo en el mundo real, pero Harry era consciente de que todos habían hecho un esfuerzo por ser amables y educados. Quizá no había habido magia, pero sí trabajo, que había dado sus frutos con el tiempo. La pandilla se amplió incluyendo a Nott, Parkinson y Malfoy. Ocasionalmente, incluso la mayor de los Greengrass se unía si Malfoy la invitaba y Goyle fue recibido con los brazos abiertos cuando fue dado de alta en San Mungo.
Quizá en un primer momento Harry se pudo sentir culpable porque sentía que eran condescendientes con los Slytherin, aunque Hermione argumentaba que ser magnánimo con el bando perdedor definía moralmente al ganador. También suponía que los Slytherin ganaban algo a cambio. Dejarse ver con ellos ayudó a mejorar su reputación dañada y que sus viejos ideales fuesen perdonados por el resto de la sociedad. Ron solía decir que no podrían haberse hecho amigos si no hubiesen cambiado, pero Harry sabía que ellos mismos también habían evolucionado para permitir esa amistad.
Las dificultades llegaron después para Harry y Hermione, cuando las aguas legales y políticas comenzaron a calmarse y la sociedad volvió a la rutina y la normalidad. Cualquiera habría dicho que hacer las paces con tus enemigos, tenderles la mano y labrar respeto y amistad habría sido un reto enorme y, ciertamente, lo había sido. Para todos ellos. Sin embargo, había acabado siendo la parte fácil de la posguerra.
—¿En San Mungo? —preguntó Harry, notando cómo Parkinson se tensaba a su lado al oír la mención del hospital. Habían acompañado varias veces a la chica y a Malfoy a visitar a Goyle, que había estado internado varios meses en la misma ala que Lockhart—. Pero tus padres son muggles.
—El hospital acoge a muggles víctimas de hechizos así. Ni siquiera saben si es reversible. Es posible que se queden como residentes permanentes, igual que los padres de Neville —explicó Hermione, llorando.
—Hiciste lo que debías —intervino Parkinson de repente—. Ese loco habría hecho lo que fuese para ponerle las manos encima a cualquiera que le pudiera haber acercado a Potter, muggles o no. Fuiste muy valiente, Granger.
—También muy estúpida —sollozó Hermione.
—La estupidez y la valentía van de la mano muchas veces —dijo Nott, que estaba escuchando al otro lado de la mesa. Ron asintió y apretó con fuerza la mano de Hermione, consolándola. Malfoy, que todavía no hablaba por aquella época, se inclinó hacia adelante para darle unas palmadas consoladoras en el brazo a Hermione. Esta le devolvió una mirada llena de gratitud por el gesto.
Tanto Harry como Hermione, perdidos tras abandonar Hogwarts, se habían refugiado en La Madriguera. Al fin y al cabo, los Weasley eran la familia de ambos. Con Harry odiando la idea de vivir solo en Grimmauld Place y Hermione sin ganas de volver al piso vacío de sus padres, había sido la opción fácil. Tras el verano, Ginny y Hermione habían vuelto a Hogwarts y Harry y Ron se habían quedado solos allí.
A veces pensaba que había sido la distancia.
Otras, que una guerra lo cambia todo.
El resto del tiempo intentaba eludir el problema, auto convenciéndose de que todo iba bien.
Harry había sido el primero en romper con Ginny. El verano siguiente, cuando Ginny volvió, Harry se dio cuenta de que ella ya no estaba en sus planes de vida. Había sido divertido ir a verla a Hogsmeade de vez en cuando, pasar las vacaciones juntos en La Madriguera y escaquearse para meterse mano en una casa donde la intimidad brillaba por su ausencia. Sin embargo, por divertido que fuese, no era capaz de quererla como algo más que una amiga. Algo había cambiado dentro de él.
Alargó la situación algunas semanas más, incapaz de enfrentarse a la realidad. Acojonado por perder a la única familia que le quedaba al romper el que se suponía que debía haber sido el enlace más fuerte con los Weasley. Con perspectiva, había sido capaz de ver que lo que había encontrado en Ginny no era lo que él buscaba en ese momento. Había aceptado lo que esta le había dado, dejándose llevar. Finalmente, sabiendo que estaba siendo injusto con ella, se sinceró.
La mirada de alivio de Ginny consoló los miedos de Harry. Fue fácil para ellos retomar sus vidas, sobre todo cuando Harry encontró un pequeño apartamento de un dormitorio en el centro de Londres y se mudó. Todavía siguió yendo a comer todos los domingos algunas semanas, aunque la desilusión de Molly era palpable.
Hermione tardó unas pocas semanas más en romper con Ron. Entre lágrimas, había tomado la decisión y había confrontado a Ron en una tarde de invierno tan gris como sus ánimos. Más tarde, le había contado a Harry que el noviazgo había sido un problema desde el inicio.
—Un sentimiento de euforia no basta para consolidar una relación.
—Fuisteis amigos muchos años —había indicado Harry antes de morderse la lengua.
—Y aun así tuvimos muchos baches. Los superamos, como espero que superemos este y conservemos esa amistad —había dicho Hermione con la voz apagada—. Pero no como pareja. Fue un error que ambos quisimos sostener en el tiempo.
—Es cierto. —La voz ronca de Malfoy los sorprendió a todos. Parkinson reprimió un gritito al oírlo. Theo se levantó de golpe. Luna palmoteó, entusiasmada. Harry y Hermione le felicitaron, emocionados y alegrándose por él—. Weasley también lo acabará viendo. No es un imbécil.
—¿La primera vez que hablas en meses y es para decir que Weasley no es un imbécil? ¿Quién eres tú y qué has hecho con Draco? —preguntó jocosamente Theo, abrazándolo.
Malfoy se dejó hacer unos segundos, complacido, antes de zafarse. Harry miró a Hermione que, entre lágrimas, sonreía tristemente, debatiéndose entre la alegría de oír hablar a Malfoy y la tristeza devastadora de su ruptura. Cuando Parkinson derribó a Malfoy de la silla en su entusiasmo por abrazarle y pegarle al mismo tiempo, todos se rieron a carcajadas liberando la tensión del ambiente menos Hermione, que se sumió en sus pensamientos con un gesto de tristeza.
La amistad entre los tres no había vuelto a ser igual. Harry se había esforzado en mantenerse neutral, pero Ron necesitó tiempo para comprender los hechos y eso los distanció. Sintiéndose como en cuarto, cuando este le había dejado de hablar, Harry intentó tener paciencia, proponiéndose aceptar a Ron de vuelta cuando este estuviese preparado y rezando porque no se hubiera perdido tantas cosas durante aquel tiempo que el vínculo que los unía ya no fuera tan fuerte.
Hermione se había hundido en una depresión. Parkinson afirmaba que había sido esperable.
—Una guerra, masacrar los recuerdos de tus padres, hacerte cargo de ellos, romper con tu pareja, quedarte sin la única familia que te queda…
—Draco dejó de hablar hasta que purgó su dolor —apostilló Luna, asintiendo.
—Tú estuviste tres días durmiendo —dijo Parkinson a Harry—. Ella ha sido fuerte todo el tiempo, aguantando golpe a golpe.
—También es quien nos sostuvo durante todos estos años —confesó Harry, sintiéndose culpable—. Sin ella, habría muerto a los once años. Y no habría sido la única vez. El año en que vagamos por el país, ella fue quien me saco, nos sacó, adelante.
—Ahora es ella quien te necesita a su lado. Todos somos amigos, pero tú eres lo más cercano que le queda a una familia, Potter —intervino Malfoy cáusticamente. Harry hizo una mueca de desagrado. Desde que Malfoy había vuelto a hablar, le resultaba molesto y sus viejas discusiones habían vuelto—. No puedes seguir siendo neutral en esto. Ella ha tomado una decisión lógica y que Weasley debe asimilar por su cuenta. No puede sentirse culpable de haber roto con alguien a quien no amaba de esa manera.
—Ron también es mi amigo —le contradijo Harry inmediatamente, exasperado.
—No he dicho que dejes de hablarle. Sólo que él tiene una red de personas que le cuidan y consuelan. Sus hermanos, sus padres, tú mismo… Granger sólo te tiene a ti. Si la dejas sola ahora, Potter, serás el único responsable de su dolor.
—Malfoy… —dijo Harry en todo en advertencia.
—Además, Weasley y Theo se llevan muy bien de un tiempo a esta parte —dijo Parkinson, mediando entre ellos antes de que estallase otra discusión—. No estamos abandonándole, sólo repartiendo fuerzas.
—¿Y tú a quién apoyarás? —preguntó Harry, curioso a su pesar. No le había parecido nunca que Parkinson tuviese mejor relación con Hermione que con Ron.
—A Granger, por supuesto. Sororidad, Potter. No es la única que ha acabado comprendiendo que no desea casarse con su amigo de infancia —dijo Parkinson, dirigiendo una mirada de entendimiento a Malfoy, que asintió con media sonrisa.
A pesar de todo, los Weasley siguieron siendo su familia. Ginny ayudó mucho a que eso siguiese siendo así. Incluso Hermione volvió a ser invitada a la mesa de Molly en las fechas más importantes cuando Ron por fin consiguió ordenar sus sentimientos y comprender que Hermione había tenido razón. Los tres volvieron a ser amigos, quedaban por su cuenta y fortalecieron poco a poco el vínculo que los unía, intentando obviar las cicatrices que el tiempo les había dejado. También Ron había vuelto al singular grupo que habían formado con los Slytherin a instancias de Theo y estos lo habían acogido sin reservas como a un hijo pródigo.
Quizá, la guerra te cambia tanto que no solo devasta los amores de la adolescencia, sino también sus amistades cuando te haces adulto. Harry tenía la sensación de que se había vuelto un experto en reconstruir y reparar cosas rotas. Agotado, se preguntó si algún día podría dejar de hacerlo.
Aunque Pansy y Harry estuvieron pendientes durante toda la noche de Malfoy y Hermione, estos únicamente se limitaron a hablar. Tres días después, Harry acompañó a Pansy a San Mungo. La chica odiaba el hospital con todas sus fuerzas. Había sido precisamente un día que se encontraron allí cuando todo había comenzado para ellos dos. Harry ya no recordaba para qué había ido él. Sólo le había quedado en la mente la imagen de Pansy sentada en una sala de espera, respirando ahogada y presa de un ataque de ansiedad mientras el resto de las personas que la rodeaban la miraban con desdén. Quizá no había tomado la marca, como Goyle o Malfoy, pero el estigma seguía pesando en ciertos entornos.
Harry se había sentado a su lado, en silencio, sin saber muy bien qué hacer. Alguien, una sanadora, seguramente, por el uniforme, le tendió una bolsa de papel. Harry se la ofreció a su vez a Pansy que sí pareció entender qué debía hacer con ella. Un rato después la chica había conseguido tranquilizarse lo suficiente para respirar con normalidad, pero los restos de lágrimas seguían surcando sus mejillas. Harry le había cogido la mano, apretándola con fuerza, en un intento de consolarla.
—Odio esto —murmuró Pansy cuando salieron de la consulta un rato después. Harry asintió, todavía pensando en el recuerdo de sus manos entrelazadas meses atrás en aquella misma sala de espera.
—¿Quieres que pasemos de ver a Greg? —le ofreció Harry, suponiendo que quizá la chica estaba demasiado agotada para enfrentarse a esa parte de la rutina de visitar San Mungo.
—No, vamos —dijo Pansy, con decisión, cogiéndole la mano y caminando en dirección a los ascensores.
Siempre que iban al hospital, Harry rememoraba aquella primera vez que se habían cogido de las manos. A insistencia de Pansy, había acabado entrando a la consulta con ella con algo de incomodidad y sintiéndose un intruso. Había sido la primera de muchas veces, descubriendo que tenía que asistir regularmente para controlar las consecuencias de una maldición oscura. Harry no sabía su origen ni quién se la había lanzado pero, por la mirada dolida de Pansy, comprendió que en todos los bandos había habido heridas que perduraban en el tiempo.
Una vez descubierto su secreto, Pansy había pedido a Harry que le acompañase de nuevo. Las primeras veces tragándose su orgullo, las siguientes sin necesidad de expresarlo en voz alta. Ambos se habían acostumbrado a pasar tiempo juntos, habían comprendido cómo pensaba el otro; habían dejado que su amistad, hasta entonces distante y cortés, se desarrollase en los cafés y las comidas tras salir del hospital, los largos paseos previos para mentalizarse, las horas de espera en las antesalas de la consulta. El primer beso, semanas después, había acabado siendo casi una consecuencia natural, una guinda al postre de horas y horas compartidas.
Entraron en la sala donde las personas con secuelas psicológicas derivadas de hechizos mágicos pasaban el día inmersos en actividades de ocio y enriquecimiento cultural. Harry dejó que Pansy se adelantara a saludar a Goyle cuando este movió una mano en su dirección y él se detuvo a saludar a los padres de Neville.
—Si seguís trayéndole Droobles, llegará un momento que no le entrarán en el cajón —dijo Greg acercándose con Pansy. Harry le saludó, palmeándole la espalda y observando cómo la madre de Neville guardaba el paquete que acababa de darle en el cajón de su mesilla. Llevar chicles a Alice era una tradición de todo el grupo de amigos—. Últimamente tiene tantos que todos los residentes mascamos chicle todo el día. Lockhart incluso ha aprendido a hacer sus propios globos.
Como para remarcar el momento, una pequeña explosión seguida de una carcajada atrajo su atención hacia Lockhart, que palmoteaba entusiasmado de espaldas a ellos.
—Draco y Granger están con los señores Granger —les informó Greg.
—¿Draco y Hermione? —preguntó Pansy, extrañada.
—Sí, pensaba que por eso estabais aquí.
—Vinimos para una consulta y decidimos pasar a saludarte, como siempre —negó Harry, sonriendo a pesar de todo.
Tuvieron que parar a saludar a Lockhart, aceptar un autógrafo en una de sus fotografías y acceder a mascar uno de los chicles de Alice antes de conseguir llegar al rincón donde Hermione estaba ayudando a su madre a trazar temblorosas líneas en un lienzo mágico. Malfoy estaba a su lado, intercambiando lo que parecían unas tarjetas con el señor Granger.
—¡Harry! ¡Pansy! ¡No sabíamos que vendríais!
—Hola, Hermione —Harry permitió que la chica le abrazase y besase en la mejilla antes de retirarse con un gesto de disculpa y mover la varita para limpiarle las manchas de pintura—. Veo que lo estáis pasando en grande.
—Mamá está haciendo muchos progresos. Estoy segura de que está intentando dibujar la cocina del piso de Liverpool. Y creo que papá recuerda que le gustaba el fútbol y sus jugadores favoritos.
—Hola, Potter. Pansy, ¿podrías sujetar esto, por favor? —dijo Malfoy, dándole un mazo de cartas a Pansy para poder abrir un sobre nuevo.
—¿Qué es? —preguntó Pansy, curiosa.
—Cromos —contestó Greg, sonriente—. Cromos muggles de fútbol: es un deporte muggle que tiene mucho éxito. Es como nuestro quidditch, pero menos emocionante: nadie vuela y sólo hay una pelota.
—Suena aburrido —resopló Pansy, pasando las cartas y observando los diferentes jugadores.
—Yo decía lo mismo, Pans, pero qué va —negó Malfoy, tendiéndole el sobre abierto al señor Granger, que sacó los cromos nuevos con deleite—. ¿Te ha tocado alguno repetido, Wendell? Tienes que intercambiárselos —le indicó a Pansy, que le miró perpleja—. Él te dará los que tenga repetidos y tú tienes que buscar entre los tuyos alguno que él no tenga. No te preocupes, te lo señalará.
—Si conseguimos que recuerden algo tan importante como sus aficiones o donde vivían antes del hechizo de desmemorización, habremos avanzado un gran paso —informó Greg, orgulloso. Cuando Frank le llamó con un ruido desde el otro lado de la sala, se despidió—. Disculpadme, chicos, tengo que seguir con el resto.
Harry le miró alejarse con una sonrisa beatífica en el rostro. Greg había conseguido sobreponerse al síndrome de estrés postraumático en aquella misma sala. El hospital mágico, poco acostumbrado a tratar con casos como el de Greg o el de Malfoy, que no habían sido provocados por hechizos sino por traumas, le había derivado allí en un intento de ayudarle. Malfoy había acabado hablando por sí mismo. A Harry algunas veces le maravillaba que todos ellos tuvieran aquella capacidad de supervivencia que les estaba permitiendo sobreponerse a todas las consecuencias en una sociedad mágica que desconocía las enfermedades mentales y cómo lidiar con ellas.
El día que Greg había abandonado la sala de Janus Thickey había sido una fiesta. Habían acudido todos los amigos con una enorme tarta. Emocionado, Greg había abrazado a todos y cada uno de sus compañeros. Malfoy había puesto una vela gigante con un enorme uno, simbolizando su renacimiento a la vida, la sociedad y el mundo y Greg la había soplado con los ojos brillantes.
—Volveré, os lo prometo —había musitado segundos antes, formulando un deseo.
Cumplió su promesa menos de un año después, tras iniciar estudios de monitor de actividades para personas con necesidades especiales en un centro muggle que Hermione le había ayudado a encontrar. Poco tiempo después, el hospital había visto el potencial de lo que hacía y le había incorporado a su plantilla. Greg no sólo cuidaba de los residentes de Janus Thickey, también trabajaba con ellos mano a mano, ayudándoles a recuperar destrezas, enriqueciendo su día a día y atendiendo sus necesidades emocionales. Todos los del grupo habían acabado utilizando la excusa de pasar a ver a Greg para pasar un rato con los residentes, curiosos por saber el proyecto en el que los había embarcado su monitor. Aquello los había ayudado a sentirse mejor consigo mismos.
—Ayúdame con esto, Draco, ¿quieres? —le pidió Hermione, moviendo la varita para secar el dibujo de su madre instantáneamente.
Malfoy se apresuró a acercarse, descolgando el lienzo del soporte de madera mientras la señora Granger cerraba los botes de pintura y limpiaba los pinceles, canturreando. Harry sintió un pinchazo de desconsuelo al ver que la mujer había vuelto a perder la mirada. Hermione había intentado un par de conjuros y rituales para revertir el obliviate, pero sólo había conseguido crear caos en la mente de ambos. Sabía que eso la seguía haciendo sentirse culpable y pensó, divertido, que parecía mucho más contenta ese día, mientras discutía animadamente con Malfoy, que el resto de veces que la había acompañado a visitar a sus padres.
—¡No podemos colgarlo sin permiso de Greg! —protestó Hermione esbozando, no obstante, una sonrisa alegre.
—¿Quién ha dicho que no? Es la pared de tus padres, ¿no? —refutó Malfoy—. Si Lockhart tiene un muro lleno de retratos de sí mismo con un montón de firmas suyas, tu madre puede poner sus dibujos. A lo mejor podemos encantar la pared para que muestre un lienzo diferente cada vez.
—¿Conoces un hechizo para eso? —preguntó Harry, sorprendido.
—Sí, en casa lo utilizábamos para que yo pudiera decorar mi habitación cuando… —Malfoy se dio cuenta de que todos estaban escuchándole atentamente y se mordió el labio—. Digamos que pintaba mucho de pequeño. Madre colgaba mis dibujos en una de las paredes y la encantaba para que mostrase unos pocos cada vez.
—¿Te ayudo? —ofreció Harry cuando vio que Malfoy peleaba por sostener el lienzo con la mano izquierda y la varita con la derecha. Malfoy asintió y Harry le sujetó el dibujo, observando por el rabillo del ojo que Hermione retrocedía un paso para verlos mejor—. Me alegra que estés aquí, Malfoy —murmuró en voz baja para que sólo le oyese el chico.
—¿Te alegra?
—Con Hermione. Se la ve muy contenta desde que tú y ella…
—¿Qué quieres decir, Potter? —preguntó Malfoy, entrecerrando los ojos y deteniendo la varita junto al lienzo.
—Yo… —Harry se preguntó si habría hablado de más—. Nada, realmente. Sólo que me alegro de que hayas venido con Hermione. Siempre es difícil para ella estar aquí, pero hoy parece… Estar bien.
—¿Sí? —Malfoy miró de reojo a Hermione, que les gritaba que el lienzo estaba torcido y sonrió durante un segundo—. Supongo…
—Sólo era un comentario, Malfoy, no le des más vueltas.
—Tú sí que tienes que darle más vueltas al lienzo, Potter, lo tienes girado. Ponlo recto, por Merlín.
—Eres un picajoso, Malfoy —gruñó Harry, desesperado. Por un momento, había creído entenderse con él, pero invariablemente este acababa siendo un imbécil—. ¿Así mejor?
—Ahora entiendo por qué eras tan buen buscador, todo te da vueltas en la cabeza.
—Gracias por lo de buen buscador, Malfoy —apostilló Harry maliciosamente. Malfoy resopló al verse cazado antes de estallar en una carcajada.
—Idiota…
—Imbécil… —le replicó Harry con soltura y una sonrisa en la cara.
—Sostenlo ahí un momento, hace mucho que no hago el encantamiento y a lo mejor no me sale a la primera —le pidió Draco, poniendo un gesto de concentración.
—Está genial —aprobó Hermione sujetando la mano de su madre, que miraba el lienzo con los ojos emocionados—. ¿Te gusta, mamá? Pondremos todos tus dibujos ahí, ¿te parece?
—Es como magia, hija.
—Sí, justo eso, como magia. Gracias, Draco —murmuró Hermione poniéndose de puntillas para darle un beso en la mejilla. Acto seguido estrechó en un abrazo a Harry también, emocionada.
—Vais a tener que llevarme a ver un partido de fútbol —comentó Pansy, acercándose seguida del señor Granger y examinando todavía los cromos que todavía llevaba en las manos—. Al menos estos están buenorros.
—¿Tienes que ser tan zafia, querida? —se quejó Malfoy.
—Bueno, no se puede decir lo mismo de los cromos de magos y brujas, ¿sabes? No es el adjetivo que utilizaría para describir a Dumbledore, desde luego.
—Yo también tengo un cromo —señaló Harry, intentando contener una carcajada.
—Cierto, lo olvidaba. Entonces sí, cariño: tú también estás buenorro en tu cromo —concedió Pansy, poniendo los ojos en blanco.
—Podemos ir la semana que viene —propuso Hermione—. Al fútbol. Tenía cuatro entradas para ver al Liverpool, pero Greg cree que es pronto para que mis padres tengan una experiencia tan directa. Iremos más adelante, ¿verdad, papá?
—¿Vamos, Harry? —preguntó Pansy.
—No sabía que te interesaba el deporte, ni siquiera el mágico.
—Es porque no me conociste en Hogwarts cuando íbamos a los partidos a ver a Chang y a Diggory enfundados en ese uniforme tan ajustado y que no dejaba nada a la imaginación.
—Vas a ponerme celoso hasta a mí, Pansy —dijo Malfoy—. Yo también jugaba al quidditch de buscador, ¿recuerdas?
—Tú también ibas muy mono, querido. Sólo tenía ojos para ti. —Pansy movió la mano con desdén y todos estallaron en una carcajada, incluidos los padres de Hermione, que no sabían muy bien de qué se reían—. ¿Entonces? ¿Vamos?
—Por mí bien —accedió Harry, percibiendo que a Pansy realmente le apetecía hacerlo—. Admito que nunca he ido a un partido de fútbol muggle.
Unos días después, cuando llegó la fecha del baile benéfico, Harry reconocía que ir al partido había sido buena idea. Pansy había celebrado los goles de ambos equipos, suscitando miradas desagradables a su alrededor, pero Harry había invocado un muffliato para poder tener algo de privacidad. Malfoy había tenido razón, el fútbol muggle era más divertido de lo que parecía a priori. Pronto, imbuido por el ambiente festivo del evento, estaban los cuatro gritando, riendo y criticando al árbitro.
—¿Pero por qué lo anula? —se desesperó Harry ante el pitido del silbato.
—Es fuera de juego, Potter. Debiste haberte leído las reglas antes de venir, Circe bendita.
—Me he criado entre muggles, Malfoy, sé lo que es el fútbol. —Malfoy lo retó con la mirada hasta que Harry se rindió, provocando otra carcajada en Hermione, que volvía a parecer más feliz de lo que había estado en muchas semanas—. Está bien, explícamelo, por favor. —Malfoy lo hizo. Ante el desconcierto de Harry, volvió a hacerlo—. Es una norma absurda. ¿Cómo lo saben?
—El árbitro de línea es el que lo dice, Potter.
—No sé todavía si lo he entendido del todo. Sería incapaz de repetirlo por mí mismo —admitió Harry.
—No te preocupes, a mí también me costó entenderlo.
—Papá se lo tuvo que explicar tres veces cuando Draco lo leyó en su manual sobre fútbol —dijo Hermione en tono conspirativo.
—¡Hermione! —protestó Malfoy.
—¿Un libro de fútbol?
—Un manual para entender de qué hablaba Wendell —explicó escuetamente Malfoy.
—Dios, a veces me siento como si yo fuese el sangre pura y tú el de origen muggle —lamentó Potter.
—Los tiempos cambian, Harry —dijo Malfoy, triunfante, desconcertándole durante unos segundos.
—Sí que cambian, sí. Draco —añadió, titubeando ante la confianza con que el otro chico había dicho su nombre—. Para bien, afortunadamente. —Draco esbozó una sonrisa de lado, volviéndose hacia el campo de juego y gritándole algo al árbitro. Hermione, sentada entre ambos, les cogió las manos a ambos y les dio un apretón agradecido. Harry se lo devolvió, alegrándose por su amiga.
Cuando el partido acabó se dejaron arrastrar por la multitud que ansiaba abandonar el estadio. Pansy, que iba de la mano de Harry, tiró de este hacia atrás indicándole con la mirada a Hermione y Draco, que iban un poco por delante de ellos, muy juntos, intentando esquivar a la gente. Hermione no había soltado la mano de Draco y este había entrelazado sus dedos con los de ella en un agarre más íntimo. Harry había sonreído, feliz por ellos, y había mirado a Pansy, que le había devuelto una sonrisa similar antes de darle un suave beso en los labios y apresurarse para no perderlos de vista.
La sala que el Ministerio había habilitado estaba atestada. Harry y Pansy habían optado por no llegar demasiado temprano para prevenir que la prensa les acaparase, pero el truco no había funcionado. Cuando consiguieron librarse de los periodistas, se acercaron a Luna y Ginny que estaban junto a una de las mesas donde había bebidas y canapés servidos.
—Hola Luna, hola Ginny. ¿Qué tal estáis? —preguntó Harry olfateando el vaso de ponche que Luna le ofrecía.
—No lleva alcohol, no te preocupes —le aseguró Luna con voz soñadora.
—Mejor —gruñó Harry, mirando con desconfianza a los reporteros que había por toda la sala.
Harry hubiera elegido no ir. Pansy le hubiera secundado, estaba seguro, pero no podían ser los únicos del grupo que no asistiesen a la fiesta de recaudación de fondos para el nuevo departamento de Salud Mental de San Mungo. Además, estar allí era una forma de apoyar a Greg.
—Por un momento pensé que no veníais —dijo Ginny, tendiendo otro vaso a Pansy, que lo aceptó con una sonrisa—. Si no sois los últimos, poco le habrá faltado.
—No podíamos no venir. No podemos dejar a Greg sólo en esto, ¿no?
—Está por allí —indicó Luna, señalando con el dedo hacia la tribuna de honor—. Han venido los padres de Hermione y Neville. Hasta Lockhart me ha firmado un autógrafo.
—¿Ron ha venido también? —preguntó Harry a Ginny, que asintió.
—Anda en alguna parte, tramando algo con Theo.
—Me alegro. Vamos a ver si lo encontramos.
Habían pasado varias semanas desde el partido de fútbol. Era sorprendente cuánto podían cambiar las cosas en uno. Ron había vuelto a unirse a las últimas actividades del grupo, acompañando a Theo. La mirada herida había desaparecido de su rostro, aunque su primer encuentro con Hermione había sido incómodo.
—No te molesta, ¿verdad? —preguntó Harry a Pansy cuando empezaron a vagar por la sala, saludando a quienes les abordaban, intentando deshacerse rápidamente de ellos.
—Harry, es tu amigo.
—Pensaba que creías que era un capullo.
—Que se estaba comportando como un capullo —matizó Pansy—. Y lo sostengo. Pero hasta un Weasley puede cambiar, ¿no?
—Él siempre regresa. A veces la lía así, pero al final hace lo correcto.
—Gryffindors… —suspiró Pansy, exasperada.
Su búsqueda se vio interrumpida cuando el ministro tomó la palabra, agradeciendo a todo el mundo su presencia allí. Pronto, la gente se movió de los laterales de la sala al centro, bailando al son de la música.
—¿Vas a querer bailar? —preguntó Harry, preocupado, dándose cuenta de que había obviado el detalle de que aquella fiesta incluía un baile.
—Estaría bien —dijo Pansy con media sonrisa maliciosa—. Pero no te preocupes, podemos simplemente abrazarnos y dejarnos mecer al sonido de la música, no quiero llegar a casa con los pies destrozados.
—Es cierto que no bailo muy bien —admitió Harry.
—No hace falta que lo jures, te vi en cuarto.
—Me mirabas mucho, tú, ¿no?
—No seas engreído, Potter —advirtió Pansy, siguiéndole la broma.
—Voy a empezar a sospechar que la grada de Slytherin me animaba secretamente por la forma de mi culo bajo el uniforme de Gryffindor —bromeó Harry con una carcajada, sujetando a Pansy y, como había dicho ella, dejándose mecer por la música.
—¿No vas a dejarlo pasar nunca?
—No.
—Entonces tendré que enseñarte a que des algún paso de baile decente —dijo Pansy, poniendo los ojos en blanco—. Hermione sí sabe bailar, mira.
—Sí, la recuerdo en el baile de navidad.
—Con Krum. A ella sí que la envidiamos, ¿sabes? —dijo Pansy.
Ambos se detuvieron contemplando a la pareja deslizarse entre las personas con agilidad y elegancia. Harry pensó que Hermione se veía tan brillante como aquella noche de años atrás cuando había bailado con Krum, espléndida en su vestido azul, y se preguntó cómo habría sido si hubiese bailado con Draco en aquella ocasión.
—Venga, Harry, te aseguro que no es difícil, sólo déjate llevar. Y no mires al suelo —dijo Pansy, distrayéndole e intentando guiarle.
—¿Crees que salen juntos ya?
—¿Draco y Hermione? —Harry asintió. Pansy se encogió de hombros—. No. Draco me lo habría dicho. Para él será muy importante hacerlo, sólo hay que ver cómo la mira.
—Hacía meses que no veía a Hermione tan... radiante.
—¿Feliz?
—Sí.
—Si vemos que de aquí a un par de semanas siguen haciendo el idiota, podemos planear algo para darles un empujón —propuso maliciosamente Pansy.
—No seas malvada. Deja que las cosas sean como tengan que ser. —La canción terminó Pansy le cogió del brazo, arrastrándole fuera de la pista de baila—. Bueno, hemos bebido y hemos bailado.
—Ni te atrevas a decir que es hora de irnos, Harry.
—No iba a decirlo —se defendió, sonrojándose—. Es sólo que no sé qué se hace ahora.
—Vamos a ver el mercado solidario, anda… A lo mejor Weasley y Theo están por ahí, había un stand de Sortilegios Weasley.
Diferentes comercios y personas habían ofrecido sus productos y servicios de manera solidaria. Diversos carteles anunciaban que los beneficios irían al servicio de Salud Mental recién inaugurado. Harry divisó a George vendiendo algunos de sus artículos de broma, pero Ron no estaba con él. Se detuvo para comprar algunas golosinas de Honeydukes y Pansy colaboró comprando bisutería mágica en otro de los puestos.
—¿Queréis vuestro retrato, Harry? —preguntó Seamus cuando llegaron a su altura.
—¿Has abierto un negocio de pintura? —Harry estaba extrañado. Seamus siempre había tenido mucho talento para el dibujo, pero no recordaba que hubiera orientado su carrera profesional por ahí.
—No. Pero pensé que sería buena idea y que la gente estaría dispuesta a pagar un par de galeones por algunos esbozos suyos en la fiesta y al Ministerio le pareció buena idea.
—Son muy buenos, Finnigan —aprobó Pansy, observando los que ya estaban hechos, amontonados sobre la mesa.
—Son sólo bocetos muggles a carboncillo —dijo Seamus, encogiéndose de hombros—. Vosotros estáis aquí.
—¿Has dibujado a todos los invitados? —Harry y Pansy observaron el dibujo de ambos, con un vaso en la mano. Seamus debía de haberlos captado poco después de entrar. Harry se llevó la mano a la coronilla, comprobando que, efectivamente, el mechón rebelde del dibujo también estaba en su cabeza—. Menudo trabajo.
—Estoy en ello. Pensé que así la gente colaboraría más. Como los dibujos no están encantados, ni se mueven ni nada, no tardo mucho. Y creí que, si está hecho, es más fácil que la gente quiera comprar el suyo.
—Nos lo llevamos, faltaría más —dijo Harry, buscando galeones sueltos en su bolsillo. Seamus tocó el pergamino con la varita, envolviéndolo en papel de estraza
—Quiero llevarme también este —dijo Pansy, señalando otro de los que estaba mirando.
Harry observó por encima del hombro de Pansy. La chica cogió el dibujo en sus manos. Hermione y Draco bailaban. Seamus había dejado de dibujar al llegar a la cintura y sus ropas se iban perdiendo en la parte inferior del pergamino en líneas esquemáticas, pero sus hombros y rostros sí estaban detallados. Draco sonreía levemente, mirando a Hermione con felicidad. Seamus había conseguido captar la chispa de ilusión con la que brillaban sus ojos. Su brazo se desdibujaba al sujetar la cintura de Hermione, pero la mano de esta sí estaba nítida en el hombro de él. Hermione alzaba la mirada, sonriendo ampliamente, su nariz a escasos centímetros de la de Draco, en un gesto de alegría sincera que Harry no recordaba haberla visto desde los tiempos de Hogwarts.
—Es casi como si estuviesen a punto de besarse —susurró Harry, ensimismado en el dibujo, acercando uno de los dedos a la mejilla de Hermione, pero sin llegar a tocarlo para no emborronarlo.
—Eso mismo pensé yo —admitió Seamus, avergonzado—. Por eso los capté en ese momento. Parecían tan felices los dos que me pareció que querrían ese recuerdo.
—Lo querrán —asintió Pansy, determinada, sacando varios galeones para pagarlo—. Hazles alguno más, seguro que te lo compran ellos, pero este se lo regalaré yo. Finnigan, algún día este dibujo adornará la repisa de una chimenea, estoy segura.
—¡Harry!
Volviéndose, Harry vio a Ron y a Theo acercándose a ellos con grandes zancadas, esquivando al resto de invitados con habilidad.
—Os hemos buscado por todas partes —dijo Harry, recibiéndole con una sonrisa.
—Lo siento, tío. Estábamos en la terraza. Sortilegios Weasley ha preparado una sorpresa.
—¿Fuegos artificiales? —Ron asintió, entusiasmado—. Previsible —bromeó Harry.
—Ya veremos si dices lo mismo cuando los veas, ¿verdad, Theo?
—Aham —asintió este, que estaba fijándose en el dibujo de Draco y Hermione que Pansy todavía tenía en las manos—. Es magnífico. ¿Quién lo ha hecho?
—Finnigan —empezó a explicar Pansy, pero Harry perdió el hilo, fijándose en Ron, que también observaba el dibujo con gesto serio.
—Supongo que es genial que haya encontrado alguien a quien mirar así —dijo Ron al cabo de un rato, con la voz ahogada.
—Ron…
—Me alegro por ella de veras, Harry. Se merece ser feliz. Nos merecemos ser felices.
—Es genial que lo veas así. —Ron pasó el brazo por los hombros de Harry en un gesto de camaradería, sonriendo con los labios apretados.
—La única manera de verlo. Id adelantándoos a la terraza, tiraremos los fuegos cuando el ministro dé la señal. Voy a ver qué tal le va a George.
—Ok, Ron. Nos vemos luego, Theo —se despidieron Harry y Pansy.
Salieron a la terraza, pero se detuvieron al oír el murmullo de una conversación. Las luces del exterior estaban apagadas, preparado ya todo para el espectáculo pirotécnico, pero la terraza todavía parecía desierta. Harry, curioso, oteó a su alrededor. Sonrió cuando identificó el pelo alborotado de Hermione y la figura alta y estilizada de Draco. Tiró de Pansy a un lado, buscando no molestarlos, pero esta, que también los había visto, se negó a moverse, indicándole silencio.
Amparados por la oscuridad, Harry entrecerró los ojos, tratando de acostumbrarlos a la escasez de luz. Draco acariciaba la mejilla de Hermione, que giraba la cara hacia su mano como un gato en busca de mimos. Sentándose en el pretil, Harry atrajo a Pansy hacia sí, abrazándola por la cintura. Esta se dejó hacer, desviando la mirada de la otra pareja y mirando hacia el cielo estrellado. Satisfecho con la vida, Harry suspiró inaudiblemente.
Un sonido húmedo hizo que volviese a prestar atención a Draco y Hermione. Ambos estaban besándose despacio, ignorantes todavía de su presencia. Harry ensanchó aún más la sonrisa. Durante los siguientes minutos, vigiló a través de la cristalera de la puerta, observando el movimiento de la gente de la sala, suponiendo que Draco y Hermione no querrían ver su momento interrumpido por un puñado de reporteros. Pansy, sentada sobre sus piernas, le acariciaba las manos relajadamente. Cuando vio que el Ministro tomaba la palabra, Harry carraspeó con fuerza.
—En unos minutos, esto va a llenarse de gente que quiere ver un espectáculo. Pirotécnico —matizó, burlón.
—Joder, Potter, ¿cuánto tiempo llevas ahí? ¿Pansy? —dijo Draco, sobresaltándose. Hermione se puso colorada y bajó la vista, tímida.
—Hola Draco, hola Hermione —saludo Pansy, descaradamente.
—Tengo que enseñarte un par de hechizos de detección, Draco —señaló Harry, pasándoselo en grande—. Son muy eficaces.
—Vete a la mierda, Harry —masculló Draco, devolviéndole la pulla con una sonrisa.
Draco y Hermione se acercaron a ellos, agarrados de la mano. La puerta de la terraza se abrió y empezó a salir la gente, llenando el aire de bullicio y conversaciones, pero los cuatro permanecieron juntos.
—Gracias por el aviso, supongo.
—No creo que deseaseis ser portada mañana —dijo Harry, encogiéndose de hombros. Hermione le abrazó con su mano libre, agradecida.
Los primeros fuegos artificiales estallaron con fuerza en multitud de colores, formas y sonidos. Harry miró a su alrededor. Theo ayudaba a George y Ron con los hechizos necesarios para el espectáculo. Luna y Ginny, muy juntas, observaban con la boca abierta, mirando al cielo. Goyle, unos pasos más allá, encabezaba orgulloso a los residentes de Janus Thickey, que palmoteaban entusiasmados. Hermione estaba todavía sonrojada, pero tenía una sonrisa pletórica en el rostro. Draco desvió la mirada lo justo para depositar un beso en su cabeza. Al sentirse observado miró a Harry, que le sonrió. Draco asintió y volvió a centrar su atención en los fuegos.
Harry estrechó más a Pansy entre sus brazos, que se estremeció y se acurrucó en su regazo, complacida.
La guerra lo cambiaba todo pero Harry, por fin, sintió que no debía ayudar a reparar sus secuelas. La capacidad de sanar del ser humano era mucho mayor de lo que parecía a simple vista. Todos tenían heridas y todos habían conseguido sanarlas en mayor o menor medida a través del amor. Amores nuevos por explorar con personas con quienes no habían imaginado. Amor hacia una vocación y un grupo de personas que necesitaban ser amadas y respetadas de corazón. Amistades que se sostenían con firmeza, superando los baches.
Cuando el último cohete explotó, triunfal, Harry se unió al aplauso general, feliz.
