Work Text:
Quizás la peor forma de comenzar una fiesta, sobre todo una organizada en ese agujero llamado Spooky High, era con una competencia de bebidas alcohólicas. ¿Por qué, en una fiesta escolar, tendrían barra siquiera? ¿Tan seguros estaban de que sus alumnos rezagados estaban años cursando? De todas formas, así estaba comenzando para Damien. Y cuando tu rival se trataba de Dahlia, era una muy mala idea decir que no. O, en su lógica, una excelente idea decir que sí. Ni siquiera fue necesario elegir el trago, partieron con shots de inmediato, incluso ante la pregunta de Scott, quien participaba también, por supuesto. ¿Importaba, para Damien, sabiendo que iba a ganar? ¿Aunque era imposible contra dos pesos pesados? Por supuesto que no.
Ahora el gimnasio completo parecía ser el doble, el triple de grande. El suelo se movía, y Juan hacía mucho que sospechosamente tomaba notas de cómo reaccionaban a lo que tomaban. Scott había comenzado feliz de competir, pero a estas alturas miraba sobre su hombro cada tanto, perdiéndose en las luces danzantes de la pista de baile. De hecho, cuando Damien lo miraba, se le hacía cada vez más apetecible pararse e ir allá, a moverse, a soltar energía, quizás dar vuelta una mesa (preferiblemente la de Liam). La competencia había perdido todo sentido en ese nivel de ebriedad, y no ayudaba que Dahlia seguía impenetrable y lúcida como si el alcohol le resbalara. Tal vez Damien debió comer algo antes de comenzar.
“Pues, a la mierda con esto. Yo quiero bailar.” Gruñó, dejando su vaso vacío a un lado y haciendo una seña a Juan para que no lo rellanara. Dahlia golpeó el propio, también vacío, contra la mesa, quebrándolo en el proceso. Con una carcajada, casi le dejó sordo. “Sí, sí, como sea… Tomar lento. El viejo truco. Como si fuese un maldito imbécil, Dahlia.”
“¡He bebido el doble!” Dahlia exclamó. Y era cierto, con la evidencia de muchos vasos trizados a su alrededor. Juan solo miraba, lamiendo su pata, mientras el príncipe del infierno se levantaba y empujaba la barra que lamentablemente no se volteaba tan fácilmente.
“¡Y dije que me voy a bailar! ¡Vete a la mierda!” Sonaba considerablemente menos agresivo cuando la ebriedad arruinaba su pronunciación, así que Dahlia volvió a reírse nada más, pidiendo más alcohol a Juan. Scott levantó la cabeza, despertando del trance en el que aparentemente estaba, vaso a la mitad.
“¿Competencia de baile?” Sus ojos parecieron brillar. Damien solo se fue con las manos en los bolsillos, murmurando para sí, y Scott lo siguió entusiasmado. “¡Damien, hermano! ¡Esta vez sí planeo ganar! ¡Dahlia ni siquiera vino, y no estar en la competencia seguro hace más probable que pierda!”
Lógica irrebatible.
“Me importa un carajo, Scott. Yo solo quiero bailar.” Damien dijo, entre dientes, cambiando el tono cuando observó la cola emocionada de su amigo. “Pero sí, como sea, compitamos.”
“¡Vamos a arrasar!”
A un lado, muchos monstruos compartían en el sector de las mesas, con la barra de comestibles al fondo. Al otro, se extendía la pista de baile, luces danzantes y bajas en toda la zona. El gimnasio completo estaba más oscuro, o tal vez era el alcohol que hacía todo más… surreal. Su primera idea fue buscar algún compañero, algún amigo al cual unírsele y solo moverse, y pilló primero la mesa de Liam (intacta, lamentablemente) con Polly y Vicky a cada lado. Parecían llevar tiempo ahí, riendo fuerte y hablando más fuerte aún por encima de la música.
“¡Chicos guapos a la deriva! ¿Se unen a la fiesta al fin?” La fantasma prácticamente se subió a la mesa a gatas, vaso en mano. “A ver si conseguimos que Liam vaya a bailar también.”
“Bailar temprano es tan… básico.” Murmuró Liam, con su espacio personal completamente invadido por una Vicky que solo asentía mientras bebía. Damien vio la escena con un poco de asco, o quizás era el mareo, no estaba seguro. Sentarse a seguir bebiendo no le apetecía en lo más mínimo, así que negó con la cabeza.
“¿Alguien está bailando ya? ¿Qué puta fiesta sería si no estamos nosotros?”
“Nosotras quizás vayamos al rato, con Liam. Es el desafío de esta noche.” Polly le cerró un ojo, y un exagerado suspiro salió del vampiro. “Vayan ustedes antes y entibien la pista, ¡seguro y se les unen!”
“¡Liam, tú vas a bailar con nosotras!” Vicky, evidentemente intoxicada ya, jaló del brazo de Liam y derramó un poco de su bebida. El vampiro solamente bebió en silencio de la propia, mirando que las gotas al menos no le arruinasen la ropa. “¡Estoy segura…!”
“Bueno, sigan en lo suyo, supongo. Mesita de perdedores.” Damien dio una sonrisa de lado, despidiéndose con un gesto de la mano cuando Polly le mostró la lengua. Vicky negó con la cabeza, el gesto exagerado y torpe, pelo golpeando a un Liam molesto.
“¡Les esperamos!” Scott se despidió mientras ya se marchaba de vuelta a las luces de la pista de baile, algo distraído cuando las veía pasar por el suelo. Damien le siguió, antojándose de la risa cuando su amigo no se aguantaba y comenzaba a perseguir dichas luces. Antojado era poco decir, de todas formas, cuando estaba doblándose de la risa en carcajadas. La vida simplemente se percibía distinta con tantos tragos encima.
Para suerte del par, muy en frío como para entrar a la masa de gente bailando, alguien ya les había avistado. Amira, en la misión autoimpuesta de que absolutamente todos debían terminar juntos en la pista de baile, les acechaba. Había tenido pésima suerte logrando que Calculester y Oz salieran de su asiento muy cómodos observando el baile, y cuando fue por su querida Vicky la pilló con una misión impuesta por Polly. Válido, con tal de que terminaran bailando, tarde o temprano. Por otro lado, sabía que Brian había logrado sacar a bailar a quien pensaba jamás aceptaría, Vera, y ahora se perdían entre los otros monstruos bailando. De hecho, los había perdido de vista. Pero, estos dos… presa fácil.
En una cosa de minutos, a la multitud se metieron, arrastrados. Demasiado ebrios como para preocuparse de algo que no fuese caerse.
Con la música fuerte y las luces danzando, se fueron uniendo más monstruos a medida que pasaba la hora. Damien logró, en un momento, dar vuelta una mesa que estaba muy cerca, ya que, a su parecer, ‘faltaba más espacio para bailar’. Scott sudaba y olvidaba hasta cómo bailar, fingiendo que se sabía la letra a canciones pegajosas que tenían a todos subiendo la temperatura. Incluso cuando Amira se desapareció, el par siguió entre ellos, suficientemente prendidos con la multitud a su alrededor. Inclusive las reconocidas brujas de la escuela aparecieron, no para detener un mal mayor, sino para ampliar su círculo con Valerie y una Aaravi jalada que parecía no saber dónde estaba parada. ¿Y qué hacía ahí, sin asesinar monstruos? Entre las garras de la gata y la presión de las brujas, no le quedó de otra que comenzar a bailar, para alegría de quienes le rodeaban.
Con el ambiente caldeado, Damien estaba (por suerte no literalmente) en llamas. Ahora sí tenían un grupo grande, ahora sí sentía que se desquitaba bailando, pero algo faltaba. Había avistado a Calculester sacando fotos, al fin uniéndose probablemente por empuje de Amira, quien ahora se ocupaba de bailar con Miranda. Una danza elegante y demasiado tradicional para un reggaetón puerco. Ya no tenía fe de Polly y Vicky, si no las veía ya era porque algo había sucedido en esa mesa. Fue chequeando con la mirada, saltándose a Brian y Vera tomándose demasiado en serio el decir ‘hasta abajo’, y lo vio. En un pequeño espacio entre la gente que se mecía, todavía sentado, estaba Oz, como si tuviera derecho a no estar bailando, a no estar pegado sudando con el resto. Damien no sabía si el otro siquiera sudaba (tenía la idea que no, por las veces donde habían terminado en otros momentos calientes…) pero le parecía un insulto que no estuviese con sus compañeros aferrado a un culo y dejando todo en la pista. Inexplicablemente enojado, se abrió el paso entre la gente, y tapó la visual del otro para mirarle con odio desde arriba.
Oz miró hacia el lado, un silencioso ‘auxilio’ en sus ojos. Ya no estaba Cal para conversarle, para que el robot negociara por qué estaban bien ahí observando y por qué deberían dejarlos tranquilos. Y Damien claramente venía con algo en mente.
“¿Vas a bailar conmigo?” El demonio ni cambió el rostro al decirlo. Desde arriba, parecía un depredador mirando a su próxima presa, y así se sentía, la verdad. Dentro de él, tenía que sacar al otro, porque una maldita fiesta no era hasta que todos, todos estuviesen dándolo todo. ¿Además, qué se creía Oz? ¿Que podía arrancarse, después de los encontrones que habían tenido? ¿Cómo es que no lo había invitado él primero a bailar? Los niveles de irritación subían. Oz podía sentirlo, pero más que asustarse, no sabía explicar que simplemente prefirió la comodidad de observar. Estaba interesante el ambiente para conversarlo al día siguiente, y quería estar lúcido para recordarlo.
“Quizás después. Estoy en frío.” Se defendió, y honestamente, apenas había bebido una cerveza con Cal. Damien entrecerró los ojos, evidentemente sin ganas de tolerar su mierda. Le escuchó hacer un sonido, indignado, y le vio irse directo a la barra con paso rápido y decidido.
Oh, no.
Cuando el demonio volvió, era con dos vasos y una sonrisita mostrando dientes afilados. Oz no podía reconocer el trago, pero tenía que admitir que sí hacía sed y tenía suficiente curiosidad como para probarlo. Esa curiosidad algún día le dejaría en el infierno, quizás literalmente. Damien se sentó a su lado, y le clavó ojos intensos, ofreciéndole uno de los vasos. Alzó el propio, manteniendo la sonrisita, aunque emanaba la misma energía de antes. Aún con esa presión encima, Oz agradecía que nadie estaba obligándolo al menos. Además, el trago se veía positivamente dulce. Su favorito.
“¿A las tres?” Damien le dio un codazo, moviéndolo más de lo que un gesto amistoso debería. Oz recuperó la compostura, mirando el vaso, y mirando luego la pista de baile frente a él. Bueno, era mejor ahora que nunca. Un solo vaso no le haría daño.
“A las tres.”
Muy bien, la bebida había quemado un poco bajando, y Oz tuvo que pausar por no poder bajárselo de un solo trago. Damien a su lado parecía confiado y orgulloso de no bajar el vaso y beber todo rápidamente. Y bueno, después de lo anterior, todo pasaba considerablemente más fácil. Cuando vio el vaso al fin vacío entre sus manos, Oz se sentía efectivamente más tibio, y se preguntó qué clase de preparaciones estaba probando Juan con ellos. Bajo la mirada insistente del otro, que se estaba volviendo un poco invasiva, se puso de pie, armado con un poco más de valor. Si iban a hacerlo, pues, a hacerlo. Damien se levantó de un salto, sonrisa diabólica en su rostro mientras le agarraba de la mano para llevárselo de vuelta al centro de la multitud, donde había dejado a todos bailando.
Se habrían perdido un par de canciones, pero ahora la música era candela pura. Hasta Amira había logrado bailar más pegada a Miranda, cantándole letras no muy apropiadas mientras la princesa se lucía en pasos inspirados. Las brujas tenían a Valerie luciéndose en el centro del círculo, gritando la letra con vaso en mano, y se veía interesante para unírseles, pero Damien tenía otros planes. En el lugar perfecto entre monstruos, agarró a Oz por la cintura, ojos entrecerrados para suavizar un poco una expresión tanto maniaca de la mera emoción consumiéndole de al fin poder bailar con alguien en pareja. Oz se dejó, sin miedo, ajustándose a la pose cercana mientras comenzaba a mover el cuerpo. Había pensado que sería algo vergonzoso exponerse de esa forma, pero todos estaban inmersos en sus propios mundos y compartiendo lo mismo, así que la vergüenza se iba por la ventana. Quizás volvía solamente cuando la pesadilla en su hombro se escapaba, al Damien querer abrazarle más cerca y acercar el rostro ahí, a su oído.
“Ahora si es una buena fiesta.” Le dijo, y Oz se sintió halagado, soltando el cuerpo un poco más para seguir el de Damien. Escuchó aullidos y gritos cuando partió la próxima canción, un ritmo más rápido y pegajoso, y sintió las manos de Damien tensándose en su cintura. No supo si era lo bebido o solo el contagio y la curiosidad, pero finalmente llevó sus propias manos a los hombros del otro, a afirmarse de sus movimientos para seguirlos mejor. Damien se lo tomó con otra sonrisa que mostraba dientes y se atrevió a tomarle esta vez por las caderas, ambos meciéndose rápido y comenzando a girar lento, caderas siguiendo el ritmo veloz y cada vez más pegadas.
La próxima canción se sintió más lenta, más profunda, aunque igual de intensa. Las parejas de monstruos se apegaron, levantando brazos, manos en cabellos, tentáculos y otros abrazando a sus elegidos. En el círculo de las brujas era el turno de Zoe, divirtiéndose completamente sobria mientras Valerie le rapeaba las letras de la canción y el círculo bailaba y aplaudía cada tanto a su alrededor para subirle a las ganas. Brian y Vera seguían lejos, perdidos, compartiendo besos cómplices y apasionados en su propio mundo, sin importar si alguien a su alrededor les veía, y Calculester fue suficientemente discreto como para no tomar fotografía de eso, con un <3 en su monitor al verles. Oz, por su lado, se contagiaba cada vez más de la música y, por qué no, del cuerpo del otro que se sentía más caliente de lo que debería estar. No se había imaginado a sí mismo en pareja bailando, ni había pensado atreverse a preguntar, pero Damien estaba siendo la pareja perfecta para esa noche. Sintió, en un momento, una cola juguetona girando alrededor de su muslo, sin apretar, probando, preguntando. Pegándose más, piernas separadas para seguir bailando, rodeó al otro por el cuello en un silencioso ‘sí’, porque quería seguir yendo por la ruta que iban. Innegablemente interesante, y nunca aprendería que la curiosidad mató al gato.
“¿Por qué mierda no bailaste de antes, Oz?” Damien sonó hasta ofendido en su oído, todavía indignado de que el otro no le hubiera elegido para bailar. Era su ego hablando junto con el placer de poder bailar tan pegado al otro. ¿Acaso no pensó en lo jodidamente divertido que sería? ¿En que Damien era obviamente la mejor pareja para elegir? Ignoraba la timidez del otro y le abrazó con más fuerza, posesivo, con el rostro queriendo hundirse en el cuello del otro. “Yo te habría dicho que sí, pedazo de idiota.”
Aunque no era un gesto visible, Oz sonrió para sí. Había algo inicialmente tibio dentro de él que estaba subiendo de temperatura rápidamente, y las palabras del otro estaban ayudándolo. Sonaba tan indignado que le llegaba a enternecer, sin intimidarse en lo más mínimo, quizás por el alcohol, quizás por una valentía repentina e infundada. Se atrevió a esconder el rostro contra el cuello del otro, apreciando que se agachaba para bailar a mejor altura con él, y dejó salir una risita que hizo subir inmediatamente la temperatura en el cuerpo de Damien. Apostaría dinero a que se había sonrojado.
“Ya estamos aquí, ¿no?” Dijo Oz, con voz suave, casi imperceptible con el volumen de la música. Con la cercanía, Damien escuchó perfecto, y bajó su tensión, pero no su agarre. Al contrario, Oz pudo sentir la boca del otro pasar por su cuello, y un escalofrío le recorrió la espalda. Ya ni estaba pensando hasta donde escalaría aquello, porque estaba haciéndolo, estaba hundido con todos los demás monstruos, al fin. Ladeó la cabeza, aceptando el silencio del otro, la respuesta viniendo en forma de besos primero suaves en su cuello, de a poco subiendo a más intensos mientras se apegaban más con la canción que seguía. La multitud pareció bajar la velocidad, las luces bailaron más lento, y pudieron hundirse en su propio mundo.
Un DJ a todas luces demoniaco manejaba perfectamente el ritmo de los jóvenes que hervían en la pista. Casi todas las parejas ya habían partido con los besos, con los toqueteos, y la mesa de Liam no era la excepción, para disgusto del individualismo del vampiro, aunque no parecía para nada molesto con Vicky sentada en su regazo mientras besaba a una Polly montada en la mesa. Aprovechaba de dejar caricias en la chica encima de él, sintiéndola moverse hacia atrás contra su cuerpo, Polly sonriendo y dando risitas mientras hacía presión y gateaba hasta la orilla, a que se pegasen más, a que el rostro de Liam se asomara por sobre el hombro de Vicky. Compartieron una mirada cómplice, encendida, y Vicky se quejó largo cuando los besos pararon. Solo para partir a turnarse entre besar a Polly y a Liam cuando miraba hacia atrás.
Solo por excepción y para seguir la fiesta, el círculo de brujas permitió que Scott estuviese al medio, sobreexcitado de tener toda la atención y dando lo mejor de sí para impresionar a su público. Hubo un par de risitas de Hope, y Joy le dio una mirada aplaudiendo para ayudar a seguir emocionando a Scott, prendiendo el show exclusivo para ellas. Zoe gritaba, mano y tentáculos hacia el cielo cuando el hombre lobo aprendía al fin a menear las caderas. Valerie le acompañó en eso, haciendo porras para el autodeclarado campeón de la competencia (inexistente) de baile.
Aunque solo fueron un par de canciones, los ánimos iban a su peak. Cada vez más apretados, con la típica euforia cada vez que partía una canción, las parejas terminaban entrelazándose y mezclándose. Damien y Oz no eran la excepción, el demonio ardiendo por dentro, más que emocionado de tener el contacto físico que tanto deseaba. Y con Oz, al fin, ¿quién mejor que con quien habías tenido roces y encontrones previos? De solo recordarlo parecía que le subía la temperatura, en un momento frustrándose y separándose un poco solo para responder la pregunta en el rostro de Oz al girarlo, abrazándolo por detrás, un gruñido escapándosele cuando le volvió a poner las manos en las caderas, pegándolas a las propias a que se mecieren al mismo vaivén. Oz, de haber podido, habría terminado sonrojado hasta las orejas. Era… interesante, por decir lo menos, y estaba notando cierta animosidad en Damien que se volvía algo específica y reminiscente de otros momentos. Conclusión: el otro estaba caliente, volviendo a atacar su cuello, subiendo hasta su oreja para morderle el lóbulo, con la suficiente consideración de no arrancárselo. Nuevamente esa tibieza le recorrió el cuerpo, entregado completamente a los ataques del otro, manos yendo a las del demonio, a cubrirlas mientras echaba la cabeza hacia atrás, para apegarse hacia atrás contra él, pecho con espalda, caderas pegadas. El DJ sabía muy bien lo que hacía, pensó, sintiendo lo delicioso de los movimientos del otro, comenzando a prender un horno (que en su caso, no existía) dentro de él. ¿Hasta dónde planeaban llegar siquiera…? Algo en él moría de ganas de saberlo, de averiguarlo, de seguir por esa ruta viciosa. Damien había demostrado ser una sorpresa, algo espontáneo y explosivo en su vida, y este momento no estaba siendo la excepción.
“Oz.” No había terminado la canción cuando Damien le llamó, al oído, para después lamerle largo la extensión de la oreja. Oz se estremeció en sus brazos, mirándole hacia atrás de soslayo, y vio la intención en los ojos del otro. Podía sentirla, por la insistencia con la que el demonio frotaba ya su entrepierna contra su cuerpo. Las cosas se estaban volviendo más que evidentes, y Oz comenzaría a tener un problema, no lo suficientemente ido como para ignorar ese deseo en la mitad de una multitud. Eso sí sería vergonzoso.
“Damien, ¿estas…?”
“Vámonos de aquí.” Damien le interrumpió, voz grave en su oído, deteniendo de a poco el baile, pero sin dejar de aferrarse a Oz. Este se detuvo también, aunque dubitativo, porque no estaba seguro (aunque su imaginación volaba) de a qué se refería el otro. “Solo un rato. Un maldito rato y ya.” Estaba pidiéndole todavía, al oído, y Oz podía verlo mirar a su alrededor con ojos entrecerrados, muy serio para que fuese un tipo de broma. Las posibilidades llenaron la mente de Oz, y de a poco se despegó del otro, para voltearse y, tras mirar a su alrededor a que nadie estuviese poniéndoles particular atención, asintió.
El único que vio a la pareja escabullirse entre la multitud hacia la salida del gimnasio fue Calculester, quien por mera curiosidad sacó una foto de Damien arrastrando casi a Oz de la mano mientras abría las puertas hacia el exterior. Cal ignoraba a dónde iban, pero para la posteridad, guardó la polaroid. Quizás se preocupó un poco, pero lo que no sabía era que no iban lejos, solo unos pasos (muy apresurados, Damien estaba prácticamente corriendo) hacia el estacionamiento de la escuela. Estaba lleno de autos, para cuando terminase la fiesta, y uno de ellos era el de él, un deportivo rojo que se suponía Amira iba a conducir esa noche. Por suerte no le había dado las llaves aún.
“¿Al auto?” Oz preguntó, hablando al fin, frotándose un brazo por el frío golpe de la noche y el exterior. Damien le miró con una ceja alzada, como si fuese obvio, abriendo una de las puertas del asiento trasero. Algo estrecho, pero nada que no fuese una ventaja para él.
“Creo que está claro; al menos yo quiero esto.” El demonio escogió sus palabras con cuidado, cola moviéndose ansiosa tras él. Se sacó la chaqueta y la arrojó a uno de los asientos delanteros, sin despegar la mirada de Oz. “¿Y tú? ¿Vas a seguir bailando conmigo?” Lo decía con una media sonrisa, pero su nerviosismo asomaba en la cola moviéndose rápido. Oz trató de no mirarla tan evidentemente, y tragó saliva, porque sí quería. Ahora, y las veces anteriores en el baño, o después de gimnasia. Explosivo y espontáneo. Y sabía perfectamente a lo que se refería el otro.
“Yo…”
“No voy a entrar al auto hasta tener una puta afirmativa, Oz.”
Era tan vergonzoso solo decir que sí. Decir que extrañaba el calor y el frote contra Damien, que no quería seguir en ese limbo y que ojalá solo le hubiese jalado y arrojado dentro del auto. Tomó aire, apreciando que el otro respetase siempre sus límites de consentimiento, y asintió. Como si fuese lo más doloroso que hacer en ese momento, aún por mucho que lo deseara, era muy difícil de tragar. Además, ¿qué pasaba si alguien los encontraba ahí? Todo era fuego para su nerviosismo. Y para un novedoso sentimiento de lujuria, curiosamente.
“Te costó.”
Para sorpresa (y gusto) de Oz, sí fue arrojado dentro del auto. En segundos escuchó el portazo y tenía a Damien encima, gateando sobre él. Oz se movió hacia atrás lo más que pudo en el asiento, hasta topar la puerta, para darle espacio, obligados a pegarse el uno con el otro. Pronto sintió contra su pierna la emoción casi literal del demonio, una erección escondida en sus pantalones que buscó frotarse contra él. Casi inconscientemente levantó la rodilla, haciendo que Damien gruñera bajo y le clavase a su lugar con la mirada.
“Nadie va a vernos, ¿verdad?” Alcanzó a preguntar Oz, antes de quedar sin aire por como Damien fue directo por la yugular a besar su cuello, mucho más apasionado que las veces anteriores. Sentía los dientes rozándole, mordiendo incluso, pero no lo suficientemente fuerte como para romper. Estar a esa cercanía del peligro, de todas formas, encendió más que nunca algo dentro de él.
“Son vidrios polarizados, estúpido.” Se escuchó el murmuró contra su piel, y Damien se separó solo para darle una mirada antes de reírse en su cara y volver a morder su cuello. Oz se habría ofendido, de verdad, pero los besos estaban jodidamente buenos y no podía hacer más que moverse bajo el otro, temblando por las sensaciones que recorrían su cuerpo.
Aún ocupado dejando mordidas en la piel del otro, marcas que para su desagrado no quedaban ahí, Damien se acomodó para quedar entre las piernas de Oz, haciéndole subir una un poco y dejar la otra colgando. No muy cómodo, pero cuando juntó su entrepierna con la del otro y frotó con una embestida, al carajo se fue la incomodidad y solo importo el calor que compartían. Fue rápido, igual al ritmo de cuando bailaba, que empezó a mover las caderas para frotarse contra el otro, su desesperación notándose. Lamía los lugares donde mordía cada vez más fuerte, paseando por cada centímetro de Oz que encontrase libre, hasta su mandíbula, besando un camino hasta la comisura de sus labios. Le clavó otra mirada entonces, ojos tan abiertos que daban miedo, pero Oz no puso resistencia y levantó la barbilla, buscando más besos. Fue a sus labios, entonces, donde Damien dirigió su ataque, nada suave ni considerado: Mordidas, lengua, dientes. Oz tuvo que pelear un poco por mantener el control, porque el demonio besaba a su gusto y tomaba lo que quería, dejándolo sin aire. Eran besos torpes y hambrientos, los prontos jadeos de cada uno mezclándose entre sí, Oz cerrando los ojos con fuerza. Estaba seguro que Damien miraba cada tanto, y no quería sentir tanto esos ojos amarillos encima. Quería concentrarse en los besos, en mover las caderas hacia arriba contra las del otro, ya algo adolorido por la erección que comenzaba a sentirse apretada en sus pantalones.
“¿Emocionado?” Damien, al sentirlo, se veía casi brillante. Era una sonrisa burlona la que le estaba dando, pero Oz eligió no ofenderse y mejor ir por la vieja y confiable: jalar la cola del otro. El demonio apretó los labios, aguantándose el sonido en la garganta, y deseó que nunca Oz hubiese encontrado esa sensibilidad en él. Podría gustarle que le jalasen los cuernos, por último, ¿pero la cola? Vergonzoso. “Tú lo pediste.” Le gruñó, sentándose hacia atrás para comenzar a abrir los pantalones de Oz. Para su satisfacción, lo que sintió era muy real y estaba ahí, aprisionado en su ropa interior, la cual comenzó a bajar junto con sus pantalones, al menos lo más que la posición les dejaba.
Oz se sintió algo expuesto, y fue por los pantalones del otro, dándole una mirada, indignado mientras abría los jeans. Para su suerte, con lo apresurado que era Damien este terminó bajándose la ropa él mismo, para asomar su propio miembro. Comenzaba a hacer calor dentro del auto, porque ambos estaban casi ahogándose cuando dejaron salir un gemido al unísono por como Damien volvió a juntar sus caderas, esta vez miembro contra miembro, desnudos. El demonio los rodeó con una mano, apretando, y Oz pudo jurar que vio estrellas.
“Estás muy duro.” Damien dijo, sonrisa de oreja a oreja mientras comenzaba a masturbarlos. “No pensé que te pondrías así con unos besitos pobres. ¿Estás ansioso?” Él mismo sonaba ansioso, y Oz sabía que era por eso que preguntaba, para esconder como comenzaba a jadear rápidamente al subir la velocidad de su mano. Aferrándose con una mano al respaldo del asiento, Oz levantó un poco las caderas contra la mano del otro, ido entre el placer y las palabras ajenas. Porque sabía que le gustaba hablar, y Damien sabía que a Oz le gustaba callar. “Te estás poniendo más grande en mi mano, Oz…”
Bueno, y también le gustaba que el otro hablase. Sobre todo porque era un despilfarro de obscenidades. Le picaba el bochorno, pero más era el morbo; superaba ahora su calentura con creces a su vergüenza, y sentía el rostro caliente. No ayudaba que Damien le miraba, de arriba a abajo, con esa sonrisa escalofriante y notorio deseo. Era halagador, a esas alturas, saber lo mucho que Damien le había buscado para llegar hasta esto. Llevó su mano libre a la mejilla del otro, a acariciar hacia atrás a su cabello. Era suave y lento, no tiraba, y Damien ladeó la cabeza hacia los toques, buscando más y quejándose cuando Oz mantenía la misma suavidad. Solo le sintió tirar un poco como reacción cuando llevó su mano más hacia la punta de sus miembros, a apretarlas juntas y frotar con el pulgar. Si no iba a apresurarse, él sí lo haría.
“Quiero comerte. ¿Puedo chupártela?” Gruñó contra la mano de Oz, mordiendo su pulgar luego. La pregunta era directa y tomó al otro por sorpresa, atragantándose en sus palabras y tartamudeando al responder.
“S-Si quieres.”
Damien soltó un duh mirando al otro de reojo, antes de moverse hacia atrás en el asiento lo más que pudo. Tenía que doblarse mucho, y Oz puso de su parte sentándose con la espalda contra la puerta, corazón latiendo fuerte en sus oídos porque parecía que Damien iba en serio y eso en particular no lo habían hecho antes, siendo Damien más de ‘un jalón rápido para cada uno antes de clases’. Sin embargo, estaba pasando, con Damien agachándose lo más que podía mientras llevaba una mano a la base del miembro de Oz, apretando para apuntarlo hacia su boca abierta. Pensándolo bien, por un milisegundo, quizás no era buena idea que alguien con esos dientes (y esa actitud) acercara la boca a sus partes privadas, pero el peligro y el morbo tenían a Oz en otro planeta, y solo pudo gemir largo y alto cuando sin probar siquiera Damien le tomó en su boca.
Fiel a su naturaleza, el demonio comenzó y siguió rápido, subiendo y bajando la cabeza sin importarle que su cuerno llegase a enterrarse un poco en el abdomen del otro. Oz no se estaba quejando, al contrario, comenzaba a jadear pesado y a hacer sonidos deliciosos y temblorosos. Todo le daba luz verde, y se detuvo en la punta del miembro ajeno solo para lamer, unido aún a él por un hilo de saliva. Sonrió para sí cuando escuchó un improperio salir del otro, apenas audible. Siguió con las lamidas, de base a punta, sacando la mano para poder lamer cada centímetro que encontraba, usándola mejor para tirar y comenzar a bajar más los pantalones del otro, a que su ropa quedase a medio muslo y las piernas muy incómodas. Poco le importo, porque su mano siguió por su muslo acariciando hacia arriba, hasta atrás, a su trasero para clavarle las uñas en un fuerte agarrón que hizo estremecerse a Oz. Damien le miró hacia arriba, insistente y buscando su atención mientras devolvía su mano hacia su miembro. Oz le miró de vuelta al fin, sintiéndose como si se estuviera derritiendo (no literalmente, por suerte) contra la puerta. Observó atento como Damien lamía en círculos la cabeza de su miembro, una imagen que probablemente no podría sacarse de la cabeza por mucho tiempo, y ladeó la cabeza cuando el demonio le sonrió de lado, llevándose un dedo a la boca.
Oh.
Oz estaba tenso, pero no dejó de mirar al otro a los ojos, y al dedo, viendo como Damien lo sacaba de su boca y luego lamía exageradamente. Por supuesto que sabía qué estaba planeando, no era tonto, pero tampoco era como si se lo esperase. Todo era una sorpresa cuando se trataba del demonio. De golpe todo se volvió muy real, pero seguía picando más esa necesidad por probar y sentir y solo dejarse llevar lejos hasta donde fuese. Maldita su curiosidad, o bendita, en este caso donde se sentía palpitar contra el aliento del otro. No ayudaba que Damien estaba ahí, sonriéndole descarado mientras volvía a llevar su mano a su trasero, esta vez buscando algo más específico. Apenas Oz sintió el dedo contra su entrada volvió a tensarse, subiendo los hombros, pero le distrajo otra lamida de Damien contra su miembro, especialmente lenta y alrededor de la punta. Aquello iba a ser difícil de tolerar, y Damien lo sabía perfectamente: Todavía asomaba esa sonrisita diabólica entre lo que hacía, mirando de reojo a Oz de una forma que cualquiera habría salido corriendo. Oz tomó aire de golpe por la nariz, sintiendo la intrusión al mismo tiempo que el demonio volvía a tomar todo su miembro en la boca, sin merced, hasta abajo mientras metía el dedo en su interior. Se apretó de inmediato, y mejor se sintió, tensándose mientras el otro recuperaba ese ritmo maldito y rápido moviendo la cabeza, haciendo que Oz viera blanco, sin saber si era por el dedo que se encorvaba en su interior o si era por la boca hirviendo del otro tragando todo lo que podía. Y los sonidos… Los sonidos eran probablemente lo peor de toda la escena. Tuvo que mirar el techo del auto, completamente ido, porque la imagen de la cabeza de Damien haciendo esos sonidos guturales (además de lo que estaba haciendo) le estaba superando.
“Mírate disfrutar.” Damien se despegó solo para hacer el comentario con toda la malicia, volviendo a su trabajo luego, a rodear la cabeza el miembro ajeno con los labios, quedándose hasta ahí esta vez. El dedo en el interior de Oz buscó más adentro, hasta que sintió como se apretaba con más fuerza y se sacudía con un estremecimiento. Mantuvo la presión ahí, bajando la cabeza, sintiendo como el cuerpo a su merced se tensaba cada vez más. Hasta le sentía moverse, un vaivén tímido para buscar más dentro de su boca y contra su dedo.
Damien se detuvo, de golpe, tomando aire tras separarse y sacando el dedo lentamente del interior del otro. Le había sentido tensarse particularmente, y no planeaba dejarlo venirse como si nada en su boca. Lo bueno era que lo había dejado hecho un desastre tembloroso y ansioso, inclusive le vio algo molesto cuando abrió los ojos, sin haber podido llegar al orgasmo.
“¿Qué, no te gustó?” Damien bromeó, lamiéndose los labios. La molestia duró poco en el rostro del otro, demasiado sobrepasado como para siquiera enojarse al respecto. Aunque sí, por como iba Damien, Oz había pensado que perdería los estribos ahí mismo. Estaba entre frustrado y aliviado de que no fuese así, aunque, eso significaba una cosa. El demonio había de tener planes para algo más.
“Me gustó mucho.” Admitió en voz baja, bajando un poco de las nubes para aterrizar de vuelta en el infierno que estaba creando el otro. Por un segundo vio cruzar una expresión algo avergonzada por el rostro de Damien, pero no duró mucho hasta que le vio sonreír de nuevo.
“Sí, sí… Muy delicioso, pero no vamos a terminar solo así, ¿no? ¿Qué gracia habría en eso?” El demonio se enderezó en su lugar, viéndose grande y Oz sintiéndose pequeño bajo su escrutinio. “Yo también quiero sentirme bien, Oz…” Sonaba como una amenaza, pero en el contexto, Oz estaba dispuesto a cumplir con lo que el otro le pedía. Damien era considerablemente demandante, pero podía con eso. Al menos sentía que podía, y, además, su miembro seguía ahí, ignorado, tenso con las ganas que le quedaron de ir más allá con el demonio que seguía penetrándole con la mirada. “Quiero usarte.”
“¿U-Usarme?”
“Como un puto juguete.”
Quizás esa sonrisa sí, sí llegaba a darle algo de miedo. Estaba llegando a unos límites que Oz no reconocía, pero las apuestas estaban altas, y no había marcha atrás. Lentamente asintió, tentado con la idea, con la curiosidad, con el morbo, con todo. Oz ya no podía ni reconocer qué estaba mandando en su cerebro a esas alturas, si es que era su cerebro y no otra parte de su cuerpo la que estaba mandando. Estaba seguro que, por cómo le miraba, Damien iba a agacharse a devorarle de nuevo, pero, al contrario, el demonio le dejó más espacio y entrecerró los ojos.
“Siéntate.”
Oz le miró, confundido, porque estaba medianamente incorporado ya contra la puerta, y Damien miró de reojo el asiento, sin mucha paciencia quedándole. Antes de tentar su suerte, Oz se giró y sentó recto en el asiento mirando hacia adelante, cubriéndose un poco la entrepierna con las manos al estar todavía bajo el escrutinio del otro. Por suerte, que le hiciera caso hizo sonreír al demonio, quien rápidamente comenzó a luchar contra sus pantalones hasta librar una sola pierna, enojado tirando de la tela. Volvió la atención a su acompañante, ojos tan intensos que le hizo achicarse en el asiento. Agachándose de nuevo, volvió su atención al miembro de Oz, sin poder evitar relamerse antes de lamerlo nuevamente, solo una pasada, para que dejara de taparse. De a poco avanzó sobre él, manos metiéndose bajo su ropa, tocando su abdomen mientras seguía avanzando hacia arriba, moviéndose y acomodándose para sentarse en su regazo, agachado para que su cuerno no pegara contra el techo del auto.
“¿Y esa cara de susto?” Damien rio, pegándose contra el cuerpo del otro, recuperando el calor perdido al estar separados. Oz no estaba asustado, más bien, estaba sobrepasado de nuevo, con la cercanía, con Damien abrazándole por el cuello y rostro frente a rostro, tan cerca que sus alientos se mezclaban. Tenían que pegarse, apenas cabiendo en el espacio, y el demonio aprovechó para robarle otro beso, volviendo a las mordidas hambrientas mientras bajaba las caderas y frotaba miembro contra miembro, sintiendo el de Oz maravillosamente húmedo, tal y como lo quería. Gruñó contra su boca, la desesperación volviendo, la temperatura alzando mientras se movía más rápido, descontrolando los movimientos, una rodilla a cada lado de Oz, quien solo podía dejarse hacer con el peso del otro encima. Lentamente, se atrevió a deslizar las manos por los muslos desnudos de Damien, escuchando apenas un gemido de aprobación de parte del otro entre los besos. Apretó, probando, y sintió la cola del otro revolotear a su alrededor, loca por atención hasta que Oz finalmente la atrapó y jaló de ella. Esta vez Damien tuvo que detener el beso, gimiendo ronco, lamiendo los labios del otro por no querer terminar el intercambio.
Estaban ambos de ojos cerrados, volviendo al trance, frotándose torpemente mientras los besos se volvían lo menos parecido a un beso decente. Damien quería encaramarse cada vez más, desesperado, caderas casi frenéticas buscando el alivio que tanto se había aguantado. Abrió los ojos para buscar la mirada de Oz, agachando la cabeza, moviéndose como un animal salvaje en su regazo.
“Oz.” Llamó, y solo así consiguió que el otro despertara, habiendo hasta aguantado la respiración por el placer. “Quiero que me folles.” Gruñó, una mano apretando el asiento tras Oz y la otra bajando para tocar el miembro del otro de nuevo. Bien, Oz estaba despierto, algo intimidado, y definitivamente sorprendido. Damien no era más que seriedad y calor, en ese momento, mirándole con ojos bien abiertos y directos que parecían llegar hasta el fondo de su alma. Con toda confianza el demonio se llevó dos dedos a la boca, dejando los besos para chuparlos y lamerlos mientras mantenía la cercanía con el otro. Sus ojos, todavía intensos, parecían haber clavado a Oz al asiento como un insecto con alfileres.
“Está b-bien.” No pudo no tartamudear, muy ocupado aún digiriendo la idea de que Damien estaba haciendo lo que hacía, dejando sus dedos suficientemente ensalivados antes de bajarlos y llevarlos a su propio trasero. “¿No… No tienes lubricante?”
Damien sonrió de lado, acercándosele para darle una lamida en el labio inferior que dejó a Oz tiritando.
“No estoy hecho de papel.” Susurró contra su boca, y tensó el cuello cuando el primer dedo entró en su interior, cerrando los ojos para dejar que el placer le bañase. No tenía suficiente paciencia para los rodeos, para preparaciones y tonterías de esa índole. El segundo dedo entró con más problemas, pero Damien se aseguró que entrara, y se mordió el labio inferior, susurrando para sí un ‘mierda’ que hizo que el aliento de Oz temblara. Estaba viendo todas las reacciones del otro tan de cerca, y devolvió las manos a sus muslos, a acariciar y apretar la piel que parecía hervir. Damien continuó abriéndose, ojos cerrados y por un segundo vulnerable, pegando su pecho al de Oz mientras sus dedos seguían trabajando en soltar de a poco su interior. Oz tomó aire de lleno por la nariz, frotando a esas alturas los muslos del otro, como si le consolase en lo que hacía, sintiendo ahora un infierno en su interior. Si antes pensaba que el deseo le consumía, ahora estaba completamente ido. Era una suerte que Damien fuese impaciente, aunque le doliese, y volvió a abrir los ojos de golpe cuando sintió que era suficiente preparación (no lo era) y quería más que solo aquello. Pilló a Oz de ojos entrecerrados, respirando agitado, deliciosamente excitado bajo él, y no necesitó más que eso.
A manotazos Damien buscó en sus pantalones arremangados en su tobillo el bolsillo trasero, sacando un condón algo aplastado, pero en buenas condiciones. Abrió el empaque con los dientes, impaciente, y dio una sonrisita hacia el lado cuando vio de reojo como Oz aguantaba la respiración del suspenso. Solo por avivar eso, y por malicia, se demoró especialmente poniéndole el preservativo, apretando su miembro con las manos para asegurarse que estuviera bien puesto y, aunque escasamente, lubricado. Benditas cosas que venían ya pegajosas.
“Estás hasta más duro.” El demonio susurró, seguro de que Oz podía escucharle, sintiéndolo estremecerse bajo él. Movió las caderas, tomando aire por la boca, acomodándose y agachándose lo más que podía para llevar el rostro al cuello de Oz, con una mano sujetando todavía el miembro del otro para guiarlo con toda confianza a su entrada. Y más que seguridad, era una valentía completamente infundada y las ganas superándole para hacer todo a la mala. “Mierda, ¡Oz…!”
Oz sintió que se iba a la luna, por lo apretado que seguía el otro al entrar su miembro en su interior. Damien no tuvo ni paciencia ni consideración por ninguno de los dos, bajando las caderas demasiado rápido y quejándose por la intrusión tan repentina. Oz, aunque tentado, no cerró los ojos en ningún momento solo para mirar hacia el lado y atrapar la mayor cantidad de expresiones de Damien que podía, viéndolo adolorido, aunque la erección que se apretaba contra su abdomen le decía que el demonio estaba hasta disfrutando del dolor. Por cómo movió sus caderas, probando, se aseguró que era así. A movimientos cortos y rápidos, Damien comenzó un ritmo delicioso, soltando gemidos largos contra el cuello de Oz, casi como si quisiese esconderlos contra su piel, aunque todo resonaba perfectamente para el otro. No ayudaba que dichos sonidos estaban prendiendo un fuego infernal dentro de Oz, animándose a apretar al otro de las caderas, ayudándolo a moverse, pulgares frotando en círculos la piel expuesta. Todo iba tan rápido que pronto los dos eran desastres gimiendo, ahogándose en el auto encerrados, jadeos haciendo cosquillas en el cuello de Oz.
“Estás tan duro.” Damien exhaló contra la oreja de Oz, moviéndose más rápido con ambas manos yendo a aferrarse el asiento con fuerza. “¿Puedes ponerte más aún? ¿Vas a irte dentro de mí? Maldito cerdo. Eres delicioso.” Aunque ofensivo, suavizaba sus palabras con lamidas alrededor del lóbulo del otro, un gemido escapándosele cuando bajó las caderas con particular fuerza, sintiendo la punzada recorrerle toda la espalda. Había encontrado un punto delicioso y mordió el lóbulo de Oz con más fuerza quizás de la necesaria cuando volvió a bajar con fuerza para sentir la punzada otra vez, sintiendo que Oz hasta se movía un poco hacia arriba para encontrarle en una embestida.
Sin tomar ofensa de la cadena de improperios que comenzaban a salir de la boca del otro en su oído, Oz se concentró en moverse como podía hacia arriba, persiguiendo el calor que comenzaba a juntarse en su estómago bajo. Pronto encontraron un ritmo, Damien comenzando a deshacerse sobre él, haciendo crujir el asiento, probablemente el auto completo por la fuerza con la que se movía. Oz podía estar muy aplastado, pero no le importó, aguantando todo para atravesar ese infierno maravilloso y perseguir el punto cúlmine que tanto quería. Respiraba agitado, sintiendo que Damien se tensaba y apretaba a su alrededor, haciendo imposible aguantarse más. Apretó con fuerza sus caderas, enterrando los dedos, sin saber de que aferrarse para poder seguir aguantando el calor que le rodeaba, el nudo en su interior rogando por deshacerse.
“Vente, ¡maldita sea! ¡Vente!” La voz de Damien subió de volumen y de tono, rebotando en el regazo del otro, escuchando el rechinar de las ruedas del auto. Parecía que Oz no necesitaba nada más, porque el calor y todo el juego previo estaba sobrepasándole y soltó un gemido entrecortado, subiendo las manos a la cintura del otro bajo su ropa para aferrarse a él mientras se achicaba en el asiento, moviendo las caderas como podía para golpear contra Damien y llegar al fin al deseado orgasmo. No fue ni consciente, rodó los ojos hacia arriba mientras sentía los espasmos sacudiéndole, viniéndose generosamente en el confinamiento del condón. Escuchó a Damien gruñir bajo en su oído, aún moviéndose, aunque más lento para darle un poco de sanidad mental de vuelta. Fueron largos minutos donde Oz no se recuperaba, hasta que volvió del trance y se encontró acariciando cariñosamente los costados del otro, la tensión escapando, el calor sintiéndose al fin como algo tibio que le comía más que un peso encima. Damien dejó de moverse, pero no salió de su lugar, y pronto Oz se dio cuenta que seguía susurrándole cosas al oído, entre jadeos y en voz baja.
“Jodidamente delicioso. Eres increíble, Oz.” Alcanzó a distinguir, entre los besos, mordidas y exhalaciones. Sintió un calor dentro de él nuevamente, uno diferente al tenso de antes, y bajó sus manos para volver a acariciar los muslos del otro, suave y lento. De a poco, Damien se le despegó y le miró frente a frente, caderas aún pegadas hacia abajo, soltando al fin el maltratado asiento para llevar una mano a su propio miembro que brillaba por la pre-eyaculación que le bañaba. Otra imagen que Oz no podría sacarse quizás nunca más de su mente fue la cara que le puso Damien, eligiendo ese momento curiosamente para ser lento y masturbarse sobre el otro, lamiéndose los labios cuando se apretaba particularmente fuerte. Oz no pudo hacer más que mirar, estremeciéndose cuando sentía que Damien se apretaba y por consiguiente a él, demasiado sensible como para aguantarlo. Era como una tortura, una a la cual habría accedido y accedería de nuevo solo por ver al otro sudado y hundido en el placer mientras se aliviaba y soltaba más improperios cuando se frotaba especialmente donde le gustaba.
“V-Vente. Anda, Damien…” Oz probó, con voz diminuta, volviendo con las caricias por sus piernas. Le sintió tensarse, y ambos aspiraron con fuerza, la mano del demonio moviéndose más rápido y más torpe, claramente afectado por las palabras del otro. Oz continuó con las caricias, enderezándose lo más que pudo para acercar su rostro al del otro nuevamente, besarlo él esta vez, lento, saboreándolo y aprovechándose de haber tomado al demonio por sorpresa. Pudo hacerlo suave, aunque sentía temblar a Damien en su regazo, dando sonidos contra sus labios que escalaron en tono hasta que le sintió apretarse con fuerza, moviendo las caderas contra su mano (y enloqueciendo un tanto a Oz de paso), pasando los espasmos duros del orgasmo. Damien se estremeció, exhalando pesado contra los labios del otro, caderas tensas hasta que finalmente cayó sentado pesado sobre el otro, hacia adelante empujándolo contra el asiento.
“Mierda…” Murmuró, de nuevo yendo a esconder el rostro contra el cuello de Oz, donde ojalá no se escucharan sus jadeos. Tardó un poco en bajar del orgasmo, el palpitar de su corazón fuerte en sus oídos hasta que volvió el silencio, solo las respiraciones de ambos llenando el auto. Compartieron así unos minutos, Oz aguantando el peso del otro y rodeándole con los brazos, al fin pudiendo calmar su corazón, aunque parecía estar emocionándose de otra forma en el abrazo. Damien estaba más que cómodo ahí, respirando contra su cuello, dejando que pasasen los minutos hasta que se hizo demasiado para alguien que no podía estar tranquilo la mayor parte del tiempo. Aún así, Oz ya estaba sorprendido de que Damien quisiese un abrazo después de irse, de todas las cosas.
El demonio se movió primero, levantando las caderas que sentía pesadas para sacar el miembro de Oz de su interior, incómodo ya a esas alturas y dejando respirar tranquilo al otro, quien se sentía demasiado sensible como para seguir aguantando. Le dio una mirada de reojo, mientras se movía, antes de mirar sus pantalones en su tobillo y agacharse a buscar en sus bolsillos nuevamente, gruñendo y rabiando hasta que al fin encontró las llaves. No dijo nada, pero se despegó del todo de Oz, incómodo moviéndose hasta estirarse al asiento delantero para poner la llave y abrir un poco una ventana de dicho asiento. Cuando volvió, compartieron una mirada, y ambos se subieron los pantalones casi que por inercia, arreglándose un poco en el escaso espacio que tenían, Damien quejándose cada vez que su cuerno topaba con el techo del auto. Oz pensó que el otro se sentaría a su lado, pero para su sorpresa tuvo todo el peso ajeno encima de nuevo, Damien sentándose de lado para volver a abrazarle y pegarse a su cuello, como antes, rodeándole por los hombros.
“Dile a alguien, y estás muerto.” Le escuchó murmurar, sabiendo que Oz le miraba muy curioso por su gusto por los abrazos. No le molestaba, al contrario, le rodeó también por debajo de los brazos y lo atrajo contra sí, aún sorprendido pero encantado con el calor que emanaba el demonio. Tratando de mirar hacia el lado, pudo jurar que le veía sonrojado, pero tras lo hecho era difícil que no estuviese aún más rojo de lo usual. No lo pensó tanto, apoyando la cabeza hacia el lado contra la del otro y cerrando los ojos, respirando profundo, aún sin creer todo lo que había pasado. Quizás todavía no bajaba del cielo, o, en este caso, subía del infierno.
No pasó tanto tiempo, aunque se hizo largo en la ahora tranquilidad del auto, hasta que Oz sugirió en voz baja que talvez deberían volver a la fiesta, por último, para no despertar más sospechas aún o para saber qué era del resto. La verdad no quería que una Amira curiosa terminase golpeando el vidrio y grabándoles con su teléfono cuando abriese la puerta ahora que estaban las llaves puestas. Damien no parecía tan contento con la idea, quejándose largo, pero finalmente se movió de encima del otro y buscó su chaqueta en el asiento del copiloto. Le dio una mirada, indignado, mientras se la ponía y buscaba un espejo compacto en su bolsillo para revisar qué tan desordenado estaba su cabello.
Afuera, la música hacía eco, todavía fuerte y animada desde el gimnasio. Un par de autos más allá parecía haber movimiento, pero Oz insistió en por favor no molestar y solo volver al gimnasio, aunque la sonrisita de Damien quería claramente hacer alguna maldad. Por suerte le convenció, y para el gusto en el corazón de Oz, volvieron al gimnasio de la mano.
Adentro, por supuesto, seguía la fiesta. Como si nada hubiese pasado, como si nada hubiese cambiado, entraron casualmente para encontrar las mesas vacías, todos ocupados bailando ya a esas alturas. Mirándolas de reojo, y después la pista de baile, Oz se encontró en la disyuntiva de qué hacer ahora. ¿Cómo se suponía que seguían las cosas después de todo lo ocurrido? De solo recordarlo se sentía encender, y tragó saliva, soltándose un poco el cuello de la camisa. Buscó la respuesta en el otro, quien miraba nada más la gente moviéndose, hasta devolverle la mirada.
Le sonrió, no escalofriante ni sobre emocionado, una sonrisa tranquila y ojos entrecerrados.
“¿Vas a bailar conmigo?” Preguntó Damien, y Oz no se aguantó la risa, nerviosismo resbalándole.
Se fueron a la pista de baile de la mano, y si alguien preguntaba, podían irse al carajo. Y siguieron bailando junto al resto hasta altas horas de la madrugada, con más mesas volteadas, más círculos animados, y las fotos de Calculester para dejar recuerdo de todo.
