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Encima de la capa de moretones antiguos ya casi imperceptibles, otra capa de moretones nuevos se formaría. Sin embargo, no podía importarle menos en ese momento. El dolor en sus rodillas producido al caer se sentía distante, apenas una molestia lejana perdida entre el mar de sensaciones que se abrían paso a través de sus entrañas.
Desde el fondo de su estómago hasta su boca, a un ritmo que no podía detener, ascendía un líquido ácido y amargo que arrastraba consigo un centenar de pétalos de flores bañados en sangre. Los músculos de su abdomen se contraían a un ritmo que no podía controlar. Quería detenerse, hundirse en una oscuridad que no le permitiera sentir nada en lo absoluto, pero su cuerpo no le pertenecía. Las lágrimas descendían por su rostro sin haberlo permitido, su pulso golpeaba contra su pecho y su cabeza y estaba seguro de que en cualquier momento explotaría.
Una eternidad de minutos pasaron antes de que los espasmos en su cuerpo disminuyeran. Cuando al fin paró de vomitar, retrocedió, sentándose con su espalda apoyada contra la pared. Suspiró. Estaba demasiado cansado como para siquiera intentar levantarse, mucho menos para deshacerse de los rastros de sangre en las comisuras de sus labios.
En cambio, su mirada vacía caía en el pequeño inodoro manchado de bilis, con incontables pétalos de flores flotando sobre la superficie del agua que se había tornado rojiza gracias a su sangre. De los labios de Wei Wuxian surgió una pequeña mueca: un fantasma de aquella sonrisa cegadora que solía iluminar su rostro. Le parecía gracioso que, a pesar del dolor por el que acababa de pasar y de lo grotesco de la imagen frente a él, a su mente llegaron recuerdos de vastos ríos cubiertos de hermosas flores durante la primavera, recuerdos de las magnolias que florecieron en la época en que conoció a Lan Wangji.
El dolor atravesó su pecho como un rayo y sacudió la cabeza, era mejor no pensar en ello. Esta vez, se levantó a encender la bañera y tomó su cepillo de dientes, decidido a quitarse la extraña sensación en su boca. No era exactamente igual a la sensación regular del vómito. En cambio, el sabor a hierro se mezclaba con ápices de dulzura, mientras que al fondo de su paladar descansaba un sabor que resultaba ácido y amargo a la vez. Aunque en definitiva no era agradable, no estaba cien por ciento seguro de poder decir que la detestaba.
Al terminar de cepillarse, la bañera estaba llena lo suficiente para sumergirse. Empezó a bañarse con lentitud, intentando no forzar sus músculos, pero sin evitar el dolor que le producían ciertos movimientos. Su respiración era lenta y pesada cuando decidió recostar su cabeza. Justo así, en medio del silencio, su cuerpo se sentía relajado y en paz. Cerró los ojos y suspiró una vez más. Quizás todo terminaría pronto.
Quizás, pronto todo sería más fácil.
Rosa. Un rosa claro, amable y sensible, era el color de la mayoría de los pétalos que navegaban sobre el agua, sus pequeñas siluetas reflejándose sin preocupación sobre el mármol, tan blanco como el resto de los pétalos esparcidos. Un blanco pacífico, un blanco inocente. Un blanco de luto.
Cuando Jiang Cheng abrió la puerta del baño, esa fue la escena que encontró. Algunas magnolias estaban intactas, sus tallos enredados entre sí, aferrados a un pecho y a un par de brazos con total ingenuidad.
Bajo la capa de flores, se encontraba Wei Wuxian: su cuerpo frío y pálido, su respiración casi imperceptible.
