Chapter Text
Palawan, noviembre 2018
—¿Raquel? —Escuché su voz desde el otro lado de la casa.
—¡Cocina!
Nada mas cruzar la puerta, Sergio se echó a reír y me miró de arriba abajo; era la primera vez que me veía con el delantal puesto, el pelo recogido en una coleta, y una cuchara de madera en la mano.
—¿Qué haces? —preguntó divertido.
—Lavar la ropa —bromeé.
Se acercó y posó sus manos en mis caderas, besando un lateral de mi cabeza.
—Me refiero a qué estás cocinando...
—Adivínalo. —Me giré con cuidado y acerqué la cuchara a su boca; saboreó el contenido con la mirada entornada.
—Mmmh, picante pero dulce... Me gusta. —Se relamió los labios—. Pero no reconozco qué es.
—Sopa de zanahoria con cayena —expliqué antes de girarme para continuar removiendo la sopa.
Sergio se situó detrás de mí y abrazó mi cintura mientras apoyaba su barbilla en mi hombro.
—Así que también sabes cocinar... —Sonreí.
—Bueno... me defiendo. Pero como te has empeñado en que no haga absolutamente nada estos días pues... no he podido demostrarte lo que sé.
—Estás de vacaciones... No quería que te sintieses en la obligación de hacer algo simplemente porque te estés quedando aquí.
Volví a mirarle, esta vez con una sonrisa de agradecimiento—. Eres un amor, pero esto lo hago porque quiero, de verdad. Y también porque estoy un poquito harta de pedir comida a domicilio todos los días.
Sergio rio y asintió de acuerdo—. Entonces… ¿Aún me quedan cosas por descubrir de ti? —preguntó en un suave murmuro antes de besar mi hombro con cariño.
—Unas cuantas.
Sus manos iniciaron un descenso por mis costados en dirección a mis piernas. Alcanzó el borde del vestido y volvió a ascender lentamente, levantándolo al mismo tiempo que acariciaba mis muslos desnudos.
—¿Ah, sí? —dijo con tono insinuante mientras deslizaba una de sus manos hacia el frente. Apreté las piernas, atrapando su mano entremedias.
—Pero esa no es una de ellas.
Sergio se echó a reír—. No importa, me encanta re-descubrirte —susurró a la vez que ascendía por mi cuello dejando una hilera de besos ligeros que erizaron mi piel a su paso—...una y otra vez.
Me mordí el labio al mismo tiempo que él mordía el lóbulo de mi oreja y llevaba su mano libre hacia mi estómago, deshaciendo el poco espacio que quedaba entre nuestros cuerpos. Reí cuando lo escuché gruñir excitado.
—Bueno, y... ¿qué tal la mañana? ¿Has podido solucionar el asunto? —cambié de tema, moviendo los brazos sutilmente para que se apartase un poco.
Dejó de besarme el cuello brevemente para responderme—. Todo perfecto, el proyecto sigue adelante. Pero la mañana se me ha hecho eterna sin verte.
Incapaz de esconder la sonrisa, giré la cabeza para mirarle y arqueé una ceja—. ¿Has aguantado todo un año sin verme y ahora no puedes con cinco horas?
—Eso parece. —Sonrió antes de volver a plantar un pequeño beso electrizante en mi cuello.
Subió la mano que tenía en mi estómago hasta uno de mis pechos y lo apretó contra su palma mientras mordisqueaba mi hombro.
Quise regañarle por distraerme de esa manera cuando tenía delante una olla hirviendo, pero incluso mi propio cuerpo se puso en mi contra, pues mis piernas se relajaron automáticamente, liberando su mano para que continuase el trayecto hacia donde quisiera. Solté la cuchara y cerré los ojos cuando su mano se adentró entre mis muslos y me acarició por encima de la ropa interior, haciéndome suspirar pesadamente. Qué jodidamente bueno era en hacerme perder la cabeza.
—Sergio...
—Dime. —Lo sentí sonreír en mi cuello cuando consiguió arrancarme un gemido al pasar por mi zona más sensible.
Tragué con fuerza—...Se me va a quemar la sopa.
—Pues que se queme —murmuró besando mi cuello con más intensidad—...yo ahora mismo solo tengo ganas de postre.
Abrí los ojos de pronto y fruncí el ceño. Molesta, agarré su muñeca y aparté su mano a la vez que le daba un empujón con el culo para separarlo unos centímetros. Apagué el fuego y me giré, clavándole la mirada mientras me cruzaba de brazos.
—¿Estás insinuando que no te apetece mi sopa?
Sergio se quedó petrificado en mitad de la cocina, mirándome perplejo ante mi repentino cambio de humor. Titubeó a la vez que desviaba la mirada varias veces buscando las palabras adecuadas para contestarme, pero nada salió de su garganta.
—Porque llevo toda la mañana cocinando y no pienso dejar que se estropee la sopa porque te apetezca "postre" ahora.
Se recolocó las gafas, nervioso—. No, Raquel, yo...
—¿Tú qué? —Levanté el mentón dando un paso al frente.
Sergio agachó levemente la cabeza, levantando su brazo derecho hacia mí como pidiendo que me calmase—. Que estoy totalmente de acuerdo contigo. Perdona, creo que no me he expresado bien antes. Lo que quería decir es... —dejó la frase a medias cuando una sonrisa asomó en mi rostro, rompiendo mi supuesto enfado. Volvió a colocarse las gafas, confuso—...¿Qué ocurre?
—Que además de cocinar... también me gusta gastar bromas de vez en cuando —confesé, rompiendo a reír.
Su mirada temerosa me llenó de ternura y a la vez me hizo sentir un pelín culpable por haberle hecho pensar que me había enfadado de verdad, pero enseguida exhaló y dejó caer sus hombros con alivio.
Me acerqué a él y acaricié sus mejillas con mis pulgares.
—Te lo has creído, ¿eh? —le chinché mientras rodeaba su cuello con mis brazos.
—Pues... Sí, sí me lo creído —admitió, colocando sus manos en mi cintura con cuidado.
Volví a reír—. Pues ya sabes otra cosa más sobre mí —susurré poniéndome de puntillas para rozar sus labios, dándole un pico cariñoso.
—He de decir que esta no me ha gustado tanto...
Eché la cabeza hacia atrás, riendo. Acaricié su barba con mis dedos y ladeé la cabeza, mirándole con ternura.
—Lo siento. Prometo no volver a "enfadarme". Eso sí, no vuelvas a despreciar mi sopa de esa manera —le advertí.
—Eso nunca. Si me ha gustado, de verdad, lo que pasa es que me he distraído con esto que tengo entre manos y... no he podido pensar con claridad —explicó a través de una sonrisa a la vez que apretaba mis costados y se inclinaba para besarme; le sonreí.
Recibí sus labios con hambre, dejándole invadir mi boca mientras mis manos se perdían entre sus mechones oscuros. Los apreté entre mis dedos, atrayéndole con más fuerza hacia mi boca mientras sus manos hacían lo mismo con mis caderas.
Nos besamos durante varios segundos, quizás minutos, hasta que la falta de oxígeno nos dejó jadeando a milímetros de los labios del otro. Sergio apoyó su frente en la mía mientras respiraba una bocanada de aire y después se relamió los labios, sonriendo con la mirada.
—Bueno qué, ¿comemos?
Sacudí la cabeza, haciendo presión en su nuca con mis dedos para que no se apartarse.
Sergio arqueó una ceja—. ¿No?
—No. Yo también tengo ganas de... adelantar el postre —murmuré con voz sugerente.
Sergio volvió a sonreír.
—Muchas, además.
—No se hable más —sentenció con mirada segura a la vez que me levantaba del suelo y rodeaba su cintura con mis piernas.
Le sonreí un segundo antes de agarrar su cara entre mis manos y besarle, esta vez sin contener el deseo arrebatador que me provocaba aquel hombre sin hacer apenas nada.
…
El reloj avanzó tan rápido mientras estábamos entre las sábanas, que aún no habíamos comido cuando el cuarto se tiñó de la luz anaranjada propia de la tarde.
Lo cierto era que, desde que había llegado a aquella isla, los horarios habían dejado de existir; nos despertábamos cuando el cuerpo nos lo pedía, comíamos cuando teníamos hambre, hacíamos el amor a cualquier hora y en cualquier lugar –de la casa–, y nos íbamos a la cama sin preocuparnos de si íbamos a dormir lo suficiente. Si existía un paraíso, debía ser algo parecía a aquello.
Mi única referencia horaria aquellos días era la alarma que me había puesto en el móvil para acordarme de llamar a mi hija antes de que se fuese a la cama. Sonaba a las seis de la mañana, aunque muchas veces lograba despertarme minutos antes de que sonara; salía de la cama y me sentaba en el porche a ver el amanecer mientras Paula me contaba cómo había ido su día.
Después volvía a meterme en la cama, y el calor de Sergio tardaba pocos segundos en devolverme el sueño. A mí, que siempre me había costado sudor y esfuerzo conciliar el sueño y mantenerlo más de 4 horas. A veces me había costado tanto que me veía obligada a negociar con Morfeo: si me dejas dormir ahora, prometo cambiar el colchón de la cama cada cinco años. O te dejo comida como a los Reyes Magos, ¿es eso lo que quieres? Si es eso yo te compro un camión entero, pero por favor déjame dormir de una vez.
Sin embargo, sentir la piel de Sergio pegada a la mía era más poderoso que cualquier somnífero o criatura mitológico. O quizás era la paz interior que sentía de estar con la persona correcta.
Vacié mis pulmones de aire a la vez que deslizaba una pierna entre las suyas y reajustaba mi postura a su lado; sin ninguna duda, aquel momento de relax post-sexo se había convertido en mi momento favorito del día.
—Deberíamos levantarnos a comer algo... —murmuró depositando un beso en mi cabeza.
—Cinco minutos más —mascullé las palabras sin poder –ni querer– despegar la cabeza de su pecho.
—Está bien, señora perezosa.
Deslicé la barbilla por su piel hasta anclarla en mitad de su pectoral izquierdo—. ¿Qué me has llamado?
Sus ojos me miraron divertidos al ver mi ceño fruncido. Se echó a reír—. ¿Acaso no es verdad? Llevas una hora pidiendo cinco minutos más.
—Me quejo por lo de señora. Lo de perezosa... bueno, lo puedo aceptar.
—Ah... disculpe mi error, señorita —dijo haciendo énfasis en la última palabra.
Arrugué la nariz y volví a sacudir la cabeza.
—¿Tampoco?
—No me gusta esa palabra.
—¿Entonces cómo quieres que te llame?
—Pues... Raquel. O... cualquiera de esas palabras cursis que nunca pasan de moda, como... cariño, amor...
Sergio sonrió mientras deslizaba su mano por mi espalda desnuda hasta pararse en mi cintura. Me abrazó contra su costado a la vez que besaba mi frente.
—Vale... cariño.
Respiré hondo, sorprendida por el cosquilleo que sentí en el estómago. ¿Cómo era posible que algo tan ínfimo me hiciera sentir tanto cuando salía de su boca? Le sonreí, incapaz de esconder lo enamorada que me tenía.
—…Aunque en este contexto en concreto no tiene mucha coherencia —prosiguió mientras devolvía sus gafas a su lugar con un golpe de pulgar—... "cariño perezosa" suena incorrecto, ¿no crees?
Reí, hundiendo la cara en su pectoral. Lo besé con cariño y me incorporé un poco hasta alcanzar la altura de su boca.
—Sí, la verdad es que suena fatal. —Pasé mi pierna izquierda al otro lado de su cuerpo hasta quedar tumbada sobre él y acaricié su barba con mis dedos—... Pero me puedes llamar cariño en cualquier otro contexto —susurré mirándole a los labios.
—Lo haré. —Sonriendo, llevó su mano derecha por mi columna vertebral hasta frenar en mi nuca; ejerció la fuerza justa para acercarme a su boca y atrapó mi labio inferior entre los suyos.
Cerramos los ojos a la vez, ladeando la cabeza en direcciones opuestas al mismo tiempo que abríamos la boca para que nuestras lenguas se encontrasen a medio camino; gemí cuando se rozaron en un baile sensual que de inmediato hizo reaccionar a su cuerpo, haciendo pulsar su miembro contra mi bajo vientre.
Sonreí brevemente antes de volver a profundizar el beso y arqueé la espalda, buscando encajar nuestros cuerpos. Exhalé cuando lo sentí presionando mi pubis. Comencé a balancear las caderas, deslizando mis labios húmedos por toda su longitud, la cual solo tardó unos segundos en endurecerse. Sergio dejó caer su mandíbula, interrumpiendo el beso para dejar salir un gemido de placer. Noté que una de sus manos bajaban rápidamente hasta la curva de mi espalda para frenar aquella dulce tortura.
—Si estás buscando un tercer asalto... me temo que necesito comer algo antes para no morir en el intento.
Solté una carcajada y besé su cuello con cariño. Paré de mover las caderas, muy a mi pesar, y apoyando mis antebrazos en su pecho levanté la cabeza para mirarle.
—¿Sabes?… También podrías llamarme por el nombre de una ciudad... Profesor —sugerí a través una sonrisa; me encantaba llamarle así, y a él siempre le brillaban los ojos cuando lo hacía. Esta vez fue él el que negó con la cabeza. Arqueé una ceja—. ¿No? ¿Por qué?
—Porque eso queda reservado para criminales.
Fruncí el ceño—. ¿Y te parece poco delito que me esté acostando con el mayor atracador de la historia después de haberle dejado escapar con el botín? —Vi que intentaba aguantar una incipiente sonrisa.
—Sí.
Abrí la boca, indignada—. ¿Y qué se supone que tengo que hacer para ganarme el título? ¿Robar un banco?
—Casarte conmigo.
Abrí los ojos como platos. Aquellas dos palabras fueron tan inesperadas que las sentí como dos disparos atravesándome el estómago y dejándome muda por completo. No supe descifrar si lo que sentí fue emoción o temor, ya que no estaba segura de si su mirada penetrante significaba que lo decía en serio o estaba bromeando.
Mi cerebro se llenó de dudas mientras toda yo permanecía inmóvil. Mi silencio le hizo perder toda la seguridad con la que había pronunciado aquellas dos palabras y enseguida desvió la mirada; ahí supe que no era broma.
Deshizo el nudo que sus brazos habían formado alrededor de mi cintura y empujó el colchón con sus manos para apoyarse en el cabecero de la cama. Seguí la inercia de su movimiento hasta quedar sentada sobre su regazo.
Abrí la boca, queriendo decir algo, pero no supe qué; Sergio carraspeo, elevando una de sus manos hacia mí.
—Quiero decir... no tienes que hacerlo. Simplemente es algo que... me gustaría que ocurriera.
Seguí el camino de su mirada, intentando recuperarla, pero quedó fija en sus manos entrelazadas sobre su abdomen. Humedecí mis labios, y tragué el nudo que se había formado en mi garganta.
—Sergio... no llevo ni 3 semanas aquí... —dije sin saber muy bien qué quería trasmitir con aquello, porque en realidad le quería, le quería muchísimo, de eso no tenía ninguna duda, pero me había prohibido pensar más allá de lo que estaba viviendo aquellos días.
Sergio asintió repetidamente—. Lo sé, lo siento. Quizás me he precipitado... Es que... Nunca he sentido algo tan fuerte por nadie y... no sé muy bien cómo manejarlo. Lo siento si te...
—Ey —le interrumpí elevando su mentón para que me mirase—. No pidas perdón. —Le sonreí para quitarle hierro al asunto—, no me ha molestado. Solo que... me has pillado desprevenida y... no sabía si estabas bromeando o lo decías en serio.
—Lo digo muy en serio, Raquel. —Su mirada pareció recuperar la determinación de antes—. Sé que es pronto pero... Vente a vivir conmigo —me pidió agarrando una de mis manos entre las suyas—. Por favor. No hace falta que nos casemos, solo... solo quiero tenerte cerca. Quiero despertarme y que estés a mi lado todos los días de mi vida. De verdad, nunca pensé que existiría una persona con la que encajaría tanto, que me entendiese y me hiciese ver la vida con ilusión en vez de apatía. Eres un regalo, y no quiero perderte. —Sus manos habían ascendido hasta mis mejillas mientras me hablaba, y ahora era yo la que quería desviar la mirada para frenas las lágrimas que se habían formado en mis ojos—. No quiero que esto se acabe...
—Yo tampoco —admití.
Se inclinó hacia mí y presionó sus labios contra los míos, sujetándome con firmeza. Se apartó cuando mis lágrimas humedecieron nuestras mejillas y me limpió el rastro con sus pulgares.
—Sabes que nada me gustaría más que pasar el resto de mi vida contigo. Estos días han sido... están siendo los mejores de mi vida. Pero no es una decisión fácil, hay muchas cosas que debo tener en cuenta y...
—Si es por tu madre y tu hija, no te preocupes. Lo tengo todo planeado, en dos meses, tres a lo sumo, estarían aquí con nosotros. Te prometo que no correrán ningún riesgo. Lo tengo todo pensado, Raquel.
Me mordí el labio, sintiéndome culpable por no poder darle un sí en ese mismo momento—. Dame unos días para pensarlo —le pedí mientras acariciaba su mejilla.
Sergio asintió, dirigiendo su mirada a mis labios—. Vale —murmuró antes de volver a juntar nuestros labios.
