Chapter Text
1. SIDRA
—Ya sé que le dije que estaba en paro pero, es que esto de la sidra no es un trabajo como tal, es-es... es meramente un proyecto. No sé si va a salir bien o va a salir mal. Y, sinceramente, no-no... no sé qué es lo que está pasando. No sé si su compañero vio algo ilegal o... —Se dirigió con paso ligero hacia las literas—. Bien es verdad que hay algunas noches en las que duermo aquí. En las literas. Y no tengo todavía la cédula de habitabilidad y... No sé si es eso lo que vio o que necesito pasar algún tipo de inspección. Es que no lo sé, no...
Raquel desvió la mirada, incómoda. Todo apuntaba a que había vuelto a meter la pata con aquel hombre, pero aún se negaba a aceptarlo. Ángel jamás inventaría algo así porque sí; algo debió ver que a ella se le estaba escapando.
Sus ojos recayeron en un depósito blanco que descansaba sobre un barril y recordó las palabras de su amigo. Volvió a mirarle con el mentón elevado.
—La sidra. ¿Puedo probar la sidra? —Sergio, ligeramente cabizbajo, dudó unos segundos antes de asentir.
—Claro. Claro...
Raquel siguió sus pasos hasta el barril con el ceño aún fruncido, manteniendo su papel de policía a pesar de que las dudas comenzaban a resquebrajar la teoría de su amigo.
Sergio abrió el grifo hasta llenar parte del vaso y se lo entregó a la inspectora. Ella lo acercó a sus labios, y cuando el líquido rozó sus labios, no le quedó más remedio que admitir su grave error a través de un suspiro. Dejó el vaso sobre la mesa, cabizbaja y avergonzada.
—Lo siento, Salva —murmuró a la vez que agarraba su bolso para guardar la pistola.
Echó un vistazo alrededor una vez más, abochornada.
—Este sitio es maravilloso. —Dejó escapar una risa incómoda—. Me siento muy abochornada por... por haberle enseñado la pistola para... para obligarle a traerme hasta aquí, la verdad. Hubiera preferido enseñarle otra cosa.
Sergio exhaló una risa de incredulidad.
—Quiero decir, otra cosa como dice usted, lo de "instinto básico". Me sentiría mucho menos ridícula y avergonzada de lo que estoy ahora.
Caminó hacia el lado opuesto del garaje, con ambas manos en sus caderas y recorriendo cada rincón también con la mirada. ¿Cómo pudo Ángel mentirle sobre aquel lugar? pensó mientras pasaba una de sus manos por su rostro.
—Y pensar que casi le mando a mi exmarido... —confesó, girándose hacia él.
—¿A su exmarido?
—Sí, sé que es un puto desgraciado, pero es el mejor de toda la policía científica. Porque claro, como me habían descrito esto como si fuese un laboratorio de drogas. —Rio a mitad de palabra, acercándose a él. Era tan absurdo que solo podía reír ante aquella situación.
—¿Drogas? —Rio él con timidez.
—Sí. Vamos, que casi... —Volvió a reír, levantando la mirada hacia sus ojos. Estaban a tan solo un palmo de distancia—. Casi meto la pata aún más. —Rieron juntos, pero la intensidad que adquirieron sus miradas puso fin a las risas en menos de un segundo.
Mientras su mirada se perdía entre sus ojos castaños y sus apetecibles labios, Sergio
recordó lo que había escuchado a través del micrófono escondido en las gafas de Ángel, y se sintió inusualmente seguro teniéndola tan cerca. Pero decidió no aprovecharse de aquel conocimiento. Si algo fuese a pasar, debía ser ella la que diera el primer paso.
Raquel le sostuvo la mirada mientras por su mente volvían a pasar las palabras de su madre. También pensó en la pregunta de su amigo y en sus celos inexcusables. Y en el tiempo que llevaba sin probar unos labios nuevos.
Sus ojos descendieron a sus labios, enmarcados en una barba oscura que le resultaba extremadamente sexy, y la curiosidad le pudo.
Cuando volvió a mirarle a los ojos, no se lo pensó dos veces. Estiró el cuello hasta unir sus labios a los de él. No fue más allá de un suave roce, pero cuando lo sintió tragar contra sus labios, un cosquilleo de anticipación le atravesó el estómago. Y no quiso conformarse con un simple pico.
Retrocedió para asegurarse de que no había vuelto a dar un paso en falso, pues Sergio había permanecido quieto los segundos que sus labios habían estado en contacto. Pero su forma de mirarla despejó todas sus dudas.
Regresó a sus labios con decisión, y sintió que perdía fuerza en las rodillas cuando él atrapó su labio inferior entre los suyos y sus manos volaban a su cara para sujetarla y dirigir el beso. Sus propias manos siguieron el mismo camino y se aferraron a su cuello, dejándose llevar por aquel beso arrollador. Sin embargo, los eventos de aquel día se proyectaron en su mente de nuevo, y no quiso que aquello fuese a más sin ofrecerle a aquel pobre hombre la disculpa que se merecía.
Rompió el beso y le miró a los ojos, apartando las manos de su cuerpo.
—Quiero que sepa que no voy a volver a sacar la pistola nunca más. ¿Sí?
Le tomó unos segundos procesar las palabras de la inspectora, pues el roce de sus labios le había nublado la mente hasta el punto de olvidarse de cómo habían llegado hasta allí.
—Bien —murmuró él.
Retomaron el beso a la vez. Raquel se estremeció al sentir la humedad de sus labios y la decisión con la que sus manos la habían agarrado de la cintura. Ella se aferró a su cuello, tomando el dominio del beso unos instantes antes de volver a apartarse.
—...Ni a cachearle, ni a dudar más de usted —continuó.
Sergio sacudió la cabeza, quitándole importancia a todo aquello.
—Bien, bien —murmuró antes de asaltar de nuevo sus labios.
Aire quedó atrapado en la garganta de Raquel, quien emitió un suave gruñido de sorpresa cuando la agarró de la cintura y la pegó a su cuerpo con ímpetu.
—De ti —balbuceó aún en sus labios, apartándose por tercera vez.
Rio ante lo absurdo que resultaba estar tratando de usted a alguien que le estaba besando de aquella manera tan poco formal.
—De ti. De ti. De ti —repitió a través de una sonrisa. Sergio asintió—. Que ya va siendo hora de dejar de tratarnos de usted, ¿no crees? —añadió entre risas.
Estaban tan cerca que el aire que producía al reír le acariciaba los labios, y solo pudo pensar en besarla otra vez. Pero Raquel le miraba, expectante.
—Yo creo que es momento de tutearnos, sí —respondió al mismo tiempo que agarraba los bordes de su propia chaqueta para quitársela.
La dejó caer al suelo, observando cómo Raquel hacía lo mismo con la suya un segundo después mientras susurraba un sí.
—Yo creo que sí —añadió él en un susurró que le recorrió el cuerpo.
Esta vez fue ella la que se abalanzó sobre sus labios, rodeando su cuello con ambos brazos mientras él empujaba sus labios buscando acceso a su boca.
Sintió su mano izquierda descender por su espalda mientras la derecha acudía a ayudarla con la corbata. Tiró de esta una vez aflojaron el nudo y la lanzó hacia atrás mientras Sergio -Salva en su mente- deshacía los tres botones superiores de su camisa. Sus manos se enredaron con las de él cuando intentó acelerar el proceso. Se apartaron para coger aire.
Retomando el beso con urgencia, Sergio se agachó y deslizó un brazo bajo sus glúteos para levantarla del suelo. Caminó de espaldas hacia el sofá, sin perder el contacto con su boca. Estuvo a punto de tropezar con la mesita que había a un lado de este; nunca pensó que llegaría a necesitar aquel garaje que había alquilado como plan B en caso de emergencia, y no había tenido tiempo de memorizar su distribución el breve rato que había pasado allí limpiando unas horas atrás.
La dejó en el suelo cuando sus gemelos chocaron con la esquina del sofá, haciéndole perder el equilibrio levemente. Raquel abrió los ojos al sentir que sus labios se escurrían de entre los suyos. Se miraron en silencio, sin poder hablar a causa de las respiraciones agitadas que se habían provocado mutuamente.
Durante aquellos segundos de tregua, Sergio no pudo evitar dirigir la mirada hacia su escote, que desde aquel ángulo tan cerrado le permitía ver la forma de sus pechos y las diversas pecas que decoraban su piel; se humedeció los labios de manera inconsciente. Había estudiado a aquella mujer a fondo, durante meses, siempre desde el más estricto respeto, pero ahora que la había besado y la tenía a escasos centímetros, respirando sus exhalaciones, solo pudo pensar en cómo sería perderse entre sus piernas una y otra vez hasta quedarse sin fuerzas.
Aquel pensamiento le sorprendió. No se consideraba una persona asexual, pero hacía tiempo que el sexo había dejando de interesarle, probablemente porque las escasas experiencias que había tenido nunca habían llegado a alcanzar sus expectativas. Sin embargo, aquella mujer había despertado su sed de manera repentina, en mitad de un atraco, y no lograba entender cómo, ni cuándo, ni por qué. Su única certeza era que todo lo que estaba sintiendo comenzaba a acumularse en una parte muy particular de su cuerpo.
Raquel notó su debate interno, y antes de que cualquier duda pudiese frustrar la noche, agarró el borde de su blusa con determinación, la sacó por encima de su cabeza, y la dejó caer al suelo bajo la atenta mirada de Sergio. Este contuvo la respiración; ver su torso únicamente cubierto por un sujetador de color gris provocó un cortocircuito en su parte racional, que luchaba por convencerle de que aquello no estaba bien, que no debía aprovecharse de las circunstancias.
Sin pronunciar una sola palabra, Raquel llevó su mano derecha a la nuca de él, dejando que sus dedos se perdieran entre sus gruesos cabellos, y se deshizo del poco espacio que quedaba entre sus cuerpos. Hacía tiempo que no conectaba con alguien de esa manera, y nunca en tan corto tiempo, y aunque era una locura que jamás pensó que llevaría a cabo con un extraño, se moría de ganas de comprobar si aquella conexión también existía en el sexo.
Levantó la cabeza y le miró a los ojos con una mezcla de seriedad y lujuria, acariciando su nariz con la punta de la suya. Aquella provocación terminó acallando la poca conciencia que le quedaba a Sergio, quien decidió lidiar con las consecuencias más tarde.
Se abalanzó sobre la boca de la inspectora a la vez que esta terminaba de abrir su camisa a toda velocidad. Tan pronto como deshizo el último botón y empujó la camisa hacia los lados con energía, los brazos de Sergio regresaron alrededor de su cintura, ahora desnuda.
Sergio se estremeció al sentir la suave piel de aquella mujer, y no pudo dejar de recorrerla con ambas manos mientras sus bocas se buscaban con las mismas ganas del principio. La llevó consigo hasta que quedaron tumbados en aquel ruidoso sofá de cuero falso que había comprado en una tienda de segunda mano.
Raquel gruñó a mitad de beso cuando su estrecha falda le impidió moverse con soltura sobre su cuerpo, y tuvo que conformarse con abrazar una de sus piernas entre las suyas.
Deslizó la palma de su mano a lo largo de su torso cubierto de una irregular capa de vello, y sonrió al notar que los músculos de su abdomen se contraían al llegar a su ombligo. Sergio le mordió el labio inferior como respuesta, y ella contraatacó profundizando el beso. Gimieron a la vez cuando sus lenguas danzaron sin dificultad, como si se reconociesen de otra vida.
Continuaron saboreándose varios minutos, hasta que la necesidad de oxígeno les obligó a buscar una ruta alternativa. Sergio adhirió su boca semiabierta al cuello de ella, mientras que Raquel paseaba sus manos por la frondosa cabellera de él, respirando pesadamente ante el placer de sentir sus labios húmedos absorbiendo su piel. Pero su mente se distrajo cuando se percató de que las manos de Sergio, cada vez que descendían por su espalda, se desviaban hacia sus caderas en vez de seguir hacia abajo, como con miedo a tocar algo prohibido. Frunció el ceño cuando aquel gesto casto se volvió a repetir.
—Salva... —murmuró a la vez que apoyaba una de sus manos en el sofá para poder incorporarse un poco y mirarle a los ojos.
Sergio liberó su piel y le miró, expectante.
—Ya sé que te he apuntado con un arma cargada pero... te prometo que no muerdo —dijo señalando con un movimiento de cabeza a la mano que tenía posada en su cadera—. Puedes tocarme el culo si te apetece, no me voy a asustar —susurró riendo levemente.
Sergio se echó a reír, agachando la mirada al sentir que se sonrojaba. Volvió a mirarla a través de sus ojos rasgados y se relamió los labios, apretando sus caderas con los dedos.
—Es que resultas un poco intimidante —susurró en un tono desenfadado.
Raquel ladeó la cabeza, sonriendo—. ¿Ah sí?
Sergio asintió, levantando la cabeza para besar sus labios brevemente—. Aunque lo cierto es que... —Carraspeó mientras recolocaba su cabeza sobre la manta doblada que había en el sofá—. Me pareces una mujer muy interesante y... no me gustaría pasarme de la raya contigo. No quiero cometer un error y que te alejes de mí antes de tiempo —confesó; aunque sabía que ella no entendería -aún- el verdadero significado de sus palabras.
Era muy consciente de que, en el mejor de los casos, en unos días desaparecería de su vida sin dejar rastro y ella nunca sabría que la había engañado. Pero, dada su enorme inteligencia, era mucho más probable que en algún momento descubriese su verdadera identidad, destapando así las mentiras con las que había logrado manipularla a beneficio del atraco. Se preguntó si ella se arrepentiría de aquella noche una vez supiese la verdad.
Ajena a sus pensamientos, Raquel se mordió el labio inferior y se deslizó sobre su pecho hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura.
—Entonces es que no he dejado claras mis intenciones como yo pensaba... —inició con voz sensual; algunos de sus mechones castaños se escurrieron de sus hombros y rozaron las mejillas de Sergio, provocándole cosquillas. Pero él no se atrevió a retirarlo, prefirió dejarse comer por aquella mirada intensa—...Porque yo sí quiero que te pases de la raya —susurró la última frase cerca de su boca.
Sergio tragó saliva, tremendamente excitado con aquel comentario de la inspectora y su manera tan sensual de darle forma a las palabras.
Para asegurarse de que no quedaba la mínima duda, Raquel se puso en pie y bajó la cremallera lateral de su falda de cuero a la vez que se mordía el labio. Sergio aprovechó aquel distanciamiento para quitarse del todo la camisa, pues le estaba asfixiando de calor. Sentado con la espalda apoyada en el respaldo del sofá, observó cómo la inspectora agarraba con ambas manos la rígida tela de su falda y la bajaba por sus piernas hasta dejarla arrugada alrededor de sus tobillos.
La miró de arriba abajo, hipnotizado por su imponente figura en ropa interior, y una pulsación bajo la tela de su pantalón le confirmó que jamás había deseado tanto a una mujer. O al menos no lo recordaba.
Libre de restricciones, Raquel se quitó los zapatos y dio un paso al frente, separando sus piernas lo suficiente para arrodillarse sobre su regazo. Le miró fijamente a los ojos, dispuesta a todo con aquel hombre.
—Cruza la raya, písala, bórrala, haz lo que te dé la gana con ella —susurró mientras apoyaba las manos en sus hombros.
Sergio colocó las suyas en su cintura, mudo e incapaz de desviar los ojos de su mirada provocativa.
—O me encargaré yo de hacerlo —murmuró al mismo tiempo que agarraba una de sus muñecas para conducir su mano hacia su trasero.
Abrió la boca al sentir la calidez de su palma contra su piel, y Sergio sonrió, recuperando la seguridad que su conciencia le había robado.
—No hay nada que desee más en estos momentos —murmuró de vuelta a la vez llevaba su otra mano hacia la nuca de Raquel y la empujaba hacia su boca, pero ella frenó a escasos milímetros de sus labios, colocando ambas manos en su pecho.
—Pues entonces demuéstramelo, ¿no? —dijo de manera sensual un segundo antes de que Sergio se lanzase a aprisionar sus labios de nuevo.
Raquel emitió un gemido de aprobación cuando sus dedos reptaron bajo su culotte negro y apretaron su nalga derecha con fuerza. La sentó sobre su regazo y la atrajo aún más hacia su cuerpo, profundizando el beso hasta casi ahogarse en ella. Raquel, por inercia, separó aún más las piernas y gimió al sentir su abultada entrepierna contra su pubis. Sergio la incitó a moverse, empujando sus caderas con la palma de su mano y Raquel no pudo resistirse a aquella placentera fricción que generaban sus cuerpos.
Dejó que guiara sus movimientos unos instantes, encantada con la forma en que la mano de aquel hombre se amoldaba a su nalga y cómo la apretaba cada vez que se movía hacia el frente mientras su otra mano la mantenía pegada a su boca, agarrándola de la nuca.
El placer fue aumentando con cada roce, y se vio obligada a romper el beso unos instantes para aspirar una bocanada de aire o entraría en combustión allí mismo. Sonrió al ver la mirada extasiada de Sergio, y no dejó de mover las caderas un solo segundo mientras le miraba a los ojos, pero aquella fricción pronto le supo a poco.
Sergio siguió la dirección de sus manos cuando la inspectora se abrió paso entre sus cuerpos y desabrochó su cinturón con agilidad. El botón y la cremallera de su pantalón le siguieron inmediatamente después. Contagiado de su prisa, presionó su propia espalda contra el respaldo del sofá y elevó las caderas a la vez que tiraba del pantalón hacia el suelo, quedando este arrugado a la altura de sus espinillas, ya que aún tenía los zapatos puestos y tampoco estaba por la labor de pedirle a Raquel que se apartase para poder quitárselo.
Esta retomó el vaivén de sus caderas tan pronto como la prenda desapareció, sintiendo con más precisión su erección, y se estremeció al escucharle exhalar un "ah" de absoluto placer. Agarró su mandíbula con una mano y mordió su labio inferior de manera provocativa antes abrirse paso a su boca.
Completamente a merced de aquellos labios, Sergio abandonó la nuca de la inspectora y descendió por su columna vertebral hasta alcanzar el broche de su sujetador; necesitaba con urgencia sentir su piel contra la suya sin ropa de por medio. Lo pellizcó un par de veces, intentando abrirlo a ciegas, pero aquel invento del diablo no quiso colaborar. Raquel rio en sus labios mientras llevaba ambas manos hacia el centro de su propia espalda y deshacía con soltura el broche de su sujetador. Frenó el beso lo suficiente para sacarlo de sus brazos y lanzarlo al suelo.
Sergio esquivó los labios de Raquel cuando esta pretendió retomar el beso, pero esta no tuvo tiempo para protestar, pues de repente la boca de Sergio se adhirió a su pecho izquierdo, tomándola por sorpresa. Dejó caer su mandíbula, emitiendo un gemido silencioso cuando sintió su lengua húmeda juguetear con su pezón en el interior de su boca.
Ancló una de sus manos a su cuello para no caer hacia atrás con el ímpetu de su boca, y él la sujetó con firmeza situando ambas manos en la parte baja de su espalda. Se mordió el labio para no gritar algo inapropiado, pero un gruñido de placer escapó de su boca cuando este soltó su pecho en mitad de una succión, causando un erótico sonido que le recorrió la espalda.
Sergio buscó sus ojos y sonrió antes de provocarla de nuevo rozando su pezón erecto con la punta de su lengua. Después se desvió hacia su otro pecho, besando con cariño los lunares que encontraba por el camino. Tras dedicarle la misma atención a su otro pecho, Sergio levantó la mirada, observándola con absoluta devoción mientras recuperaba la normalidad de su respiración.
—Eres espectacular —murmuró con total sinceridad.
Nunca le había resultado fácil hablar con mujeres en un ámbito no profesional, y mucho menos halagarlas dentro o fuera del sexo. Pero con ella le salió natural, sin esfuerzo.
Raquel echó la cabeza hacia atrás, riendo—. La dopamina ha empezado a hacer efecto por lo que veo... —bromeó, ladeando la cabeza.
Pero él no rio, mantuvo esa mirada seria e intensa que le puso el corazón a mil.
—Lo digo en serio.
Raquel respiró de manera pesada, sin saber qué contestar a tal halago en un momento tan intimo. Así que decidió contestar con sus labios.
Empujó sus hombros hasta que su espalda chocó de nuevo con el respaldo del sofá y abordó su boca con desesperación, como si fuese él su fuente de oxígeno en vez del aire. Le acarició a través de la tela de sus calzoncillos mientras él manoseaba sus nalgas entre gruñidos ahogados de excitación. En pleno delirio de besos húmedos y manos invasoras, Sergio decidió que esa noche haría todo lo posible para compensarla por todas las trabas que le había puesto y pondría en el camino. Se merecía al menos un buen polvo que recordar entre tanto revés.
Poco a poco sus mentes se fueron vaciando, y ellos se mordieron, se tocaron, se rozaron repetidamente, hasta que el calor se hizo insoportable. Raquel exhaló pesadamente, abandonando sus labios.
—¿Tienes preservativos? —preguntó con la respiración entrecortada.
A Sergio le tomó unos segundo activar de nuevo su mente—. Eh... sí. Sí, sí.
—¿Dónde están? —preguntó colocando una mano sobre su esternón cuando vio que iba a levantarse.
Sergio señaló hacia un lateral del garaje—. En la mesita, junto a las literas.
Raquel le guiñó un ojo antes de levantarse de su regazo y caminar hacia donde le había indicado.
Sergio aprovechó para quitarse los zapatos y sacarse el pantalón. Suspiró mientras la seguía con los ojos. Le costó creer que aquello estuviese pasando de verdad; en todos aquellos años de preparación había pensando en todos y cada uno de los posibles contratiempos que podrían surgir durante el atraco. Sin embargo, nunca anticipó que la inspectora al mando pudiese moverle las piezas de aquella manera. Y mucho menos que abandonaría la sala de control durante varias horas para complacer una urgencia sexual que llevaba años sin experimentar.
Tragó con fuerza, pensando en aquellos monitores que nadie estaba vigilando, y pidió mentalmente que todo estuviese tranquilo, porque no sabría cómo explicarles a sus compañeros que se había saltado sus propias normas sin una razón de peso con la que justificarse.
Observó cómo Raquel abría varios cajones hasta dar con la caja de condones que había comprado aquella misma tarde en un golpe de optimismo tras escuchar aquella conversación entre Ángel y ella. La había abierto aposta y sacado algunos condones para que Raquel no pensara que su vida sexual era tan penosa como en realidad era. Sonrió internamente cuando la vio comprobar la fecha antes de regresar al sofá con el pequeño paquete entre sus dedos.
Lo dejó a un lado del sofá mientras se disponía a sentarse sobre sus piernas de nuevo, pero Sergio la frenó antes de lograr su cometido. Se quitó las gafas y las dejó sobre el tablero de ajedrez que tenía a su alcance. Raquel permaneció de pie entre sus piernas, mirándole con una ceja arqueada. Entonces Sergio se arrimó al borde del sofá, y mirándola desde abajo con absoluto deseo, introdujo sus pulgares por los laterales de la goma de su ropa interior a la vez que sus dientes inferiores raspaban la parte baja de su vientre en dirección a su ombligo. Arrastró la prenda a lo largo de sus muslos mientras besaba y mordisqueaba con delicadeza su abdomen; aquello le erizó la piel, y volvió a desear con urgencia sentirlo entre las piernas, de la manera que fuese.
Raquel exhaló, deslizando una mano entre sus mechones y él soltó la prenda a la altura de sus rodillas, dejando que esta cayera a sus pies. Humedeciendo sus labios, la miró una vez más mientras plantaba besos casi imperceptibles en su bajo vientre, unos besos que, junto al roce de su barba, la estaban volviendo loca de deseo. Entonces Sergio rompió el contacto visual y comenzó a descender desde su ombligo, dibujando una línea invisible con la punta de su nariz. Raquel se estremeció al sentirlo inspirar a la altura de su pubis, cubierto de una fina capa de vello, al mismo tiempo que una de sus manos ascendía lentamente por el interior de sus muslos. Cerró los ojos y apretó sus mechones entre sus dedos, sintiendo que iba a perder la decencia si continuaba tentándola de esa manera.
Y entonces aspiró una bocanada de aire cuando de repente sintió su lengua entre sus piernas, lamiendo su sexo de abajo arriba. El roce fue casi inapreciable al principio; quería provocarla. Su mano continuó subiendo por su muslo desnudo, y cuando el lateral de esta rozó sus labios al terminar el ascenso, una descarga de placer la dejó temblando y pidiendo más de aquel contacto.
Sergio levantó la mirada mientras deslizaba su mano por su sexo y separaba sus labios con dos dedos, impregnándose de su humedad a la vez que su lengua seguía explorándola por primera vez. Aumentando la presión de sus labios contra su piel, introdujo un dedo despacio, prestando atención a sus reacciones, y después añadió un segundo cuando ella le dio permiso asintiendo antes de cerrar los ojos.
Observó hipnotizado cómo sus párpados temblaban cada vez que rozaba una zona concreta y cómo sus dientes se clavaban con fuerza bajo su labio inferior cada vez que sus dedos mojados entraban y salían de su cuerpo; sus mejillas adquirieron un tono rojizo y pensó que nunca había visto algo tan sexy en toda su vida. Estuvo a punto de quedarse sin aliento cuando Raquel abrió los ojos y le sonrió sin dejar de morderse el labio.
Arrastrada por la impaciencia, apoyó su pie derecho en el borde del sofá y arqueó la espalda hacia su boca, facilitándole el acceso a su centro. Sergio tomó aquel gesto como una petición para que aumentara la intensidad, y así hizo. La garganta de Raquel vibró con cada gemido que conseguía provocarle con los movimientos de su lengua en sincronía con sus dedos, y en pocos segundos se encontró en aquel punto sin retorno. Tragó con fuerza, sintiendo que sus piernas comenzaban a flaquear, por lo que buscó apoyo clavando los dedos en sus hombros.
Consciente del esfuerzo que estaba haciendo para mantenerse en pie, Sergio dejó de estimularla con los dedos y la sujetó con firmeza de las caderas, aumentando la presión de su lengua sobre su clítoris para empujarla hacia el climax. Raquel movió su pelvis contra su boca a la vez que tiraba de su pelo, dirigiéndole al punto exacto que la desharía, y en menos de un segundo su cuerpo dio una sacudida, sus músculos internos se contrajeron y un fuerte gemido escapó de lo más profundo de su garganta.
Sergio se apartó, y temió correrse ante aquel espectáculo sensorial. Respiró hondo en un intento de retomar el control y Raquel se encorvó sobre él, sin fuerzas y aturdida por las olas de placer que aún se extendían por su cuerpo.
Sergio se limpió la barba y la agarró de la cintura para sentarla sobre su regazo. La rodeó con los brazos y ella se abrazó a su torso en silencio mientras su cuerpo volvía a la normalidad tras haber experimentado el primer orgasmo en mucho tiempo. Cuando por fin pudo respirar con normalidad, Raquel se echó para atrás en busca de sus ojos. Le sonrió.
—Tengo que decir que... ya solo por esto ha merecido la pena traerte hasta aquí a punta de pistola —bromeó, acariciando su nuca con sus dedos.
Sergio se echó a reír, dejándola embobada de nuevo.
—Estoy completamente de acuerdo —murmuró observando cómo la mirada de Raquel se perdía en dirección a sus labios.
Se aproximó a estos y los beso con una delicadeza que le puso la piel de gallina. Él acarició su espalda desnuda, ligeramente húmeda por el sudor, y recogió su larga cabellera en un puño mientras saboreaba aquellos labios a los que comenzaba a hacerse adicto. Tras unos segundos, Raquel abandonó su boca y continuó por su barba hacia su cuello mientras una de sus manos levantaba la goma de sus calzoncillos. Contuvo la respiración cuando sintió su mano bajo su ropa interior, la única barrera que quedaba entre sus cuerpos.
—Continuamos... ¿no? —insinuó en su oído, acariciando su demandante erección.
Tragó saliva—. Me parece... una muy buena idea. Sí.
Raquel le sonrió, agarrando el borde de sus calzoncillos. Sin dilación, Sergio elevó las caderas a la vez que ella los empujaba hacia fuera. Sus piernas hicieron el resto del trabajo.
Volvieron a besarse sin prisa. Sergio acarició la suave piel de sus muslos mientras ella palpaba los músculos de sus pectorales, descendiendo poco a poco por su abdomen hasta rozar su vello púbico con la yema de sus dedos, acelerando sus latidos con anticipación.
Sus labios se olvidaron de besar cuando Raquel cerró su mano alrededor de su pene y comenzó a experimentar con diferentes movimientos. Sergio gimió contra sus labios cuando ejerció presión en su base y ascendió haciendo un giro con la muñeca hasta rozar el glande con su pulgar. Raquel sonrió, satisfecha con su reacción, y volvió a repetir la maniobra un par de veces antes de cambiar de estrategia. Sergio suspiró, olvidándose de cómo funcionaba su cuerpo, y solo pudo centrarse en el placer que le estaba proporcionando aquella mujer.
—Joder —masculló entre dientes, a punto sucumbir a la maestría de sus manos. Pero no quería acabar aún y de esa manera; quería enterrarse en ella. Agarró su muñeca para frenarla y exhaló pesadamente—. No creo que aguante mucho si sigues así... —contestó a su mirada interrogante.
—Entonces no lo retrasemos más —murmuró agarrando el preservativo.
Lo abrió con los dientes, procurando no romperlo, y se lo entregó. Él intentó que no se le notasen los nervios por la falta de práctica poniéndose uno.
Una vez lo hubo colocado correctamente, Raquel se incorporó, acercando sus rodillas al fondo del sofá para alinearse con su miembro. Sergio llevó las manos a su cintura, aguantándole la mirada mientras ella lo dirigía a su entrada. Le gustó la manera en que sus mandíbulas se abrieron a la vez al sentir la punta de su pene abriéndose paso en su vagina. Respiraron por la boca cuando descendió despacio sobre él. Sergio tragó saliva, intentando controlarse al sentirse rodeado por completo.
Con una sonrisa seductora en los labios, Raquel envolvió su cuello con ambos brazos y comenzó a mover su pelvis de atrás hacia delante, generando una placentera sensación para ambos. Sergio elevó el mentón y presionó sus labios contra los de ella mientras sus manos, asentadas en sus caderas, acompañaban sus deliciosos balanceos. Sus respiraciones, cada vez más agitadas, interrumpieron sus besos varías veces.
Tras unos instantes, Sergio deslizó ambas manos hacia sus nalgas y las estrujó, incitándola a cambiar de movimiento. Raquel obedeció de inmediato. Levantó sus caderas hasta sentir que la abandonaba casi por completo, y volvió a bajar, llevándolo de nuevo hacia su interior. Sergio apretó la mandíbula ante aquella nueva fricción, y cuando ella se pegó del todo a su cuerpo y sus pechos le arañaron el torso con cada cabalgada, pensó que perdía toda autoridad sobre su propio cuerpo.
Con cada descenso de su cuerpo sobre el suyo, Salva y el Profesor fueron perdiendo nitidez en su mente, quedando al final solo él, Sergio, en aquel sofá, follando con una mujer que en cualquier momento podría convertirse en su verdugo. A cualquier le hubiese parecido una locura, pero a él, en esos momentos, le pareció la mejor decisión que había tomado su vida.
Comenzó a sentir la tensión acumulándose en la parte baja de su cuerpo, y quiso distraerse con otros pensamientos, pero observarla moverse de aquella manera tan sensual le impidió alcanzar su objetivo. Respirando con dificultad, llevó una mano a su pelo y apretó su nuca entre sus dedos mientras que su otra mano abrazaba su cintura, sujetándola con firmeza y empujándola hacia su cuerpo a la vez que elevaba sus caderas, profundizando y acelerando las embestidas. Los gemidos que liberaba en su oído le volvieron loco y deseó poder escucharlos el resto de la noche, pero supo que no aguantaría mucho más. Estiró los dedos de los píes, queriendo prologar aquel placer unos segundos más, pero le fue imposible, el orgasmo le sorprendió en mitad de aquel pensamiento.
Raquel se estremeció al sentir su gemido ronco retumbando en su hombro. Desaceleró poco a poco hasta quedarse quieta, aún abrazada a su torso. Pudo sentir sus latidos desbocados contra su piel, y las sacudidas de su miembro aún enterrado entre sus piernas.
Cuando los efectos del orgasmo se desvanecieron, Sergio se sintió un tanto avergonzada por haber acabado tan rápido. Así que no pudo mirarle a los ojos cuando ella deshizo el abrazo instantes después.
—Necesito... —masculló señalando con su pulgar hacia una puerta gris.
Raquel siguió la dirección de su dedo y asintió—. Sí, claro —murmuró apartándose de inmediato.
Recogiendo sus calzoncillos del suelo, se tapó con ellos y se dirigió al servicio con pasos cortos pero acelerados.
Raquel dejó escapar un suspiro mientras se tumbaba boca arriba en el sofá. Su cuerpo seguía sensible por haberse quedado a las puertas de un segundo orgasmo, pero no le importó, sentía que su cuerpo pesaba la mitad después de haberse quitado las cadenas que llevaba años arrastrando. Por primera vez no había cedido ante el miedo, y eso le hizo sonreír. La confianza que sentía con él la liberó de todos aquellos fantasmas.
Tras unos minutos de trance, recogió del suelo su culotte para ponérselo. Paseó por el garaje, observándolo con otros ojos. Sergio dio un respingo al encontrársela de frente al salir del baño, y Raquel no pudo contener la risita que le provocó su cara de susto.
—Yo también necesito... —explicó señalando al interior de servicio como lo había hecho él.
Sergio asintió—. Claro, por supuesto.
Extendió el brazo hacia el servicio, invitándola a entrar.
Cuando salió del servicio tras asearse, Sergio la estaba esperando tumbado en el sofa tapado con la manta roja que antes le había servido de almohada. Pensó en que debía irse cuanto antes, al día siguiente era lunes y llevaba dos días sumida en el estrés sin poder dormir. Pero decidió quedarse un poco más, saber más de él, y de aquel sitio tan peculiar al que ella había llegado sin ser invitada. Rio mentalmente al recordar cómo había empezado la noche.
Cruzó la distancia de puntillas y le dedicó una sonrisa mientras se acurrucaba a su lado en el sofá. Sergio la rodeó con un brazo para que no se cayese del estrecho sofá, y subió la manta hasta su hombro, resguardándola del frio que hasta entonces no había notado.
—Gracias —susurró Raquel mientras acomodaba su cabeza en su hombro.
Sonrió cuando Sergio besó su frente. Permanecieron en silencio un rato; aquello no le incomodó, al contrario, pero quería conocer algo más de él, así que decidió romper el silencio.
—Salva... ¿Puedo hacerte una pregunta?
Sergio entornó la mirada—. ¿Como Raquel o como la inspectora Murillo?
Raquel rio—. Como Raquel. La inspectora acabó su turno hace un rato.
Sergio sonrió—. Entonces sí.
Raquel humedeció sus labios, echando un vistazo a su alrededor sin moverse del sitio—. ¿Decoraste tú este lugar?
Sergio rio, habiendo esperado otro tipo de pregunta—. A medias. El garaje era de un amigo de mi padre. Se lo compré hace un par de años pero no lo había utilizado hasta que empecé con esto de la sidra hace unos meses. Aquí guardaba montones de objetos extraños, y me dio pena tirarlos todos. Así que reutilicé los más llamativos —dijo señalando a la enorme "C" que había detrás del sofá. Rieron a la vez, y Sergio giró la cabeza para mirarla—. ¿Por qué? ¿No te gusta?
—Sí, sí me gusta. Solo que... es un tanto peculiar. No había visto nada igual. —Añadió una sonrisa—. Oye y... ¿a qué te dedicabas antes de lo de la sidra? —preguntó mientras sus dedos jugaban con el vello de su pecho de manera inconsciente.
—Fui comerciante ambulante.
Raquel alzó las cejas—. ¿De los que van a domicilio con catálogo en mano?
—Efectivamente —confirmó, asintiendo.
Raquel rio—. ¿Y qué vendías?
—Aspiradoras.
—Aspiradoras —repitió en un susurro mientras asentía con la cabeza. Intentó visualizarlo en aquel trabajo pero le entró la risa—. A lo mejor me vendiste una, quizás por eso siento que te conozco —bromeó a través de una sonrisa.
—Pues a lo mejor. —Asintió.
Volvieron a reír.
—¿Y chicas? —cambió de tema.
Sergio arqueó una ceja.
—¿Traes a muchas chicas por aquí?
Pudo inventarse una vida, decir que era divorciado o que acababa de salir de una relación formal. Pero sintió la necesidad de ser sincero con ella, al menos en esa parte de su vida.
Sergio negó con la cabeza—. De hecho tú has sido la primera.
—¿En serio? Bueno, claro... Tendrás una residencia principal aparte de este garaje, supongo... ¿no?
—Sí. —Giró la cara en su dirección—. Pero no cambia mucho mi respuesta. No soy muy de llevar mujeres a sitios...
Raquel entornó la mirada ante su insinuación.
—Me cuesta creerlo...
Sergio rio—. ¿Por qué?
—No sé... Eres un hombre encantador y... atractivo. Me cuesta creer que no tengas mujeres detrás dispuestas a acompañarte a cualquier lado. —De repente entró en pánico—. ¿O estás casado? —preguntó levantando la cabeza y abriendo los ojos de manera exagerada.
Sergio volvió a reír—. No, tampoco estoy casado.
Raquel suspiró, aliviada.
—Pero será mejor que no sigas indagando en mi vida amorosa porque da bastante pena... —bromeó en un susurro.
Raquel rio—. Más que la mía no lo creo...
Sergio la miró, divertido.
—¿Me estás queriendo decir que la inspectora más importante del país no tiene a decenas de hombres arrastrándose a sus pies?
Raquel arrugó la nariz, escondiendo la cara en la curva de su cuello. Sergio frotó su brazo para indicarle que estaba bromeando.
—Alguno hay —admitió al separarse—. Pero soy bastante desconfiada... No sé si por mi trabajo o... por todo lo que pasó con mi marido, pero... —Le miró a los ojos—, eres el primer hombre con el que me he acostado desde que me separé. —Sonrió; en otro contexto le habría dado vergüenza confesar algo así, pero había algo en él que le empujaba a ser sincera.
Sergio le devolvió la sonrisa—. En ese caso debo darte las gracias, porque no suelen darme demasiadas oportunidades en general... —dijo con tono desenfadado.
Raquel rio y acarició su mejilla, atrayéndolo hacia sus labios para sellar la conversación con un beso.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, y Sergio miró al techo, pensando en lo natural que le resultaba la compañía de Raquel. Ella observó su rostro con detenimiento.
—¿Qué? —preguntó Sergio tras notar que le miraba pensativa pero sonriendo a la vez.
—Nada.
Volvió a girar la cabeza hacia ella—. ¿Qué? Me estabas mirando.
—Es que... no sé, así, sin las gafas, pareces otra persona. Como Superman y Clark Kent.
Rieron. Sergio pensó en que era mucho más lista de lo que ella misma creía.
—Vamos, que te gusto más con gafas.
—No, yo no he dicho eso.
Sergio rio.
—Me las pongo ahora mismo. —Elevó la cabeza a la vez que estiraba un brazo hacia la mesita donde estaban sus gafas—. Es un poco raro dormir con gafas, no pasa nada, normalmente me las quito, pero bueno, hoy es un día especial. —Se las puso y después giró la cabeza hacia Raquel—. ¿Mejor?
En vez de responder, Raquel volvió a besarle. Subiendo su hombro hacia su oreja mientras apretaba sus labios contra los de él. Rompió el beso emitiendo un suspiro. Deseó quedarse con él toda la noche, pero su papel de madre e inspectora responsable resurgieron para recordarle que tenía otras responsabilidades.
—Lo que pasa es que, no me puedo quedar a dormir. Lo siento.
Agarró la manta contra su pecho a la vez que se incorporaba en el sofá. Sergio exhaló por la nariz y apretó los labios. No estaba listo para dejarla ir, porque una vez saliera por la puerta, nada le aseguraba que volviese a mirarle con esos ojos de absoluta confianza.
—No sé, quiero... despertarme con mi hija. Llevarla al colegio —explicó tras ponerse el sujetador al ver su cara de resignación—. Que vea que todavía tiene una madre.
—Claro. —Asintió, desviando la mirada a sus dedos—. Pero para llevar a tu hija al colegio aún deben quedar como mínimo 7 u 8 horas. —Intentó convencerla mientras se ponía la blusa. Raquel se giró hacia él—. Quiero decir, que igual estando allí a las 12 o la 1... o a las 7 de la mañana... sería suficiente, ¿no?
Raquel le sonrió, y antes de darle de nuevo una respuesta negativa, se inclinó para besarle una vez más.
—Lo siento. No me voy a quedar —susurró al apartarse.
Sergio apretó los labios con resignación mientas Raquel se agachaba para recuperar su falda del suelo. Él agarró su camisa para ponérsela.
—Oye, ¿y ese piano de ahí? —preguntó Raquel al verlo de frente al sentarse—. ¿Tocas el piano?
Sergio asintió.
—¿Me tocas algo antes de irme? —pidió con mirada risueña. Se mordió el labio al caer en el doble significado de la frase—. Al piano, quiero decir —aclaró, riendo.
Sergio agachó la mirada, sonriendo, y bajó las piernas del sofá.
—Te toco lo que quieras —murmuró cerca de sus labios antes de dirigirse al piano.
Raquel se sonrojó, y le observó desde el sofá.
Se sentó en el banquillo y colocó sus dedos sobre las teclas. Tocó la primera melodía que le vino a la mente, una que representaba a la perfección cómo se sentía por dentro en esos momentos. Invitada por la alegre melodía, Raquel se sentó a su lado. Sonrió de vez en cuando, observando cómo sus dedos presionaban las teclas sin cometer un solo error.
Al terminar de tocar la melodía, a Sergio le vino el recuerdo de que aquella canción pertenecía a la banda sonara de El Golpe, la película favorita de su padre, la cual relataba la historia de dos timadores que deciden vengar la muerte de un amigo que murió a manos de un poderoso gánster. Su semblante se nubló.
Pero la mente de Raquel estaba a años luz de captar aquellos detalles, pues solo podía pensar en lo fascinante que le resultaba aquel tal Salva, y las enormes ganas que tenía de besarlo otra vez. Y así hizo cuando este decidió levantar la mirada y se encontró con su mirada intensa.
Raquel se inclinó hacia él y agarró su cuello, atrayéndolo hacia su boca con energía. Los dedos de Sergio caminaron por su pelo, empujándola hacia él con la misma fuerza mientras sus lenguas se reencontraban, alimentando el fuego que se había iniciado de repente.
Su cuerpo pidió sentir sus manos de nuevo y pensó que no podría irse mientras su piel siguiese ardiendo de esa manera. Posó una mano en el centro de su pecho para apartarlo unos segundos.
—No puedo quedarme toda la noche pero... quizás un rato más... —sugirió a centímetros de su boca.
Sergio asintió repetidamente, agarrándola de la cintura y tirando de ella para que se sentase sobre su regazo.
Aquella segunda vez todo fue más rápido, más urgente, más frenético. Sergio le quitó la ropa en segundos, deslizando sus labios por cada tramo de piel que desnudaba. Ella empujó su camisa hacia abajo, quedando está colgando de los antebrazos de Sergio, pues este se negaba a apartar las manos de su cuerpo.
Clavando sus dedos en sus caderas, la levantó de su regazo, y Raquel se apoyó de espaldas en el piano. Dio un respingo cuando el piano protestó al apoyar una mano sobre las techas. Rieron brevemente y Sergio se puso en pie tras deshacerse de la última prenda que cubría el cuerpo de la inspectora, y atacó su boca con hambre.
Raquel agarró la goma de sus calzoncillos y los empujó hacia abajo hasta liberar su prominente erección. Clavo las uñas en sus firmes glúteos y lo pegó a su cuerpo, arqueando la espalda hacia él a la vez que Sergio curvaba los dedos detrás de su rodilla izquierda y levantaba su pierna, eliminando todo espacio entre ellos. En aquella posición, Raquel comenzó a frotar su sexo a lo largo de su pene, imitando el ritmo de sus besos y gimiendo a causa de aquella agradable fricción. Su propia humedad fue empapando su miembro, agilizando y acentuando aún más el placer. Y con cada nuevo roce fue perdiendo más y más el control, hasta que su cuerpo comenzó a dictaminar el ritmo por sí solo. Jadearon, cada vez más cerca del orgasmo.
—Espera, espera, espera —advirtió Sergio con urgencia cuando en uno de los movimientos quedó encajado en su entrada.
Raquel le miró con la respiración entrecortada por el beso.
—El preservativo.
Raquel se relamió los labios, echando un vistazo entre sus cuerpos. La imagen le provocó un cosquilleo en el estomago. Volvió a mirarle, mordiéndose el labio.
—Tomo la píldora... Si estás limpio no nos hace falta.
Sergio tragó saliva, asintiendo con la cabeza.
—¿Puedo confiar en ti?
—Absolutamente.
Le creyó.
—Bien —murmuró Raquel antes de anclar una pierna alrededor de sus caderas. Sergio entró en ella de una embestida profunda, dejándola sin aire momentáneamente. Sentirse sin barreras de por medio hizo que sus cuerpos buscasen el placer mucho más rápido.
Raquel apoyó ambas manos en el teclado para contrarrestar su fuerza y agradeció que este fuese suficientemente robusto para no escurrirse con las continuas sacudidas. Con cada embestida, sus manos presionaban las teclas del piano, creando una melodía poco agradable a los oídos, pero a ella le pareció un sonido de lo más erótico.
Echó la cabeza hacia atrás cuando los labios de Sergio se escurrieron por su cuello y absorbieron su piel. Él se agachó unos centímetros y apretó sus nalgas, entrando en ella con más ímpetu. Tembló al sentir que rozaba uno de sus puntos sensibles. Su mandíbula cayó, exhalando golpes de aire cada vez que entraba en ella.
—Ahí, ahí, ahí —rogó en un susurro, clavándole las uñas en el cuello.
A pesar de que aquella posición comenzaba a molestarle en la espalda, Sergio continuó complaciéndola, y pronto notó cómo sus músculos se estrechaban a su alrededor, anunciando el orgasmo.
Aceleró las embestidas, y en pocos segundos ambos se encontraron jadeando y gimiendo sin control. Sergio abandonó su cuello y levantó la cabeza. Se miraron a los ojos, retorciéndose de placer, y aquella conexión terminó de lanzarla al precipicio. Él la siguió inmediatamente después, empujado por las contracciones de su vagina.
—Joder... —exhaló Raquel, atónita. Intentó recordar si alguna vez había tenido un orgasmo vaginal como ese. Concluyó que no.
Era la 1 de la mañana cuando Raquel finalmente se marchó. Paseó por las calles de Madrid con una sonrisa tonta en la cara. Sin saber cómo, terminó frente a las puertas del Hanoi, y decidió entrar a refrescarse y tomar un cafe, pues tanto ejercicio físico le había despertado el hambre. Pero aquel estado de paz y tranquilidad con el que había entrado, se esfumó de un plumazo cuando miró a la tele del bar, donde estaban dando un especial sobre el atraco, y descubrió que no solo la situación dentro de la Casa de la Moneda era un absoluto caos, sino que, además, Ángel había sufrido un brutal accidente de tráfico y se encontraba grave.
Mientras se duchaba, Sergio no dejó de pensar en ella, en su cuerpo, en sus besos, en su voz. Ni siquiera pensó en el atraco hasta que salió del baño y se preguntó qué hacía en aquel garaje. Su sonrisa se borró de golpe, y el Profesor volvió a tomar el mando; se regañó a sí mismo mentalmente, no podía permitir que la inspectora se colara aún más en su mente, o terminaría cometiendo un error fatal.
