Chapter Text
Necesitaba compañía.
Urgentemente.
Jeon Jungkook no podía dormir. La luna, llena y brillante, lanzaba su luz plateada sobre la almohada vacía, junto a él. Su cuerpo palpitaba dolorosamente de deseo, el deseo sexual de un hombre en la flor de la vida, y el paso de las horas sólo intensificaba su frustración. Por fin se levantó y se acercó desnudo a la ventana; su cuerpo, fornido y poderoso, se movía con fluidez. Notaba el suelo de madera helado bajo los pies descalzos, pero agradecía aquella leve molestia, que enfriaba su sangre enardecida por un ansia sin cauce.
La luz incolora de la luna labraba las líneas y ángulos de su cara, testimonio vivo de su legado ancestral. Su cara, más aún que la densa cabellera negra que tocaba sus hombros o que los ojos negros, delataba su origen surcoreano, visible en sus pómulos altos y salientes y en su frente despejada, en sus labios desiguales y en su nariz aristocrática. Menos evidente pero igual de intensa era la herencia celta que había recibido de su padre, al que tan sólo una generación separaba de las Tierras Altas de Escocia. El legado paterno había suavizado los rasgos asiáticos heredados de su madre, dotando a Jungkook de un rostro afilado como una espada, tan depurado y cortante como recio. Por sus venas corría la sangre de dos de los pueblos más belicosos de la historia. Era un guerrero nato, y en el ejército se dieron cuenta de ello nada más alistarse.
Pero era también un hombre sensual. Conocía bien su naturaleza y a pesar de que la dominaba, había veces en que necesitaba compañía. Cuando eso sucedía, solía hacerle una visita a Julie Oakes. Julie era una divorciada, varios años mayor que él, que vivía en un pueblecito a treinta kilómetros de allí. Sus relaciones duraban ya cinco años; ninguno de los dos quería casarse, pero tenían necesidades, y se gustaban. Jungkook procuraba espaciar sus visitas a Julie, y tenía cuidado de que nadie lo viera entrar en su casa. Aceptaba desapasionadamente el hecho de que los vecinos se escandalizarían si descubrían que Julie se acostaba él. Y no con un cualquiera. Una condena por violación marcaba a un hombre de por vida.
Al día siguiente era sábado. Lo esperaban sus tareas cotidianas, y tenía que ir a recoger un cargamento de tablones para el cercado a Ruth, el pueblecito situado al pie de su montaña. Pero las noches de los sábados habían sido siempre para desmadrarse. Él no se desmadraría, pero iría a hacerle una visita a Julie y se desfogaría en su cama.
La noche se iba haciendo cada vez más fría, y unas nubes densas y bajas se acercaban. Jungkook se quedó mirándolas hasta que taparon la luna. Sabía que anunciaban otra nevada. No quería regresar a su cama vacía. Su rostro permanecía impasible, pero su polla palpitaba dolorosamente.
Necesitaba compañía.
Kim Namjoon tenía un sinfín de pequeñas tareas de las que ocuparse aquella mañana de sábado, pero su conciencia no le permitiría descansar hasta que hablara con Jeon Hyojong. El chico había dejado la escuela hacía dos meses, uno antes de que él llegara a ocupar el puesto de una profesora que se había marchado inesperadamente. Nadie le había hablado del chico, pero Namjoon se había tropezado con su expediente y lo había leído por curiosidad. En el pueblecito de Ruth, Wyoming, no había muchos alumnos, y Namjoon creía conocerlos a todos.
Había, en realidad, menos de sesenta estudiantes, pero el índice de los que llegaban a graduarse era casi del cien por cien, de modo que cualquier deserción resultaba extraña. Al leer el expediente de Jeon Hyojong, se había quedado de piedra. Aquel chico era el mejor de su clase. Sacaba sobresalientes en todas las materias. Los alumnos que iban mal se desanimaban y dejaban los estudios, pero la vocación docente de Namjoon se rebelaba ante la idea de que un alumno tan excepcional abandonara el colegio así como así. Tenía que hablar con él, hacerle comprender lo importante que era para su futuro que siguiera estudiando.
Dieciséis años eran muy pocos para cometer un error que lo perseguiría de por vida. Él no podría pegar ojo hasta que hubiera hecho cuanto estuviera en su mano para convencer a aquel chico de que volviera a la escuela. Por la noche había vuelto a nevar y hacía un frío que pelaba. El gato maullaba lastimosamente mientras olfateaba alrededor de los tobillos de Namjoon, como si también él se quejara del tiempo.
ㅡ Lo sé, Monie.ㅡ consoló al animal ㅡ El suelo tiene que estar frío para tus patitas.
No le costaba trabajo ponerse en el lugar del gato. Le parecía que no había tenido los pies calientes desde que había llegado a Wyoming.
Se había prometido que, antes de que llegara el siguiente invierno, se compraría un par de botas fuertes y calientes, forradas de piel y resistentes al agua, y andaría por la nieve como si llevara haciéndolo todo la vida, como un lugareño. Las botas le hacían falta ya, en realidad, pero los gastos de la mudanza habían agotado sus magros ahorros, y las enseñanzas que le había inculcado su ahorrativa tía Ardith le impedían comprarlas a crédito.
Rap Mon maulló otra vez cuando se puso los zapatos más calentitos y juiciosos que tenía, los que él llamaba sus «zapatos de maestro solterón». Se detuvo para acariciar a Mon detrás de las orejas, y el gato se arqueó, extasiado. Namjoon había heredado a Mon junto con la casa que le había proporcionado la junta educativa. El gato, igual que la casa, no era gran cosa. Namjoon ignoraba cuántos años tenía, pero tanto él como la casa parecían un poco avejentados. Namjoon siempre se había resistido a comprarse un gato, aquello le parecía el colmo de la vida de un solterón, pero finalmente sino le había pasado factura. Era un solterón. Ahora tenía un gato. Y llevaba serios zapatos de solterón. El cuadro estaba completo.
ㅡ El agua busca sola su nivel.ㅡ le dijo al gato, que lo contemplaba con su impávida mirada ㅡ Pero ¿a ti qué más te da? A ti no te importa que mi nivel parezca detenerse en gatos y zapatos serios.
Suspiró al mirarse en el espejo para asegurarse de que estaba bien peinado. Su estilo eran los zapatos serios y los gatos, y el ser moreno, poco atractivo e insignificante. «Ratonil» era un buen término para describirlo. Kim Namjoon había nacido para solterón.
Iba todo lo abrigado que podía ir, a no ser que se pusiera calcetines con aquellos zapatos tan serios, pero hasta ahí no llegaba. Estaba dispuesto a prescindir de la elegancia con tal de ir abrigado; pero no estaba dispuesto a ir hecho un adefesio. En fin, no tenía sentido posponerlo; de todos modos, el tiempo no mejoraría hasta la primavera. Se preparó para aguantar la embestida del aire frío contra su cuerpo, todavía acostumbrado al calor de Savannah. Había dejado su pulcro nidito de Georgia por el desafió de una pulcra escuela en Wyoming, por la ilusión de una forma distinta de vida; incluso reconocía en sí mismo una leve ansia de aventura, un ansia que, naturalmente, jamás permitía que aflorara.
Pero, por alguna razón, no había tenido en cuenta la cuestión del clima. Había dado por supuesta la nieve, pero no las ásperas temperaturas. No era de extrañar que hubiera tan pocos alumnos, pensó al abrir la puerta, y dejó escapar un gemido cuando el viento le lanzó un latigazo. Hacía tanto frío que los adultos no podían desvestirse para engendrar niños.
Se le metió nieve en los juiciosos zapatos cuando se acercó al coche, un juicioso Chevrolet mediano de dos puertas al que, muy juiciosamente, había puesto neumáticos antinieve al mudarse a Wyoming. Según el parte meteorológico que habían dado por la radio esa mañana, la temperatura máxima no superaría los siete grados bajo cero. Suspiró de nuevo por el tiempo que había dejado en Savannah; era marzo, la primavera estaría allí en todo su esplendor y las flores brotarían en un tumulto de colores.
Pero Wyoming poseía una belleza salvaje y majestuosa. Las altas montañas empequeñecían las endebles moradas de los hombres, y le habían dicho que en primavera los prados se cubrían de flores silvestres y los arroyos cristalinos empezaban a cantar su peculiar tonada. Wyoming era completamente distinto a Savannah, y Namjoon era sólo una magnolia recién trasplantada a la que le estaba costando aclimatarse.
Le habían dado indicaciones de cómo llegar a casa de los Jeon, aunque se las habían dado a regañadientes. Le extrañaba que nadie pareciera interesarse por el chico, porque la gente del pueblo era amable y servicial con Namjoon. El comentario más directo que había recibido procedía del señor Hearst, el dueño del supermercado, que había rezongado entre dientes que los Jeon no se merecían que se preocupara por ellos. Pero Namjoon consideraba que cualquier chico merecía sus desvelos. Era profesor, y tenía intención de ejercer su oficio.
Al montarse en su juicioso coche vio la montaña que llamaban Jeon y la estrecha carretera que serpeaba por su ladera como una cinta, y se acobardó. Pese a los neumáticos nuevos, no se sentía seguro conduciendo en aquel entorno desconocido. La nieve era, en fin, ajena a Namjoon, aunque no pensaba permitir que le impidiera hacer lo que se había propuesto. Estaba ya tiritando tan violentamente que apenas pudo meter la llave en el contacto. ¡Qué frío hacía! Le dolían la nariz y los pulmones cuando aspiraba. Tal vez debiera esperar a que mejorara el tiempo antes de atreverse a conducir.
Miró la montaña otra vez. Quizá en junio se hubiera derretido toda la nieve, pero hacía ya dos meses que Jeon Hyojong había dejado el instituto. Tal vez en junio la brecha le pareciera insuperable y no quisiera hacer el esfuerzo. Quizá fuera ya demasiado tarde. Pero Namjoon tenía que intentarlo, y no se atrevía a dejar que pasara ni una semana más. Tenía costumbre de darse ánimos en voz alta cuando emprendía alguna tarea dificultosa, y se puso a mascullar en voz baja en cuanto el coche arrancó.
ㅡ La carretera no me parecerá tan empinada cuando llegue allí. Todas las carreteras cuesta arriba parecen verticales desde lejos. Es una carretera perfectamente transitable. Si no, los Jeon no podrían subir y bajar, y si ellos pueden, yo también puedo.
En fin, tal vez pudiera. Conducir sobre nieve era una habilidad adquirida que aún tenía que dominar.
La determinación lo impulsó a seguir adelante. Cuando por fin llegó a la montaña y la carretera comenzó a empinarse, agarró con fuerza el volante y procuró no mirar más allá de la cuneta, desde la que el fondo del valle se veía cada vez más lejano. No le haría ningún bien pensar en la caída desde aquella altura si se precipitaba por el borde de la cuneta. A su modo de ver, aquello pertenecía a la categoría de los saberes inútiles, y de ésos ya tenía más de la cuenta.
ㅡ No voy a patinar.ㅡ mascullaba ㅡ No voy tan rápido que pueda perder el control. Esto es como la noria. Estaba seguro de que iba a caerme, pero no me caí.
Se había montado una vez en la noria cuando tenía nueve años, y nadie había sido capaz de convencerlo de que volviera intentarlo. A Namjoon le iban más los tiovivos
ㅡ A los Jeon no les importará que hable con Hyojong.ㅡ se dijo en un intento de olvidarse de la carretera ㅡ Puede que haya tenido problemas con una novia y por eso no quiera ir a clase. A su edad, seguramente ya se le habrá olvidado.
La carretera no resultó ser tan mala como temía, y empezó a respirar un poco más tranquilo. La pendiente era más gradual de lo que parecía desde lejos, y además no creía que le quedara mucho camino. La montaña no era tan grande como se veía desde el valle.
Estaba tan concentrado en la conducción que no vio la luz roja que apareció en el salpicadero. No se dio cuenta de que el coche se había recalentado hasta que de pronto empezó a salir del capó un humo que el aire congelaba de inmediato sobre el parabrisas. Pisó instintivamente el freno y profirió un discreto improperio cuando las ruedas empezaron a patinar. Levantó rápidamente el pie del pedal del freno, y las ruedas empezaron a girar otra vez, pero Namjoon no veía nada. Cerró los ojos, rezó por seguir yendo en la dirección correcta y dejó que el coche se frenara por su propio peso hasta detenerse.
El motor siseaba y rugía como un dragón. Asustado, giró la llave de contacto y salió del coche; el viento lo golpeó como un látigo de hielo, y dejó escapar un quejido. El mecanismo de apertura del capó estaba embotado por el frío, pero cedió al cabo de un momento, y Namjoon levantó el capó pensando que estaría bien saber qué le pasaba al coche aunque no pudiera arreglarlo. No hacía falta ser mecánico para localizar la avería: uno de los manguitos se había soltado, y del freno salía un espasmódico chorro de agua caliente.
Al instante comprendió la gravedad de su situación. No podía quedarse en el coche porque no podía poner el motor en marcha para mantenerse caliente. Aquella era una carretera privada, y tal vez los Jeon no salieran del rancho en todo el día, o en todo el fin de semana. Estaba demasiado lejos y hacía demasiado frío para volver andando a su casa. Su única alternativa era ir andando hasta el rancho de los Jeon y rezar por que no estuviera muy lejos. Ya empezaba a notar los pies entumecidos.
No quiso pararse a pensar en que tal vez no lograra llegar al rancho de los Jeon y comenzó a subir por la carretera a ritmo regular, procurando hacer caso omiso de la nieve que se le metía en los zapatos a cada paso. Dobló una curva y perdió de vista el coche, pero al mirar hacia delante no vio la casa; ni siquiera un establo. Se sentía solo, como si hubiera caído en mitad del desierto. Estaban sólo la montaña y la nieve, el vasto cielo y él. El silencio era absoluto. Hacía daño hablar, y pronto descubrió que iba arrastrando los pies, en vez de levantarlos. Había avanzado menos de doscientos metros. Le temblaron los labios y se rodeó con los brazos en un intento de retener su calor corporal. Por penoso que fuera, tenía que seguir andando.
Entonces oyó el rugido amortiguado de un motor y se detuvo. Sentía un alivio tan intenso y doloroso que notó el picor del llanto en los ojos. Le horrorizaba llorar en público y procuró contener las lágrimas. Era absurdo llorar; llevaba menos de quince minutos andando y en realidad no había corrido ningún peligro. Todo se debía a su imaginación hiperactiva, como de costumbre. Arrastró los pies por la nieve hasta la cuneta para quitarse de en medio y esperó a que llegara el vehículo.
Una camioneta negra con enormes ruedas apareció a la vista. Namjoon notó los ojos del conductor clavados en él y a pesar de sí mismo agachó la cabeza, avergonzado. Los maestros solterones no estaban acostumbrados a ser el centro de atención y, además, se sentía tonto de remate. Seguramente daba la impresión de haber salido a dar un paseíto por la nieve.La camioneta aminoró la velocidad y se detuvo delante de él.
Un instante después, se apeó un hombre. Y aunque Namjoon se consideraba alto, el tipo era unos pocos centímetros más alto que él, y a Namjoon eso le desagradó de manera instintiva. Lo molestaba el modo en que los hombres más altos que él bajaban la mirada hacia él, y le fastidiaba verse obligado por una simple cuestión de estatura a levantar la vista hacia ellos. Pero, en fin, grande o no, era su salvador. Entrelazó los dedos enguantados y se preguntó qué debía decir. ¿Cómo pedía uno que lo rescataran? Nunca había hecho autoestop; no parecía propio de un maestro serio y respetable cómo él.
Jungkook se quedó mirando al hombre, atónito porque hubiera salido con aquel frío y con un atuendo tan absurdo, además. ¿Qué demonios estaba haciendo en su montaña, de todos modos? ¿Cómo había llegado hasta allí? De pronto comprendió quién era. En el supermercado había oído hablar del nuevo profesor venido del sur. Nunca había visto a nadie que tuviera más pinta de profesor que aquel hombre, y saltaba a la vista que iba mal pertrechado para un invierno en Wyoming.
Llevaba una camiseta azul, pantalón de tela y un abrigo marrón tan anticuados que casi parecía un cliché; por debajo de la bufanda le asomaban unos mechones de pelo rubio, y unas grandes gafas de pasta. No llevaba botas. La nieve endurecida le llegaba casi a las rodillas. Jungkook lo examinó de hito en hito en dos segundos y no esperó a oír sus explicaciones acerca de por qué estaba en su montaña, si es que él pensaba darle alguna. De momento no había dicho ni una palabra; seguía mirándolo con fijeza, con una expresión levemente escandalizada. Jungkook se preguntó si hablar con un Jeon le parecería humillante, aunque fuera para pedir ayuda, y se encogió de hombros mentalmente. Qué demonios, no podía dejarlo a la intemperie.
Dado que él no decía nada, Jungkook tampoco abrió la boca. Se limitó a inclinarse, le pasó un brazo por detrás de las rodillas y el otro por la espalda y lo levantó como si fuera un niño, haciendo caso omiso de su ofendido quejido de sorpresa. Mientras lo llevaba a la camioneta, pensó que en realidad no pesaba mucho más que un niño, y notó el destello de sorpresa de unos ojos tras las gafas; luego, él le pasó el brazo alrededor del cuello y se agarró a él con todas sus fuerzas, como si temiera que Jungkook lo dejara caer.
Jungkook se lo cambió de brazo para abrir la puerta de la camioneta y lo depositó en el asiento. Después le sacudió enérgicamente la nieve de los pies y de las piernas. Oyó que él gemía otra vez, pero no levantó la mirada. Cuando hubo acabado, se sacudió la nieve de los guantes y se dio la vuelta para sentarse tras el volante.
ㅡ ¿Cuánto tiempo llevaba caminando?ㅡ masculló de mala gana.
Namjoon dio un respingo. No esperaba que su voz fuera tan profunda que casi reverberara. La calefacción de la camioneta le había empañado los cristales de las gafas y, al quitárselas, notó que le escocían las mejillas heladas al afluir a ellas la sangre.
ㅡ Yo... no mucho.ㅡ balbuceó ㅡ Unos quince minutos. Se me soltó uno de los manguitos del agua. Bueno, a mi coche, quiero decir.
Jungkook lo miró a tiempo de ver que se apresuraba a bajar los ojos y notó que se había puesto colorado. Bien, eso significaba que empezaba a entrar en calor. Además, estaba azorado; Jungkook lo notaba en el modo en que se retorcía los dedos. ¿Creía acaso que iba a abalanzarse sobre él y a violarlo en el asiento del coche? A fin de cuentas, él era un hombre resentido, capaz de cualquier cosa. Claro que, por la pinta que tenía el hombre, seguramente aquello era lo más emocionante que le había pasado nunca.
No estaban lejos de la casa del rancho y llegaron al cabo de un par de minutos. Jungkook aparcó junto a la puerta de la cocina y salió; rodeó la camioneta y llegó a la puerta del acompañante justo cuando él la abría y se disponía a bajar.
ㅡ Olvídelo.ㅡ dijo, y lo tomó de nuevo en brazos.
Al deslizarse él del asiento, la tela del pantalón se le ciñó a los muslos. Él se apresuró a acomodarlo, pero no sin que antes los ojos negros de Jungkook examinaran sus piernas musculosas, y al instante se puso aún más colorado.
El calor de la casa lo envolvió, y respiró hondo, aliviado, sin notar apenas que él apartaba una silla de madera de la mesa y depositaba a Namjoon sobre ella. Sin decir palabra, Jungkook abrió el grifo y dejó correr el agua caliente. Luego se puso a llenar un barreño. De vez en cuando probaba el agua para ir regulando la temperatura. En fin, Namjoon había alcanzado su destino, y aunque no había conseguido llegar como esperaba, bien podía abordar el objeto de su visita.
ㅡ Soy Kim Namjoon, el profesor nuevo.
ㅡ Lo sé.ㅡ dijo él secamente.
Los ojos de Namjoon se agrandaron mientras miraba su espalda.
ㅡ ¿Lo sabe?
ㅡ No hay muchos forasteros por aquí.
Namjoon se dio cuenta de que él no se había presentado y de pronto vaciló. ¿Estaba en el lugar adecuado?
ㅡ ¿Es... es usted el señor Jeon?
Él lo miró por encima del hombro, y Namjoon notó que sus ojos eran tan negros como la noche.
ㅡ Soy Jeon Jungkook.
Namjoon se distrajo de inmediato.
ㅡ Supongo que sabrá que su nombre es muy poco frecuente. Es coreano antiguo.
ㅡ No.ㅡ dijo él, dándose la vuelta con el barreño en la mano, y lo puso en el suelo, junto a los pies de Namjoon ㅡ Es indio.
Namjoon parpadeó.
ㅡ ¿Indio?ㅡ se sentía increíblemente estúpido.
Debería haberlo adivinado por la negrura de su pelo y de sus ojos, aunque no por el color oliváceo de su piel, pero no se había dado cuenta. La mayoría de los hombres de Ruth tenían la piel curtida por la intemperie, y Namjoon había pensado simplemente que era más pálido que los demás. Luego lo miró con el ceño fruncido y dijo con firmeza:
ㅡ Jeon no es un apellido indio. Suena más Coreano, para ser sincero.
Jungkook también frunció el ceño.
ㅡ Es escocés.
ㅡ Húm. ¿Es usted mestizo? Porque su rostro es extraño, por sus ojos y piel pálida podría decir que es asiático.
Hizo la pregunta con la misma naturalidad que si hubiera pedido indicaciones para llegar a algún sitio, y sus cejas suaves se arquearon inquisitivamente sobre sus ojos marrones.
Jungkook rechinó los dientes.
ㅡ Sí.ㅡ masculló.
Había algo tan irritante en la expresión remilgada de aquel hombre que le daban ganas de quitarle la cursilería de un buen susto. Luego notó que estaba temblando y dejó a un lado su irritación, al menos hasta que lo hiciera entrar en calor. Sabía por la torpeza con que él andaba cuando lo había encontrado que estaba sufriendo los primeros síntomas de hipotermia. Se quitó su pesado abrigo y lo tiró a un lado; luego se puso a preparar café.
Namjoon guardó silencio mientras él hacía el café. No parecía muy hablador, aunque eso no iba a desanimarlo. Tenía muchísimo frío; esperaría hasta haberse tomado una taza de aquel café, y luego empezaría otra vez. Levantó la mirada cuando él se dio la vuelta, pero Jungkook tenía una expresión ilegible. Sin decir palabra, le quitó la bufanda de la cabeza y empezó a desabrocharle el abrigo.
Sorprendido, Namjoon dijo:
ㅡ Ya lo hago yo.
Pero tenía los dedos tan fríos que le dolían al moverlos. Jungkook retrocedió y dejó que lo intentara un momento; luego le apartó las manos y acabó de desabrocharle el abrigo.
ㅡ ¿Por qué me quita el abrigo, con el frío que tengo?ㅡ preguntó Namjoon, desconcertado, mientras él le bajaba las mangas.
ㅡ Para poder frotarle los brazos y las piernas.
Entonces procedió a quitarle los zapatos.
A Namjoon, aquella idea le resultaba tan ajena como la nieve. No estaba acostumbrado a que lo tocaran, y no pensaba acostumbrarse. Se disponía a decírselo a Jeon Jungkook, pero las palabras se disiparon sin llegar a salir de sus labios cuando de pronto él le metió las manos debajo de su camisa, hasta la cintura, frotándolo. Namjoon dio un gritito de sorpresa y al echarse hacia atrás estuvo a punto de tirar la silla. Jungkook se quedó mirándolo, los ojos como hielo negro.
ㅡ No tiene por qué preocuparse.ㅡ le espetó ㅡ Hoy es sábado. Yo sólo violo los martes y los jueves.ㅡ a Jungkook se le pasó por la cabeza arrojarlo de nuevo a la nieve, pero no podía permitir que un hombre muriera congelado; ni siquiera uno que parecía creer que iba a contaminarse si Jungkook lo tocaba.
Los ojos de Namjoon se hicieron tan grandes que eclipsaron el resto de su cara.
ㅡ ¿Qué tienen de malo los sábados?ㅡ balbuceó, y entonces se dio cuenta de que prácticamente le había hecho una proposición.
¡Por todos los santos! Se llevó las manos enguantadas a la cara, notando que una oleada de sonrojo le subía a las mejillas. Debía de habérsele helado el cerebro; era la única explicación.
Jungkook levantó la cabeza bruscamente. No podía creer que él hubiera dicho aquello. Unos ojos marrones, grandes y horrorizados, lo miraban fijamente por encima de los guantes de cuero negros, que cubrían el resto de su cara pero no podían ocultar su intenso sonrojo. Hacía tanto tiempo que no veía ruborizarse a nadie que tardó un momento en darse cuenta de que él estaba avergonzado. ¡Menudo mojigato! Era el último cliché que le faltaba a su imagen de maestro solterón y anticuado. El regocijo suavizó la irritación de Jungkook. Aquello era probablemente el nova más de la vida de aquel hombre.
ㅡ Voy a quitarle las calcetas y a arrollarle el pantalón para que meta los pies en el agua.ㅡ le explicó con voz gruñona.
ㅡ Húm.ㅡ la voz de Namjoon sonó sofocada porque seguía tapándose la boca con las manos.
Jungkook seguía con los brazos metidos bajo su camisa y con las manos le agarraba las caderas. Casi involuntariamente notó su estrechez y su suavidad. Anticuado o no, el profesor seguía teniendo la suavidad de un hombre hermoso, el dulce olor de una camelia, y el corazón de Jungkook empezó a latir más aprisa a medida que su cuerpo se desperezaba. Maldición, le hacía falta un compañero más de lo que creía, si aquel maestrito lo excitaba.
Namjoon se quedó muy quieto cuando un fornido brazo lo rodeó y lo levantó para que Jungkook pudiera bajarle las calcetas. En aquella postura, la cabeza de él quedaba junto a su pecho y su torso. Namjoon miró su pelo negro, denso y lustroso. Él sólo tenía que volver la cabeza para rozar con la boca con su pecho. Namjoon había leído en algunos libros que los hombres se metían los pezones de en la boca y los chupaban como lactantes, y siempre se había preguntado por qué. De pronto, al pensarlo, sintió que se quedaba sin aliento y que le cosquilleaban los pezones. Las manos ásperas y poderosas de Jeon le rozaban las pantorrillas. Namjoon no tenía pezones de abundante carne, al menos no cómo los que tendría una mujer. En cambio tenía unos pectorales duros y fortificados por el ejercicio. ¿Cómo sería si él se los tocara? Empezaba a sentirse extrañamente sofocado y un poco aturdido.
Jungkook tiró de finísima tela sin mirarlo. Se apoyó los pies de Namjoon sobre el muslo, colocó el barreño y le sumergió lentamente los pies. Se había asegurado de que el agua estuviera tibia, pero sabía que, incluso así, teniendo los pies tan fríos, a él le resultaría doloroso. Namjoon contuvo el aliento pero no se quejó, a pesar de que Jungkook advirtió el brillo de las lágrimas en sus ojos cuando levantó la mirada.
ㅡ No le dolerá mucho tiempo.ㅡ murmuró para tranquilizarlo, y se colocó de tal modo que sus piernas quedaron a ambos lados de las de Namjoon, sujetándolas suavemente.
Entonces le quitó los guantes con cuidado y se sorprendió al ver la delicadeza de sus manos frías y morenas. Las sostuvo entre las suyas un momento y, habiendo tomado una decisión, se acercó más a él y comenzó a desabrocharse la camisa.
ㅡ Esto las calentará.ㅡ dijo, y se metió las manos de Namjoon bajo las axilas.
Namjoon estaba mudo de asombro. No podía creer que sus manos hubieran anidado como pájaros en las axilas de Jeon. El calor de su cuerpo le calentaba los dedos fríos. En realidad, no estaba tocando su piel; él llevaba puesta una camiseta. Nunca antes, sin embargo, había compartido un momento de mayor intimidad con otra persona. Axilas. Sí, todo el mundo tenía axilas, pero Namjoon, por lo menos, no estaba acostumbrado a tocar las de los demás. Nunca antes se había sentido arropado por otra persona, y mucho menos por un hombre.
Las recias piernas de Jungkook atenazaban las suyas. Estaba un poco inclinado hacia delante, con las manos metidas bajo los brazos de Jungkook, y de pronto él se puso a frotarle enérgicamente los brazos y los hombros, y luego los muslos. Namjoon dejó escapar un leve gemido de sorpresa. Apenas podía creer que aquello estuviera pasándole a él.
Jungkook estaba enfrascado en su tarea, pero levantó la mirada al oír su quejido y vio sus ojos marrones. Eran de un marrón extraño, pensó. Su tono tenía un viso gris. Marrón pizarra, eso era. Notó vagamente que se le había deshecho la desmadejado coleta en que se había recogido el pelo y que su cara aparecía enmarcada en sedosos mechones de color rubio claro. Su cara estaba muy cerca, a unos pocos centímetros de la de él. Tenía la piel más delicada que Jungkook había visto nunca en un hombre, incluso aún en una mujer, fina como la de un recién nacido, tan morena y traslúcida que se veía la delicada tracería de las venas azules de sus muñecas. Sólo los más jóvenes debían tener una piel así.
Mientras lo observaba, el rubor comenzó de nuevo a teñir los pómulos de Namjoon, y Jungkook sintió que iba quedándose involuntariamente hipnotizado ante aquella visión. Se preguntaba si su piel sería tan tersa y delicada en todas partes: en el pecho, en el torso, en los muslos, entre las piernas... Aquella idea le produjo una sacudida eléctrica que le erizó los nervios. ¡Qué bien olía! Pero seguramente se levantaría de un salto si le tocaba, como deseaba, y hundía la cara entre sus tersos muslos.
Namjoon se lamió los labios, ajeno al modo en que los ojos de Jungkook seguían el movimiento de su lengua. Tenía que decir algo, pero no sabía qué. La proximidad de Jungkook parecía haberle paralizado el pensamiento. ¡Cielo santo, qué calentito estaba! ¡Y qué cerca! Tenía que recordar a qué había ido allí, en vez de comportarse como un bobo sólo porque un hombre guapo y viril, aunque un tanto tosco, se acercara a él. Se lamió los labios otra vez, carraspeó y dijo:
ㅡ Yo… húm. He venido a hablar con Hyojong, si es posible.
La expresión de Jungkook cambió muy poco, pero Namjoon tuvo la impresión de que se distanciaba de él de pronto.
ㅡ Hyojong no está aquí. Está haciendo cosas.
ㅡ Entiendo. ¿Y cuándo volverá?
ㅡ Dentro de una hora. Puede que dos.
Namjoon lo miró con cierta incredulidad.
ㅡ ¿Usted es su padre?
ㅡ Sí.
ㅡ ¿Su madre está?
ㅡ Muerta.
Aquella palabra cruda y desolada desconcertó a Namjoon, quien al mismo tiempo sintió una leve y sorprendente sensación de alivio. Desvió la mirada otra vez.
ㅡ ¿Qué le parece que Hyojong haya dejado el colegio?
ㅡ Fue decisión suya.
ㅡ ¡Pero sólo tiene dieciséis años! Es un crío.
ㅡ Es un Jeon.ㅡ lo interrumpió Jungkook ㅡ Es un hombre.
Namjoon sintió un arrebato de rabia y de indignación. Apartó las manos de las axilas de Jungkook y puso los brazos en jarras.
ㅡ ¿Qué tiene que ver eso? Su hijo tiene dieciséis años y debe seguir estudiando.
ㅡ Sabe leer, escribir y hacer cuentas. Y también sabe todo lo que hay que saber para entrenar un caballo y llevar un rancho. Fue él quien decidió dejar el colegio y ponerse a trabajar. Éste es mi rancho, y mi montaña. Algún día será suyo. Fue él quien decidió a qué quería dedicarse. Y es a entrenar caballos.
A Jungkook lo molestaba dar explicaciones sobre sus asuntos y los de su hijo, pero aquel maestrito respondón y desastrado tenía algo que lo impulsaba a responder. Namjoon no parecía darse cuenta de que eran descendientes indios; lo sabía en un sentido intelectual, desde luego, pero estaba claro que ignoraba lo que suponía ser indio, y ser un Jeon en particular, y que todo el mundo lo mirara con desprecio.
ㅡ De todos modos, me gustaría hablar con él.ㅡ dijo Namjoon con obstinación.
ㅡ Eso que lo decida él. Puede que no quiera hablar con usted.
ㅡ ¿No va a intentar influir en su opinión?
ㅡ No.
ㅡ ¿Por qué no? ¡Por lo menos debería haber intentado que siguiera en el colegio!
Jungkook se acercó a él hasta que sus narices casi se tocaron. Namjoon miró pasmado sus ojos negros.
ㅡ Mi hijo es un Jeon, señor. Puede que no sepa usted lo que eso significa. Y qué va a saber usted. Los Jeon no somos bien recibidos en ninguna parte. La educación que tiene mi hijo se la ha buscado él solo, sin la ayuda de ningún profesor blanco. Nunca le hacían caso, y cuando se lo hacían era para insultarlo. ¿Por qué iba a querer volver?
Namjoon tragó saliva, alarmado por aquel estallido de cólera. No estaba acostumbrado a que los hombres le gritaran improperios a la cara. A decir verdad, no estaba acostumbrado a los hombres en absoluto. De joven, los chicos no lo habían hecho caso por empollón, y al hacerse mayor las cosas no habían cambiado mucho. Palideció un poco, pero estaba tan convencido de los beneficios de una buena educación que no se dejó intimidar. Las personas grandes solían apabullar a las pequeñas, seguramente sin darse cuenta, pero no iba a darse por vencido sólo porque aquel hombre.
ㅡ Era el mejor de su clase.ㅡ dijo con energía ㅡ Si lo consiguió solo, imagínese lo que podría hacer con un poco de ayuda.
Jungkook se irguió en toda su estatura, cerniéndose sobre Namjoon.
ㅡ Ya le he dicho que eso tiene que decidirlo él.
El café estaba listo hacía rato. Jungkook se volvió para servir una taza y se la dio. El silencio se hizo otra vez entre ellos. Él se apoyó en los armarios y lo observó beber delicadamente, como un gato. Delicado, sí, eso era. No era diminuto; medía tal vez un metro setenta y tanto, pero era de complexión menuda. Jungkook bajó los ojos hacia su pecho, dónde se adivinaban dos pectorales bajo la anticuada camisa azul. No eran grandes, pero parecían bonitos y tonificados. Se preguntó si sus pezones serían de un tierno rosa claro o de un beige rosado, si sería capaz de acogerlo holgadamente en el interior de su cuerpo, si estaría tan tenso que se volvería loco. Jungkook atajó bruscamente aquellos pensamientos.
Maldición, debería llevar grabada a fuego en el alma aquella lección. Las mujeres y hombres podían coquetear con él y revolotear a su alrededor, pero, a la hora de la verdad, pocos querían liarse con un hombre cómo él. Aquel hombre cursi ni siquiera estaba coqueteando, así que ¿por qué se estaba excitando tanto? Quizá porque era un cursi. No paraba de imaginarse cómo sería su cuerpo bajo aquel horrendo traje, desnudo y tendido sobre las sábanas.
Namjoon dejó a un lado la taza.
ㅡ Ya he entrado en calor. Gracias, el café me ha sentado muy bien.ㅡ el café, y el modo en que le había frotado todo el cuerpo, pero eso no pensaba decírselo.
Levantó la mirada hacia Jungkook y vaciló, indeciso, al ver la expresión de sus ojos negros. Ignoraba qué era, pero había en él algo que hacía que se le acelerara el pulso y que se turbara levemente. ¿Le estaba mirando el cuerpo?
ㅡ Creo que le quedará bien la ropa vieja de Hyojong.ㅡ dijo él con voz y semblante inexpresivos.
ㅡ No necesito ropa. Quiero decir que la que llevo es perfectamente...
ㅡ Ridícula.ㅡ interrumpió Jungkook ㅡ Esto es Wyoming, señor, no Nueva Orleáns, o de dondequiera que venga usted.
ㅡ De Savannah.ㅡ dijo Namjoon.
Jungkook empezó a rezongar, lo cual parecía ser uno de sus medios de comunicación esenciales, y sacó una toalla de un cajón. Se arrodilló, le sacó los pies del agua y se los envolvió en la toalla, frotándoselos con una delicadeza tan acusada que contrastaba vivamente con la hostilidad apenas velada de su actitud. Luego se puso en pie y dijo:
ㅡ Venga conmigo.
ㅡ ¿A dónde?
ㅡ Al dormitorio.ㅡ Namjoon se quedó parado, parpadeando, y una agria sonrisa torció la boca de Jungkook ㅡ No se preocupe.ㅡ dijo con aspereza ㅡ Intentaré controlar mis salvajes apetitos, y en cuanto se cambie de ropa podrá largarse de mi montaña.
