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Noya se retuerce en la cama, llevándose parta de la sábana con él. Lleva ya media hora intentando dormir desde que se ha desvelado, parece que los vecinos de Asahi han decidido tener otro bebé y les molesta tanto a sus vecinos como ha todo el vecindario.
Debido a los tirones de Noya, Asahi también pierde el sueño. Él, que sabe lo profundamente que suele dormir Noya siempre, se incorpora, colocando una mano sobre su hombro, preocupado ante la incomodidad de su pareja.
—¿Estás bien?
—Agh —se queja Noya revolviéndose entre las sábanas, moviendo las manos y las piernas, hasta que logra quitárselas de encima— No puedo dormir —suspira al fin, poniendo morritos a la vez que se cruza de hombros quedando tumbado boca arriba sobre la cama.
—Eso es raro en ti —sonríe Asahi, antes de dejar un beso sobre su mejilla. Noya no cambia la expresión— Pero lo entiendo, yo tampoco puedo, ¿Quieres intentar dormir otra vez?
Noya asiente, girando en la cama, hasta acabar entre los brazos de Asahi, este le da la bienvenida abrazándole, dejando un beso sobre su cabeza. Ahí intentan dormir de nuevo, volviendo a cubrirse con la sábana, abrazados, aunque, debido al ruido casi incesante, se vuelve incómodo enseguida, acabando como al principio.
Ambos se encuentras uno a cada lado de la cama, observando la oscuridad de la habitación.
—¿Quieres salir al balcón que nos dé el aire? —pregunta Asahi incorporándose. Se recoge el pelo en una coleta desordenada para luego ponerse las gafas.
—A cualquier sitio que no parezca que las paredes se van a caer encima del ruido. —responde Noya, desde la cama aún, observando como Asahi hace esas acciones.
Asahi asiente, levantándose, no sin que antes Noya, atrape su brazo y lo atraiga hacia él, para dejar un beso sobre sus labios. Ambos se levantan de la cama prácticamente al mismo tiempo.
En el piso de Asahi (que tiene una única habitación) cuenta con la suerte de tener una pequeña terraza en su habitación, la cual, desde que él y Noya comenzaron a salir, cuenta con dos sillas plegables en vez de una.
La pequeña terraza, además, tiene una mesa con una maceta encima que da un poco de alegría a ese exterior.
Noya, que ha tomado una manta antes de salir, se la pone por encima antes de sentarse en una de las sillas. No es que haga demasiado frio, pero tampoco hace un calor que le haga sudar bajo la manta que se siente tan cómoda al rededor de sus hombros. Cuando Asahi sale, cierra la puerta corredera tras de él. Eso, de alguna forma, logra opacar el ruido.
—Que bien —suspira Noya aliviado, alzando la cabeza hacía el cielo nocturno con los ojos cerrados.— Y que fresquito.
—Hoy parece que está despejado —comenta Asahi, acercando la otra silla para sentarse al lado de Noya y poder rodearle con el brazo. Una vez siente el brazo de Asahi sobre sus hombros, Noya se acomoda, apoyándose sobre su hombro, observando el cielo que Asahi ha señalado, donde las estrellas (a pesar de la contaminación lumínica) se pueden apreciar.
Esa noche la luna está preciosa.
Noya asiente contra su hombro y en la oscuridad de la noche estrellada, acurrucado junto a Asahi, el sueño le hace bostezar sonoramente, como siempre hace.
Al escuchar eso, Asahi lo atrae más a su cuerpo, en un pequeño abrazo y besa su cabeza dulcemente. No hay sitio en le mundo que Noya ha tenido el placer de visitar que sea más cómodo que el cuerpo de su pareja.
Noches así le recuerdan mucho a la preparatoria, donde caminaba junto a Asahi hasta casa, después de esas prácticas de por la tarde donde se les venía la noche encima.
Se acuerda de las veces que caminaron juntos, como amigos, y un poco después como amigos que se gustaban y que al parecer todo el mundo lo sabía menos ellos. Y es que Noya nunca llegó a darse cuanta de lo que significaba el acelerón que le daba el corazón al rozar sin querer la mano de Asahi.
Ahora, en el presente, Noya, toma la mano de Asahi, aquella que no le rodea el cuerpo. La toma con ambas manos y sonríe al sentir que su corazón sigue sonriendo de la misma manera. Son más grandes que las suyas y se siente tan protegido a su lado... Cualquier persona diría que es irónico, debido a la personalidad del chico, pero para Noya es eso lo que le lleva a sentirse en casa.
Con un dedo, Noya traza el recorrido de las marcas de la palma de la mano de Asahi, como si fuera un juego, luego, uno a uno, recorre sus dedos, pasando por esa cicatriz de cuando se clavó la aguja de la maquina de coser en el dedo índice o las que se ha hecho cortando tela a mano. Siente a Asahi estremecerse a su alrededor.
Asahi, que ha estado todo este tiempo observando y sintiendo como Noya le acaricia la palma de la mano, no puede evitar sonreír. Será por el sueño que tiene Noya, que está ya desvariando, pero es una escena muy tierna y tiene que centrarse para no ponerse a temblar de los nervios. Menuda tontería, si hace eternidades que están juntos.
Ahora una de las manos de Noya se apoya en su totalidad contra su palma, se levanta y le acaricia con la punta de los dedos, hasta que poco a poco, se vuelve a acomodar. Siente como los dedos de Noya se deslizan entre los suyos y vuelven a separarse. Asahi deja descansar su cabeza sobre la de Noya, mientras le ve hacer aquello. A este paso va a quedarse dormido ahí mismo.
Tras un rato sintiendo el tacto de Asahi, Noya enreda sus dedos con los suyos. Asahi no tarda en corresponder con su agarre y llevárselo a sus labios, dejando un beso sobre el dorso de la mano de Noya, quien sonríe tiernamente ante la suavidad de su pareja. El chico vuelve a bostezar, antes de acercarse más a Asahi y cerrar los ojos.
Ambos se quedan un rato más allí, en la terraza de la habitación, no escuchando nada más que ruidos distantes y algún coche que pasa. Asahi observa el cielo estrellado y la luna, que, brillante, le trae paz. Cierra los ojos, con la cabeza aún alzada y respira el aire de la madrugada. Tras dejarlo escapar, baja la mirada hasta Noya, que parece dormir plácidamente, sobre su pecho, con su mano aún agarrada a la suya.
Asahi no quiere despertarlo, pero tampoco sabe si va a poder cargar con él. Cuidadosamente, separa su mano de la suya y usa esta para tomarlo bajo las rodillas, teniendo ya la otra en su espalda. Tiene cuidado de que no se le caiga la manta que lo cubre. "Yuu no pesa tanto", piensa tratando de autoconvencerse y lo levanta en peso de una.
En un principio se tamalea ligeramente, pero después consigue acomodar al chico en sus brazos. Ya no es lo fuerte que era en la preparatoria.
Abriendo la puerta corredera como puede, entra a la habitación, cerrándola tras él. Teniendo cuidado de no tropezarse en la oscuridad, llega al lado de la cama de Noya, donde le deja suavemente sobre el colchón, retirándole la manta. Él es el siguiente en tumbarse y tapar a ambos con la sábana.
Allí, sobre la cama, Asahi observa la espalda de Noya, al estar tumbado justo en la misma dirección que él, y alza la mano, para acariciar su brazo suavemente. Un beso cae sobre este junto a un buenas noches.
Al acomodarse en la cama, escucha como Noya se mueve y algo toma su mano. Al abrir los ojos, Noya le está mirando.
—No quería despertarte —susurra Asahi.
—No importa, así puedo estar más cómodo. —dice, afianzando el agarre en su mano, sobre el cojín. Asahi sonríe. —Buenas noches, cielo. —susurra Noya.
—Buenas noches, amor —responde Asahi en voz más baja, con las mejillas sonrojadas, a pesar de que no llega a apreciarse por la oscuridad. Noya se lo puede imaginar al cerrar los ojos.
Sea la noche estrellada o la más nublada del año, si es una noche juntos, es la mejor noche del mundo.
