Actions

Work Header

Pesadillas

Summary:

Cuando soñaba con lo ocurrido, recordaba cada una de sus decisiones. Y conforme más tiempo pasaba, podía recordar más cosas de lo acontecido allí. Sus pesadillas se volvían cada vez más específicas y adquirían cada vez más detalles, insignificantes la mayoría, pero en los que se fijaba cada vez más. No sabía a ciencia cierta, si eran reales o no, pero no podía borrarlos una vez que habían aparecido en su sueño.

Notes:

Bueno, quería escribir una continuación y me ha salido esto... ¿Era lo que tenía en mente? No exactamente, pero espero que haya quedado bien. Una continuación de mi otro fic de esta serie que aún no he podido superar.

Y sin más que decir, les dejo con lo escrito.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Cuando Sang-woo informó a Gi-hun de que había comprado un pequeño apartamento en el mismo barrio que él, jamás lo cuestionó. Gi-hun tenía una bonita casa que era perfecta para los dos, pero Sang-woo necesitaba su propio espacio. No hizo falta decirle nada de aquello, ni dar explicaciones de por qué había hecho eso. Gi-hun se limitó a sonreír y aceptar lo que el otro había hecho. Y se llegó al acuerdo tácito de no sacar jamás el tema, algo que Sang-woo agradeció, ya que no tenía una buena razón para lo que había hecho. Simplemente necesitaba su propio espacio, y una habitación en la casa no bastaba. Le gustaba saber que tenía un sitio al que huir cuando le asolaban las pesadillas y vivir dolía demasiado. Tampoco le dijo eso a Gi-hun. Sang-woo no hablaba de sus sueños, no le gustaba hablar sobre lo ocurrido, aunque Gi-hun lo sabía perfectamente y era él quien tenía que lidiar con los diferentes humores de Sang-woo.

Sang-woo se esforzaba por vivir, por ser feliz. Intentaba llamar a su madre más a menudo y no esperar a que el teléfono sonase. Seguía mintiendo, para disgusto de Gi-hun que no entendía por qué seguía inventándose todos esos viajes. No entendía la necesidad de Sang-woo de mostrarse como alguien que no era ante su madre, jamás lo haría. Gi-hun había fracasado en diferentes ocasiones y había participado en huelgas y manifestaciones que habían acabado por destruir su vida, y siempre había sido sincero sobre lo que hacía y sus razones, sin importar lo que opinase su madre. Sin embargo, Sang-woo no era así. No le gustaba darle disgustos después de todos los sacrificios que había llevado a cabo para tener a un hijo exitoso. No quería que supiese que no tenía trabajo, no lo necesitaba, pero no podía explicarle el origen de su riqueza, por lo que debía mantener una imagen ante ella de una persona que había dejado de existir. No sabía qué otra cosa hacer, estaba demasiado acostumbrado a mentir. Y su madre sonreía siempre que iba a visitarla y sus ojos brillaban con orgullo al creer que su hijo, el genio de Ssangmun-dong tenía un futuro perfecto ante sí. Gi-hun no lo entendía, pero Sang-woo tampoco entendía la relación con su madre, cuando ésta estaba aún viva.

Aprendieron a respetar sus visiones y Gi-hun dejó, tras el tercer comentario, de intentar cambiar aquella manía suya de adornar el presente y convertirlo en algo que no era. Gi-hun era demasiado paciente y comprensivo, y Sang-woo lo agradecía, a la par que se lo recriminaba mentalmente.

No lo merecía.

También le recriminaba en silencio el que no se molestase por haber comprado aquel pequeño apartamento y, una vez más, ser comprensivo con él. Pero no decía nada, no debía. Sang-woo necesitaba ese apartamento. Sang-woo apenas pasaba tiempo allí, algunos días se acercaba para dejar algo de bebida y cigarrillos, lo único que necesitaba allí. Y después se iba con Gi-hun a su casa. Aquel apartamento era un refugio para Sang-woo, el lugar al que acudir algunas noches, nada más. Su hogar estaba junto a Gi-hun, con quien pasaba la mayoría del tiempo. Juntos intentaban rehacer su vida, encontrar algo que les devolviese a la vida, que les hiciese participar en ella sin limitarse a gastar todo aquel dinero que ahora tenían en el banco. Gi-hun había programado un viaje a los estados Unidos, Sang-woo le acompañaría alegando que estaba allí por negocios; de esa forma era más fácil explicar su presencia ante su hija. Además, haría las veces de traductor y ayudaría a Gi-hun a manejarse por allí sin sufrir mucho por su desconocimiento del idioma. Gi-hun estaba dando clases de inglés, pero era imposible que adquiriese los conocimientos necesarios para pasearse por allí sin problemas. Aunque, por supuesto, Gi-hun no le temía a nada. Habría ido sin Sang-woo si hubiese sido necesario, lo importante era ver a su hija y nada le detendría. Cuando Gi-hun dijo de ir a América a visitar a su hija, Sang-woo dio por sentado que irían los dos juntos. No se imaginaba quedarse en Corea solo y esperar a su vuelta. Quería estar con él. Preguntó por las fechas y se encargó de comprar los billetes.

Vivir no era sencillo para Sang-woo, quien se esforzaba por crear una normalidad que no llegaba a sentir. Su vida junto a Gi-hun era agradable, había encontrado cierta felicidad a su lado que agradecía diariamente. Pero Sang-woo no podía dejar atrás completamente lo que había hecho durante los juegos. Había ocasiones en las que veía sus manos llenas de sangre y tenía que respirar hondo para no dejarse llevar por el pánico y recordar que todo aquello había terminado. Durante las noches todo era peor. Su cerebro jamás dejaba de trabajar, y Sang-woo no recordaba haber tenido una noche de descanso absoluto desde que era joven. No siempre tenía pesadillas, pero su cerebro se empeñaba en trabajar durante las noches. La mayoría de las veces se trataban de sueños inocuos, sencillos. Soñaba con su pasado, su trabajo, rememoraba situaciones y creaba escenarios en los que todo podría haber sido distinto. Soñaba con Gi-hun y su cuerpo contra el suyo... Soñaba con lo que deseaba, lo que podría haber sido, o con el futuro. Sang-woo estaba acostumbrado a soñar, a levantarse inquieto y sentir que realmente no había descansado apenas durante la noche. Esos sueños no le molestaban, estaba acostumbrado a ellos.

Sin embargo, había días en los que no pensaba en los juegos, no pensaba en los rostros de aquellos a los que había tenido que eliminar o a quienes había traicionado. Había días en los que era feliz, y esos eran los peores. Tarde o temprano, volverían a él las imágenes de los juegos y todo sería mucho peor. No se sentiría culpable únicamente por lo que tuvo que hacer, sino también por olvidarlo, por conseguir ser feliz durante unos instantes. Tenía pesadillas esa noche, y eran peores que nunca. Esas noches se despertaba entre gemidos ahogados y casi sin respiración. La culpa le engullía las entrañas y tenía que correr hacia el baño para vomitar.

No merecía lo que tenía.

No merecía vivir.

No merecía disfrutar.

No merecía ver a su madre.

No merecía a Gi-hun.

No merecía lo que tenía.

Cuando se despertaba así, quería buscar a Gi-hun y aferrarse a él. Quería tocar su cálida piel y encontrar a su lado la tranquilidad que ansiaba tener. Quería alejar aquella angustia y desesperación que le carcomía por dentro. Su cuerpo temblaba anhelante al pensar en volver a acostarse a su lado, pero no lo hacía. Siempre se detenía a escasos centímetros de la cama que compartían y se quedaba quieto observándole.

No lo merecía.

Sang-woo odiaba el ser así. Odiaba la forma en la que su cerebro trabajaba. Gi-hun diría que era demasiado inteligente y pensaría que ese era el precio de ser el genio de Ssangmun-dong. Sang-woo no podía soportarlo, no cuando se despertaba en ese estado porque no sabía qué otra cosa hacer y, tras varios minutos de silencio y quietud frente a la cama que compartía con Gi-hun, acababa huyendo.

Huía al único sitio al que podía ir a esas horas de la noche, al apartamento que había comprado y por el que Gi-hun jamás había pedido explicaciones.

Sang-woo tenía dos pesadillas que se repetían constantemente. Su cerebro volvía a los juegos y se empeñaba en recordarle cada una de sus acciones, las que había llevado a cabo y las que no. Le gustaba regodearse en aquellas ocasiones en las que había decidido callar y no compartir con el resto lo que sabía o intuía. No se había tratado de maldad, no lo había hecho por eso. Sang-woo había comprendido rápidamente cuál era la finalidad de todo aquello. Sólo podía quedar uno, o quizás un muy reducido número de ganadores, no había estado seguro al principio. Por eso calló las veces que lo hizo. No ayudar podía significar la muerte de un compañero y, por lo tanto, un problema menos para el futuro. Por supuesto, eso no cambiaba las consecuencias de sus silencios; pero le gustaba creer que la intención le quitaba un peso de encima.

No lo hacía.

Cuando soñaba con lo ocurrido, recordaba cada una de sus decisiones. Y conforme más tiempo pasaba, podía recordar más cosas de lo acontecido allí. Sus pesadillas se volvían cada vez más específicas y adquirían cada vez más detalles, insignificantes la mayoría, pero en los que se fijaba cada vez más. No sabía a ciencia cierta, si eran reales o no, pero no podía borrarlos una vez que habían aparecido en su sueño. Conscientemente sabía que, en la mayoría de los casos, era imposible que él conociese esos detalles, pero los aceptaba como reales.

En su pesadilla, Sang-woo podía ver el rostro de Ali al descubrir la traición, una solitaria lágrima resbalando por su rostro al ser consciente de su muerte y que jamás volvería a ver a su familia. Podía ver la sonrisa de Ji-yeong al aceptar su destino tras una vida llena de desgracias y sinsabores. Veía con dolorosa claridad la sonrisa de Mi-nyeo mientras se abrazaba triunfal a aquel hombre y se lanzaba al vacío sabiendo que no iría sola y había cumplido su promesa. En sueños sentía la forma en la que la espalda de aquel cristalero, cuyo nombre nunca llegó a conocer, se tensaba cuando sus manos le empujaron contra el cristal. También veía el sudor de Sae-byeok cayendo por su mejilla mientras le miraba y asentía al saber lo que iba a hacer, y permitírselo en silencio con una dignidad que le hizo dudar y casi le paralizó aquella fatídica noche. También recordaba cómo picaba la arena al entrar en sus ojos, el sabor del fango sobre sus labios entremezclado con la sangre. Recordaba el peso del cuchillo en su mano momentos antes de soltarlo, de entregarse a la sonrisa de Gi-hun y rendirse, aceptando que todo había sido en vano… Y la seguridad en los dedos de Gi-hun al cerrarse sobre su mano para dar por concluidos los juegos y volver ambos a casa.

En otras ocasiones, sólo soñaba con sangre. Soñaba que estaba encerrado en una habitación sin puertas ni ventanas y por sus paredes resbalaba la sangre de todas aquellas personas que habían perdido la vida durante los juegos. La sangre caía lentamente sin descanso, llenando el suelo blanco e inmaculado hundido bajo aquel líquido carmesí. La sentía subir por su ropa, por su piel, cálida y pegajosa. Jamás se detenía y Sang-woo no podía moverse, no podía huir de allí, sólo podía observar como la habitación iba desapareciendo. Tampoco luchaba, no tenía sentido, y permitía en sepulcral silencio que la sangre avanzase. Estaba perdido y sabía que acabaría con ahogarle.

Sang-woo se quedaba quieto, estático, limitándose a observar el líquido carmesí subir por las paredes, por su cuerpo. Sentía la sangre contra su piel, aprisionando su cuerpo al subir por su piel, por su cuello lentamente, hasta llegar a su barbilla. E incluso en aquellos momentos, seguía quieto. Su cuerpo se tensaba y, por primera vez, pensaba en hacer algo, en intentar escapar. Sin embargo, ya era tarde, su cuerpo se negaba a reaccionar bajo el peso de la sangre. Ya no podía hacer nada. Y Sang-woo notaba el metálico sabor de la sangre en sus labios y un olor a putrefacción se incrustaba en sus fosas nasales.

Ya era tarde.

Sabía que llegaba su final, lo sabía.

La sangre acababa por cubrir su visión, y se ahogaba bajo ella. No podía respirar, sin embargo, no despertaba. No era eso lo que ocurría, todavía no. Vivía durante un agónico minuto más bajo el peso de la sangre de todos aquellos que habían muerto durante los juegos y que habían permitido que él pudiese disfrutar del dinero con alguien a su lado que no se merecía. Y era entonces cuando finalmente se despertaba, incapaz de gritar, con un gemido ahogado. Mientras, su pecho bajaba y subía sin control, sus pulmones luchaban por coger aire, asfixiándose en el proceso al querer coger más oxígeno del que su cuerpo necesitaba y podía procesar. Y era cuando tenía aquel sueño, no el otro en el que veía los rostros de las personas cercanas a él, cuando se levantaba de la cama en mitad de la noche con cuerpo tembloroso y, tras una carrera al váter para vomitar, se quedaba observando a Gi-hun. Quería volver a la cama con él, quería abrazarse a su cuerpo y olvidar que existía el mundo a su alrededor. Sin embargo, hacía todo lo contrario: comenzaba a vestirse con rapidez para huir de allí. No podía permanecer junto a Gi-hun.

No podía.

Huía durante la noche a buscar algo que jamás podría encontrar y que estaba fuera de su alcance. No encontraría paz jamás. Por eso terminaba escondido en su pequeño apartamento. Siempre sabía dónde iba a terminar. Siempre se ponía un traje que estaba perfectamente guardado y planchado en casa de Gi-hun. Llenaba la bañera con agua ardiendo y buscaba en la cocina una botella de whisky sin abrir que le esperaba junto a un paquete de cigarrillos. Sang-woo se metía en el agua hirviendo y, durante unos minutos olvidaba que era agua y sólo veía sangre. Y el rojo carmesí de aquella sangre manchaba el blanco de su camisa y sus dedos… Olía la putrefacción de los cadáveres a su alrededor. Y en soledad se flagelaba, porque era lo que se merecía, y pensaba en todos los que habían muerto. Humedecía su rostro y así evitaba pensar en si el agua que caía por su piel eran sus lágrimas o simplemente agua. El vapor inundaba sus pulmones y el ambiente se volvía agónico. Sang-woo perdía allí la noción del tiempo, se sentía morir…

Estaba mal.

Lo que hacía estaba mal.

Pensaba en Gi-hun que volvería a despertarse solo en aquella cama, preguntándose qué había ocurrido en aquella ocasión y dónde estaría. Nadie merecía despertarse así. Nadie merecía despertarse con el miedo recorriendo su cuerpo. Pero Sang-woo era incapaz de no salir huyendo, de aceptar que tenía otra oportunidad y que debía aprovecharla.

Quería aprovecharla.

Pero no sabía cómo. No sabía qué hacer. Nunca se le había dado bien vivir, siempre se le había antojado extremadamente difícil saber cómo vivir siendo feliz.

Sang-woo no había tenido una mala infancia. A su memoria jamás acudían malos recuerdos de sus días de colegio. Recordaba las risas entre sus amigos y las tardes pasando el rato junto a Gi-hun. Sin embargo, en algún punto algo cambió; los profesores comenzaron a alabar su inteligencia y sus compañeros le empezaron a llamar genio. Aquel fue el momento en el que se construyó un muro a su alrededor, él no era como los demás y no debía mezclarse con el resto. Sólo Gi-hun se mantuvo a su lado y le siguió tratando igual… pero sólo por un tiempo, pues durante el instituto, le colocó en un pedestal demasiado alto para ambos. Sang-woo comprendió que su inteligencia le alejaba del resto, le hacía ser mejor que el resto, o eso creyó. Perdió su lugar entre los suyos; él era mejor, el genio de Ssangmun-dong. Sin embargo, tampoco encontró su lugar allá donde fue. Él no pertenecía a aquel nuevo mundo en el que se adentró, y no importó lo mucho que se esforzó por encajar, él era un turista, una persona de paso que acabaría… Sang-woo se hizo útil y habría vendido su alma por pertenecer a aquel mundo de ricos. Seguía estando tras un muro que le separaba del resto, en un pedestal que evitaba que se mezclase con el resto. Adoraban su inteligencia, pero no le aceptaban como uno de los suyos. Su inteligencia lo alejaba de ellos.

Sang-woo comprendió entonces que su inteligencia venía con un precio, un castigo: la soledad.

Más tarde se dio cuenta que tampoco le permitiría ser feliz.

Aprendió a estar solo, a apañárselas solo. Solucionaba los problemas de los demás, pero no podía compartir los suyos con nadie. No tenía amigos allá donde iba. Debía ser resolutivo y cargar sobre sus hombros con todos los problemas en silencio y solucionarlos lo antes posible sin poner mala cara jamás y convenciendo al resto que, para él, aquello no era nada. Ese era su papel. Y debía hacerlo solo.

La vida le pesaba, le costaba vivir, pero al menos tenía un objetivo. Cuando todo se derrumbó, cuando su empresa le lanzó al abismo, lo perdió todo, incluso su camino y el por qué hizo todo lo que hizo.

Estaba solo sobre un pedestal y rodeado por un muro que evitaba que nadie se acercase a él, o que él pudiese acercarse a nadie.

Estaba completamente solo allí.

Luego llegaron los juegos y se lanzó a ellos sin pensar en nada más. Permitió que aquel extraño le abofetease una y otra vez, recordaba el picor en su mejilla y el sabor a sangre dentro de su boca. No era la primera vez que se humillaba por dinero, y en aquellos momentos de soledad y desesperación, aquel dinero se sentía como un salvavidas que le permitiría respirar durante un tiempo más. Y después…

Sang-woo miró a su alrededor y pensó en Gi-hun.

¿Por qué le hacía eso?

Tomó una decisión aquel día, en aquel hotelucho. ¿Por qué le costaba tanto…?

Sabía que no podía seguir así, pero no podía parar.

No sabía.

De repente, la puerta se abrió y apareció Gi-hun. Su rostro se relajó inmediatamente al verle. Le recordó a su madre, a la forma en la que suspiraba cada vez que le cogía el teléfono, como si temiese que algún día no lo hiciese. Gi-hun temía que algún día no le encontrase metido en aquella bañera.

Era el mismo temor.

El mismo terror brillaba en sus ojos y retumbaba en su mente.

Sang-woo se cubrió el rostro avergonzado. No podía seguir haciendo daño a las personas a las que más quería. Pero no sabía ser de otra forma, no sabía cómo callar a su cerebro. No sabía pedir ayuda o aceptarla.

Gi-hun se acercó a él con pasos cortos y se arrodilló junto a la bañera. Colocó sus manos sobre las suyas y las retiró sin encontrar resistencia. Quería que le mirase, Sang-woo lo hizo. Sus ojos brillaron suplicantes, Sang-woo quería decir algo, pero no sabía el qué. No tenía palabras, o quizás no las conocía.

- Debería salir -dijo con voz suave.

Su cuerpo no reaccionó, parecía haberse quedado bloqueado, como en su sueño. Lo único que pudo hacer fue aferrarse a su camiseta, fue un movimiento instintivo, como si aquello le fuese a salvar de algún peligro desconocido. Estaba demasiado borracho, se dio cuenta. Sus ojos eran incapaces de mantener su mirada, de enfocarse en un punto concreto. Sus músculos estaban entumecidos y sus movimientos eran torpes. Miró de soslayo la botella casi vacía y el paquete de cigarrillos, en el que sólo quedaban un par. ¿Llevaba horas allí? No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado. El agua estaba fría y se percató de la luz que entraba por la puerta.

Debería tener más control sobre sí mismo.

Había algo en la figura de Gi-hun que le hacía verse como un salvador. Seguramente se debiese, en parte, a su sonrisa afable. No sabía cómo podía hacerlo, el sonreír en aquellos momentos en los que se arrodillaba junto a su bañera y posaba su mano sobre su brazo empapado. Sus ojos brillaban con cierto terror que Sang-woo podía reconocer perfectamente. Su madre le miraba así cada vez que se despedía de ella. Sabía perfectamente lo que significaba, lo que intentaban esconder los dos.

- Perdóname -dijo con voz pastosa.

Movió su mano con lentitud hasta colocarla sobre la de Gi-hun, su piel se sentía cálida sobre la suya. Debía de estar congelado, pero su cuerpo estaba demasiado entumecido y no era apenas consciente de ello.

- No pasa nada -replicó con suavidad.

Sin embargo, sí pasaba. Sang-woo había vuelto a fracasar una vez más. Había vuelto a caer en aquel pozo que era su mente y sus recuerdos de aquellos juegos. Debería luchar con más fuerza. Al fin y al cabo, había tomado una decisión. Además, quería estar con Gi-hun y hacerle feliz. quería compartir su vida con él.

¿Por qué seguía haciendo eso entonces?

¿Por qué huía de su lado?

Las pesadillas les asfixiaban, pero junto a Gi-hun siempre había sido capaz de respirar. Siempre se sentía mejor cuando se abrazaba a él y sentía su cuerpo contra el suyo. A Sang-woo le gustaba refugiarse en su pecho y escuchar sus latidos resonar. Aquel sonido constante le calmaba y le ayudaba a dormir. Quizás por eso huía, porque cuando tenía esa pesadilla no merecía descansar.

Había algo masoquista en Sang-woo, no disfrutaba con el dolor, pero lo buscaba desesperadamente. Quería ser feliz, pero no sabía cómo serlo. Aquella pesadilla siempre se presentaba cuando mejor se encontraba para recordarle que no lo merecía. Y Sang-woo buscaba la única forma de castigarse que tenía y se alejaba de Gi-hun. Tenía miedo de que algún día, Gi-hun se cansase de él y decidiese partir sus caminos. Y Sang-woo lo aceptaría. Había una parte de sí mismo que temía aquella posibilidad, pero había otra que lo deseaba porque ¿qué peor castigo que ese existía?

Sang-woo siempre había encontrado castigos crueles con los que fustigarse cuando había creído merecerlos, y cuando no también. Toda su vida había dejado atrás lo que le hacía feliz en busca de orgullo y dinero, se había rodeado de personas que lo menospreciaban y había aguantado creyendo que algún día merecería a aquel mundo y que la única forma de conseguirlo sería soportando todo aquello.

No había servido de nada.

Sin embargo, Sang-woo encontró en todo ese camino un castigo justo a su orgullo, y el que sólo apareciese su nombre cuando hablaban de su empresa, había sido un escarmiento más por su vanidad y codicia.

Siempre había sido brillante, incluso para sufrir.

No sabía ser feliz y, a veces, creía que jamás lo sería. Gi-hun algún día se cansaría de él. Era sólo cuestión de tiempo. Pero no hoy.

Cerró sus dedos con fuerza en torno a su mano.

- Perdóname -repitió arrepentido-. No sé hacerlo mejor -murmuró con voz rota-. No sé ser mejor -se disculpó.

Gi-hun no se quejó pese a que debía de dolerle la mano, nunca se quejaba.

- No pasa nada.

Era una carga. Gi-hun había aprendido a vivir con el dolor y a disfrutar de lo ganado. Sang-woo era una carga para él.

- Perdóname... no... -las palabras se escaparon de sus labios sin control, pero no tuvo tiempo de terminar la frase.

Gi-hun debió de ver el dolor en su mirada. Debió de sentir su culpa y su vergüenza. y no le dejó continuar. Posó sus labios sobre los suyos con cuidado, sintió el sabor del tabaco entremezclado con el alcohol, su lengua se movió con lentitud y lo saboreó con placer. Sang-woo notó el café y el azúcar en su boca. Cerró los ojos y se entregó al contacto. Las manos de Gi-hun se liberaron y acabaron cogiendo su rostro para tirar levemente de él y tener una mejor postura para profundizar el beso. Sang-woo abrió los labios y le permitió la entrada. Quería más de Gi-hun. Una de sus manos le agarró la camiseta mientras la otra encontró agarre en la bañera para mantener la postura.

¿Por qué huía de él con esa vehemencia?

¿Por qué no se permitía el ser feliz?

Sang-woo adoraba lo que estaba intentando construir a su lado y luchaba con fuerzas todos los días. No quería perderle. No quería. Sang-woo tiró con fuerza de su camisa, no quería perderle… pero tampoco lo merecía.

¿Cómo vivir cuando su mente se empeñaba en arrastrarle hacia un abismo de contradicciones?

Vivía y se sentía morir entre lo que quería, merecía, deseaba, amaba…

- Perdóname… -murmuró entre besos.

No sabía qué otra cosa decir.

No me dejes.

No te merezco.

No me abandones.

No te quedes.

No…

No…

¿No a qué?

- No pienso abandonarte -rompió el silencio Gi-hun con voz decidida.

Sang-woo intentó moverse, pero su cuerpo apenas reaccionó. Estaba congelado, se percató al ver como temblaba levemente. No podía moverse. Gi-hun colocó sus manos sobre su pecho y le instó a tumbarse. A continuación, metió una de sus manos en el agua y quitó el tapón para vaciar la bañera. Sang-woo no sabía muy bien qué iba a hacer. Normalmente, le ayudaba a salir; aunque normalmente, él no estaba tiritando y podía moverse. Cuando ya no quedó agua, volvió a poner el tapón y abrió el grifo del agua y se aseguró de que tuviese una temperatura adecuada. Esperaron en silencio a que el agua le cubriese completamente de nuevo. Durante aquel proceso, lento y calmo, fue incapaz de no mirarle. Sus ojos siguieron cada uno de sus movimientos hasta que quedaron fijos en su mirada oscura.

Se perdió en sus ojos honestos que, en aquellos instantes, le miraban con pena. Podía ver su frustración y su dolor. Gi-hun quería ayudarle, pero no sabía cómo. ¿Sabría alguien cómo ayudarle? Lo dudaba. No tenía a quien acudir. Los juegos se quedarían grabados en su mente hasta su muerte, pero no podría hablarlo con nadie que no fuese Gi-hun. Abrió la boca para decir algo, pero se arrepintió en el último instante al darse cuenta de que no sabía realmente qué decir. Apoyó la cabeza en el borde de la bañera y cerró los ojos. Aún podía ver la sangre rodeándole. Sintió la mano de Gi-hun sobre su mejilla.

- ¿Otra vez esa pesadilla? -preguntó.

Sang-woo movió la cabeza levemente para asentir. Nunca le había contado su sueño a Gi-hun y jamás lo haría. Sang-woo lo había intentado en el pasado, había querido describirle cómo era la habitación blanca en la que se encontraba vestido con el traje que les dieron en la última cena. Intentó encontrar las palabras para hablar sobre la forma en la que la sangre resbalaba lentamente por las paredes hasta llegar al suelo y cubrir todo el blanco de la habitación. Sang-woo había intentado contarle la certeza que tenía, al sentir aquel líquido viscoso tocar su piel, de que se trataba de la sangre de todos y cada uno de los participantes que habían perecido allí. Había intentado mostrarle la sensación de angustia que recorría su cuerpo al saber que iba a morir ahogado... Pero siempre que lo había intentado, no había podido emitir ningún sonido pues esa angustia que le provocaba, volvía a asentarse sobre su pecho y no le permitía hablar, y las palabras morían en su boca.

- Es sólo un sueño.

Tenía razón, pero aquel sueño tenía poder sobre él. Sang-woo se despertaba con la respiración agitada y la convicción de que su sangre debería estar bañando esas mismas paredes.

Él no merecía estar vivo.

Gi-hun apoyó su cabeza sobre su hombro y permanecieron los dos en silencio. El agua templada le reconfortó y al cabo del rato Sang-woo se sintió con fuerzas para salir de allí. Se levantó con la ayuda del otro, pasó su mano sobre su hombro y Gi-hun aguantó el peso de su cuerpo. El agua empapó todo el suelo, pero a ninguno de los dos le importó. Gi-hun le guio hasta un sillón pequeño en donde le sentó. Fue al baño a por una toalla que dejó a su lado, primero debía quitarle la ropa. Con lentitud le quitó la chaqueta que cayó al suelo. Después le desabrochó los botones de la camisa, Sang-woo quiso ayudarle, pero Gi-hun no se lo permitió.

- Quédate quieto -pidió.

Gi-hun estaba cuidando de él y le estaba mostrando su amor y comprensión de la única forma que podía en ese momento. Sang-woo quiso llorar, quizás incluso alguna lágrima resbaló por su mejilla, pero no estaba seguro a causa del agua, así era mejor. No quería ver lo débil que era.

- Perdóname -murmuró cuando Gi-hun le quitó la camisa.

Gi-hun le chistó con suavidad y no le permitió decir nada más. No quería escuchar sus disculpas, ni nada de lo que tuviese que decir, pues ya lo sabía. En ocasiones Sang-woo se perdía en un bucle de disculpas, vergüenza y culpa del que no sabía cómo escapar. Gi-hun no le dejaba hablar, era lo más sencillo para romper ese bucle. Le quitó los pantalones y los calcetines. Y finalmente, le quitó los calzoncillos también. Sang-woo estaba completamente expuesto a él, ambos sabían que Sang-woo haría cualquier cosa que Gi-hun le pidiese sin pedir explicaciones, sin dudar. Haría cualquier cosa por él. Gi-hun jamás le decía nada cuando se encontraba así de vulnerable. Se limitó a coger la toalla para secar su cuerpo. Era como un ritual que existía entre ellos, Gi-hun se encargaba de él, y seguía siempre el mismo orden. empezaba por sus pies, sus piernas, su vientre, su pecho... Secaba sus brazos, incluso sus dedos, y seguía por su cuello hasta su rostro. Era un proceso extremadamente lento durante el cual ninguno de los dos rompía el silencio que imperaba en la habitación.

Sólo cuando Gi-hun terminaba, se levantaba y cogía las manos de Sang-woo para ir juntos a la cama. Se tumbaron bajo las sábanas y Sang-woo buscó refugió en su pecho. Cerró los ojos y el mundo a su alrededor dejó de existir.

- Descansa.

Gi-hun sabía que cuando Sang-woo tenía aquella pesadilla, necesitaba huir del mundo y descansar. Y Sang-woo se dormía con la tranquilidad de saber que entre sus brazos no soñaría con nada, sólo con una apacible oscuridad que le haría dormir profundamente durante horas. Sang-woo le estaba agradecido a Gi-hun por todo lo que hacía por él, por la paciencia que tenía. Sang-woo quería ser mejor para Gi-hun y realmente lo intentaba, pero ese sueño... Si tan sólo fuese capaz de volver a la cama. Sólo debía quedarse con Gi-hun y no refugiarse en aquella casa para sufrir y regodearse en su miseria y dolor.

Debería ser mejor. Fue lo último que pensó antes de que el sueño se apoderase de él y se perdiese en las tinieblas del descanso y la paz que traía Gi-hun consigo.

Sang-woo despertó escuchando los latidos rítmicos del corazón de Gi-hun. Siempre le relajaba quedarse así por unos minutos y respirar al compás de Gi-hun. Había dormido sin soñar, lo que era una bendición, era cuando mejor descansaba. Abrió los ojos y alzó la mirada para encontrarse con el rostro de Gi-hun.

- Te amo -dijo con dificultad en un susurro lo suficientemente alto como para que el otro le escuchase.

Iba a disculparse una vez más cuando Gi-hun habló.

- Te quiero -dijo-. Te conozco desde que éramos pequeños, unos críos que no sabían nada de la vida...

Sang-woo no sabía por qué le estaba diciendo eso. Además, Gi-hun tendía a recordar el pasado de forma más brillante de lo que realmente había sido. Él recordaba las risas, los juegos, las peleas y reconciliaciones, a sus madres llamándoles. No recordaba la ropa sucia y rota, o los platos medio vacíos, o los silencios largos e incómodos que se instauraban en la mesa cuando sus padres volvían del bar. Sang-woo lo recordaba todo, su memoria no le permitía olvidar ningún detalle.

- Sé cómo eres -continuó.

Y con esas palabras supo exactamente lo que quería decirle. Sang-woo no quería escucharle.

- No quiero seguir haciéndote daño -le cortó-. Sueño con sus rostros, la sangre...

Sang-woo sintió que le faltaba el aire y fue incapaz de continuar. Gi-hun colocó su mano en su pecho.

- Lo sé.

Gi-hun le besó tras esas palabras. Sang-woo se percató de lo que quería decir con esas dos simples palabras; estaba aceptando que no sabía cómo ayudarle, pero que le quería y estaría a su lado. Gi-hun se movió hasta quedar sobre Sang-woo. Sus piernas a cada uno de sus costados y sus manos le cogieron por los hombros.

- Esto es lo que te ofrezco.

Mucho más de lo que merecía, pensó al recibir un beso lento y largo. Le ofrecía más de lo que él podría devolverle jamás, mil vidas no serían suficientes para devolverle todo el cariño que le daba sin pedir jamás nada a cambio.

- No sé ser mejor... No puedo simplemente no soñar.

Eso ya lo sabía Gi-hun que por las noches lo sentía removerse inquieto y luchar por respirar.

- No te lo estoy pidiendo.

Sang-woo cubrió su rostro incapaz de mantener su mirada por más tiempo. Después de tanto tiempo estando solo, no sabía cómo pedir ayuda o recibirla. Gi-hun le entregaba todo lo que tenía, pero sabía que no era suficiente. No lo era. Sang-woo seguía huyendo y escondiéndose en aquel lugar, lejos de Gi-hun. Y allí simplemente se abandonaba a sus pensamientos más oscuros y pensaba en todo lo que había hecho y jamás podría borrar de su pasado. Observaba sus manos y recordaba lo que había hecho con el oscuro deseo de terminar con todo aquel dolor. Y pensaba en su madre y en Gi-hun, pensaba en todo lo que había sacrificado para estar allí. Y recordaba también sus propias palabras cuando aquel hombre les pidió detener todo aquello después de perder a su esposa durante el juego de las canicas.

¿Si moría ahora, qué sentido tendría todo lo que había hecho?

No podía morir.

Se lo debía a todos los que habían muerto durante los juegos. Se había jurado a sí mismo seguir viviendo para que todo lo que hizo esos días tuviese sentido, una justificación. Además, Sang-woo no quería morir, no podía cuando Gi-hun estaba a su lado. Sin embargo, no sabía cómo vivir sin sentirse culpable, sin ahogarse en sueños...

Gi-hun le cogió las manos y las retiró con cuidado. Gi-hun era un hombre de acción, siempre se lanzaba a cualquier cosa sin pensar demasiado en las consecuencias. Pero cuando venía a esta casa, cuando Sang-woo caía en este estado de desesperanza y culpa, sabía actuar con cuidado y una tranquilidad que le hacían estremecer.

- Siempre has sido demasiado inteligente para tu propio bien. A tu cerebro siempre le gusta trabajar de más.

Gi-hun le acarició la mejilla.

Sang-woo pensó en un pasado no muy lejano, cuando estaba endeudado y solo, si se hubiese visto en esta situación, habría salido corriendo. Habría dicho cualquier cosa para herir a Gi-hun y salir con orgullo de la situación. Ahora era incapaz de moverse.

- No mereces...

- Te conozco desde que éramos críos -repitió-, sé cómo eres y te acepto.

No era justo. Incluso si aceptaba todo esto, no era justo. Sang-woo miró a su alrededor. Mientras tuviese un sitio en el que esconderse, seguiría desapareciendo y dejando a Gi-hun solo en mitad de la noche.

- Debería vender este apartamento -dijo de repente, como si el lugar fuese el problema y no él mismo.

No lo era, pero podría ser el primer paso.

- ¿Estás seguro?

No lo estaba.

- No quiero tener un lugar al que huir.

- Pero si no lo tienes, y sientes que... necesitas... -su voz sonó seria y preocupada-. ¿Adónde irás?

¿Dónde podré encontrarte?

Esa fue la pregunta que no se atrevió a realizar, pero las palabras se quedaron flotando en el aire. Y Sang-woo comprendió por qué Gi-hun jamás puso pegas a aquel apartamento ni se quejó. Jamás cuestionó la compra del lugar, como si supiese lo que Sang-woo pensaba hacer. Y Gi-hun siempre sabría dónde encontrarle. Aquí siempre le encontraría por las mañanas, tras despertar una vez más en soledad.

- No me iré.

Quería prometerlo, pero las palabras no salieron de su boca. No podía, sería una mentira. Podría intentarlo, pero conseguirlo...

- Ambos sabemos que no... no depende de ti.

Sí dependía de Sang-woo. Gi-hun estaba siendo demasiado amable, como siempre.

- Podría...

- Me siento más seguro sabiendo que siempre te encontraré aquí.

Me siento más seguro si no tengo que buscarte por todos los hoteles de la ciudad.

Gi-hun, al igual que su madre, tenía un miedo que le consumía por las noches. Ambos compartían el mismo terror: no volverle a ver. Y Sang-woo, por más que intentase negarlo, no podía decir que estuviesen siendo dramáticos. Tenían motivos para temer por su vida. Tenían motivos para pensar que Sang-woo podría desaparecer y no volver jamás, no vivo al menos.

Era un miedo real.

Era un miedo que él mismo sentía.

- Mantén la casa, por un tiempo -murmuró Gi-hun, aún temeroso por lo que había dicho Sang-woo-. No hay prisa.

Pero sí la había. Sang-woo estaba cansado de sí mismo. De no poder dejar de tener pesadillas, de ver sus rostros. Jamás se perdonaría por lo que había hecho, pero debía aprender a vivir con ello. Ya no había marcha atrás y morir no era una opción. Sólo podía aprender y continuar viviendo.

- Dejémoslo estar por ahora -pidió Gi-hun y dio por terminada la conversación con un beso y le sonrió. No le gustaba hablar de ese tema, no le gustaba pensar en la posibilidad de perder a Sang-woo. Ahora estaban los dos allí y eso era lo importante, lo demás no tenía lugar en aquella habitación.

Sang-woo asintió. Lo dejaría por ahora. Se entregó a Gi-hun y alargó el beso todo lo que pudo, sus manos se movieron hasta llegar a sus caderas. Adoraba estos momentos. Adoraba la forma en la que se sentía al tener a Gi-hun sobre él. Adoraba la forma en la que sus manos se enterraban en sus cabellos y tiraba de ellos, profudizando aún más el contacto entre ellos. Gi-hun se volvía posesivo en la cama, le aprisionaba con su cuerpo y tomaba el control de la situación. Y Sang-woo no podía luchar contra eso, su cerebro era incapaz de encontrar la forma de volver a tener el control. Sang-woo se entregaba completamente a los deseos de Gi-hun y seguía el ritmo que marcaba. Gi-hun colocó las manos sobre su pecho y lo recorrió con lentitud. Memorizando cada una de sus reacciones y disfrutando de sus suspiros.

Ninguno de los dos quería pensar por más tiempo.

Gi-hun se acomodó mejor le sonrió ampliamente al romper el beso. Sang-woo le devolvió la sonrisa por primera vez aquel día. Se encontraba mucho mejor. Se volvieron a besar, ahora con más intensidad. Gi-hun pasó a la acción y paseó su lengua por sus labios, pidiéndole permiso para profundizar el contacto. Sang-woo se lo permitió y sus lenguas se encontraron.

Gi-hun decidió que el tiempo de las palabras había terminado. ambos estaban agotados de tanto pensar, y Gi-hun tenía razón en todo lo que le había dicho. Además, nada se resolvería ahora. Y Sang-woo deseaba tocar el cuerpo de Gi-hun, sentirlo y entregarse completamente a él. Alargaron el beso todo lo que pudieron, Sang-woo respiró de su boca y saboreó el tabaco y el café.

La ropa de Gi-hun sobraba y ambos empezaron a deshacerse de ella con presteza. La sudadera voló sin ceremonia alguna por el aire acompañada de su camiseta. Casi sin moverse y con gran habilidad se quitó los pantalones hasta quedarse también desnudo. Gi-hun no necesitaba de ningún ritual o cuidado, a diferencia de Sang-woo en esos momentos. Se entregaron a sus bocas una vez más, pero Gi-hun no permaneció allí demasiado tiempo. Sus labios abandonaron los de sang-woo para recorrer su cuello y dejar un rastro de saliva tras de sí. Bajó por su pecho con besos cortos y una cadencia lenta. La prisa había vuelto a desaparecer. Había momentos en los que Gi-hun quería disfrutar del cuerpo de sang-woo y memorizarlo. La yema de sus dedos subió por sus brazos con suaves caricias. No había prisa. Sang-woo sintió su piel erizarse con sus cuidados.

¿Cómo podía ser tan afortunado?

Sus manos se posaron sobre el cuello de Gi-hun y se deslizaron hasta llegar a su espalda. Notó sus músculos moverse y contraerse. Gi-hun cerró un poco más sus piernas para mantenerlo bajo su control. sang-woo le pertenecía y quería que lo supiese. A Sang-woo le gustaba la sensación de pertenencia que recorría su cuerpo. Durante tanto tiempo había estado tan perdido, había vagado entre dos mundos que no eran suyos y jamás lo serían. Pero con Gi-hun todo cambiaba, le había dado un lugar al que pertenecer y le aceptaba tal como era. No necesitaba demostrar nada para saber que su lugar estaba a su lado.

Gi-hun se inclinó una vez más para besarle con lentitud, dando tiempo a ambos para saborear y disfrutar el beso. Gi-hun saboreó el alcohol impregnado en sus labios; su lengua recorrió su boca, enredándose con la de Sang-woo, ahondando el contacto entre ellos. Su mano acarició su mejilla mientras rompía el contacto entre sus labios para comenzar un descenso por su barbilla, proporcionando cortos y rápidos besos por su piel. Recorrió su cuello y siguió por su pecho hasta llegar a su vientre. Se sentía como si fuese la primera vez. Sang-woo recordaba perfectamente cómo había sido la primera vez entre ellos; el deseo extendiéndose por sus cuerpos, las manos de Gi-hun recorriendo su cuerpo, los gemidos ahogados... Recordaba las dudas entre ellos, el temor de hacer algo mal. Y en aquella habitación podía sentir de nuevo sus propias dudas y temores a no ser lo que Gi-hun esperaba. Sang-woo se había llevado toda su vida intentando ser perfecto y en aquella habitación sabía que había fracasado y, aunque sabía que eso no le importaba a Gi-hun, no podía evitar las dudas corroyéndole por dentro al saber que jamás lo sería.

Gi-hun llegó hasta su bajo vientre, donde se detuvo por varios segundos. se recolocó y cogió sus piernas para abrirlas y colocarse entre ellas. Sus ojos negros brillaban con placer y todo el cuerpo de Sang-woo se estremeció ante la expectación de saber lo que venía a continuación. Gi-hun apoyó sus manos sobre su pecho y esperó por unos segundos antes de hacer nada. Finalmente, se alzó para llegar hasta el cajón de su mesita para coger el bote de lubricante que guardaba allí. sang-woo lo había comprado tras la primera vez que habían terminado allí compartiendo besos apasionados. La segunda vez, Gi-hun no tuvo que preguntar nada, simplemente supo dónde encontrarlo. Abrió el bote y hundió sus dedos índice y corazón en él para coger una pequeña cantidad. Volvió a su sitio y le miró. Sang-woo no dijo nada, no hizo nada. No hacía falta.

Gi-hun, pasados unos interminables segundos entre ambos, decidió seguir. Introdujo sus dedos en sus glúteos y los introdujo lentamente. Le trataba como si fuese un ser de cristal que podía romperse en cualquier momento y Sang-woo lo agradecía. Nadie antes le había tratado como si fuese algo delicado y eso le gustaba. Saber que no necesitaba hacer nada especial para ser querido por otra persona que no esperaba nada de él y se limitaba a amarlo.

Era suyo.

¿Cómo luchar contra esa verdad?

No quería.

No había nada más seguro en su vida que le pertenecía. Y se lamentaba por la forma en la que no podía ser más para él, por no poderle entregar nada mejor de lo que era. Gi-hun se merecía más, mucho más. Volvió a gemir al notar su mano moviéndose en torno a su miembro, iniciando un ritmo lento, subiendo y bajando.

- Disfruta -murmuró.

Disfruta. La palabra retumbó en su mente.

- Déjame a mí.

Y tras esas palabras, Gi-hun volvió a besarle mientras su mano se seguí moviendo. Le gustaba prepararle, darle placer y tenerle al límite antes de detenerse. Gi-hun sabía lo que le gustaba y se aprovechaba de aquel conocimiento. El cuerpo de Sang-woo tembló de excitación bajo Gi-hun.

Sang-woo odiaba sentirse vulnerable desde muy pequeño. Siempre le había gustado aparentar que tenía el control, incluso siendo niño. Y conforme fue creciendo, esa necesidad se volvió más fuerte al ir viendo que los demás esperaban de él que siempre supiese que hacer. El título de genio debía venir también con ese don. A una persona a la que no se le daba bien mostrar o expresar sus sentimientos, aquello sólo aumentó el peso que debía cargar sobre sus hombros. Con Gi-hun era diferente. Confiaba ciegamente en él, y no le importaba que le viese en aquel estado de debilidad. Si fuese otra persona la que le encontrase en el baño, Sang-woo montaría en cólera y reaccionaría con furia y echando a la persona con frialdad y dureza, jamás se le cruzó por la mente hacerle eso a Gi-hun. Sentía vergüenza y culpa, se permitía el ser débil y mostrarlo. Gi-hun sabía que no estaba bien, que necesitaba ayuda, era la única persona en el mundo que lo sabía. Era una carga, pero Sang-woo sabía que Gi-hun veía esa carga como una especie de regalo y un honor; significaba que confiaba en él.

Un regalo envenenado, pero Gi-hun lo aceptaba e intentaba hacer lo que podía por él.

Sang-woo confiaba ciegamente en Gi-hun y no le importaba que en aquellos instantes estuviese completamente expuesto ante él. No se trataba simplemente de estar desnudo, era mucho más. Gi-hun conocía sus fracasos, sus pecados, su culpa y su arrepentimiento. Conocía todo lo bueno y lo malo. Sang-woo estaba completamente desnudo ante él y le permitiría hacer lo que quisiese con él. Gi-hun podría rodear su cuello con sus manos ahora mismo, y Sang-woo no haría nada por evitarlo. Confiaba en él. Y era el propio Sang-woo quien le entregaba el control a Gi-hun, sin cuestionarse el que el otro pudiese hacerle daño pues sabía que no estaba en la naturaleza de Gi-hun el herir a otra persona. Sang-woo le adoraba, y era una de las cosas que más le podían desquiciar de Gi-hun, pero también era la que más amaba. Gi-hun era demasiado bueno y demasiado inocente, incluso después de todo por lo que había pasado.

Llevó sus manos hacia los cabellos de Gi-hun y hundió sus dedos en ellos. Gimió su nombre pidiendo más. Y Gi-hun aceleró un poco el ritmo de sus movimientos, así como su amplitud. Sang-woo siempre quería un poco más de violencia, y Gi-hun lo sabía, pero no siempre se lo daba. No en esa cama. Allí debía esperar. Gi-hun introdujo un tercer y cuarto dedo. El cuerpo de Sang-woo se tensó y arqueó su espalda. Estaba preparado para más, quería más.

- Gi-hun... -suspiró-. Por favor...

A Gi-hun le gustaba como sonaba su voz en aquellos momentos, la necesidad que no podía esconder, el cariño impregnado en esas simples palabras. Gi-hun abandonó su cuerpo y colocó sus manos en sus caderas. Sang-woo le miró, se perdió durante unos instantes en sus ojos amables.

- Te amo -murmuró.

Las palabras se escaparon con facilidad de su boca. Había momentos en los que era tan fácil el dejarse llevar.

- Te amo -repitió.

Gi-hun se acercó para besarle sin decir nada. Aquel era el momento de Sang-woo, a Gi-hun no le costaba nada compartir lo que sentía, por eso cuando Sang-woo decía esas palabras, él jamás decía nada. Le daba espacio para repetirlas y las saboreaba extasiado.

- Te amo -volvió a decir contra su boca.

Gi-hun se irguió con una sonrisa satisfecha y Sang-woo asintió levemente. Quería ser suyo, quería pertenecerle, ser uno con él.

Gi-hun le penetró con lentitud y se sintió casi como una tortura aquella lentitud. Gi-hun gimió su nombre y sus ojos brillaron con deseo. Sang-woo se removió bajo él, no quería esperar a nada. Quería sentirle dentro de él. Gi-hun comenzó entonces a moverse, sin prisas, disfrutando de cada pequeña reacción por parte de Sang-woo, le acomodó y Sang-woo rodeó sus caderas con sus piernas. Como en la primera vez, había desesperación por aferrarse a él y no dejarle escapar. Sang-woo se mordió el labio inferior al notar como la intensidad de cada movimiento aumentaba. Sus manos agarraron las sábanas con fuerza y Gi-hun le penetró con fuerza. Sus estocadas se volvieron más rápidas y profundas, y Sang-woo no pudo controlar sus gemidos. Se sentía pleno y sabía que no se sentiría así con nadie que no fuese Gi-hun. Llevó una de sus manos hacia su entrepierna y comenzó a masturbarse siguiendo el ritmo de los movimientos del otro. Su respiración se aceleró y fue incapaz de enfocar su mirada por más tiempo. Todo se volvió borroso a su alrededor y notó un calor abrasador extenderse por su cuerpo. Sus piernas temblaron y Gi-hun hundió sus dedos en sus caderas a causa del placer que él también estaba sintiendo. Sang-woo escuchó su nombre retumbar en la habitación.

Gi-hun gritó su nombre con voz rasposa y Sang-woo sitió entonces el cálido semen en su interior. Gi-hun no se movió durante unos segundos. Una de sus manos abandonó sus caderas y se cerró en torno a la suya mientras se masturbaba. Guio el ritmo de sus movimientos ralentizándolo y apretó levemente el agarre.

- Gi-hun... -murmuró su nombre sin saber bien qué quería de él.

- Shhhh... Déjame a mí -pidió el otro con suavidad, aún sin moverse.

Sang-woo se dejó llevar sin oponer resistencia. Sus dedos se entrelazaron y se deslizaron por su miembro. Sang-woo gimió y quiso decir algo, pero fue incapaz. Todo su cuerpo tembló mientras Gi-hun aumentaba poco a poco el ritmo, hasta que una descarga eléctrica recorrió cada fibra de su cuerpo. Su espalda se tensó por unos segundos mientras se corría sobre su propio vientre. Gi-hun volvió a inclinarse sobre él y le sonrió. Sus labios se rozaron sin llegar a besarse. Sang-woo no sabía cómo expresar lo que sentía. Sólo hubo tranquilidad durante unos segundos. No quiso moverse, tenía miedo de romper aquel momento de paz entre ambos.

En el momento en el que lo hiciese su cerebro volvería a trabajar sin piedad y le recordaría todo sobre lo que no quería pensar.

Pero por mucho que no quisiese que el momento terminase, lo hizo. Gi-hun se movió; se levantó y fue al baño a por una toalla que humedeció con agua templada antes de volver a la habitación. A Gi-hun le gustaba limpiarle tras aquel acto. Pasó el tejido por su vientre y limpió cualquier rastro de semen, e hizo lo mismo con sus glúteos. Lo hizo con cuidado, asegurándose de no dejar nada tras de sí. Sang-woo tuvo un escalofrío al sentir la toalla y su piel se quedó fría al quedar nuevamente expuesta. Al terminar, Gi-hun tiró la toalla sin pensarlo demasiado, cogió las sábanas arrugadas y las extendió sobre su cuerpo. Sang-woo notó su mirada oscura sobre él, analizándole.

Sus ojos brillaban extasiados de placer, pero podía ver en ellos el cansancio y el temor. Gi-hun no dijo nada, se limitó a observarle con cariño y una pregunta flotó en aire.

¿Y si no llegaba a tiempo?

Gi-hun jamás llegaría tarde para Sang-woo. Su vida era una amalgama de contradicciones, y esa era una de ellas. Sang-woo soñaba con la muerte, con terminar con todo. A veces imaginaba que la culpa guiaba un cuchillo hacia su cuello para hacer lo que no fue capaz en los juegos. se recreaba en aquel pensamiento y se imaginaba la forma en la que la sangre salpicaría su rostro y resbalaría por su cuello. Soñaba con su muerte, a la par que la rechazaba. No podía morir. ¿De qué serviría ahora? ¿De qué habrían servido sus acciones si moría ahora? Sang-woo no podía morir y echar por tierra todo por lo que había luchado. No podía morir. No podía hacerle eso a su madre, a quien tanto daño había hecho. No podía abandonar a Gi-hun y romperle el corazón una vez más. No quería seguir haciendo daño a las dos únicas personas que importaban en su vida. Sang-woo quería asegurarle a Gi-hun que jamás le haría eso, pero no encontraba las palabras para hacerlo, no sabía cómo darle sentido a todo aquello. Y Sang-woo mantuvo su mirada en silencio.

Si tan sólo existiesen las palabras adecuadas... pero no las conocía.

No sabía cómo tranquilizar a Gi-hun y asegurarle que no haría lo que ambos temían que algún día fuese capaz de hacer.

Gi-hun se acostó a su lado con la respiración aún acelerada, Sang-woo se fijó en la forma en la que su pecho subía y bajaba, colocó su mano para sentirlo. Su piel estaba ardiendo. Se acercó a él y se acurrucó entre sus brazos para sentir su calidez. Le gustaba buscar consuelo y perdón entre ellos. Este era su lugar, el único sitio que se sentía como un hogar. No estaba acostumbrado a esa sensación; a la felicidad que le embargaba en aquellos momentos, la plenitud de sentirse vivo y la alegría de poder compartirlo con Gi-hun. No estaba acostumbrado a todo aquello y se le hacía extraño. A veces se sentía como un turista que estaba de paso, pero Gi-hun le arrastraba a su lado y le recordaba que allí estaba su hogar, que no pensaba dejarle partir. Todo era demasiado intenso y Sang-woo no sabía cómo aceptarlo. Se sentía abrumado por la felicidad que recorría su cuerpo, más cuando la culpa le asfixiaba en las noches recordándole a todos aquellos a los que debía aquella oportunidad.

Era difícil vivir así, sintiendo esa contradicción continua; deseando lo contrario de lo que merecía.

Pero en esos instantes, no había lugar para la culpa. No entre los brazos de Gi-hun que le protegían de sí mismo. Cerró los ojos y respiró hondo.

¿Por qué huía? Se preguntó paseando sus dedos por el pecho de Gi-hun. ¿Por qué no volvía a la cama?

¿Por qué no se abrazaba a él?

Porque pedir ayuda aún era algo extraño para él.

Porque la culpa le dominaba en esos instantes y sabía que sólo Gi-hun podría alejarla.

Huía porque sabía que se sentiría mejor a su lado y la culpa no le permitía aceptarlo.

Debía aprender a permitirse el ser feliz.

Necesitaba ayuda, pero no había nadie a quien acudir, sólo Gi-hun. Sin embargo, tampoco podía cargarle con aquella responsabilidad. Por supuesto, no le importaría, pero Sang-woo no quería cargar a Gi-hun con aquella carga. Debía ser más fuerte. No podía seguir haciéndole daño. Vender el apartamento no era una opción por ahora. Gi-hun necesitaba saber dónde encontrarle y Sang-woo no quería provocarle más desasosiego, ya le hacía demasiado daño. Y la solución no era deshacerse de aquel lugar, sino de, simplemente, no irse.

Gi-hun quería conocer la naturaleza de sus pesadillas, pero Sang-woo no estaba preparado para compartir las visiones que le asolaban en la oscuridad de su mente. No Estaba preparado para hablar y Gi-hun no quería conocer los detalles de sus sueños, no quería provocarle más dolor y recordarle todo lo ocurrido allí. Gi-hun era más fuerte que él y había aceptado aquellos sucesos, pero nadie estaba preparado para revivirlos una y otra vez sin que el dolor y la culpa hiciesen su aparición.

Sang-woo debía encontrar otra forma de...

- Deberías descansar -rompió la voz de Gi-hun el silencio imperante-. No has dormido nada esta noche.

Asintió con la cabeza y suspiró. ¿Cómo podía saber lo que pensaba? No le hizo falta mirarle para saber que estaba sonriendo.

- ¿Se puede aprender a no pensar?  -preguntó entonces-. ¿O es algo que los genios sois incapaces de hacer?

Era extraño como Gi-hun podía conocerle tan bien y saber perfectamente lo que ocurría en su mente. Desde niños había podido leer su mente y sus estados de ánimos.

- Nunca he sido capaz de... no pensar -mintió.

Sang-woo había conseguido dejar su mente en blanco junto a Gi-hun, pero no quería decírselo. No se avergonzaba de ello, pero era algo que sentía, no era el momento de decir aún.

- Deberías intentarlo alguna vez -dijo tras unos segundos de silencio-. No es tan difícil. Yo lo hago a menudo.

Podría haber hecho alguna broma mordaz, pero no era el momento.

- ¿Y cómo se hace?

Gi-hun se encogió de hombros.

- Simplemente disfruta del momento.

Sang-woo cerró los ojos. No era tan fácil, pero en ese instante quiso pensar que sí, que podía limitarse a cerrar los ojos y... nada más. Gi-hun se acomodó y apretó sus brazos en torno a él. De repente empezó a tararear una canción que a su madre siempre le había gustado. Y, de repente, fue así de simple. Su mente se quedó en blanco mientras le escuchaba. Gi-hun tenía ese don, ese poder sobre él. No hubo más sangre, más dudas, más culpa. Sólo podía pensar en la canción, en Gi-hun. Pensó en el viaje que iban a hacer a Estados Unidos, el futuro que les esperaba. Pensó en su madre y lo feliz que sería al verle de nuevo antes de irse... El futuro era brillante. Y su presente... Su presente era perfecto.

Su hogar estaba aquí y era el momento de dejar de huir de él. Era el momento de aceptar lo que tenía.

Las dudas y la culpa volverían a asfixiarle, el pasado no le dejaría dormir y le recordaría que no merecía ser feliz. Pero no en aquel instante. Ahora sólo importaba Gi-hun, sus brazos alrededor de su cuerpo, su respiración pausada, su tarareo impreciso, su piel desnuda contra la suya... Sólo importaba Gi-hun y lo bien que se sentía a su lado, la felicidad que encontraba a su lado, la sensación de pertenecer a algún sitio, de no tener que seguir buscando un lugar en el mundo.

Vivir era difícil, lo seguiría siendo, pero no en ese instante. No cuando se limitaba a disfrutar del momento.

Ahora sólo importaba la felicidad que le embargaba. No había nada más en su mente.

- Te amo -volvió a decir con voz pausada, saboreando cada letra, disfrutando del momento.

Gi-hun le sonrió, su mano se deslizó por su cuello y comenzó a pasear la yema de sus dedos por su espalda sin rumbo fijo. Aquello tuvo un efecto sedante en Sang-woo, que estaba realmente agotado. Quería descansar, lo necesitaba.

- Yo también te amo -murmuró contra su oído antes de volver a tararear una canción al azar.

Con esas palabras resonando en su mente, se durmió. Fue un sueño tranquilo en el que se vio junto a Gi-hun.

Notes:

Pues eso ha sido todo. Espero que les haya gustado y lo hayan disfrutado, pese al angst.
Kudos y comentarios son siempre bien recibidos.

¡Hasta otra!

Mi Tumblr: Tumblr

Series this work belongs to: