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Red Connection

Summary:

Desde niño a Nakahara Chuuya se le habló sobre la importancia del brillante hilo rojo que estaba atado a su dedo meñique.

"Ese hilo te ata a una persona muy especial. Y para encontrarla, no puedes cortarlo", "te amará tanto como nosotros a ti", le había dicho su padre.

Tras esperar durante años la llegada de esa persona tan especial, Chuuya finalmente se encuentra a quien está atado al otro extremo de su hilo rojo. Sin embargo, dicha persona... ¿no es su alma gemela?

 

[Pueden encontrarlo en Wattpad aquí.]

Notes:

Los personajes de esta historia no me pertenecen. Forman parte de las obras de Bungou Stray Dogs creados por Kafka Asagiri.

Por favor lean las etiquetas y las advertencias en notas de autor para que no nos encontremos con sorpresas indeseadas más adelante, y también para que ustedes como lectores, no sientan incomodidad en algún momento ♥.

Esta historia cuenta con:

→ Soukoku como pareja principal.

→ Leve mención de Shin Soukoku (Y otras parejas secundarias)

→ La historia se desarrolla en un universo alterno (AU) Más específicamente: Hilos del destino/almas gemelas.

→ Menciones (muy leves) y referencias sobre la novela BSD Beast.

→ Incluirá personajes de la novela STORMBRINGER (no hay spoilers)

→ Posible OOC (Aunque me gusta creer que son parte de las emociones más blandas y humanas de los personajes)

Chapter 1: "Creo que te equivocas" Así comenzó todo

Chapter Text

Si le preguntasen a Nakahara Chuuya, él diría que creció en un ambiente lleno de amor, mimos, y atenciones. Nunca le hizo falta algo en su niñez a pesar de haber perdido a sus padres a muy temprana edad cuando él apenas era un bebé y Kouyou tenía cinco años.

Sus tíos se hicieron cargo de él y de su hermana mayor. Los criaron y los educaron como si fuesen sus propios hijos.

Y aunque Arthur y Paul se encargaron de que ambos infantes recordarán las memorias de sus cariñosos padres biológicos, Chuuya y Kouyou los llamaban padres. Porque después de todo eso es lo que eran ambos hombres para ellos.

Kouyou no recordaba muy bien los rostros de sus padres biológicos, pero siempre le aseguró a Chuuya que su madre se veía muy feliz cuando lo llevaba en su interior. Le hablaba, le cantaba, y acariciaba su vientre con amor. Al igual que su padre, quien siempre fue alguien demasiado orgulloso y preocupado por el bienestar de su pequeña familia.

Muy borrosamente, como si de un sueño se tratase, Kouyou recordaba el día en que nació Chuuya. Fue un día lleno de felicidad y sorpresas. Esa vez volvió a ver a sus tíos, quienes vivían en Francia y muy pocas veces en su corta vida los había visto (O al menos eso recordaba la frágil memoria de la pequeña Kouyou. Porque Paul y Arthur tenían pruebas audiovisuales de que estuvieron en el nacimiento de la niña y en sus cuatro primeros cumpleaños).

Entonces sí, Chuuya siempre estuvo rodeado de amor. Ya fuese por sus difuntos padres biológicos, su hermana mayor, o sus tíos (o mejor dicho, padres adoptivos).

No fue hasta los cinco años que Chuuya fue consciente de algo. Por lo que se acercó a Arthur para preguntar por aquello que al parecer siempre había estado allí y que podía ver, pero no tocar.

—¿Sucede algo, mon chéri? —preguntó Arthur cuando el pequeño niño pelirrojo se acercó haciendo sonar sus pequeñas pisadas en el suelo.

Papá... ¿Qué es esto? ¿Por qué no puedo quitarlo? —preguntó el niño con grandes y brillantes ojos azules.

Arthur quedó perplejo ante el pequeño dedo meñique que Chuuya levantaba. Entonces el hombre se enderezó y dejó de lado su tarea de servir el desayuno.

—Mh... —murmuró mientras se agachaba a la altura del menor, observando el pequeño dedo y actuando de forma misteriosa para poder causar más intriga en el niño.

Arthur no veía lo que Chuuya sí, pero sabía perfectamente a qué se refería su hijo. Sabía que aquella pregunta llegaría en algún momento.

—¿No te gusta, Chuuya? —preguntó con una sonrisa cariñosa.

Chuuya observó el hilo enredado en su meñique, entonces sonrió y sus ojos brillaron.

—Me gusta. Su color es bonito, pero ¿por qué está allí y no puedo sacarlo?

Arthur estaba feliz de escuchar eso. Pues indicaba que el alma gemela de Chuuya efectivamente existía. Y si con "su color es bonito" quería decir que era de un rojo vibrante, era una señal de que todo estaba bien con la persona al otro lado del hilo.

«Todo estará bien, entonces», fue lo que pensó Arthur. Su niño merecía ser feliz y amado.

Y si bien explicar el concepto del hilo rojo podía ser complejo para un niño tan pequeño, Arthur intentaría hacerlo lo más simple posible.

—No puedes tocarlo porque ese pequeño hilo te ata a una personita muy especial. Y para encontrarla, no puedes cortarlo. Y mucho menos sacarlo, Chuuya.

—¿Alguien especial? —preguntó con los ojos brillando de emoción.

—Así es —afirmó Arthur mientras daba un toquecito con su dedo índice en la pequeña nariz del niño—. Alguien que te va a amar mucho, y te va a hacer muy feliz.

—¡¿Así como papá, ane-san y tú?!

Arthur asintió.

—Te amará tanto como nosotros te amamos a ti.

—¡¿Y cuándo voy a conocer a esa persona?! ¡¿Dónde está?!

A estas alturas, Arthur no pudo evitar soltar una carcajada; Chuuya estaba tan emocionado que literalmente estaba gritando y vibrando.

—Tendrás que ser paciente para eso, mon chéri. Tómalo como si fuese una sorpresa.

Chuuya pareció calmar su energía e incluso frunció el entrecejo al no entender del todo. No le gustaba la idea de tener que esperar, pero a él le gustaban las sorpresas (como a cualquier niño, realmente), así que suponía que estaba bien.

—Espero que no tarde mucho... —murmuró.

Entonces miró las manos del mayor, y no vio nada. Y si lo pensaba bien, ni Kouyou ni su otro papá tenían un hilo atado a sus meñiques como lo tenía él.

—¿Por qué solo yo tengo un hilo? —preguntó sin perder tiempo.

Arthur soltó un suspiro acostumbrado a la curiosidad de Chuuya. De cierta forma, había visto venir todas estas preguntas.

—Realmente tu hermana, tu padre y yo, también tenemos hilos. Solo que tú no puedes verlos y nosotros tampoco podemos ver el tuyo. —Arthur tomó un respiro.

Explicarle estas cosas a un niño era complicado.

—Las personas pueden ver los suyos propios y el que los ata a otra persona. Porque finalmente son el mismo hilo.

Chuuya arrugó su nariz al no entender muy bien. Pero lo que sí había entendido, era que sus padres y su hermana también tenían un hilo.

—Papá... ¿Ya has encontrado a tu otra persona especial?

—Así es.

Chuuya abrió sus ojos exageradamente ante la respuesta.

—¿Y quién es?

—Pronto lo sabrás. —Arthur le sonrió y le guiñó un ojo al niño—. Muy bien mon chéri, demasiadas preguntas por hoy, toma asiento y come tu desayuno mientras voy por tu hermana y tu padre.

Así fue como un Chuuya enfurruñado se sentó y comenzó a devorar su desayuno hasta que todos estuvieron en sus respectivos puestos.

—Oh, así que nuestro pequeño Chuuya finalmente está preguntando por su hilo rojo —comentó Paul al ser informado por Arthur de la creciente curiosidad del pequeño pelirrojo.

—¡Papá dijo que él ya encontró a su persona especial! Pero no quiso decirme quién es —acusó Chuuya mientras fruncía los labios en un puchero.

Kouyou, Arthur y Paul comenzaron a reírse ante la actitud y las palabras del niño.

—¿Por qué se ríen?

—Oh, lo siento mon chéri. ¿Quieres saber quién es la persona especial de tu padre Arthur?

—¡Sí! ¡Quiero saber! ¡¿Sabes quién es?!

Y ahí estaba de nuevo Chuuya emocionado y gritando.

—Por supuesto que sé quién es esa persona tan afortunada de compartir hilo con tu padre. —Paul sonrió con orgullo y cariño, observando de reojo a Arthur—. Porque esa persona, soy yo.

Chuuya abrió sus ojos con asombro ante la revelación. Y aunque seguía sin entender completamente todo el asunto, esa mañana llegó a la conclusión de lo importante y asombroso que era el hilo rojo si sus padres estaban unidos por uno. Chuuya siempre los veía amarse y cuidarse, y podía ver lo felices que eran estando juntos.

Entonces desde ese momento, Chuuya soñó con poder encontrar a su persona especial.

Más tarde, a sus ocho años de edad, Chuuya se enteraría por Paul y Arthur, que sus padres biológicos también habían sido almas gemelas.

—Tu hermana Kouyou y tú, son producto del amor que ellos se profesaban.

Le había dicho Paul con una sonrisa nostálgica.

Entonces Chuuya realmente quería encontrar a su alma gemela; a su persona destinada.

Porque todo el asunto le parecía hermoso y porque así también lo describían los libros que tanto le gustaba leer. Y también sus compañeros y compañeras en la escuela hablaban mucho de eso en los recesos.

A medida que Chuuya iba creciendo conoció a todo tipo de personas. Había algunos a quienes les asustaba la idea de estar atado a una persona que no conocían, como también se encontró con personas que admitían estar en una relación con alguien con quien no compartían hilo y que no estaban interesados en encontrar a quién se supone que era su otra mitad.

Chuuya se sintió asombrado y triste por estas personas. Porque tal vez él había idealizado demasiado la idea de algún día encontrar a esa persona especial.

Luego, estaban aquellos y aquellas que estaban cansados de la espera, y la impaciencia les llevaba a buscar a su alma gemela y forzar su encuentro.

Incluso había aplicaciones móviles para eso.

Ante esto Chuuya decidió que quería que el destino hiciera lo suyo y que, como su padre Arthur le había dicho cuando era un niño, fuera una sorpresa.

Siempre fantaseaba con distintas escenas románticas sobre el encuentro con su alma gemela. Tal cual como sucedía en los libros que leía.

Anhelaba tanto vivir la experiencia completa, que Chuuya esperó y esperó hasta que, a sus 15 años, el chico miró con horror cómo su brillante hilo rojo se volvía de un color apagado y casi marrón.

Nunca le preguntó a alguien si es que eso era normal. Ni a sus padres, ni a Kouyou, y mucho menos a sus amigos del instituto.

Estaba tan asustado de haber hecho algo mal o de que algo estuviese fallando con su hilo, que decidió ignorarlo y normalizar este suceso en su vida.

Ni siquiera cedió a la tentación de hacer alguna búsqueda por internet.

Dejó de observar el hilo todas las mañanas y a cualquier hora del día porque se dio cuenta de lo angustiado que le ponía no ver más el lindo y brillante rojo de antes.

Sin embargo, aún seguía soñando con algún día encontrar a su alma gemela y ver que todo estaría bien, y que simplemente el cambio de color en su hilo eran cosas que podían ocurrirle a cualquiera.

¿Y quién sabe? Tal vez cuando encontrara a su alma gemela, su hilo volvería a recuperar su bonito color rojo.





━━━━━━━━━※━━━━━━━━━

 

 

 

En su primer año universitario conoció a quien inesperadamente se convertiría en uno de sus mejores amigos. El chico le ayudó a conseguir un puesto de trabajo en un café, ya que Chuuya quería comenzar a manejar su propio dinero (Aunque sus padres le dijeran que no era necesario).

Más tarde, en su segundo año, decidió arrendar un apartamento compartido junto a dicho amigo (A pesar de que Arthur y Paul se entristecieron al momento de la noticia).

Y así, la vida universitaria de Chuuya estuvo llena de nuevas experiencias y nuevos amigos.

Era el comienzo del último año universitario de Chuuya, y aunque no tenía una visión muy clara de su futuro, estaba feliz con lo que había logrado hasta el momento.

Aunque actualmente ya tenía veintidós años y él aún...

—¡Chuuya, querido! ¡No pongas esa cara tan melancólica! ¡Me dan ganas de llorar!

Chuuya chasqueó la lengua y terminó de preparar la taza de latte para luego ponerla frente al dueño de la molesta voz.

—¿Qué haces aquí, Albatross? No tiene sentido que en tus días libres vengas a tu lugar de trabajo. —Y a pesar de lo molesto que sonaba Chuuya, sabía perfectamente lo que su amigo siempre se servía.

Buscó en las vitrinas dos galletas con chips de chocolate y almendras y las sirvió en un plato.

Albatross miró encantado sus galletas favoritas.

—Chuuya-kun, cariño, anota eso. Lo descontaré de su próxima paga —habló Lippmann desde el fondo de la cocina.

—¡Sí planeaba pagarlo, Lippmann-san! —se quejó de manera escandalosa— ¿Por qué me tratas así? Soy tu primer empleado, me conoces más tiempo que a Chuuya —dramatizó.

Chuuya suspiró.

—Tross... el volumen. Asustas a los clientes —reprendió Chuuya.

—Ups... —Albatross se llevó una galleta a sus sonrientes labios—. Por cierto Chuuya... ¿De nuevo estás pensando en eso? —preguntó con cuidado. Con un tono de voz tan suave que Chuuya sabía que era para tantear terreno en el tema.

Albatross era el único que sabía sobre el estado de su hilo. Chuuya se lo había contado entre angustiosos lamentos, una noche que el peso de la universidad y el trabajo fue demasiado para soportar.

Entonces comenzó a ser consciente nuevamente del estado de su hilo después de tantos años de haberse dicho a sí mismo que era normal.

Porque cuando estás en un estado emocional tan vulnerable, los problemas e inseguridades en los que no habías pensado, reaparecen.

—Albatross... —comenzó a hablar en un susurro— no es necesario que te preocupes por eso. No pasa nada. Solo estaba pensando en lo que haré después de que termine mis estudios.

Albatross lo miró con cariño. Porque sí, tal vez Chuuya le estaba diciendo la verdad, pero a medias. Él conocía esa expresión en el rostro de su mejor amigo.

Pero como siempre, no quiso ahondar más en el tema. Vivir con Chuuya le había enseñado cuando debía presionar más, y cuando no.

—Bueno, cariño, deja que fluya. No pienses tanto en eso. Al finalizar el año, aún trabajarás en The Flags. Lippmann-san no te dejará ir tan fácilmente, y aún vivirás conmigo. A parte de eso, tus padres siempre te apoyarán hagas lo que hagas. —Dio un tranquilo sorbo a su latte—. Nunca te quedarás sin un lugar al cual volver, Chuuya. Así que puedes evaluar tus opciones con tranquilidad ¿Está bien?

Chuuya se mantenía con los ojos bien abiertos, y de un momento a otro comenzó a sentir sus mejillas tibias y sus ojos levemente más húmedos de lo normal.

Albatross sabía. Sabía lo que significaba el estado de su hilo y sin embargo, Chuuya le pidió que nunca se lo dijera. Porque no quería enterarse.

No aún.

Y a veces se sentía solo y desdichado. Y se encontraba envidiando las lindas relaciones entre almas gemelas. Entonces Albatross siempre estaba allí para recordarle que nunca estaría solo, con o sin alma gemela.

—Gracias, Albatross... —habló con voz temblorosa— Yo...

—¡¡Lippmann-san!! ¡¡Chuuya está haciendo una cara linda de nuevo!! ¡¡Debes verlo y grabarlo!! ¡¡Rápido!! —gritó Albatross ignorando completamente a los clientes asustados.

—¡Mantenlo ahí! ¡No encuentro mi celular! —exclamó desde el fondo del lugar.

Chuuya sintió que la vergüenza aumentaba hasta hacerlo temblar por las ganas contenidas de pulverizar la última galleta de Albatross en su cabeza. En cambio, miró con reproche al otro hombre.

Este último le guiñó un ojo descaradamente.

Era sábado por la mañana y Albatross había decidido pasar a molestar a Chuuya antes de salir en su motocicleta sin rumbo alguno. Por lo que al terminar su latte y sus dos galletas, se despidió de su jefe, del pelirrojo, y de una recién llegada Gin.

—¡Nos vemos en casa, Chuuya!

Entonces la mañana se convirtió en medio día. Chuuya vio entrar a Tachihara al lugar, lo que quería decir que era hora de su descanso. Estaba a punto de sacarse el bonito delantal que tenía por uniforme, cuando las campanillas de la entrada volvieron a sonar anunciando nuevos clientes.

Chuuya miró a su alrededor y vio a Gin ocupada en una mesa. Tachihara aún no regresaba de la zona exclusiva para empleados, por lo que aún debía estar preparándose para comenzar a atender.

Suspiró y volvió a acomodar el delantal a medio sacar. Luego de atender a estas personas, dejaría todo en manos de Tachihara y Gin.

—Bienvenidos a The Flags, si gustan pueden buscar un asiento y los atenderé en seguida, o si prefieren pueden hacer su pedido a...

Entonces, Chuuya lo sintió.

—Haremos nuestro pedido para llevar, gracias —respondió un hombre de cabellos burdeos y voz grave pero tranquila.

—¿Qué pedirás, Odasaku?

Chuuya se quedó estático escuchando las voces de fondo mientras se ponían de acuerdo en qué ordenar.

Por primera vez en su vida, veía y sentía cómo su delgado enlace vibraba y tiraba hacia adelante.

Con las emociones arremolinándose en su pecho y su corazón palpitando fuertemente, sus ojos azules siguieron el trayecto de su hilo hasta que llegó al meñique envuelto de...

—Dazai —habló el hombre: Odasaku—. Kunikida-kun se enojará si llegamos tarde nuevamente.

—¡Es sábado! ¡A nadie le importa llegar temprano!

Chuuya miró de reojo al hombre castaño, Dazai. ¿Él era su alma gemela? Nunca lo imaginó así. Literalmente porque en los escenarios cursis que creaba dentro de su cabeza (cuando era más joven), su persona no tenía una forma específica, ni un género, ni un sexo, ni nada definido, era solo... alguien. Y Chuuya lo aceptaría porque estaba tan enamorado de la idea de tener a una persona destinada para él y que lo amase incondicionalmente, que realmente no le importaba cómo sería dicha persona.

Sin embargo, Dazai parecía un hombre extrañamente adorable. Era ridículamente alto (Al igual que su amigo), de hombros anchos, vestía en colores beige, y su cabello era espeso, castaño, y con ondas tan desordenadas que apuntaban en todas direcciones mientras rebotaban en cada movimiento que hacía.

Oh... Chuuya se sentía encantado por la persona frente a él. Su pecho se sentía tan cálido que inconscientemente formó una sonrisa en sus labios mientras miraba con adoración al hombre discutir lo que sea que estuviese discutiendo con su amigo (porque sinceramente Chuuya se había perdido en sus pensamientos y no había presentado atención).

—Bien, ya sabemos que vamos a ordenar. —Por primera vez desde su llegada, Dazai dirigió su atención al pelirrojo que los atendía.

Chuuya de repente sintió que el nerviosismo se volvía a apoderar de su sistema.

Había llegado el momento.

El momento que tanto había esperado en su vida. El momento en donde su alma gemela lo miraría y lo reconocería.

Chuuya nunca había imaginado este escenario. Pero estaba bien de todas formas. Porque entre su ansiedad y miedo, se sentía feliz y emocionado.

—… Llevaremos dos americanos, un chocolate, y un moca —habló Dazai pensativo, como si intentara recordar bien la orden.

Odasaku soltó un suspiro.

—¿Puedes agregarle azúcar extra al chocolate y al moca? Hay dos niños que estarían muy tristes si sus bebidas no tuvieran suficiente azúcar —mencionó como si realmente fuese un tema de vida o muerte.

—Odasaku, deberías dejar de mimar tanto a Akutagawa-kun y a Atsushi-kun, ya no son niños —reprochó con una sonrisa cariñosa.

—Es solo una vez al día, recuerda que...

Y Chuuya dejó de escuchar. Porque Dazai lo había mirado a los ojos y sin embargo...

«¿Él no me reconoció?»

No. Imposible.

Él veía el hilo que los unía. No tan rojo como alguna vez lo fue, pero estaba allí. Y además, Chuuya lo sentía.

De alguna manera Chuuya lo sabía. Había algo que le decía que el hombre castaño frente a él, sí era su alma gemela.

Sus manos temblaron levemente y aunque sintió un nudo en la garganta, intentó mantener la calma. Porque todo esto era nuevo y tal vez... Tal vez Dazai no se había fijado bien.

—Disculpa... —Su voz se escuchó extraña a sus propios oídos. Como si lo estuvieran estrangulando.

Dazai y Odasaku miraron a Chuuya. Y en cuanto ambos notaron que los ojos azules se dirigían a Dazai, Odasaku dio un paso al costado.

Dazai no dijo nada. Pero el hecho de que su mirada hubiese cambiado a una más dura, hizo que a Chuuya se le atascara la respiración.

—¿No me reconoces?

Con una ceja enarcada, Dazai dirigió su mirada fugazmente a Odasaku quién se veía honestamente confundido ante la pregunta del pelirrojo. En cambio el castaño hizo un (casi) imperceptible movimiento de cabeza.

Pero Chuuya lo notó. Notó cómo Dazai había dado una negación a su amigo.

Y en unos segundos volvió a tener la cautelosa e intensa mirada sobre él.

—Creo que te equivocas de persona.

Chuuya nunca había experimentado un ataque de pánico. Solo había oído hablar de ellos de parte de otras personas, pero según cómo lo describían, parecía estar teniendo uno en ese mismo momento.

—No lo creo... —habló consternado mientras miraba fijamente el feo hilo de un color casi marrón que lo unía al castaño.

Su respiración se estaba volviendo más irregular a medida que pasaban los segundos; no entraba suficiente oxígeno a sus pulmones.

—No —negó tajante Dazai—. Estoy totalmente seguro que no te conozco de ningún lado.

Sentía que su corazón iba a explotar por lo rápido que palpitaba.

Le dolía tanto el pecho que se estaba volviendo insoportable.

—Hey... ¿Estás bien? —preguntó Odasaku realmente preocupado por los extraños acontecimientos y las reacciones que estaba teniendo el chico más bajo frente a ellos.

—S-Si... yo...

—¡Dazai-san, Oda-san! ¡Finalmente vinieron! —Gin había terminado de atender su mesa y al ver a ambos hombres, se acercó rápidamente a saludar. Pero en cuanto su mirada se desvió a su compañero de trabajo, en seguida supo que había algo mal—. ¡¿Chuuya-san?!

Fue allí cuando Chuuya vio la oportunidad de salir corriendo hacia el interior del lugar, en donde solo el personal tenía acceso. Ni siquiera tuvo tiempo para preguntar cómo es que Gin conocía a ambos hombres.

Más específicamente a su alma gemela que, al parecer, no lo reconocía como tal.

En su carrera casi chocó contra Tachihara, no obstante los gritos de su amigo tampoco lo detuvieron y siguió corriendo en dirección a la zona de empleados. Lamentablemente, por más que corriera intentando huir de la situación de pánico en la que se encontraba, el lugar no era excesivamente grande. Por lo que solo un par de segundos después de haber chocado contra Tachihara, chocó contra el pecho de Lippmann.

—¡¿Chuuya-kun?!

Lippmann enseguida asumió el estado del pelirrojo al ver que este enterraba el rostro en su pecho y temblaba incontrolablemente mientras agarraba en puños su ropa.

Luego haría las preguntas. Y obtendría respuestas solo si Chuuya deseaba darlas.

«Aunque tal vez sea mucha presión para él», fue lo que Lippmann pensó debido a que casualmente había escuchado la conversación de Chuuya y Albatross esa mañana.

De cualquier forma, en ese momento debía preocuparse por su querido empleado.

Vio a Tachihara y a Gin asomarse. Les dio una mirada tranquilizadora y les hizo un gesto para que entendieran que el café quedaba en sus manos mientras él se ocupaba de Chuuya.

Lippmann posó con cuidado y lentitud su mano sobre la cabeza de Chuuya en caso de que el chico quisiera rechazar su contacto.

Eso no pasó. Así que hundió sus dedos en el cabello pelirrojo y comenzó a masajear el cuero cabelludo a la espera de que Chuuya dejase de temblar y se sintiera seguro para salir del refugio improvisado en su pecho.

Pasaron algunos minutos y finalmente Chuuya parecía haberse calmado un poco. Aunque Lippmann seguía escuchando algunos tristes sollozos inútilmente contenidos.

—Amor... ¿Quieres que llame a Albatross?

Chuuya instantáneamente hizo un movimiento afirmativo con su cabeza, aún sin ser capaz de mostrar su rostro al mayor.