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Español
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Published:
2022-03-09
Words:
41,485
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Forgive the sea, follow the tide.

Summary:

Keiji, quien ha estado observando aquella cosa en el horizonte a medida que esta se fue acercando, al fin pudo verla con más claridad-. Es una persona -jadea-. Es una-...

Y luego se suelta del agarre de Konoha y vuelve a zambullirse tan pronto como el agua es lo suficientemente profunda, nadando hasta el trozo de madera y el bulto sospechosamente humano sobre él. Esta vez, el agua hace que su herida arda un poco, pero la sensación permanece ahí por unos segundos y luego desaparece.

Asoma la cabeza de entre las tempestuosas aguas, parpadeando para enfocar su vista. Espera que no sean solo algas sobre un trozo de madera flotante porque ya está bastante cansado.

Pero no lo es.

Notes:

  • A translation of [Restricted Work] by (Log in to access.)

HEY HEY HEY

Déjenme decirles que esta historia hace que mi corazón de doncella lata desbocadamente no importa cuántas veces la haya leído. Literalmente es mi fic de confort y espero que también sea el de ustedes.

Antes que nada, quiero agradecerle de todo corazón a Kyrye, por darme permiso de traducir esta historia (¡Vayan a darle mucho amor al original en AO3!) y por haberse convertido en una muy buena amiga a lo largo de todo el proceso. Espero haberle hecho justicia con la traducción y los arts ;;;;

Btw, si estás leyendo esto: Te beso las manos, el cerebro, ¡todo! ¡¡¡Muchas gracias!!!

Muy bien, ahora, es momento de una pequeña aclaración.

Esta historia está basada en la canción "Pearl diver" de Mitski, la cual recomiendo encarecidamente escuchar y leer las lyrics para entrar en mood.

Dicho esto, pónganse cómodos, griten en los comentarios y disfruten la lectura.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El agua no está tan fría en esta época del año.

Pero sigue siendo un fuerte contraste con el cálido, aunque opaco y nublado, mundo exterior, incluso con esa brisa de la mañana que hace que las palmeras se balanceen y que los pequeños trozos de follaje seco se arrastren a través de las blancas arenas de la playa.

Keiji inhala profundamente y salta, como un cuchillo hundiéndose en las aguas gris azuladas; el frío ya ni siquiera es un shock para él. En todo caso, es como un abrazo materno tal y como debería haberlo sido el de su propia madre.

Allí, junto a los acantilados, diminuto en la inmensa extensión del caprichoso océano, él es libre, todopoderoso e intrascendente.

Después de todo, es el mayor —y ahora único— buzo de perlas en la pequeña aldea de Fukurodani. Ha seguido buceando hasta bien entrado en los veinte años de edad y, aunque eso solía ser común, ya no lo es. No obstante, eso no cambia el hecho de que él es quien puede sumergirse más profundo y acercarse a los acantilados y arrecifes más irregulares.

Puede parecer algo de lo que estar orgulloso, pero solo si ignoramos el hecho de que él es el único que queda.

Primero ve una pequeña concha bañada con diminutas líneas compuestas de granos de arena perfectamente visibles. Afuera, el sol escapa de la nube que lo tenía cautivo en la línea del horizonte y el mundo parece florecer con una tenue luz dorada.

La concha es demasiado pequeña, por lo que Keiji sigue de largo, pataleando grácilmente.

Ha hecho de este su estilo de vida durante mucho tiempo; si bien comenzó como una tradición familiar —y porque cierta persona le sonreía al encontrar bonitas sus perlas cada vez que le obsequiaba una—, con el tiempo, se convirtió en todo lo que sabía hacer, en todo lo que siempre quiso hacer. A lo largo de los años ha logrado acumular una cantidad decente de perlas, las suficientes como para que la vida no sea difícil, las suficientes como para que una pequeña concha no cumpla con sus estándares, ni mucho menos.

Más profundo, entre los brazos enredados de un coral color marrón rojizo, ve su premio. Un verdadero premio. La superficie de la concha, incluso con algo de arena cubriéndola, es casi nacarada; tiene el tono correcto entre rosa y blanco, y debe ser tan grande como la palma de su mano.

Se dirige a ella sin dudarlo, solo preocupándose por la corriente fría y lenta en la que está nadando. Está muy profundo, casi tan profundo como nunca se lo ha permitido, pero sus manos están seguras cuando atraviesan el coral en busca de la concha. Sin embargo, se toma un segundo para preguntarse cómo es que llegó hasta allí porque, cuando jala de ella, las aberturas entre las ramas del coral resultan ser demasiado pequeñas.

Sintiendo que sus pulmones comienzan a arder, tira con más fuerza, ya considerando agarrar el afilado cuchillo atado a un lado de su cadera.

Al final no lo necesita, el coral cede tras un fuerte tirón.

Luego de tanto tiempo bajo el agua, incluso él comienza a quedarse sin aliento. Se apresura a ascender, rompiendo la superficie del agua con un suspiro que degenera en una gran bocanada de aire. Se gira y nota que la piedra oscura de los acantilados está más cerca de lo que pensaba, por lo que se apresura a alejarse antes de terminar atrapado en alguna mala corriente. Ya le ha sucedido con anterioridad y no hay nada más aterrador. Además, Konoha se enojaría.

Una figura familiar, con bronceados brazos cruzados en señal de desaprobación, se acerca a su lugar habitual en la playa mientras espera a que Keiji llegue a la orilla.

Konoha, al igual que la mayoría de las personas, piensa que Keiji es demasiado mayor como para andar haciendo hazañas peligrosas, al límite de lo inhumano, como esa. Pero es por preocupación, no por envidia, miedo, o estúpida superstición como todos los demás. Sin embargo, Keiji no puede evitar sentirse algo indignado por eso.

Se sumerge, solo por un segundo, con los ojos bien abiertos para contemplar el mundo teñido de dorado, verde y azul bajo el agua antes de dirigirse en dirección al otro hombre.

—¡Oye, date prisa! El desayuno se va a enfriar —Konoha le llama, señalando una canasta a sus pies.

Al menos lo conoce lo suficientemente bien como para saber que el desayuno es el incentivo adecuado.

—No tienes que venir aquí todas las mañanas —se queja Keiji, con los pies ya tocando la suave arena mientras se endereza—. Igual iba a pasar por la posada.

—No jodas. —Konoha pone los ojos en blanco—. No puedes cocinar nada que valga la pena y no te atreverías a despertar a tu pobre abuela al amanecer solo para que cocine algo.

Keiji tararea, dejándose caer en la arena junto a su amigo y comienza a hurgar dentro de la canasta. La familia de Konoha tiene una de las pocas posadas en la aldea y, de todas ellas, es la que mejor comida tiene, lo que en realidad significa que la comida es al menos comestible. A lo largo de los años, les ha dado tantas perlas que se niegan a aceptar dinero real a cambio de mantenerlo alimentado—. Por eso… —Se interrumpe para tragar el primer bocado de su pescado—. Igual iba a pasar por la posada. No tienes que cuidarme, no me ahogaré.

—Oye, es una manera de huir de los quehaceres. No es que solo esté haciendo esto porque te niegas a ser cuidadoso y sigues haciendo peripecias que te ponen en peligro. —Konoha se encoge de hombros, se deja caer al lado de Keiji y saca una bola de arroz de adentro de la canasta—. Sin embargo, deberías aprender a cocinar. No eres el tipo de persona adinerada capaz de contratar un cocinero.

Keiji mira el lejano horizonte, el último de los colores de la noche ya se está desvaneciendo en su borde—. Me casaré con alguien que sepa cocinar —dice, medio en broma. Ambos saben que ha rechazado bastantes propuestas que iban desde personas que realmente podrían contratar un cocinero hasta viajeros lo suficientemente ricos como para sacarlo de esa pequeña y atrasada aldea—. De igual manera, Kaori-chan seguirá alimentándome si no lo hago.

No es de detenerse a pensar mucho en ello.

—Te aprovechas de mi pobre hermana.

Keiji lo mira a través de sus mojadas pestañas, con una mirada de fingida inocencia que sabe que molesta a Konoha—. ¿Quién? ¿Yo?

Eso le vale un golpe en el brazo, y la conversación se convierte en simples golpecitos intercambiados entre bocados de comida. Esta es una escena casi diaria entre ambos, al menos desde que Konoha decidió cuidar de Keiji y este no tuvo la fuerza como para decirle que no lo haga.

El ambiente es silencioso y cómodo, pero solo hasta que Keiji ve que la línea del horizonte se deforma un poco. Distingue lo que parece ser un bulto que se vuelve más y más grande a medida que pasan los segundos, siguiendo el patrón habitual de una cálida corriente oceánica la cual conoce lo suficientemente bien como para saber que desemboca justo en los acantilados donde estaba nadando—. ¿Qué es eso? —pregunta, porque siempre ha tenido problemas para ver de lejos. Imagina que se trata de una cuestión de familia, porque su abuela tiene mala vista y, al parecer, también su madre.

Los ojos de Konoha se desvían hacia el lugar en donde el objeto extraño sigue creciendo hasta dejar de ser un punto en la lejanía—. Ni idea. Es demasiado plano para ser un barco, ¿quizás sea una madera flotante? —Keiji se mete otro trozo de su bola de arroz en la boca y mira fijamente en esa dirección, ahora con renovado interés—. ¡Dios… Akaashi, estás sangrando! —exclama.

Efectivamente, hay una línea roja irregular que baja por el costado de su muñeca hasta la mitad de su antebrazo—. Hmm… debe haber sido el coral.

—Te metiste entre los grandes otra vez, ¿no? —pregunta Konoha, arrancando una tira de la tela de la canasta. Esto no es un suceso inusual; en el agua, Keiji se concentra tan intensamente que, a veces, ni siquiera nota sus heridas hasta mucho más tarde. El ardor del agua salada es algo a lo que se ha acostumbrado hace mucho tiempo—. Te lo advierto, un día de estos te lastimarás seriamente. No vaya a ser como cuando a Bo-…

Conociendo a Konoha, igual se hubiera callado antes de terminar la oración. Sabe que, de no haberlo hecho, Keiji hubiese vuelto al agua, junto a los corales, el sol y el silencio. Sin embargo, no tiene oportunidad de sentirse culpable. Keiji, quien ha estado observando aquella cosa en el horizonte a medida que esta se fue acercando, al fin pudo verla con más claridad—. Es una persona —jadea—. Es una-…

Y luego se suelta del agarre de Konoha y vuelve a zambullirse tan pronto como el agua es lo suficientemente profunda, nadando hasta el trozo de madera y el bulto sospechosamente humano sobre él. Esta vez, el agua hace que su herida arda un poco, pero la sensación permanece ahí por unos segundos y luego desaparece. Keiji nada con rapidez, cada tanto sumergiéndose en zonas donde sabe que puede evitar los corales más grandes, y llega al trozo de madera lo suficientemente pronto.

Asoma la cabeza de entre las tempestuosas aguas, parpadeando para enfocar su vista. Espera que no sean solo algas sobre un trozo de madera flotante porque ya está bastante cansado.

Pero no lo es.

Solo por un segundo observa la piel dorada y el cabello oscuro del hombre. El trozo de madera sobre el que flota —al parecer una puerta, o el trozo de una— parece sostenerlo bien. Keiji mira a su alrededor y evalúa sus opciones. No están lejos de la orilla, por lo que podría nadar cerca de él y ver si llega por sí solo. Sin embargo, también ha aprendido a no confiar en las corrientes, por lo que vuelve al hecho de que no, no están tan lejos de la orilla.

Entonces comienza a empujar la madera. No es un trozo grande, y el hombre, aunque es pesado, tampoco parece ser tan grande; quizás solo sea un poco más alto que él. Para cuando llega a mitad de camino, Konoha se encuentra con él. Tiene la mirada cargada de incredulidad y el cabello rubio pegado a la frente—. ¿Sabes siquiera si está vivo? —jadea mientras comienza a ayudar a Keiji—. Esto que acabas de hacer fue muy peligroso.

—Conozco esta costa —responde Keiji, con simpleza—. La corriente lo iba a llevar a los acantilados.

Konoha, quien debe sentirse algo culpable por el comentario que estuvo a punto de hacer momentos antes, no dice nada más mientras empujan el trozo de madera y al náufrago hacia la playa. Resulta que, en efecto, es una puerta lo que arrastran sobre la arena hasta que está a salvo de las olas. Solo entonces es cuando Keiji observa con atención al hombre.

Su piel es de color marrón dorado, todavía no muy quemada, por lo que no debe haber estado al sol durante mucho tiempo. Lleva el pelo muy corto a los lados, pero con mechones oscuros pegados a la frente. Tiene una nariz tan recta que parece haber sido moldeada por las manos de un artesano, y sus párpados están firmemente cerrados, extendiendo sus pestañas cortas y oscuras sobre sus pómulos. Es fuerte, corpulento; sus músculos son evidentes por donde su camisa está rasgada y manchada de sangre. También logra ver un tatuaje asomando por la abertura; un dibujo desparramado por su pectoral izquierdo, ocupando la mitad de su pecho.

Su pecho inmóvil.

El corazón de Keiji se paraliza por un segundo, viejas heridas regresan a él como un flash.

Es inútil.

Suspira.

Konoha, sin embargo, se acomoda sobre el cuerpo del hombre, con las manos en el centro de su pecho y empuja hacia abajo una, dos y tres veces—. Creo que lo vi respirar en el camino —explica, pero realmente no hay forma de que alguien que claramente se ha ahogado, despierte—. ¿Me ayudarías volteando su cabeza?

Keiji obedece y, tan pronto como lo hace, el cuerpo del hombre se levanta repentinamente con una violenta sacudida, casi golpeando a Konoha en la barbilla mientras hace arcadas y comienza a vomitar agua de mar en la arena.

Keiji observa la escena con asombro y miedo; ha visto suficientes casi ahogamientos como para saber que este tipo sólo está vivo de milagro. Pero puede que no lo esté por mucho más tiempo, después de todo, ahogarse no es lo único que puede matar a una persona que ha quedado a la deriva en el mar.

No obstante, una vez que expulsa toda el agua de mar de adentro de sus pulmones, se lo ve bastante bien. Sus ojos color gris oscuro como piedras pulidas miran a Keiji, pasando por la confusión, luego por el asombro, hasta llegar al miedo—. Yo… ¿Qué demonios-… quién demonios eres tú? —dice con voz ronca y acento extranjero—. ¿Dónde diablos estoy?

Se dirige directamente a Keiji, pero es Konoha quien le responde—. Esta es la aldea de Fukurodani. Estás herido, ¿tu barco fue atacado por piratas?

—Yo… —La cabeza del hombre gira, mirando a su alrededor con los ojos bien abiertos, pero a la vez brumosos, como si estuviera intentando sofocar un inminente ataque de pánico. Al momento siguiente, vuelve a girarse hacia Keiji y con su mano débil lo toma del brazo. Está tan frío que casi lo suelta debido a la sensación—. ¿Había alguien más? —dice con seriedad, a pesar de que su agarre comienza a aflojarse en la segunda sílaba y su respiración es cada vez más rápida y superficial—. ¿Dónde está… Tsumu? —Es lo último que dice antes de que sus ojos se giren hasta quedar blancos y se desmaye una vez más.

—Keiji, tiene una herida en la pierna y… —dice Konoha, quitando la camisa del hombre para dejar al descubierto un feo corte en su costado—. Esto se ve mal .


Todo aún huele a sal.

Osamu se yergue lentamente, empujado por sus brazos algo temblorosos. La herida en su costado palpita.

Está en una habitación cálida y bien iluminada. Mientras parpadea intentando quitar la bruma del sueño y la muerte de su mente, también nota que está acostado debajo de un montón de mantas, sobre una pila de heno. Siente un calor palpitante en sus pies y, cuando mira en esa dirección, se da cuenta de que hay una gran chimenea justo frente a él.

Después de que el mar casi lo tragara por completo, lo único que recuerda son ojos del color de la marea y a sí mismo preguntando por Atsumu.

También recuerda no haber visto a Atsumu por ningún lado.

Está seguro de que vio cómo su gemelo caía por la borda después de que el retumbar del cañón que destruyó su barco lo dejase momentáneamente sordo.

—Oh, veo que has despertado —dice una mujer mientras entra a la cocina en la que aparentemente él ha estado durmiendo. Su cabello rubio está recogido en una trenza a su espalda y lleva un saco sobre el hombro. Se gira hacia la puerta por la que acaba de entrar y, sin mucha delicadeza, grita—. ¡Keiji-kun! ¡Tu náufrago se despertó! —El ruido hace que la cabeza de Osamu palpite.

¿Acaso esa es la persona que lo salvó? Osamu se estremece al recordar cómo preguntó por Atsumu a una figura borrosa; solo ahora se da cuenta de lo estúpido que fue hacer eso. Está atrapado en un lugar desconocido, probablemente en alguna isla al azar, fuera del mapa, sin tripulación, sin barco y con un nombre muy notorio que seguramente solo le traiga desgracias.

Tiene que pensar rápido; sus ojos recorren la cocina, ubicando utensilios que puedan resultar útiles y un poco de comida que podría comer sin cocinar. Ante su falta de respuesta, la mujer se ha dado vuelta nuevamente, pelando tomates sobre una tabla de madera. Solo tendría que pasar corriendo junto a ella, ya que no se ve lo suficientemente grande o fuerte como para impedírselo. Inhala profundamente y se levanta, sin perder ni un segundo en intentar tomar un cuchillo que yace sobre una mesa cercana.

Hasta que se da cuenta de que está desnudo como el día en que nació, claro.

Y solo se da cuenta porque nota un par de ojos azules nada impresionados —ojos que recuerda bien, a pesar de la bruma de la sed y el agua salada— mirándolo desde la puerta—. Por favor, deja ese cuchillo —dice el hermoso extraño, hablando con calma a pesar del rubor en sus mejillas—. Ya he escuchado demasiadas quejas de Konoha sobre haber saltado al mar para salvarte.

—¿T-tú…? —tartamudea Osamu, retrocediendo hasta la pila de heno y tomando una de las mantas para proteger cualquier modestia que le quede—. ¿Tú eres quien me salvó? —Es bastante creíble. El chico, no, el hombre frente a él tiene un cuerpo delgado con extremidades perfectamente ejercitadas, cubiertas de músculos engañosamente ágiles los cuales son fácilmente visibles a través de la camisa de lino amarillenta y los pantalones cortos que lleva. Osamu fija su mirada en los adorables ojos azules del hombre—. ¿Tú eres quien me salvó?

El extraño sonríe levemente mientras sus ojos recorren a Osamu—. Es lo que acabo de decir. —Sus pestañas se deslizan hacia abajo, tapando parcialmente su mirada, y su rubor se suaviza. Se acerca a Osamu sosteniendo una bolsa con ropa entre sus brazos—. Te tomaste tu tiempo en despertar, ya es más de la hora de la cena. Ten, te traje algo de ropa. —Osamu toma la bolsa en silencio—. Mi nombre es Akaashi Keiji, ¿puedo saber el tuyo?

Osamu duda, sus labios se enredan alrededor de una palabra—. M-Myaa… —Es todo lo que dice antes de cerrar la boca con fuerza; no tiene idea de en dónde esté, pero todo el archipiélago conoce las historias —aunque la mayoría de ellas ni siquiera sean ciertas— de los gemelos Miya. Este hombre tranquilamente podría girarse y venderlo por la recompensa permanente sobre su cabeza—. Yo… —Se apresura a inventar algo más, otra identidad, tal vez el nombre de algún amigo de la infancia dejado atrás hace mucho tiempo, pero su cabeza se siente nublada y está empezando a marearse otra vez—. No lo recuerdo —termina sin convicción mientras se aferra al borde de ladrillo de la chimenea a la vez que siente cómo su cabeza comienza a dar vueltas. Al menos contribuye a la mentira—. ¿Dónde estoy?

En un instante, el hombre ya está a su lado ayudándolo a recostarse sobre el heno, sin siquiera prestar atención a su cuerpo desnudo—. Estás en la aldea de Fukurodani —explica, aunque Osamu nunca ha oído hablar de ella—. Supongo que eso no es de mucha ayuda cuando ni siquiera recuerdas quién eres. Esta es una aldea muy pequeña al sur del archipiélago occidental. Debes tener más cuidado, la herida en tu costado parece haber sangrado mucho y tu pierna tampoco está muy sana.

—Ah. —Osamu arrastra la manta sobre su regazo—. ¿Sabes? Creo que estaba en un barco. —Por ahora es mejor hacerse el tonto, al menos hasta saber dónde está parado.

—Eso supuse luego de encontrarte aferrado a una puerta en el océano —dice Akaashi, parándose otra vez—. En ese momento preguntaste por alguien, ¿lo recuerdas? —Osamu niega con la cabeza—. Entonces te dejaré vestirte —concluye, dirigiéndose a la puerta—. Kaori-chan no te espía, no te preocupes.

—No puedo permitir que esto se queme, tengo tres hombres adultos para alimentar —ironiza ella desde donde está, revolviendo una olla humeante en la estufa.

Y luego, tan silenciosamente como entró, el hombre misterioso sale por la puerta y desaparece.

Osamu no puede evitar observarlo.


Las corrientes alrededor de Fukurodani son traicioneras, por lo que fue una muy mala idea salir en busca de la puerta y el náufrago. Keiji lo sabe mejor que nadie.

Y Konoha sabe que él lo sabe, pero quiere ser molesto y por eso le aplica la ley del hielo.

Pero Keiji también sabe que este no tiene la suficiente paciencia para mantenerla por mucho más tiempo, así que solo se afana en ayudar a limpiar los platos de las mesas vacías de la posada mientras espera a que llegue la inevitable reprimenda.

El grupo de viajeros que Konoha y su hermana atienden esta semana es extremadamente revoltoso, pero también son un peso ligero; para ese momento, todos ya están durmiendo en sus camas. Es mejor para Keiji, al menos, porque puede comer luego de que todos se hayan ido y así no tiene que evitar preguntas sobre su buceo u otras conversaciones en las que no está interesado. Se apresura a realizar su quehacer, preguntándose si el náufrago se pondrá la poca ropa que Konoha cedió en prestarle, y si se marchará lo suficientemente rápido como para escapar del inevitable temperamento de su amigo.

—Podrías haber arriesgado tu vida por un cadáver —Konoha se queja desde la mesa a su lado, con los dedos apretados alrededor de un plato de cerámica—. Sé que eres medio sirena o algo así, pero por favor, deja de hacer esa clase de cosas.

—Sabía que la corriente no me arrastraría —Keiji responde suavemente—. Sé cómo se mueven las corrientes por aquí, y tú sabes que odio que me llamen así.

—Quizás sea cierto. —Konoha deja de limpiar y mira a Keiji, quien hace todo lo posible por evitar su penetrante mirada—. Es eso o eres estúpidamente afortunado. —Duda por un segundo, pero Keiji ve por el rabillo del ojo cómo se endurece, así como también ve la forma en cómo sus músculos se tensan.

—Nunca será Bokuto, y lo sabes .

Incluso después de todo este tiempo —siete años, siete años, siete años— ese nombre sigue sintiéndose como un puñetazo en el estómago. Konoha lo sabe; él estuvo ahí hace siete años cuando Keiji casi se ahoga buscando. A estas alturas, debería tenerlo más claro y, aunque Keiji esperaba que este asunto en particular saliera a la luz en la conversación, todavía se siente sorprendido por la amarga marea de dolor que sube por su garganta como bilis—. Estás delirando si crees que no lo sé —espeta, mirando a Konoha—. De ahora en más empezaré a bucear del otro lado de los acantilados, así que no te preocupes, ya no tendrás que presenciar ninguna de mis estupideces.

Se siente como si el aire de la habitación se enfriara, incluso con la luz dorada y alegre del atardecer atravesando las cortinas de encaje, rebotando en todos los muebles bien cuidados. La cara de Konoha se arruga y Keiji no se siente culpable en absoluto—. No te dejaré…

—Bueno, ¡por fin rescataste algo útil del fondo del océano! —La alegre voz de Kaori atraviesa la tensión en el aire. Ella entra con una bandeja cargada de comida y el náufrago pisándole los talones—. Tu chico este parece arreglarse bien en la cocina.

Las cejas de Konoha se elevan, su atención se dirige hacia su hermana y el hombre de aspecto avergonzado detrás de ella. El náufrago se ve mucho más arreglado después de haber sido provisto de algo de ropa. Su cabello oscuro todavía está despeinado y sobresale en algunos lugares. Ahora que está seco, Keiji puede decir que no es exactamente negro, sino de un tono gris relativamente oscuro—. No estoy tan seguro… —balbucea, con los hombros tensos contra la camisa de lino blanco que Konoha le prestó. La camisa también le aprieta a la altura del pecho, sin embargo, los pantalones parecen quedarle bien—. Fue algo que se me ocurrió hacer cuando te vi cortando las cebollas, Kaori-san.

Ella se ríe y se acerca a la mesa—. ¡Ja! Sí, claro. —Deja la comida sobre su mesa habitual, arrastra una silla para ella y también acerca otra extra, haciéndole un gesto al náufrago para que se siente—. Y luego me quitaste el cuchillo de la mano y cortaste todo como un campeón. ¿Hay alguna posibilidad de que fueses chef o algo así? Porque estamos contratando personal. Mi cocina es decente, pero solo hasta cierto punto.

—Yo… —El hombre, Myaa-san, o como se llame, vacila—. Son muy amables —dice.

—Sí, sí —murmura Konoha, irritado—. Puedes agradecernos apresurándote para que podamos empezar a comer. Si no lo vigilamos, Keiji se come todas las salchichas. —Konoha tiene la característica de ser un tipo justo, algo que Keiji admira de él. En su posición, podría ser un poco más brusco con su invitado. Pero Konoha está enojado con él, no con el náufrago.

Y lo de la comida es cierto.

—Sí, y lo digo en serio. Incluso si no sabes mucho, de todos modos me vendría bien un asistente —se queja Kaori, estirando la mano hacia el hombre y tirando de su brazo con insistencia, hasta que este cede y se sienta a la mesa—. Siempre es agotador cuando aparecen grupos grandes, pero son lo que nos mantiene a flote. —Ella mira hacia un lado—. Bueno, eso y las perlas de Keiji-kun.

Keiji resopla, finalmente, finalmente se sirve de la comida en la bandeja. Se ha acostumbrado a bucear con el estómago vacío, por lo que significa que solo tiene el doble de hambre al terminar de bucear—. Apenas —murmura entre un bocado de huevos y uno de salchicha—. Sin embargo, hoy conseguí una buena. Está en la bolsa.

Kaori se lanza a por la bolsa, pero los ojos del náufrago no se apartan de Keiji ni por un segundo. Ha estado inusualmente callado para ser alguien que supuestamente no tiene idea de quién es o dónde está. Con calma, Keiji se encuentra con sus ojos grises . ¿Eres buceador de perlas? —pregunta el hombre, masticando cuidadosamente su salchicha—. Pensé que ya no existían.

—Soy el último. —Keiji se encoge de hombros—. De todos modos, tampoco hay suficientes perlas para todos, y es difícil llegar hasta aquí. —Algo cambia en la postura del otro hombre; algo nuevo brilla en sus ojos. Interesante —. Así que no es como si pudiera venderlas con demasiada frecuencia.

—Y nadie es tan estúpido como tú como para desafiar las corrientes —refunfuña Konoha, mirando a Keiji antes de desplazar su mirada hacia el náufrago—. En serio, alégrate de que este tipo está loco o no hubieras salido con vida de ese pedazo de madera en el que te encontró.

Los ojos grises se mueven entre los dos: agudos, inteligentes, peligrosos de una manera en la que no puede nombrar, y Keiji se encoge. De repente, no confía en este tipo, ni un poco.

Especialmente cuando le sonríe torcidamente, con la confianza de alguien que sabe que esa sonrisa tiene el poder de hacer que los demás se paralicen—. Bueno, entonces te debo mucho, ¿no, Akaashi-kun? —dice el hombre—. Sin embargo, estoy un poco corto de efectivo en este momento.

—No necesitas pagar por nada —responde Keiji rápidamente—. Aunque, si recuerdas algo, me gustaría saber cómo es que llegaste hasta aquí. Esta aldea está bastante apartada y los arrecifes que la rodean tampoco la hacen muy accesible por mar.

Para su disgusto, el hombre no muerde el anzuelo—. Oh, es por eso que no sales a vender tus perlas, porque… —Mira a su lado, hacia la gran y opalescente perla en manos de Kaori, con los ojos bien abiertos, como si se hubiese abstenido de decir algo indebido.

Lo cual tal vez hizo.

Keiji parpadea inocentemente en su dirección—. ¿Qué?

—No sé, parece algo lógico. —El hombre se encoge de hombros, casi logrando recuperar la compostura—. Esa es una gran perla, por lo que debería valer mucho, ¿verdad?

Konoha suelta una carcajada—. Como ya hemos explicado, Akaashi no es una persona muy lógica —comenta—. Y no le gusta salir de la isla. Sin embargo, a veces les vende algunas a unos amigos nuestros. Los conocerás si te quedas, son comerciantes, por lo que ahora mismo están fuera de la aldea.

El comentario duele, o tal vez sea que todo lo que ha sucedido hoy le ha traído emociones que duelen y arden en su mente. Keiji mira a Konoha, de pie con la boca todavía medio llena—. ¿Puedes parar? No voy a dejar de hacerlo, así que deja de ir hasta la orilla si es que tanto te molesta. —Le arden los ojos, pero se niega a llorar allí.

El rostro de Konoha se arruga en un ceño fruncido—. Bien, puedes ahogarte si quieres, no me importa.

La ira burbujea en su estómago, sabe que la preocupación está bien justificada pero también está… cansado de todo eso—. No lo haré —sisea—. ¿Y sabes qué? Me voy.

—Oh, ¿vas a dejar que nosotros nos ocupemos de tu náufrago? —responde Konoha, golpeando con fuerza la mesa con la palma de su mano.

Cierto. Keiji mira al hombre quien parece sentirse muy fuera de lugar allí—. ¿Puedes caminar? —pregunta, y cuando el otro asiente, prosigue—. Puedes quedarte conmigo mientras te recuperas ya que fui yo quien te sacó del agua —dice, mordiéndose la lengua y asegurándose de no mirar a nadie a la cara—. Te espero afuera.


Vaya, esto realmente es el culo del mundo, piensa.

Sin embargo, no se lo dice a Akaashi porque tiene un mínimo de decencia y porque no quiere morder la mano que le da de comer. Se entretiene estudiando el entorno, aunque no es que haya mucho para estudiar. Es una pequeña aldea costera, una no muy pudiente por lo que puede ver según el aspecto de las casas de madera, la gente y los pequeños puestos del mercado ya cerrado por el que pasan.

Incluso las personas allí tienen una mirada en particular cuando los ven pasar; una mirada cautelosa y hasta un poco temerosa. Debe ser fácil detectar a un extraño en medio de ellos, y él no es precisamente modesto con su apariencia.

Por el aspecto de los árboles y el calor insoportable, puede decir que está mucho más al sur de lo que inicialmente sospechaba. No sabe si debería considerarse afortunado o lamentarse por ese hecho; después de todo, no estaba solo en el barco cuando la bala de cañón atravesó la embarcación y estuvo a punto de ahogarlo.

El regusto agradable de la cena se agria rápidamente en el fondo de su garganta. Tiene que averiguar dónde es que está realmente; tiene que encontrar a Atsumu y los demás.

—No estoy de muy buen humor —dice Akaashi delante de él, y Osamu se da cuenta de que ha estado entrecerrando los ojos ante un mapa que cuelga en la pared de una de las tiendas frente a las que están caminando, y no le sirve de mucho porque sigue sin saber en dónde mierda es que está—. Mañana puedes volver, Myaa-san, estoy cansado.

Osamu se da la vuelta para encontrarse con ojos del mismo color del mar bajo el cielo que rápidamente se oscurece con el pasar de los minutos—. Lo siento —dice, bajando la vista—. Pensé que recordaba algo, pero…

El pelinegro le lanza una mirada extraña—. Ya veo, ¿podemos seguir? —pregunta sin ninguna emoción aparente, mirando hacia otro lado. Es entonces cuando Osamu nota los círculos oscuros bajo sus ojos.

Alcanza el paso del otro hombre. Él tampoco se siente particularmente bien. Puede que haya sido tratado adecuadamente, pero la herida en su pierna está comenzando a enviar puntadas de dolor hasta su cadera—. Pareces cansado —observa—. Tu amigo dijo que me encontraste al amanecer, ¿a menudo nadas tan temprano? —Más que tratar de hacer una pequeña charla, siente algo de curiosidad acerca de lo que escuchó en la taberna; alguien que arrastre un náufrago hasta la orilla en un lugar como este no es exactamente normal.

Y aparentemente, Akaashi lo hace a menudo.

—Siempre he preferido bucear al amanecer —comenta Akaashi mientras Osamu camina junto a él—. Solía salir con mi Nana cuando era más joven. Siempre decía que era una buena forma de comenzar el día.

Osamu bufa, recorriendo con la mirada el ágil cuerpo del hombre a su lado. En realidad, sí tiene cuerpo de buceador, a pesar de ser bastante delgado. Sus extremidades son largas y, aunque es más bajo que él, parecen medir millas—. Pero cuando lo haces, el sol apenas se pone y ya comienzas a cabecear de sueño.

—Quizás un poco mucho. —Akaashi se encoge de hombros—. Así es la vida en las islas, especialmente en una como esta, tan apartada. —Osamu tiene que morderse el labio para no hacer algún comentario que arruine su mentira por completo. Le hubiese gustado decir algo como «Si tan solo vieras cómo las grandes ciudades cobran vida por la noche», pero eso no hubiese ayudado en nada. En cambio, finge interés en el follaje tropical que los rodea, muy consciente de cómo los inteligentes ojos de Akaashi examinan su rostro—. Por aquí —dice después de un minuto, girando abruptamente hacia la derecha.

Han llegado a lo que parecen ser las afueras de la aldea. Osamu espera que se dirijan a una de las pequeñas casas o al largo edificio de dos pisos que parece estar lleno de habitaciones para alquilar.

En cambio, Akaashi los dirige por un sendero estrecho a través del follaje que crece justo al acabarse las edificaciones—. Tu casa está un poco apartada— se queja, dándose unas palmaditas sobre el vendaje en su pierna derecha; la herida en su costado también duele.

—Oh, ¿te duele la pierna? —pregunta Akaashi, sin lucir preocupado en absoluto. Hasta el momento parece tener solamente dos emociones: molestia e indiferencia, y lo peor es que tiene razón sobre la pierna—. Puedo echarte un vistazo más tarde, ya casi llegamos.

Osamu gruñe como respuesta, esquivando el tallo de otra hoja enorme la cual Akaashi no parece haber tenido problema en evadir elegantemente—. Es que está oscureciendo —bufa.

Y dice la verdad: el mundo que los rodea se oscurece rápidamente; al abandonar la posada de Konoha, el follaje era de un color verde esmeralda profundo, desde entonces, el ambiente rápidamente se redujo a tonos apagados de azul púrpura. En menos de una hora estará tan oscuro como la boca del lobo y…—. No te preocupes, no me pierdo. He vivido aquí toda mi vida.

—Sí, pero durante la noche es que salen todos los animales peligrosos —se queja Osamu, pero tampoco es mentira—. No tengo idea de quién soy, pero incluso yo puedo decirte eso, Akaashi.

Recibe una mirada particularmente divertida, pero por alguna razón la siente como una pequeña victoria—. Y yo puedo decirte que no hay animales así por aquí. No sé de dónde puede ser que vengas para tener miedo de los animales salvajes cuando apenas es de noche. —Él sonríe con suavidad—. Solo ten cuidado de no pisar ninguna serpiente. Esas merodean durante todo el día.

Osamu mira sus pies, preocupado, y cree escuchar una risa, pero cuando alza la mirada, Akaashi está tan impasible como de costumbre. Las enredaderas y las hojas que cuelgan a su alrededor le rozan el pelo y los lados de la cara. Mientras que él se asusta con cada roce, Akaashi parece disfrutarlos.

Finalmente salen a un afloramiento de roca, dentado y alto, que se enfrenta a una amplia extensión de arena a unos pocos metros por debajo de ella y también al mar. En el afloramiento hay una pequeña casa de dos pisos, de madera y claramente bien mantenida. Tiene un pequeño porche al frente y una escalera de madera que conecta con una puerta al costado, en el primer piso. Alegres cortinas de encaje enmarcan las ventanas y macetas con plantas bien cuidadas se alinean al exterior de estas.

Logra ver luz viniendo desde las ventanas de la planta baja.

—Mi abuela vive en la planta baja, yo vivo en el primer piso —explica Akaashi, sin dirigirse a la escalera como Osamu esperaba, sino que lo lleva a la puerta principal—. Esta también es su casa, por lo que no voy a meter a un extraño sin decírselo.

Bueno, tiene sentido, es la mano que le da de comer y todo eso. Osamu tiene suerte de estar vivo y lejos de las personas que hundieron su barco, por lo que presentarse a una anciana es lo mínimo que puede hacer aparte de estar agradecido.

La habitación que los recibe está amueblada y cuidada con mucho cariño. Nada ahí parece particularmente caro, lo cual es sorprendente considerando la perla que Akaashi aparentemente encontró esa misma mañana; esa cosa es más gruesa que su propio pulgar. Incluso una perla la mitad de grande sería bastante cara, y eso viene de alguien que está acostumbrado a ver tesoros. Todo parece haber sido elegido con cuidado, hasta las lámparas de aceite que cuelgan de ganchos en el techo y que le dan a la habitación un brillo cálido que le hace notar lo mucho que oscureció afuera mientras caminaban.

—¿Nana? —Akaashi pregunta, y una mujer mayor casi inmediatamente se asoma por una puerta. Ella tiene la ágil estructura ósea de Akaashi, ojos ligeramente entornados y el cabello blanco como una nube recogido en un moño a la altura de su nuca. También luce lo suficientemente frágil como para que Osamu piense en que podría derribarla solo con su meñique.

Sus cejas se levantan y se gira para alcanzar lo que resulta ser un bastón de madera que usa para acercarse a ellos—. Keiji, ¿a quién has traído? —ella los mira de reojo—. Definitivamente no es Konoha-kun.

—No, Nana —dice Akaashi, tomando su mano extendida entre las suyas. Se gira a mirar a Osamu—. Su vista no es lo que solía ser. —Luego se vuelve hacia ella nuevamente, apretando la muñeca del náufrago con una de sus manos—. Este es Myaa-san, es un amigo de Konoha. Se quedará arriba conmigo por unos días.

Osamu intuye por el tono de su voz que debe seguir el juego—. Encantado de conocerla —dice, tomando la mano de la mujer y estrechándola con firmeza—. Espero no ser una molestia.

Ella le sonríe alegremente—. No te preocupes, tienes maravillosos modales —se ríe—. Keiji tiene su propio piso, así que puede hacer lo que quiera con él. Por cierto, ¿de dónde es ese acento?

—Ah… —Osamu trata de inventar una respuesta.

—Es del norte —Akaashi interrumpe rápidamente—. Es de cerca de Mujinazaka, ¿verdad?

Osamu ríe nerviosamente, esa es una conjetura espantosamente acertada—. Sí, es verdad.

Afortunadamente, Akaashi parece haber hecho esa suposición descabellada solo con el propósito de engañar a la anciana. Probablemente ella se molestaría al descubrir que su nieto trajo a un extraño amnésico a su casa.

—Ah, ¿la familia Kyryuu sigue siendo dueña de la ciudad? —pregunta ella, con una expresión de alegría en su rostro—. Solía viajar por todas partes. Lo que no daría por ver la gran cascada nuevamente… ¿Quieren algo de beber? ¡Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me crucé con alguien que haya estado al norte de Date!

Akaashi y él intercambian miradas, no hace falta palabras para saber que no pueden negarse ante esa mujer—. Nana viajó mucho antes de asentarse aquí. —Es toda la explicación que le da antes de seguir a la anciana a una pequeña cocina.

Bueno, tendrá que hacer un acto convincentemente increíble si quiere seguir manteniendo en pie su mentira.


Keiji emerge del océano en una mañana oscura, enmarcada por cielos nublados y hojas balanceándose con el viento.

Justo a tiempo para ver a Konoha darle la espalda y marcharse, deslizándose rápidamente entre los árboles, en dirección al camino que ambos conocen de memoria.

Todavía está enojado, piensa Keiji.

No es que no lo entienda; tiene la suficiente introspección como para saber por qué uno de sus mejores y más antiguos amigos está enfadado con él. Todo eso se ha ido acumulando durante un tiempo, incluso durante años, desde que eso sucedió. Sabe que Konoha no estaba contento con la forma en que manejó la situación en ese momento, y tampoco está contento con cómo cambió para sobrellevarla.

Por lo tanto, no lo sigue. Se seca la cara con la tela de lino que dejó Konoha para él y se viste rápidamente. El calor de la isla es fastidioso, pero con la brisa, la camisa que lleva apenas se siente como llevar nada encima.

Además, agotó toda su suerte la noche anterior durante esa conversación entre su abuela, el náufrago y él. Ambos fueron capaces de engañarla sin dejar cabos sueltos que la hicieran dudar de su historia.

Frunce el ceño cuando el suelo bajo sus pies cambia de arena a roca.

Quizás no fuese suerte.

En este punto, está medio seguro de que Myaa-san está fingiendo su amnesia.

No es idiota.

Reflexionó sobre ello toda la noche, mientras el náufrago dormía como una roca en un catre en la segunda habitación de su pequeño piso.

No es que el hombre le dé un mal presentimiento; si fuese así, nunca lo hubiese traído a la casa que comparte con su abuela, estuviese enfadado con Konoha o no.

Llega al porche de madera y gira en dirección a la escalera, o así planeaba hacerlo hasta antes de percibir el olor de algo absolutamente delicioso saliendo desde la ventana de su abuela.

Vaya, quizás Kaori debió apiadarse de él, sabiendo que no se presentaría a desayunar en la posada solo para ser criticado por Konoha.

Sonríe para sí mismo, entra y rápidamente se dirige a la cocina en la que creció—. ¿Nana? —llama, pero en lugar de encontrar a Kaori y su Nana tomando limonada fría, encuentra a su náufrago, con una sonrisa de mierda en su rostro, cocinando en la pequeña estufa de su abuela, luciendo como si llevase allí un año entero en lugar de solo un día.

—Akaashi —saluda alegremente, medio girándose hacia él. El cordón delantero de la camisa blanca que tomó prestada del padre de Konoha el día anterior está muy abierta, enmarcando el pecho bronceado y tatuado del hombre casi hasta sus abdominales—. Hice el desayuno, tu abuela dijo que tendrías hambre.

—Justo a tiempo, ¿no es así? —interviene su abuela desde una de las sillas de la cocina—. Conozco a mi Keiji como la palma de mi mano, aunque desearía que no se hubiera sumergido con la tormenta tan cerca.

Keiji se niega a quedarse allí, estupefacto, mojado y con una extraña sensación escalando desde su vientre—. Todavía faltan un par de días hasta que se vuelva peligroso, Nana —dice mientras toma asiento en una de las sillas a su lado. Luego se dirige al hombre que está junto a la estufa—. No tenías que hacer esto —comenta—. Estaba por ir a buscar comida a la aldea.

—¿Después de que te peleaste con Konoha-kun ayer? —pregunta su abuela, traidora. Puede parecer frágil como un delgado trozo de papel, pero la mente de esa mujer es tan aguda como siempre—. Myaa-san me puso al tanto.

El náufrago se encoge de hombros—. Es difícil decirle que no a tu abuela. —Keiji finalmente logra ver bien qué es lo que tiene entre sus manos: un onigiri perfecto—. Además, me salvaste la vida y me dejas quedarme aquí, es lo menos que puedo hacer. —Keiji solo lo mira en silencio—. ¿Y de qué hablas? Esa tormenta está muy cerca, diría que ya para mañana.

—¿No estás siendo algo arrogante para ser alguien que no tiene recuerdos? —refunfuña, sus ojos no pueden evitar seguir las hábiles manos del otro hombre mientras dan forma a una nueva bola de arroz y se encargan de voltear el pescado asándose a la plancha—. Y no, la tormenta debería estar aquí en unos tres días. Ha estado a la deriva desde el norte, o eso es lo que dicen los comerciantes.

El náufrago se gira, sosteniendo un plato rebosante de bolas de arroz de aspecto perfecto. Keiji puede estar molesto, pero se le hace un poco agua la boca—. Oye, recuerdo cómo cocinar, ¿quién dice que no recuerde cómo reconocer tormentas? —dice, dejando ver momentáneamente sus blancos dientes mientras Keiji alcanza la primera bola de arroz—. Puedo apostar que para mañana a esta hora tendremos agua hasta las rodillas. —Está equivocado; Keiji sabe que se equivoca, pero está demasiado ocupado con la absolutamente deliciosa bola de arroz que acaba de meterse en la boca—. Diablos, realmente tienes apetito. —Sus ojos grises se desplazan y se fijan en el pecho de Keiji, transparentándose a través de la camisa mojada—. No lo hubiese adivinado solo con mirarte.

—Ese es mi Keiji —dice su abuela, mordisqueando otro onigiri—. Santo cielo, ¡de verdad eres buen cocinero! ¿No dijiste que Kaori-chan estaba buscando un cocinero para la posada? Deberías aplicar-…

—Ah… —El hombre se rasca el cuello con nerviosismo—. No lo sé, no creo que me quede demasiado tiempo…

Finalmente tragando el arroz, Keiji pregunta—. Oh, ¿eso significa que has recordado algo? —Mira al hombre con los ojos entrecerrados; toda su vida ha sido bueno para leer a la gente, así que sabrá si miente.

—Bueno… —Durante un segundo, logra ver un destello de miedo en el rostro del hombre, pero luego, su sonrisa está de regreso—. ¿Eso creo? Me parece que era algo así como un… ¿Cocinero? ¿En un barco? Quiero decir, eso es un hecho desde que dijiste que aparecí agarrado a una puerta, pero… —Se agarra el cuello y Keiji siente que el gesto es un poco exagerado y un poco calculado—… no recuerdo mucho más que eso.

No está mintiendo, pero…

Tampoco está siendo demasiado sincero, nota Keiji. El hombre luce igual que como él se sintió esa mañana, viendo a Konoha alejarse enojado—. Ya veo. —Se mete otra bola de arroz en la boca—. Eshtá delishioso… —Traga—. Creo que Kaori podría tomarte prestado durante unos días. Siempre está más ocupada durante los días de tormenta porque las posadas en otras ciudades se llenan y los barcos no zarpan.

El hombre se gira para servir el pescado a la plancha—. Lo pensaré —dice—. ¿Te importaría enseñarme cómo ir hasta la aldea? Quiero ver si hay algo que pueda refrescarme la memoria.

Keiji lo piensa durante un segundo; por un lado, igual está obligado a ir a la posada, ya lo sabe. Por otro lado, siente curiosidad por saber qué es exactamente lo que el náufrago quiere ver en la aldea—. Claro —dice, levantando la mano para que la bolsa donde guarda sus perlas sea visible—. Yo intentaré vender estas.

Sentándose en la silla restante, el náufrago le habla con un nuevo brillo en los ojos—. Gracias, Akaashi.

Keiji muerde otro onigiri. Tal vez los tatuajes del náufrago no griten «cocinero», pero demonios, el tipo sí sabe cocinar como uno.


Al parecer, ni Akaashi ni él tienen razón.

Osamu ha pasado la mitad de su vida en el mar; sabe cuándo viene una tormenta, sin embargo, esta no comenzó el día anterior.

En cambio, se despertó con hojas de palma golpeando contra las ventanas y paredes de la casa.

Los pies descalzos de Akaashi caminan con cuidado alrededor de la habitación, claramente haciendo todo lo posible para no despertarlo. El día anterior hizo lo mismo, pero con la pierna todavía palpitando, Osamu prefirió fingir que aún dormía, e incluso roncaba por si acaso.

Hoy, sin embargo, se siente un poco más aprensivo y su pierna duele mucho menos.

Entonces, espera hasta que la puerta se cierra detrás de Akaashi antes de ponerse de pie, calzarse unos zapatos y seguirlo.

Es difícil bajar las escaleras con su pierna herida, por lo que cuando llega al porche, ha perdido a Akaashi de vista. Sale del pequeño porche de madera y mira a su alrededor. Las palmas se balancean peligrosamente, indicando que definitivamente esa tormenta va a golpear hoy. Sería malo si su anfitrión se ahogara, por lo que Osamu persevera, entrecerrando los ojos en el paisaje hasta que finalmente ve a Akaashi en un camino al lado de los acantilados.

Mierda, es bastante rápido.

Para cuando Osamu llega allí —y tiene que cojear la mitad del camino ya que su pierna aún no está al cien por cien— Akaashi ya ha terminado de meter su ropa en una bolsa de cuero, colocándola debajo de una piedra de aspecto pesado—. ¿La dejarás allí? ¿No temes que la roben?

El hombre se sobresalta; hoy los ojos de Akaashi son de color gris oscuro—. Nadie viene aquí. Vendré a buscarla más tarde.

Está tan calmado que es inquietante—. Oh, ¿antes o después de la tormenta?

Se ríe en voz baja—. Hoy tampoco lloverá —dice, acercándose al borde irregular.

El acantilado no es tan alto, o al menos no comparado con otros que Osamu ha visto. Aunque, si vamos al caso, ha conocido la mayor parte de las islas del norte —maldición, incluso podría decir que la mayor parte del archipiélago—, o eso según el mapa al que logró echarle un vistazo ayer mientras fingía mirar utensilios de cocina en el mercado. La única excepción eran pequeñas aldeas rodeadas de arrecifes de coral, como esta.

Aun así, no saltaría de ahí a menos que estuviese siendo perseguido por una turba enfurecida, e incluso entonces, dependería de si tiene o no una espada a mano. Y nunca con una tormenta como esa avecinándose en el horizonte.

—Hoy llega —dice—. Eres un verdadero temerario, Akaashi. Sé que así es como me salvaste, pero ten cuidado de no ir tan lejos, no soy tan buen nadador.

El otro hombre mira el océano—. No lo soy —dice, con el rostro en blanco y ojos ilegibles—. No necesitas vigilarme.

Y luego corre hacia el borde. Elegante, delgado, salvaje. Osamu no puede creer lo que ve mientras se queda parado allí, con la boca abierta.

Akaashi es hermoso.

Y también quizás esté perturbado, o atontado, porque el mar al fondo del acantilado está oscuro y las olas chocan peligrosamente contra las rocas.

Osamu corre hasta el borde y espera.

Y espera.

Y espera.

Y luego, después de una aterradora cantidad de tiempo con el corazón en la boca, Akaashi emerge a la superficie, sacudiendo la cabeza. Desde tan lejos, no puede ver su rostro, pero está seguro de que hay éxtasis en él.

Osamu tiene que dejar este lugar; tiene que irse, y pronto. Lo ideal sería justo después que pase la tormenta si es que su pierna está sana para entonces.

Pero mientras observa a Akaashi sumergirse y emerger nuevamente antes de dirigirse a la playa, la intriga llena su pecho. Se da cuenta de que primero quiere descubrir más de ese hombre.


En realidad, dos o tres días eran una posibilidad algo remota; Keiji estaba molesto, por lo que estimó de más, aunque igual hubiese podido acertar de todos modos.

Pero no fue así. Pudo decirlo desde el momento en que tocó el agua esa mañana; hubiese sido muy estúpido si se quedase allí, como diría Konoha. Pero Konoha seguía enojado, y él se negaba a permitir que el náufrago tuviese la última palabra, por lo que se abrió paso entre las olas una más contundente que la otra con el pasar de los segundos y recogió un par de perlas de entre los pequeños arrecifes más cercanos al acantilado.

Cuando vio a Konoha dejar ropa de cama y una muda de ropa en las manos del náufrago antes de dar media vuelta y desaparecer por uno de los senderos de la jungla, supo que era momento de salir del agua.

Sin embargo, ahora puede ver en el rostro del náufrago que algo de su miedo ya ha desaparecido. Caminan enérgicamente por el mercado mientras Keiji se alegra de haber decidido vender las perlas ayer ya que ahora puede llenar un saco con suministros.

—¿Estás seguro de que esa pequeña cabaña aguantará? Esta no será una llovizna, ¿sabes? —dice el hombre a su lado, con un galón de aceite para lámparas en sus manos. Apoya el peso sobre su pierna buena con algo de esfuerzo, aunque fue él quien insistió en que podría hacer el trabajo pesado. Keiji hubiese podido cargarlo igual de bien.

Akaashi frunce el ceño hacia el otro hombre, notando cómo sus ojos hundidos parecen genuinamente preocupados—. Está lo suficientemente alta como para que no tengamos que preocuparnos por las inundaciones, además de que aquí tenemos tormentas con bastante frecuencia. Sé cómo actuar ante una. —Honestamente está un poco ofendido; incluso si es un extraño, ya debería haber visto que él no sólo sabe cómo cuidar de su abuela y de sí mismo, sino que también tiene buen ojo para esta clase de cosas—. Si te resulta demasiado abrumador, deberías quedarte con Konoha y Kaori en la posada —dice pensativo.

 —Estoy bastante seguro de que esa invitación fue más para ti que para mí, Akaashi —dice, haciendo una mueca cuando Keiji le entrega un galón de agua limpia para que lo sostenga mientras llena el espacio libre de su saco con una bolsa de arroz—. Tu amigo está tratando de disculparse.

Keiji pone los ojos en blanco—. Probablemente Kaori lo hizo venir a preguntarnos —dice—. Ella puede lograr que él haga cualquier cosa, incluso estando enojado conmigo. Por cierto, ¿necesitas un segundo para descansar o deberíamos irnos?

—Va a estar lloviendo para cuando lleguemos allí —señala el náufrago—. Te sigo, no quiero perderme en esa jungla en la que te gusta escabullirte.

Para alguien que se ve tan rudo y que aparentemente ha estado en muchos lugares —o eso es lo que Keiji imagina desde que lo vio por primera vez—, el náufrago parece resistirse a caminar a través del pequeño tramo de jungla a pesar de que Keiji ya le ha garantizado que es absolutamente seguro y que lo ha transitado desde que tenía cinco años; después de todo, es la única enseñanza que le dejaron sus padres. Cada vez que lo atraviesan, el hombre estalla en sudor frío, muy consciente de cada hoja que le roza la cabeza. Incluso una vez lo hizo caminar bajo las flores de un árbol de trompeta de ángel solo para verlo temblar—. Es un atajo para llegar en la mitad del tiempo —dice, encogiéndose de hombros—. Puedes tomar el camino largo si quieres, pero me preocupa que tu pierna no lo aguante.

Unos ojos poco impresionados se clavan en su rostro, pero Keiji no aparta la mirada, incluso cuando una gota de lluvia golpea su nariz—. Bien, pero si una serpiente me muerde o algo así, será tu culpa.

—Eso fue una broma —responde Keiji rotundamente, alejándose del náufrago mientras carga el pesado saco de suministros sobre su hombro.

 —No sonaba como una en ese momento —se queja, poniéndose a la par, cojeando a medida que avanza.

Keiji ha logrado aprender un par de cosas sobre el hombre en estos últimos dos días; una de ellas es que se enfurruña fácilmente y que se le pasa con la misma facilidad, por lo que no está demasiado preocupado por su reacción. O al menos no hasta que escucha un grito ahogado y ve al hombre detrás de él caer al suelo, con el rostro pálido y la vista fija en la puerta de una posada, en algo que Keiji realmente no puede distinguir con claridad desde donde está parado—. ¿Myaa-san?

Los ojos del náufrago, abiertos como platos, vuelven a encontrarse con los suyos—. No es nada. Pensé que recordaba a alguien, pero… —Él niega con la cabeza; es un terrible mentiroso—. Sigamos.

Keiji asiente, en parte porque tiene prisa y en parte porque no siente que deba presionarlo. No obstante, igual se asegura de recordar el edificio y el ángulo, prometiéndose a sí mismo regresar a chequearlo una vez que haya pasado la tormenta.

Permanecen en silencio mientras caminan; callados y tensos mientras el cielo se abre lentamente, y las pocas gotas que apenas rozan la cara y el cuello de Keiji se convierten en una llovizna. Dentro de nada estarán en medio de un aguacero.

Y casi están en uno para cuando se adentran en el sendero de la jungla, tratando de evitar el follaje que es arrastrado por los fuertes vientos del este. Keiji no estaba mintiendo cuando dijo que la casa está lo suficientemente elevada como para estar segura a menos que la tormenta sea particularmente fuerte, e incluso en esas ocasiones, ha resistido bastante bien. Pero no sirve de nada que la casa sea segura y esté protegida por un acantilado si no están en ella para cuando comience a ponerse peligroso.

Se dice que esta tormenta en particular durará unos días; razón suficiente para abastecerse de comida y otras necesidades, pero si el viento llegase a ponerse muy fuerte, seguramente tengan que abandonar sus provisiones en el camino. Esa es una posibilidad que a Keiji no le gusta para nada.

Pero podría ser necesario si la visibilidad empeora.

Como si fuese una señal, el náufrago casi choca contra una palmera y se las arregla para tropezar al mismo tiempo.

Keiji suspira y se inclina hacia atrás, tomando su gruesa muñeca con una mano—. Ya casi llegamos, y a ti no puedo cargarte, Myaa-san —dice honestamente, tirando del hombre—. También deberíamos secarnos tan pronto como podamos o vamos a terminar muriendo.

Y así, tira de él e impone un ritmo más rápido para ambos. La vieja herida en su hombro izquierdo punza, pero está acostumbrado; pasa eso cada vez que hay una tormenta o cada vez que hace demasiado frío.

Llegan a la casa justo cuando el clima empeora. El acantilado justo detrás de ellos les da un respiro del viento durante los últimos metros. Detrás de ellos, los árboles se sacuden peligrosamente y sus hojas son arrancadas con violencia. El cielo es de un gris oscuro que hace que parezca que ya es tarde, a pesar de que apenas ha pasado el mediodía. La mente de Keiji viaja a la deriva hasta la ropa que dejó en el acantilado esa mañana. Ya no volverá a verla, ¿verdad?

A su abuela tampoco le gustan las tormentas, así que arroja el saco de suministros al suelo y se dirige a su habitación para buscarla. El otro hombre no lo sigue.

Ella lo echa rápidamente, regañándolo por chorrear agua en su piso seco, por lo que solo toma un poco de fruta del saco y vuelve a salir, donde encuentra al náufrago semidesnudo, escurriendo agua de su ropa con cuidado, vistiendo nada más que el vendaje que cubre la herida de su costado y braies protegiendo su pudor.

No es la primera vez que lo ve semidesnudo, o incluso desnudo, pero ahora confía levemente en él. Además, ya no teme que de un momento a otro este se desvanezca y muera, por lo que se permite mirar.

Si resulta ser solo un cocinero, me comeré mis perlas, es lo que no puede evitar pensar una vez que el impacto inicial desaparece. Hay una gran variedad de tatuajes que descienden desde su hombro izquierdo hasta muy por debajo de donde puede lograr ver; varían en color, grosor de línea y calidad. No sabe nada de tatuajes, pero podría apostar a que no se hicieron todos al mismo tiempo.

Hay escrituras en idiomas que no logra descifrar, luego en uno que sí puede leer, varias brújulas y un zorro.

—Hoy no podré colgar la ropa aquí —dice el hombre, dándose la vuelta, y Keiji logra ver algo de sonrojo en sus mejillas—. Y tampoco se secará con esta humedad.

Tiene razón, y Keiji se obliga a apartar la mirada porque el otro hombre, claramente, se está excusando porque lo descubrió observando. Tímidamente, se gira y también se desnuda; su camisa y pantalones gotean, y le toma algo de tiempo poder escurrir el agua concienzudamente—. ¿Akaashi? —Oye decir, en voz baja, con curiosidad. No sería inteligente darse la vuelta y mirar al otro hombre a los ojos, además de que también está casi desnudo y sus propios braies se pegan a la piel con la humedad. Hace un sonido evasivo para hacerle saber al hombre que lo está escuchando—. Me preguntaba… ese día que me desperté, te escuché peleando con Konoha mientras me vestía.

Debe ser porque lo ve ponerse rígido que deja de hablar. Keiji, con un hueco en la boca del estómago, le lanza la mirada más desdeñosa que puede por encima del hombro—. ¿Y qué?

—Nada —dice el hombre, y Keiji odia que suene como si lo estuviera calmando o algo igualmente ridículo—, es solo que escuché un nombre que me resultó familiar, no tienes que decirme nada si no quieres.

Ah, así que así es como va a jugar. No hay forma de que este hombre conozca a Bokuto de nada, probablemente solo esté mintiendo para saciar su propia curiosidad. Keiji se da la vuelta con la mirada endurecida—. Bueno, ¿qué nombre era? —dice, aunque sabe exactamente de quién está hablando.

Desconcertado, su boca se abre y no produce ningún sonido durante un momento—. Bokuto —responde, brevemente—. ¿Quién es Bokuto?

Sí, definitivamente está tratando de que hable de cosas que no le interesa recordar. No hay forma de que el náufrago sepa de eso, por lo que se obliga a no ser tan hostil como podría—. Alguien a quien definitivamente nunca conociste —dice con frialdad, apretando la ropa aún empapada entre sus brazos—. Alguien que ya lleva un tiempo muerto. —Y luego sube corriendo las escaleras, gira en dirección a la puerta de su piso para abrirla e inmediatamente se dirige a su habitación. Una vez allí, cierra la puerta y la traba, todo de una vez.

A lo largo de los años, ha logrado volverse bastante bueno bloqueando los recuerdos de ese día, por lo que, en cambio, es la mirada atónita y arrepentida en los ojos del náufrago lo que lo persigue hasta quedarse dormido.


Molestar a la persona que pone un techo sobre su cabeza solo por curiosidad no es algo que valga la pena.

Y maldita sea, Osamu tiene algo de modales.

Su gemelo no estaría de acuerdo, por supuesto, pero Atsumu no está ahí. Maldición, ni siquiera está seguro de que Atsumu esté en algún lado. No encontró pistas de donde él o la tripulación puedan estar, pero eso es algo en lo que no necesita pensar en ese momento, no mientras esté en esa pequeña casa de madera sobre una roca, escuchando cómo el viento aúlla y arroja trozos de materia vegetal contra las paredes, conviviendo con la persona más inconcebiblemente amable pero extraña que haya conocido.

Y eso ya es decir algo, porque ya ha conocido a varias personas bastante extrañas.

Sin mencionar que Akaashi también resulta ser una de las personas más hermosas que ha conocido, y esto también ya es decir algo.

Es por eso que Osamu salió de puntitas de su catre esa mañana, desafiando los odiosos vientos de afuera para bajar las escaleras y preparar algo rápido para que la abuela de Akaashi coma cuando despierte. Luego, volvió a subir y hurgó en la pequeña cocina —claramente sin uso— hasta que consiguió suficientes utensilios para hacer algo medio decente.

Al crecer con Atsumu, nunca aprendió a disculparse verbalmente; se niega a hacerlo con alguien que siempre hará énfasis en los diez minutos de diferencia entre los nacimientos de ambos. Pero lo que sí sabe hacer es cómo preparar una comida de disculpas increíble, incluso si los utensilios y productos a mano son algo limitados.

La culpa es buena para la imaginación, especialmente cuando aparentemente trajo a colación a un muerto muy querido mientras estaba en braies, hablando con alguien que no ha sido nada además de complaciente y agradable desde que llegó. Puede que el nombre le resultase algo familiar aquella vez en la posada, pero no tiene ningún derecho de meterse en asuntos ajenos.

El pescado fileteado chisporrotea en la sartén, llenando la habitación con un aroma delicioso. Ahí es cuando finalmente aparece Akaashi, frotándose los ojos con cansancio.

Al parecer, cuando no está en peligro de ahogarse, suele dormir hasta tarde—. ¿Qué…? —Mira por la ventana, el cielo sigue oscuro afuera, por lo que podría ser cualquier hora entre el amanecer y el anochecer—. ¿Por qué estás…? —tartamudea, desconcertado y con los ojos nublados. Encuentra que le gusta este Akaashi, aunque solo sea porque, por una vez, parece más joven que él, y está bastante seguro de que lo es—. ¿Qué pasa con…?

—También hice algo para tu abuela, no te preocupes. Encontrará comida sobre la mesada cuando despierte. —Osamu da un paso hacia Akaashi, dando una palmada sobre su huesudo hombro—. Siéntate a comer o se enfriará.

Akaashi simplemente asiente, bostezando y frotándose la cara de nuevo, como si no pudiera entender qué está sucediendo o por qué es que sucede—. Hmm… —gruñe, y Osamu podría intentar descifrar ese sonido sin sentido, pero se conforma con dejar algunas verduras al escabeche en su plato y girarse a sacar el pescado de la sartén—. No tenías que hacer esto —Akaashi finalmente habla. Osamu lo encuentra con la boca medio llena cuando se da la vuelta con el pescado—. Fui grosero contigo ayer, pero en mi defensa, tú fuiste invasivo.

Osamu se deja caer en la única otra silla desvencijada—. Toqué una fibra sensible —dice, tomando un trozo de rábano con sus palillos—, tu reacción fue normal. No volveré a entrometerme.

—¿En serio? —Akaashi pregunta con amargura, con los ojos clavados en su plato.

—No lo haré —insiste Osamu—. De todos modos, no es de mi incumbencia.

Akaashi no dice nada más, simplemente pica de su comida, comiendo sin el entusiasmo que mostró esa primera mañana. Sin nada más que hacer, Osamu sigue su ejemplo, cortando su comida en pequeños trozos antes de llevársela a la boca. Solo siente que puede volver a levantar la vista cuando la inconfundible picazón de ser observado le invade. Su mirada se encuentra con la de Akaashi—. Bueno, gracias entonces —dice, con ojos oscuros, azules y tristes—. No quiero hablar de eso, así que…

—Sí. —Osamu asiente, a pesar de que la curiosidad le carcome. Akaashi ha pasado de impasible ha devastado desde que decidió que era buena idea abrir su estúpida boca, por lo que ahora al menos puede intentar tragarse su estúpido interés.

Y lo hace, pero ahora la habitación está silenciosa y fría, y la lluvia afuera no ha parado ni tampoco planea hacerlo pronto. Se aclara la garganta—. Entonces, ¿qué haces para entretenerte cuando salir a bucear es un suicidio? —pregunta, pensando por un momento antes de agregar—. Bueno, incluso más de lo habitual.

Akaashi parece algo desconcertado por la pregunta, por lo que mira alrededor de la habitación—. Leo, supongo —dice, casi inaudiblemente—. Aunque no es fácil conseguir libros aquí, por lo que mis opciones son limitadas.

Osamu lo mira en silencio por un segundo, eso no es algo que se esperase—. ¿En serio? Nunca te he visto con un libro.

—Están en mi habitación —responde y sus hombros se relajan un poco—. Supongo que podría prestarte alguno, ya que probablemente no podamos salir hoy… o mañana.

Ninguno de los dos necesita mirar por la ventana para saber que tiene razón, sobre todo con el retumbar de un trueno que sigue a las palabras de Akaashi como si fuese una advertencia. Osamu niega con la cabeza—. Nunca fui bueno para la lectura, a menos que quieras leer para mí o algo así. Apuesto a que eso lo haría más interesante.

Akaashi inclina la cabeza hacia un lado, con los labios brillantes del aceite de su comida—. ¿Cómo?

Es estúpido que ese pequeño gesto le afecte. Osamu sabe que, objetivamente, Akaashi es más hermoso que la mayoría de las personas que ha conocido y si alguien le dijera que es una ninfa de agua disfrazada de humano, lo creería sin lugar a dudas—. No sé —dice, sintiendo el rubor subir hasta sus orejas—. Tu voz es agradable y suele darme sueño cuando leo demasiado. —Debajo de la mesa, su rodilla de repente comienza a rebotar por sí sola. Osamu le envía una mirada furiosa para que se quede quieta y luego vuelve la vista a Akaashi—. No es que tengas que hacerlo, ya encontraré algo que hacer. Tal vez cuente las tablas del suelo o algo así.

Una leve risa escapa de la boca del otro hombre y sus labios se estiran en lo más parecido a una sonrisa genuina que jamás haya visto en él—. Probablemente te aburras. A menos que bajes a hablar con Nana, pero a ella le gusta tejer alrededor de esta hora. —Vacila por un segundo y luego sigue—. Podríamos turnarnos, pero realmente no hay nada más que hacer. —Bien, eso no es algo que Osamu esperase, por lo que se pone rígido en su silla—. La comida está realmente buena, por cierto.

No puede evitar sonreír ante eso—. Lo sé —dice, antes de que pueda detenerse, y Akaashi lo mira con diversión—. Y me encantaría, aunque es posible que tengas que patearme para despertarme un par de veces.

Akaashi no vuelve a sonreír, pero un poco de la tensión se evapora y, para Osamu, eso se siente incluso mejor que una risa.


Durante la mañana siguiente a la tormenta, el cielo es de color azul claro.

El mar está en calma y Keiji puede sentirlo en sus huesos incluso antes de abrir los ojos. Ha extrañado tanto el buceo que casi se tropieza con uno de sus zapatos al levantarse de la cama. Puede que tres días no sean mucho para algunas personas, pero para Keiji, quien ha estado encerrado entre esas paredes de madera, se sienten como una eternidad sin beber una sola gota de agua.

Sin embargo, no fueron tres días del todo desagradables. O eso piensa mientras se mueve en puntitas al lado del náufrago en la habitación de invitados. A pesar de todas sus quejas, resulta que el hombre tiene una linda voz para leer y es capaz de meterse en la historia si logra permanecer despierto el tiempo suficiente como para encariñarse con los personajes.

Keiji ya ha leído todos los libros de su colección al menos unas cinco veces; en la aldea no hay libros suficientes como para elegir y rara vez se aventura a ir más lejos en busca de más, pero encontró que al turnarse para leer capítulo de por medio, solo recostándose y dejando que la cadencia de la voz de otra persona lo sumerja en la historia, estas se sienten de alguna manera nuevas.

Aun así, piensa, casi corriendo por el sendero lateral del acantilado, evitando trozos de ramas y hojas que la tormenta ha dejado, ha extrañado el buceo. Es algo que necesita.

Y así, se arroja y desciende por los aires, con la bolsa atada a su tobillo derecho y apenas un trozo de tela cubriendo su modestia.

Y luego amanece, justo cuando toca la superficie del agua, sumergiéndose en un mundo de color y vida. Keiji creció buceando, por lo que sus ojos no arden, ni siquiera un poco.

Encuentra dos perlas grandes justo antes de que el sol se ponga demasiado fuerte y su hombro comience a palpitar. Camina hasta la playa al otro lado del acantilado, casi con pereza, disfrutando del agua fría, hasta que sus ojos ven a dos figuras sentadas en la arena, intercambiando palabras silenciosamente. Uno es, por supuesto, el náufrago, quien luce rudo y despreocupado al mismo tiempo. El otro es Konoha.

Konoha, quien esta vez no se aleja cuando lo ve llegar.

Mirando más de cerca, puede distinguir el tono blanco pálido en la piel de su amigo y los círculos oscuros bajo sus ojos—. ¿Por qué te ves así? —pregunta Keiji, dejándose caer entre medio de ambos—. ¿Acaso otra vez bebiste toda la noche con Kaori?

Recibe una mirada irónica, pero agradecida. Konoha se ríe—. Ojalá, pero hemos recibido a un grupo de peregrinos a último momento y son el mayor dolor en el culo que jamás hayamos tenido en la posada, incluyéndote —resopla antes la mirada ofendida de Keiji—. Aparentemente, la tormenta los dejó sin transporte —suspira, pasando una mano por su cabello—. Además, Yukie y Komi han vuelto.

Keiji le sonríe; solo puede imaginar cómo ha sido. Esos tipos, tan amantes de la naturaleza como él, se estresan bastante estando encerrados en una posada con veinte personas más—. ¿Volvieron? —pregunta, antes de girarse hacia el náufrago—. Yukie y Komi son dos amigos nuestros. Ambos comercian en otras islas. —Vuelve a girarse hacia Konoha nuevamente—. Esta vez se tomaron su tiempo.

—Bueno, ese pequeño bote en el que navegan se hubiese hundido en la tormenta —reflexiona Konoha, y luego se vuelve hacia el náufrago—. Entonces, ¿qué dices? Kaori está a punto de enloquecer.

Keiji también se gira a mirarlo—. ¿Qué? —pregunta, inclinando la cabeza hacia un lado mientras las mejillas del hombre se tiñen con un sonrojo suave.

—Aparentemente, a Kaori-san le vendría bien un poco de ayuda en la cocina. —Los ojos gris oscuro, tan oscuros que no cambian de color con la luz del sol y el reflejo azul brillante del mar, se encuentran con los de Keiji—. No puedo seguir dependiendo de ti, y voy a necesitar dinero para cuando me vaya, si es que alguna vez logro recordar algo.

Keiji no es idiota; en este punto cree tanto en la amnesia del náufrago como cree en las ninfas de agua o en las sirenas. Sin embargo, también cree que el hombre debe tener una buena razón para fingir teniendo en cuenta la forma en la que camina y las heridas casi curadas en su pierna y costado que definitivamente fueron hechas por una espada. Sin embargo, hasta ahora no ha representado ninguna clase de amenaza. Además de que fue él quien lo sacó del océano, por lo que se siente un poco responsable.

Se recuerda visitar la posada que tanto pareció inquietarlo antes de la tormenta—. Bueno, me parece una buena idea. Sin embargo, es una lástima; a Nana le encanta tu cocina.

El indicio de una sonrisa asoma en la boca del otro hombre—. Todavía puedo prepararle el desayuno, si es que me dejas quedarme. —Mira hacia otro lado—. Pero estoy seguro de que podré instalarme en algún lugar de la aldea…

Keiji niega con la cabeza, mirando en dirección al mar mientras suspira—. No, puedes quedarte. —Lleva las rodillas hasta el pecho, de repente muy consciente de que está empapado y de que está casi apoyado contra el náufrago, por lo que puede sentir el calor que irradia de su cuerpo—. Ella estaría triste si te fueras.

—Ah… —El hombre traga saliva—. Gracias.

Un silencio incómodo se instala entre ellos hasta que Konoha se aclara la garganta—. ¿Vamos, Miya-san? —Sus ojos se mueven hacia Keiji por un segundo—. Tú también deberías venir. Estoy seguro de que los chicos también quieren verte. —Keiji conoce esa expresión lo suficientemente bien como para saber que está arrepentido. Esta no es la primera vez que pelean por el incidente de hace siete años y, para ser sinceros, salir a nadar con una tormenta encima ni siquiera es lo más estúpido que ha hecho Keiji estando molesto—. Kaori también ha estado presionándome para que me disculpe.

Keiji levanta las cejas—. ¿Y eso es una disculpa?

—Es todo lo que obtendrás de mí. Sabes que mantengo mi postura en todo este asunto, pero fue mi error decirlo de esa manera.

Eso parece más una disculpa. Keiji asiente—. Bien. —Juega con la arena a sus pies—. Más tarde pasaré por la posada, primero tengo un par de recados que hacer.

Ambos hombres asienten, aunque el náufrago duda. Ha estado pegado a Keiji por conveniencia desde que las corrientes literalmente lo llevaron hasta él.

Al final no dice mucho; él y Konoha se despiden de Keiji y lo dejan calentarse con el sol de la mañana.

Keiji tarda alrededor de media hora en recuperarse y regresar a la casa en busca de ropa limpia. Por alguna razón, siente que se está inmiscuyendo demasiado en una situación que definitivamente debería evitar.

Aun así, no es como si pudiera simplemente ignorar todo y dejar que las cosas fluyan. Es demasiado curioso y ya ha tomado la decisión de, al menos, ir hasta esa posada, incluso si resulta ser un callejón sin salida ni respuestas.

Así que eso es lo que hace.

Las calles del mercado suelen estar bastante vacías a esa hora de la mañana; no todos los puestos habituales se han vuelto a instalar luego de la tormenta.

Mejor para él, ya que así tiene que lidiar con muchas menos personas que lo miren de reojo cobardemente. Estos últimos días se ha escondido detrás de la presencia del náufrago, por lo que caminar solo otra vez le recuerda cómo es que son las cosas normalmente.

La gente a veces es tan idiota.

Habiendo vivido en esa aldea de tres calles durante toda su vida, encuentra fácilmente el edificio de madera deteriorada, pero duda si entrar o no.

Quizás no debería. Estos últimos días fueron mucho más tolerables de lo habitual, hasta el punto en que ni siquiera consideró salir a sentarse bajo la tormenta solo para sentir algo de agua sobre su piel. Si llegase a haber algo allí, eso podría cambiar todo. ¿Realmente quiere averiguarlo?

Cuando está a punto de entrar, duda.


Tan pronto como Akaashi llega a la posada, sus amigos lo arrastran a la planta alta.

Eso no augura nada bueno.

Osamu sabe cómo se ve el miedo en el rostro de otra persona, y eso es exactamente lo que vio en los rostros de los amigos comerciantes de Akaashi. No es de extrañar, este puede ser el culo del mundo, pero incluso aquí ha visto un cartel de «Se busca» con su cara en una de las posadas de la aldea. Bueno, técnicamente es la cara de Atsumu, lo bueno de tener un gemelo, imagina, pero estas personas han estado en lugares más civilizados hace relativamente poco tiempo.

Debería empezar a buscar algo con lo que defenderse, o tal vez algo de dinero.

—Vaya, ¿ya terminaste? —Kaori está parada al pie de las escaleras, apoyada en la barandilla de madera, sus ojos rojizos brillan—. Eres bastante rápido para ser alguien con manos tan grandes.

Osamu se encoge de hombros, girando el rostro—. Bueno, yo diría que es memoria muscular. —Le lanza una sonrisa irónica—. Pero no tengo mucha idea de por qué, así que tendrás que aceptarme como vengo. —Él estudia su rostro con cuidado, pero su sonrisa relajada no cambia en absoluto, incluso hasta se ensancha.

—Oye, no me quejo, casi me rebano el pulgar la semana pasada. —Ella se estira y luego comienza a caminar en su dirección. Su pesado delantal y su falda se agitan mientras avanza—. Incluso puedo ofrecerte una de las pequeñas habitaciones de arriba. Cocinar realmente no es mi fuerte.

La única razón por la que Osamu considera aceptar el trabajo es porque probablemente le será mucho más fácil encontrar información acerca de Atsumu y los demás ahí que trabajando en otro lado. Después de todo, esta parece ser la posada más popular de las cuatro que tiene la aldea, y los viajeros siempre son la mejor fuente de información cuando se trata de barcos hundidos y otros chismes. Siguiendo esa lógica, debería aceptar la oferta: así tendría más tiempo para planificar e informarse.

Pero…

Como invocado, es en ese preciso momento en que Akaashi y sus amigos deciden bajar las escaleras; el sujeto de baja estatura, de cabello castaño, al cual le presentaron como Komi, tiene a Keiji agarrado en una llave de cuello mientras su otra mano presiona sus costillas.

Todos lucen relajados, incluso felices. Quizás juzgó mal la situación—. ¿Te diviertes? —pregunta Osamu, sonriendo brillantemente. Akaashi resopla con burla.

—Difícilmente. —Y Osamu rara vez lo ha visto sonreír así, es incluso algo… quizás encantador no sea la palabra correcta, pero no se le ocurre cuál otra podría usar—. ¿Entonces aceptarás el trabajo? —pregunta, señalando la pila de papas peladas y verduras picadas detrás suyo.

—¡Oh, lo hizo! —Kaori interrumpe—. En realidad, le estaba ofreciendo una de las habitaciones de arriba. No queremos que se pierda camino a tu casa luego de la cena, ¿verdad?

El rostro de Akaashi se congela, y aunque su sonrisa permanece en su lugar, ahora es mucho menos genuina—. No, no lo hará —dice, antes de que sus labios se presionen en una línea delgada—. Aunque no me importaría venir un poco más seguido por la tarde. —Se vuelve hacia Konoha, quien ha estado observando la conversación con diversión apenas disimulada—. Además, Konoha podría enojarse.

—No es él con quien estaba enojado —chilla Konoha, empujándose para sentarse sobre el mostrador—. Por mí puede quedarse.

Todos los ojos en la habitación se posan sobre Osamu, quien tose con torpeza. Su mirada se encuentra con la de Akaashi, cuyos ojos están tristes y nada sorprendidos—. Me encantaría aceptar el trabajo. No soy un gorrón, ¿sabes? —dice, mirando a Kaori, quien parece haberse ganado la lotería—. Pero me gusta mi actual alojamiento, si es que Akaashi no está harto de tenerme cerca.

—No-… —suelta Akaashi, demasiado rápido para ser casual—. Quiero decir, me gusta tener compañía —corrige un poco demasiado tarde.

—Bien entonces. —Osamu no reprime sus ganas de sonreír; ya no siente la necesidad de hacerlo.

—Bien entonces —responde Akaashi.


Esto realmente no contribuye con su objetivo tanto como pensaba.

Por supuesto, Osamu solo ha estado trabajando allí por tres días y han sido, según Kaori al menos, los tres días más ocupados del año, por lo que quizás debería seguir aferrado a la esperanza y esperar no cortarse el pulgar de nuevo mientras intenta escuchar una conversación justo afuera de la cocina.

Si tuviese otra opción que no fuese lavar los platos mientras ve a Akaashi y sus amigos comer a un ritmo que no debería ser posible para un ser humano, la tomaría… quizás.

Pero no es momento de ponerse a pensar en si lo haría o no; no existe otra opción que esté dispuesto a tomar. No tiene ni dinero ni idea de por dónde empezar a buscar a sus camaradas. Navegaban en alta mar cuando fueron hundidos, zarpando desde Shiratorizawa hacia las islas del Este más de una semana antes. Sin mencionar que estaban en una zona del océano que es bien conocida por ser cualquier cosa menos amigable con marinos y piratas por igual.

Así que Atsumu y el resto de la tripulación podrían estar en cualquier lugar. Muy probablemente, en el fondo del mar.

Y aunque la opción de robar las perlas de Akaashi había cruzado por su mente una o dos veces —un solo puñado sería suficiente como para llegar a un puerto decente, y Akaashi tiene un baúl lleno—, no puede evitar sentirse terrible de tan solo pensarlo.

¿Quién hubiese imaginado que, luego de más de diez años de ser pirata, tendría cargo de conciencia?

Aunque quizás tal vez sea que le debe la vida al buzo de perlas. Incluso entre los piratas —o al menos entre el tipo de pirata que él considera que es— eso tiene bastante valor.

—¡Puedes terminar eso mañana, Myaa-san! —Alguien se queja detrás de él y un brazo le rodea los hombros. Komi, según ha aprendido, es el más efusivo del grupo de amigos de la infancia de Akaashi—. ¡Ven a beber con nosotros! Tu jefa lo aprueba.

Él mira hacia atrás y allí está Kaori, asintiendo con la cabeza, con las mejillas ya sonrojadas y un vaso de oporto al lado de su plato vacío—. Ya es bastante malo que no cenaras con nosotros. Vamos, Keiji-kun también quiere que te unas.

Ella mira a Akaashi, quien está sentado al otro lado de la mesa que, por lo que Osamu ha notado, es una de las favoritas del pequeño grupo. Tiene sillas de un lado y un sofá de aspecto lujoso, tapizado en terciopelo verde, en el otro. Los labios de Akaashi se adelgazan en una línea apretada mientras se hunde aún más en el terciopelo—. Mira, incluso hay espacio para que te sientes a su lado, ¡vamos! Son órdenes de tu jefa.

—Papá nos va a matar —refunfuña alguien, bajando, con tambaleantes pasos, la escalera que conduce al almacén sobre la cocina—. Este es su ron bueno —murmura Konoha, sosteniendo dos botellas polvorientas contra su pecho.

—Ha sido su buen ron desde que nacimos —le responde su hermana, tomando ese momento de distracción como una oportunidad para levantarse, agarrar a Osamu de la muñeca y arrastrarlo a la mesa hasta que no tenga más opción que sentarse al lado de Akaashi—. Nunca se lo va a beber, además de que hoy es el cumpleaños de Keiji.

—La maldita tormenta tampoco nos dejó tiempo de conseguir nada bueno de Karasuno —suspira Yukie.

—Entonces, bien podríamos beberlo. No es como si tu papá estuviese lo suficientemente presente como para notarlo. O al menos no desde que se fue a ese monasterio… —dice, mirando a Konoha, cuya expresión se amarga.

—Por favor, no menciones a esos estafadores —se queja Kaori—. Puede que él se ponga nervioso con ese tema, pero papá ha necesitado compañía desde que mamá murió, incluso si lo están… —dice, sacando una pila de vasos de uno de los gabinetes de madera.

Akaashi, junto a Osamu, bufa—. ¿Estafadores? —pregunta, deslizándose un poco más contra el apoyabrazos del sofá. Una ronda de risitas recorre la mesa.

Kaori coloca un vaso frente a cada uno y Konoha se ocupa de servirles una generosa cantidad de líquido ámbar. Es fuerte; Osamu puede olerlo desde donde está. Es eso lo que golpea su corazón con nostalgia; nostalgia por su barco, por su hermano, por la tripulación que los acompañó en la imprudencia y humor de ambos durante años, y por su capitán.

—Oye, es muy temprano como para tener los ojos llorosos —se ríe Komi, inclinándose de la silla en donde está sentado, justo en el extremo corto de la mesa, para poner una cálida mano sobre el hombro de Osamu—. ¿Por qué no comes algo antes de tomar eso? —dice, arrastrando el vaso de Osamu un poco más lejos.

—Sí, no queremos que te desmayes, ¿verdad? —concuerda Yukie, justo cuando Kaori llega con el plato de la cena que guardó para él con anterioridad—. Hoy es el cumpleaños de Akaashi, así que vamos a beber hasta perder la cabeza —dice con alegría y Osamu está agradecido por el gesto.

Sin embargo, tiene que morderse la lengua para no revelar el hecho de que podría beber ambas botellas a secas y estar un poco ebrio como mucho. Hay algunas cosas que no necesitan saberlas; ayuda a mantener su vida en paz, incluso si nunca se sentirá completamente a gusto con el hecho de que alguno de ellos pueda descubrir su identidad en cualquier momento—. Gracias, Kaori-san, ¿eso significa que tendré que cargarlo de regreso a través de la jungla esta noche?

Konoha se ríe—. No, de ninguna manera, ambos se quedan aquí. —Le lanza una mirada de complicidad a Akaashi—. No quieres ver cómo se pone cuando está borracho. —Durante las últimas dos semanas, la animosidad que expresó Konoha en respuesta a que Akaashi saliera a nadar con una tormenta a menos de tres horas de distancia ha disminuido, pero eso no lo hace estar menos amargado.

—Vaya —dice Osamu, sonriendo ampliamente mientras se gira para mirar las mejillas enrojecidas de Akaashi—. Ahora quiero descubrir por qué es que tiene esa reputación.

—¡Oh, por muchas cosas! —dice Kaori, riendo—. Se vuelve muy, muy terco.

—¡Y tratará de nadar incluso en un charco! —chilla Komi.

Akaashi está rojo hasta las orejas y su labio inferior sobresale—. No tengo idea de lo que están hablando —dice, mirando hacia sus manos cuidadosamente apoyadas en su regazo—. Están exagerando.

Konoha es el que da el golpe final; se inclina más cerca, entregando un vaso a Akaashi y tomando el suyo propio entre sus dedos largos y delgados—. ¿Así que no recuerdas la vez que saltaste a un estanque cuando tenías dieciséis años?

—Yo-… —Akaashi se sonroja, antes de que sus ojos se llenen de nostalgia—. Tenía dieciséis años, y Bo-... —Sus ojos se abren de nuevo y, en lugar de continuar la frase, se lleva el ron a los labios y bebe el vaso de un trago.

Esto sucede con tanta frecuencia que Osamu sabe que no debe preguntar, también sabe exactamente qué nombre estaba a punto de decir.

—Oye, hombre, todos te amamos, incluso si eres un loco que quiere ser sirena —dice Komi, rompiendo la atmósfera incómoda con una sonrisa.

—Entonces es mejor que nos quedemos aquí —agrega Osamu, estudiando de cerca el rostro de Akaashi mientras habla—. Ya me cuesta bastante mantenerte fuera del agua cuando estás sobrio.

Todos los demás se ríen y Akaashi lo mira sin comprender por un segundo—. Debería echarte —dice, pero hay humor en su voz—. Gorrón.

—Estás demasiado apegado a mi comida —responde Osamu, la suficiencia irradia de su sonrisa mientras se inclina hacia atrás contra el respaldo, acercando su plato hacia él—. ¿Qué hacías antes de encontrarme? ¿Comías todo crudo?

—Mayormente se aprovechaba de nosotros —dice Kaori, sorbiendo de su ron.

El vaso de Akaashi se ha llenado de nuevo; por quién, Osamu no sabe. No estaba prestando atención, no con la calidez de Akaashi irradiando justo a su lado y menos con el puchero de vergüenza en su rostro—. Los odio a todos —dice, bebiendo también de ese vaso como si fuese agua. Osamu lo mira paralizado.

Sí, puede que eso sea un problema, o lo sea pronto.

—¡Pero nosotros te amamos! —exclama Yukie, levantando su propio vaso en un brindis en el que Osamu también participa. El ron quema placenteramente mientras baja por su garganta.

—Sí, lo hacemos —murmura en voz baja y, aunque Akaashi se pone rígido, no da ninguna otra indicación de haberlo escuchado.

Osamu se sirve otro vaso después de eso. Es un tema que ha rondado en su cabeza todos los días mientras cocinaba interminables comidas en la posada y durante esos largos períodos de tiempo antes de irse a dormir. Básicamente, ha pensado en ello en cada momento que no fuese de angustia por el hecho de que nadie sabe que su barco se hundió en el mar con su hermano y todas las personas a las que llamó familia durante más de diez años—. Por cierto, ¿cuántos años tienes? —pregunta, aclarándose la garganta.

Akaashi, en su tercer —¿O cuarto? — vaso, tose—. Tengo veintidós —dice en voz baja.

La respuesta saca a Osamu de sus pensamientos por un segundo—. Oh. —Es todo lo que logra decir. Akaashi es cinco años más joven que él.

De alguna manera, esto lo hace aún más atractivo.


Keiji es muy consciente de que estaba bailando arriba de una mesa con música inexistente; también sabe muy bien que acaba de caerse de dicha mesa.

Su cuerpo, sin embargo, no está cooperando para hacer la cosa más racional, que sería levantarse.

Probablemente tenga mucho que ver con el hecho de que el náufrago — su náufrago, cuyo nombre cree conocer, pero no quiere decirlo ni siquiera en su mente para sí mismo— se cierne sobre él, con evidente preocupación en su rostro a pesar de sus mejillas enrojecidas por el alcohol—. Mierda, creo que se golpeó la cabeza. ¿Puedes oírme, Akaashi? —pregunta.

—Sí —Keiji se oye a sí mismo decir, con voz mucho más alta de lo usual—. Estoy bien.

—Estás en el suelo —señala el náufrago, antes de agarrarlo del brazo y levantarlo como si estuviera hecho solo de hojas y madera hueca—. Vamos, te daremos agua y no volverás a tocar el ron por el resto de la noche.

Keiji está a punto de rechazarlo porque, ¿quién se cree que es para darle órdenes? Pero cuando su talón izquierdo toca el suelo, un dolor ardiente sube por su pantorrilla—. Mierda, ay, bien. — Se deja caer suavemente sobre el sofá y un segundo después, se le coloca un vaso con agua entre sus manos. A su lado, el náufrago lo mira con ojos del mismo color que los acantilados en los que creció—. ¿Por qué estás…? —Keiji apoya un dedo sobre el pecho cubierto con lino de Osamu—. ¿… tan sobrio? ¿Es porque eres un pirata, Myaa-sam?

—Genial, tiene sueño. —Oye decir a Konoha desde el pie del sofá, donde aparentemente ha estado revisando su tobillo—. Y definitivamente se torció esto. Ten cuidado, se quedará dormido sobre ti, Myaa-san.

Lanzándole una mirada molesta, Keiji se acerca aún más al cuerpo caliente en ese lado del sofá—. No, no lo haré. —Y tiene que luchar contra el impulso de sacar la lengua como un niño pequeño.

—Bueno, no es como si fuéramos a volver a casa esta noche —dice Osamu, justo cuando comienza a sentir que sus párpados se vuelven pesados. Cuando levanta la vista, se encuentra con la mirada más intensa y conflictiva que ha visto en el náufrago hasta la fecha—. Y soy un cocinero, Keiji-kun, no un pirata.

Algo cálido serpentea alrededor de su cintura; algo cálido y sólido. Le late el tobillo, pero está cálido y se siente bien.

Es algo bonito.


—Bueno, definitivamente se ha encariñado contigo —dice Konoha, después de asegurarse que Akaashi esté profundamente dormido, medio apoyado contra el pecho de Osamu—. No lo había visto tan cómodo con nadie desde Bokuto.

Hay un brillo en los ojos de Konoha, y Osamu, quien ha crecido con un maestro de la manipulación pasivo-agresiva como su capitán, solo levanta el vaso en su dirección, tarareando en agradecimiento—. Este es un buen ron, ¿de dónde lo sacó tu padre? —dice, mirando a Komi y a Kaori, quienes están desplomados en sus sillas—. No he visto nada igual en la aldea.

—No tengo idea, esas botellas eran al menos tan viejas como nosotros —Konoha comenta con hipo; está borracho y trata de no demostrarlo. Sin embargo, es obvio para alguien como Osamu, quien simplemente hace la cara más desinteresada que puede y apura el vaso. No obstante, su hombro comienza a doler por estar aguantando el peso de Keiji sobre él, por lo que lo maniobra lentamente para recostarlo sobre su regazo en lugar de sobre su hombro. Puede sentir que el otro hombre, sentado en la silla que arrastró luego de que Akaashi cayera, se impacienta—. ¿De verdad no planeas preguntar? Qué frío —dice, dejando finalmente de fingir.

—La última vez que lo intenté, lo hice llorar —dice Osamu como única explicación. Una de sus manos descansa en la curva de la cintura de Akaashi, acariciando el verde desteñido de la camisa que lleva puesta—. Además, no quiero escucharlo de ti.

Konoha hace una mueca; mueve la mirada hacia sus amigos en varios estados entre el aturdimiento y el desmayo—. Vaya, qué caballero de tu parte —dice, con un toque de molestia en su voz—. Supongo que sabrás cómo guardar secretos, Myaa-san. Necesito que sepas un par de cosas antes de que vayas a follarte a mi mejor amigo.

Osamu casi puede sentir la vena que aparece en su frente. La única razón por la que no levanta la voz es porque Akaashi está durmiendo y no quiere que se despierte en medio de esta situación en particular—. ¿Tu mejor amigo? Es difícil de creer después de cómo ni siquiera le hablaste el otro día, ¿eh?

—¡Porque todos los demás le dejan hacer cosas estúpidas! —Konoha suspira, exasperado—. Lo último que quiero es que otro de mis amigos de la infancia se ahogue solo porque todos los demás le tenían demasiado miedo o demasiado cariño como para decirle algo.

Responsabilidad: es una palabra que Osamu conoce bien, y es todo lo que puede ver en el rostro de Konoha.

Podría preguntar ahora mismo, solo para saciar su curiosidad, pero Akaashi podría despertar en cualquier momento.

Además, no quiere faltarle el respeto de esa forma, por lo que se enfoca en otra parte de lo que Konoha acaba de decir—. ¿Qué quieres decir con tener miedo? —pregunta, sin darse cuenta de cómo su mano todavía está en el abdomen del hombre dormido.

—Vamos, no eres estúpido —dice Konoha, con una risa baja y amarga—. Has visto cómo lo mira la gente de la aldea. Son unos idiotas retrasados que no distinguirían un tiburón de un pez espada y piensan-… —Se detiene, notando la confusión en el rostro de Osamu—. Espera, lo has notado, ¿no?

Osamu se toma un momento para pensar; vadea a través de la cálida neblina en su propia mente. No está muy ebrio, pero ha sido un día largo y tiene sueño—. Bueno, siempre que está conmigo soy yo el que recibe las miradas extrañas, así que… —Pero no termina la oración.

Konoha suspira—. Bueno, ¿y qué tal cuando estás solo? ¿Te miran fijamente?

La botella en la mesa todavía está un cuarto llena, así que Osamu se estira para agarrarla y tomar un trago—. No tanto —dice, repentinamente incómodo.

—Sabes que solemos tener viajeros, Myaa-san —dice Konoha, como si fuese una advertencia.

—Sí, pero, ¿por qué alguien le tendría miedo? —Tal vez pueda ser hipnotizante, distraído o intimidante, después de todo, Akaashi parece un dios del mar —como uno de esos tritones a los que Osamu espera no volver a ver nunca más luego de estar seis horas encadenado con Atsumu y Suna en las entrañas de un barco e incluso aún tiene cicatrices— por lo que es tentador y cualquiera lo miraría fijamente.

Pero no con hostilidad ni con miedo; o al menos, él no lo cree así.

La palma de Konoha golpea su propia frente—. A veces creo que realmente no-… —Se interrumpe—. Ellos creen que es una especie de… —Hace un gesto con la mano alrededor de su cabeza—. Ni siquiera lo sé, ¿de acuerdo? Aparentemente, algunos idiotas con algas marinas por cerebro decidieron odiar a su madre hace mucho tiempo. Se la pasaban diciendo que era una bruja del mar, o una sirena, o algo así. Dijeron que arrastró al padre de Akaashi al fondo del mar y es por eso que ambos vagabundos desaparecieron. —Echa un vistazo a Osamu—. Tampoco sabías sobre eso, ¿verdad? ¿De qué tanto hablaron ustedes dos en la cabaña?

Osamu se encoge de hombros—. De libros, sobre todo. Y de comida. —Mira el pacífico rostro dormido de Akaashi—. Entonces, ¿qué pasó con sus padres?

—Son escoria —sisea Konoha—. Ellos simplemente se aburrieron de él un día cuando éramos niños, esa es la verdad. Lo abandonaron junto a Miyuki-san para que murieran de hambre. Y lo hubieran hecho de no ser por las perlas. En ese entonces él ya era un gran buceador y ella era una leyenda en eso.

Respirando profundamente, Osamu se permite que los dedos de su otra mano comiencen a rozar el cuero cabelludo de Akaashi—. Entonces, ¿creen que es una especie de sirena? —resopla—. Ja, ya quisieran. Estarían todos muertos si lo fuese.

—Como dije, algas en lugar de cerebro. No, arena, eso queda mejor. Las algas al menos están vivas —se ríe Konoha—. Pero sí, compran sus perlas y comercian con él porque piensas que podrían ser maldecidos. Pero por lo demás, lo evitan. No era tan malo antes de lo de Bokuto, pero luego también comenzaron a culparlo por eso.

Están volviendo al mismo tema, como si hubiera algo que no puede justificar decir a menos que Osamu pregunte. Y en ese momento, abrumado por el odio hacia los idiotas que se atreven a tratar a alguien de esa forma y por la compasión hacia el hombre en su regazo, casi lo hace.

Pero entonces, Akaashi se mueve, inclinándose hacia el toque de sus dedos en el cuero cabelludo—. No voy a preguntar —dice, con una mirada penetrante—. ¿Supongo que dormiremos aquí?

Derrotado, Konoha suspira—. Bueno, si no quieres despertarlo… Aunque ese sofá no es tan grande.

Para ser sincero, no es que no quiera mover a Akaashi; es que no quiere alejarse de él—. He dormido en lugares peores —dice, sonriendo a Konoha mientras este se pone de pie.

A estas alturas, está casi seguro de que al menos él sospecha algo. Sobre todo, por sus sutiles comentarios.

Por lo tanto, no va a gastar energía que no tiene en seguir fingiendo; ya es bastante malo que su cerebro tenga una cuenta regresiva para el momento en que todos se enteren.

Para el momento en que todos se enteren, o para el momento en que tenga que irse.


El primer pensamiento sobrio que llega al cerebro de Keiji al despertar es que la posición en la que se encuentra acomodado el náufrago debe hacer que su espalda duela como la mierda. Su segundo pensamiento es, literalmente—: Ay.

Siente como si su tobillo estuviera en llamas y su cerebro quisiera escaparse por las orejas.

En cambio, el hombre sobre el que está acostado aún sigue dormido; está medio sentado, medio tumbado en el sofá de terciopelo verde, con él encima, acurrucado como una especie de serpiente marina, descansando bajo su musculoso brazo como si perteneciera allí.

Recuerda lo suficiente de anoche como para saber lo que probablemente sucedió, por lo que no se avergüenza. O al menos no demasiado.

No obstante, está preocupado.

No debería sentirse tan bien estar donde está, incluso con dolor de cabeza y el tobillo torcido.

La tenue luz del sol que se desliza sobre el rostro del náufrago y sobre su propio cuerpo lo hacen sentir como si nunca antes hubiese sentido calidez, o al menos no realmente. Es entonces cuando sabe que tiene que levantarse.

Sin embargo, el deslizamiento de sus piernas hacia el suelo hace bastante obvio el hecho de que no podrá hacerlo solo—. Mierda —maldice en voz baja, pero es lo suficientemente fuerte como para hacer que los ojos gris piedra del náufrago se abran.

—Despertaste —dice el otro hombre—. No intentes pararte sobre ese pie por ti mismo, anoche pensé por un segundo que te lo habías roto.

Keiji hace una mueca—. Puedo ver por qué —dice, ya arrepintiéndose de haber bebido el maldito ron. Esto significa al menos tres días fuera del agua—. ¿Podrías ayudarme a volver a casa? Debería ver cómo está Nana.

—¿No quieres desayunar primero? Puedo preparar algo rápido —ofrece, pero Keiji niega con la cabeza.

No puede estar más agradecido cuando este simplemente se pone de pie, ofreciéndole primero su mano y luego su hombro, ayudándolo a cojear hacia la puerta y luego hacia la aldea.

O al menos así es hasta que nota lo callado que está el náufrago y de la pura animosidad que irradia. Resulta ser una caminata tensa de regreso a la cabaña con el sol cada vez más fuerte a cada paso lento que dan juntos. Probablemente no ayude que el otro hombre esté sosteniendo tanto peso como puede.

Cuando llegan, transpirados y cansados, Keiji saluda a su abuela y la deja con el náufrago—. ¿Estás seguro de que no necesitas ayuda para subir? —pregunta el otro hombre.

—Son quince escalones —dice Keiji—. Además, tendrías que llevarme, y la escalera no es tan ancha.

Hay un murmullo de «No hay problema» a sus espaldas, pero ya ha emprendido rumbo. Su cabeza todavía palpita y la transpiración caliente que se pega a su piel lo hace sentir asqueroso. Un poco de cojera y dolor en el tobillo es un pequeño precio a pagar por sentirse como persona —y no oler a alcohol destilado— otra vez.

Mientras se sumerge en agua fría dentro del pequeño baño de madera del piso superior, reflexiona que también se siente bastante necesitado de un segundo a solas para recordar cómo despertó hace aproximadamente una hora.

Por un segundo, casi dejó caer su cabeza para seguir durmiendo, lo que hubiese sido inapropiado e imperdonable. Sin mencionar que probablemente el solo hecho de quedarse dormido encima suyo es de por sí un asunto muy vergonzoso; se conoce a sí mismo lo suficiente como para saber que no debería haber bebido tanto anoche. Pero claro, no estaba en el mejor estado de ánimo y las últimas dos semanas, aunque esclarecedoras en lo que respecta a sus sentimientos, también han sido algo abrumadoras.

Suspira y se hunde más, hasta la nariz. Le palpita el tobillo y piensa en que lo que realmente necesita en ese momento es el mar; eso le ayudaría a despejar pensamientos que no debería tener.

Lo cual no es particularmente fácil, ya que la última vez que sintió algo así por alguien fue cuando tenía quince años.

Y no fue por alguien que le preparase el desayuno vistiendo solo un par de pantalones.

Al final, sí logra concentrarse, apresurándose en ponerse pantalones limpios y una camisa demasiado grande —que probablemente perteneció a su padre en algún momento— la cual se cae de uno de sus hombros, antes de caminar de puntitas hacia la cocina. El náufrago aún no ha regresado por lo que tal vez pueda…

—Oye, te traje algo de comer antes de que te desmayes —dice una voz profunda y preocupada desde detrás de la puerta antes de que esta proceda a abrirse revelando a un hombre —sin camisa, por supuesto— con un plato en la mano.

—¿Por qué estás medio desnudo? —pregunta Keiji deliberadamente, sin mirar.

—Tu abuela quería pescado frito y accidentalmente manché mi camisa con grasa —contesta, encogiéndose de hombros y sonriendo—. Iré a bañarme ahora mismo así que no te enfades —dice, poniendo el desayuno de Keiji sobre la destartalada mesa de madera en donde suelen comer. Su voz es un poco más suave de lo habitual, lo cual es un marcado contraste con cómo estaba actuando en la aldea—. ¿Te sientes mejor del tobillo?

Keiji tararea, cojeando hasta la mesa—. Está un poco mejor. —Fija la mirada en los huevos. Las palabras burbujean en su garganta, pero ese no es el lugar correcto, y nunca habrá un momento adecuado para decirlas, no con ese hombre—. Gracias por ayudarme, Myaa-san —dice finalmente—. Te debo una.

Y luego el otro hombre se ríe, con voz baja y profunda—. Estoy bastante seguro de que soy yo quien te debe, Akaashi —dice, pasando junto a Keiji, presumiblemente para darse un baño de agua fría—. Salir al mar abierto de esa manera solo para rescatar a algún extraño al azar… Eres un caso especial, ¿sabes? Este lugar realmente no te merece.

Algo parecido a un balde de agua helada baja por la espalda de Keiji; se congela mientras escucha los pasos del otro hombre desvanecerse por el pasillo.

La puerta del baño se cierra con un clic y él espabila.

Konoha, ese traidor, ¿qué dijo?

Un poco sin aliento, se lleva la comida a la boca, sin saborearla realmente. Parte de lo que le ha gustado tanto de las últimas dos semanas que ha pasado en compañía del náufrago ha sido que el otro no tenía idea de la aversión general de la aldea hacia él, o hacia Bokuto. Ha sido tan agradable estar cerca de alguien que no lo trata como si pudiera romperse si su codo se golpea contra una barandilla de madera, o como si simplemente fuera a emborracharse antes lanzarse por el acantilado a buscar durante horas un cadáver inexistente hasta casi ahogarse.

Fue bueno mientras duró, pero ahora que recuerda la voz del náufrago hace tan solo un par de segundos, suave, casi compasiva, lo único que puede sentir es molestia.

Termina el plato y lo deja en remojo. Luego, resuelto, va a pararse fuera del baño, apoyado en la jamba de la puerta de su propia habitación, mirando fijamente la puerta contraria. No tiene idea de qué es lo que va a decir, no tiene idea de lo que haya dicho Konoha, pero imagina que primero tendrá que preguntar antes de delatarse.

El tiempo pasa con lentitud y todavía le duele la cabeza.

Pero en un momento comienzan a escucharse pasos adentro, el sonido de gotas salpicando el piso y, no mucho tiempo después, la puerta se abre dejando ver a un hombre mojado y casi desnudo, quien mira a Keiji como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

Armándose de valor y pisando sobre su pie sano, Keiji mira hacia arriba, desafiante—. Konoha dijo algo, ¿no?

—Ese sujeto tiene la lengua floja —contesta, y se dirige hacia la habitación de invitados.

Keiji nunca ha sido el tipo de persona que intenta solucionar todo por las buenas, así que extiende la mano y agarra al hombre por la muñeca—. ¿Qué es lo que dijo? —pregunta, porque, ¿cómo no hacerlo? Puede que ya no haya nada que hacer al respecto, pero en su opinión, es imperativo saber cuánto reveló Konoha acerca de qué tan afectado está.

La piel del náufrago está tibia, húmeda; hay gotas de agua deslizándose por sus brazos, su pecho y su mandíbula. Sus ojos son del color del mar antes de una tormenta—. No lo mencionaré si no quieres. Aprendí mi lección la última vez, no te preocupes. —Pero Keiji aprieta su muñeca—. Bien… Él sólo habló de tus padres. Realmente no profundizó mucho en el tema. Tampoco es que me importe. Eres un buen tipo, Akaashi, y me salvaste de ahogarme, muy distinto a lo que haría una sirena.

A pesar de todo, Keiji sonríe—. Supongo… —Inclina la cabeza hacia un lado—. ¿Eso es todo?

El náufrago duda—. Es… —Suspira, pasando la mano libre por su cabello oscuro y húmedo—. Sí, eso es todo.

Es malo mintiendo, o malo fingiendo en general—. No me gusta cuando me mienten —murmura, bajando la vista—. No soy frágil ni estúpido… A pesar de lo que los demás puedan pensar.

Eso es lo que en realidad le enfurece: sí, está herido, y lo sabe . Y no le gusta hablar de Bokuto porque le duele y nunca dejará de doler, pero eso no significa que sea una estatua de sal, listo para desmoronarse ante el más mínimo toque.

Los dientes de Keiji se friccionan entre sí durante el momento de silencio que sigue, y está a punto de irse cuando algo cálido cubre su mano.

El náufrago cuidadosamente saca los dedos de Keiji de su muñeca, lo suficientemente fuerte como para que no pueda ofrecer resistencia, pero no tanto como para que duela, y luego es él quien envuelve sus manos alrededor de sus antebrazos, uno a la vez, y camina hacia él, obligándolo a apiñarse nuevamente contra la jamba de la puerta—. ¿Qué quieres que haga? —dice, mirando a Keiji con sus ojos oscuros—. ¿Crees que no quiero preguntar? ¿Que no quiero saber quién diablos es este tal Bokuto y por qué alguien como tú se arriesgaría a ahogarse solo para rescatar un trozo de madera flotante al azar?

—Estoy seguro de que sí —responde Keiji con voz temblorosa, sintiendo como en la boca del estómago, su ira se transforma en coraje—. Yo también he querido preguntarte a dónde te dirigías en tu barco, o con quién. Pero no me lo has dicho y lo he respetado. —Respira profundamente y baja la vista; dos pulgadas más cerca y estarán presionados el uno contra el otro—. No quería que supieras todo eso, así como tú no quieres decirme quién eres en realidad. No quiero que me mires… —La voz se le queda atrapada en la garganta y espera que el otro hombre pueda ver la respuesta en su rostro.

No quiero que me mires como ellos.

Luego de un momento, el agarre en sus brazos se afloja y Keiji está seguro de haber hecho entender su punto. O así era hasta que un antebrazo aterriza justo encima de su cabeza, y de repente no hay dos pulgadas de espacio entre ellos; está literalmente atrapado entre la jamba de la puerta y el cuerpo duro y cálido del náufrago—. Te miro… —dice, y Keiji no puede evitar inclinar la cabeza hacia arriba y mirarlo a los ojos—… Akaashi, porque yo-…

Traga saliva, con fuerza, y antes de que Keiji tenga tiempo de preguntarse qué es lo que viene después de esas palabras, está siendo besado.

No es la primera vez que le ocurre, aunque la primera fue hace tanto tiempo que apenas es más que un fragmento borroso, iluminado por el sol de un recuerdo.

Por un segundo, intenta recordar la brillante sonrisa de Bokuto y el olor de las flores que había estado llevando al mercado. Pero no puede.

No puede, porque está siendo consumido, envuelto en un calor que de alguna manera no es pegajoso ni incómodo. Sus brazos se levantan para rodear los hombros del náufrago y abre la boca para dejar que éste profundice tanto como quiera. Y cuando esto hace que el otro hombre gima, bajo y profundo, Keiji bebe de este con avidez, respondiendo con un gemido propio.

Su nombre es susurrado contra sus labios y Keiji se inclina por más, haciendo una mueca cuando su pie lastimado trata de brindarle algo de apoyo—. Mierda —gime el náufrago, alejándose y mirando hacia abajo—. ¿Estás bien?

Keiji lo mira con los ojos muy abiertos, los labios temblorosos y una ola de sentimientos que lo hunden en la confusión y el miedo.

¿Qué está haciendo?

Se da la vuelta, rápidamente, a pesar de que su tobillo envía una corriente de dolor por toda su pierna cuando apoya peso sobre este, y se escabulle hacia su habitación, cerrando la puerta de golpe.

Toda la secuencia termina con Keiji deslizándose contra su pared, haciendo todo lo posible por respirar, preguntándose por qué demonios decidió enamorarse de alguien que ni siquiera conoce, de alguien que se irá pronto.


Toda la experiencia de Osamu en el romance no alcanzan para llenar una lata de hojalata.

No, en serio; su tripulación siempre fue como su familia, y después de que él y Atsumu dejaran la ciudad en la que crecieron, nunca se establecieron en ningún otro lugar. Claro, hubo encuentros a la luz del atardecer en algunos puertos, pero nunca algo que durara más de un par de noches como máximo.

Así que no tiene idea de qué hizo mal, ni de cómo solucionarlo.

Reflexiona sobre eso con una canasta colgando de su antebrazo y Kaori a su izquierda mientras pasean por el mercado de los lunes a la mañana. Entonces sucede.

—… El Panther hundió a esos bastardos de Inarizaki, te digo. —La persona que habla es un anciano desdentado, con ropa que parece claramente extranjera, mientras regatea por ron en uno de los puestos—. Vi el buque insignia con mis propios ojos. Las islas del Este ahora son un mundo libre para todos.

El hombre que maneja el puesto resopla mientras cruza sus gruesos y peludos brazos sobre su pecho—. Pues yo escuché que Miya Atsumu estaba vagando por algún lugar cerca de Itachiyama no hace mucho. Lo que sea que hayas visto probablemente era falso.

—¿Por qué alguien falsificaría una bandera? —pregunta el otro hombre—. ¡El Vixen se hundió! Te puedo asegurar, y no hay forma de que hayan logrado sobrevivir en alta mar. El Panther se encargó de ellos.

—¿Y cómo sabes que era el Panther?

—Eso es lo que me dijo el tipo que vio todo. Dijo que un pequeño barco con velas negras y un montón de cañones a los costados trajo de regreso la bandera, dijo que el Vixen estaba destruido.

—Creo que te mintieron, amigo. Escuché de alguien realmente cercano que vieron a Kita y a ese loco teniente suyo en Itachiyama. No vayas a buscar oro a las islas del Este, lo más probable es que termines en el extremo equivocado de una espada Miya.

—¿Vamos? —dice Kaori a su lado. Osamu apenas notó como la canasta colgando de su brazo se volvía más pesada a medida que ella la cargaba con cebollas, zanahorias y carne.

Osamu está en un dilema; por un lado, podría acercarse al hombre, ofrecerle el poco dinero que tiene a cambio de información, regresar a la posada y tal vez seguir esa pista más tarde—. ¿Podrías…?

—Necesito hablar contigo, ¿me regalas un segundo? —dice Kaori, levantando la voz y una mano envolviendo el bíceps de Osamu—. Es importante, puedo ayudarte a regresar más tarde. —Osamu se gira para mirarla a los ojos. La bulliciosa calle alrededor de ambos parece difuminarse.

—¿Hace cuánto tiempo lo sabes?

Ella pone los ojos en blanco—. Literalmente hay un cartel de «Se busca» con tu cara rondando por la aldea —dice.

—No es mi cara. —Osamu hace un puchero, aguantando la respiración por un segundo, preguntándose si este es el momento en que será entregado a la Marina—. Es la de mi estúpido hermano.

—¿Tu hermano gemelo? —se ríe—. Mira, te ofrecí el trabajo porque sabía que eres tú quien tiene mejor reputación. —Ella comienza a jalar a Osamu por la calle—. Y a Keiji-kun le gustas. Esa fue razón suficiente para hacernos los tontos. —Algo cálido y un poco de culpabilidad estallan en el vientre de Osamu. Mira hacia otro lado, con los ojos fijos en los aleros de una casa cercana—. No lo habíamos visto tan feliz en años, ¿sabes?

Osamu resopla, una gota de transpiración rueda por el costado de su cara; ese lugar es demasiado caluroso—. ¿Por qué siento que me estás dando un sermón? —pregunta.

—Porque es lo que estoy haciendo —suspira—. Akinori quería ser quien hablara contigo sobre esto, pero le dije que se necesitaba un toque femenino en el asunto.

A la distancia, la posada aparece a la vista, justo al final de la calle principal de la aldea, siendo este uno de los pocos edificios de dos pisos en el lugar—. Se que la cagué, no debería haber…

—¿Mentido? —ella lo interrumpe—. No, en realidad entendemos por qué mentiste, y entiendo que no es tu culpa, pero no deberías haber dejado que se encariñara contigo si te vas a ir.

Y es la verdad, una verdad que Osamu ha luchado por enfrentar durante los últimos días. Desde que Akaashi comenzó a mirarlo nuevamente con ojos planos y un rostro completamente desprovisto de expresión. No ha sido malo, ni grosero, ni siquiera le ha pedido que se vaya de su casa, cosa que estaba totalmente justificado de hacer. Simplemente puso la mayor distancia posible entre ambos cada vez que se encontraban atrapados bajo el mismo techo. Lo realmente sorprendente es lo mucho que le ha dolido. Y ahora, justo después de escuchar el nombre de su hermano siendo pronunciado a tan solo unos metros de él, se da cuenta de lo cómodo que se ha puesto. Si realmente quisiera irse, ya estaría a mitad de camino de Inarizaki.

—No era mi intención —suspira—. Lo arruiné, ¿no? ¿Con lo del beso y todo?

El par de ojos azules se vuelven hacia él—.  ¡¿Ustedes se besaron?! —chilla—. ¿Por qué no me lo dijiste? ¡Pensé que le habías dicho que te irías! —Kaori golpea suavemente su brazo, con un cariño que a Osamu le resulta nostálgico.

—Bueno, no es como si él no lo supiera —refunfuña Osamu, con las mejillas sonrojadas, girando la cabeza—. Estaba seguro de que él te lo había comentado.

Ella suspira—. Realmente no ves cuánto se guarda para sí mismo, ¿verdad? —La puerta de la posada está justo frente a ellos, y Osamu se da cuenta de que podría haber retrocedido en cualquier momento, pero no lo hizo. Suspira, volviéndose hacia Kaori sin tener idea de cómo responder—. Entonces, ¿cuál es tu plan? —pregunta ella.

Y Osamu se da cuenta de que va a necesitar más de un plan.


No, Keiji no está siendo dramático.

Solo está… protegiéndose a sí mismo.

La arena debajo de los dedos de sus pies se siente áspera y cálida, el sol lentamente se eleva y hace que el ambiente se vuelva más y más caluroso hasta el punto en que una vez llegado el mediodía, aunque solo quiera sentarse en la orilla, estará obligado meterse al agua una al menos una vez por hora o el calor podría matarlo.

Sin embargo, su cabello aún está húmedo de su primera inmersión matutina, la cual también fue su primera inmersión desde que se lesionó el tobillo. Estuvo bien; el mar, tranquilo y cristalino, le permitió sacar una gran perla que probablemente no logre vender. Juguetea con ella entre sus manos, su brillo casi rosado refleja la luz del sol.

—Uf, esa es grande, con ella podrías ganar el dinero suficiente como para salir de este pequeño archipiélago. —Es extraño que no haya escuchado los pasos a sus espaldas, aunque seguramente sea porque ha estado perdido en su propia cabeza estos últimos días. Se vuelve para mirar al náufrago, quien está parado detrás de él, con la camisa abierta y unos sencillos pantalones que terminan a la mitad de sus pantorrillas.

Después del beso el día siguiente a su cumpleaños, este golpeó la puerta de su habitación durante media hora. Simplemente le pidió que parara, que estaba bien, aunque ambos sabían que no.

Y durante el resto de la semana estuvo… distante, dándole el espacio que tan desesperadamente pidió y que ahora mismo está empezando a odiar un poco—. ¿No deberías estar ayudando a Kaori? —pregunta secamente, apartando la mirada y clavando los ojos en el horizonte lejano—. Ella dijo que anoche había llegado un gran grupo.

—Sí, bueno, la ayudé con la cocina anoche —contesta el otro hombre, y luego, cuidadosamente, como si fuese una pequeña criatura a la que teme asustar, se sienta a su lado—. Hoy me dio el día libre.

Los labios de Keiji se aprietan en una fina línea— ¿Para qué? —pregunta, aunque está seguro de que ya lo sabe. Sabe que su estadía era temporal desde un inicio. Debe ser hora de que se ponga en marcha; simplemente es el orden natural de las cosas.

—Para hablar contigo. —El suspiro que escapa de la garganta del náufrago al decir eso aclara aún más las cosas: es un agradecimiento, pero también un adiós. Era de esperarse, calcula Keiji; cualquiera encontraría incómodo quedarse allí luego de lo que pasó el otro día—. Realmente necesito hablar contigo, Akaashi.

Keiji sabe que esos ojos negros están pegados a su rostro, por lo que trata de evitar que sus labios tiemblen mientras el horizonte, claro y brillante, quema en su retina—. Entonces habla —dice en voz baja, tan suavemente que una ráfaga de viento podría llevarse sus palabras; lo cual desea que ocurra.

—Yo solo… —Keiji puede escuchar cómo el hombre se queda sin aliento, como se tensa—. Te debo mi vida, y estoy tan agradecido por ello que no pude compensarlo. Aunque no es como si necesitaras que te compre nada con ese maldito cofre del tesoro debajo de tu cama, pero yo… Mira, lo que estoy diciendo es que te he estado guardando secretos y sé que eso es una mierda. —Eso hace que Keiji se congele y lo mire con desconcierto. No esperaba que revelase su identidad; si ya planeaba hacerlo, ¿por qué molestarse en ocultarlo? —. Lo que intento decir es que nunca perdí la memoria. Solo tenía miedo porque no estoy…

Parece estar luchando por encontrar las palabras adecuadas, por lo que, sin siquiera pensarlo, Keiji completa la oración con las suyas propias—. ¿Del lado correcto de la ley? Pude notarlo. Suelo ver tus tatuajes a menudo.

—Sí, bueno, ya sé que eres inteligente así que seguramente fue fácil… —Su boca cuelga abierta en la última sílaba, y Keiji puede ver la certeza de su propia mirada en los ojos del otro hombre—. Espera, ¿te lo dijeron tus amigos?

Keiji le dedica una sonrisa triste—. Ya lo sabía —dice, antes de exhalar un suspiro lo suficientemente largo, como si el mundo se estuviera por acabar—. Eres Miya Osamu, ¿no? Y has venido a hablar conmigo porque planeas irte pronto. Esta semana, si todo sale como debe.

Un momento de silencio desciende sobre ellos. Es lógico que Osamu se vaya; debería hacerlo. Keiji lo conoce desde hace menos de un mes y comprende su situación tan bien como cualquier otra persona, pero en ese pequeño momento de silencio, siente una necesidad de volver al mar tan abrumadora que lo asfixia—. Yo-… —tartamudea Osamu, con el pecho agitado, como si acabara de llegar corriendo desde la aldea—. No-…

—Está bien —dice Keiji, con sus labios apenas cooperando—. Supongo que extrañaré tu comida. —Toma aire, levantándose de golpe—. Probablemente ahora tengas muchos lugares adónde ir, me alegro de haber podido ayudarte.

—Akaashi, mierda, esp-… —Oye al otro decir, pero ya está siendo atraído nuevamente hacia el mar, como siempre.

—Quiero sumergirme otra vez —medio dice, medio grita, y sus piernas ya lo llevan dentro, donde las cálidas aguas le dan la bienvenida como los brazos de una madre.

En el agua, Keiji se siente en casa; en el agua, es rápido , por lo que la sorpresa golpea su pecho con tanta fuerza como lo hacen los brazos de Osamu alrededor de su cintura. Emergen sobre la superficie tranquila y olas lentas mecen sus cuerpos unidos—. ¿Alguna vez me dejarás terminar una maldita oración? —Osamu farfulla, todavía aferrado a él como si la vida se le fuera en ello, esta vez con su pecho agitado por un esfuerzo real.

Keiji es rápido, por lo que están lejos de la orilla, lo suficiente como para que sus pies apenas toquen el fondo arenoso sin que el agua cubra sus hombros—. Me atrapaste —dice Keiji girándose para fijar su mirada en el rostro de Osamu.

—Casi no lo logro —tose el náufrago; todavía lleva la camisa y los pantalones puestos—. Y solo fue porque no dudé en seguirte. No es de extrañar que la gente aquí piense que eres una ninfa de agua.

—Una bruja de agua. —Keiji frunce el ceño—. ¿Cómo hiciste…?

Una sonrisa lenta se apodera de la cara del otro hombre—. He estado en un barco desde que tenía quince años, ¿pensaste que no podría nadar decentemente?

Es un buen punto. Keiji inclina la cabeza hacia un lado—. ¿Entonces por qué? —¿Por qué este hombre lo perseguiría hasta el mar? ¿Por qué está aferrado a él como si fuese un salvavidas? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Cuando habla, los ojos de Osamu se vuelven casi comprensivos, casi exasperados, como si Keiji hubiese dicho algo que no puede creer—. ¿El otro día no fui lo suficientemente claro? —pregunta con voz ronca—. No vine aquí para decirte que me voy, eres quien lo asumió.

—Pero te irás —señala Keiji—. Sé que no planeas quedarte. Tu hermano…

—Es un idiota —dice Osamu, con cara seria—. Y si los rumores son correctos, él está bien. Si no lo son, de igual manera no lo encontraré. —Osamu le dedica una sonrisa irónica—. Él puede esperar un poco más.

—Osamu-… —El nombre sabe extraño en su lengua. Extraño y casi demasiado grave.

Entonces esto es lo que consigue, ¿no? Algo más de tiempo, justo lo necesario como para vivirlo todo, pero nunca lo suficiente.

Es más de lo que jamás ha recibido, así que, justo cuando una ola baja y suave se estrella contra sus cabezas, une sus labios en un beso que solo sabe a sal y sol. Los brazos alrededor de su cintura se cierran herméticamente y los labios de Osamu sobre sus lágrimas destruyen cualquier resistencia intrínseca que haya quedado en su mente.

Las olas les siguen empujando suavemente hacia la orilla, y Keiji no puede evitar la idea que se le ocurre. Una de sus manos recorre la manga empapada de la camisa de Osamu hasta llegar a su mano y entrelazar sus dedos—. ¿Realmente qué tan bueno eres nadando?


Keiji definitivamente es algo fuera de este mundo.

Cuando emergen a la diminuta y oculta cueva, incluso los pulmones de Osamu se sienten como si estuvieran a punto de estallar.

En cambio, ese ser de otro mundo que es Akaashi solo parece estar levemente sin aliento mientras se para sobre el suelo rocoso y se sacude el exceso de agua de su cabello.

Osamu solo puede observar con asombro; a él, a la cueva.

Están en algún lugar dentro de los acantilados que flanquean la cabaña de Akaashi, en una pequeña ensenada que se abre a una cueva de piedra azul grisácea la cual ha sido pulida hasta achatarse suavemente donde el agua la toca. Un poco de luz solar entra desde lo alto de la caverna; Osamu puede espiar una abertura o dos a través de la roca más irregular que forma el techo.

Cuando vuelve la mirada, puede ver que la entrada por la que nadaron está completamente bajo el agua, pero aún alcanza a visualizar la luz que fluye por allí—. Encontré este lugar cuando tenía diez años —dice Akaashi, con una pequeña pero deslumbrante sonrisa adornando su rostro—. Nadie ha sido capaz de seguir mi ritmo lo suficiente como para venir aquí.

Finalmente, habiendo recuperado el aliento, Osamu se ríe—. Me alegro de ser tu primer invitado —dice, arrastrando su propio cuerpo sobre la saliente de piedra. Su camisa y pantalones ahora están arruinados, pero está bien con eso—. ¿Entonces no estabas seguro de si sobreviviría?

—Podría haberte llevado de regreso a la orilla —dice Akaashi con una confianza que no debería ser atractiva cuando hablan de la posibilidad de que Osamu se desmaye y necesite ser arrastrado de regreso hasta un lugar seguro—. No sería la primera vez —señala mientras camina delicadamente hacia una piedra grande y lisa, con vetas de color purpura suave y azul profundo, y se sienta sobre ella.

Tal vez todavía se sienta un poco eufórico por haber estado a punto de perder el aliento con un beso, por lo que Osamu se ríe de nuevo—. Es cierto —resopla, caminado hacia Akaashi hasta que está parado justo frente a él y sus ojos, que lucen como si fuesen de un millón de diferentes tonos de azul, lo miran—. Eres una de las cosas más extrañas que he visto en mi vida, Akaashi —dice con cariño—. Y eso que he visto sirenas reales.

—¿No se supone que esas ahogan a los marineros? —pregunta Akaashi, mirando a Osamu con ojos maravillados.

—Fue un encuentro breve —explica Osamu, no puede evitar que su mano se eleve para rozar el costado del rostro de Keiji—. Me arrastraron hasta el piso inferior del barco justo después. No son algo sobre lo que escribirías en una carta. —Se encoge de hombros—. Tampoco te sostendrían una vela para que lo hicieras.

Akaashi se ríe, alto y cadencioso, y su risa rebota en las paredes haciendo eco—. No tienes que tratar de encantarme —dice, rodando los ojos mientras se inclina contra el cálido toque sobre su mejilla.

—Bien, entonces solo necesito cocinar para ti —dice Osamu, riendo—. ¿De verdad soy el primero al que traes aquí? Este lugar es hermoso.

Es curioso que todo pareciera complicado hace apenas una hora; que Osamu pensara que Akaashi se enojaría con él por mentir. Todo esto; el lugar, el hombre frente a él, todo parece más un sueño que hubiese tenido de niño, cuando soñaba con el océano y lo que podría haber más allá de la litera debajo de Atsumu—. La gente tiende a asustarse cuando les digo que se sumerjan tan cerca de los acantilados. —La mano de Akaashi se acerca para unirse a la de Osamu en su mejilla—. Aparentemente solo necesitaba encontrar un pirata.

Lentamente, como si temiera que Akaashi se desvaneciera frente a él como un espejismo, Osamu se arrodilla y sus rodillas empapadas golpean el suelo de piedra—. Y sacaste uno del mar —dice, mientras su mano libre atrapa la otra mejilla de Akaashi—. Siento haber tardado tanto en decirte la verdad.

—Solo eres un pirata varado en esta pequeña aldea prejuiciosa. —Akaashi sonríe—. Aunque ya todos lo sabíamos. Tenía sentido.

—¿Así que todos me estaban siguiendo el juego? —pregunta Osamu, con un pequeño ceño fruncido asomándose en su rostro.

Akaashi coloca cuidadosamente, de a una, ambas manos sobre sus hombros—. Eres mal mentiroso —dice en voz baja, con sus ojos vagando por el rostro de Osamu—. Creo que es por eso que estábamos tan a gusto contigo; no podrías tener un plan malvado con la frecuencia con la que arruinaste tu fachada. Estoy seguro de que hasta Nana se dio cuenta. —Sí, incluso su Nana, con su piel pálida de estarse marchitando frente a sus ojos.

Ante eso, Osamu suelta una carcajada—. Tu Nana lo ha sabido desde el momento en que me conoció. Una vez que estuviste fuera del alcance del oído me dijo que era bienvenido siempre y cuando no metiera espadas a la casa.

Algo alegre, anhelante, brilla en el rostro de Akaashi—. No me sorprende —dice con una sonrisa, y Osamu ya no puede contenerse. Usa las manos que tiene alrededor del rostro del buceador para jalar de él hacia abajo y unir sus labios nuevamente. Hace frío dentro de la cueva, pero Akaashi es suave, cálido y atrae a Osamu como si no hubiera una sola pizca de vacilación en su cuerpo o mente. Cuando Osamu se inclina aún más y sus manos se mueven a los lados de su cadera para apoyarse en la roca, gime.

Es demasiado. Osamu nunca se ha considerado esclavo de sus instintos más básicos, pero también es solo un hombre que ahora mismo tiene a alguien quien parece sacado de las pinturas de los pasillos del rey de Seijoh, extendido y demasiado dispuesto justo frente a él—. Debe haber sido divertido —dice, poniéndose de pie e inclinándose hacia adelante para estar sobre Akaashi—. Y yo que pensaba que estaba haciendo un trabajo decente.

—Para agradarnos, tal vez. —El pecho de Akaashi está agitado—. Me estás mirando —susurra, pero en la cueva, hace eco. Parte de la luz del sol que rebota en el agua apenas a un par de metros de distancia le da a su rostro un brillo de otro mundo.

Osamu parpadea, sus palabras están llenas de fuego, su tono es mucho más profundo del que está acostumbrado a escuchar del otro hombre—. Akaashi, ¿qué haces…? —Pero luego se tambalea hacia adelante; las ágiles piernas del buzo se han enrollado alrededor de su cintura y lo atraen con la fuerza de una persona que desafía al océano a menudo y gana—. ¿Estás seguro? —pregunta Osamu, porque no hay dudas en su mente de lo que quiere y, oh Dios, lo quiere tanto.

—Quiero —resopla Akaashi, casi petulante, mientras sus manos tiran de la camisa empapada de Osamu por los hombros—. He querido desde… —Se atraganta, se ruboriza y entierra una de sus manos en el cabello de Osamu, tirando de él hacia adelante con tanta fuerza que Osamu tiene que ponerse rígido para evitar que sus narices choquen entre sí.

—Dios-… —jadea Osamu—. Dios, yo también —dice, y luego sus manos comienzan a ayudar a Akaashi, gruñendo por cómo su camisa mojada se pega a su piel. Quiere quitarla, quiere sentir el calor de Keiji contra su cuerpo tan pronto como el tiempo lo permita, incluso si el tiempo no parece ser algo de lo que preocuparse mientras estén dentro de esa cueva.

Están muy cerca de la cabaña, pero a la vez están completamente aislados. Bien, piensa Osamu, porque no quiero que se contenga.

Apenas se le pasa por la cabeza que esta podría no ser la mejor idea, que no es nada sino poco ortodoxo, y que tal vez, él y Akaashi deberían tomarse el tiempo para priorizar otras cosas antes que eso. Pero la realidad de su situación es que no tienen tiempo, que Osamu se irá a buscar a su hermano y a su tripulación dentro de poco, e incluso si promete volver…

Porque tiene que volver o, de otra forma, llevarse a Akaashi con él.

—¿En qué estás pensando? —Dice una voz, clara como el cristal, rebotando entre las paredes de roca. Akaashi lo mira, sus ojos son del color de los zafiros.

El aliento de Osamu se atora en su garganta. Probablemente haya mejores momentos para esto—¿Vendrías conmigo? —Intenta sonar confiado, pero en cambio termina siendo una súplica—. Ven conmigo para encontrar a Atsumu, quiero alardear de ti a ese bastardo.

Por un segundo, Akaashi lo mira con los ojos muy abiertos—. No puedo —dice entonces—. Mi abuela… —Traga saliva—. No podría dejarla sola.

Es la respuesta que Osamu esperaba—. Lo sé —susurra—. Lo sé, no con cuán débil se está poniendo últimamente, cuán cansada se ve. —Incluso él, quien ha estado aquí por tan poco tiempo, puede ver el cambio—. Odias estar aquí —dice, en lugar de soltar otra súplica, un plan a medias que Akaashi nunca aceptaría.

—He odiado este lugar durante años —responde Akaashi, mientras desliza sus delgados dedos por la espalda de Osamu—. Pero puedo vivir con eso.

Y podría vivir para siempre con eso, incluso luciendo más abandonado que algunos naufragios que ha visto. Suspirando, Osamu se inclina hacia adelante para besar la delgada línea del cuello de Akaashi—. Eres fuerte, yo sé que lo eres —dice, con cariño desbordando su pecho—. Déjame volver por ti. —Presiona un beso en el lugar donde puede sentir su pulso—. Haré lo que tengo que hacer y luego volveré por ti y podremos hacer lo que tú quieras.

Las palabras salen fácilmente de su boca, pero es consciente de cuánto pesa el compromiso detrás de ellas. Podrían pasar meses antes de obtener alguna pista sólida, y entonces es muy probable que ya esté a mitad del archipiélago, tal vez incluso en el continente. Akaashi se retuerce debajo de él, sus manos juguetean con su cabello—. No iré a ningún lado —dice—. No iré a ningún lado, Osamu. Yo no-…

Osamu atrapa uno de sus rosados y endurecidos pezones en su boca y Akaashi corta la oración con un gemido ahogado.

A pesar de la interrupción, esas son las palabras más tristes que ha escuchado decir al buzo de perlas.


El corazón de Keiji late tan fuerte como lo hace su cabeza contra la cabecera de la cama.

Y no le importa; su abuela está en el mercado y se escapó tan pronto como él salió a bucear en un intento de no ser monitoreada mientras charla con las otras mujeres mayores sobre zanahorias y demás legumbres. Es algo que hace, a veces, cuando cree que él se está volviendo demasiado autoritario.

Por lo general, le molestaría, pero ahora mismo le conviene.

Apenas recuerda estar parado en la roca donde él y Osamu habían estado peleando, como dos tontos borrachos, acerca de que Kaori se burlaría de ellos si algún trozo de roca terminaba atascado en algún lugar de sus cuerpos, por lo que era mejor regresar a la cabaña. El nado de regreso también es un borrón. Todo lo que sabe es que tan pronto como sus pies tocaron la arena seca del lado de los acantilados en que se encuentra la cabaña, sus labios se unieron hasta el punto de ser ridículo.

Fue, por decir lo menos, una tarea ardua subir las escaleras.

Pero ahora están en su habitación, él está desnudo como el día en que nació, y Osamu… también lo está.

Curiosamente, no está nervioso; a pesar de que tiende a pensar demasiado, ahora su mente solo está felizmente llena de deseos de querer sentir al hombre entre sus piernas más cerca, más cerca, imposiblemente más cerca.

Incluso si es la primera vez que hace algo como esto, incluso si hace un par de meses pensó que nunca tendría deseos de hacerlo.

Los dedos de Osamu, dentro de él, se curvan como si estuvieran buscando algo—. Ah… qué-… —dice en el hombro de Osamu, moviendo sus caderas hacia abajo, rogando por más—. Eso se siente-… —Abre los ojos, previamente cerrados por el placer, mirando la expresión engreída de Osamu. Tiene el aspecto que cree que debería tener un dios del mar.

En las novelas románticas, esto sucedería en la oscuridad de la noche, o tal vez en algún momento liminal (véase, la puesta del sol o el amanecer), pero el sol del mediodía entrando por su ventana habla de otra cosa. No trae el ambiente de una relación ilícita y efímera al dormitorio, a sus actividades. Más bien, hace que todo parezca claro, puro, absoluta e irrefutablemente correcto. Y Keiji defiende eso, incluso si es temporal. Incluso si Osamu se irá y es probable que no regrese, no importa cuánto prometa que lo hará, o cuanto él desea que lo haga.

Eso es todo; pero es perfecto, y Keiji lo guardará en su corazón, en una gota de agua, para que no se manche con el duro tinte de la realidad.

—Por supuesto que ah -… —Keiji se arquea hacia la boca de Osamu—. Por supuesto que me gusta —gime, deleitándose con las pequeñas descargas eléctricas que los dedos de Osamu envían rítmicamente a través de su columna. Osamu ha sido tan cuidadosamente lento, tan dulce. A diferencia de Keiji, debe tener experiencia en todos los puertos que ha visitado, en todas las ciudades en las que ha pasado la medianoche. Y ese hecho casi lo pone celoso, o lo haría si no fuese porque Osamu lo mira como si fuese la única persona en el mundo—, pero te necesito ahora. —Hace todo lo posible para mantener la voz firme, para no permitir que sus palabras titubeen. Pero cuando Osamu se levanta, apoyado sobre sus manos, y sus ojos grises e inciertos, con el color de los acantilados a los que llama hogar, se encuentran con los suyos, su voz se rompe—. Por favor.

Es dulce que Osamu sepa que no se lo pediría si no estuviera completamente seguro, así que no socava su elección al volver a preguntar—. Solo dime si algo te duele —dice en voz baja, sacando los dedos de su interior—. Cualquier cosa.

Entusiasmado, Keiji asiente, se acomoda en las almohadas contra la cabecera y le lanza una mirada por demás intensa—. Creí que ya habíamos acordado que no soy frágil.

—No, eres más duro que yo —asiente Osamu, subiendo un dedo por una de las piernas dobladas de Keiji—. Pero no quiero hacerte daño.

Podrías, piensa Akaashi por un momento, mientras mira el cuerpo del pirata; desde la criatura marina entintada en el lado izquierdo de su pecho, hasta la «V» de sus caderas y el lugar donde su miembro erecto se eleva—. Te lo diré, pero prometo que estaré bien.

Osamu maniobra a su alrededor, se acomoda, coloca las piernas de Keiji sobre sus hombros y desliza una almohada bajo sus caderas para que esté más cómodo. Y le resulta terriblemente fácil: Keiji se siente bien atendido. Cuando Osamu se alinea, engancha sus brazos alrededor de su cuello y le sonríe—. Ahora tú me estás mirando —dice, encontrando su sonrisa a mitad de camino, convirtiéndola en un suave beso.

—¿Puedes culparme? —pregunta Keiji contra sus labios, justo antes de inhalar profundamente entre el beso—. Osamu, por favor —susurra, moviendo lánguidamente sus caderas contra la dureza del otro hombre.

—Y se supone que yo soy el peligroso —dice Osamu, presionando un pequeño beso en la mandíbula de Keiji antes de erguirse, estudiando, observando.

Y luego empuja.

El primer tramo resulta incómodo al principio, y el ardor casi logra hacer que los ojos de Keiji se llenen de lágrimas.

Osamu se detiene, preocupado, incluso cuando todo su cuerpo vibra de necesidad, goteando transpiración sobre Keiji debido al habitual calor de la isla. Keiji respira profundamente—. Estoy bien. —Y lo está; respira hondo y de a poco el ardor desaparece, dejándole deleitarse con la sensación de estar siendo estirado—. ¿Puedes moverte? —pregunta, mirando a Osamu, quien le da la sonrisa más dulce que jamás le ha dado a nadie.

Y obedece.

Es dulce, es asombroso, y hace que Keiji se arquee en la cama como si lo estuvieran electrocutando.

No es algo que pueda describirse. Es el momento, es la atmósfera, es la forma en que huele el aire mezclado con el aroma de sus cuerpos. Es algo que no tendría sentido fuera de contexto. Cuando Keiji llega al orgasmo, siente que ha visto la mitad del mundo, tal y como lo ha hecho Osamu. Siente que podría hacer esto una y otra vez, todos los días de su vida, y no cansarse nunca.

No está seguro de si la primera vez de todos los demás es igual de buena, pero está agradecido. Agradecido con su propio cuerpo, agradecido por el calor de Osamu, por su boca presionada contra su clavícula, por su cabello haciendo cosquillas contra su barbilla.

Osamu sigue siendo dulce luego de acabar, pasando sus dedos suavemente por cada recoveco del cuerpo de Keiji que esté a su alcance, pero con una posesividad que no deja lugar a dudas.

Keiji no está seguro de cuán vinculante es ese deseo, pero lo disfruta.

Cuando la transpiración de sus cuerpos se enfría —tanto como se puede con ese clima—, Keiji se ve asaltado por una idea. Osamu dormita a su lado, tiene los párpados caídos con pesadez mientras acaricia el centro de su pecho con el pulgar—. ¿Realmente quieres saber? —pregunta, mirando al techo como si hoy pudiera tener todas las respuestas que no ha tenido en los últimos siete años.

—¿Qué…? —pregunta Osamu, somnoliento—. Oh, sobre… Solo si quieres contarme… —Duda al final de la oración, como si estuviera midiendo su reacción.

—Nunca se lo he contado a nadie —explica—. Todos los que saben estaban presentes en ese entonces. —Puede sentir a Osamu mirándolo, pero girarse y encontrarse con sus ojos en este momento podría ser su perdición, así que continúa mirando al techo y se concentra en la sensación del colchón debajo de él—. Éramos amigos de la infancia, yo… —Su respiración se atasca en su garganta, tal vez deba omitir ese detalle—. Estaba enamorado de él. —Pero no puede; es tan obvio que es hasta vergonzoso girarse para intentar ocultarlo—. Cuando teníamos quince, empezó a intentar comerciar fuera de la isla, en botes pequeños, a veces incluso en barcos. A veces, barcos más grandes echaban anclas donde podían y él salía a recibirlos junto a un par de personas más.

—Cariño —observa Osamu, antes de agregar—, esa no es una buena idea. Muchas cosas podrían haber salido mal.

—Lo sé —resopla Keiji—. Eso le dijimos, pero no nos escuchó. En una ocasión se dirigió a otra isla, solo iban él y otras dos personas. Fui a despedirlos… —Incluso después de todo este tiempo, hablar de ello le resulta terriblemente doloroso—. Le di una perla para que la vendiera por su cuenta. —Hay un doloroso nudo creciendo en la base de su garganta—. Su bote volvió a aparecer un día después, volcado y vacío. La gente dice que lo maldije, yo…

—No podrías —lo calma Osamu, las yemas de sus dedos se deslizan delicadamente sobre el lugar donde el corazón de Keiji late con rapidez, todavía enojado, todavía afligido—. Eres una bendición en el peor de los casos, Akaashi.

—Ni siquiera encontramos un cuerpo —suspira Keiji; debe lucir patético, piensa—. No podía discutir contra eso.

—Es el maldito océano —gruñe Osamu—. Si puede tragar barcos, puede tragar tres cuerpos.

Puede. Keiji lo sabe demasiado bien. De repente le da frío y se estremece—. Lo sé.

Osamu lo acerca a él. Abajo, oye que la puerta del piso de su Nana se abre y se cierra. Esto no va a durar, pero, ¿qué importa? Al menos esta vez podrá despedirse.


Todo es más fácil y dulce de lo que Osamu podría haber imaginado en las solitarias noches que pasó en la habitación de invitados de Akaashi.

Aun así, a medida que pasan los días, ha sido fácil ver que Akashi se está volviendo cada vez más inquieto; desesperado cuando hacen el amor, asustado cuando salen de casa.

Osamu ha estado a merced del mar toda su vida. Está acostumbrado a vivir mientras lucha con la ansiedad que conlleva estar atado a circunstancias que están fuera de su control.

Pero Akaashi no.

El buzo de perlas acaba de quedarse dormido contra su costado, acurrucado contra él a pesar del calor que invade la habitación aunque es de noche—. Eres tan bonito —dice, sabiendo que no lo escucha. Sus nudillos suben y bajan por la espalda de Akaashi antes de volver al mapa que esa misma mañana consiguió para él—. Eres más hermoso que las sirenas, lo digo en serio.

Ha estado algo frenético, demasiado nervioso. Y hace todo lo posible para que no se note, pero a medida que pasan los días, es cada vez más evidente.

Está esperando a que parta; no cree completamente que vaya a regresar.

Lo cual es… una mentalidad sensata, no importa cuánto deteste admitirlo. Pero lo entiende. Gimiendo, mira hacia el techo, hacia las sombras que juegan en él con el parpadeo de la lámpara de aceite al lado de la cama.

No es que no quiera quedarse, pero eso tampoco es una opción. Se trata de su hermano, de su tripulación. Si hubiera una manera de saber con certeza, no por los rumores entre borrachos del mercado, que están bien, tal vez podría tomarse más tiempo. Tal vez podría encontrar una manera de resolver esto con Akaashi que no sea tan solo una promesa endeble, una que tal vez ni siquiera pueda cumplir: ser un pirata sin barco y sin tripulación no es exactamente algo seguro.

—¿Ya has decidido una ruta? —Escucha la voz somnolienta del hombre que actualmente usa su hombro como almohada. Debe haber sido despertado por el suave toque de su dedo.

Osamu suspira, acercándose más a Akaashi de alguna manera, a pesar de que por sí ya están muy juntos—. Sí —traga Osamu—, en la otra aldea me subiré a un bote que se dirija a algún puerto decente. Lo último que escuché fue que alguien los vio cerca de Itachiyama, así que…

—Te dirigirás a este estrecho de aquí, ¿verdad? —dice Akaashi, señalando una pequeña franja azul entre dos islas—. Es el camino más rápido, y también…

—Es la ruta que ellos tomarían —completa Osamu—. Para ser alguien que nunca ha salido de esta pequeña aldea, estoy seguro de que serías un buen marinero.

Akaashi suelta una carcajada—. Solo lo dices porque buceo. —Gira la cabeza para presionar un beso en el hombro de Osamu—. Ni siquiera he estado a bordo de un barco de verdad. Estoy seguro de que vomitaría.

Al recordar cómo se veía el buzo la primera vez que lo vio saltar del acantilado, Osamu no puede evitar reír—. Estoy seguro de que podrías ser capitán si quisieras —murmura contra su cabello—. Eres inteligente y razonable, y solo he visto a otra persona capaz de poner a la gente en su lugar sin siquiera intentarlo, y ese es mi propio capitán.

—¿El que los arrastró a tu hermano y a tí fuera del ring de combate y los subió a su barco? —Akaashi se ríe—. No, no creo que pueda ser así. Tienes razón, nunca he salido de este lugar. Me pregunto si las cosas hubiesen sido diferentes si yo… —Sacude la cabeza—. Pero no, no podría haber dejado a mi Nana.

—Lo sé —suspira Osamu—, pero eso no significa que no seas un buen marinero. Puedo imaginarte zambulléndote por el costado del barco, con cofres del tesoro en tus brazos. Maldición, desearía haberte tenido cerca cuando aquel galeón estalló y todo el arrecife de las islas orientales se salpicó de monedas por donde quiera que mirase. Hizo que el Mar Rayado pareciera aún más brillante.

Los ojos de Akaashi se iluminan al escuchar eso; Osamu lo sabe, aunque no lo esté mirando. Durante la última semana y media, se dedicó a memorizarlo para poder recordar que tiene a alguien con quién volver, para extrañarlo un poquito menos—. Supongo que me habría divertido —resopla—. ¿Es realmente tan hermoso el Mar Rayado? —pregunta suavemente. Osamu sabe que todo lo que él ha conocido son las aguas alrededor de Fukurodani, pero como Akaashi es un ávido lector, también sabe que ha oído acerca de las aguas cercanas a su lugar de nacimiento.

Osamu tararea—. Mhmm. Donde quiera que mires, hay color, y el agua es tan clara como aquí. —Es mezquino e injusto, pero de todos modos se le escapa—. Desearía-…

Afortunadamente, Akaashi tiene el buen instinto de callarlo con un beso, sacar el mapa de las manos de Osamu y moverse en las sábanas hasta que se libra de ellas. Y cuando lo logra, se sienta, pasa una pierna sobre las caderas de Osamu y lo monta a horcajadas en toda su gloria desnuda.

No es el momento adecuado pero, a veces, las opciones no son del todo elecciones. Las hojas de palmera golpean contra las ventanas con una brisa nocturna, pero ninguno de ellos las oye.


El día en que Osamu se marcha el cielo es de un azul pálido perfecto y hace el suficiente calor como para que Keiji, quien ha vivido en este lugar durante toda su vida y está más que acostumbrado al clima, transpire. Hay una bandada de pájaros de patas y pico rojo en la playa cuando Keiji sale del agua, luego de su inmersión matutina, agarrando una perla entre sus dedos.

Todavía es muy temprano, pero Osamu debe irse lo más pronto posible si es que quiere subirse a uno de los barcos que se dirigen a una de las islas más grandes del archipiélago; esas que tienen puertos reales, esos que no están flanqueados por corales enormes y rocas irregulares. Keiji no quiere que pase una noche en el camino, no con ese rostro, ni con el zorro en el hombro o el leviatán en el pecho. Es demasiado peligroso, y no puede soportar la idea de arriesgar a Osamu, a pesar que son cosas que están fuera de su control.

Si fue bastante fácil para Keiji —un don nadie de una aldea atrasada— darse cuenta, cualquiera podría venderlo. La recompensa por la cabeza de Osamu es lo que más lo asusta durante las últimas dos semanas que pasan juntos. Realmente podría ser cualquier persona quien lo entregue a la Marina.

Y si eso ocurre, una vez que la Marina lo atrape, es la horca.

Especialmente para Osamu, sin un barco en el que huir y sin dinero suficiente como para sobornar a un oficial para escaparse.

Aunque él podría ayudar con eso último.

Puede que Keiji no haya sido abierto sobre sus preocupaciones, a pesar de que sabe que Osamu siente su ansiedad, en cambio, le ayuda a planificar su ruta, a reunir suministros y a falsificar papeles.

Incluso convenció al único exoficial de la Marina en la aldea para que le diera su espada a cambio de una bolsita de perlas.

No es como si le faltasen. Años antes de que naciera, todos buceaban en búsqueda de ellas hasta que los arrecifes se vaciaron. Incluso los buceadores más experimentados, como su Nana, solo lograban sacar perlas diminutas e inútiles.

Keiji no tiene idea de por qué nadie más comenzó a intentarlo de nuevo luego de que él demostrase que los arrecifes se habían llenado nuevamente. Probablemente fuese debido a las supersticiones, pero hace tiempo que se concentró en no escucharlas; llega un punto en el que uno se cansa de ser llamado demonio marino.

Osamu está sentado en la playa, con las piernas estiradas, inclinado hacia atrás para que el sol bañe su piel bronceada, y la suave y disonante brisa haga que su cabello se balancee. Recibe a Keiji con los brazos abiertos, con una amplia sonrisa a pesar de que su ropa se está mojando. Es maravilloso por un minuto—. ¿Quieres ir a la cueva un rato? Quiero despedirme como corresponde —pregunta, con una mano tirando del cordón de sus pantalones.

Keiji quiere decir que sí; realmente quiere decir que sí—. Si perdemos esta carreta, tendrás que tomar el del mediodía y pasar la noche en la ciudad. —Frunce el ceño y sabe que es injusto, por lo que esconde el rostro en el hueco del cuello de Osamu—. Además, tengo algo en la cabaña que quiero darte antes de que te vayas. Sé que te despediste de Nana anoche, pero podríamos…

—No voy a despertar a tu Nana —dice Osamu, apretando a Keiji contra su cuerpo—. Ella ya está lo suficientemente enojada conmigo por marcharme.

—Te perdonará —dice Keiji, levantando la mirada.

Osamu lo besa, y eso es todo.


A pesar de que se detienen en la cabaña por el regalo de Akaashi, este no se lo da hasta que están parados frente a la carreta de madera, tirada por dos caballos de aspecto andrajoso y conducido por un cochero con el ceño fruncido. Ya hay otras tres personas dentro y todos los miran con una mezcla de sorpresa y miedo.

Las carretas parten de Fukurodani tres veces al día desde lo que simula ser una estación: una plataforma de madera con estacas para atar los caballos y una choza donde una mujer de mediana edad mira con mal humor las carretas desvencijadas.

Bueno, también mira de la misma forma a Akaashi; a Osamu solo lo observa con curiosidad.

—Encontré la más grande el día que te rescaté —dice Akaashi suavemente, dejando una bolsa en las manos de Osamu—. Dijiste que podrías venderla por un buen precio, ¿no? ¿Crees que alcance para subir a algún barco?

Los ojos de Osamu van desde la bolsa, hecha de tela marrón simple y áspera, al rostro de Akaashi. Lentamente afloja el cordón y la abre, solo para encontrar algunas perlas pequeñas debajo de una más grande, la misma que vio la primera vez que cenó con Akaashi y sus amigos—. No puedo-…

Akaashi sonríe, y la luz del sol se refleja en sus dientes—. Sabes que tengo de sobra —regaña, y cierra los dedos de Osamu sobre la bolsa—. Prefiero que sirvan para mantenerte a salvo antes de que se queden juntando polvo bajo mi cama.

—Te traeré un cofre del tesoro o algo así cuando vuelva por ti —dice Osamu, y ve como el rostro de Akaashi estalla con incertidumbre—. Voy a volver por ti. Te extrañaré, Keiji.

La necesidad de inclinarse y besar a Akaashi es abrumadora, pero Osamu sabe que no puede, no ahí. Sería inapropiado incluso en las grandes ciudades, donde la gente apenas se conoce o se preocupa por los demás. Estando en un lugar como ese, todos lo sabrían antes de acabar el día, y no quiere darles otra razón por la cual rechazar a Akaashi—. Yo también te extrañaré, Osamu —dice Akaashi, desviando la mirada hacia otro lado por un segundo—. Con suerte los encontrarás pronto.

—Ojalá —suspira Osamu, y espera que así sea. Realmente lo espera.

Akaashi lo insta a subir a la carreta, con el bolso en mano y la espada muy mal escondida en su cadera. Osamu no puede evitar pensar que se ve muy bonito. Quizás logre traerle algún conjunto de ropa junto con el cofre del tesoro prometido; no es algo imposible si logra encontrar a Atsumu y a los demás. Podría traerle camisas de seda y telas de colores brillantes, tal vez incluso medias o algunos de esos zapatos decorados. Le quedarían bien. Incluso una red de pesca se vería hermosa en Akaashi, pero esas prendas le quedarían preciosas, muy preciosas.

Finalmente, el enamorado de Osamu no es más que una mancha blanca y marrón contra el cielo azul pálido. Osamu se tensa y comienza a recitar su plan de acción en su mente.

Es lo único que puede hacer, aparte de concentrarse en el hecho de que acaba de dejar su propio corazón en la aldea.


Su Nana está sentada en el porche cuando Keiji llega a casa.

Tal vez solo sea que él ha crecido, pero ella solía ser más alta en los recuerdos de su infancia. A veces, a Keiji le parece extraño recordarla cuando su cabello todavía era negro y sus manos no estaban tan manchadas por el sol. Pero al mismo tiempo, cuando la ve allí, le parece como si nunca hubiese sido diferente a esa figura encorvada en el porche, con su cabello blanco y suelto, y su piel teñida de marrón.

Su abuela, quien lo crió, lo mira con ojos un poco nostálgicos. Keiji camina hacia ella y se sienta justo en el escalón debajo de donde está acomodada—. Tu padre siempre fue una presa fácil —comienza, y Keiji no puede evitar resoplar—. O lo sigue siendo, no podemos saberlo con seguridad, pero siempre fue fácil de convencer. Sin embargo, no fue un cobarde. —Respira hondo—. Y solía pensar que al menos tú heredaste eso de él; que saldrías en algún bote diminuto al mar abierto sin dudarlo, de la misma forma en que te zambulles de ese acantilado.

—Nadie cree que esa sea una de mis buenas cualidades, Nana —suspira Keiji—. Tú eres la única.

Sus ojos se suavizan por un segundo—. Eso ya no es valentía, querido. Aunque sigue siendo una buena cualidad —dice, poniendo una de sus callosas manos sobre el antebrazo desnudo de Keiji—. Sabes que no tienes nada que temer. Creo que siempre has sabido, muy en el fondo, que tu madre… —Aprieta los labios en una línea tensa—… que ella era especial. Y que tú también lo eres… Y, sin embargo, estás atrapado en este lugar sin salida viendo cómo el amor se escapa entre tus dedos como si fuese arena.

La capacidad de Keiji para enojarse con su Nana ya de por sí es muy baja; esa es la única razón por la cual no está camino a subirse a los acantilados—. Este lugar es lo suficientemente bueno para ti, así que también lo es para mí.

Ella le dedica una sonrisa burlona, como si supiera que Keiji diría eso—. Sabes que no es lo mismo, querido. Yo ya he vivido mi vida, y ciertamente no la estaba desperdiciando anclada aquí cuando tenía veintidós años.

—No la estoy desperdiciando —resopla Keiji, apartando la mirada y el brazo de su toque—. Simplemente no quiero irme.

Una brisa fresca sopla a través del follaje alrededor de la cabaña. Mantiene los ojos en la playa, el mar y el horizonte lejano. Fukurodani siempre ha sido su mundo entero, un mundo dentro de una burbuja de cristal en la que ni los barcos se atreven a entrar—. Entonces, ¿qué harás cuando tengas mi edad? ¿Bucear? Yo te tenía a ti, Keiji, y ya no podía arrastrarte por medio mundo a través de bares de mala muerte tal y como lo hicimos tu padre y yo. ¿Siquiera tendrás algo que sea verdaderamente tuyo si te quedas aquí?

—Tengo a mis amigos —dice Keiji, tan firme como puede.

Ella tararea—. Sin embargo, ellos tienen sus propias vidas.

Le arden los ojos, el sol le da dolor de cabeza—. Te tengo a ti.

—No por mucho tiempo, cariño —dice. Ella lo sabe, por supuesto que lo sabe—. Quizás solo por un par de años más.

Keiji gime con frustración—. ¿Entonces qué se supone que haga? No puedo dejarte —pregunta, y se le forma un nudo en la garganta—. No quiero. No puedo-…

—Puedes —responde, con una certeza que sacude a Keiji hasta los huesos—. He estado sola desde que era una niña, y dejé este lugar cuando tenía quince años, como corresponde. —Ella se inclina hacia atrás—. Y me fui sola, incluso el padre de tu padre se fue de joven. Y luego tu padre tampoco se demoró. —Keiji finalmente logra girarse y mirarla a los ojos. Son del mismo color oro miel que recuerda de su padre, tan común en la gente de ese archipiélago, esos mismos que tenía Bokuto—. Tú también deberías irte. Sobre todo, porque eres tú, y no estabas destinado a quedarte aquí. Yo me mudaré a la aldea, por lo que estoy segura de que volverás a visitarnos.

Es indignante. Keiji incluso podría decir que carece de sentido.

Él nunca ha tenido mal genio con su Nana, ni siquiera de niño, por lo que es sorprendente, incluso para sí mismo, cuando sube corriendo las escaleras de madera rumbo a su piso.

Lo siguiente que sabe es que está parado frente al espejo del baño. Ve sus lágrimas deslizarse por su rostro desde sus propios ojos los cuales, por primera vez, son de color azul vibrante. El mismo azul del Mar Rayado en el que nació Osamu.


Estar en una ciudad bulliciosa, realmente viva, es casi un alivio. Nohebi es ruidosa y brillante, y Osamu no se había dado cuenta de cuánto extrañaba todo eso.

Pero no tanto como extraña a Akaashi.

Ya van cinco días y se siente como si fuese una almeja hueca; sin perlas, sin carne.

Osamu tira de la pesada capa que compró antes de dejar la última aldea medianamente grande, en el otro extremo de la isla donde pasó el último mes y medio. Si lo reconocieron en Fukurodani, es más probable que logren ubicarlo aquí, donde ya ha visto a más de un oficial naval en media hora. Y esas no son buenas noticias; la horca es el último lugar en el que quiere terminar.

El crepúsculo se acerca y tiene que encontrar un lugar para pasar la noche; con suerte, pronto encontrará pistas.

Un pequeño bar, no demasiado cutre, le llama la atención. Sigue estando cerca del puerto, por lo que le debería ser útil para conseguir la información que necesita, o como mínimo alguna pista.

El ambiente al que entra no es uno al que no esté acostumbrado; hay algunos personajes bastante sórdidos a lo largo de la barra, otros borrachos que simplemente parecen clientes habituales, y algunos recién llegados. Los dos camareros detrás de la barra tienen las mangas de la camisa subidas hasta los codos; uno limpia el mostrador con un trapo y el otro amontona vasos de cerveza en una bandeja, presumiblemente para entregar en la ruidosa mesa del fondo, donde todos parecen estar ebrios. O al menos eso es lo que se deduce por los gritos.

Se sienta en uno de los taburetes vacíos frente al camarero del trapo, mirando cómo la sombra del hombre indica las cinco en punto y su flequillo tapa el lado izquierdo de su rostro—. ¡Hola, hombre! —lo llama—. ¿Me puedes servir una pinta, por favor? —pregunta tan cortésmente como puede.

—Por supuesto, señor.

Osamu examina a los demás clientes mientras bebe. Los sórdidos tipos a su lado parecen… demasiado sórdidos. Y los borrachos están a punto de quedarse dormidos.

Entrecerrando los ojos por las luces bajas, mira hacia otro lado, hacia el ruidoso grupo del fondo.

Y rápidamente aparta la mirada.

Por supuesto, de todas las personas tenía que ser justamente Suguru Daishou quien estuviese ahí. No recuerda haber visto a su amada Viper en el puerto, por lo que debe haberla escondido en alguna parte.

Hasta ahora no parece haber notado su presencia, pero debe salir de ahí antes de que lo haga—. Aquí tiene —dice el camarero, y Osamu decide que el haber entrado al bar no tiene por qué ser una total pérdida de tiempo.

—¿Sabes dónde puedo conseguir un barco que parta a las islas del este? Uno rápido —pregunta tan silenciosamente como puede. No ha sido tan fácil como esperaba en un principio. Las dos primeras ciudades por las que pasó no tenían ningún barco que lo llevara en menos de un mes, solamente cruceros de placer para gente rica sin nada que hacer más que mirar el mar.

El hombre mira a Osamu por un segundo—. Ni idea. —Se encoge de hombros—. Tal vez debas preguntar en el puerto, donde hay barcos.

—¿A esta hora? —Osamu pregunta, con falsa indignación en su voz—. Vamos, hombre, debes saber algo.

El camarero lo mira—. Sé que está peligroso allá afuera luego de que los bastardos de Inarizaki se hundieron —sisea—. Es por eso que nadie con dos dedos de frente quiere viajar hacia ningún lugar cercano al Mar Rayado. Incluso los piratas evitan navegar por ahí.

—¿Los piratas? —pregunta Osamu, inclinándose hacia adelante.

—Sí. —El camarero se encoge de hombros y señala con la cabeza hacia el grupo de Daishou a sus espaldas—. Ese grupo ha estado vacacionando por aquí desde hace un mes, y la semana pasada apareció otro barco espeluznante, sin banderas, parecía que se estaba cayendo a pedazos.

La mirada de Osamu se intensifica y el otro hombre retrocede—. Entonces, ¿cómo sabes que eran piratas?

—Estaban buscando a un tipo, otro pirata —dice el hombre, golpeando disimuladamente el vaso medio vacío de Osamu con el codo—. Al parecer, alguien dijo que vio a dicho pirata en alguna aldea en el culo del archipiélago.

 Osamu entiende la indirecta del vaso y bebe el resto de un solo trago—. ¿Oh? Al parecer están ocurriendo cosas bastante turbias por aquí —comenta—. ¿Por casualidad sabes quién preguntaba?

El camarero se encoge de hombros—. Un tipo raro con el pelo blanco y negro —dice, tomando el vaso vacío y las monedas que Osamu había dejado sobre la mesa un rato antes—. Malditos piratas.

Kita-san.

Ese debe ser Kita-san, se repite Osamu en bucle dentro de su mente mientras se apresura a salir del bar. Camina hacia el puerto, tratando de igualar su ritmo al de todos los demás en el paseo marítimo.

Es obvio que los notarían.

Dios, ¿acaso ese idiota de Atsumu no pensó en enviar una carta o algo así?

La euforia, por supuesto, no dura mucho. Después de todo, aún tiene que alcanzarlos, además de que le tomó cinco días solo llegar hasta allí.

Sin contar con el hecho de que no parece haber ningún barco en ese puerto dispuesto a llevarlo de regreso a donde estaba.

Después de decirse «Tal vez pruebe suerte mañana» por quinta vez, comienza a desanimarse. Solo le queda inspeccionar los últimos muelles, oscuros, casi desiertos. Solo hay unos pocos barcos de aspecto decrépito flanqueando los largos recorridos, y cuanto más se aleja, cada vez hay menos linternas encendidas.

Pero igual lo intenta. Pregunta en cada uno de ellos y, cuando solo queda uno, se da cuenta de que hubiese tenido más suerte construyéndose una balsa que lo regrese a Fukurodani. Se gira hacia el último barco y vuelve a gritar como loco solo para ver si hay alguien allí.

—Oye, ¿qué diablos estás haciendo ahí? —grita alguien desde las sombras. Osamu levanta la vista solo para encontrarse con la silueta de un vigía inclinado sobre el bauprés—. ¿Quién eres? ¿Algún espía de Daishou? —vuelve a gritar el hombre, y luego un ruido agudo y cadencioso suena desde arriba suyo. Pero no puede hacer nada, está petrificado.

Esa voz, es…

Sin embargo, no tiene tiempo para reaccionar, porque de pronto está rodeado. Posa una mano sobre la espada en su cadera por reflejo—. Cálmense —gruñe Osamu—. No soy un espía, yo… —Es un pirata, al igual que los cinco o seis hombres que lo rodean en la oscuridad. Sabe que sus posibilidades no son buenas.

La bolsa que le dio Akaashi pesa en el cordón del cual cuelga de su cuello.

—Eso es lo que diría un espía —dice nuevamente la misma voz, y luego dos hombres descienden por la pasarela del barco, con solo una linterna iluminando sus rostros—. ¿Por qué primero no sueltas la espada? ¿O prefieres que te saquemos la respuesta luego de que estés hecho pedacitos?

No puede ser. Osamu levanta la mano para quitarse la capucha—. Cálmate, estás dejando que el ego se te suba a la cabeza, A-…

Atsumu.


Cuando hace siete días Keiji bajó de su piso y se sentó a los pies de la cama de su Nana declarando «No me iré hasta que no te mudes a la aldea», realmente pensó que tomaría más tiempo.

Aparentemente, su Nana nunca perdió la habilidad que la llevó a atravesar un continente y varias islas solo con su capacidad para cantar, bailar y cocinar en posadas al azar. Inmediatamente le dio instrucciones de visitar un pequeño apartamento tipo estudio, informando que Konoha ya había hablado con el dueño y también le dio un fajo de billetes solo por si acaso.

—Esto es lo último —dice Konoha, sonriendo mientras coloca una pequeña pulsera tejida en uno de los estantes—. Ya está oficialmente mudada.

—Y literalmente estamos a cinco casas de distancia —dice Kaori, asomándose desde la nueva habitación de su Nana—. Ella tendrá todo lo que necesite.

Los cuartos en los que Akaashi Miyuki ha decidido pasar sus últimos años de vida son modestos, pero no por ello menos encantadores. Están en una sección de una casa más grande, pero separados por muros divisorios. Todo se resume en un dormitorio, una cocina, un baño pequeño y un porche compartido en el fondo—. Lo sé, pero ustedes dos están al tanto de que ella pasará todo su tiempo libre tratando de que se casen, ¿verdad?

Konoha sonríe—. Vale la pena.

—No hables como si fuera inválida —dice Miyuki, apareciendo desde la cocina con una bandeja humeante de pescado recién asado—. Si pudiera moverme como solía hacerlo, yo también seguiría mi propio camino. —Sonríe y se ve más joven de lo que jamás se había visto en los recuerdos de Keiji—. Y tú, querido, vete a dormir luego de comer. Mañana tienes que partir temprano.

Keiji le sonríe, sus labios siguen algo temblorosos, pero ahora se siente mucho más seguro—. Sí.

—¡Hey! ¡Trajimos vino! —dice una voz desde la puerta. Komi y Yukie se asoman con amplias sonrisas en sus rostros—. Sabemos que, de ahora en adelante, a diferencia de nosotros, no tendrás días de descanso, ¡así que será solo un vaso para ti, Akaashi! —Yukie se ve muy emocionada por el próximo viaje que planea emprender con Komi.

Dentro de todo resulta ser una cena agradable rodeado de las personas que ama —excepto alguien en particular— comiendo la misma comida que él ha comido durante toda su infancia, esa que ha comido durante toda su vida.

Al día siguiente, Keiji se despierta antes del amanecer, siguiendo el mismo itinerario que ayudó a Osamu a preparar antes de que se fuera. ¿Dónde estará ahora? Llegado este punto, ¿no sería mejor esperar? Él prometió volver y Akaashi quiere confiar en él con todo su corazón.

Pero puede que no esté en poder de Osamu la decisión de regresar o no.

Y si no se va ahora, no lo hará nunca.

Su abuela le prepara el desayuno. Ella se ve más vital estos últimos días, como si hubiese dejado de permitirse ser cuidada. Aunque no es como si alguna vez lo hubiese necesitado, como descubrió cuando se dio cuenta de que, incluso si le dejaba la mitad de su alijo de perlas, ella ya tenía dinero más que suficiente como para mantenerse durante sus últimos años. Keiji imagina que debería haberlo notado antes, teniendo en cuenta de que nunca le faltó nada y que, de niño, normalmente era complacido con cualquier comida extravagante que se le antojara; siempre y cuando todo pudiera conseguirse dentro de Fukurodani, por supuesto.

—No es como si no quisieras volver, así que deja de poner esa cara de preocupación —le regaña su Nana, mientras coloca arroz y pescado frente a él—. Además de que traerás a tu pirata contigo para que pueda cocinarnos.

—Eres tan buena cocinera como él —dice Keiji, sonriéndole.

—Sí, pero fue agradable que me mimen un rato.

Y al final, es ella quien lo acompaña hasta la carreta, donde Komi y Konoha ya lo están esperando.

El horizonte está pintado con nubes blancas y esponjosas. Keiji se cuelga su pequeño bolso con algunos cambios de ropa al hombro.

No lleva mucho, solo algo de ropa, un pequeño cuchillo que Kaori le regaló con expresión severa, además de una bolsita con una buena cantidad de perlas escondida al fondo de todo.

Siempre ha tenido todo lo que necesitó al alcance de la mano; nunca ha necesitado cargar con su vida a cuestas.

—Hasta pronto, querido —dice su Nana sonriendo.

Keiji simplemente la abraza, y también a Komi y a Konoha—. Más vale que encuentres a ese señor pirata tuyo.

—No es un señor pirata —resopla Keiji. Sube la pequeña escalerita hasta la carreta —si es que se le puede llamar así, ya que no es más que un carromato con techo— y se sienta junto a las otras dos personas que ya están en él. No pasa mucho tiempo antes de que el último pasajero, una figura encapuchada, suba.

Resulta ser un largo camino a través de la isla, o quizás no tanto, pero lo es para alguien que no ha salido de allí en toda su vida.

Después de una hora, se vuelve tedioso mirar por la ventana.

Las dos personas que ya estaban en la carreta antes que él le resultan familiares, aunque no es como que hayan cruzado palabras alguna vez. Después de un par de miradas superficiales, decide concentrarse en la otra persona restante.

Es un hombre particularmente alto. Sus largas piernas están dobladas incómodamente frente a él y lleva una capa gruesa que oscurece su cuerpo y rostro a excepción de un leve vistazo a la tez pálida de su barbilla.

—¿Necesitas algo? —Keiji se sonroja al verse atrapado. La voz del hombre es baja y suave, con un acento que no logra ubicar y un toque de aristocracia que lo desconcierta—. Te estoy hablando.

—L-lo siento-… —dice Keiji mientras el hombre se quita la capucha—. Solo estaba pensando en que no eres de la aldea, ¿verdad? —comenta, porque definitivamente sabría si fuese de Fukurodani; el hombre es alto e increíblemente pálido, con cabello rubio arena rizado sobre sus orejas y ojos como si fuese oro fundido. No, está seguro de que no lo ha visto nunca en su vida.

—No, no lo soy. —El hombre lo mira por un momento y luego aparta la mirada—. Fui a tu aldea a comprar perlas, pero aparentemente el comercio se extinguió hace algunos años y no pude ubicar a la única persona que aún bucea por ellas.

—Oh-… —Bueno, ¿acaso no es una forma afortunada de iniciar su viaje? Keiji intenta sonreír con amabilidad—. Ese soy yo.

La expresión previamente malhumorada del hombre se ilumina un poco—.  ¿No tendrás algunas contigo ahora mismo? —pregunta—. Es complicado llegar a tu aldea y sería una pena regresar a casa con las manos vacías. —Le tiende la mano a Keiji—. Soy Tsukishima Kei.

—Akaashi Keiji —responde, un poco cauteloso, pero de alguna manera no siente que el hombre frente a él pueda lastimarlo—. Y sí, tengo. ¿Cuántas…?

—Todas las que tengas. —El hombre se muerde el labio inferior—. Son para el vestido de novia de mi hermana.

Keiji lo mira con sospecha—. No creo que-…

—Tengo un amigo en la ciudad portuaria, él me dará todo el dinero que haga falta. —El hombre sonríe con los labios apretados—. No tenemos que negociar ahora mismo, podemos hacerlo cuando nos encontremos. Así también te aseguras de que no intentaremos estafarte.

—¿Cómo se llama tu amigo? —pregunta Keiji con curiosidad.

El rubio traga saliva, mirándose las manos cubiertas por la gruesa capa. Debe haber sido hecha a medida, porque ni siquiera deja ver la punta de sus zapatos—. Kuroo.

Un silencio incómodo se instala entre ellos, y Keiji solo atina a regresar la vista a la ventana y al polvoriento camino que transitan—. No deberías comerciar con él. —Oye susurrar a uno de los hombres que también viajan en la carreta—. Está maldito.

—Oye-… —Keiji se gira.

Tsukishima se sienta con la espalda recta, una arrogante mueca de burla adorna su rostro—. No le creo a los borrachos tontos —dice, arrugando la nariz en dirección al hombre que, de hecho, huele a alcohol—. Y tampoco creo en las maldiciones, así que mejor ocúpate de tus propios asuntos, aliento a ron.

El hombre baja la cabeza—. Gracias —dice Keiji en voz baja.

—No soporto a los idiotas —dice Tsukishima, y Keiji no puede evitar reír.

—¿Cuánto tiempo estuviste en Fukurodani? —pregunta, y Tsukishima de repente parece muy feliz de seguir conversando. Resulta que ha estado viajando por todas partes buscando buenas perlas para el vestido de novia de su hermana. Aparentemente, es heredero de una fortuna al norte de Karasuno, y resulta que está tan interesado en los libros como él, por lo que no hay escasez de temas para hablar. Es un alivio, el camino es realmente largo y hubiese sido insoportable estar en silencio todo el viaje hasta llegar a la ciudad portuaria, justo al anochecer.

Cuando se bajan, Tsukishima lleva a Keiji por una calle bien iluminada al final de la cual se puede ver el puerto—. Me reuniré con mi amigo en este bar —dice, deteniéndose de repente y señalando con el pulgar en dirección a un edificio cercano. Parece ser un lugar normal, brillantemente iluminado desde el interior y lleno de gente que no parece ser peligrosa.

—Oh, entonces-…

—Ahí está —dice Tsukishima, señalando a algún punto a sus espaldas.

Keiji se da la vuelta e inmediatamente sabe a quién se refiere. Un hombre alto y bronceado se acerca a ellos; viste pantalones anchos, botas de cuero y, a pesar del calor, lleva un abrigo de cuero que se ensancha en la cintura. Su cabello tiene una extraña forma de cresta negra inclinada hacia el lado derecho de la cara, cayendo sobre el parche que cubre su ojo derecho, justo encima de una amplia y malvada sonrisa. Casi parece…

Un pirata.

Sin embargo, ya es demasiado tarde. En el preciso momento en que se da cuenta, algo con olor dulce es presionado contra su nariz y boca, y comienza a ser arrastrado hacia un estrecho callejón al lado del bar. Keiji lucha, pero Tsukishima es sorprendentemente fuerte. Una vez que cubren su cabeza y su mente se nubla, sabe que ha perdido—. Lo siento, no es nada personal. —Oye decir a Tsukishima.

—Vaya, ¿te has encariñado con él, Tsukki? —Oye decir a una voz más profunda.

—Cállate, ¿dónde está el idiota-…?

—¿Lo atraparon? —Esa voz casi hace que Keiji se despierte, pero todavía se encuentra atrapado en la dulce oscuridad que envuelve su rostro.

—No… —Oye a Tsukishima vacilar—. No exactamente.

Hay un momento de silencio antes de que alguien más vuelva a hablar—. Esto es un error, Tsukki. —Dice la misma e imposible voz, pero para entonces, Keiji ya está inconsciente, soñando con el olor de Osamu y sus gruesos brazos a su alrededor.


Al menos los vientos soplan a su favor.

Osamu se inclina sobre la proa del barco, el nuevo Vixen —un barco de la armada el cual todavía no tiene idea de a quién robaron—, con los ojos fijos en las oscuras aguas que se dividen a su paso—. Este tipo debe ser bastante importante si estás tan malhumorado. —Oye la voz de Atsumu a sus espaldas. Ni siquiera intenta girarse a mirarlo, por supuesto. Su hermano nunca ha tenido tacto, por lo que no le importa—. Aww, el pequeño Osamu está enamorado. —Las risas de su hermano no bajan de intensidad en lo más mínimo mientras se gira a mirarlo.

—¿Acaso estás molesto por no poder pasar más tiempo cortejando a aquel brujo de mar? —dice otra voz desde las sombras, y luego Suna también camina hacia ellos. Ahora tiene una nueva cicatriz en la cara, justo al lado de la barbilla, y su cabello se ve aún más despeinado que lo habitual—. El cual, debo agregar, no quería tener nada que ver contigo.

La cara de Atsumu se amarga y Osamu agradece al cielo por el tacto que siempre le ha faltado a Suna—. No estaba interesado en ese bastardo de Sakusa con aspecto a calamar —sisea Atsumu con petulancia mientras se acerca para inclinarse sobre la barandilla con Osamu—. Simplemente no podía soportar su estúpida sonrisa. Necesita que lo bajen a tierra, o que-…

Suna también se inclina sobre la barandilla, apoyando sus huesudos codos sobre la madera brillante—. ¿Acaso no ves que aquí hay alguien con problemas reales ? —Choca su cadera contra la de Atsumu mientras resopla—. Podremos hacernos una escapada de ida y vuelta para ver a tu estúpido enamoramiento después de salvar a Akaashi de nuestros verdaderos enemigos, ya tendrás tiempo.

Ante esas palabras, se asienta la idea de que los bastardos del Panther probablemente tengan a Keiji. Osamu agarra la madera debajo de sus manos hasta que sus nudillos se vuelven blancos—. Voy a destripar a ese gato bastardo, y también al búho —sisea—. Hundieron nuestro barco y-…

—Mira, el sentimiento es compartido —dice Suna, una chispa de fuego cobra vida en su mano. Cuando Osamu presta atención, nota que ha encendido una pipa—. Pasamos todo este tiempo buscándote y juntando información sobre esos bastardos, incluso tenemos hasta sus nombres, pero aun así no estamos seguros de que ellos hayan-…

Las fosas nasales de Osamu se ensanchan. Inhala profundamente, con enojo. Su temperamento nunca ha sido el mejor—. Oh, sí, ¿y tú cuántos piratas bastardos con cabello blanco y negro conoces, Suna? —Chasquea la lengua e incluso Atsumu se estremece—. Porque sé de dos tipos que estuvieron buscándome y, dado que ustedes dos ni siquiera habían llegado hasta esa estúpida isla, solo puedo adivinar que era ese Búho bastardo el que-…

—Su nombre es Bokuto Koutaro —informa Suna, Osamu se congela—. Te lo digo para que no creas que nos hemos estado durmiendo en los laureles mientras tú vacacionabas con el buzo de perlas.

—Sí, y el otro bastardo es Kuroo Tetsuro —continúa Atsumu, todo mientras Osamu está en medio de un pequeño colapso—. Sé que no quieres saber cómo es que apenas logramos subir a un bote salvavidas que encontramos entre los restos pero, ¿cómo crees que conseguimos este barco? Esos bastardos no solo son una amenaza para tu novio, también son nuestros enemigos, y no solamente nuestros.

Osamu se gira a mirarlo, su respiración se entrecorta. Probablemente sea una coincidencia; muchas personas podrían llamarse Bokuto, además de que nunca supo el nombre de pila del chico. No hay forma que la maldita amenaza que representa ese hombre sea el mismo muñeco de peluche que Akaashi recuerda de su Bokuto—. ¿Intentas decirme que… tenemos un benefactor? —pregunta. Sus manos comienzan a temblar, pero al menos solo lo hacen hasta que Suna se acerca a ellos y le entrega la pipa, ofreciéndole la primera calada—. Supongo que eso explica el barco y las… eh… —Mira las dos brillantes espadas en la cintura de Atsumu.

—Así es. Esos bastardos secuestraron al hijo de un tipo rico en Karasuno hace seis meses. Nos está pagando una fortuna para que lo recuperemos —se ríe Suna—. Es un tal Tsukishima-algo. Estaba a punto de casarse con la hija de un Gran Mariscal y entonces, alguien vio el barco en el puerto y… —Agita sus manos—… puf.

El acre humo del tabaco quema la garganta de Osamu—. ¿Y ese imbécil no quiso pagar el rescate? —resopla—. No parece que le importe mucho su hijo.

Atsumu se ríe, agarrando la pipa de su mano. Esta se ilumina mientras le da una calada; es la única luz que tienen aparte de la linterna sobre el mástil de vigilancia—. Oh, sí que pagó, y todo lo que consiguió fue un muñeco de paja —se ríe—. Así que ahora está enfurecido, lo suficiente como para darnos una nave de la armada como esta. Es esa clase de gente rica. Además de que nos está pagando por hacer algo que de todos modos hubiéramos hecho. —La indiferencia de Atsumu hacia todo el asunto solo empeora las cosas. Pero Osamu también es consciente de que su hermano no ha conocido a Keiji, y nunca ha visto cómo sonríe, ni lo ha visto zambullirse desde un acantilado aterradoramente alto y luego emerger del agua con una sonrisa más preciosa que cualquier perla—. El único problema es que quiere a su hijo con vida, pero estoy seguro de que podremos lograrlo con esta clase de potencia de fuego.

—¿A expensas de Akaashi, quieres decir? Te recuerdo que ahora tenemos dos personas a las cuales alejar de sus garras —resopla con los dientes apretados. Gira la cabeza hacia a un lado para mirar a Atsumu—. Todo esto es culpa tuya, si no nos hubieras presionado para que robemos ese estúpido reloj de sol…

—Oh, piénsalo. No es que ellos estén al tanto de que él tiene algo que ver contigo —dice Suna, tratando de aliviar la tensión—. Podríamos tener ventaja.

Osamu sabe que ellos no están al tanto del contexto completo, pero él sí, y no puede evitar que sus entrañas se agiten y estallen en una ira candente—. Es una aldea de mierda que apenas tiene como tres calles —dice, inclinándose tan cerca de su hermano que hasta logra ver las pecas en su nariz a pesar de la oscuridad—, y está llena de idiotas. Ellos lo odian. Lo venderán a la primera oportunidad que tengan, antes de siquiera estemos cerca de llegar a ese estúpido lugar. Y ya sabes lo que ese gato bastardo-…

—Para ser justos, no encontramos a ningún testigo que estuviese allí cuando él les hizo eso a aquellos ladrones —dice Suna—. Pero igual hay algo que podría darles una ventaja sobre nosotros: Bokuto-…

El corazón de Osamu se hunde aún más, tiene una clara idea de lo que Suna está por decir, y no le gusta ni un poco—. El Búho bastardo.

—Sí, ese. Bueno, él también es de esa aldea de mierda —completa Atsumu. La pipa en la mano de Osamu cobra vida nuevamente—, así que probablemente sepa dónde está cada uno de esos arrecifes de los que hablas.

No está seguro de que el hecho de que este tipo, Bokuto, esté vivo, sea algo bueno; si bien no es algo bueno para ellos, tal vez lo sea para Akaashi.

Y eso es lo que más le asusta.


Cuando Keiji despierta, lo primero que piensa es que nunca antes había tenido un sueño tan vívido.

El olor en sí es perfecto; le recuerda a las hogueras en la playa hechas con madera balsa quemándose en colores azul y verde por la sal, le recuerda a correr por el sendero de la jungla hasta su cabaña, riendo hasta que le duele la barriga.

Acaricia y acerca la suave almohada debajo de él, y es ahí cuando nota el balanceo.

Sería imperceptible para cualquier otra persona, pero estamos hablando de Keiji, y él lleva el mar en los huesos.

Se levanta de un tirón, arrojando hacia algún lado la fina y fresca sábana con la que estaba arropado. El camarote está bañado por la luz del sol y todos los colores son tan vívidos que hacen que le duela la cabeza. Parpadea para quitarse el sueño de los ojos y su respiración comienza a surgir en rápidas bocanadas una vez que los recuerdos llegan; la carreta, Tsukishima, el pirata, los piratas—. ¡Estás despierto!

Y esa voz.

En un taburete al lado de la estrecha cama, justo al lado de en donde estaba apoyada su cabeza, hay un fantasma.

Cualquier certeza de que todo sea real se vuelve dudosa, por lo que solo se limita a observar.

Nunca antes había soñado con Bokuto como pirata. Como pescador, seguro; como panadero, más de una vez. Incluso hubo una ocasión en la que vio un oficial naval en la ciudad y sus sueños estuvieron plagados de vívidas y brillantes imágenes de su enamoramiento de la infancia vestido con uniforme de color azul marino con blanco. Pero todo se reduce a sueños, sueños de lo que pudo haber sido y pero nunca fue, porque Bokuto se ahogó. Se ahogó, y el mar nunca le devolvió ni una sola pieza de él.

Bokuto se ahogó.

Y, sin embargo, está sentado allí mismo. Es un espejismo que viste botas que le llegan hasta las rodillas y pantalones verde oscuro que se ciñen en algún punto de su cintura. Los muchos, muchos cinturones que cuelgan sueltos a su alrededor tintinean con sonidos metálicos. La camisa blanca debajo de su chaleco es impecable y acentúa su piel bronceada y sus ojos color miel.

Se ve bien, se ve saludable—. No estás realmente aquí, ¿verdad? —Keiji jadea, deslizándose lo más atrás posible en la cama—. Debo estar muerto o algo así.

La boca de Bokuto se abre y se cierra varias veces como la de un pez—. Kaashi, yo… —Se tambalea hacia adelante, apoyándose en la cama—. Realmente soy yo. No estoy muerto, no morí aquella vez, ocurrió otra cosa. —Sus ojos recorren el rostro incrédulo de Keiji—. ¿… Cómo puedo demostrártelo?

Los labios de Keiji tiemblan—. No puedes. Todo lo que dices probablemente sea mi imaginación.

El pirata se acerca aún más, su mano cubre la de Keiji. Es cálida, es sólida, y es real—. Kaashi.

Esto no es un sueño.

No es un sueño.

La bilis sube por su garganta, llenando su pecho con pura ira. Lo siguiente que sabe es que se ha lanzado hacia adelante para empujar a Bokuto lejos de su espacio personal—. Bastardo. —Aprieta las sábanas con tanta fuerza que siente que podría hacer agujeros en ellas—. ¡Tú… bastardo! ¡¿Estuviste ahí afuera todo este tiempo?! ¡¿Siquiera tienes una idea de cuánto me-… de cuánto nos hiciste sufrir?! —Bokuto lo alcanza nuevamente y Akaashi aleja sus bien intencionadas manos—. Te busqué, te esperé todos los días y…

Sus ojos arden, por lo que gira la cabeza y mira hacia otro lado, en dirección a las ventanas del camarote; el mar es de color azul profundo y a la distancia logra ver una isla. Los familiares acantilados de Fukurodani lo saludan a la lejanía, fuera de su alcance. Nunca antes había llegado tan mar adentro.

—No era mi intención —dice Bokuto con seriedad. Rápidamente alcanza el hombro de Keiji y lo rodea con su enorme mano—. Fuimos capturados por esclavistas. Me llevaron tan lejos, Kaashi… Nos tomó un año entero liberarnos de ellos, y luego…

—Han pasado siete años —sisea Keiji, sacudiéndose la mano—, y yo- yo- yo- no tengo tiempo para esto. Estaba en medio de un viaje, necesito-…

Se oye un fuerte crujido y la puerta a espaldas de Bokuto se abre—. Oh, tu amigo está despierto —dice un hombre alto y guapo, con una mata de pelo que no le sorprendería si estuviera viva. Es el mismo sujeto que recuerda de la ciudad, el que vio justo antes de que Tsukishima lo noqueara—. Tsukki jura de arriba abajo que él es el que vivió con Miya, pero supongo que él mismo puede respondernos eso. —Luce bastante presumido mientras se inclina hacia el marco de la puerta, con la cadera apuntando hacia el lado contrario—. A menos que esa sea la verdad, claro, entonces seguramente prefiera mantener la boca cerrada.

Keiji lo mira, apretando los dientes—. ¿Y quién dice que tienes derecho de pedirme algo? —pregunta—. Ustedes solo son unos desconocidos que me engañaron y secuestraron, no les debo nada.

—Bueno, quizás te estemos alojando en el camarote de Bo, pero técnicamente sigues siendo nuestro prisionero. —Su sonrisa se ensancha—. Soy Kuroo Tetsuro, por cierto. —A diferencia de Bokuto, no viste chaleco, y los pantalones los lleva metidos dentro de las botas de cuero, que, ahora que lo nota, tienen un patrón de escamas muy interesante y son de color rojo oscuro. Sobre su pecho, lleva colgado un pesado medallón dorado—. Capitán de este barco.

—¡Este mes! —Bokuto bufa antes de volver su mirada a Keiji—. Nos intercambiamos. Y Kaashi claramente no tiene nada que ver con ese-…

Tomando aire, Keiji resopla—. ¿Y tú qué sabes? —grita en dirección a Bokuto—. ¿Qué te importa? ¿Y si así fuera, qué?

Durante todo ese tiempo, pensó que estaría encantado si de alguna manera no fuera cierto lo de que Bokuto estaba muerto. Durante todo ese maldito tiempo.

Excepto que nunca pensó que en realidad sucedería, porque en su mente, Bokuto habría luchado por volver a Fukurodani, a su familia, a sus amigos, a él. Su Bokuto hubiese atravesado todo un océano para regresar. El extraño frente a él no es la misma persona que desapareció una mañana brumosa hace siete años—. Porque esos bastardos-… Porque ellos se llevaron-… —Bokuto tropieza con sus palabras—. Kaashi, sé que estás enojado, pero no es tan fácil. Pasaron cosas que-…

—Lo que quiere decir —interviene Kuroo con un suspiro exasperado—, es que no eres el único con problemas. Los Miya nos robaron cierto artefacto luego de todo el trabajo que nos costó conseguirlo. —Se aclara la garganta—. Es inútil para ellos, solo una baratija. Pero nosotros lo necesitamos, y ellos lo saben. Es por eso que nos lo robaron justo frente a nuestras narices. Nos obligaron a un enfrentamiento, por lo que hundimos su barco, y aun así no quisieron devolverlo. —Mira a Bokuto, transmitiendo algo que claramente debe permanecer en silencio—. Hemos estado buscando a esos bastardos desde entonces. Sé que ustedes tienen mucho de qué hablar, pero si nos pudieras decir dónde están Osamu y los demás-…

No — dice Keiji, desafiante.

Bokuto parece sorprendido—. Akaashi, tú… ¿Qué…?

—Ah, entonces lo sabes. —Kuroo sonríe—. Bueno, tenemos tiempo. Estoy seguro de que a Bo no le importará que pases un par de días extra en su habitación.

—Bueno, pero a mí sí me importa —informa Keiji—. Me tengo que ir.

—Para ver a ese Miya, seguro —bromea Kuroo—. Quizás deberíamos dejarlo ir —dice mirando a Bokuto, quien responde con un quejido ahogado.

Las entrañas de Keiji se retuercen, mierda—. Bueno, por lo visto sí son piratas. —Espeta la palabra como si fuese veneno; bastante hipócrita de su parte, lo sabe, pero no puede concentrarse en presencia de Bokuto y necesita pensar—. Si no me van a torturar o algo así, será mejor que se vayan.

Ambos hombres intercambian una mirada y se retiran por la puerta. Keiji logra escuchar el sonido de un pestillo exterior que traba la puerta justo después de que salen.

Mierda.

Necesita encontrar una manera de escapar y advertir a Osamu.

Lo último que quiere es ser una carga para él.


Bien, es posible que Kei no sea el perfecto modelo de solidaridad.

Pero Akaashi también parecía ser una persona decente mientras conversaban en la carreta. Y no es que tenga nada más que hacer ahora que Bokuto y Kuroo han decidido esperar a ver si los Miya aparecían… o si el buzo de perlas confesaba.

Ambas cosas parecen igual de improbables, pero él no es quien toma las decisiones ahí, y estar inactivos por un tiempo también es algo bueno.

Aunque, cuando entra a la habitación de Bokuto —donde Akaashi ha estado confinado desde que llegó— y se encuentra con una mirada que podría congelar el infierno, piensa que tal vez debería chequear nuevamente su instinto de conservación—. ¿Tú eres el que me va a torturar? —pregunta, con una ceja perfectamente arqueada en su dirección—. Ciertamente no te ves capaz de hacerlo, pareces más un terrón de azúcar.

Kei se sobresalta; le toma un segundo recuperar la compostura—. ¿Y tú no eres un rayito de sol? —dice secamente—. Si piensas tan mal de nosotros, entonces estás ciego—. Hace un gesto con la cabeza en dirección hacia el resto del camarote.

Akaashi, quien está sentado en la cama, cubierto hasta la cintura y con un libro en mano, resopla—. Solo sé que Bokuto-san es dócil, y siempre ha sido débil a la culpa. —Entonces lo mira con más dureza—. Pero no confío en el otro tipo, además de que tú también me mantienes cautivo. Incluso si me dan ropa de cama decente, ustedes fueron los que hundieron a Osamu y a su hermano en el mar.

—Eres un horrible juez de carácter —bufa Kei, más que un poco ofendido en nombre de Kuroo, pero sin estar dispuesto a demostrarlo—. Y ese no era realmente yo… Además, si los Zorros hubiesen respetado el trato que tenían con Kuroo, no hubieran terminado en el fondo del mar.

No es fácil defender algo que no entiende o algo en lo que no cree. Kei nunca entendió la decisión que tomó Kuroo de dispararle al Vixen en ese entonces y, a este ritmo, probablemente nunca lo entenderá. Lo único que Kuroo le dejó saber es que fue una decisión tomada por pura desesperación.

Pero sigue siendo una estupidez.

Akaashi se encoge de hombros, sus ojos se desvían para mirar por la ventana—. Bueno, caí rendido con tu actuación, así que debe haber algo de verdad en eso—suspira—. ¿Ya terminaste? No te voy a decir nada.

—Y también te enamoraste de un Miya — agrega Kei, indiferente, pero con veneno—. Nunca he conocido a nadie tan dispuesto a perder la vida por algún pirata al azar luego de que este lo abandonara. Si me preguntas, dudo que venga a rescatarte, incluso sabiendo que te tenemos cautivo.

La provocación es demasiado obvia; es posible que esté perdiendo su toque. Debe ser por estar tanto tiempo alejado de todos esos aburridos aristócratas que realmente se ofenden con sus comentarios.

De todas maneras, su papel aquí no es el de interrogar. Como le dijo Kuroo una noche, haciendo fondo con una botella de ron; él es una brújula. Esa es la única razón por la que sigue con ellos.

—No lo hará. —Los hombros de Akaashi se hunden, sus ojos, sin embargo, siguen siendo desafiantes—. Espero que no lo haga. Espero que salgan de todo esto con las manos vacías.

Para alguien que —de acuerdo con lo que averiguó cuando se escabulló en esa pequeña aldea— nunca ha salido de esa isla, Akaashi tiene agallas. Es un poco irritante, pero también es algo admirable—. No estarías en esta situación si tu amado Miya no nos hubiera robado. ¿Acaso estás tan miope que no logras ver todo desde otra perspectiva?

—Oh, bueno, tú también eres bastante hipócrita —murmura Akaashi, mirando directamente a las gafas de Kei—. Y ustedes son piratas, ¿no?

—Incluso entre piratas-…

—Si dices algo sobre el honor, te patearé —resopla, clavando sus ojos sorprendentemente azules en Kei—. Incluso si eso hace que ese sujeto con cabello de erizo de mar me haga caminar por la tabla.

Kei no puede evitar reír; está bien, Kuroo se ve exactamente así, pero sigue siendo ridículo—. Ellos también me secuestraron, ¿sabes? —informa, y técnicamente no es mentira—. Podrías dejar de actuar como si te hubieran arrancado las uñas.

Por un momento, Akaashi titubea, pero luego su mirada regresa con más fuerza— ¡¿Entonces por qué no me dejas ir?! —estalla—. Han pasado tres días y Osamu no tiene forma de saber que estoy aquí.

Racionalidad, otra cosa que Kei admira de él—. Bueno, Bokuto tiene un presentimiento —dice, rodando los ojos para demostrar lo ridículo que suena eso, y Akaashi se ríe en voz baja—. Además de que sería una molestia regresar hasta allá.

—No es la primera vez que se equivoca.

—Si estás tan enojado con él, podrías dejar de dormir en su cama. —En parte, Kei está aprendiendo cuánta animosidad es capaz de tener ese hombre, y en parte está molesto consigo mismo por estar a punto de defender al búho—. No estaba en una posición en la que le fuera tan fácil regresar, ¿sabes? No escapas de esclavistas con los bolsillos precisamente llenos.

El rostro de Akaashi se arruga—. Sé que-…

Hay un tímido golpe en la puerta antes de que la cerradura haga clic y esta se abra—. Akaashi, por favor no tires cosas-… Oh, Tsukki, estás aquí —dice Bokuto, mientras entra con una bandeja llena de alimentos de desayuno.

—Oh ho, ¿ustedes se hicieron amigos? —dice Kuroo, apareciendo detrás del búho.

—Experiencias compartidas, supongo. —Kei se encoge de hombros, aunque eso no fuese en absoluto lo que estaba ocurriendo.

Kuroo se ríe, con una voz fuerte y profunda, y Kei se retuerce en el taburete en el que está sentado. Esa risa… le genera cosas que no le gustan—. Oh, vamos, apenas te secuestramos. —Nota como los ojos de Akaashi se desvía a la puerta abierta detrás de él y la cierra con cuidado—. Apenas te habíamos subido al carruaje y ya nos estabas diciendo que seguirías el juego si te sacábamos de Karasuno.

Detrás de él, Akaashi se ríe de nuevo—. Al final no somos tan similares, ¿eh?

Kei solo mira a Kuroo con el ceño fruncido.

—Oh, no te lo tomes así, Kaashi —interviene Bokuto.

Una pausa incómoda se instala en el camarote y alguien se aclara la garganta—. Es posible que regreses con Miya antes de lo que crees —dice Kuroo, y los ojos de Akaashi se agrandan.

—¿Qué?

La sonrisa de Kuroo se ensancha un poco más—. Bueno, alguien acaba de verlos llegar a la aldea. ¿O acaso pensaste que nos marchamos sin dejar al menos a un espía allí? —Se encoge de hombros—. Si realmente no es un idiota, nos devolverá el reloj de sol y nosotros podremos seguir nuestro camino.

—Pero él-… —Akaashi cierra la boca con fuerza y niega con la cabeza—. Él no tiene ningún reloj de sol.

Kuroo se encoge de hombros—. Su hermano lo tiene. De todos modos, solo les envié un pequeño mensaje para que no tengas que estar con nosotros por mucho más tiempo. Vamos, Tsukki. —Hace señas a Kei para que salga por la puerta, con una amplia sonrisa en su rostro.

Es el momento perfecto para irse. Akaashi se ve furioso, y Kei no tiene intención alguna de ser atacado por un buceador de perlas rebelde.

Bokuto, quien ha estado merodeando detrás de él, con la bandeja en sus manos, debe querer hablar con el buzo de perlas a solas, por lo que Kei acata su señal para irse con el hombre de cabello oscuro.

Tan pronto como la puerta se cierra a sus espaldas, Kei susurra—. No creo que debamos dejarlos a solas.

—Lo sé, Bo está destrozado. —Baja la vista antes de continuar—. No ha estado durmiendo mucho últimamente.

Kei resopla—. ¿Acaso no es obvio? —Encuentra su mirada con los ojos color avellana de Kuroo por un segundo—. Realmente espero que lo que sea que consigas con ese reloj de sol valga la pena.

Es un tema sensible entre ambos. Kei siente infinita curiosidad al respecto, y también algo de enojo; deben existir montones de otros tesoros, pero aparentemente algo muy preciado para Kuroo solo puede ser recuperado intercambiando ese maldito reloj de sol, además de que este se cierra como una almeja cada vez que le pregunta. Ocurre lo mismo en esta ocasión—. Lo único que importa es que pronto lo conseguiremos.

No es que Kei tenga algún tipo de código moral ni nada de eso, pero por alguna razón, el alivio en el rostro de Kuroo le enoja—. Si tu mejor amigo no se derrumba por la culpa primero. —No puede evitar sisear.

Cuando Kuroo levanta la mirada, casi parece algo herido—. ¿Estás seguro de que ellos lo tienen?

Kei asiente.

Dicen que es una especie de brújula y que puede encontrar cosas que nadie más puede. Esa es la razón por la que Bokuto y Kuroo no lo abandonaron en el primer puerto que encontraron luego de que su padre pagara el rescate. En una ocasión, hubo una pelea en un bar después de una noche de borrachera y él terminó siendo el único que pudo encontrar a cierta persona en medio de una ciudad desconocida.

Todo lo que sabe es que tiene la sensación de que el maldito reloj de sol está en poder de Miya Atsumu.

Y solo ese pequeño hecho es suficiente para hacer sufrir a mucha gente.


Koutaro se demora un tiempo, ha estado tratando de hablar con Akaashi durante días.

Y Akaashi no quiere escucharlo.

—Lo siento —dice, por millonésima vez—. Realmente no quiero que me odies, Akaashi. Eras mi mejor amigo.

—Bueno-… —La persona cuyo recuerdo literalmente lo ayudó a pasar todas esas largas noches en el desierto mira a su alrededor. En ese momento parece demasiado pequeño, derrotado y agotado—. Si realmente lo lamentaras… —Akaashi lo mira fijamente—… me dejarías ir.

Koutaro suspira. No es así de simple; incluso si no hubieran volado en pedazos el barco de los zorros, seguiría sin ser simple—. No puedo —suspira—. Me pasaron muchas cosas. Tengo deudas que-… Kuroo me ayudó a escapar. Le debo la vida por ayudarme. Prometí que lo ayudaría… —De verdad desearía poder dejar ir a Akaashi. Incluso desearía poder volver a la aldea, saludar a sus amigos, a sus tíos… pero no hay tiempo para eso. Quizás pueda hacerlo en el futuro, pero no ahora.

—Nos debías al menos una carta o, no sé, algo —dice Akaashi, cruzando los brazos sobre su pecho mientras Koutaro coloca la bandeja sobre sus piernas—. Todos pensamos que estabas muerto.

—¡Lo sé, pero para cuando pude enviarla ya era demasiado tarde! —explica—. No puedo contarte todo, pero pensé que todos estarían bien. —Realmente lo pensó, y siempre planeó volver. Pero sucedieron cosas, cosas que no podía ignorar. Al estar a un continente de distancia y quizás un poco más, las cosas siempre parecían complicarse cada vez que tenía posibilidad de hacerlo—. Siempre fuiste tan fuerte, Kaashi. No pensé que te lastimaría tanto…

—Yo-… —Akaashi baja la mirada, con los ojos ensombrecidos, lejos de los ojos de Koutaro—. Me importabas, y eso realmente me hirió. —Vuelve a levantar la mirada, sus ojos están húmedos, rojos, y Koutaro quiere llorar—. Si no me vas a dejar ir, al menos déjame a solas —dice con firmeza, e inmoviliza a Koutaro con la mirada.

Es entonces cuando se da cuenta de que, tal vez, cualquier oportunidad que tendría de regresar a casa se perdió cuando, en medio del desierto, prometió su ayuda y su vida a Kuroo.


La cabaña está vacía, bien cerrada. Osamu logra entrar por una de las ventanas luego de trepar por una palma, ganándose unos raspones, con la esperanza de encontrar a Akaashi tomando una siesta en su cama. Pero no está. Luego hace lo mismo con el piso de Miyuki, pero sin trepar, y el panorama es aún peor; no hay ningún color, no queda ninguna de las queridas figurillas o mantas tejidas a gancho que recuerda haber visto allí.

—¿Qué diablos pasó? —murmura para sí mismo, al mismo tiempo que sale por la puerta principal. No hay señales de lucha o algo por el estilo, pero no puede evitar temer lo peor.

Y luego, por supuesto, sucede lo peor.

Necesita solo una mirada, una simple mirada para identificar el barco anclado más allá de los amados arrecifes de Akaashi.

Fue una carrera llegar hasta allí. Aún con el barco de la armada y el viento a favor, les tomó casi tres días de navegación sin escalas. Incluso trató de convencer a Kita de tomar la ruta alrededor de la isla, pero sin saber dónde estaban exactamente los arrecifes más grandes, no era lo más seguro. Además de que habrían visto venir al Vixen desde millas de distancia.

Estaba bastante molesto al respecto, pero ahora tienen ventaja.

O eso quiere creer.

El barco de la armada es llamativo, y no fue muy sutil que usara las perlas de Akaashi para comprar los cuatro caballos menos cansados que encontró en la ciudad portuaria para cabalgar sin descansar hasta Fukurodani. Pero no había otra manera de llegar lo suficientemente rápido.

Aun así, al menos no son tan conspicuos como los idiotas que merodean en un barco tan negro como el alquitrán más allá de los arrecifes, con las velas bajas como si simplemente estuvieran disfrutando del buen clima.

Cuando se reagrupa con los demás en la aldea, después de haber corrido cuesta abajo por el sendero de la jungla, transpirando por el ambiente húmedo, el primer y único lugar al que se le ocurre ir es a la posada.

Lamentablemente, se destacan como una palmera en el desierto.

Konoha no parece muy feliz al respecto.

Aunque eso puede deberse a que, en lugar de uno, ahora hay cuatro piratas en medio de la posada de su familia.

—No estabas mintiendo —grita Atsumu, paseando de un lado a otro de la habitación—. Es una aldea bastante atrasada, ¿cómo te las arreglaste para vivir aquí durante casi dos meses, Samu?

Konoha frunce el ceño y Osamu se gira a mirarlo con una expresión de disculpa—. Traté de dejarlo en el barco —resopla—, pero tenía apuro así que…

—¿Qué mierda-…? —Konoha mira a los otros clientes, entrecerrando los ojos—. ¿Podemos tener esta conversación en otro lugar? —pregunta, indignado.

Como si fuese una señal, Kaori se asoma desde la cocina—. Por aquí —dice, inusualmente seria—. Están asustando a los otros clientes.

La pequeña cocina en la que Osamu pasó el último mes trabajando parece aún más pequeña teniéndolo a él junto con Atsumu, Suna y Aran, además de Kaori y Konoha abarrotados en ella. Mira a su alrededor con nerviosismo; las expresiones de ambos son bastante serias—. ¿Pasó algo? Akaashi no está en su cabaña, ¿dónde está-…?

—Akaashi salió a buscarte hace cuatro días —lo interrumpe Konoha—. En serio, ¿no podrían coordinarse o algo así? —suspira—. De haberlo sabido…

—¿Cómo podrías saberlo? —Atsumu interrumpe—. ¿Acaso eres vidente o algo así?

—Cállate —sisea Osamu, y siente como si le hubieran quitado un peso del pecho; si Akaashi se fue, es poco probable que la tripulación del Panther lo encuentre—. ¿Estás seguro de que se fue antes de que ese barco espeluznante apareciera en los acantilados? —pregunta, porque necesita asegurarse.

—Sí, justo el día anterior. —Konoha se encoge de hombros—. Dijo que quería alcanzarte antes de que llegaras al estrecho…

—Nunca llegué al estrecho —responde Osamu—. Llegué hasta Nohebi porque no pude encontrar ningún barco que no tomara la ruta larga.

Al parecer, Akaashi decidió salir a buscarlo casi al mismo tiempo que él se encontraba con Atsumu y los demás; fue solo cuestión de suerte—. Al menos está a salvo. ¿Dijo cuándo iba a regresar? Digo, en caso de… —Mira fijamente el rostro de Konoha—. En caso de no encontrarme…

—Dijo que enviaría una carta. —Se encoge de hombros—. Pero, como sabes, aquí las cosas tardan un poco en llegar.

—Mierda. —Osamu suspira antes de darse la vuelta y apoyarse en la mesa de picar— ¡Mierda!

A sus espaldas, oye que Aran se acerca—. ¿Has visto a alguien sospechoso en la aldea? —pregunta—. Bien podríamos atacarlos ahora que están a nuestro alcance. Podemos planear una emboscada, pero no funcionará si saben que estamos aquí.

Kaori se encoge de hombros—. Bueno, solo puedo pensar en el chico rubio del otro día, definitivamente no era de por aquí. —Coloca un dedo en su barbilla—. Pero eso fue antes de que Akaashi se fuera, y desde entonces no lo he vuelto a ver.

—Bastante descriptivo —se queja Suna desde donde está apoyado contra la pared—. ¿No recuerdas nada más?

La frente de Kaori se arruga mientras intenta recordar—. Bueno, es como-… —Sin embargo, nunca llega a terminar la oración porque es en ese momento que suceden tres cosas al mismo tiempo: la gran olla de cobre que perteneció a la abuela de Konoha y Kaori se cae de la pared en la que estaba colgada con un fuerte estrépito debido a que Atsumu se ha pasado gran parte de la conversación hurgando en ella, un pájaro grazna ruidosamente a las afueras de la posada, y alguien comienza a golpear con fuerza la puerta de la cocina.

—¡Kaori-san! ¡Tengo una carta para tus amigos! —grita la voz de un niño—. ¡Abre!

Osamu reconoce la voz: es uno de los niños de la aldea conocido por hacer pequeñas tareas a cambio de dinero—. ¡¿De qué estás hablando, bribón?! —grita ella en respuesta, nerviosa—. Solo estamos Aki y yo aquí. ¿Quién te dijo que la trajeras?

El niño resopla—. Un tipo con un abrigo de cuero. Dijo que era para tus amigos zorros, ¡y dijo que estaban aquí contigo!

Y ellos que creían tener la ventaja. Osamu gime, echando la cabeza hacia atrás—. Todo esto es culpa tuya, bastardo codicioso —dice, girándose hacia Atsumu.

—¿No me has molestado lo suficiente ya? —Atsumu sisea, pero su mano ya está dirigiéndose a su espalda. Podría ser un niño o toda la tripulación del Panther. Todos los demás hacen lo mismo, e incluso Kaori agarra un cuchillo de uno de los estantes.

—¡Ya voy! —dice.

Debe ser toda una escena: seis personas adultas con varias armas en mano, enfrentando a un niño de doce años con un diente roto que les tiende un sobre grueso.

—¿Estos son tus amigos zorros? —pregunta el niño con los ojos muy abiertos—. Dan miedo.

Atsumu se inclina sobre Kaori y arrebata el sobre de la mano del niño. Arranca la parte superior, demasiado impaciente para molestarse en despegar el sello de cera, y luego saca el papel de adentro. Cuando la envoltura golpea el suelo, hace un ruido sordo.

Un ruido familiar.

Se inclina y toma el sobre en sus manos; se siente más pesado que un sobre normal y hay algo abultado dentro—. Oye, Samu-…

Pero Osamu ya está ahí, buscando lo que sea que esté dentro del sobre y sacando una perla opalescente, perfectamente redonda—. Lo sé, Tsumu —dice con calma.

Luego da media vuelta y golpea la pared.

 

Zorros.

El buceador de perlas navega con nosotros.

En la playa frente a los acantilados. Mañana al amanecer.

Miya no rubio, ven tú solo.

No intentes nada estúpido.

—Kuroo Tetsuro.


Todo lo que Keiji entiende es que Osamu está frente a él.

Nota que lleva ropa mucho más gruesa y resistente que antes, a excepción del día en que lo encontró, y que también tiene una espada en la cadera, aunque eso es un consuelo. Simplemente encuentra su mirada con esos ojos grises al otro lado de la playa y tiene que evitar dar bandazos hacia adelante y chocar contra la espada de Kuroo.

Sí, la espada apuntando directamente a él.

Al menos no hay nadie más a su alrededor. Su cabaña, la única casa que conoce, está en algún lugar a su derecha, pero no se molesta en observarla. El hecho de que realmente cortó el cordón umbilical con ese lugar cuando salió de la aldea por primera vez en su vida lo golpea como un martillo, como el frío del mar chocando contra su cara después de una mala inmersión.

—¿Estás bien? —grita Osamu, dando dos desaconsejables pasos hacia adelante—. Estos bastardos no te lastimaron, ¿verdad?

Las mejillas de Keiji se colorean, y apenas entiende por qué. Después de todo, ha pasado los últimos días acostado entre sábanas de seda y comiendo comidas calientes perfectamente adecuadas, pero no es como si él lo hubiese pedido, por lo que se propuso a estar infeliz y enojado todo el tiempo.

Kuroo, a sus espaldas, se pone rígido, y es Tsukishima quien da un sensato paso adelante—. Deja el reloj de sol allí —dice, señalando un punto anodino en la arena junto a una roca—, luego lo dejaremos ir. Como ves, Akaashi está ileso. —Y luego murmura entre dientes—. Aunque no es que él haya sido de ayuda con eso.

Lo cual es muy cierto, pero Keiji sigue resentido de todas maneras—. Estoy bien.

—¡Me alegro! —grita, con toda la convicción que puede reunir, a pesar de que sus rodillas se sienten como gelatina.

—No estoy herido —Y tiene que morderse la lengua para evitar gritar el nombre de Osamu. Por alguna razón que no obedece a la lógica, no parece apropiado llamarlo cuando el que este se acerque podría significar la perdición para ambos. Es muy consciente del hecho de que la tripulación del Panther está esperando fuera de vista, en pequeños botes justo detrás de los acantilados, listos para recibir la señal del Capitán.

Estamos hablando de piratas, por lo que las cosas se pueden ir al demonio en cualquier momento, y Keiji…

Lo siento —dice Osamu, caminando cuidadosamente hacia adelante, sosteniendo una cosa amarilla en su mano levantada justo al lado de la cabeza. Un signo universal de rendición.

Keiji puede sentir su corazón en la garganta, y quizás también lo sienta dentro del pecho de Osamu.

Puede que solo lo conozca desde hace unos dos meses, pero ese exacto momento se siente como el más importante de sus vidas.

La caminata parece durar una eternidad, aunque en realidad no es un tramo de playa particularmente largo el que recorre Osamu—. ¿Tu compañero no debería también acercarse con Akaashi? —refunfuña, inclinándose para colocar el reloj de sol al lado de la piedra.

Kuroo se ríe—. Estoy seguro de que ese reloj de sol no se escapará, a diferencia de tu Akaashi. Además, no es como si fuera de utilidad para nosotros —gruñe—. Además, Kei es bastante delicado, no quiero que esté cerca de ti más de lo necesario. —Dios, este tipo tiene los dientes más blancos y la sonrisa más molesta que Keiji jamás haya visto—. Ahora aléjate, Miya. Kei, trae el reloj de sol.

A regañadientes, Osamu obedece, aunque Keiji puede decir —por la forma en que su torso se inclina hacia adelante y su mano se dirige hacia la espada en su cadera— que está más que listo para correr hacia adelante y rescatarlo. Ha probado la resistencia de la soga que ata sus muñecas en numerosas ocasiones a lo largo de la última hora, pero no puede evitar volver a intentarlo, haciendo una mueca de dolor al sentir su piel en carne viva—. Paciencia. —Escucha que Tsukishima murmura a sus espaldas, pero el rubio continúa presionando ligeramente la espada contra su riñón izquierdo.

Alguna señal silenciosa y sutil debe pasar entre Tsukishima y Kuroo, porque entonces el rubio le da un codazo en el hombro, acercándolo en dirección a Osamu.

Más cerca, más cerca, y si no fuese por el agarre sorprendentemente firme en su hombro, ya estaría corriendo.

Tan pronto como llegan al reloj de sol, Tsukishima se inclina para recogerlo y, justo después, Keiji siente un tirón en sus ataduras. La espada, antes presionando su espalda, corta la cuerda y esta cae al suelo.

Duda por un segundo, volviéndose a mirar a Tsukishima, quien ya está dando un tentativo paso hacia atrás.

Vuelve la mirada atónita hacia Osamu, quien tiene una mano extendida en su dirección.

Pero las cosas no podrían terminar así, ¿verdad?

Puede que no sepa nada del mundo más allá de esa pequeña isla, pero sabe lo suficiente como para entender que las disputas entre piratas no terminan así de fácil.

No obstante, no puede evitar sentir que su pecho se llena de calidez cuando da el primer paso hacia adelante. Sin embargo, una parte de él se siente fría y arrepentida. Si bien todavía cree que su enojo con Bokuto está completamente justificado, tal vez no deberían haberse separado en esos términos.

Aun así, Osamu está frente a él, con el mar lamiendo sus pies.

Da otro paso hacia adelante y es entonces cuando suena el atronador disparo de un mosquete.

Por supuesto que no podía terminar todo tan fácilmente.

Solo le toma un segundo mirar hacia atrás y enfocar la vista en Kuroo, quien se agarra un hombro ensangrentado, y luego hacia la entrada un tanto oculta al sendero de la jungla por donde puede ver que más personas — piratas— comienzan a emerger. Uno de ellos se ve exactamente como Osamu, solo que con el cabello desteñido hasta ser de un rubio arenoso.

Y al segundo siguiente, un cuerpo delgado y veloz lo captura repentinamente por la espalda. Es entonces cuando logra ver un destello plateado junto a su garganta—. ¿De verdad tu chico tuvo que hacer esto más difícil de lo necesario? —Tsukishima grita.

En algún lugar a su derecha, oye a Osamu gritar—. ¡Detente!

—Oh, como si toda tu tripulación no se estuviese escondiendo detrás de los acantilados —resopla Keiji, moviéndose en el agarre del otro hombre, pero todo lo que logra es que Tsukishima le apriete las manos detrás de su espalda—. Pensé que eras un terrón de azúcar.

Casi puede ver la sonrisa en el rostro del rubio—. Si crees que esos dos dejarán que alguien tan inútil-… —comienza, resoplando, pero se ve interrumpido cuando vuelve la mirada hacia los demás piratas, quienes están incómodamente quietos. El sujeto con un gran sombrero de extremos doblados hacia arriba y ojos que se parecen más a los de un zorro que a los de un humano ha levantado una mano, deteniéndolos.

—Kita-san —jadea Kuroo. Su camisa está manchada de rojo, pero la sangre se extiende con lentitud y, ahora que se ha enderezado, solo una leve mueca en su rostro delata el dolor que debe estar sintiendo—. Dios, supongo que siguen siendo zorros después de todo. —Casi parece arrepentido cuando el primer bote rodea los acantilados, seguramente alertado por el disparo—. ¿Es demasiado tarde para decir que hoy realmente no buscábamos pelear?

—¡Como si fuéramos a confiar en ti! —El que se parece a Osamu —Atsumu, deduce Keiji— espeta, apretando su agarre alrededor la de empuñadura de su espada—. ¡¿Volaste nuestro barco en pedazos pensando que no habría consecuencias?!

—De alguna manera eso hice —responde secamente Kuroo antes de mirar a Keiji o, mejor dicho, al hombre detrás de él—. Kei —dice simplemente, y por alguna razón, hay algo en sus ojos muy parecido a una súplica. Está claro que a todos los demás en la playa —a excepción de Bokuto, que acaba de desembarcar de uno de los pequeños botes luciendo bastante preocupado— les falta una pieza clave del rompecabezas para entender de qué se trata todo eso.

La mano alrededor de las muñecas de Keiji se aprieta, esforzándose por mantener su agarre mientras este forcejea por liberarse.

Sabe que Tsukishima no es capaz de abrirle la garganta. En primer lugar, porque frustraría el propósito de mantenerlo cautivo, y en segundo lugar, porque no parece ser esa clase de persona—. ¿No puedes simplemente dejarme ir? Ya tienen lo que quieren —susurra, señalando el lugar donde el reloj de sol cuelga de la cintura de Tsukishima. Ahora que está cerca y puede echarle un vistazo, realmente se pregunta por qué todo el mundo sigue haciendo tanto alboroto. Está hecho de un metal sin brillo, probablemente bronce, y es un poco más grande que la palma de su mano.

Tiene grabados por todos lados, en un idioma que no conoce, pero aun así, incluso alguien como él, proveniente de una aldea en los confines del mundo, sabe que probablemente no valga mucho.

El cuchillo contra su garganta presiona con más fuerza, y siente el corte de metal antes de que el olor del cobre de su propia sangre golpee su nariz—. Mierda —sisea Tsukishima—. Lo siento, no… ¡Solo deja de pensar en hacer algo estúpido! Todavía hay posibilidad de que todos salgamos de aquí con vida…

—No —dice Atsumu, dando un par de valientes pasos hacia adelante. Todavía está a unos dos metros de Keiji y Tsukishima—. Todos ustedes, bastardos, tienen una deuda con nosotros, y estamos aquí para cobrarla. —Mira a Kuroo con los ojos entrecerrados—. No eres estúpido. Nosotros tenemos el doble de cañones y potencia de fuego más que suficientes para enfrentarlos —dice mientras señala el mosquete que cuelga de su hombro—. Empezaría por entregar al mocoso de Tsukishima. ¿O acaso simplemente lo mataste luego de cobrar el rescate? —Kuroo parece absurdamente disgustado por esa declaración. Keiji no puede evitar divertirse, a pesar de que dicho mocoso tiene un cuchillo contra su cuello.

Detrás de él, Tsukishima se aclara la garganta, pero antes de que pueda hablar, Kuroo grita—. ¿Y qué es él para ti? No es como si ustedes, zorros, no pudieran hacer su propia investigación.

—Teníamos prisa —grita el capitán, Kita, dando un paso al frente—. Y no, solo averiguamos lo que pudimos. Teníamos un par de deudas que saldar. Pero puedes cortar con las distracciones, Kuroo. —Sus ojos se deslizan hacia Keiji y Tsukishima—. Tengo ojos y, ¿quién crees que nos dio el barco? Tu mamá tiene buen gusto para los retratistas —dice, mirando directamente a Tsukishima—. Tiene una copia al carbón en forma de pintura en su salón.

Kuroo se ríe, fuerte y algo desesperado—. Muy bien, estoy seguro de que estás alucinando porque-…

—No regresaré a Karasuno —sisea Tsukishima, y su mirada debe ser algo serio porque incluso Kita retrocede—. No puedes obligarme, seas quien seas. Primero me arrojaría por el costado de tu barco.

—Me temo que tendremos que atarte entonces… —dice Kita.

A espaldas de Keiji, Tsukishima tiembla de rabia, incluso hasta el punto de que la mano que sostiene el cuchillo, tiemble.

No es el mejor momento, imagina, pero si su idea sale bien, lo peor que puede pasar es que Osamu tenga otra cosa por la cual llamarlo loco.

Se mueve sobre sus pies, como si estuviera calmando el dolor de sus pantorrillas. Tsukishima sigue distraído; continúa diciendo algo, pero no le está prestando atención mientras levanta la pierna y mete la bota de tacón en la rodilla del rubio e inmediatamente después se pone de puntillas. El impulso es suficiente como para que Tsukishima trastabille, y para que él se dé la vuelta en su agarre y lo empuje para que este caiga de culo.

Su mano se aferra al trozo de metal en el cinturón de Tsukishima y jala.

Y luego se da cuenta de que solo planeó hasta ahí.

Su primer instinto es ir en dirección a Osamu, pero tiene al menos a tres miembros de la tripulación del Panther entre ambos y solo una chatarra que sirve para decir la hora como defensa. Además, eso solo haría que fuese más difícil calmar la situación.

Algo se agarra a la pernera de su pantalón. Tsukishima lo mira, pero Keiji se lo sacude. Mira hacia la jungla, donde está la tripulación de Osamu, y sabe que si va por esa ruta sería lo mismo. A sus espaldas está el mar, pero ahí es donde está la tripulación de Kuroo en sus botes, así que, por una vez, no es un refugio seguro. A no ser…

Hay otra opción, una que sería idiota para cualquiera que no pasara todos los días de su vida subiendo por el estrecho y traicionero estrecho hasta la cima de los acantilados. Ahí, tal vez podría tener una ventaja y hacerlos escuchar. Así que se dirige rumbo hacia los acantilados, con el reloj de sol en mano y Tsukishima gruñendo, pisándole los talones.


Akaashi está vivo, hermoso, relativamente ileso y absolutamente loco. Osamu lo ve partir hacia los acantilados y solo entiende que su imprudente y absurdamente dulce buzo de perlas intentará resolver todos sus problemas de una manera que quizás no sea efectiva entre esa multitud de personas en particular.

Porque, por supuesto, tan pronto como Akaashi comienza a correr con el rubio alto y de piernas largas pisándole los talones, todo en la playa se convierte en un pandemónium.

Intenta alcanzarlo, pero Akaashi es rápido, y él tiene a un loco de cabello plateado tratando de cortarle las extremidades con cada paso que da.

Y todos los demás también intentan alcanzarlos. Incluso Kuroo, con su brazo lesionado, esquiva a Kita, defendiendo con todo lo que tiene cada centímetro de terreno que gana contra este.

Honestamente, Osamu ve ambas perspectivas.

Si los estúpidos gatos no hubiesen volado su barco en pedazos, incluso podría ser comprensivo con ellos; debe estar ocurriendo algo muy grave como para que Kuroo busque ese reloj de sol con tanta determinación, especialmente luego de ver a Keiji corriendo como si no hubiese estado en mejores condiciones en su vida, por lo que es claro que la tripulación del Panther no apuesta especialmente a la tortura.

O quizás sí lo hagan, pero Bokuto tuvo voz en el asunto y es por eso que Keiji está bien.

Reflexiona al respecto mientras golpea al hijo de puta de cabello plateado en el trasero. Se las arregla para correr hasta casi llegar a la piedra negra de los acantilados. Una vez que llegue al estrecho debería tener ventaja ya que sabe dónde están todas las piedras sueltas. Pero luego, por supuesto, Bokuto Koutaro aparece frente a él. Se ve igual que la última vez que lo vio —aunque en ese entonces no tenía ni nombre ni historia que adjuntar a la cara del bastardo—; con su cabello elevado en forma de cuernos y ojos dorados.

Bokuto es un hombre corpulento, un poco más que él, y es conocido por ser una bestia en combate cuerpo a cuerpo.

Pero también lo es él, por lo que prepara, muestra los dientes y…

—Mira, Miya, realmente necesitamos ese estúpido reloj de sol —dice Bokuto, con el ceño fruncido mientras detiene el primer golpe—. No puedo decirte por qué pero, ¿acaso te importa? A este paso, Keiji terminará herido…

—No tienes ningún derecho —jadea Osamu; los golpes de Bokuto son bastante fuertes— de llamarlo por su nombre.

El hombre de cabello blanco debe unir puntos en ese entonces, porque su rostro cambia a una expresión arrepentida—. Mira, entiendo que arruiné todo. Pero ni tú, ni el ladrón de tu hermano tienen derecho a juzgarme. Ese derecho es solo de Kaashi —resopla, retrocediendo un par de pasos, dejando el camino libre para que Osamu siga adelante—. Lamento haberlos hundido.

Osamu se apresura hacia los acantilados. Puede ver a Kuroo, herido, corriendo delante de él con gracia felina. Mierda—. Dile eso a los demás —le responde a Bokuto—, porque a mí me has hecho un favor.

Él también trata de ponerse al día. Kuroo sigue estando delante suyo mientras que Akaashi y Tsukishima están aún más lejos.

Aun así, lo intenta.

Llega a la cima, cuello a cuello con Kuroo; hay más personas a sus espaldas, jadeando y maldiciendo y…

Akaashi y Tsukishima están al borde del acantilado, y el buzo de perlas mantiene el reloj de sol fuera del alcance de todos—. Nunca lo encontrarán si lo dejo caer —amenaza—, lo puedo garantizar. —Vuelve sus ojos hacia Osamu—. ¿Puedes hacer que tu hermano y tu capitán me escuchen? ¿Cómo era esa palabra…? Parley, ¿verdad?

—¡No voy a convocar un Parley! —protesta Kuroo.

—Yo tampoco —dice Tsukishima, esforzando sus largas extremidades para llegar al reloj de sol.

Atsumu llega a su lado, jadeando por la subida—. ¡Y al diablo si nosotros aceptamos uno! ¡Jódanse todos ustedes, bastardos! Samu, tu chico está delirando.

—Yo soy el secuestrado —resopla Akaashi, molesto—, ¿no debería tener voz en este asunto?

—No, ya-… —Atsumu intenta discutir, incluso bajando su espada.

¡BANG!

Ni siquiera es que alguien esté disparando contra otra persona, es solo uno de los miembros más jóvenes del Vixen jugando con el mosquete —arma que Osamu conoce pero nunca había visto hasta el día de hoy— hasta que este se dispara, ruidosamente, dejando el aire con olor a quemado y pólvora.

Akaashi se sobresalta, pero se quitó las botas en algún momento de la subida así que sus bien entrenados dedos se aferran a los bordes irregulares de cada piedra bajo sus pies. Osamu imagina que su máxima amenaza sería saltar, precisamente porque es consciente de que para Akaashi sería pan comido.

Pero no parece ser así para Tsukishima, cuyo rostro permanece estático en un puchero molesto e impaciente hasta que su cuerpo está casi en posición horizontal, y solo entonces, cuando sus ojos se encuentran con los de Kuroo al caer, se ve verdaderamente asustado.

Osamu casi ignora al capitán del Panther corriendo.

Porque sus ojos están fijos en Akaashi, quien salta detrás de Tsukishima, sin ni un solo defecto en su forma mientras atraviesa el aire.

Mierda.

Mierda, mierda, mierda.

—Oh no, no, no… —Oye decir a Atsumu, porque son gemelos, y cuando uno está siendo razonable, el otro está siendo completamente ridículo.

Porque, por supuesto, Osamu también los sigue, arrojando su espada a un lado y logrando patear solo una bota fuera de su pie, a pesar de que nunca antes ha saltado de ese acantilado y de que es mucho más probable que se ahogue él antes que Akaashi—. ¡No peleen! —grita, aunque ni siquiera puede oír su propia voz por encima del viento soplando en sus oídos.

Es aterrador, es terrible; ni siquiera logra ver a alguno de los tres bajo las oscuras aguas.

Dios, es posible que haya cometido un gran, gran error.


Tsukishima Kei no sabe nadar.

Y sí, esto puede parecer mentira teniendo en cuenta que ha vivido los últimos seis meses en un barco, justo después de ser criado como un joven culto durante toda su vida.

Y es cierto que lo fue; sabe esgrima y puede montar a caballo mejor que nadie.

Pero en la natación, nunca pasó de bracear torpemente en la superficie. Y definitivamente no está en la superficie en este momento.

Por alguna razón se siente tranquilo mientras ve alejarse la luz del sol naciente. Tal vez sea que tragó mucha agua salada la primera vez que logró subir a la superficie, o tal vez sea que los colores del coral resaltados por la luz del sol, muy a su derecha, tengan un efecto relajante en él.

Los bordes de su visión se vuelven borrosos y el mundo se oscurece.


La tercera vez que Tetsuro emerge, se encuentra con la cabeza de Miya Osamu saliendo a la superficie—. ¿Dónde están? —grita por encima del murmullo del mar, y no puede evitar alegrarse de que hoy la marejada no esté particularmente fuerte. Él es un nadador bastante decente, pero tiene sus límites, y Tsukishima…

Tsukishima no es buen nadador en absoluto.

—Ni idea —grita Miya, escupiendo algo de agua y haciendo una mueca—. Me equivoqué al saltar. Tú estás más lejos, ¿crees que estén en la playa?

Tetsuro entrecierra los ojos. El único en la playa es Yaku, y sería difícil confundirlo con cualquiera de ellos—. No. —Se le mete agua en la boca, se atraganta y escupe—. ¿Crees que-…?

—Keiji no… él es… —Miya niega con la cabeza. Mira a su alrededor con impotencia, antes de que su expresión se ilumine—. Sé dónde están —grita, y luego, como un verdadero lunático, comienza a nadar hacia los acantilados, claramente empeñado en ser aplastado por las olas—. ¿Vienes? —dice, mirando hacia atrás. Tetsuro solo lo observa por un segundo antes de recordar la mirada de Tsukishima mientras caía—. Bueno, haz lo que quieras.

—Te juro Miya que si esto llega a ser una trampa… —dice, hundiéndose bajo la superficie, siguiéndolo.


Keiji no puede evitar suspirar de alivio cuando Tsukishima se retuerce tosiendo agua salada, con los ojos color rojo brillante.

El rubio lo mira por un segundo, con los ojos muy abiertos, y luego observa a su alrededor—. ¿Dónde mierda estamos? —pregunta con voz ronca.

—Es una cueva dentro de los acantilados. —Keiji se encoge de hombros—. Te caíste cerca de la entrada y no estaba seguro de poder llevarte hasta la orilla, eres pesado. —Está a punto de agregar algo más cuando dos cabezas emergen del agua justo delante de ellos; Osamu, luciendo preocupado, y Kuroo, con el cabello pegado a la cara y el rostro casi de color azul.

—¡Tsukki! —grita, y ambos se apresuran a llegar a la orilla.

En un rincón de su mente, Keiji capta como Kuroo llega hasta Tsukishima, toma sus manos con ternura entre las suyas y se disculpa.

Pero es solo ese rincón de su mente el que lo capta o al que le importa; el resto de él está concentrado en el cálido cuerpo de Osamu contra el suyo, y en sus labios presionando contra su boca.

El beso es apasionado, lleno de nostalgia y algo inapropiado para un lugar público, pero no es que le importe. Deja que la lengua de Osamu explore su boca con entusiasmo y recuerda por qué es que decidió dejar Fukurodani en primer lugar.

Es solo la sensación de dos pares de ojos posados sobre ellos lo que los detiene, y eso ocurre solo una vez que ya están satisfechos. Se acomoda mejor sobre una roca dura que se clava en su trasero y toma algo de distancia—. Los encontraste muy rápido —susurra en la boca de Osamu. Sigue estando tan cerca como para que pueda ver las pecas sobre su nariz.

—Aparentemente no fui muy sutil en tu aldea —se ríe—. Todos ya venían en camino, a excepción de ti.

—No lo sabía —dice Keiji—. Yo también te estaba buscando.

Tsukishima se aclara la garganta. Kuroo y él, a un par de metros a su derecha de donde están, definitivamente se ven incómodos—. Hasta que te secuestramos —dice con voz ronca.

—Lo siento —dice Kuroo, cabizbajo—. Supongo que te debemos una.

—¿Y qué ocurre con ese estúpido reloj de sol, por cierto? —pregunta Osamu—. Tsumu dijo que lo robó porque estabas enloquecido por conseguirlo, así que pensó que valía la pena, pero solo es una chuchería barata.

—Puede que para ustedes lo sea —resopla Kuroo—, pero es muy importante para mí —gruñe—. Lo necesito y no tengo motivos para explicarles por qué. Sin embargo, ¿qué quieren a cambio? Tenemos un montón de cosas en el barco. —Está chorreando agua, sin aliento, y luce absolutamente desesperado. Keiji casi siente pena por él, incluso si la propuesta carece de sentido.

No, en realidad sí la siente.

A pesar de todo, Kuroo no parece ser un mal tipo.

Así que hurga en su cintura, donde puede sentir el pequeño y frío peso del reloj de sol—. ¿Puedes solucionar este lío? —pregunta, sosteniéndolo—. Es estúpido-…

—Volaron nuestro barco-… —protesta Osamu, enderezándose levemente.

—Y nos disculpamos sinceramente —espeta Kuroo, con un suspiro exasperado—. No fue uno de mis momentos de mayor lucidez, tampoco el de Bo, pero hemos estado buscando esa cosa por cinco años. Les pagaremos por el barco, ¿de acuerdo? Pero siempre y cuando nos devuelvan el reloj de sol y dejen a Kei en paz.

Hay un momento de tensión en el que Keiji casi comienza a sentir miedo, aunque ya ninguno de ellos tenga armas. Finalmente, los hombros de Osamu se relajan y tira de él más cerca—. No te hicieron daño, ¿verdad? —pregunta.

Keiji se ríe—. Solo en la medida de que su cocinero no era tan bueno como tú. Pero no son malas personas, o quizás sea que quiero ir a ver a Nana.

Las mejillas de Osamu se sonrojan ante el cumplido—. Oh, está bien. Pero también tendrás que convencer a los demás. Tienes suerte de que nadie murió.

Todos se relajan visiblemente y Kuroo extiende la mano para tomar el reloj de sol de la palma extendida de Keiji—. Entonces es un Parley.

Y luego, Osamu, atrayendo a Keiji más cerca suyo, se ríe.


Koutaro lo encuentra sentado en la playa.

Parte del trato con los zorros —y su, francamente aterradora, nave de la armada— era que el Panther debía marcharse, y pronto. Mucho más ligeros de lo que llegaron, pero a fin de cuentas obteniendo lo que vinieron a buscar y un paso más cerca de la meta que ha ocupado la mayor parte de la última década de Bokuto y Koutaro—. Realmente me encantaría irme de aquí sabiendo que no me odias.

Akaashi no se sobresalta, probablemente lo escuchó acercarse. Él es así—. No te odio —murmura, abrazando sus rodillas más cerca de su pecho—. Sin embargo, es posible que siga enojado un tiempo más. ¿De verdad no pudiste enviar ni una sola carta?

—Yo-… —Koutaro sigue tropezando con secretos que no son suyos, pero que igual debe proteger—. No encontré el momento adecuado —dice, sentándose a una distancia respetuosa de Akaashi—. Yo… eh… Hablé con Konoha, parece que todos también la pasaron bastante mal por aquí. —Mira las olas golpeando suavemente contra la orilla—. Realmente lo siento.

Akaashi lo mira con ojos que, en ese momento, son del mismo color del mar; un azul oscuro, muy oscuro, con el sol reflejándose en el horizonte—. Lo sé. —Inclina la cabeza hacia un lado y deja ver un chupetón oscuro, probablemente de cuando él y el Miya menos molesto desaparecieron en la cabaña alegando que todos podrían llegar a un acuerdo por su cuenta y que estaban cansados. Para Koutaro, la imagen es un poco triste. Quizás alguna vez hubiese enloquecido de celos, pero eso era cuando Akaashi era lo único que tenía, y su hermoso rostro y ojos eran todo el océano que conocía—. Solo necesito estar enojado un poco más, supongo. Y también podríamos cruzarnos por ahí, así que…

—¿Entonces te irás con el Vixen? —pregunta Koutaro, recostándose en la arena. Esos viejos tiempos ya se han ido; ya no es la misma persona que era antes. Y quizás ahora haya otros ojos ocupando su mente.

Akaashi asiente—. Después de todo, ya había decidido irme. Y a Nana le está yendo mejor de lo que pensaba. La independencia siempre le ha sentado bien.

Koutaro se ríe—. Sí, recuerdo cuando iba al mercado con ella cuando era niño. Nadie podía regatear como ella.

Quiere agregar algo más, cualquier cosa, pero siente que no hay nada más para decir. Sería cruel insistir con sentimientos que ya no tiene por Akaashi. En silencio, agradece al mundo por el hecho de que su amigo de la infancia ahora es feliz, y se sienta con él hasta que el sol se pone, y un pequeño bote, con Kuroo y Tsukishima observándolos con cara seria, atraca en la orilla.

Después de todo, aún hay muchos lugares donde ir.

Se sube al bote, se despide, y ve a Akaashi esbozar casi una sonrisa.


Los piratas no suelen holgazanear.

Así que solo cinco días después de que su hermano y el resto de la tripulación aterrorizaran a Fukurodani, finalmente cargan el barco e izan las velas.

Y Osamu le muestra a Keiji el que será su — su— camarote.

Su amado está mareado y tiene las mejillas sonrosadas por todo el vino que acaba de beber en la cena con los Konoha y su abuela en la posada. Casi tropieza fuera del bote de remos que los llevó hasta el barco, dándole a Osamu otra excusa para aferrarse a él hasta el camarote sin que este se queje. No es el camarote del capitán, por supuesto, pero aun así es espacioso, y las linternas que cuelgan de las paredes bañan el ambiente con un cálido resplandor.

Akaashi sonríe, entrando primero. Se gira para mirar a Osamu con los ojos muy abiertos y llenos de asombro, de vida—. Mañana tenemos que levantarnos temprano, ¿verdad? —dice, sentándose en la cama y jugando con los cordones que atan la parte delantera de su camisa de una manera que sugiere de todo menos un descanso—. ¿A dónde dijo Kita-san que nos dirigimos? —El bello bastardo se divierte; es obvio por la suave sonrisa que se extiende en sus labios. No es que no hayan tenido oportunidad de pasar tiempo a solas, pero desde que se reencontraron, ninguno de los dos ha estado demasiado interesado en quitarse las manos de encima.

—Eh-… —Osamu traga saliva, su boca se seca cuando se acomoda entre los muslos abiertos de Keiji—. Itachiyama —dice, acomodando una rodilla entre las piernas de Akaashi—. Tsumu dice que no quiere volver a ver a ese brujo de mar, pero enloquece cuando alguien lo menciona, además de que él le hizo alguna clase de promesa.

—Ah… —Akaashi asiente, levantando una mano para tomar el rostro de Osamu—. Supongo que es hora de que le sigamos la corriente, entonces.

La mano de Osamu envuelve su cadera—. Y yo iré contigo, no importa a dónde o qué planee hacer mi hermano. —Se inclina para besar suavemente su frente, su nariz y luego sus labios—. Te amo.

Akaashi le sonríe dulcemente; no es la primera vez que Osamu se lo dice. La primera vez fue en algún momento después de esos primeros días luego de lo ocurrido en la cueva, después de que se permitió aceptar por completo que, incluso con el temor por el destino de su hermano y su tripulación, se había enamorado del buzo de perlas—. También te amo —murmura Akaashi, tirando de Osamu para besarlo de nuevo, con las manos ya desatando los cinturones que apresan la cintura del pirata—. ¿Crees que pueda bucear allí?

—Estoy seguro de que podrías bucear en alta mar, Keiji —dice Osamu, levantando los brazos del hombre para quitarle la camisa—. Criatura marina.

Akaashi se ríe, su cabello ya está alborotado—. Ahora soy un pirata, ¿qué otra cosa más necesito ser? —Sus manos se deslizan por debajo de la cintura, dentro de los pantalones de Osamu—. Deberías hacerme un tatuaje. Me gusta el tuyo —dice, mirando donde la camisa de Osamu se levanta para revelar al leviatán—. Aunque quizás empiece con uno más pequeño.

—Estoy seguro de que podremos solucionarlo —Osamu murmura contra el pulso en la garganta de Keiji—. Eres perfecto. Siento que nunca dejarás de sorprenderme.

—Espero que no —dice Akaashi, y los pantalones de Osamu finalmente se sueltan, cayendo alrededor de sus rodillas—. Me gusta la forma en que me miras cuando lo hago.

—Lo sé, y me gustas. Todo tú me gustas.

Notes:

¿Ahora entienden por qué es mi fic de confort? ¡Es una historia increíblemente bella!

Vuelvo a agradecer a Kyrye (porque decir gracias una vez no es suficiente ;;;;) ¡Arrodíllense ante su grandeza y digan gracias!

No saben la cantidad de veces que he corregido esto en los tres meses que pasaron desde que terminé con la traducción. Se van a reír, pero a las 12 de la noche de año nuevo estaba sentada traduciendo en lugar de celebrar. Prioridades, ah.

Sé que hay algunos cabos sueltos que no se terminan de explicar y les juro que yo también me muero de la intriga, pero eso ya está siendo tramitado y en un futuro les traeré una nueva traducción de este mismo universo, ¡sigan sintonizados!

En fin, si llegaron hasta acá, déjenme agradecerles tomarse el tiempo de leer y disfrutar esta historia tanto como yo lo hice. Es un sueño cumplido estar publicando esto, así como lo fue publicar el fic de "Reglas para sobrevivir en Yakarta". Actualmente ya estoy poniéndome manos a la obra consiguiendo algunos permisos de traducción así que seguramente nos volvamos a encontrar por acá.

Creo que eso sería todo por hoy, ¡besitos!