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Vivir al revés

Summary:

Tras un encuentro casual con Inupi, Hajime despierta una mañana en una vida muy diferente. A primera vista, parece un mundo perfecto. Akane está viva y ellos van a casarse. Sólo existe un pequeño problema: aquí, es Inupi quien murió en el incendio y Hajime, enfrentado entre este este mundo y el de antes, el de Akane y el de Inupi, tendrá que finalmente enfrentarse a la pregunta de cómo quiere vivir para ser feliz.

Notes:

No saben cuánto me emociona compartir este fic, fue la primera prompt que empecé a armar de TMR y tardé un año en empezar a escribirla. Finalmente tomó forma para la prompt what if de la inukokoweekend, y está ligeramente inspirada en la peli family man, basicamente un AU de cómo sería la vida de Hajime si hubiera logrado salvar a Akane. Que esto y las tags no los engañen, les prometo que esto es inukoko.

Está ubicado al mismo tiempo en el canon y en una línea alternativa.

Espero que les guste <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

“As the sun waits to eclipse
And the taste teases my lips
I'm too tired to wrestle with it
Will we burn, or will we repent?”

 

 

**

 

 

Hajime está rodeado por el fuego. Está en todas partes: a su lado, al frente, en el techo y en el suelo donde Hajime está de pie. Cree estar de pie. Sueña estar de pie. El fuego lo consume todo, como lo hizo aquella noche, ya hace más de diez años. Pero Hajime, de pie en el genkan, no siente ni el calor en la piel ni el humo en los pulmones. Sabe que hay llamas pero no puede verlas. Mientras camina por la casa, con pasos demasiado pesados y lentos, Hajime tiene la certeza de haber regresado a la noche en que el incendio se llevó todo: la casa de Inupi, a Akane-san y, con ella, el futuro de Hajime.

Hajime sabe cómo continúa la pesadilla. No ésta, sino la de entonces, la real, la que él es incapaz de detener al despertar. Hajime sabe que se precipitará hacia arriba, no con pasos espesos que parecen prolongar el genkan al interior de la vivienda haciéndolo interminable, sino rápidos y desesperados. Hajime sabe que cuando llegue a la cima de las escaleras, derecha, izquierda y adelante, todo será lo mismo, pues frente a él sólo existirá el humo del que apenas puede protegerse con el suéter puesto sobre la cabeza. Hajime escuchará un ruido—un quejido—y seguirá aquella voz con un nombre en los labios. Una plegaria en medio del infierno: Akane-san.

Aquí, en el sueño, Akane está adelante, al final del pasillo. El genkan quedó abajo, olvidado en algún momento por el subconsciente, y ahora, en el último escalón de la escalera, él sólo puede mirar al frente. Hajime puede verla perfectamente, como si nunca hubiera dejado de hacerlo. El uniforme de la preparatoria, impecable a partes, chamuscado en otras. El brillo alerta de los ojos y la piel retorcida desde la mejilla al cuello, expandiéndose, pero sin llamas que marquen el camino. Akane no habla pero Hajime reconoce el reclamo. Hajime prometió protegerla.

Hajime quiere decirle algo. Quiere correr hacia ella. Asegurarle—: Está bien. Te tengo. Todo estará bien—. Pero Hajime no tiene control sobre el sueño y se precipita hacia el dormitorio a la derecha. Le arde la garganta, no por el humo, sino porque está gritando “No, no, no” como un mantra. Hajime quiere retroceder a la escalera. Pero cada vez que lo hace, acaba otra vez en la habitación de la derecha, mientras el incendio consume la imagen de Akane.

La habitación está en absoluto silencio. Hajime sabe que esto está mal. En la realidad el ruido del fuego era ensordecedor. Estaba en todos lados, desorientándolo. Aquí, todo es calma. En el centro de la habitación hay una figura. Está envuelta en sí misma, abrazada a las rodillas y con el rostro oculto entre éstas. Akane-san. Hajime sacude la cabeza. Akane-san. Tiene que ser Akane-san. Hajime tiene la certeza de que es ella y puede imaginar su sonrisa.

—Te sacaré de aquí, Akane-san —dice, y al mismo tiempo que lo dice, ya tiene a Akane cargada sobre la espalda y Hajime corre, corre y corre hasta que está afuera de la casa. Ahora ve las llamas. Pero su calor sigue siendo inexistente. Es un poco como estar adentro de una fotografía. Del incendio sólo quedan luces y colores.

Hajime apoya a Akane en el suelo, respira y dice—: Akane-san. Todo está bien ahora.

Hajime mira hacia la distancia, los límites de un sueño oscuro e informe, y dice—: La ambulancia está aquí.

Hajime sabe las palabras. Le saben ácidas en la garganta y siente como comienza a despertar, pero el sueño se le prende de las pestañas, negándose a dejarlo ir. Hajime no quiere que continúe. Cuando se gira hacia Akane, Hajime pestañea. Cuando vuelve a mirar, no es a Akane.

Inupi está allí.

—Te equivocaste, Koko —dice, tosiendo por culpa del humo o lo que está por decir—. No soy Akane, soy Seishu.

 

-

 

Hajime se despierta de un sobresalto y presiona las manos contra el colchón intentando detener la caída al vacío. Cuando se convence de que está sobre una superficie firme, se lleva una mano al pecho donde el corazón le late como toro enfurecido. Tiene todo el cuerpo sudado, como si realmente hubiese regresado a la noche del incendio. Hace ya mucho tiempo que no sueña con ello. Las primeras veces al despertar, cuando aún era demasiado iluso y asustadizo como un niño, lo consumía el deseo de salvar a Akane de aquel terrible destino. Ahora, sólo lo embriaga la culpa y se le dificulta respirar.

Hajime no se atreve a cerrar los ojos pues teme volver a dormirse. Se queda mirando el techo, luego estira las manos sobre las sábanas sintiendo como el fresco del aire le eriza la piel sudada. Hajime no está en el incendio. Aquí no hay fuego. Sólo una suave brisa del sistema de ventilación del edificio y el reflejo de las luces de Tokio que entran por el enorme ventanal de la habitación.

Durante el tiempo de esplendor de la Kanto Manji Kai, Hajime había conseguido un apartamento similar, en un edificio cercano, también en el área de Roppongi. Aquel apartamento en el que solía verse con Mikey desapareció tras la caída, junto a la mayoría de las ganancias de la organización. Algunas por las manos de Hajime, otras por la policía. Este apartamento, a espaldas de la torre de Tokio, fue una de las pocas cosas que Hajime logró salvar y dejar fuera de las pesquisas policiales, junto con una no tan pequeña cuenta de ahorros. Es lujoso y brillante y el punto culmine de todo lo que Hajime es. O fue. Hajime es incapaz de deshacerse de él.

No importa cuánto intente alejarse Hajime del pasado, éste continúa de pie a su puerta.

O en su dormitorio.

Cuando finalmente acaba de sacudirse el sueño del cuerpo y se gira de lado sobre la cama, fija la mirada en el ventanal. Desde aquel decimonoveno piso se puede observar una enorme superficie de Tokio iluminada y viva como un animal, y en el cielo, una luna perfectamente redonda. Es una vista espectacular. Hajime suele sentirse pequeño y poderoso al mismo tiempo cuando la observa. En ocasiones se pregunta si así era como se sentía Mikey cuando Tokio comenzaba a dibujarse como el tablero de un juego del cual él era el único ganador.

Ahora, a Hajime no lo cautiva el paisaje.

—Estás aquí —dice, con voz ronca y cargada con más sorpresa de la que siente en realidad. Junto a la ventana, la silueta de Inupi se dibuja esbelta y delicada. Está de pie, observando la ciudad. Hajime no puede verle la expresión en el rostro pero si seguir la línea de su cuerpo desnudo. Allí, a mitad de camino entre la penumbra y el resplandor de las luces del ventanal, parece esculpido en piedra. El protagonista de una de las tantas de obras de artes que algunos de los clientes que Hajime conserva de años atrás entre las sombras mueren por conseguir.

Hajime arruga la nariz.

Lo peor de las pesadillas es que logran desorientarlo. El reloj de la mesilla de luz tintinea avisándole que son más de las tres de la madrugada y Hajime toma la primera prenda que encuentra sobre la cama para tirarla sobre éste, quizás así pueda sacudirse completamente aquella sensación de estar perdido entre el sueño y la vigilia.

Inupi estira los brazos hacia adelante, desperezándose. Cuando se gira hacia Hajime tiene una mueca en los labios. Pero su voz es tan impenetrable como siempre y Hajime es incapaz de descifrar el sentimiento en sus palabras.

—Puedo irme si quieres.

—No seas idiota, Inupi, sabes bien que no quise decir eso.

Hajime sabe que el sueño, la pesadilla, lo que fuera, lo ha dejado de mal humor y que está siendo injusto con aquel tono acusatorio y combativo. Se siente peor cuando Inupi le sonríe. Un gesto suave y triste. Inupi sabe perfectamente que Hajime no quiso decir eso. Como también hay tantas otras cosas que no ha querido decir o hacer en el pasado y ha dicho y hecho de todas maneras. Hajime no está muy seguro dónde exactamente se ubica ésta entre todas.

Ellos dos.

Aquí.

Así.

Inupi, una silueta contra la ventana únicamente en ropa interior, y Hajime, desnudo entre la sábanas de una habitación demasiado impersonal que habla más de todo lo que Hajime no quiere decir de sí mismo que de quien él realmente es. Inupi no pertenece allí. Por eso destaca como el protagonista de una pintura barroca: todo contraste y bordes difusos. Una persona completa. Mientras Hajime está hecho de fragmentos.

Hajime no está muy seguro de cómo se supone que deberían encajar uno con el otro—contra el otro. Desde que tomaron caminos separados a sus diecisiete años, él e Inupi entraron y salieron de la vida del otro en múltiples ocasiones, pequeños encuentros, tan familiares y tan impersonales como la habitación de Hajime. Es la primera vez que ellos cruzan esta línea. Hajime se siente tan juzgado por la pesadilla como por la mirada cristalina de Inupi, que parece preguntarle, como en ocasiones anteriores—: ¿Estás feliz, Koko? —y cuya única respuesta siempre ha sido un rotundo—: ¿Cómo podría estarlo?

Inupi está en su habitación desnudo, con marcas que Hajime le hizo en la piel, y él tiene sueños sobre Akane. Si Hajime entrecierra los ojos puede ignorar la cicatriz en el rostro de Inupi; dibujar la suavidad de la mandíbula de Akane en su memorias, su sonrisa, suave, delicada y hermosa; y escucharla decir—: Eres muy guapo así, Hajime.

Hajime es realmente un hipócrita.

Inupi vuelve a girarse hacia Tokio. Hajime se fija en las marcas en los omoplatos, en las cicatrices que tiene distribuidas a lo largo de la espalda por culpa del incendio.

—Dime, Koko, ¿sigues pensando en ella?

A veces, Hajime piensa cómo sería su vida si hubiera cumplido su promesa. Si hubiese salvado a Akane y dónde quedarían ellos. Koko e Inupi. Hajime y Seishu. Quizás, junto a Akane, Hajime hubiera sido otra persona. Quizás entonces cuando Inupi le preguntara si es feliz, Hajime podría responder con un rotundo—: .

Pero Hajime no cumplió su promesa y ésta es la única realidad que le queda.

Hajime se endereza en la cama, la indignación le corre por todo el cuerpo, y siente ganas de gritarle como no lo ha hecho en años. No sabe qué le molesta más. Si las preguntas de Inupi, siempre tan oportunas, si el eco del sueño y el incendio prendido de las sábanas que arruga entre las manos, o que Hajime haya sido tan idiota para ponerse en esta situación.

—¿Qué demonios, Inupi? ¿Es esto un interrogatorio?

—Sin mentiras, Koko. —Inupi se vuelve a verlo. Tiene ese gesto cansado y triste que a Hajime le revuelve el estómago. Ese que le pide que por favor, por una vez, sólo una vez, sea honesto con él—. Creo que nos debemos al menos eso.

Hajime se deja caer sobre el colchón con un sonido seco.

Cuando habla, sabe que suena cansado y vacío.

—¿Qué quieres que te diga, Inupi? ¿Que pienso en ella todo el tiempo? ¿Es eso lo que quieres escuchar?

A Hajime hace años no se le da bien lo de ser honesto.

—Koko…

—Vuelve a dormir, Inupi.

Hajime se da vuelta y mira hacia el armario, enrollándose con las sábanas a pesar de que no hace frío y aún tiene rastros de sudor en la piel. Inupi no dice nada, y por unos momentos, la habitación se sume en un profundo silencio.

Sólo cuando los pasos de Inupi resuenan por sobre la madera y el peso de su cuerpo mueve el colchón es que Hajime se permite cerrar los ojos.

La cama es lo suficientemente grande para no tocarse. 

 

 

***

 

 

Hajime despierta con el sol acariciándole las mejillas y presionándole en los párpados. Hajime nunca baja las cortinas del ventanal y siempre está en pie al amanecer, antes de que la luz sea lo suficientemente fuerte para molestarte en la vista, no más que un cambio de penumbra entre las luces de la ciudad y el primer reflejo del sol en el horizonte. Imagina que debe ser bastante tarde si el sol es capaz de llegarle hasta el rostro. Hajime gruñe. Se oculta entre las sábanas y luego gira hasta chocar la frente contra la espalda de Inupi. Esconde la nariz entre sus omoplatos y cierra los ojos hasta que el sol deja de molestarle. Hajime no quiere levantarse.

Es demasiado temprano para alzar barreras y Hajime se permite llevar por la calidez del cuerpo de Inupi junto a él y el aroma de su piel picándole en la nariz y esa sensación abrasadora que le sube desde el estómago y le quema en todo el cuerpo porque salió el sol e Inupi aún está allí y Hajime no está solo y quizás, quizás, quizás… Quizás Hajime pueda pretender. Quizás pueda pasar una mano por la cintura de Inupi y contener esta tregua entre ellos sólo por unos minutos más. Quizás pueda deslizarle la mano por el ombligo y subir rozándole con la punta de los dedos las costillas, el pecho, los s—Hajime detiene la mano de golpe, frunce el ceño.

—Buenos días, Hajime.

Hajime reconoce la voz. Es como un balde de agua fría, pues proviene desde las profundidades del olvido y suena al mismo tiempo completamente diferente que en sus memorias. Es como un latigazo que viene a castigarlo desde el pasado y hace saltar a Hajime fuera de la cama, cayendo de espaldas y con brusquedad contra el suelo.

—¡¿Akane-san?!

—¿Hajime? —Akane. Inui Akane. Porque a Hajime no le queda la menor duda de que es ella, aunque luzca mayor de lo que Hajime nunca llegó a verla en la vida, se inclina sobre la cama para poder observarlo a él, desorientado y despatarrado patéticamente en el suelo—. ¿Estás bien, Hajime?

Hajime traga. Cierra los ojos. Vuelve a abrirlos. Akane sigue allí. Luce al mismo tiempo igual a cómo la recuerda y totalmente diferente. Los ojos cristalinos y el cabello largo y enmarañado, ese gesto en la nariz que Inupi suele hacer inconscientemente todo el tiempo y la línea de su mandíbula suave y delicada. Sólo que ya no parece una chiquilla de diecisiete años y está desnuda. Definitivamente no es Inupi. Hajime aparta la mirada y se pellizca la pierna con tanta fuerza que no puede evitar gritar.

—¿Hajime? ¿Qué pasa contigo? ¿Te golpeaste la cabeza?

Akane se arrodilla al borde de la cama, enrollándose la sábana alrededor del cuerpo, pero no hace ademán de tocarlo. Hajime se endereza ligeramente y, con las mejillas encendidas de vergüenza como si volviera a tener doce años, mira en derredor. Akane está sobre una cama matrimonial, a su lado hay una mesita de luz, que parece tener años o haber sido comprada de segunda mano, y hay un banco a los pies de la cama. La única ventana de la habitación está sobre la cabeza de Hajime.

Éste no es el apartamento de Hajime en un decimonoveno piso de Roppongi.

—Yo… —Hajime aprieta los ojos con fuerza y luego vuelve a fijarse en Akane. En su gesto preocupado y esa expresión abierta y risueña siempre tan diferente a la de Inupi. Akane luce como la adulta que nunca llegó a ser—. ¿Dónde estoy?

—Hajime… me estás preocupando.

Hajime. No Hajime-kun. Hajime. Hajime no sabe por qué de todas las cosas en las que podría fijarse —que Akane esté viva; que Hajime no está en su casa; que se durmió junto a Inupi y despertó junto a su hermana—, es la manera en que Akane lo llama la que atrae su atención. Akane se desliza desde la cama hasta sentarse en el suelo y colocar ambas manos en las mejillas de Hajime para analizarlo. El roce de las manos de Akane en la piel le produce un escalofrío.

Si Hajime aún tuviera doce años, está seguro de que tendría todo el rostro rojo. Cuánto tiempo deseó que Akane lo mirara como lo mira ahora.

Hajime abre mucho los ojos.  

—Yo… estás aquí.

Anoche, Hajime usó las mismas palabras con Inupi. Pero mientras aquellas habían sido palabras cargadas de sorpresa y dudas, aquí son un simple hecho.

—¿Hajime? Claro que estoy aquí. ¿Qué sucede?

No lo sé.

Hajime siente la urgencia de gritar, de quejarse, de torcer el gesto y reclamar que dejen de jugarle esta broma, pero se siente congelado, indefenso como cuando no era más que un niño y el más mínimo cumplido de Akane lo dejaba sin habla. Hajime no entiende qué está sucediendo. Akane murió. Akane está aquí. Nada tiene sentido.

—Estoy soñando…

Aquella es la única explicación. Pero tan pronto lo piensa, sabe que no es cierto. Los sueños de Hajime son fragmentados, están hechos de certezas y no de imágenes, no tienen la claridad del movimiento de las pestañas cuando Akane se acerca para mirarle las pupilas dilatadas, ni la firmeza del roce de los dedos cuando lo revisa por heridas en la cabeza. Los sueños de Hajime son nebulosos. No tiene el aroma del champú de Akane haciéndole cosquillas en la nariz, ni son lineales, y siempre que Hajime se pregunta si es un sueño sabe que comienza a despertar. Hajime sigue aquí. Consciente. No está durmiendo.  

—Hajime, ¿hiciste todo este escándalo para decirme eso? No sé si eres tonto o tierno… eso sí, sí que se siente como un sueño.

—¿Tú también?

Hajime se siente expuesto. No está muy seguro de por qué. Quizás porque es incapaz de comprender qué está pasando, o por qué, frente a él, está Akane. Viva. Mayor. Tiene que ser un sueño. En el fondo sabe que no. Con la misma certeza con la que supo estar viviendo la pesadilla del incendio. Quizás simplemente se volvió loco.

Akane sonríe, es un gesto suave que borra cualquier rastro de preocupación, y se recuesta contra la cama, fijando la mirada en la mano que apoya en medio de las piernas. Hajime observa como gira un anillo con los dedos de la otra mano.

—Pensar que eras sólo un niño cuando me pediste que me casara contigo por primera vez.

—¿Cómo?

Hajime siente la garganta seca. Necesita que alguien le explique qué está sucediendo. Está seguro de haberse dormido junto a Inupi, en su apartamento en Roppongi, con las luces de Tokio como testigo. Es incapaz de entender cómo es que ahora está en un apartamento tan pequeño, lleno de fotografías y detalles personales en las mesitas de luz, y Akane —Inui Akane, que nunca llegó a cumplir la mayoría de edad— está frente a él.

Aunque Akane no parece muy dispuesta a comprender la confusión que está atravesando Hajime, se le ensombrece la expresión en el rostro.

—Ya sabes, Hajime, antes de… —Akane se señala el rostro. Hajime finalmente se fija realmente en ella. La cicatriz de la piel quemada que le atraviesa parte de la mejilla derecha y se extiende por el cuello hasta tomarle gran parte del hombro. No puede evitar pensar que está ubicada exactamente en el lado opuesto del rosto de Inupi. Hajime siente la garganta seca. Akane vuelve a sonreír y toma las manos de Hajime entre las suyas—. Pero ahora estamos aquí. Juntos. ¿Eres feliz, Hajime?

Aunque escucha aquella frase de voz de Akane, Hajime siente el eco de las palabras de Inupi recorrerle el cuerpo. ¿Qué puede responder a eso cuando ni siquiera comprende dónde está? ¿Debería estarlo? Akane está viva. ¿No es eso lo que siempre quiso? Y, por lo que acaba de decirle ella, van a casarse. Definitivamente parece un sueño. Hajime siente unas ganas absurdas de reír.

—Akane-san… yo…

—Hace mucho tiempo que no me llamas Akane-san cuando estamos solos, Hajime-kun.

Akane hace énfasis en el honorífico y Hajime se siente enrojecer. Pero no tiene tiempo a responder o reaccionar, porque Akane alza las manos de Hajime hacia sus labios y posa un beso en cada muñeca. Desciende besándole el interior del brazo y le sonríe de una manera que Hajime ni siquiera pensó posible en sus mejores fantasías.

Akane le tira de las manos y se pone de pie, obligando a Hajime a seguirla a la cama. Cuando Akane lo besa, Hajime no sabe qué hacer. Siente la mente en blanco y devuelve el beso por inercia, como si no estuviera en control de su propio cuerpo. Hajime está besando a Akane. El pensamiento es tan ridículo que empieza a convencerse de que se volvió absolutamente loco. Se siente desorientado, como si de la noche a la mañana estuviera ocupando la vida de alguien más. Esa vida que cuando era pequeño tanto soñó iba a tener.

Besar a Akane no se parece en nada a lo que imaginó en su pre-adolescencia. Hajime sabe que su yo de doce años debe estar gritando en algún universo. Hajime debería estar gritando.

Hajime se siente vacío.

—Akane-san, yo…

—Shh... —Las manos de Akane lo toman de las mejillas y vuelve a callarlo con un beso. Luego roza sus narices y Hajime abre los ojos para verla. Para observarla de verdad. Para preguntarse cuántas veces se supone que vio esta expresión en sus ojos antes. Si eso es posible. Si eso sucedió. Está demasiado confundido para seguir las manos de Akane cuando le recorren los hombros y le bajan por la espalda. Hajime siente que debería tener memoria de esto.

Cuando Hajime vuelve a cerrar los ojos, le sobreviene el recuerdo de Inupi la noche anterior. Las manos de Inupi en la nuca de Hajime, el brillo en sus ojos, la manera en lo había empujado contra la cama hasta presionarse contra él con todo el peso de su cuerpo, susurrándole contra el oído; pero Inupi no está aquí y es Akane quien atrae a Hajime contra él, curvas y huesos en los lugares equivocados del cuerpo.

Esta vez, cuando Hajime salta de la cama, logra no caerse. Aunque se tambalea, enredándose con las sábanas, mientras Akane lo mira con expresión confundida.

Sobre la frente, Akane tiene la piel lisa y tersa y sus ojos son del mismo tono cristalino y cuestionador de Inupi. Hajime mira en todas direcciones presa del pánico y corre hasta lo que supone es la puerta del baño, encerrándose en éste y dejándose caer al suelo.  Esconde el rostro contra las rodillas y aprieta los ojos con tanta fuerza que siente se hace daño. Afuera, Akane se acerca y golpea a la puerta. Con voz suave y cargada de preocupación le pregunta qué sucede pero Hajime es incapaz de responderle.

Hajime no ha llorado en años. Pero allí está Akane y están juntos; y van a casarse; y Hajime no entiende qué demonios está sucediendo. Las lágrimas le roban el aire y Hajime se vuelve pequeño contra el suelo.

 

 

*

 

 

Entre la secundaria y la casa de Inupi hay una plaza a medio camino. Hajime cree que, con doce años, están demasiado grandes para ocupar el tiempo en juegos para niños, pero aun así, en ocasiones, acaban sentados en los columpios. Un helado en las manos y una conversación inconsecuente en los labios.

A su lado, Inupi se balancea como si realmente quisiera llegar tan alto como se lo permite la física, el helado olvidado en una de las manos, contra las cadenas, chorreando gotas en el suelo que dejan un rastro del movimiento como migajas de pan en el bosque.

Hajime hace una mueca con los labios y se apresura a devorar su paleta con sabor a limón antes de que comience a derretirse y él acabe con los dedos pegajosos. El helado le deja un roce ácido en el paladar y Hajime camina hasta el pote de basura para deshacerse del palito del helado y limpiarse las manos con un pañuelo. Con las manos limpias, regresa al columpio.

Hajime aprieta las manos en las cadenas del columpio, presiona los pies contra el suelo y se mece ligeramente sin moverse del lugar, mirando a Inupi con cara de desaprobación.

—¿Vas a tardar mucho? —pregunta cuando Inupi vuelve a elevarse tanto que queda en posición paralela al suelo. Hajime no tiene miedo a las alturas, pero aquello parece absolutamente innecesario y demasiado riesgoso.

El columpio de Inupi vuelve hacia atrás y Hajime espera que se detenga para, al menos, responderle la pregunta, pero Inupi no tiene ninguna intención de hacerlo porque vuelve a impulsarse. Hacia atrás, hacia adelante, y luego suelta las manos de las cadenas. Por un momento, Hajime está seguro de que Inupi se mantiene suspendido en el aire, mientras el columpio regresa solo por inercia y es Hajime quien tiene que frenarlo con una mano, y luego lo ve caer al suelo, apoyándose firme sobre los pies. Del helado sólo queda la mitad, pero Hajime cree que apenas lo ha probado y siente asco de imaginar cómo deben sentirse las manos de Inupi, pegajosas y sucias. Inupi se devora en dos mordiscos lo que queda de helado y desde el mismo lugar en el que está, arroja la madera hacia el cesto de basura.

Hajime le ha insistido a Inupi que debería unirse a un club. Pero éste no hace caso. Como tampoco hace caso ahora, porque cuando Hajime comienza a ponerse en pie para finalmente emprender el camino a casa —a casa de Inupi—, éste vuelve hacia el columpio, deteniéndolo completamente y sentándose en él.

—¿Estás apurado? —pregunta y vuelve a columpiarse.

—Sólo estamos perdiendo el tiempo.

Hajime sabe que suena como un chiquillo caprichoso y se alegra de que Akane no esté hoy con ellos, pues no quiere que lo mire con esa sonrisa que dice que Hajime le causa mucha gracia. Como a Hajime solía causarle gracia el cachorro de su tía cuando hacía algo tonto. Hajime suena como un tonto o como un niño que no sabe divertirse, así que desvía la mirada y vuelve a acomodarse en el columpio. Pies firmes en el suelo, manos en las cadenas, espalda bien derecha.

—Tú sólo quieres ver a Akane-neesan.

Si Inupi fuera cualquier otra persona, sus palabras estarían cargadas de burla. Es lo que suelen hacer sus compañeros cada vez que descubren que una chica gusta de alguno de ellos o ellos miran a alguien durante demasiado tiempo. Inupi simplemente habla con la verdad.

Hajime suelta un bufido e hincha el pecho de todas formas, listo para defenderse del sonrojo que le pinta las mejillas.

—Akane-san es genial. —Genial ni siquiera se acerca a describirla. Hajime aprieta las manos contra las cadenas y lanza una mirada llena de burla a Inupi cuando éste se limpia las manos contra el uniforme—. Akane-san nunca se mancharía con el helado como si fuera un niño de cinco años.

Hajime le saca la lengua, con la risa atorada atrás de los dientes, e Inupi se limita a encoger los hombros. Cuando enlentece la marcha del columpio, se lame los dedos con toda la intención de provocar en Hajime una mueca de asco.

—Eso es repugnante.

Inupi fija los pies en el suelo y, por un momento, parece inmóvil como una estatua. Mira a Hajime con ojos inexpresivos y el rostro ligeramente ladeado. No sonríe. A Hajime le gusta esto de él, que es impredecible, no como el resto de idiotas en su clase. Hajime no tiene manera de saber qué dirá o hará después. Los ojos de Inupi son cristalinos y Hajime contiene el aire esperando por él.

—¿Te casarás con ella?

Hajime se sobresalta ligeramente y se pone de pie inmediatamente para ocultar su torpeza.

—¡Claro que sí! —exclama, inclinándose hacia Inupi hasta invadir su espacio personal, haciendo valer la diferencia de altura que le otorga ser el único de pie. Quiere asegurarse de que a Inupi no le quede la menor duda. Hajime hará cualquier cosa por que Akane sea su novia. Inupi pestañea y Hajime no se queda a esperar una respuesta. Se gira y camina hasta donde dejaron las mochilas en el suelo, calzándose la suya sobre los hombros, como un niño bueno. Cuando vuelve a enfrentarse a Inupi, se sorprende de encontrarle en los ojos una mezcla de asco y confusión—. ¿Vienes o no?

 

 

***

 

 

Una semana después, Hajime continúa despertando en un mundo donde Akane está viva.

Las primeras noches Hajime cerró los ojos con la certeza de que despertaría de regreso en casa. En Roppongi. En aquella cama demasiado grande para dos personas, mucho más para alguien solo como él. Nunca sucedió. Hajime sigue aquí. Y si esto es lo que tiene ahora, Hajime se niega a quedarse llorando en las esquinas de una habitación que no se siente suya pero, aparentemente, lo es. Él puede ser muchas cosas, y según a quien pregunten, la respuesta, pero, sin lugar a dudas, no es de los que esperan que las cosas sucedan.

Hajime continúa viviendo.

Esta mañana está solo, pues, pese a su primera impresión, él y Akane no viven juntos. Algo que no resulta muy sorprendente cuando Hajime comprende que vive en un apartamento de un único ambiente donde apenas entran los muebles del dormitorio y la cocina es también el pasillo de entrada a la casa. Todo el apartamento es más pequeño que la habitación de Hajime en Roppongi.

Pero quizás, el peor insulto de todos, no sea el tamaño del apartamento ni el grifo de la ducha que Hajime tiene que forzar un par de veces para hacer funcionar o la ventana que da a la pared gris y sucia del vecino, sino algo tan insignificante como el color de los azulejos de la cocina. Son amarillos. De un color chillón y vulgar. A Hajime le parecen la cosa más espantosa que ha visto nunca en la vida. Cuando le preguntó a Akane si sería posible pedir permiso para cubrirlos de otro color, ella se había reído de él, con los ojos pequeños y un gesto cálido que había competido con el mismo sol, pero quizás no con los azulejos. Luego, había posado un beso en la mejilla de Hajime antes de robarle el desayuno de las manos y volver a la cama. Donde el —A mí me gustan —de Inupi habría sonado como una burla dispuesta a picarle en la piel, en Akane sonó dulce como un pastelito de esos que él e Inupi solían compartir entre el polvo de S. S. Motors.

Hajime se frota la mejilla y luego señala a los azulejos con los palillos, un grano de arroz pegado a la punta, en una amenaza silenciosa, sintiéndose como si volviera a tener doce años.

—No sé cómo, pero todo esto es culpa de ustedes.

Para suerte de Hajime, los azulejos no le responden, porque lo único que le falta para confirmar que ha perdido completamente la cordura es que los objetos inanimados comiencen a hablar. Suficiente tiene con estar viviendo una vida que no recuerda y con tener que vestir aquella ropa de segunda mano que le produce picazón en la piel.

Cuando se mira al espejo, Hajime no se reconoce. Lleva el cabello del mismo largo que a sus quince años, cuando aún quería hacerse pasar por un adulto y se consideraba demasiado bueno para autodenominarse un delincuente como los demás, y, para empeorar la situación, aquel traje viejo le queda ligeramente corto en los brazos. Hajime está seguro que nunca, ni en los peores años junto a Inupi, se vistió tan mal.

La realidad es que Hajime lleva una semana viviendo como un completo extraño.

Aunque ha dejado de buscarle la lógica a éste mundo, está convencido de que está ocupando el lugar de otro Hajime, de alguien que no es él. En el pequeño apartamento en el que ahora vive Hajime hay varias fotos de él y Akane que recorren años de los que Hajime no tiene noción ni memoria. Encuadradas en los estantes como una vida perfecta.

Hajime había descubierto en los primeros dos días que no sólo está a punto de casarse con el amor de su infancia, sino que está estudiando. Hajime, que nunca acabó la preparatoria, ahora está en la universidad. A punto de graduarse en el área de economía.

Y, como si eso ya no fuera suficiente, Hajime tiene un trabajo en todas la de la ley, con un horario fijo, que le paga un sueldo —un sueldo bastante malo si le preguntan a él— todos los meses, en una firma de abogados, de todas las opciones posibles. Hajime encuentra esto absolutamente irónico. Cuando había descubierto los pormenores de su trabajo investigando los documentos de su portátil, cuya contraseña —mecasareconakanesan— Hajime había logrado descifrar con facilidad para su propia vergüenza, Hajime había reído con tantas fuerzas que había acabado llorando.

Pero Hajime sabe de continuar andando hacia adelante, de poner primera y dejar que el coche acelere solo hacia los pies de la colina, de andar sin detenerse a pensar. Hajime tiene clases, estudia. Hajime tiene trabajo, trabaja. Hajime tiene a Akane. Es como vivir una vida que no le pertenece y Hajime lo hace lo mejor que puede.

De pie frente al espejo, Hajime se pregunta así se habrá sentido Hanagaki cuando saltó al pasado. Ahora que Hajime está aquí, puede finalmente aceptar que era verdad que Hanagaki podía saltar entre pasado y futuro y no era, como siempre creyó, un mero delirio de Mikey.

Hajime chasquea la lengua a su reflejo y abandona el apartamento como si fuera otro día más. 

Esa mañana, Hajime regresa otra vez a Roppongi, pero sigue sin ir a casa.

La firma de abogados queda en el décimo piso de uno de los edificios más populares del área. Hajime tiene, tenía, varios clientes que trabajan en las plantas más altas. El primer día que Hajime se presentó allí, tuvo suerte de reconocer a una de las recepcionistas de sus visitas en su otra vida. Con un poco de actuación y rápidas sonrisas, Hajime había logrado obtener suficiente información de parte de ella para moverse por el edificio con confianza.

Vestirse de traje y aparentar estar en su salsa es algo que Hajime hace desde que tiene trece años. Esto no es muy diferente. En su trabajo hay números y cuentas y procesos administrativos que ha estudiado y realizado en situaciones menos legales que las que supone trabajar en el departamento económico de una firma de abogados. Pero Hajime conoce de números. Conoce de leyes. Conoce de bancos. Aunque Hajime lleva allí sólo una semana, siente que lleva haciendo esto toda la vida. Durante las pocas horas que está allí puede olvidar que está viviendo una locura y pretender que esto —este trabajo, la gente que trabaja con él, sus supuestos amigos— son la única realidad que existe.

Hajime es bueno pretendiendo.

Cuando entra al edificio saluda a Nakamura-san, la recepcionista, con un ligero movimiento de cabeza y la mujer le sonríe encantada, a pesar de estar atendiendo a alguien. Hajime ojea al joven junto a ella, con la sensación de encontrarlo familiar, pero antes de que pueda ponerle un nombre a su rostro, sube al ascensor y las puertas se cierran frente a él.

Una de las cosas que Hajime detesta de este sitio es que nunca hay suficiente espacio y Hajime arruga la nariz, acorralado por el olor a transpiración y perfume barato.

Cuando llega al décimo piso, baja con tanta prisa que choca con una chica esperando por subir.

—¡Oi, Kokonoi-kun! ¿Dónde están tus modales?

Hajime se gira a observarla con los ojos bien abiertos y llenos de sorpresa. Ya en el ascensor, Shiba Yuzuka lo mira con los brazos cruzados y una mueca en los labios. En todos los días que Hajime lleva trabajando aquí —que recuerda trabajar aquí— es la primera vez que ve a Yuzuha, la hermanita pequeña de Taiju, su antiguo líder de los Black Dragon. Hajime pestañea pues, por un momento, siente que el edificio entero se sacude, pero Shiba continúa allí y no desaparece. Hajime da un paso hacia adelante, repentinamente consciente de que el rostro que vio en la recepción no era otro que el menor de los Shiba. Hakkai, cree recordar es su nombre.

Hajime está a punto de hablar cuando la puerta del ascensor se cierra. Pretende acercarse a otro de los ascensores para poder alcanzarla en el lobby, pero una mano le apresa el hombro y Hajime se encuentra con el rostro de su superior demasiado cerca para su confort.

—Creí que hoy tenías el horario de la tarde, Kokonoi-kun, pero qué bueno que ya estés aquí, necesito que revises unos informes lo antes posible.

Hajime asiente, pretendiendo que sigue la conversación del hombre, y lanza una mirada desesperada hacia el ascensor. Las puertas continúan cerradas y el número de piso continúa descendiendo. En la semana que Hajime lleva viviendo en este mundo, nunca ha considerado la opción de buscar a nadie. Ahora, Shiba Yuzuha está allí.

Hajime la recuerda perfectamente. No exactamente con cariño, pero es el primer rostro familiar dentro de aquel océano de caras y nombres desconocidos. Un recordatorio de que no importa cuánto quiera Hajime pretender que todo está bien, ésta sigue sin ser su vida.

 

-

 

Aquella mañana Hajime comete varios errores, maldice por lo bajo y trabaja varios minutos pasada su hora para compensar su torpeza. Aunque Hajime detesta que marquen sus errores y se enoja consigo mismo por perder la compostura, cuando lleva una semana navegando aquella oficina como un estafador profesional, consigue al menos obtener algo de información sobre Shiba. Al igual que él, ingresó a la empresa como pasante de medio tiempo, pero a diferencia de Hajime, ella pertenece al equipo paralegal en el área de entretenimiento y es, según dicen todos, una especie de pequeño genio. A Hajime no le sorprende aprender que ellos no se llevan exactamente bien. Hajime raramente hace buenos amigos—la mayoría de los que ha hecho con el paso del tiempo han acabado en la prisión, escondiéndose o desconfiando de él.

Hajime espera que Shiba regrese en algún momento del día y utiliza varias excusas para recorrer la oficina en su búsqueda, pero no hay señales de ella durante todo el horario de trabajo de Hajime. Aparentemente, descubre gracias a una de sus compañeras de equipo, es usual que Shiba se encargue de trámites afuera de las oficinas. Hajime está tentado a preguntar si eso incluye salir con su hermano menor, pero se guarda el comentario ácido detrás de los dientes, pues si realmente quiere hablar con ella no puede convertirla en su enemiga.

Hajime sobreestimó el poder de un rostro familiar. En las cuatro horas que está allí, Hajime no deja de pensar en el otro mundo. En la vida que dejó atrás cuando despertó junto a Akane. Por momentos, ya no piensa en las diferencias, en todas las veces que se cuestiona su sanidad mental, sino que se deja embriagar por el anhelo y la nostalgia de sentirse en casa.

Aunque intenta sacudirse aquella sensación y vestirse con la seguridad de quien sólo puede seguir adelante, sigue pensando en ello cuando suena su teléfono mientras se apresura a rectificar las correcciones de los errores que cometió esa mañana. Hajime no tiene que mirar la pantalla para saber quién lo está llamando, del otro lado de la línea solamente puede estar Akane.

—Hajime —dice, con ese tono dulce que de pequeño solía volverlo loco. Hajime no se acostumbra a su voz ni a la manera en que su nombre suena en labios de Akane—. ¿Tienes que quedarte horas extra hoy?

—Sólo algunos minutos más, ¿por?

Hajime responde por inercia, mientras teclea con avidez los últimos números de su informe y envía el reporte a la impresora.

—¡Excelente! —exclama Akane a su oído, con ese tono emoción que le hace sonar más como la adolescente que Hajime recuerda—. Porque me liberé temprano, estaba en el área por unas compras y pensé podríamos almorzar juntos, antes de que vuelvas a casa.

Casa. La palabra suena hueca para Hajime. Aquel apartamento de azulejos amarillos, pequeño y lleno de recuerdos de otro Hajime, dista mucho de ser su casa. Su casa está aquí, en Roppongi, a sólo unas cuantas cuadras de distancia.

—Claro, Akane-s… —Hajime se frena antes de pronunciar por completo el honorífico, y se pone de pie, para recoger las impresiones. Una idea lo asalta de improviso y Hajime se detiene con el teléfono pegado al oído y las hojas firme entre las manos—. Sólo tengo que pasar por un sitio antes.

—Donde tú quieras.

Hajime corta la llamada, no sin antes agradecerle y decirle que estará con ella en unos momentos. La presencia de Akane es un bálsamo para su mente inquieta. Aun luego de una semana junto a ella, Hajime no termina de acostumbrarse a escuchar su voz, a creer que está viva, con él.

Hajime entrega el informe a su superior, disculpándose por el retraso, y se despide de sus compañeros, echando un último vistazo hacia el área paralegal donde sigue sin encontrar a Shiba, antes de bajar para encontrarse con Akane. Ella lo está esperando a la salida, sentada en uno de las jardineras que adornan la explanada del edificio. Hajime la distingue enseguida, sacudiendo una mano en el aire para llamar su atención.

Cuando Hajime llega junto a ella puede ver la sonrisa suave que se le prende de los labios y que él devuelve apenado, como si tuviera nuevamente doce años. Akane extiende una mano hacia él. Por un instante, Hajime espera que lo bese, pero luego se da cuenta de que están rodeados de gente y aquello no va a suceder.

—¿Es lejos? —Akane toma la mano de Hajime y le acaricia ligeramente los dedos—. ¿El sitio donde tienes que ir?

—Un poco. —Hajime no puede mantenerle la mirada y acaba por mirarle los pies. Akane tiene unos zapatos rojos de taco alto que hacen a Hajime fruncir los labios. Inupi solía hasta andar en moto con unos muy similares. Hajime mira los zapatos, luego mira a Akane—. ¿Estarás bien? ¿Podrás caminar…?

Akane se ríe, con un sonido grácil y hermoso, y le da un pequeño golpe a Hajime en el hombro.

—No seas tonto, Hajime. Creí que sabías que no soy tan frágil.

Hajime asiente. Nunca se lo cuestionó cuando se trataba de Inupi.

Akane entrelaza sus brazos y sigue los pasos de Hajime mientras él se mueve por Roppongi con una familiaridad que lo transporta de vuelta a una semana atrás, cuando él e Inupi volvían hacia el apartamento de Hajime. Sin tocarse.

Aunque Akane le pregunta hacia dónde se dirigen, Hajime desvía la pregunta. Está seguro de que a sus doce años se hubiera explicado con lujos de detalles, pero hace años que Hajime dejó de dar explicaciones sobre sus acciones. Aun en este extraño mundo, Hajime quiere creer que no debe nada a nadie más que a sí mismo.

Caminan. Akane le cuenta de su día en el mundo de la moda. Hajime había logrado recolectar suficiente información en la última semana no sólo sobre él, sino sobre Akane. Trabaja en una empresa de ropa y ella está encargada de la compra de materiales. Por eso está hoy allí, en Roppongi, tras realizar una visita a un nuevo proveedor.

Hajime la escucha con atención. Al igual que en ocasiones anteriores, Akane le habla de sus compañeros de trabajo y de su actividad como si Hajime pudiera entender cada detalle de aquel relato, pero todo suena lejano y ajeno. Incluso el peso de Akane en el brazo.

Antes de poder darse cuenta, llegan a destino. Hajime se detiene frente al edificio que ha sido su hogar los últimos seis años, desde la caída de la Kanto Manji Kai, y algo pesado se le asienta en el pecho. Es incapaz de responder cuando Akane le pregunta si es aquí. Lo es. Hace sólo una semana desde que Hajime estuvo en casa por última vez, pero Hajime siente que lleva demasiado tiempo lejos.

Hajime sacude la cabeza y se acerca hacia el ingreso, fijando la mirada en los nombres en la plaqueta. Cree que reconoce alguno, pero no puede estar seguro. Hajime traza con un dedo los kanji junto al número 1901.

El portero del edificio, un hombre mayor con dos grandes entradas en el cabello, se les acerca. Hajime lo reconoce. Es el mismo hombre que suele recibir a Hajime con un asentimiento de cabeza. Abe-san. Usualmente habla demasiado si Hajime no tiene cuidado, la semana anterior a despertar en éste mundo Hajime escuchó tantas historias sobre su nieto recién nacido que está seguro de poder llenar un libro con ellas. Pero aquí, ahora, Abe-san mira a Hajime sin reconocerlo.

—Ah, los Yamamoto —dice Abe-san, fijándose en dónde Hajime vuelve a mirar aquel nombre con el ceño fruncido. En algún momento, Hajime había ocultado aquel apartamento bajo un nombre falso, pero tras limpiar todos sus rastros, finalmente había pasado su tenencia al nombre de su familia. Salvo que allí, tal cual como indicó Abe-san, no dice Kokonoi. El hombre sonríe—. Preciosa pareja. Se mudaron hace una semana. ¿Vienen a ver el apartamento?

Akane presiona las manos contra el brazo de Hajime y se pega junto a él para observar el cartel.

—¿Eran clientes?

Hajime sacude la cabeza.

—Hmmm, no, no, —dice y comienza a arrastrar a Akane lejos de allí, sin decirle nada más a Abe-san, que los mira con recelo. Hajime apresura el paso. Necesita alejarse de allí. Necesita sacarse aquella opresión en el pecho. La confirmación que de su vida no queda más que el recuerdo.

—¿Hajime? ¿Está todo bien?

—Sí, sí, sólo quería ver algo… yo, yo vivo aquí.

No está muy seguro de por qué admite aquello. Él y Akane están a varios metros de la entrada del edificio, pero Hajime aún puede elevar la mirada y contar los pisos hasta alcanzar los ventanales de su apartamento. Si entrecierra los ojos puede imaginar a Inupi, allí, de pie, mirando las luces de Tokio en medio de la noche, bañado por la luz de la luna.

—Tú nunca viviste en Roppongi. —Akane frunce el ceño y Hajime se golpea mentalmente por aquel desliz. Claro que nunca vivió en Roppongi, si ni siquiera tiene dinero para comprarse un buen traje. Está pensando en cómo solucionar el problema cuando Akane lo hace por él—. ¿Nos compraste un apartamento, Hajime? Espera, ¿con qué dinero?

Hajime miente. Hajime es rápido mintiendo. Mentir siempre se le ha dado particularmente bien. Torcer la realidad es quizás la mejor habilidad que guarda entre los dientes.

—No aún —dice, con una sonrisa cargada de seguridad y picardía, atreviéndose a romper el espacio personal de Akane—. Lo compraré para nosotros. Es una promesa, Akane-san.

Hajime no sabe cuántas más promesas será capaz de romper. Besa a Akane, por que no sabe qué otra cosa hacer. Los labios de Akane son suaves y saben a protector de fresas y Hajime cree que jamás será capaz de acostumbrarse a que esto es algo que quiere hacer.

Una semana atrás, Hajime estaba besando a Inupi.

—¡Espera! —dice, separándolos de golpe, las manos en los hombros de Akane y la mente aturdida por su idiotez—. ¿Dónde está Inupi? Quiero hablar con él.

—¿In…? ¿Hablas de Seishu? —Akane ya no sonríe, tiene el ceño fruncido. A Hajime no le importa, no puede creer que después de una semana en medio de éste delirio, es la primera vez que pregunta por él—. ¿De qué hablas, Hajime? No sé qué pasa contigo pero esto no es gracioso.

—No estoy intentando ser gracioso. Sólo quiero verlo.

Hajime se cruza de brazos. Quiere que alguien —quiere que Inupi— le explique qué está sucediendo, porque si hay alguien capaz de ponerle sentido al torbellino que es la vida de Hajime, ese siempre ha sido Inupi.

Akane estira una mano hacia él y le acaricia la mejilla, como si Hajime se hubiera vuelto completamente loco. Un gesto cálido y apaciguador.

—Qué cosas dices, Hajime —le dice con voz triste y el ceño aún fruncido, como si estuviera explicándole un problema muy complicado a un niño—, Seishu murió en el incendio.

 

 

**

 

  S. S. Motors es un mugrerío. La primera vez que Hajime pone un pie en el taller abandonado arruga la nariz ante el olor y tiene que contener las ganas de vomitar cuando se le revuelve el estómago del asco al encontrarse con una rata muerta. Hay polvo en todos lados, por más que Hajime insista en limpiar al menos los sitios que ocuparán ellos dos, y meses después aún quedan rastros de las cintas de la policía que rodearon el recinto tras la muerte de Sano Shinichiro.

Algunas noches atrás Hajime había despertado con una cucaracha a centímetros de la cara y había jurado que nunca más volvería a poner un pie en aquel cuchitril de mala muerte así fuera por razones de vida o muerte. Inupi había aplastado la cucaracha con el taco de los zapatos y se había encogido de hombros, consciente de que Hajime es, el noventa por ciento del tiempo, pura palabrería. S. S. Motors es lo más parecido que tienen a casa. Aunque Hajime aún tiene una cama a la que regresar bajo el techo de sus padres, esto es lo más cercano a un hogar que Inupi ha tenido mucho tiempo.

Cuando Hajime fuerza la cerradura de la puerta de atrás de la tienda y le da ese golpecito con el hombro que acaba de destrancarla, lo primero que hace es maldecir el olor. Ya no hay motocicletas en exposición y sólo quedan algunos repuestos viejos junto a herramientas en desuso tirados en algunos rincones, pero el aroma a aceite sigue impregnado en el aire y el polvo que se acumula en las superficies le produce a Hajime picazón en la nariz.

—Un día de estos se te va a infectar una herida —le dice a Inupi, sacudiéndose inútilmente el polvo del traje. Hajime a veces se siente como otro repuesto abandonado entre aquellas cuatro paredes, atrapado entre la vida y la muerte, congelado en el tiempo—. Deberías limpiar un poco más.

El único indicio de que Inupi lo ha escuchado es que fija la mirada en Hajime y luego tira de la venda que coloca alrededor de su brazo con los dientes para apretarla. Hajime lo observa apretar los ojos y se acerca a él, pateando una lata vacía que puede ser de cerveza o té frío o quizás de aceite y cuyo ruido retumba en la soledad de S. S. Motors. El rastro de sangre y desinfectante se entremezcla con el resto de los olores del sitio y a Hajime se le revuelve el estómago.

—Ya, déjame que te ayude. No tienes que hacerte el duro. —Hajime le lanza una mirada cargada de desaprobación a Inupi, quien simplemente pestañea y vuelve a ajustar la venda. Hajime le golpea la frente con un dedo—. No seas idiota. Además no tengo suficiente dinero para llevarte al hospital.

Cualquier intento de negarse a su ayuda muere en labios de Inupi con las palabras de Hajime y un silencio espeso cae entre ellos. Hajime siente la mirada de Inupi seguirlo mientras retrocede en sus pasos hasta el área de descanso y se dirige hacia la pileta. Hajime hace funcionar el calentador de agua a golpes hasta que consigue que ésta salga limpia. Coloca una buena cantidad en un frasco que limpia a profundidad y luego vuelve hacia el pequeño sillón roto e improvisado al frente de la tienda donde está sentado Inupi.

La venda, que ahora, sin que Inupi ejerza presión en ella, empieza a soltarse y caerle por el brazo, está manchada de rojo. Hajime pone los ojos en blanco. Hajime entiende por qué Inupi hace lo que hace, pero eso no significa que comparta sus métodos. Junto a él, en el sillón, está el bate que Inupi carga consigo a todos lados. Hajime no necesita haber visto nada para saber que la herida en el brazo de Inupi posiblemente sea el menor de los daños causados.

—Quítate la camisa. —Hajime le ordena cuando se arrodilla junto a él en el sillón. Inupi ladea la cabeza y lo mira con curiosidad y Hajime está tentado a volver a golpearlo por idiota—. No eres un perro, apesta. Hay que lavarla.

Inupi pestañea, luego se ríe. Es un gesto ligeramente hueco, pero tan poco común que a Hajime le quema en el fondo del estómago y está tentado a pegarle en la herida y decirle que por una vez le haga caso. Pero la risa de Inupi dura apenas un suspiro, sacude la cabeza y se saca la camisa, manchándola aún más con sangre de la herida del brazo y varios raspones que tiene en el resto del cuerpo.

—Creí que no ibas a volver a poner un pie aquí —le dice Inupi, apoyando la camisa a un lado, sobre el polvo y Hajime quiere preguntarle si lo hace a propósito, lo de complicarle la vida. Pero hay un tono burlón y ligero en la sonrisa que le dedica a Hajime que a él lo deja sin aire. Tiene la misma suavidad con la que Akane solía mirar a Hajime cuando él hacía algo que lograba sorprenderla.

Hajime chasquea la lengua y desvía la mirada, concentrándose en mojar un par de gasas esterilizadas en el agua tibia para limpiar la zona de la herida.

—¿Qué harías tú sin mí? —Hajime se llena la boca de bravuconería, porque la realidad es que sabe que Inupi puede perfectamente defenderse y pararle frente a la vida por sí solo. Pero esto, Inupi, S. S. Motors, sus negocios, son todo lo que Hajime puede contener en las manos. Hajime es un hombre de palabra. Ni toda la suciedad acumulada de este sitio lo va a mover.

—Hmmm. —Inupi echa el rostro hacia atrás sobre el respaldo del sillón—. Tienes razón.

Hajime no está muy seguro si Inupi habla en serio o si se está burlando de él. Aprieta los labios para contener una réplica filosa entre los dientes y se concentra en limpiar toda la zona del brazo de Inupi. El tajo es bastante largo aunque poco profundo y Hajime agradece que realmente no sea necesario darle puntos porque las agujas lo ponen nervioso. No sería la primera vez que lo hace por Inupi, pero Hajime prefiere evitarlo.

Cuando acaba de limpiar la zona y el agua luce roja, Hajime presiona una gasa con desinfectante con fuerza esperando cortar así el sangrado. Inupi frunce los labios pero no abre los ojos ni emite ninguna queja y Hajime se permite deslizar la mirada por su cuerpo mientras espera. Inupi ha ganado músculos los últimos meses desde su salida de la correccional. Hajime puede notarlo en las líneas de su estómago y en la manera en que se contraen bajo sus dedos donde Hajime continua apretando la gasa con firmeza.

Como siempre que Hajime ve a Inupi en algún estado de desnudez, no puede evitar fijarse en las cicatrices que dejó el incendio en él. Tiene una casi tan grande como la del rostro cerca de las costillas y algunas menores, casi como tajos, que son difíciles de distinguir de aquellas que Inupi se ha ocasionado como pandillero. Justo en el brazo derecho, cerca de la nueva herida, hay una cicatriz que nace a un costado y llega hasta el interior del codo. Hajime desliza los dedos por ella. A veces resulta fácil olvidar que las heridas de Inupi, aunque no se cobraron su vida, fueron muy graves. Hajime cierra los ojos y esconde las memorias detrás de los parpados.

Cuando vuelve a mirar a Inupi, éste lo observa con un único ojo abierto.

Hajime cambia la gasa por una limpia y aplica otro poco más de desinfectante.

—Prohibido quejarse.

—No he dicho absolutamente nada.

—Te conozco.

—¿Desde cuándo me quejo, Koko? —Inupi pone la mano libre sobre la muñeca de Hajime deteniendo el movimiento de los dedos de Hajime sobre la herida, como si estuviera esperando una respuesta sincera.

El problema es justamente que Inupi nunca se queja.

Hajime aprieta los labios.

—¿Me vas a dejar terminar o quieres arriesgar una infección después de todo? —Hajime le saca la lengua y le mantiene la mirada a Inupi hasta que éste cierra los ojos otra vez y deja ir el agarre en la muñeca de Hajime—. Me parecía…

—Eres un idiota.

—El único idiota que tienes.

Inupi vuelve a abrir un ojo, alzando ligeramente la ceja, y se encoge de hombros como única respuesta. Hajime siente las mejillas encendidas, pero al menos siente la satisfacción de haber dicho la última palabra. Toma una última gasa limpia, la sumerge en desinfectante y la cubre con una venda para sujetarla perfectamente contra el brazo de Inupi.

Inupi no se mueve. Ni siquiera cuando Hajime se levanta y recoge la camiseta llena de sangre para lavarla.

 

 

***

 

 

Hajime es una persona de recursos. Por ello, cuando regresa de Roppongi tras su almuerzo con Akane, se encierra por tres días en su apartamento. Ese pequeño y claustrofóbico que tiene por casa en este mundo, realidad o sueño. Se sienta en la cama en nada más que ropa interior, abre la portátil frente a él y subsiste por las siguientes setenta y dos horas a base de ramen en caja y una minuciosa atención a la pantalla. En ésta, abiertas una cantidad inabarcable de pestañas con artículos sobre el incendio, nombres de personas que conoce de otra vida y donde se entrecruzan ambos: Inui Seishu.

Hajime lleva viviendo aquí una semana pero es la primera vez que se detiene a considerar que no es sólo su vida la que es diferente.

Aunque no es su intención, Hajime está tan absorto en completar el mapa de vida de éste Hajime, el Hajime de un mundo donde Akane está viva pero Inupi está muerto, que el primer día ignora las llamadas de su novia y se le olvida notificar al trabajo o sus compañeros de universidad. Aun así, con la excusa de que se siente enfermo, que Akane no debe preocuparse, que teme que sea algo contagioso, y una lengua rápida e inteligente con la cual salirse con la suya, Hajime logra dedicarse por completo a su investigación.

Por momentos, Hajime se siente como si tuviera doce años de nuevo, la nariz metida adentro de un libro en la biblioteca y un único objetivo por delante.

El problema es que no importa cuánto busque, toda información parece insuficiente. Los artículos, cuyos titulares son tan dramáticos como la realidad

(Niño en estado crítico tras incendio)

(Joven con quemaduras de primer y segundo grado se recupera lentamente)

(Muere niño de doce años por heridas provocadas en incendio),

se vuelven repetitivos rápidamente, y ni las más recónditas notas son capaces de esclarecer algo más allá de lo que Hajime ya vivió en otra realidad: una falla eléctrica fue la que provocó el incendio que acabaría con la vida de uno de los hermanos Inui. Pero donde en vida, Hajime sabe que cargó a Inupi en los hombros fuera de la casa, la historia que cuentan los artículos habla de Akane, rescatada por un joven muchacho sin identificar.

Hajime, rodeado de notas y papeles y un pote de ramen a medio acabar, se siente en el centro de un laberinto de espejos, donde un mero reflejo es capaz de alterar toda la realidad.

Cuando resulta evidente que la información que pueden brindarle aquellos artículos y noticias es insuficiente para saber qué sucedió no sólo con ellos sino con todos a quienes él conoce, Hajime recurre al siguiente mejor recurso: hablar con alguien que pueda brindarle información de primera mano. Se siente un poco idiota cuando nota que no tiene el contacto de Inupi en el teléfono, como así tampoco es capaz de reconocer la mayoría de los nombres en la lista. Es como si toda la vida que conoció hubiera desaparecido por completo bajo los pies, remplazándola por otra donde todo, salvo Akane, es desconocido.

Akane y, aparentemente, Sanzu.

Para entonces Hajime está en el tercer día de su cruzada, necesita una ducha y ya no sabe cómo decirle a Akane que no es necesario que vaya a verlo a la casa. Hajime aprieta el botón de llamada.

El timbre suena cinco veces antes de que la voz de Sanzu conteste del otro lado de la línea.

—Vete a la mierda, Kokonoi —dice y corta antes de que Hajime sea capaz de intercalar siquiera una palabra.

Hajime parpadea, la mirada fija en el teléfono y los labios apretados en una mueca. Por un momento considera volver a llamar. Sanzu nunca fue de sus personas favoritas y, hasta donde Hajime sabe, tenía varios años de prisión por delante; pero supone que si el Hajime de este mundo lo tiene en sus contactos debe ser por algo. Aun así, Hajime pasó suficientes años conviviendo con Sanzu para saber que no es una persona fácil de romper y que si Hajime hizo algo para enojarlo, no habrá cantidad de llamadas suficientes para que hable con él.

Le manda un mensaje, con la esperanza de que simplemente esté bromeando. Como respuesta recibe una foto enseñándole el dedo medio y Hajime supone que hay cosas que no cambian en ninguna realidad. Aprieta los labios, contiene las ganas de tirar el teléfono contra la pared y sacude la cabeza. Enfurecerse nunca ha llevado a nada bueno. Hajime trabaja mejor con hechos y la cabeza fría.

Rebusca entre las notas que tiene desperdigadas alrededor de la cama. Durante los dos últimos días logró recolectar varios números telefónicos de personas de su pasado. Una lista extensa de Hanagakis Takemichis le devuelven la mirada y Hajime suspira, echándose hacia atrás en la cama. Marca uno al azar. Aunque Hanagaki usualmente no sería el primero en la lista, una que incluye a los hermanos Haitani, a Shiba Taiju, y al propio Mikey, Hajime siempre supo apostar por el caballo ganador. Espera no equivocarse con Hanagaki.

Inupi no lo hizo.

Si Mikey tenía razón, quizás Hanagaki incluso pueda creer que Hajime no está loco.

Si es que logra dar con él.

Las primeras cinco personas con las que habla piensan que Hajime intenta venderle algo, las siguientes tres amenazan con llamar a la policía o no lo dejan hablar. Para cuando la lista se ha reducido a tres nombres, Hajime tiene la tentación de rendirse. No sucede. Nunca sucede. Hajime nunca supo cuándo es momento de dar marcha atrás.

—¿Hola?.

Hajime se endereza en la cama de golpe.

—¿Hanagaki?

—Sí… ¿quién es?

—Hm, Koko. Kokonoi Hajime, no sé… no sé si nos conocemos aquí.

Hajime odia la manera en que su voz suena frágil y esperanzada al mismo tiempo. Presiona el teléfono contra la oreja y escucha la respiración de Hanagaki del otro lado. Hajime está seguro de que es él. Reconoce su voz. Hanagaki aún no corta. Hajime espera.

—No… no lo creo. ¿Deberíamos?

Hajime ríe. Una mano en el rostro porque sabe lo disparatado que sonará cuando vuelva a abrir la boca. 

—No. No realmente. No en este mundo. Pero nos conocimos una vez.

—Oh. —Hanagaki hace una pausa. Hajime no quiere cantar victoria pero Hanagaki suena como un hombre que entiende—. Hmm, ¿Kokonoi-kun?

—Koko.

—Koko-kun… ¿en qué puedo ayudarte?

—No estoy muy seguro —admite. Hajime observa alrededor la habitación, pequeña, incómoda, diferente a lo que está acostumbrado—. Hanagaki, ¿conoces… conocías a Inupi? ¿Inui Seishu?

Por un instante, todo es silencio.

—No. —Aunque espera la respuesta de Hanagaki, Hajime no puede evitar la decepción que le cierra la garganta. Hajime fija la mirada en el techo—. Lo siento, Koko-kun.

 

-

 

Hajime regresa a trabajar al día siguiente. Aunque compró una nueva camisa que lo hace sentir más persona que todo el contenido del armario en el apartamento, sabe que lleva un aspecto bastante deplorable. Apenas ha conciliado el sueño en las últimas tres noches, siente una molestia en la cabeza y el mal humor resulta difícil de disimular. Aquello juega a su favor porque lo dejan trabajar en silencio y sin interrupciones y Hajime puede dedicar el noventa por ciento de su tiempo a localizar a Shiba Yuzuha con la mirada. Hajime está decidido a no dejar pasar otro día sin hablar con ella.

Está imprimiendo el último informe para su supervisor cuando la ve pasar por el rabillo del ojo hacia la sala de descanso. Hajime mira las copias un instante, aprieta los labios y toma la decisión de seguirla y al demonio el trabajo. Hajime ya se inventará alguna excusa.

El día anterior, Hanagaki había cortado la llamada con la promesa de ponerse en contacto con él para hablar más a fondo pero Hajime no está dispuesto a esperar las tres semanas que Hanagaki dijo tardaría en regresar a Tokio. Hajime necesita hablar con alguien, así ese alguien sea Shiba.

Hajime pasó gran parte de su vida entre criminales y hay pocas cosas que puedan intimidarlo. Aun así, sabe que cierra la puerta con algo más de fuerza de la necesaria a su espalda y que una de las chicas del departamento paralegal lo mira con expresión asustada cuando Hajime se acerca a Shiba.

—Contigo quiero hablar.

Shiba acaba de servirse una taza de té antes de darse vuelta y encararlo. Lanza una mirada rápida a la otra chica, como si le estuviera confirmando que puede con él, y sonríe a Hajime. Las memorias que Hajime tiene de ella son de una chica capaz de llevarse el mundo por delante y enfrentarse con entereza a un grupo de rufianes. Ahora, aquí, en este mundo, destila el mismo tipo de confianza que ayudó a destruir los últimos retazos de los Black Dragon.

—Kokonoi Hajime, ¿a qué le debo el placer?

Hajime no está muy seguro de qué tipo de relación tienen ellos en este mundo y está tentado a exigirle que responda a sus preguntas allí mismo, pero Hajime nunca fue de apreciar el arte de la fuerza, no cuando siempre tuvo su inteligencia y su perseverancia como mejor arma. Hajime suspira, da un paso atrás, devolviéndole algo de espacio personal a Shiba, y se peina el pelo con los dedos.

—Almuerza conmigo —dice.

Shiba pestañea.

—Tienes novia.

Prometida —corrige Hajime por inercia, porque un tecnicismo siempre puede ganar una pelea.

—Peor entonces —Shiba se ríe. No parece muy preocupada.

Hajime suspira.

—Mira, no tengo paciencia para esto. Me expresé mal. No me interesa salir contigo ni nada del estilo. Necesito —Hajime hace una pausa demasiado dramática para su gusto. Siente la palabra ayuda anudársele en la garganta—… información que sólo tú puedes darme. Déjame invitarte un almuerzo. Hacerte un par de preguntas. No tendrás que volver a hablar conmigo nunca más que no sea por motivos de trabajo. ¿A que suena un buen intercambio?

Shiba arruga la nariz, pero deja el té a un lado. Si Hajime fuera otro tipo de persona, se pondría a llorar. Espera en silencio.

—Información, ¿dices? Si es sobre algún cliente, sabes que tengo acuerdos de confidencialidad y no puedo divulgar nada que no haya sido aprobado por mi superior.

Hajime sacude la cabeza. Si algo ha aprendido en ésta última semana es que Shiba Yuzuha está en el departamento asociado de servicios de apoyo a agencias de entretenimiento. Imagina muchas personas querrían poder acceder al tipo de primicias que maneja. Es el tipo de información que trae dinero. En otra vida Hajime hubiera jugado su papel con astucia. Ahora sólo le queda la verdad.

—No. No es eso, es… sobre tu hermano. Tu hermano y los amigos de tu hermano.

—¿Conoces a Taiju? —Hay algo en la voz de la muchacha que suena alerta y aunque Hajime lleva viviendo esta vida poco más de diez días y no sabe cómo sucedieron las cosas aquí, puede hacerse una idea. Hajime sacude la cabeza y Shiba se relaja—. ¿Hakkai? ¿Conoces a Hakkai? ¿Y a los amigos de Hakkai?

—Algo así…

—No parecen tu tipo de persona.

Hajime se ríe. Un sonido un tanto hueco como incontrolable. Sacude la cabeza.

—No, supongo que no lo son.

—Está bien, Kokonoi Hajime, que tiene prometida y conoce a Hakkai y sus amigos, o algo así, invítame el almuerzo. Pero que no sea barato o no hay trato.

Hajime arruga la nariz y él y Shiba se miran por unos momentos en una batalla que Hajime sabe perdida. Cuando Hajime finalmente se pone en movimiento, Shiba le lanza una sonrisa triunfal. Hajime no recuerda que la hermanita menor de Taiju sonriera tanto ni estuviera tan llena de artimañas, pero supone que no es tan sorprendente cuando se trata de la misma chica capaz de derribar a Inupi de una sola patada.

Hajime no quiere ser su enemigo, mucho menos cuando necesita su colaboración. Así que cuando salen de la oficina y se adentran por las calles de Roppongi, Hajime ruega su billetera sea capaz de soportar el gasto que está por realizar.

Hajime deja que sea ella quien elija el sitio. La chica titubea cuando llega a la puerta de uno de los restaurantes más caros de la zona. Por un momento parece cuestionarse cuán grande es la bondad —o la desesperación— de Hajime y cuán dispuesta está ella a aprovecharse de ello, pero Hajime no le da tiempo a arrepentirse. Ingresa al restaurante como si cargara con todo el dinero de su otra vida en el bolsillo. Hajime no llegó hasta donde está por dudar. Aquella actitud les conseguirá una mesa en una esquina resguardada, una atención rápida y cero intromisiones.

—¿Realmente puedes pagar esto?

Shiba, con las manos entrelazadas sobre la mesa, escanea el lugar con la mirada.

—Quizás deberías habértelo planteado antes de ordenar, ¿no crees?

Shiba se ríe. Es el primer gesto totalmente sincero y abierto que Hajime le ve. Luce más joven, más como a la chica de secundaria que Hajime tiene almacenada en los recuerdos. Quizás si su relación hubiese sido otra en el pasado, Hajime se hubiera atrevido a considerarla bonita.

—Lo siento. Estaba pensando con el estómago. —Shiba se ríe como si encontrara toda la situación demasiado graciosa para darle verdadera pena—. No tienes que pagar por mí.

—Un trato es un trato. —Hajime blande una sonrisa, se encoge de hombros y observa alrededor, antes de volver a fijarse en ella—. Yo pago el almuerzo, tú me das información.

—No sé qué pueda decirte que sea tan valioso. ¿No estarás metido… en líos, Kokonoi? —Shiba arruga la nariz y aprieta los labios—. Hakkai ya no está metido en esas cosas.

—Modelo, ¿verdad?

Influencer. Aunque parece increíble de creer, ¿sabes que solía esconderse detrás de mí cuando era pequeño? —Shiba se interrumpe y abre mucho los ojos—. Ni se te ocurra decirle que te conté eso.

Hajime se encoge de hombros. No es como que fuera a tener oportunidad de hacerlo. Espera conseguir toda la información que necesita aquí mismo. Ni siquiera está muy seguro de qué respuestas espera obtener cuando la única importante la confirmó hace tres días, cuando cargó el primer artículo sobre el incendio en la computadora.

—Tienes mi palabra.

Shiba vuelve a entrecerrar los ojos.

Hajime ladea ligeramente la cabeza.

—Eres un ser extraño Kokonoi Hajime.

Hajime sonríe. Shiba no tiene la menor idea.

—Koko. Los amigos me llaman Koko.

—¿Somos amigos?

Algo así.

La risa de Shiba es tan alta y estridente que Hajime teme alguien venga a quejarse del escándalo que están haciendo. Pero para su suerte nadie se acerca. Aquel rincón es sólo para ellos.

—Quizás no seas tan malo después de todo.

Una tregua, entonces.

—Me ofendes, tengo una reputación que mantener.

Hajime se cruza de brazos y se recuesta contra el asiento, sacándole la lengua en un gesto infantil, satisfecho cuando ella vuelve a reír.

—Dime, Koko. —Shiba alarga especialmente el apodo, y le sonríe con burla un momento—. ¿Cómo conoces a mi hermano?

—Yo pago el almuerzo. Yo hago las preguntas. Ese es el trato.

Hajime es un hombre de negocios, sabe cuándo una jugada es demasiado arriesgada, pues sabe que se ha quedado sin fichas en el tablero y Shiba es su única oportunidad de ponerle algo de orden a sus pensamientos.

—Pensé que éramos amigos, Koko-kun. —Shiba le sonríe, pero no hay malicia y Hajime cree que realmente podrían serlo, amigos, pero también sabe dónde están sus prioridades y espera en silencio mientras el mesero pone los platos delante de ellos. Shiba toma los cubiertos, mira la comida y luego vuelvo a fijarse en él—. Muy bien, ¿qué quieres saber?

—Todo. Quiero saberlo todo. —La desesperación se le cuela en la voz y Hajime aprieta los labios—. Dime qué sabes de la Tokio Manji Kai.

—Hace muchos años que no escuchaba ese nombre. Hmmmm, esto está muy bueno, Koko, deberías probarlo. —Shiba saborea una porción de carne, mientras Hajime mueve la suya con los cubiertos, sin apetito—. Será mejor que tengas dinero para el postre porque creo que estaremos aquí un largo rato.

Hajime apoya la billetera sobre la mesa y sonríe.

—Todo el que sea necesario.  

 

 

*

 

 

—Neesan podría habernos alcanzado, ¿sabes?

Inupi suena aburrido. Mece los pies en el aire y aunque Hajime no le presta verdadera atención, puede imaginar está haciendo una de esas muecas que suele poner cuando Hajime menciona a su hermana. Están sentados en un murito frente a la papelería que queda a mitad de camino entre la secundaria y la casa de Inupi; Hajime con la espalda bien recta y el bolso de Akane en el regazo, Inupi moviéndose inquieto a su lado mientras esperan a Akane. Es una de esas tantas tardes en las que regresan a casa los tres juntos luego de clase, porque Akane-san no tiene club y puede pasar por el instituto de Inupi y Hajime de camino. Son los días favoritos de Hajime.

Hajime aprieta las manos alrededor del bolso de Akane, sintiéndose absurdamente complacido, y la sigue con la mirada mientras ella cruza la calle y se adentra en el local. Puede distinguir el uniforme de Akane incluso a través de las puertas de vidrio y cuando ella se voltea hacia ellos un momento, con una sonrisa ligera en los labios, Hajime endereza los hombros y siente el sonrojo picarle en la punta de la nariz.

—No seas grosero, Inupi. —Hajime quiso acompañarla mientras compraba los materiales que necesita para un trabajo de ciencias, pero Akane insistió en que no era necesario, que ellos podían esperarla afuera y si Hajime era tan amable de cuidar su bolso mientras tanto. Hajime no había sido capaz de oponer resistencia—. Akane-san dijo que no tardaría mucho.

—Ugh. —Inupi apoya las manos en el muro y echa la cabeza hacia atrás—. Es realmente asqueroso.

—¿Qué cosa?

Hajime se voltea hacia él, apretando los labios pues no tiene la menor idea de qué está hablando Inupi.

—Tu cara —Inupi ladea el rostro, fijando en él sus ojos claros con una intensidad que Hajime encontraría incómoda si no estuviera acostumbrado. Está a punto de defenderse cuando Inupi continúa—: La forma en que la miras.

—Shhhhhh —Hajime suelta el bolso y pone ambas manos sobre los labios de Inupi. Sabe que es una reacción exagerada porque Akane continúa del otro lado de la calle y no hay nadie cerca de ellos—. ¿Y si alguien te escucha? Además, no es asqueroso, es que tú no entiendes nada.

Inupi intenta decir algo contra las manos de Hajime. Cuando él no se atreve a dejarlo ir, por miedo a que diga algún otro disparate o se le ocurra repetir algo tan tonto pero esta vez a gritos, Inupi se decanta por la acción y le muerde un dedo.

—¡Ouch! —Hajime se lleva las manos al pecho y luego mira los dientes de Inupi marcados alrededor de su dedo índice—. ¡Me mordiste!

Inupi se encoge de hombros.

—Te lo buscaste.

Hajime le golpea el brazo con la mano herida, pero no muy fuerte porque él no es un bruto como Inupi y tampoco quiere que si Akane vuelve a mirar hacia ellos, piense mal de él. Hajime se cruza de brazos y sonríe con picardía a Inupi.

—Estás celoso.

Inupi pestañea.

—Ugh, no. —Inupi pone una mueca de asco y se aleja ligeramente de Hajime, pero aquello sólo logra que Hajime se meta en su espacio personal, mirándolo con ojos bien abiertos, con toda la atención que suele dedicarle a Akane. Inupi se ríe. El sonido es tan abrupto que toma a Hajime por sorpresa, pues suena exactamente igual que su hermana cuando algo la divierte. Hajime pestañea, tan cerca de Inupi que puede fijarse en el movimiento de sus pestañas y una línea de manchitas que Inupi tiene sobre la nariz. Inupi lo empuja—. Detente, Koko. ¡Basta!

Aunque lo hace entre risas, las manos de Inupi son más fuertes que el precario equilibrio de Hajime en el muro y él termina despatarrándose en el suelo.

—Hoy la tienes contra mí, Inupi.

Hajime bromea, aunque se frota con fuerza el costado donde se golpeó al caer. Cuando se fija en Inupi, éste tiene las mejillas rojas de vergüenza y luce realmente apenado. Hajime quiere decirle que no sea idiota, que estaban jugando, que no ha sido nada, peor fue la mordida en el dedo y Hajime no es tan vil como para enojarse con él por ello, pero antes de que ninguno de los dos pueda decir nada, Akane aparece junto a ellos.

—¡Seishu! —exclama, lanzándole una mirada severa y luego se arrodilla junto a Hajime—. Ya no tienes cinco años para andar peleando, Seishu. ¿Hajime-kun estás bien?

Hajime asiente. De repente se siente encandilado con la cercanía de Akane y la vergüenza se le acumula en las mejillas, por lo que desvía la mirada.

—Lo siento, Akane-san —dice, fijándose en el bolso de Akane, desparramado a su lado, y algo maltrecho por haber soportado parte del peso de Hajime—. Espero no se haya roto nada.

Hajime viste su mejor sonrisa apenada para ella.

Akane se ríe.

—No te preocupes, Hajime-kun. Lo importante es que tú estés bien. —Akane lo ayuda a ponerse de pie, mientras Inupi aprieta los labios lleno de indignación a un costado—. Tendrías que ser más considerado como Hajime, Seishu.

Mientras ayuda a Akane a recoger las cosas y termina de ponerse de pie, Hajime le saca la lengua a Inupi y se aleja de él antes de que pueda volver a golpearle, empezando a caminar junto a Akane y ofreciéndose a cargar el bolso de Akane hasta que lleguen a la casa, ya que Akane lleva también las bolsas de materiales.

A su espalda puede escuchar a Inupi murmurar por lo bajo un breve—: Traidor —que obliga a Hajime a contener la risa. Pero cuando siente que Inupi patea una piedra que acaba por golpear a Hajime en la pantorrilla no tiene más remedio que darse vuelta y mirarlo con lo que Hajime espera sea una clara advertencia.

Pero Inupi no lo mira, se pone las manos detrás de la nuca y mira hacia la calle, haciéndose el inocente. Hay días en los que Hajime no sabe por qué son amigos.

 

 

***

 

 

Hajime gana una aliada durante las dos horas que habla con Yuzuha, como ella insistió le llamara, quizás incluso su primera amiga en esta realidad; su primera amiga real desde Inupi.

Hajime pierde todo lo demás.

De toda la información que Yuzuha le brindó en aquel almuerzo, los datos que más llamaron la atención de Hajime fueron que Mikey no fue a prisión y que Hajime nunca conoció a ninguno de ellos. La Kanto Manji Kai nunca llegó a formarse, Hajime nunca traicionó a la ToMan y los Black Dragon nunca estuvieron bajo el mando de Shiba Taiju. Él e Inupi. Borrados de la historia que construyó todo lo que Hajime es ahora.

Esa tarde, cuando volvió a casa, Hajime guardó el número de Mikey y enterró el pasado al fondo del cajón. Es más fácil acostumbrarse a la rutina cuando Hajime acepta que la vida que conoció hasta ahora nunca existió.

Aquí, en este mundo, tiene un trabajo, tiene estudios, tiene a Akane. Tres cosas que puede asir con las manos. Es todo lo que, en un sueño infantil, creyó tendría.

Hajime hace tiempo que perdió aquel tinte inocente que le hacía creer que todo era posible y que el futuro albergaba una vida perfecta, pero los días pasan y la rutina se le mete en el cuerpo, algo incomoda, como una segunda piel o los trajes que Hajime desearía poder sacar del armario directo a la basura. Desde que él e Inupi tomaron caminos separados y se despidieron tantos años atrás, o quizás incluso desde antes, desde la muerte de Akane, Hajime vive la vida con lo que tiene. Con lo que puede.

Hajime no sabe cómo volver a su antigua realidad.

Hoy, Hajime tiene el horario de la tarde en la firma. Él y Yuzuha, por esas casualidades del destino, llevan una semana trabajando en conjunto el desarrollo de un contrato para un nuevo cliente, y deben entregarlo esa misma noche. Aunque Hajime insiste en que puede quedarse hasta ultimar los últimos detalles e imprimir las copias que necesitan alcanzar a sus jefes, Yuzuha acaba echándolo, amenazando a Hajime con la promesa de otro almuerzo gratis si se entera de que no disfrutó de su cita.

Cita. La palabra resuena hueca e irreal en la cabeza de Hajime mientras baja en el ascensor hacia el lobby para encontrarse con Akane. Hay días en los que despierta pensando que aún tiene doce años y sigue enredado entre las sábanas, la mente llena de fantasías.

En la planta baja, Hajime se cruza con el hermano pequeño de Yuzuha, Hakkai, quien llega junto a Mitsuya Takashi. Hajime inclina la cabeza ligeramente hacia ellos en un silencioso saludo aunque sabe que no pueden reconocerlo por quien fue y posiblemente no lo recuerden de la única vez que los vio en las oficinas, cuando Mitsuya concurrió a solicitar los servicios de la firma. Cuando levanta la mirada, ellos ya no están allí y Akane le sonríe desde la puerta.

Está sentada sobre uno de los muritos en la explanada y tiene un vestido fino de verano que reluce su belleza. Los ojos le brillan. En ocasiones, Hajime piensa que son exactamente iguales a los de Inupi, transparentes y cálidos por demás. Hajime le roza la mejilla con los labios y Akane, aún con sus casi treinta años, se sonroja como una adolescente, antes de prenderse del brazo de Hajime y seguir sus pasos. Hajime no deja de sorprenderse de lo sencillo que resulta ponerse en aquellos zapatos nuevos que, en su opinión, deberían quedarle demasiado grandes.

La mano de Akane encuentra la de Hajime y entrelaza sus dedos.

—¿Estás seguro que no debías quedarte más? Podría haber esperado —le dice, con ese tono de voz suave que usa con él desde que Hajime no era más que un niño, como si comprendiera más de lo que Hajime es capaz de procesar y aquello le divirtiera.

—Yuzuha me habría pateado por las escaleras de emergencia hacia abajo si me quedaba un minuto más. —Hajime sabe que suena como un mocoso caprichoso y molesto, y arruga la nariz cuando Akane se ríe de él.

—Tendré que agradecerle luego entonces. —Akane le roza los dedos. Hajime se fija en su sonrisa, en la manera en que parece concentrarse con tanta avidez en lo que está pensando que olvidará de decirlo en voz alta. Inupi hacía eso todo el tiempo. Aunque probablemente él lo hacía porque no confiaba a Hajime con sus pensamientos. Akane no calla—. ¿Sabes? Mientras te esperaba me encontré con Mitsuya-kun, uno de los...

—¿Conoces a Mitsuya? —Hajime se siente mal por interrumpirla, pero espera que al menos aquello sea suficiente distracción para que Akane no haya notado la manera en que sus pies trastabillan de la sorpresa.

—Es uno de los diseñadores que en ocasiones trabajan para el estudio. Si me preguntas a mí, es brillante. ¿De dónde lo conoces tú? ¿Es cliente de la firma?

Hajime agradece que Akane de una respuesta por él. Asiente lentamente.

—Sí. Uno nuevo. Llegó a nosotros por el hermano de Yuzuha, son… amigos.

Akane no hace ningún comentario sobre la significativa pausa de Hajime y simplemente aprieta los labios en un asentamiento cauto. Hajime siente las mejillas enrojecidas y se apresura a cambiar el tema, preguntándole cómo es trabajar con Mitsuya, un poco por curiosidad y otro poco por sacudirse la incomodidad de encima. Akane, como siempre que habla de aquello que le apasiona, comienza a hacerlo de manera apresurada y con lujo de detalles, y Hajime pone todo su esfuerzo en escucharla.

No está muy seguro si de pequeño llegó a conocer este lado de Akane, uno vivaz y en continuo movimiento, tan diferente a la presencia silenciosa de Inupi, quien siempre eligió cuidadosamente cuánto y qué decir de sí y de todo lo demás.

Hajime quiso creer que eso era suficiente.

Ahora está aquí.

Akane mantiene la conversación viva entre ellos en el tiempo que les toma llegar caminando al Parque Hinikicho. Para entonces el cielo comienza a transformar sus colores y algunas luces comienzan a encenderse para iluminar los cerezos en flor. No es la primera vez que vienen aquí. A Akane se le ilumina el rostro como una niña pequeña cada vez que lo visitan y a Hajime le gusta la tranquilidad que pueden encontrar en algunos de los más resguardados rincones. Es diferente a lo que está acostumbrado. No tiene el dejo del bajo mundo en el que se movió desde la adolescencia ni los bordes filosos de los espacios que ocuparon por tanto tiempo él e Inupi. Hajime supone así es como debe ser su vida ahora. Y aun así es incapaz de dejar de compararlas. Ésta y la de antes. La de Akane y la de Inupi.

Él y Akane encuentran lugar entre la maleza cerca del lago, en uno de los bancos bajo los árboles en flor. Una postal que pertenece a las novelas románticas. En aquel pequeño rincón están solos. La última vez que estuvieron solos cuando Akane aún seguía viva fue antes del incendio y Akane lo había rechazado. Ahora, ella coloca la cabeza sobre el hombro de Hajime un instante y guarda silencio. Es un silencio espeso que Hajime siente la presión de llenar pero no sabe cómo.

Inupi seguramente le diría que está siendo idiota. Si pudiera, Hajime le preguntaría qué hacer, cómo se supone que tiene que ser mejor novio para Akane. Como se supone que puede ser el Hajime que prometió ser. Hajime está poniendo todo de su parte para lograrlo. Es sólo que hay algo que no termina de encajar, como un engranaje fuera de lugar, y no tiene nada que ver con este mundo, tan diferente y tan ajeno, sino con Hajime.

Akane no parece notarlo. Luego de un momento, cuando el cielo comienza finalmente a oscurecer y la conversación sobre el trabajo se diluye por completo entre ellos, se pone de pie, roza la mejilla de Hajime en un beso rápido y se acerca hacia uno de los árboles a examinarlo. Ladea ligeramente la cabeza con curiosidad y Hajime puede ver en ella el mismo brillo intenso que Inupi sólo dejaba ver para aquellas cosas que realmente le importaban. Las motos. Hajime. Cuando Akane se gira hacia él y dice algo, Hajime casi puede verlo.

Como puede ver el gesto que hacía cada vez que no estaba de acuerdo con Hajime en la frente fruncida de Akane.

—¿Está todo bien? —le pregunta ella, dando un par de pasos hacia Hajime y acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja.

Hajime asiente. Akane está tan cerca que podría besarla si quisiera.

—Sólo estaba pensando —admite, sin saber dónde fijar la mirada.

Akane se ríe. Es un gesto suelto que a Hajime le produce un escalofrío. Luce divertida.

—¿Y piensas compartir conmigo tus pensamientos? ¿O son un secreto? —Akane le devuelve algo de su espacio personal y le sonríe con picardía. El mismo tipo de comentario certero para el que Inupi no hubiera esperado más que silencio por parte de Hajime.

Akane sí espera una respuesta. Sigue de pie, mirándolo expectante y llena de vida. Tan llena de vida como Hajime nunca pensó podría volver a verla.

—Es raro.

Hajime nunca supo cómo no ser cien por ciento honesto con Akane. Es el único Hajime que existió para ella. Es un Hajime que hace muchos años él no es. Pero hay algo frágil, sincero y cálido en Akane que le recuerda que ella siempre supo escucharlo, incluso cuando era un chiquillo enamorado y caprichoso.

—¿Qué cosa, Hajime?

—Estar… sólo nosotros. —Hajime le echa la lengua por nerviosismo como si aún tuviera doce años y no supiera cómo comportarse frente a quien le gusta y se muerde el labio cuando la expresión de Akane se vuelve seria—. Quiero decir… siempre fuimos tres. Inupi, tú y yo. 

Akane frunce el ceño. No parece estar muy segura de sí alejarse o acercarse.

—¿De qué hablas, Hajime? Hace años que somos sólo nosotros dos. —Hay un brillo triste y confundido en ojos de Akane y Hajime es repentinamente consciente de cómo sonó aquello para ella, para quien Inupi lleva demasiados años muerto. La diferencia es que para Hajime nunca fue “Akane y Hajime” como sí lo fueron “Inupi y Koko”.

Hajime sabe que son dos realidades incompatibles.

—Claro. No, tienes razón —se corrige y le regala una sonrisa cauta que espera sea capaz de convencer a Akane. Hace semanas que Hajime no mete la pata tan hondo con su ignorancia o su torpeza. Usa su mejor recurso y miente. A medias—. Es sólo que… llevo pensando varios días en el incendio.

—Oh.

Hajime se odia cuando ve la expresión desarmada de Akane. Por un momento luce más joven, con el mismo gesto perdido que Hajime observó muchas veces en Inupi luego de su muerte.

Hajime se siente vil cuando insiste.

—Nunca hablamos de ello, ¿verdad?

Hajime nunca habló del incendio con Inupi. Ni de sus pesadillas. Ni de la pérdida que compartieron. Ni sobre el momento en que lo cargó sobre los hombros pensando que era ella. Ni siquiera cuando sólo hubo reclamos de por medio, Hajime nunca habló de ello.

—Es… difícil. Aún luego de tanto tiempo. No… no pensé que quisieras hablar sobre ello, Hajime.

Akane se sienta junto a él, pero no busca su mano ni le apoya la cabeza en el hombro. Simplemente mira hacia adelante, hacia el lago que se perfila entre las ramas cargadas de flores de cerezo.

—Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea, Akane. —El honorífico muere en labios de Hajime luego de semanas de acostumbrarse al sonido de su nombre, pero habla con la verdad y cuando mira a Akane y le dirige una mirada abierta, ella asiente, calma y con esa belleza etérea que una vez lo enamoró—. Cuéntame del incendio, por favor.

—Tú estuviste ahí, Hajime.

Hajime se encoge de hombros y espera que eso sea suficiente para atravesar cualquier reticencia.

—No es lo mismo.

—No sé qué quieres que te diga.

—Lo que quieras. Lo que sea.

Akane se ríe nerviosa y entrelaza las manos sobre la falda. Por un momento se mira los dedos, donde reposa el anillo que otro Hajime le regaló, luego le sonríe con un gesto triste y mira hacia el lago antes de hablar.

—A veces creo que no entendí qué estaba sucediendo hasta que tú y yo estábamos afuera —confiesa, con voz pequeña—. Fue todo tan rápido... Yo también lo extraño, Hajime. Durante años soñé con él en hospital. Tan pequeño e indefenso y nosotros… nosotros sin casa, sin dinero, sin manera de salvarlo...

—Lo siento, siento mucho no haber conseguido el dinero.

Cuando lo dice Hajime no está seguro si lo dice por Inupi o por ella. Siente un nudo en la garganta. Él también mira el lago pues es incapaz de enfrentarla.

—No era algo que pudieras hacer tú. Pero me acompañaste todo ese tiempo. —Akane le toma una mano entre las suyas y le da un pequeño apretón—. No me dejaste sola. Fue suficiente. Gracias, Hajime. No sé si alguna vez te lo he dicho. De verdad.

Hajime deja que las palabras de Akane se le asienten en la piel hasta que las implicaciones le aceleran el pulso y lo obligan a voltearse a verla.

—Espera… ¿estás diciendo que no lo intenté? ¿No intenté conseguir el dinero? ¿Sólo dejé que… que Inupi… que sucediera?

Akane aprieta los labios, lo observa con un gesto cargado de tristeza. Hajime la ve sacudir la cabeza, con ese tipo de expresión que a Hajime le solía hacer sentirse realmente como un niño y le hacía creer que ella sabía cosas que él no.

—Era mucho dinero. Tú eras sólo un niño, ¿qué podrías haber hecho? ¿Dónde habrías conseguido tanto dinero?

Hajime quiere decirle que hubiera encontrado la forma, que no hay límite que él no estuviera dispuesto a cruzar, pero sabe que en otra vida tampoco logró conseguir el dinero para salvarla a ella. Akane tiene razón. Hajime se traga aquellas palabras y apoya la frente contra el hombro de Akane, sintiéndose pequeño y perdido, mucho más de lo que lo ha hecho en mucho tiempo.

—Entonces… dejé a Inupi morir —dice, casi como una confesión.

Akane le pone una mano en la nunca y le roza la piel como si estuvieran de regreso en el hospital, llenos de lágrimas y con el mundo revuelto. Hajime siente los ojos secos.

—Sólo eras un niño.

Inupi también.

 

 

**

 

 

—¿A dónde vamos?

Hajime habla contra el oído de Inupi, aferrándose con alma y corazón a la motocicleta. El frío le hiela la piel y Hajime agradece tener puestos los guantes pues de otra manera ya no podría sentir los dedos. Atrás queda la iglesia, Shiba Taiju y los Black Dragon. Hajime quisiera entender qué pasa por la cabeza de Inupi en este momento pero sabe mejor que preguntar.

—No lo sé. —Inupi se encoge de hombros y Hajime siente la manera en que se estremece junto a él—. ¿Quieres bajarte?

—¿Y congelarme? Estás loco. —Hajime hace una mueca y se acerca un poco más a la espalda de Inupi, intentando protegerse del viento gélido de invierno. Seguramente pasaría menos frío resguardándose en el primer restaurante abierto que encuentre y envolviendo los dedos alrededor de un pote de ramen caliente, pero Hajime no es tan idiota como para dejar a Inupi irse solo. No tiene caso sacarle la lengua y aparentar cuando Inupi igual no puede verlo—. Dije que iría contigo, ¿no?

Inupi reduce la velocidad casi imperceptiblemente.

—No sabes dónde.

—¿Importa? —Hajime se ríe, echa el cuerpo hacia atrás y deja que los copos de nieve le golpeen el rostro, casi tan ligeros como la brisa—. Yo pago el combustible, ¿recuerdas?

Hajime escucha a Inupi chasquear los dientes, casi como una risa, antes de inclinarse hacia adelante y acelerar un poco más. Aunque sabe que Inupi domina por completo aquella motocicleta, Hajime no puede evitar el escalofrío que le recorre el cuerpo cuando siente las ruedas chillar contra la calle que la nieve torna peligrosa. Pero ellos se deslizan por Tokio sin inconveniente.

Hajime no vuelve a decir nada e Inupi guarda silencio. Quisiera decirle que no sea tan sentimental. Ellos dos saben perfectamente que la vida está hecha de sueños rotos. Pero Hajime también sabe lo que es vivir para una sola cosa; una sola obsesión. Afirma las manos en el asiento de la moto y deja que Inupi continúe andando hasta cansarse. Algo que toma poco más de media hora de vueltas en círculos sin destino aparente. Pero cuando Hajime empieza a cerrar los ojos, la frente contra la espalda de Inupi y una mano alrededor de la chaqueta cerca de su cintura, Inupi finalmente baja la velocidad y se detiene.

Hajime pestañea y un nudo se le forma en la garganta. Inupi apaga la moto. No se mueve. Hajime no puede hacerlo. Lo que sea que se remueva por el pecho de Inupi esta noche acaba de traerlos a la puerta del cementerio. Si Hajime pudiera aun sentir las manos o el bombeo de la sangre por el cuerpo, encontraría aquel destino extremadamente irónico. Incluso bromearía sobre ello. Lo que hace es mirar el portón de entrada como si le hubiera ofendido personalmente. En la bruma de la noche es incapaz de distinguir el letrero que dice su nombre, pero claramente no está abierto al público.

—Está cerrado —dice cuando recupera la voz, sintiéndose aún más torpe cuando aquello hace reír a Inupi.

Hajime le da un pequeño golpe en la espalda y apoya los pies en el suelo en el momento justo en que Inupi baja de la moto, logrando así mantener el equilibrio.

—Hemos hecho peores cosas.

Inupi se encoge de hombros. Si fuera Hajime, habría adornado aquella frase con una sonrisa pícara y divertida, como si nada le importara en el mundo, pero Inupi no se parece en nada a él. Tiene ese gesto severo con el que Akane solía verlos cuando reprobaba algo que hacían. Que Inupi hacía.

—¡Habrás hecho! —Hajime se baja de la moto de golpe. Por un momento tiene doce años de nuevo e Inupi lo hace pasar vergüenza frente a Akane. Quiere decirle que se niega a entrar al cementerio en la noche, que hay un límite a donde Hajime está dispuesto a seguirlo, pero Inupi lo observa con una ceja levantada y Hajime se lleva una mano al rostro, conteniendo un suspiro y sacudiéndose la nieve de los cabellos—. Tus locuras nos meterán en problemas.

—Puedes esperar aquí, Koko.

Hay algo suave en la voz de Inupi que es peor que cualquier expresión de fastidio y Hajime mira hacia la entrada del cementerio para no enfrentarlo. Aunque lo último que desea en estos momentos es enfrentarse a Akane.

—¿Y dejar que te caigas en un pozo? Me necesitas.

Aunque siente la mirada de Inupi fija sobre él, Hajime se pone en movimiento sin esperar una respuesta. Le arde el rostro por el frío y no quiere quedarse quieto. Cuanto antes entren, antes estarán fuera.

Hajime comienza a trepar por la reja y se desparrama contra el suelo de manera vergonzosa cuando salta hacia el otro lado. Inupi, que demora unos segundos en seguir sus pasos, cae junto a él. De pie. Le extiende una mano a Hajime. Hajime considera un momento en rechazarla, porque tiene un ápice de dignidad y no acaban de salir de una pelea contra ToMan y contra Mikey el Invencible sin un solo rasguño sólo para que Hajime haga el ridículo frente a los muertos, pero cede al último momento, estrechando los dedos de Inupi fuertemente entre los suyos.

Inupi continúa mirándolo como si siquiera decirle algo y luego de un instante deja ir la mano de Hajime. Él se sacude la nieve del cuerpo.

—No te atrevas a decir nada —masculla, aún sonando como un niño caprichoso. Hajime aprieta los labios y se endereza—. Tú guías. Este sitio me da mala espina.

—Son sólo espíritus, Koko.

—¡Son sólo…! —Hajime bufa—. Creí que yo era el gracioso de los dos.

Cuando se fija en Inupi, éste tiene un amago de sonrisa en los labios. Es un gesto tan suave y tan imperceptible que Hajime está seguro que ni siquiera es consciente de llevarlo en los labios.  Hajime quiere parar de hablar y que Inupi deje de mirarlo así. Hajime mueve una mano indicándole a Inupi que tiene el camino abierto para tomar la delantera y éste asiente, empezando a caminar como si sus pies reconocieran el camino.

Inupi tiene todo el cabello cubierto de pequeñas motas de nieve y sólo luego de varios pasos recuerda que aun lleva el paraguas consigo para protegerse de ésta consigo.

Hajime arruga la nariz porque es repentinamente consciente de que no sabe qué hizo con el suyo y apura el paso hasta poder caminar junto a Inupi, los hombros rozándose y el paragua cubriéndolos a ambos a medias. Cuando Akane aún vivía, un día ella había olvidado su paraguas un día de mucha lluvia y él e Inupi habían ido hasta su instituto a buscarla cuando no la habían encontrado fuera del suyo esperándolos al acabar las clases. Hajime le ofreció compartir su paraguas y había hecho todo el trayecto hasta la casa de los Inui con el cuerpo tenso y un sonrojo en las mejillas. Ahora, se acerca a Inupi porque tiene frío y aquel lugar lo pone nervioso. Pero si Inupi quiere burlarse de él por ser un miedoso, se guarda los comentarios y continúa avanzando en silencio, cubriendo a Hajime ligeramente más con el paraguas para que la nieve no le caiga en el hombro opuesto.

Hajime quiere preguntarle por qué hoy de todas las noches Inupi decidió visitar la tumba de Akane, pero cada vez que forma las palabras en su mente acaba ahogándose con ellas. Todas sus dudas caen en saco roto cuando Inupi finalmente se detiene frente a una de las lápidas. Hajime siente el corazón en la garganta pero cuando se enfrenta a la inscripción se da cuenta de que es un reverendo idiota.

—Creí que íbamos a… —dice, antes de poner contenerse, pestañando frente al último descanso de la familia Sano.

Inupi se gira hacia él. Están tan cerca que, a pesar de la poca iluminación, Hajime puede ver la manera en que le brillan los ojos y cómo mueve las pestañas mientras las palabras de Hajime cobran sentido en su mente.

—Oh. —Inupi abre los labios y Hajime se fija en ellos un momento. Luego, levanta la vista hacia sus ojos vidriosos—. Ella… está… —Inupi mira hacia el otro extremo del cementerio. Por un segundo parece que no dirá nada más, luego vuelve a enfrentarse a Hajime, con expresión contraída y serena—. ¿Quieres…?

Hajime traga. Como es incapaz de mantenerle la mirada a Inupi, se gira hacia la lápida de los Sano.

—No. No, está bien —dice, con voz seca.

Inupi tarda unos momentos en moverse, como si le costara creerle y luego le entrega el paraguas a Hajime, antes de adelantarse y arrodillarse frente a Sano Shinichiro, el fundador de los Black Dragon. Hajime se pregunta si irá a disculparse por fallar en reconstruir su tan preciada pandilla. Allí, con la nieve cayéndole sobre el pelo y los hombros, con el uniforme blanco y cristalino de los Black Dragon y aquella postura tan solemne, Inupi aparenta él mismo ser un espíritu o una estatua protegiendo el destino de quienes descansan a su alrededor.

Hajime se muerde el labio y luego se arrodilla junto a él, protegiéndolo de la nieve.

—Debimos traer incienso —dice, incómodo y cuando Inupi abre los ojos para mirarlo con curiosidad, Hajime agrega—: Eso es lo que se hace, ¿no? Cuando uno presenta sus respetos a los…

—La nieve lo hubiera apagado. —Como siempre, Inupi simplemente remarca un hecho y Hajime quiere pegarle y decirle que por favor no se lo haga tan difícil.

—Lo que cuenta es el gesto —masculla por lo bajo e Inupi asiente, como si estuviera de acuerdo.

El silencio se asienta sobre ellos y Hajime maldice el frío, preguntándose si Shinichiro será siquiera capaz de escucharlos. Siente cómo se le entumecen los huesos y la humedad le traspasa la tela del pantalón. La mano que sostiene el paraguas le pesa luego de un tiempo pero Hajime no se mueve. Se queda allí, junto a Inupi, hasta que está seguro que a ojos externos representan un par de estatuas de piedra.

Cuando Inupi se mueve, apenas un suspiro, como si volviera a respirar, es Hajime quien se sobresalta.

—No hagas eso, Inupi. —Hajime se lleva la mano libre al pecho y mira en todas direcciones para comprobar que continúan absolutamente solos. Sin espíritus o guardias que vengan a perseguirlos por interrumpir la noche con su presencia.

Vuelve a enfrentar a Inupi y Hajime tiene el impulso de alejarse y poner espacio entre ellos.

—Los Black Dragon se acabaron. Puedes ir a casa, Koko. Ya no tienes que hacer esto. —Inupi destila una calma tan magnética que casi parece sobrenatural y que Hajime siente más fría que el propio invierno que amenaza con enterrarlos bajo la nieve junto a los muertos.

Inupi tiene los labios azules del frío.

Hajime ladea el rostro, mira hacia otro lado.

—¿Y tú que vas a hacer?

—No lo sé, ¿unirme a la ToMan? No importa. —Inupi se encoge de hombros—. No tienes que seguirme. Esto nunca fue lo que querías.

Hajime se ríe. El sonido lo toma tan desprevenido que lo sacude entero y Hajime acaba apoyándose contra el hombro de Inupi para controlarse. Las manos de Inupi lo sostienen de los brazos y Hajime siente la presión de sus dedos quemarle en la piel. Esto no es lo que Hajime quería pero es todo lo que Hajime sabe hacer. Lo único para lo que sirve. Delincuencia, dinero sucio y seguir los pasos de Inupi, así lo lleven al cementerio.

—Eres un idiota. —Cuando Hajime se aleja ligeramente, la risa disminuyéndole en el pecho, está tan cerca de Inupi que puede respirar el aire caliente que emana de su boca y se transforma una estela blanca desdibujando sus facciones como un velo. Hajime quiere besarlo. Quiere besarla. Hajime se levanta de golpe y empuja el paraguas hacia Inupi quien lo toma entre los dedos con expresión de sorpresa—. Tú mismo lo dijiste, tengo una promesa que cumplir.

—Koko…

—Tengo que… voy a… iré a… —Hajime se aleja un par de pasos y mira hacia donde momentos antes Inupi le indicó se encuentra su hermana en el cementerio—. Me dices cuando hayas decidido qué hacer.

Hajime sacude una mano, restándole importancia y luego, como último recurso le saca la lengua, como si toda la situación le pareciera divertida. No vuelve a mirar a Inupi, se pierde entre las sombras de los altares, la amenaza de los espíritus y la presión que siente en el pecho.

 

 

***

 

 

Cuando Akane golpea a la puerta de Hajime y le dice, con una sonrisa despampanante e ilegal, que saldrán a cenar, Hajime no encuentra forma de negarse. Hajime lleva varios días metido entre los libros de la universidad y juntando horas extras en el trabajo y apenas ha tenido oportunidad de compartir tiempo con Akane. Aunque ella no se lo reprocha, sí le dice que lo extraña y Hajime abandona cualquier pretensión de continuar leyendo para sus clases sólo para acompañarla.

Es la primera vez que comparten más que un par de llamadas breves y encuentros rápidos durante el almuerzo en varios días, desde la visita al parque Hinikicho, desde que hablaron del incendio. Hajime se repite que no la está evitando y se promete disfrutar de la velada. Salir de aquella habitación claustrofóbica y distraerse le hará bien.

El restaurante al que los lleva Akane está tan lleno que sólo consiguen mesa porque Akane reservó una para ellos. Hajime casi se ve tentado a preguntarle si es alguna fecha especial o si habían acordado cenar juntos y él lo olvidó, pero Akane se adelanta a su pregunta diciéndole con una sonrisa llena de cariño que Hajime merece un buen descanso por todo su esfuerzo. Hajime no está muy seguro de haber hecho nada en la vida para merecer que Akane lo trate así, pero se sienta a la mesa, devuelve la sonrisa a Akane y mientras cenan, todo parece ir bien, feliz.

Hajime siente que el cuerpo se le relaja y puede regresar aquí, a donde él y Akane van a casarse y el futuro no es sólo algo que Hajime se sienta a esperar en el borde de la cama, atento a cuál será el próximo error que desbarate el equilibrio. Akane es como un bálsamo. Al igual que cuando eran pequeños es amable y comprensiva y sonríe mucho.

Luego menos.

Hajime no está muy seguro cómo comienza la discusión. Hasta donde él es capaz de recordar estaban hablando normalmente, algo sobre el trabajo de Akane, algo de telas o diseñadores o Mitsuya, Hajime no estaba realmente prestando atención. Un momento después, Hajime está elevando la voz. Es consciente que comienzan a llamar la atención de las mesas vecinas y él se hunde en el asiento, como si fuera capaz de encogerse y así pasar desapercibido.

—Hajime… ¿Qué sucede? Tú no eres así. —Akane estira una mano sobre la mesa y la apoya sobre la de Hajime. Es un gesto cargado de preocupación y comprensión y amor y Hajime siente que algo se le retuerce en el estómago.

Inupi nunca lo miró así, pero Akane, esta Akane que vivió hasta sus treinta, que va a casarse con Hajime, que puede sonreír y seguir viviendo, que puede llevar las cicatrices del incendio cubiertas por un pañuelo alrededor del cuello, eso jamás podría saberlo.

Hajime le habla a la mano de Akane.

—No me conoces. —Su voz suena ácida, como si tuviera el cañón de una pistola atravesado en la garganta. Cómo podría Akane conocerlo. Hajime no es el chico bueno, con trabajo y estudios, que ella cree él es.

—¡¿Hajime?! —Akane le aferra la mano entre los dedos. Lo mira con el ceño fruncido.

—Estoy bien. —Hajime se sacude la mano de Akane, se pone de pie. Sabe que está siendo injusto pero Hajime no puede seguir mirándola, no puede seguir allí, de repente siente que se ahoga—. ¡Déjame en paz, ¿quieres?!

Cuando Hajime vuelve a fijarse en la expresión de Akane, mezcla de sorpresa y miedo, la culpa le aprieta la garganta y lo deja sin aire. Puede sentir la manera en que todos a su alrededor lo miran como si Hajime se hubiera transformado de un momento a otro en un yokai, y cuando ve que el mesero se acerca a ellos, Hajime titubea.

—Necesito… Yo… estaré afuera —masculla, dándose media vuelta y abandonando el restorán con paso rápido. Hajime no se voltea, pues de hacerlo, está seguro de que comenzará a llorar, como un chiquillo que simplemente quiere volver a casa, a los brazos de su madre. Hajime se pregunta si aquí, en este mundo, ella lo recibiría, si aún lo reconoce, si puede pronunciar su nombre sin ser ella quien rompa en llanto.

El aire de la calle le golpea espeso pero Hajime lo siente en los pulmones y recorriéndole el cuerpo. Ayuda a calmarlo, aunque no a ordenarle los pensamientos. Ahora que está allí, no sabe qué hacer. Se siente un patán. Jamás en su vida imaginó hablarle de aquella forma a Akane. Akane, quien siempre sacó lo mejor de Hajime. Hajime camina hasta la columna de luz que ilumina aquella área y se apoya contra ésta, mirándose los pies hasta que escucha la puerta del restorán abrirse. Una pareja sale tranquilamente de la mano, compartiendo sonrisas cómplices, el mismo tipo de gesto sencillo que él y Akane llevaban en el rostro cuando ingresaron. Detrás de ellos, Akane mira a un lado y otro hasta encontrar a Hajime. Tiene la cartera apretada entre los dedos con tanta fuerza que sus nudillos están blancos, pero cuando Hajime se fija en su rostro, puede ver sus mejillas encendidas sobre la palidez de su rostro.

—¡Hajime! —exclama, acercándose a él con pasos pequeños y presurosos y Hajime no se atreve a desviar la mirada de ella—. ¿Qué fue eso?

Akane tiene el ceño fruncido y los labios apretados. Los ojos le relucen bajo la luz artificial de la calle, y tiene el mismo gesto característico de apretar los dientes hacia un lado del rostro que Inupi. Hajime extiende una mano y le roza la mejilla.

—Luces exactamente como él cuando te enojas. —Hajime no está muy seguro de por qué dice aquello. Quizás porque nunca imaginó que Akane podría vestir semejante expresión en el rostro, pero cualquier rastro de molestia desaparece en el acto.

—No estoy enojada, Hajime, creo… —Akane presiona la mejilla contra la palma de Hajime y cierra los ojos un momento, su voz no es más que un susurro cuando vuelve a hablar—. Nunca me he parecido a Seishu.

Hajime no está de acuerdo. No deja de compararlos, a cada momento, en cada instante, no deja de pensar en Inupi. En por qué no intentó salvarlo en este universo. Este mundo que le dio a Akane pero le quitó a su mejor amigo. Hajime habría hecho cualquier cosa por él.

—Te sorprenderías —dice, con una sonrisa triste. Porque Hajime podría decir que ha tenido la suerte de verlos a ambos convertirse en adultos, de ser tanto o más parecidos que cuando eran pequeños—. Si hubieras podido verlo…

Akane abre los ojos.

—Hajime, no sé qué se te ha metido en el cuerpo pero llevas días actuando extraño y… —Akane aprieta los labios cuando Hajime deja caer la mano al lado del cuerpo y se da media vuelta, comenzando a alejarse de ella y del restaurante—. ¿A dónde vas, Hajime?

—¡No lo sé! —Hajime se ríe. Es un sonido hueco que atrae la atención del resto de los transeúntes. La noche es cálida y Hajime quiere estar solo. No, eso no es cierto. Hajime se gira hacia Akane, ella lo sigue con cautela, como si no supiera si Hajime está a punto de gritarle, desaparecer o hacer algo tan extremo como pegarle. Hajime jamás le haría daño—. Llévame con él.

Akane parpadea. Por un momento, Hajime cree que tendrá que aclarar, pero luego ella da un paso hacia él y busca tomarlo de la mano.

—Hajime… ¿hablas de Seishu?

—No sé… no sé dónde está… dónde… —Hajime lleva días, semanas, evitando enfrentar la realidad. Está seguro de que una parte de su mente sigue viviendo en Roppongi, está seguro de que esto no es más que una pesadilla, teme que, de enfrentarse al altar de Inupi, todo se vuelva realidad. Hajime ha ignorado todo aquello que le quema en la piel desde que tiene doce años, desde el incendio, como si sus verdades y sus sentimientos se hubieran quedado encerrados entre el fuego—. Por favor, llévame con él.

—Estará cerrado… —Akane no suena segura y Hajime siente ganas de volver a reír. Aquello no habría detenido a Inupi—. Podemos ir mañana…

—No. —Hajime sacude la cabeza—. Tiene que ser ahora. Necesito…

—Hajime…

—Akane-san.

Hajime cree que de todas las cosas que ha dicho y hecho en la noche, aquella es la más cruel de todas. Akane baja la mirada, aprieta los dedos alrededor de la mano de Hajime y tira de él, hacia adelante, sin agregar ninguna otra palabra.

 

-

 

Cuando llegan frente al cementerio, Hajime se frota el sudor de las manos contra el pantalón y mira hacia las puertas abiertas con los labios a medio cerrar. Si fuera invierno podría ver su respiración tomando forma en el aire. No sentiría los dedos. El lugar estaría cerrado y Hajime tendría que trepar por los barrotes helados. Hajime está seguro de que aquello no lo detendría y aun así, no se mueve. Ahora que está aquí, Hajime no se atreve a entrar.

Hajime nunca quiso visitar la tumba de Akane.

Akane le roza el brazo con los dedos llamándole la atención. En el rostro tiene una expresión vacía y triste y Hajime se siente ligeramente culpable de haberla arrastrado hasta aquí, especialmente luego de su exabrupto. Aunque sabe que debería ofrecerle una disculpa, desvía la mirada hacia una de las tiendas frente al cementerio. Hay varios arreglos florales en la ventana y las luces continúan encendidas. Hajime le da la espalda a las puertas del cementerio, hace una seña rápida a Akane y luego cruza hacia la tienda sin esperar por una respuesta.

Con palabras escuetas y sacando los yenes que nunca llegó a gastar en la cena, Hajime compra algunos inciensos, porque eso es lo que se supone uno debe hacer cuando se visita a los muertos. Así se lo enseñó su madre cuando era apenas un niño.

Ella lo había llevado una mañana muy calurosa de verano a visitar a su abuela, a sólo una semana de su muerte. Hajime recuerda la mano de su madre firme contra la suya y su semblante serio y enojado, como si Hajime hubiera hecho alguna travesura irreparable. Hajime era demasiado pequeño para comprender por completo el peso de una pérdida y el concepto de respetar a los muertos le iba demasiado grande. Aburrido e incapaz de comprender por qué no podía hablar con su abuela había sacudido el incienso de un lado a otro tratando de formar figuras en el aire para entretenerse y su madre lo había retado.

Ahora, Hajime se aferra a la pequeña bolsa de papel cuando cruza la calle hasta donde lo espera Akane.

No se dicen nada, pero Hajime le tiende una mano igual y deja que los dedos de Akane se enreden alrededor de los suyos como un centro de gravedad. Hay algo místico y peligroso de caminar entre lápidas con la luz de las lámparas como única guía en la noche. A Hajime se le eriza la piel y a medida que avanza teme despertar dentro de una pesadilla.

Con cada paso que da quiere retroceder, pero el agarre firme de Akane lo guía hacia adelante. Hajime se fija un momento en ella, en su rostro serio y sus labios apretados, el mismo gesto cargado de pena que Hajime no supo descifrar en el rostro de su madre tras la muerte de su abuela.

La bolsa de papel cruje entre los dedos de Hajime.

Les toma algunos minutos llegar a destino. Akane se pierde en el camino y deben deshacer sus pasos un par de veces antes de tomar la dirección correcta.

—Es diferente en la noche —se excusa, con voz pequeña e infantil, mordiéndose el labio, e ignora la mirada de Hajime cuando agrega—: Hace tiempo que no vengo.

Hajime comparte su culpa y deja que los fantasmas la devoren con su silencio.

No tardan demasiado en llegar luego de ello. Dan un giro en una esquina y Akane se detiene de golpe, tirando de la mano de Hajime y obligándolo a frenar el movimiento de los pies. Akane parece dudar un momento, aprieta la mano entre la suya.

—No… no sabía que fueran tan cercanos.

Hajime mira hacia adelante, siguiendo la dirección de la mirada de Akane como una brújula. Las sombras se tragan aquel sector del cementerio como un agujero negro. Inupi le hubiera preguntado si Hajime tiene miedo. Él se hubiera reído. A Hajime siempre se le dio bien mentir.

—Lo éramos. —Habla con la verdad, porque Akane se merece al menos eso. Hajime se gira hacia ella—. ¿Puedo…? Quisiera… Sé que es… que era tu hermano, pero…

—Ve.

Akane asiente, sin dejarlo terminar. Luce pequeña e indefensa y Hajime imagina tiene nuevamente diecisiete años. Bajo las luces del cementerio podría ser un ángel o un yokai.

Hajime le da la espalda.

Está convencido de que le toma el doble del tiempo dar los diez pasos que lo separan de la lápida donde descansa Inupi que todo el trayecto que él y Akane hicieron por el cementerio. Hajime se arrodilla en el suelo lentamente y con respeto. Enciende los inciensos y dibuja un dragón sin forma en el aire con el humo de estos antes de colocarlos frente a la lápida. Aprieta las palmas de las manos como vio a su madre hacer frente al descanso de su abuela y deja que el silencio se trague el ruido de Tokio y también sus pensamientos.

No está muy seguro de cuánto tiempo está en aquella posición. Puede sentir a Akane a su espalda, a una buena distancia para darle privacidad, pero lo suficientemente cerca para recordarle que no está solo. Que ella está viva. Que Inupi está muerto.

Hajime abre los ojos y descansa las manos sobre las rodillas.

—Es un poco mierda que no estés aquí, ¿sabes? —Hajime se frota las manos contra el pantalón, luego se cruza de piernas como si fuera a iniciar una de sus tantas conversaciones hasta entrada la madrugada junto a Inupi. Hajime se pregunta si alguien vendría a echarlo si decidiera hacerlo. Si Akane se sentaría a su lado—. Siempre te gustó causar problemas, ¿eh, Inupi?

Hajime le saca la lengua.

Cuando se cansa de esperar respuesta, recoge un par de piedritas del suelo y las mueve entre los dedos. Hajime contiene el aire un instante y levanta la vista hasta enfrentarse con el nombre de Inui Seishu en la lápida.

—Es difícil creer que realmente estás muerto. Yo… —Hajime se muerde el labio. Desvía la atención de sí mismo—. Akane-san… no lo dice, pero creo que te extraña. Por favor considéralo dos veces la próxima vez que decidas dejarla sola. Te creí menos egoísta.

Hajime ríe solo, un sonido seco que le quema en los pulmones. Sabe que está dando vueltas, puede sentirlo en la manera en que se le tensa el cuerpo con cada pequeña sacudida y cómo le arden los ojos a culpa del humo del incienso. Cuando vuelve a hablar lo hace entre susurros, inclinando ligeramente el rostro hacia adelante.

—Ella habría estado orgullosa de ti. —Hajime sonríe, un gesto suave y tan abierto que se siente expuesto aún en la soledad de la noche y el silencio que le devuelve la tumba—. Y tú de ella. Ojalá pudieras verla, Inupi. Ella… Akane-san…

Hajime tira las piedritas contra la lápida, éstas resuenan con un eco seco en el silencio del cementerio y él sacude la cabeza, quitándose la memoria del incendio de los pensamientos. Lleva días dándole vueltas a las diferencia entre sus recuerdos y la realidad de este mundo. Hajime lleva días pensando en que no movió ni un solo dedo por mantenerlo con ellos. En que simplemente lo dejó morir. En que no le importó lo suficiente para hacer algo por él.

—Eres un idiota, ¿sabes? Eres tú quien debería estar aquí con ella. —Hajime es testarudo, perverso y mentiroso. Ni siquiera aquí puede hablarle sin rodeos. Hajime enrolla las manos en puños y baja la cabeza—. Yo… Yo… lo siento, Inupi. Por todos los dioses, lo siento tanto.

Hajime ni siquiera está muy seguro de por qué se está disculpando. Si por no salvarlo, por no conseguir el dinero, por no intentarlo—o quizás, por todo lo demás. Cuando las palabras le escuecen en la garganta, Hajime nota que está llorando. Las lágrimas le caen por las mejillas creando surcos. Es un llanto constante y Hajime se presiona los puños de las manos contra los ojos, intentando contenerlo sin éxito.

A su espalda, escucha los pasos de Akane acercarse a él cautelosamente y luego los brazos de ésta lo rodean, conteniéndolo contra ella como si Hajime no fuera más que un niño pequeño.

Hajime esconde el rostro en su regazo y llora en silencio.

 

 

*

 

 

A Hajime le gusta cuando Akane los acompaña a casa.

Es su momento favorito de todo el día, incluso cuando ella rechace todos los intentos de Hajime de cargar el bolso por ella. Hajime sabe que aquello es algo que hacen los chicos mayores cuando tienen novia y Hajime está seguro de que un día juntará suficiente coraje para declarársele a Akane. Entonces Akane dejará que cargue su bolso por ella. Todos los días Hajime espera que sea el día. Hoy no es diferente. Por eso cuando Akane los invita a ir con ella hasta la biblioteca, Hajime sabe que no puede negarse. No quiere negarse. Incluso cuando Inupi hace una mueca y le dice a Hajime que vaya, como si tuviera que otorgarle su permiso. Hajime a veces quiere decirle que si no quiere ser su amigo sólo tiene que decírselo.

—Lo va a lamentar cuando sus notas sean terribles —masculla con malestar cuando emprenden el camino a la biblioteca, sólo él y Akane, y la risa de Akane le hace enrojecer las mejillas. Es un sonido suave y cálido.

—Seishu es un niño inteligente. —Akane se lleva un mechón de cabello detrás de la oreja y se inclina ligeramente hacia Hajime para poder mirarlo a los ojos. Él tiene que tragarse la réplica que se le arremolina en el pecho—. Justo como tú.

—¡Eso no es cierto! Yo…

—¿No eres inteligente, Hajime-kun?

Akane se adelanta un par de pasos. Su voz es cantarina, como si aquel intercambio le divirtiera. A veces Hajime es muy consciente de la edad que los separa, pues tampoco puede evitar pensar que Akane suena maternal, ya que le habla con la misma cadencia que usa su madre cuando quiere explicarle algo a Hajime que él se niega a escuchar.

—¡Claro que soy inteligente, Akane-san! —Hajime hincha el pecho con orgullo y trata de sacudirse la vergüenza y la humillación—. Pero Inupi… Inupi es…

—Seishu es un chico que prefiere ocupar su tiempo en otras cosas que en estudiar junto a su hermana mayor. Tú no tienes hermanas, ¿verdad, Hajime-kun? —Cuando Akane se voltea hacia él, Hajime sacude la cabeza—. Quizás Seishu preferiría pasar tiempo con su mejor amigo.  

Hajime frunce el ceño.

—Si quería venir podía hacerlo.

—Sin su hermana mayor metiéndose en medio.

—¡Pero Akane-san no está en medio! —Hajime siente las mejillas encendidas. Akane continúa mirándolo con intensidad, con ese mismo gesto de concentración que Hajime ha visto a Inupi hacer más de una vez en clase, cuando finalmente logra descifrar un problema y tiene la solución en la punta de la lengua. Hajime repasa la conversación y siente la vergüenza comerle las mejillas—. Akane-san… ¿crees que se enojó?

Akane vuelve a reír. Por un momento, Hajime se olvida de Inupi y de si decidió ofenderse porque Hajime está siendo un chico responsable que va a estudiar a la biblioteca, aunque no sea más que una excusa para pasar más tiempo con Akane. Abre mucho los ojos y mira a Akane reírse.

—Seishu es un buen chico, Hajime-kun.

—No tendría por qué enojarse —vuelve a mascullar, inmediatamente de malhumor.

Akane le responde con un sonido indefinido y una sonrisa. Vuelve a caminar en dirección a la biblioteca. Hajime la sigue con pasos torpes, repasando la conversación. Le parece una idiotez que Inupi se haya enojado con él por ir a estudiar con Akane. Si Inupi es su mejor amigo, tendría que entender que elija pasar tiempo con la chica que le gusta. Pero aun así siente un resquemor incómodo en la barriga y cuando quiere darse cuenta, sus pies se han detenido sin su consentimiento. Akane se gira hacia él y Hajime le pide que siga, que enseguida la alcanza, antes de salir corriendo en dirección contraria. 

La mochila le golpea contra la espalda con un movimiento rítmico y Hajime tiene que correr tres bloques enteros antes de divisar a Inupi. Hajime grita su nombre y éste se gira, mirándolo con el ceño fruncido. Hajime se detiene frente a él sin aire y sosteniendo el peso de su cuerpo con las manos en las rodillas.

—¿No ibas a la biblioteca, Koko? ¿Dónde está mi hermana?

Inupi tiene una expresión confundida y mira alrededor esperando que Akane aparezca de un momento a otro.

Hajime sacude la cabeza y aprieta los labios.

—Eres un idiota si te enojas porque elegí a Akane-san —le suelta, cruzando las manos contra el pecho. Luego, mira hacia el costado, se muerde el labio y baja la voz—. Aun así, lo siento, Inupi...

—¿Hah? No estoy enojado, Koko. ¿De dónde sacaste eso?

Inupi ladea ligeramente el rostro. Tiene esa expresión inamovible que a Hajime suele producirle frustración porque es incapaz de saber qué está pensando.

—Es que… Akane-san dijo… y yo… bueno, no importa, ya me disculpé. Así que acéptalo.

Inupi parpadea, luego se ríe. Su risa se parece tanto a la de Akane que Hajime siente un cosquilleo incomodo en la barriga.

—No necesito tus disculpas, Koko. —Inupi se da media vuelta—. ¡Diviértete en tu cita!

—¡No es una cita! —Hajime siente las mejillas encendidas. Inupi vuelve a reír. Sacude una mano en el aire despidiéndose de él y empezando a caminar en dirección hacia su casa.

—Lo que digas, Koko.

Hajime lo mira alejarse, el eco de su risa haciéndole cosquillas en los oídos. Se queda allí hasta que Inupi desaparece en la esquina de la siguiente calle, luego se da media vuelta y vuelve a correr, esta vez hacia la Akane y la biblioteca.  

 

 

***

 

 

Algunas semanas atrás, Hajime se había convencido que éste era un mundo idílico. Despertó de la noche a la mañana en una vida donde todos sus errores eran inexistentes, a su lado, Akane, brillante y feliz. Todo lo que una vez deseó al alcance de la mano. Un cuento perfecto. Pero ahora Hajime sabe que no importa lo que haga, en todos los universos acabará perdiendo.

A Hajime siempre lo ha dominado la avaricia. No la que se puede solucionar con un condominio en el decimonoveno piso de un edificio en Roppongi, sino una falta de errores y pérdidas. Hajime quiere una vida donde salva a Akane-san e Inupi sigue con vida. Un mundo donde no se llena la boca de promesas rotas.

Hajime hace mucho tiempo aceptó que las cosas buenas no son para personas como él. Resiente la visita al cementerio. Resiente ser incapaz de soltar el pasado. Resiente no saber cómo aferrarse a la felicidad. Atreverse a hacerlo.

Los últimos días, las cosas entre él y Akane se sienten diferentes. Entre ellos flota un silencio tenso del que ninguno quiere hablar. Aunque Hajime ha dejado de ignorarla intencionalmente y vuelven a compartir más tiempo, es como si, de repente, no tuvieran nada que decirse. Hajime sabe que tienen todo por decirse.

Una y otra vez hasta el cansancio, Hajime sigue huyendo.

Por eso cuando regresa a casa esa tarde luego de clases, hace un pequeño desvío. Uno que implica tomar otro autobús, bajarse en otra parada y caminar por calles por las que pretendió no pasar por mucho tiempo.

Hajime camina por Shibuya como si hubiera sido transportado a otra realidad. Por momentos cree que si eleva la vista al cielo verá dragones recorrer el aire como si estuviera dentro de un mundo fantástico. Pero sólo divisa luces y carteles y Hajime se deja arrastrar por el ritmo constante de sus pasos. Empieza a anochecer cuando Hajime se acerca a su destino. La mayoría de los locales están cerrados, pero el cartel de D&D Motorcycles Shop está encendido, tintineando en la penumbra que empieza a apoderarse de aquel paseo de compras a medida que el sol se desvanece entre el resto de los edificios.

Hajime se detiene de golpe, en la acera de enfrente, contemplando el local como si fuera un espejismo. No está muy seguro de qué estaba esperando encontrar pero comprobar que aquel local continuó su vida cuando Inupi ni siquiera llegó a conocerlo le escuece en el pecho. Cuando una figura se desliza entre las motocicletas en exhibición, vistiendo el mameluco gris en el que Hajime vio en varias ocasiones a Inupi, Hajime contiene el aire. Cruza la calle como hipnotizado y sacude la cabeza cuando llega frente a las puertas y nota que no es el fantasma de Inupi quien está pasando llave a la cerradura.

Ryuguji Ken, Draken, parpadea delante de Hajime. Hajime siente unas ganas absurdas de reír. Definitivamente está encerrado en el mundo del revés o en una pesadilla donde los fantasmas del pasado vienen a atormentarlo. Tras unos momentos de incomodo intercambio de miradas, Draken quita el cerrojo y abre la puerta.

—Estaba cerrando, pero… ¿puedo ofrecerte algo?

Hajime abre los labios, vuelve a apretarlos. Es súbitamente consciente de que albergó la esperanza de que Draken lo reconociera, pero Hajime, en este mundo, sigue siendo un absolutamente extraño. Hajime sacude la cabeza.

—No. No… —dice, falto de ideas, dejando que el silencio vuelva a caer pesado entre ellos.

Draken frunce el ceño y Hajime entiende que está esperando que Hajime se vaya o diga algo más, y él hace todo su esfuerzo para regresar de la decepción de no encontrarse con Inupi como la última vez que estuvo allí. Se viste con una sonrisa, de esas cargadas de seguridad que lograron en el pasado abrirle los más selectos círculos del bajo mundo y lanza una mirada hacia el interior.

—Sólo quiero mirar. —Hajime hace una pausa por dramatismo y luego suaviza la voz con experiencia—. Si no es problema.

Draken no parece muy convencido, pero luego de unos momentos se encoge de hombros y se hace a un lado para dejarlo pasar.

—Aún tengo que acabar de ordenar algunas cosas, así que supongo que da igual. ¿Estabas buscando algo? ¿O es simple curiosidad? Son hermosas, ¿a qué sí?

Draken suena como un niño emocionado, mientras Hajime pretende inspeccionar una de las motos allí expuestas como si fuera un comerciante experto y el corazón no estuviera a punto de salírsele por el pecho. Está seguro de que la moto es igual a aquella con la que Inupi solía darle varios sustos de muerte cuando Hajime subía con él.

Si Hajime y Draken fueran las mismas personas que se conocieron en la ToMan, Hajime posiblemente haría un comentario sarcástico, le diría que no entiende cuál es toda la conmoción por una moto, o por este lugar en particular, por el fantasma de Shinichiro. Pero Hajime cada día está menos seguro de quién es y pasa una mano por la motocicleta casi de manera reverencial.

—Alguien que conozco lo cree. Tiene… tenía una como ésta, estoy seguro. Pero él era el experto. —Cuando Hajime se fija en Draken, éste lo mira con curiosidad—. Si me dices a mí, sólo me parecen un riesgo para la sociedad.

—Muchas cosas hermosas son peligrosas. —Draken se limpia las manos en un trapo viejo, manteniendo una cauta distancia con Hajime, pero sin hacer ademán de seguir con sus tareas.

Hajime arquea una ceja y da un par de golpecitos con los nudillos a la moto. Una sonrisa retadora en los labios. Sabe que está siendo particularmente difícil para ser un simple transeúnte o un cliente, pero es lo que Hajime —Koko— sabe hacer mejor.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo qué?

Draken ríe, aparentemente divertido por aquella pregunta.

—Los dragones.

—Eso no existe.

—Oye, no terminé. —Draken no parece muy ofendido por su interrupción—. Los tigres. Las katanas. Las madres, o eso me han dicho al menos. Las medusas. Las personas de un metro sesenta o menos. Los sentimientos.

Hajime hace una mueca. Draken ladea el rostro, aunque no parece estar metiéndose con él, si sonríe ligeramente.

—¿Tema sensible?

—No creo que sea algo para hablar contigo particularmente. —Hajime se encoge de hombros, intentando restarle importancia y vuelve a fijarse en la motocicleta, pues es incapaz de soportar la mirada de Draken sobre él. En otro mundo Hajime lo habría llamado impertinente. Pero la realidad es que Draken, en vida, jamás se metió con él.

—Bueno, normalmente uno no visita al mecánico para obtener consejos de amor. Hagamos una cosa mejor, te preguntaré algo sobre mi área. —Ahora Draken sí se acerca hacia él y da un par de palmadas a la motocicleta—. ¿Has tenido oportunidad de andar en una de éstas alguna vez?

En otra vida.

—Lamentablemente.

—No suena a que lo lamentes mucho. —Hablar con Draken es como volver al pasado. Luce igual que siempre, salvo porque ahora lleva el cabello oscuro y ha perdido el gesto infantil y soñador que Hajime recuerda en él. Draken vuelve a palmear la moto—. Puedo llevarte en una vuelta de prueba si estás en medio de una crisis de la mediana edad.

—¿No te enseñaron a respetar a tus mayores? —Hajime aprieta los labios, endereza los hombros y se sacude del estómago aquella sensación extraña de haber entrado por una ventana al pasado—. ¿Así tratas a todos tus posibles compradores? No es sorpresa que el sitio parezca a punto de quebrar.

—Mis disculpas, ha sido un error asumir tendríamos la misma edad. —Draken se inclina ligeramente en señal de respeto y Hajime quiere espetarse que deje de ser un estúpido—. Pero, si quieres saber… sólo a aquellos que les interesa más la conversación que las motos. De verdad lamento haberme propasado.

Por un momento le resulta inconcebible, la imagen de aquel Draken tan maduro y pacifico con el chiquillo capaz de cargarse a todos los miembros de los Black Dragon como si simplemente fuera un paseo al parque. Hajime está seguro de que Draken sigue siendo igual de peligroso, pero elije no serlo. Aprieta los labios.

—Puedo preguntarte algo personal, ¿entonces? —Hajime presiona las dos manos sobre el asiento de la motocicleta y Draken camina hasta enrollar los dedos en el acelerador como si estuviera a punto de hacerla rugir, justo en el momento más inoportuno, como le gustaba hacer a Inupi.

—Nada de número de teléfono, sin ofensa, pero no estoy interesado. Ni tampoco cuentas bancarias ni nada de esas cosas.

—Ja, ja, muy gracioso. —Hajime le saca la lengua, con una familiaridad que probablemente no debería tomarse, pero resulta difícil olvidar que Inupi compartió dos años con Draken en otra realidad. Se pregunta si Draken realmente no sabe quién es. Si quizás no está pretendiendo, si Hajime no está viviendo una gran pantomima o está encerrado en alguna especie de infierno. Hajime se mira las manos. Imagina la última vez que subió a aquella motocicleta con Inupi—. ¿Por qué una tienda de motos? 

Hajime se atreve a mirar alrededor. El sitio no ha cambiado tanto desde las épocas de Shinichiro. Ahora hay hileras de motocicletas donde antes había mugre y un mostrador donde él e Inupi solían recostarse en el viejo sofá. La ventana luce limpia, con los vidrios intactos.

—Creo que ya establecí que me parecen geniales, ¿no? —Las palabras de Draken vuelven a atraer su atención, pero éste no lo está mirando. Al igual que Hajime recorre la tienda con la mirada. Suspira—. Si quieres la respuesta romántica… Conocía al dueño anterior, tenía… tenía un don para armar motocicletas. No había pieza que no pudiera hacer funcionar, solía decir que las piezas lo llamaban, que tenían una historia que contar. Siempre pensé sería genial poder contarlas. Pero no le digas a Mikey que dije eso.

Draken abre los ojos con tanto apuro como si hubiese vuelto en sí de una especie de conjuro que Hajime tiene que contenerse para no reírse de él. Mikey, el Mikey anterior a la Kanto Manji, se hubiera reído y lo hubiera avergonzado de estar allí, Hajime está seguro.

—No sé quién es Mikey —miente con más facilidad de la que se cree capaz de conjurar, encogiéndose de hombros.

—Oh, tienes razón. Bueno, pero si decides volver y tienes oportunidad de conocerlo… yo no dije eso.

—¿Por qué volvería? —Hajime extiende las alas de su mentira. Hay muchas razones por las cuales volver. Por Inupi. Por Mikey. Por éste fragmento de pasado que le presiona en el pecho.

Draken sonríe. Un gesto suave que le dice a Hajime que quizás hoy no es tan bueno mintiendo.

—Porque conozco la mirada de quién está buscando algo. Nos suelen visitar muchos de esos aquí… y no necesariamente buscando piezas para sus motos.

—¿Eres una especie de psicólogo acaso? —Hajime suelta la moto y guarda las manos en los bolsillos del pantalón, pretendiendo indiferencia, y con voz socarrona agrega—: Deberías cobrar por tus servicios.

Draken se ríe abiertamente y luego se acomoda el mameluco.

—Lo hago —dice, alejándose de la motocicleta hacia el mostrador—. ¿Quién dice que saldrás de aquí sin comprar nada? Mira todo lo que quieras, voy a terminar de cerrar.

 

-

 

Hajime sí regresa al día siguiente. Lo hace temprano, cuando el día aún no acaba de despuntar y tiene aún tiempo de desviarse de camino al trabajo. Hajime casi podría excusarse en que es una decisión de último momento si no hubiera calculado el tiempo de viaje y modificado la alarma de su reloj la noche anterior. Cuando Hajime pasa frente a D&D Motorcycles Shop, el local aún está cerrado, al igual que la mayoría de los comercios de la zona. Así resulta más sencillo pretender que nada ha cambiado y Hajime debe contener las ganas de ingresar al local a la fuerza, como solían hacerlo él e Inupi cuando no era más que un lugar abandonado.

Mientras está allí, Hajime recibe un mensaje de Akane, deseándole los buenos días y recordándole que se verán a la tarde. Hajime guarda el teléfono en el bolsillo, da una última mirada al local y emprende el camino hacia la parada de autobús que lo llevará a Roppongi. D&D Motorcycles Shop queda atrás como una fotografía del pasado y Hajime se reafirma que es mejor así. Lleva semanas viviendo en esta realidad y ni Yuzuha ni Draken ni nadie será capaz de explicarle qué está sucediendo ni cómo cambiarlo.

Aquí es donde se supone que debe estar ahora.

El problema es que cuando termina su medio turno y se despide de Yuzuha a la entrada del edificio, Hajime deshace sus pasos otra vez hacia Shibuya, como si no hubiera pasado toda la mañana repitiéndose que es mala idea. Se detiene en el mismo lugar y observa el movimiento en el interior. Varios chiquillos con pintas de delincuentes entran y salen de la tienda como Inupi lo hizo una vez cuando Shinichiro aún vivía y Hajime se mantiene allí, de pie, en el limbo entre una historia que ya no es suya y el presente, incapaz de dar un paso adelante. Cuando Draken abandona la tienda, Hajime cree que es momento de partir y mueve los pies para alejarse. Otra vez sintiendo la decepción y la mentira de creerse satisfecho palpitándole en el pecho.

—Si vas a quedarte mirando como un acosador, voy a tener que denunciarte a la policía —la voz de Draken lo sobresalta. Hajime nunca lo vio acercarse, pero ahora se recuesta contra la pared del edificio junto al que Hajime lleva una cantidad bochornosa de minutos esperando sacudirse la cobardía—. Pero si lo que quieres es la vuelta de prueba, será mejor que entres.

—Le tengo mucho cariño a mi vida, gracias.

—Lo que tú digas. Adentro o la policía. Tu decisión.

Draken descruza los brazos y se endereza, antes de atravesar la calle de vuelta hacia la tienda, sin volver la vista atrás para fijarse si Hajime lo está siguiendo. Hajime lo sigue al interior. Las manos en los bolsillos y una mueca en los labios.

—¿Hace cuánto sabes que estoy allí? —pregunta a pesar de sí, notando que en el interior aún hay un par de chiquillos, murmurando entre ellos acerca del modelo de motocicleta que solía pertenecer a Inupi. Hajime considera darse media vuelta e irse, pero sigue los pasos de Draken hasta el mostrador, como si aún perteneciera a la ToMan y debiera obedecerle—. ¿No temes que pueda ser un ladrón?

Draken se detiene para mirarlo y luego se ríe y Hajime quisiera poder decirle que justamente eso es lo que ha sido toda la vida.

—Si crees que puedes conmigo, inténtalo.

Hajime se cruza de brazos.

—Un estafador entonces.

—Tienes cara de niño bueno, seguramente no hayas hecho nada malo en toda tu vida.

—No tienes ni idea. —Hajime siente la irritación comerle la voz y picarle en todo el cuerpo, pero aquello parece atraer la atención de Draken, que deja de sonreír para mirarlo con verdadera curiosidad. Luego desvía la mirada un segundo hacia los chiquillos y suspira.

—Supongo que te sentirás en casa, entonces. —Draken toma una llave mecánica que está sobre el mostrador—. Tengo que terminar un arreglo, pero si quieres, luego podemos hablar.

—No voy a comprarte nada.

—Digamos que la primera sesión va por la casa.

Draken sacude la llave en el aire y le da la espalda, enfocándose en una motocicleta que está cerca de la entrada. Hajime se queda de pie, sintiéndose fuera de lugar. Aun luego de semanas hay una sensación que Hajime no sabe definir, una mezcla de familiaridad que en vez de acercarlo a este mundo, lo enajena. Mientras vuelve a mirar la tienda de motocicletas, sus estantes llenos de repuestos, los posters, las fotografías en las paredes a las que Hajime no se anima a acercarse, Hajime se siente cada vez más lejos del recuerdo del refugio que hicieron él e Inupi de aquellas paredes rotas.

Dispuesto a asir de alguna manera aquella memoria, Hajime se acerca a los chiquillos junto a la motocicleta. No pueden tener más de quince años y llevan trajes de pandillas con nombres que Hajime es incapaz de reconocer. Por alguna razón, le parece inverosímil que aún tantos años después la moda de pretender ser más fuertes de que lo que son continúe en auge.

—Fuera —es lo único que dice, y cuando uno de los chiquillos parece a punto de objetar, Hajime lo mira con la peor de expresión de su repertorio—. No quieres provocarme.

Aunque no parecen muy convencidos, terminan por alejarse y dejarlo en paz cuando Draken llama a uno de ellos para que se acerque. Hajime escucha a los chiquillos murmurar obscenidades sobre él hasta que Draken los calla y les pide que lo deje en paz, que sólo tiene el corazón roto. Hajime quisiera preguntarle qué sabe él de corazones rotos, pero teme cuál puede ser la respuesta que Draken tenga para él en este mundo. Ignorando las risas de los chiquillos y la conversación que estos le dan a Draken, Hajime se sienta en el suelo a contemplar la motocicleta.

No sabe exactamente qué está buscando allí. Inupi no aparecerá por más que Hajime intente imaginarlo y no hay manera en este mundo de decirle las cosas que le querría decir. Pero aun así no se mueve. En el tiempo en que Inupi estuvo en la correccional, Hajime solía visitar la tienda de Shinichiro y quedarse horas sentado mirando la nada. Ahora no está muy seguro de en qué pensaba. En el incendio. En el dinero que empezaba a acumular en las manos. En las maneras de dar vuelta el tiempo. Hajime es incapaz de recordarlo, pero se queda allí en silencio como solía hacerlo entonces, preguntándose en qué consistiría su lista de cosas hermosas pero peligrosas y tratando de ignorar la urgencia de comenzar por el fuego.

Es sentado junto a la motocicleta donde lo encuentra Draken rato después, tras acabar el trabajo y deshacerse de todos los chiquillos que parecían empedernidos en mirarlo o hacerle preguntas. Hajime se estremece cuando siente el silencio que domina la tienda. Lo único que escucha son los pasos de Draken hasta que se acerca a él.

Draken le extiende una lata de cerveza.

—En la casa.

Hajime la ojea un momento con desconfianza y finalmente la toma entre las manos. Está fría y le refresca la piel, pero no la abre. Draken en cambio lo hace con un chirrido y se lleva un trago a los labios.

—¿No se supone qué estás trabajando?

—Soy mi propio jefe, yo pongo las reglas. Y si tengo que escuchar los problemas de amores de un desconocido que no va a comprar la motocicleta de la que parece estar enamorado, creo que al menos me merezco una cerveza.

Hajime quiere tirarle la lata por la cabeza.

—Atiendes a todos esos chiquillos sin ningún problema. —Como Sano Shinichiro, quiere decir, pero Hajime se contiene. Draken ya está a una sola frase errónea de llamar a la policía y Hajime demasiado cerca de no tener explicaciones que dar.

—Son niños que no tienen a nadie más.... —Draken se encoge de hombros—. Los niños se pierden fácil.

Hajime traga en seco. Asiente. Draken no necesita darle el contexto, Hajime lo conoce por mano propia. Por un momento está tentado a preguntarle por Mikey, pero se muerde el labio y vuelve a mirar a la motocicleta, mientras la lata le moja las manos y la tela del pantalón contra las rodillas.

—Entonces, tú, ¿tu novia te rompió el corazón o algo?

—Por qué insistes en que es un problema de… amor. —Hajime tuerce los labios en una mueca, como si la palabra le diera asco, pero Draken en vez de reírse vuelve a encogerse de hombros.

—Te sorprendería la cantidad de gente que viene con ellos. Por alguna razón los hombres suelen creer que una moto los hará lucir más geniales, o fuertes, o menos solos. No me mires así, yo soy un simple mecánico.

—Sí, claro.

—¿Entonces? ¿Problemas de faldas?

—No. Sí.

Draken arquea el cejo.

—¿No o sí?

Hajime abre la lata y bebe un sorbo de cerveza. El alcohol nunca ha sido su bebida favorita, para sorpresa de la mayoría de sus clientes y conocidos. Probablemente porque Hajime siempre valoró estar totalmente lucido en medio de sus negocios sobre el banal placer del líquido en la garganta.

—Es complicado —admite, incapaz de mirar a Draken cuando lo dice. Se siente abierto de una manera que sólo sintió en ocasiones bajo la mirada penetrante de Inupi, como si pudiera ver a través de él y todas las mentiras que Hajime saboreó una y otra vez en la lengua hasta creerlas.

Draken bufa.

—Trata de no enamorarte de dos hermanos, en ese caso.

Hajime gira la cabeza de golpe hacia Draken y pestañea antes de comenzar a reírse maniacamente, hasta que las lágrimas le brotan de los ojos, le duele la barriga y la cerveza se vuelca ligeramente sobre el piso.

—¡Oye, no te rías! —la exclamación de Draken hace que Hajime se detenga y vuelva a mirarlo. Ahora se fija en el sonrojo ligero que antes no estaba sobre sus mejillas y que Hajime duda se deba al alcohol.

—Espera… ¿tú…? —Hajime se traga el ¿Mikey? que amenaza con consumirse todo el resto de pensamientos, incluidos los de la motocicleta, Inupi y todos los problemas de Hajime desde que conoció a los Inui.

—¡Estaba joven y confundido! —Draken aprieta los labios, levanta los brazos y luego vuelve a bajarlos, falto de más excusas—. Hay cosas para los que ni siquiera la calle te prepara.

Hajime vuelve a reírse porque no sabe cómo reaccionar. De repente muchas cosas empiezan a tener sentido en su cabeza. Pero quizás, lo más sorprendente de todo es que Draken le hable tan abiertamente sobre ello. A Hajime. Aquí un completo desconocido.

—¿No tienes miedo de lo que pueda hacer un extraño con esta información? —pregunta con cautela.

—¿Qué podrías hacer con ello? —Draken se encoge de hombros y Hajime no tiene tiempo a decirle que se le pueden ocurrir unas cuantas cosas, a cual peor que la otra. La calle sí te enseña a estar preparado—. Yo tuve suerte, pero eso no les sucede a todos. Esos chiquillos que vistes, necesitan alguien que los escuche y que sea honesto con ellos. No espero que lo entiendas. Entonces, ¿tu chica?

—No importa. —Hajime se pone de pie, deja la lata de cerveza a medio tomar en el suelo y vuelve a posar una mano en el asiento de la motocicleta—. ¿Sabes, Draken? No estás tan mal como creí. A él… le importabas mucho.

Draken frunce el ceño.

—¿A quién?

—Nada, nada, ignórame. Sólo estoy pensando en voz alta. —Hajime roza el cuero del asiento de la moto y luego da un paso hacia atrás. Quizás sí estaba buscando algo después de todo—. Gracias por la cerveza. Pero sólo por la cerveza, ¿eh?

Por un momento espera que Draken insista en que Hajime aún no puede marcharse, pero simplemente se encoge de hombros y se pone en pie, las dos latas en una mano.

—No te preocupes. Puedes pagarme solucionando las cosas con tu chica. —Draken sonríe y Hajime le devuelve el gesto en una mueca—. Siempre puedes llevarla en un paseo en moto. Quizás ella sí crea que son geniales. 

Hajime no sabe cómo decirle que la única persona con la que quiere dar una vuelta en moto está muerta. Hajime es más consciente que nunca de cuánto lo extraña. Antes de que las palabras se le atoren en el cuerpo, Hajime se da media vuelta y saluda a Draken con una mano en el aire.

—Dale mis saludos a Mikey.

 

 

**

 

 

Hajime siempre amó a Akane. Así comienza la historia que Hajime se cuenta a sí mismo. Es el material de un drama trágico digno de los más codiciados premios internacionales. Es todo lo que necesita una buena historia para hacer llorar. Es, también, una hermosa mentira.

Hajime es el títere perfecto, vistiéndose con facilidad para representar la pantomima que los demás forjan para él. La gallina de los huevos de oro, para las pandillas de Tokio; el eterno enamorado de Akane, para Inupi. Para él mismo. En veinticuatro años de vida Hajime no ha logrado cambiarse el vestuario. Incluso tras la caída de la Kanto Manji Kai, Hajime sigue diciéndose que siempre amó a Akane—atado a un fantasma cuyos rasgos sólo recuerda gracias a que siempre ha tenido a Inupi cerca. Porque Hajime lleva la distancia de la misma forma que la mentira: pegada al cuerpo como una segunda piel.

Hay sólo dos cosas para las que Hajime se considera bueno. Los números y el engaño. Especialmente cuando él es víctima de este último. Hajime nunca creyó podría alejarse demasiado de Inupi, pero quiso creerlo, contarse esa historia todas las noches en la soledad de su apartamento en Roppongi como se contó tantas otras. Que sería capaz de alejarse lo suficiente. Que él e Inupi tomarían diferentes caminos y con ello acabaría la historia.

—Sabes que puedo verte desde el taller, ¿verdad? —Inupi, a diferencia de él, lleva la distancia entre los dedos, manejando los hilos que los conectan con el mismo tipo de precisión con el que trabaja en los engranajes de las motocicletas—. Algún día alguien llamará a la policía.

—¿No lo harás tú?

Hajime no se mueve de su posición en aquel muro, entre las sombras de un callejón frente a D&D Motorcycles Shop.

Inupi se mantiene a algunos pasos de distancia, el hilo tenso, iluminado por una de las farolas del edificio. Se ríe. Hajime añora su risa, aunque no sabe si es posible añorar algo que nunca se conoció. La manera en que Inupi ríe, relajado, sin sarcasmo o burla, es nueva y fresca y estremece a Hajime en el calor del verano.

—Lo dices como si no me conocieras, Koko. —Inupi sacude la cabeza y Hajime tiene el impulso de preguntarle si lo hace, si luego de todos estos años de bordear el espacio del otro sin acabar de penetrarlo, tiene derecho a decir algo semejante—. Yo vine a preguntarte si quieres comer. Estoy por cerrar y pensé… pero quizás tengas algo mejor que hacer, como ir a acechar alguna otra tienda.

Si Hajime aun tuviera dieciséis años, lanzaría una patada a la pantorrilla de Inupi como única respuesta. No para defenderse de la manera en que Inupi tuerce todo el rostro en un intento de provocación, sino para ignorar la invitación, para calmar sus pensamientos, para continuar la mentira.

—Ninguna otra me interesa —dice, con una desconocida honestidad, y se siente ligeramente complacido cuando la sorpresa se refleja en la mirada de Inupi. Antes de que él pueda reaccionar, Hajime se separa de la pared y sale de las sombras hasta que Inupi puede verle el rostro—. Supongo que podría comer. ¿Qué ofreces?

—A ver… —Inupi se recompone con rapidez y levanta una mano para contar con los dedos—: sopa instantánea, curry del veinticuatro horas de la otra cuadra, alguna cerveza, ah, y un par de onigiri que compré esta mañana.

Hajime arruga la nariz.

—Un festín.

—Esa es la oferta, tómala o déjala.

No hay emoción en el tono de Inupi, sólo la afirmación de un hecho. Hajime avanza un par de pasos, hasta alcanzar a Inupi y presiona una mano en su hombro, regalándole una sonrisa.

—Con una condición… la próxima invito yo.  

A Hajime le quema el cuerpo y espera paciente mientras la mirada cristalina de Inupi lo observa, intentando adivinar todas las mentiras y las segundas intenciones de aquel simple pedido. A Hajime le escuece la desconfianza, pero se mantiene firme, consciente que ha hecho todo en la vida para ganarla.

—¿Quién dice que la próxima no llamaré a la policía? —Inupi no sonríe y Hajime es incapaz de saber si lo dice en serio o si se está metiendo con él.

—Me arriesgaré.

Hajime roza ligeramente el hombro de Inupi y deja caer la mano a un lado. Cuando Hajime comenzó su negocio dentro de las pandillas, en ocasiones, todo se sentía como una apuesta. Hajime tiraba los dados y esperaba que el número que cayera sobre la mesa llenara sus bolsillos de dinero. Ahora mientras espera, se siente así. Sus cartas están expuestas y es el turno de Inupi de hacer su jugada.

—¿Nunca cambias, Koko?

Hay algo en la manera en que Inupi insiste en llamarlo por aquel apodo que él mismo le dio que a Hajime le genera un cosquilleo inquieto en la barriga. Se siente de doce de nuevo, caminando detrás de Akane, ansioso por obtener un cumplido de su parte. Hajime se fija un instante en los labios de Inupi, luego en el brillo de sus ojos. Inupi siempre lo mira como si pudiera ver a través de todos los disfraces, incluso cuando en ocasiones, fue el propio Inupi quien colocó el traje sobre los hombros de Hajime.

—¿Qué puedo decir? —Hajime se encoge de hombros. Sonríe divertido—. Es parte de mi encanto.

Inupi pestañea y luego rompe en una carcajada que atrae la atención de aquellos pocos que continúan recorriendo el paseo de compras a aquella hora.

—Y tú decías que el raro era yo…

—¡Oye!

Hajime se queja al aire. Para entonces Inupi se ha dado media vuelta y cruza la calle hacia el taller. A Hajime no le queda más remedio que seguirlo. Tiene un segundo para arrepentirse y luego se mueve hacia adelante como si nunca hubiera decidido darse la vuelta y alejarse de él. Hajime no está seguro de que alguna vez haya realmente dejado de perseguir la estela de Inupi.

Ahora mantiene una cauta distancia entre ellos, tanteando el terreno. Es la primera vez que Hajime entra a la tienda desde su adolescencia. La última vez que estuvo allí no atravesó las puertas, Hanagaki sangraba sobre su espalda y Draken no regresaría nunca más. Hajime no sabe qué hace de vuelta aquí. El sitio está tan diferente a como era antes de que Draken e Inupi se hicieran cargo, cuando él e Inupi se escondían del frío entre las paredes que una vez habían pertenecido a Shinichiro Sano, que por un momento Hajime cree que todo se desvanecerá frente a él como un espejismo. Como si aquello no fuera más que otro sueño o quizás la falsa escenografía en la que Hajime siempre ha ejecutado su espectáculo.

El pasado le pica en la piel y Hajime se muerde el labio. Por un momento piensa en huir y acabar por completo con aquella farsa—una tregua entre él e Inupi que Hajime reconoce pende de un hilo demasiado frágil para soportar el tiempo que han pasado tejiendo entre ellos.

En los últimos años han cruzado sus caminos por todo Tokio, un encuentro casual aquí o allá, un intercambio de saludos, un qué tal impersonal y una cantidad de preguntas que ninguno se ha atrevido a hacerle al otro. En aquellas pocas ocasiones que lo han hecho, ninguno realmente fue capaz de distinguir cuál era la verdad. Hajime está aquí. Está aquí porque hoy decidió que necesitaba saber que Inupi está bien. Está aquí porque hay un límite para las mentiras que Hajime puede decirse cuando se siente solo. Hajime extraña a Inupi como uno extraña respirar.

—¡Koko!

A Hajime le toma un par de segundos darse cuenta de que continúa de pie en medio de la tienda, contemplando todo como si fuera un fantasma de otra época, mientras Inupi le hace señas desde el área de descanso al fondo del lugar.

Cuando él e Inupi usaban aquel sitio de escondite, siempre se quedaban en el frente, entre los esqueletos de motocicletas que Shinichiro una vez armó y amó. Ahora, donde antes estaba el sofá en el que más de una vez Hajime curó las heridas de Inupi, hay un mostrador y una estantería, y Hajime lo deja atrás hasta llegar al área de descanso. Allí sí hay un sofá, una planta y un refrigerador.

—Acogedor —dice, arrugando la nariz, e Inupi le lanza la toalla con la que se está secando las manos por la cabeza.

—Comerás gratis, no quiero quejas.

—¿Siempre tratas así a tus invitados?

—Sólo a los amigos.

Esta vez es el turno de Hajime de levantar la mirada sorprendido. Inupi lo mira con un gesto suave y dulce que a Hajime lo deja sin aire. Si tuviera doce años, estaría sonrojándose. Hajime quiere preguntarle cómo puede decir algo semejante con tanta certeza, luego de tantos años de caminar por aceras contrarias de Tokio. Inupi bajo el sol de verano y Hajime atrapado aún en el incendio. Hajime se atraganta con las palabras. Es incapaz de entender por qué Inupi actúa como si no hubiera pasado ni un sólo segundo desde la última vez que se vieron.

Hajime quiere caer en la trampa. Coloca las manos en los bolsillos y comienza a recorrer el lugar, sin decir nada, con la mirada de Inupi sobre él. En la pared detrás del sofá hay algunos retratos que no se condicen con los posters, afiches y fotografías de motocicletas que hay en el frente de la tienda. Estas son personales. Hajime se detiene en una que está al medio, en ella se ve la tienda, el cartel D&D Motorcycles Shop nuevo y resplandeciente, Inupi y Draken delante, chocando los puños. Hajime siente un retorcijón en el estómago.

—Tú también estás —la voz de Inupi vuelve a sonar cauta. Cuando Hajime se gira hacia él, Inupi está con la mitad del cuerpo en el refrigerador y no lo mira cuando habla—. En la esquina, arriba a la derecha.

Hajime sigue las instrucciones de Inupi y tal como describió, encuentra una fotografía en la que sale él. Él, Inupi y Akane. Hajime no recuerda cuando la tomaron. Debe ser de las pocas pertenencias que lograron salvar del incendio porque luce estropeada. Akane está en el centro, luce aún más joven de como Hajime la recuerda. Inupi está bostezando y tiene el uniforme del instituto mal colocado. Hajime, sin sorpresa, no mira a la cámara, pues su vista está en Akane. Hajime sentiría vergüenza ajena si no fuera propia. Siente unas ganas absurdas de reír.

—Podías haber elegido alguna con un mejor ángulo —comenta, restándole importancia a la elección que ha hecho Inupi para aquella fotografía. Hajime ni siquiera está muy seguro de cómo se siente de saber que Inupi no sólo lo tiene allí, presente, sino que lo hace junto a Akane.

—Lo dices como si tuvieras un mejor ángulo.

Inupi pestañea en su dirección, apoyando sobre la pequeña mesa de centro los onigiri y dos latas de cerveza. Si Hajime no lo conociera tanto —porque lo hace, de una manera que no quiere admitir ni confesar, porque lo conoce como si nunca hubiera dejado de hacerlo— creería que Inupi pretende ser cruel. Pero Hajime sabe, porque hubo un tiempo en el que estudió cada cambio en la expresión de Inupi como si aquello fuera a salvarle la vida, que Inupi simplemente se está metiendo con él.

Hajime le tira la toalla que aún tiene en las manos en la cabeza.

Sonríe.

—Tú tampoco cambias, Inupi.

 

-

 

Sopa instantánea, un bento de curry, un par de onigiris y más que unas cuantas cervezas después, Hajime se siente atrapado en la nostalgia. Él e Inupi están de pie frente a la tienda. Es pasada la medianoche y la calle luce abandonada. Junto a Inupi está su motocicleta y entre ellos hay un espacio que podría llenar el fantasma de Akane si Hajime quisiera seguir pretendiendo.

La brisa de la noche calma el calor de verano y ellos esperan como si supieran que traerá algo. A Hajime le recuerda el instante de calma luego de una pelea. Ese instante de duda antes de que uno de ellos —Inupi— se pusiera en movimiento, y el otro —Hajime— lo siguiera atrapado por su fuerza magnética. Hajime está seguro de que si Inupi le pidiera el favor más ridículo e imposible del mundo en un momento como este, él accedería sin dudarlo.

—Te llevaré a casa.

Inupi no lo mira cuando habla. Tiene la mirada perdida en la acera del frente, como si temiera encontrarse con el rechazo de Hajime, como si no estuviera muy seguro de lo que está ofreciendo. Hajime considera preguntarle a cuál casa con ese tono sugerente que está seguro logrará o sonrojar o enojar a Inupi, una de dos. Pero no sólo no está seguro de ser capaz de pronunciar aquella sugerencia él mismo, demasiado asustado de arruinar lo que ha sido, sorprendentemente, una cena amena, sino que hay un ápice de dignidad que se niega a sacrificar.

—¿Y tener que subirme a esa cosa otra vez? En tus sueños, Inupi.

Ahora Inupi se gira hacia él y la expresión en su rostro es complicada. Frunce el ceño y aprieta los labios en una mezcla de mueca y puchero. Hajime se pregunta en qué consistirán los sueños de Inupi. Si lo incluyen a él.

Hajime se cruza de brazos, impaciente consigo mismo.

—No hay autobús, ni tren a esta hora —insiste Inupi como si le estuviera explicando algo a un niño.

—Y aún no me subiré en eso. Tú tampoco. —Hajime nunca fue quien marcó el ritmo, pero ahora mira la motocicleta y vuelve a encarar a Inupi, quien alza las cejas como única pregunta—. Bebiste, ¿te recuerdo?

Inupi parpadea y luego vuelve a reír. Hajime realmente podría acostumbrarse a aquel sonido. Es un anhelo tan potente que Hajime se arrepiente de haber aceptado la invitación de Inupi esta noche. Puede sentir en el fondo del estómago que nunca más volverá a repetirse y sólo pensar en ello le escoce en el pecho. 

—¿Desde cuándo te importan las reglas, Koko?

Desde que puedes hacerte daño, quiere decirle, pero Hajime sabe que aquello sólo sería una mentira más a la lista. Una lista que Hajime está seguro ya es demasiado larga para extenderla con tonterías. Hajime se encoge de hombros. Entrelaza las manos y estira los brazos hacia adelante. Le gustaría poder ver las estrellas desde allí. Quizás si las cosas hubiesen sido diferentes entre ellos, Hajime habría aceptado subirse a la moto de Inupi en otra noche de verano e Inupi los habría conducido por horas hasta estar lo suficientemente lejos de la ciudad para verlas.

Quizás a Hajime no le hubiera importado que Inupi hubiera bebido.

Quizás él habría estado borracho de algo más que alcohol.

—¿Qué hacemos, entonces? —insiste Inupi. Tiene una mano en el asiento de la motocicleta, golpeando con los dedos un ritmo que retumba en los oídos de Hajime.

—Puedo caminar.

Hajime se gira hacia Inupi, dispuesto a romper el encanto de esta noche de una vez por todas, como una curita que duele menos cuánto más rápido se quita de la piel, pero hay algo en la mirada de Inupi que le eriza la piel como si estuvieran en pleno invierno. Inupi lo mira como si estuviera intentando destapar todos los secretos de Hajime.

Tras una pausa donde simplemente se miran en silencio, Inupi asiente, decidido.

—Muy bien, iré contigo.

Hajime aprieta los labios, tiene una respuesta filosa en la lengua, quiere negarse y decirle que no necesita una niñera, pero de repente es consciente de que ésta es la manera de Inupi de decirle que hoy no quiere despedirse de él.

Hajime es incapaz de seguir viéndolo. Se da media vuelta antes de decir alguna idiotez o confesar todo lo que lleva adentro del cuerpo desde que no era más que un adolescente.

—Muy bien, como tú quieras. Pero luego no te quejes si te duelen los pies.

Inupi baja la mirada hacia las botas de trabajo que usa haga frío o calor cuando está en el taller, Hajime no le encuentra otra explicación. No son zapatos de taco alto, pero tampoco parecen el calzado más práctico para caminar una hora hasta Roppongi. De reojo puede observar la sonrisa suave que le regala Inupi cuando vuelve a levantar la mirada y se sitúa a su lado, la moto sujeta firme con los puños de las manos pero sin encender.

—Me arriesgaré.

Hajime bufa y empieza a caminar. Toda esta noche se siente como si hubiera traspasado el límite de la realidad, un paso en falso en el callejón en el que se situó a observar el taller desde lejos y Hajime cayó en un mundo alternativo. Cuando Inupi lo invitó a entrar en la tienda, Hajime vaticinó un momento incómodo y una pronta huida. Horas después, caminan juntos envueltos en un extraño pero tranquilo silencio. Alrededor de ellos, Tokio comienza a dormirse lentamente.

Un par de borrachos se cruzan por el camino, pasando entre medio de ellos y la mano de Inupi se estira para tomar el brazo de Hajime cuando casi tropieza por el movimiento. El roce en la piel le quema e intercambian una mirada antes de que Inupi lo suelte y vuelvan a caminar sin tocar ni mencionar nada.

Hajime quiere preguntarle tantas cosas. Sabe qué hace mucho tiempo que perdió cualquier derecho a indagar en la vida de Inupi y debe conformarse con las migajas que él decidió ofrecerle durante la cena. Pequeños datos insignificantes sobre la tienda, una anécdota junto a Hanagaki, la rutina en el gimnasio de Imaushi. Hajime los absorbió todos como quien llega a un oasis en el desierto. Es mucho más Inupi de lo que una vez creyó volver a tener. Hajime se siente embriagado en él.

—¿No se supone que todos los bienes y activos de la Kanto Manji los cesó la policía? —Inupi es quien rompe aquella tregua silenciosa de no preguntar sobre las cosas realmente importantes. Aún están a varios minutos de llegar al apartamento de Hajime, pero la curiosidad de Inupi suena sincera.

Hajime eleva la mirada hacia la silueta de la ciudad. Desde donde están pueden ver la punta de la torre de Tokio.

—Tú más que nadie debería saber que tengo mis recursos —dice, regalándole una sonrisa a medias a Inupi, y cuando éste frunce el ceño, como si fuera a retarlo, Hajime rompe en una carcajada sardónica—. Porque Mikey esté en la cárcel, no esperabas que me hubiera reformado, ¿o sí, Inupi? Lamento decepcionarte.

Otra vez.

Hajime se coloca las manos detrás de la nuca y mira nuevamente hacia arriba. Desearía que fuera invierno para poder hundirse dentro de su chaqueta y apretarse los guantes alrededor de los dedos. Cualquier movimiento que sea capaz de contenerlo, en vez de hacerle sentir como si estuviera a punto de abrirse el pecho de un tajo y quedar expuesto. Desnudo y libre de mentiras.

Hajime se fija en la manera en que Inupi presiona los labios en una fina línea y cómo sus manos se tornan blancas alrededor del manillar de la moto. Hajime se apiada de él.

—No soy ningún delincuente, si te preocupa estar relacionándote con uno. Nadie podría condenarme por lo que hago. Pero las leyes no son tan rectas como nos quisieron hacer creer… —explica y calla.

—Tú nunca creíste en las leyes.

—Ese no es el punto. —Hajime se detiene un momento—. Ni es verdad.

Algunos pasos más adelante, Inupi finalmente detiene la motocicleta y se recuesta ligeramente sobre ésta, mirando a Hajime en silencio. Tiene un gesto suave en el rostro que a Hajime le cosquillea en el estómago y le enciende las mejillas.

—Espera… ¿te estás metiendo conmigo?

Inupi se encoge de hombros. Sigue mirándolo con ese gesto suave al que Hajime no sabe cómo reaccionar. Es como si Inupi le estuviera tirando un puente para cruzar el precipicio que los separa hace tanto.

Inupi desliza una mano por el asiento de la moto y vuelve a mirar a Hajime.

—¿Muy rápido?

—Eres un idiota.

Hajime bufa, y avanza a trompicones hasta alcanzar y sobrepasar a Inupi. Inupi se pone en movimiento de inmediato, acompasando la marcha a la de Hajime.

—Yo sé que no eres un delincuente, Koko. Pero ¿Roppongi?

Esta vez es Inupi quien mira hacia arriba, siguiendo la silueta de los edificios que los rodean. Es una de las áreas más caras de Tokio. Hajime sabe a qué se refiere Inupi cuando arruga la nariz.

—Me gusta. Eso es todo. Desde mi habitación se puede ver todo Tokio… —Hajime hace una pausa, aprieta los labios y se atreve a mirar a Inupi cuando continúa, una sonrisa suave en los labios—. Te gustaría.

Es un atrevimiento. Decir que sabe qué le gustaría a Inupi o no, después de tanto tiempo, después de todo lo que ha quedado sin decir entre ellos, pero Hajime quiere creer, sólo por hoy, al menos por esta noche, que puede aferrarse a esto. A lo que sea que flota entre ellos. Sin necesidad de ponerlo en palabras.

—Hmmm… —Inupi sigue mirando hacia adelante, pero Hajime distingue la manera en que tuerce los labios, como si estuviera contemplando qué hacer a continuación. Ofrecerle su vida a Hanagaki. Convertirse en mecánico. Mencionarle a Akane a Hajime—. ¿Vas a invitarme a pasar?

Cuando Inupi vuelve la vista hacia él, sus ojos brillan en la noche con fiereza y Hajime es incapaz de mantenerle la mirada. Hunde las manos en los bolsillos del pantalón y se encoge de hombros.

—Yo…

—Porque diría que sí.

 

-

 

El apartamento de Hajime siempre está iluminado. Los amplios ventanales y la mala costumbre de Hajime de dejar las puertas abiertas hacen que las luces de Tokio se cuelen al interior hasta rozar el pasillo de entrada con el color blanquecino de la noche. Si Hajime estuviera solo, entraría a tientas, sin encender la luz hasta llegar al área de estar y dejarse caer cómodamente sobre uno de los sillones que miran hacia Tokio. A veces, Hajime se hunde en éste, como si estuviera en medio de una nube, flotando sobre las cabezas de todos. Hoy Inupi está con él y Hajime entrecierra los ojos cuando enciende la luz del pasillo, acostumbrándose al resplandor.

Hajime se mueve de manera mecánica y con movimientos rápidos que le permitan poner distancia entre él e Inupi. La cercanía le quema en la piel y Hajime no está muy seguro de qué hacer con ello—con la presencia de Inupi en su casa.

Es la primera vez que alguien más que él atraviesa la puerta de entrada y Hajime vuelve a sentirse expuesto. Puede sentir los pasos de Inupi como un fantasma seguirlo hacia el área de estar, pero mientras que Hajime se desvía hacia el sector de la cocina, éste continúa avanzando hacia los ventanales que enmarcan el paisaje como hipnotizado. Las luces de Tokio visten a Inupi de un aire sobrenatural y Hajime está seguro de que nunca vio paisaje más hermoso.

—¿Debería encender la luz? —pregunta con una mano sobre el interruptor.

—Ni se te ocurra, Koko. —Inupi lo mira horrorizado un segundo antes de volver a girarse hacia el paisaje de Tokio como si lo llamara una fuerza externa.

Hajime se ríe, un gesto libre y sincero que le libera algo de la tensión que se le acumula en el cuello, mientras rebusca entre la alacena por una botella de sake y un par de vasos.

—Sabía que te gustaría… —le dice, cuando se acerca a él con los vasos rebosantes de una de las tantas botellas que nunca tiene ocasión de beber y que guardaba para una buena ocasión que nunca pensó iría a llegar. Hajime se fija en cómo Inupi se muerde el labio, casi avergonzado de haberle confirmado a Hajime que tenía razón, y luego le alcanza uno de los vasos de sake—. Es el mejor que tengo.

Inupi toma el vaso y lo pone delante del cuerpo, ambas manos alrededor de éste mientras vuelve a mirar hacia afuera.

—No quiero saber cuánto vale, ¿verdad?

—Probablemente no.

Koko le saca la lengua e Inupi se ríe. Esta vez, el sonido suena cauto, y Hajime se pregunta si Inupi también siente el mismo tipo de cosquilleo nervioso que a él le atraviesa el cuerpo.

Cuando la risa calma, Inupi sacude la cabeza y se toma el sake de un único trago. Hajime se fija en la manera en que echa el cuello hacia atrás y el movimiento de sus músculos al tragar, con el mismo tipo de mirada hipnotizada con la que solía mirar a Akane cuando era un niño. Inupi se limpia los labios con el dorso de la mano y cuando vuelve a fijarse en Hajime, él le rehúye la mirada, dando sorbos secos y cortos a su vaso. El sake le quema en la garganta y Hajime parpadea un par de veces hasta que siente que recupera los sentidos.

Inupi no dice nada, le da la espalda a Tokio y escanea la habitación con la mirada.

—¿Todo este espacio es sólo para ti…?

Hajime asiente, extiende un brazo en un gesto exagerado con el que señala todo el lugar.

—Bienvenido a mi dulce hogar.

Hajime toma el resto del sake y apoya el vaso en una de las mesas auxiliares junto al de Inupi, conteniendo el aire mientras Inupi avanza por la sala, recorriendo el respaldo de los sillones con una mano, dándole la vuelta al sitio como si fuera un comprador potencial evaluando el lugar. Hay una pregunta en sus ojos que él no sabe descifrar. Hajime ha soñado con esto demasiadas noches, sentado en el sillón, con la única compañía de su portátil sobre las rodillas, Hajime imaginó la silueta de Inupi dibujada contra la ventana, el roce de su mano en los cabellos de Hajime cuando el cansancio se vuelve demasiado, su compañía y nada más. Ahora que Inupi está allí, Hajime no sabe cómo comportarse. Han pasado seis años desde que la Tokio Manji y la Kanto Manji se enfrentaron. Ocho desde que tomaron diferentes caminos. Once desde que Hajime lo besó por primera vez en la biblioteca.

Hajime desvía la mirada de Inupi y recoge los vasos, dirigiéndose otra vez hacia el área de la cocina. Puede sentir cómo Inupi es quien ahora se fija en él, siguiendo sus pasos. En la mesa, Hajime toma la botella de sake y vuelve a llenar los vasos hasta arriba. A Hajime le tiembla ligeramente la mano e inhala un par de veces para controlarse. Ignora el sake que cae desde el borde de los vasos y toma el suyo para, esta vez, bajarse el contenido de un único trago. Es Inupi quien mece el suyo con los dedos cuando se detiene a su lado, codos contra la mesa. Está tan cerca que Hajime puede sentir el olor a aceite cosquillearle en la nariz.

Hajime sabe que en cualquier momento cometerá una estupidez, ya sea a causa del alcohol o los años en los que ha deseado volver a besarlo.

—¿Qué estamos haciendo, Inupi? —logra preguntar en su lugar, girándose sobre sí mismo hasta recostar la espalda contra la mesa y poder mirar las luces de Tokio en lugar de embriagarse con la presencia de Inupi a su lado.

Inupi toma un sorbo de sake y arquea una ceja.

—Ya no tenemos quince años, Koko.

El problema es que cuando está con Inupi, Hajime siempre se siente de quince años.

Hajime hunde las manos en los bolsillos del pantalón.

—Eso no es…

—No puede ser la primera vez que invitas a alguien aquí. —Inupi se mueve frente a él, acorralándolo contra la mesa. Tiene una expresión entre curiosidad y confusión anidada en el ceño fruncido. Hajime abre los labios pero no salen palabras de ellos—. Sé cómo funcionan las pandillas y ese tipo de vida, Koko… ¿Fiestas? ¿Chicas?

Hajime se muerde el labio y no responde.

Inupi abre los ojos con sorpresa, como si le resultara inconcebible que Hajime no se hubiera aprovechado ni única vez de su condición, como si esperara que fuera tan fácil olvidarse de todo y dejar a alguien extraño entrar a su habitación. La expresión de Inupi se ensombrece y su voz suena tan fría a continuación que, por un instante, Hajime no tiene duda de que hasta este momento ha imaginado todo. La calidez. La camarería. La confianza.

Y lo que sea que Hajime crea que está pasando entre los dos.

—Entiendo. —Inupi hace una pausa, dando un paso hacia atrás y Hajime tiene el impulso de retenerlo, pues teme que si se aleja nunca más vuelva a tenerlo tan cerca. Puede imaginar lo que vendrá después, el nombre de Akane, su presencia tan viva entre ellos como un ancla en el medio del océano, y Hajime sólo logra tensar las manos en puños—. O es porque soy…

—No. —Esta vez, Hajime lo interrumpe, pues no es capaz de escuchar lo que Inupi dirá a continuación, porque no está seguro de poder negarlo si Inupi completa la frase, porque la realidad es que Hajime nunca ha dejado a nadie entrar aquí, éste rincón que sólo es suyo, tan impersonal como íntimo y todo lo que Hajime tiene y conserva de los años más importantes de su vida—. Y si necesitas saber, no. Nadie. Absolutamente nadie, Inupi.

Nadie más es él.

Inupi abre mucho los ojos y antes de que alguno de los dos pueda realmente reaccionar qué está sucediendo, los labios de Inupi presionan sobre los suyos.

En alguna noche, protegidos por la oscuridad de S. S. Motors y la privacidad de un rincón que no pisaba nadie más que ellos, donde no podían verse, donde era difícil ponerle un rostro al otro, donde todo era silencio y olvido cuando salían de allí, se besaron.

No así. No con las manos de Inupi presionándole en las mejillas y los puños de Hajime en la ropa de él, asustado de que vuelva a alejarse, de que se arrepienta, de que entienda otra vez, como todas las veces anteriores, que esto es un error. No así. Con Inupi mordiéndole el labio y presionándose contra él hasta que Hajime siente el filo del mármol en la mitad de la espalda. No así. Con Hajime deslizando las manos entre la ropa de Inupi para llegar a la piel y pegarlo aún más contra él. Hasta que no haya espacio o arrepentimientos. No así. Con certeza.

Hajime no está muy seguro de si es el alcohol o la manera en que Inupi se acomoda contra él, pero cuando Inupi presiona las manos en la cintura de Hajime y lo sienta sobre la mesa, él simplemente obedece. Tiene una frase burlesca en la punta de la lengua, pero no tiene interés en ocupar ésta en nada que no sea descubrir los rincones más íntimos de Inupi. Hay algo desesperado en el beso. En las manos que Hajime desliza desde los hombros de Inupi hacia el bajo de su espalda para poder fundirse contra sus labios. En las de Inupi, que abren la camisa de Hajime como si el tiempo se acabara y les perteneciera al mismo tiempo.

Cuando los labios de Inupi le recorren la mandíbula y encuentran el camino hacia el cuello de Hajime, él deja de pensar. Atrapa a Inupi entre las piernas, presionándolo contra él, y cierra los ojos. Los labios de Inupi siguen el camino de sus manos, lentamente moviéndose hacia abajo. Hajime abre los ojos para observar a Inupi y coloca una mano en sus cabellos, quitándoselos de frente a los ojos, para poder mirarlo. Cuando sus miradas se cruzan, Hajime contiene el aire. Los labios de Inupi besan la piel contra el borde del pantalón de Hajime y él cierra los ojos, echando el cuerpo hacia atrás involuntariamente.

El ruido de la botella al estrellarse contra el piso los sobresalta.

Hajime hace una mueca con los labios, mirando un momento el desastre como si le ofendiera. Inupi tiene una mano en el cierre del pantalón de Hajime y ladea el rostro. No parece en absoluto arrepentido de que una de las botellas más costosas que Hajime tiene en existencias haya acabado en el suelo por su culpa. Al contrario, una ligera sonrisa le tira de los labios con picardía.

—¿Quieres limpiar? —pregunta, tras una breve pausa, y Hajime quiere borrarle la sonrisa a mordiscos.

Hajime se encoge de hombros, restándole importancia, como si no hubiera vidrio y sake desparramado por todo el piso de la cocina.

—Déjalo. Hay otras.

Hajime rompería todas las botellas en su alacena con tal de mantener a Inupi en aquel lugar entre sus piernas. Pero aunque espera que Inupi retome donde estaban antes de que Hajime tirara la botella al suelo, éste simplemente lo observa en un profundo silencio que a Hajime le quema en la piel. Hajime se inclina hacia adelante y pega sus frentes un momento.

—Inupi…

—¿Estás seguro, Koko? —Inupi lo interrumpe, desliza las manos por las piernas de Hajime hasta hacerle caricias justo por encima de las rodillas, y se aleja ligeramente.

Hajime frunce el ceño.

—Se puede limpiar después. Nadie murió por un poco de sake en el piso. ¿Dónde estab…?

—No me refiero a eso, Koko.

Inupi no necesita explicarse, Hajime entiende perfectamente a qué se refiere. Hajime nunca estuvo más seguro de nada en la vida. Es una certeza tan grande que amenaza con quemarlo entero. Es como estar de vuelta en el incendio. Inupi en el centro del fuego que Hajime siente dentro.

Hajime se echa ligeramente hacia atrás, levanta una ceja.

—¿Lo estás tú?

Inupi no responde, pero cuando Hajime se inclina hacia él y vuelve a tomar sus labios entre los suyos, le devuelve el beso. Esta vez, es más lento, suave, como si acabaran de encontrarse. Aunque no está muy seguro de qué está haciendo, Hajime sólo puede intentar transmitirle a Inupi en el beso todo lo que lleva tantos años guardando dentro, todo lo que durante tanto tiempo se negó a ver, y confiar en que Inupi se sienta igual.

 

 

***

 

 

Hajime recibe el mensaje de Hanagaki de camino a su cita con Akane, cuando no pasó ni una hora desde que abandonó el taller de Draken. Es un mensaje sin mucho detalle, donde se excusa con él por no haberle respondido antes, notificándole que está de vuelta en Tokio y que si él quiere, pueden verse dentro de tres días, aunque no está muy seguro de en qué podrá ayudarlo.

Hanagaki incluso le sugiere la hora y el lugar, Hajime sólo tiene que aceptar. Varias semanas atrás Hajime lo hubiera hecho en el momento, casi con una desesperación desconocida para él, ahora se sienta a considerarlo, a sacudirse las sensaciones que la conversación con Draken dejó en él y logra responderle unas veinticuatro horas después, cuando es capaz de coserse la mentira de que está bien.

Eso es lo que le dice a Akane ese día cuando le pregunta si sucede algo, lo mismo que le dice a Yuzuha cuando ésta lo mira con el rostro ladeado al despedirse de ella en la oficina el día del encuentro con Hanagaki y lo que se repite a sí mismo cuando ve la palidez de su rostro en el espejo del ascensor. Hajime, siempre, no importan las circunstancias, está bien.

Hajime llega al punto de encuentro con media hora de anticipación; no está seguro si por nerviosismo o porque espera arrepentirse y huir de allí antes de que los recuerdos lo atrapen en el pasado.

Hajime es consciente de que nunca consideró a Hanagaki una persona normal, pero es difícil determinar qué es normal cuando pasas toda tu adolescencia jugando al dinero sucio y juntándote con bribones y potenciales asesinos. Aun así, Hajime supone que lo normal es que Hanagaki lo citara en una cafetería, no a pies del Santuario Musashi, aquel que fue el punto de encuentro de la ToMan durante tanto tiempo. No puede evitar preguntarse cuánto sospecha Hanagaki de la relación que tiene él con éste sitio y el puesto que ocupó ToMan en su vida—en la de Inupi.

Una vez que está allí, Hajime se siente atrapado por una fuerza magnética y se considera realmente patético por esperar que, al subir, su mundo volverá a la realidad. No sucedió frente a D&D Motorcycles Shop, y no pasará aquí, no importa si Hajime decide rezarle a los dioses o cuánto tiempo ocupe mirando el arco torii a la entrada. Luego de más de un mes de vivir en este mundo, Hajime está convencido de que no hay manera de escapar. Inupi está tres metros bajo tierra y Hajime va a casarse con Akane. Tal como habría sucedido si Hajime hubiera mantenido la promesa de protegerla. Lo que se supone que siempre quiso.

Hajime aprieta los labios y patea uno de los escalones. El dolor le atraviesa el cuerpo y Hajime tome el pie entre las manos sintiéndose un completo idiota.

—¿Koko-kun?

Hanagaki llega puntual. Contrario a la última vez que Hajime lo vio, tiene el cabello oscuro y sin peinados estrambóticos. En sus ojos hay curiosidad y duda y Hajime se pasa una mano por los cabellos, enderezándose y asintiendo levemente.

—Casi nadie me llama así aquí… pero sí, supongo que sigo siendo yo. —Hajime vuelve a mirar hacia arriba, ahora que Hanagaki está allí siente ganas de huir. Por un instante está seguro de que Hanagaki pensará que Hajime está absolutamente loco—. Extraña elección de lugar.

Hanagaki tiene el descaro de lucir abochornado. Hajime nunca ha sido capaz de componer en una sola imagen las piezas que conforman a Hanagaki, aquel gesto tembloroso, como si fuera incapaz de saber cuál es su lugar en el mundo y la determinación con la que hizo frente a Mikey hasta el último segundo, como si nada, ni la muerte, fuera capaz de vencerlo. Ahora, Hanagaki se rasca la nuca como si Hajime lo hubiera atrapado en falta.

—Pasé mucho tiempo de mi juventud aquí. Es… significativo. Creí que eso sería importante.

—No me irás a decir que el Santuario es mágico o algo, ¿no?

Hajime arruga todo el rostro con escepticismo, cruzando los brazos contra el pecho, en una falsa postura de bravuconada que no siente. Ya le serviría a él que el Santuario fuera realmente mágico y no un centro de fábulas que nunca le sirvieron más que para perder todo lo que una vez creyó suyo.

Hanagaki se ríe.

—Qué cosas dices, Koko-kun. La magia no existe.

—¿Entonces no puedes saltar en el tiempo?

Esta vez, Hajime viste sus palabras con una sonrisa, un intento mal disimulado de hacerlo pasar por una broma, pero el gesto le acaba quemando en la piel cuando Hanagaki entrecierra los ojos y deja de reír, mirándolo más que con curiosidad, con recelo.

—Entonces tenía razón, sabes de eso. —Hanagaki se mira las manos, luego enfrenta la gran escalinata que lleva hacia el Santuario—. Creo que será mejor subir, si estás de acuerdo, Koko-kun.

Hajime se encoge de hombros.

—Da igual. Supongo que es mejor a que salgas huyendo.

—Yo no… —Hanagaki luce realmente avergonzado ante la sugerencia de Hajime y aprieta los labios en un mohín que se come el resto de su queja—.  Es un lugar tranquilo, creí que podríamos hablar sin interrupciones.

Hajime no necesita la explicación, pero la agradece. Estar allí le eriza la piel y lo pone de mal humor de una manera que nada lo ha hecho desde la última vez que soñó con el incendio. Cuando Inupi aún estaba con él. En su habitación en Roppongi.

Hajime castañea los dientes y sigue los pasos de Hanagaki hacia arriba como si estuviera caminando hacia su muerte. Es un sentimiento tan ridículo que Hajime siente ganas de cachetearse. Quizás si hubiese hecho eso el primer día que despertó en este mundo, ahora estaría de regreso entre las sábanas de su apartamento y no siguiendo por propia voluntad a Hanagaki por primera vez en su vida. Sin embargo, está aquí y no tiene más opción que continuar hacia adelante, como ha intentado hacer toda su vida.

A aquella hora, el lugar parece sólo recibir visitas de turistas y algunos pocos locales que ofrecen sus respetos. El Santuario está envuelto entre la vegetación y Hajime se siente aislado de Tokio y su ruido. El tiempo realmente parece moverse diferente dentro del Santuario y Hajime no puede evitar preguntarse si eso tendrá algo que ver con la presencia de Hanagaki. Éste camina decidido, hasta encontrar un banco a la sombra donde no hay nadie y pueden sentarse a conversar sin temor a ser escuchados.

—¿Supongo que no me dirás cómo sabes eso?

Hanagaki no espera a que Hajime hable una vez toman asiento. La pregunta es un disparo a quemarropa pues Hajime había pensado tantear ligeramente el terreno antes de tocar el tema. Tienes tantas preguntas que no sabe cómo hacer que teme quedarse sin suficientes palabras para poder expresarse. Por primera vez en mucho tiempo, Hajime no tiene más para ofrecer que la verdad.

—Me lo dijo Mikey.

Hanagaki se gira para mirarlo de frente y abre mucho los ojos.

—¿Conoces a Mikey-kun?

—Conozco a un Mikey —aclara, y cuando sólo recibe confusión de parte de Hanagaki, Hajime chasquea la lengua irritado—. El Mikey que yo conozco está en prisión. Por asesinato. Aún le quedan algunos años.

Hanagaki luce horrorizado. Vuelve a mirarse las manos.

—Mikey-kun…

Hajime se apoya con las manos en el asiento y se echa ligeramente hacia atrás.

—A decir verdad, cuando me lo dijo, creí que era un delirio. Todo parecía indicar que Mikey era el camino a la victoria, pero ni yo era capaz de negar que no estaba bien. Pero supongo que no se equivocaba sobre ti.

—¿Tú también puedes saltar en el tiempo, Koko-kun?

Hajime sonríe con el rostro ladeado y los ojos entrecerrados.

—A decir verdad, hay días en los que realmente me gustaría poder hacerlo.

 

-

 

Hajime siempre se consideró una persona de pocas palabras. Durante toda su vida ha guiado sus sentimientos por acciones y hechos, incluso aquellos que quiso negarse y siempre llevó muy cerca del pecho. Hablar es el acto de hacerlo con las palabras justas, con el mismo tipo de precisión que requiere un buen negocio.

A Hajime no le gusta hablar. A los doce años aprendió cómo enterrar los absolutos y las ilusiones entre cenizas y evasivas. Hablarle a Hanagaki sobre esto —de cómo despertó una mañana en una vida que no es la suya, en un mundo del revés— se siente como abrirse el pecho y desangrarse a vista de todos los visitantes del Santuario.

Pero Hanagaki es, por sobre todas las cosas, una buena persona y escucha con paciencia y en silencio, y Hajime vuelve a reafirmar la creencia de que Inupi escogió bien.

Hanagaki lo deja hablar y Hajime habla y habla hasta que no tiene más para decir.

—Entiendo. —Hanagaki asiente cuando Hajime calla, se mira las manos, y luego al resto del Santuario. Hay cosas que Hajime se deja por fuera: la culpa que le quema en el estómago cada vez que desea regresar a un mundo donde no fue capaz de salvar a Akane; la inmensidad de lo que siente por Inupi; lo miserable que Hajime se siente sin él. Aun así, no le sorprende cuando Hanagaki vuelve a enfrentarlo con una sonrisa—. No… no estoy muy seguro de cómo podría ayudarte, pero… cuenta conmigo. Lo importante es que sigas luchando por lo que quieres. No te rindas, Koko-kun.

Hanagaki suena tan convencido cuando habla que Hajime no puede más que reír. De repente recuerda cuán idealista e inocente siempre le ha parecido aquel muchacho cuando no está chorreando sangre y manteniéndose en pie al borde de perder la consciencia. Aquí, ahora, en el Santuario, Hanagaki ni siquiera parece capaz de defenderse de la risa de Hajime y se limita a inflar los cachetes con molestia.

—¿Eso es lo que hiciste tú?

Hajime arquea una ceja. El sonrojo en los cachetes de Hanagaki sería tierno si Hajime no sintiera la piel traspasada por una corriente eléctrica. No sabe si es el Santuario o la manera en que Hanagaki no lo ha mirado ni un segundo como si estuviera loco. Hajime no puede escapar de esta realidad.

—Yo… —Hanagaki se ríe con nerviosismo—. Algo así. Pero aun cuando no sabía lo que quería, seguí luchando. Ahora estamos aquí.

—Y Mikey no está en la cárcel.

—Y Mikey-kun no está en la cárcel. ¿Cómo sabes que tiene que ver con él?

—Una corazonada. —Hajime se encoge de hombros y echa la vista hacia adelante. Cerca de la entrada hay una familia de cuatro, madre, padre, hija e hijo. El pequeño no puede tener más que cinco años y tira de la falda de su hermana mayor con una mano, insistiendo en adelantarse a sus padres. Hajime se los queda mirando un momento, luego vuelve a buscar la mirada de Hanagaki—. ¿Volviste por él, entonces?

Hajime espera que Hanagaki voltee el rostro y, aunque está seguro de que es incapaz de mentir, intente al menos disimular la verdad. Pero sólo se encuentra con el brillo cristalino en los ojos de éste y un leve asentimiento de cabeza, sin toda la vergüenza que Hajime imagina de él.

—En realidad… no y sí. Al principio no era sobre él, ¿sabes? Tenía a alguien más por quien luchar, pero luego… luego conocí a Mikey-kun, conocí de verdad a Mikey-kun y... —Hanagaki se muerde el labio y hace una breve pausa que Hajime siente latirle en el pecho—. ¿Nunca has deseado tanto la felicidad de alguien que todo lo demás deja de importar, Koko-kun?

Hajime contiene el aire. Inupi lo había llamado obsesión cuando se trató de Akane. Hajime se pregunta qué nombre le habría puesto si Hajime le hubiera confesado en palabras que todo este tiempo siempre se trató de él.

Hanagaki se encoge de hombros, él también mira a la familia mientras avanza por el Santuario, deteniéndose en los puestos de amuletos. Son extranjeros, Hajime puede notarlo incluso desde donde están sentados. Hanagaki no dice nada sobre ellos, se pasa una mano por los cabellos y sonríe. Parece perdido en recuerdos y Hajime agradece que no esté esperando una respuesta de su parte, pues él no se considera capaz de hablar.

—Por eso volví, Koko-kun. —Hanagaki sonríe, un gesto suave y lleno de calidez. Su voz se llena de determinación—. Y lo volvería a hacer, todas las veces que fuera necesario. Hay personas que son demasiado importantes, ¿no crees?

—Eso suena muy… —Hajime tiene la palabra atrapada en la lengua, pero es incapaz de pronunciarla. Le quema en el paladar como una verdad que contra la que ha estado luchando demasiado tiempo y se decanta por la más cercana, chasqueando la lengua—: muy romántico.

Hanagaki se ríe. Al igual que Draken algunos días atrás, no parece preocupado de la interpretación que Hajime hace de sus palabras, que Hajime asuma sobre sus gustos y sus intereses. Si se fija con cuidado, Hajime puede notar el sonrojo que se acentúa en la punta de su nariz, pero Hanagaki lo viste con una seguridad que Hajime jamás ha podido emular. Hajime se pregunta si es feliz aquí.

—Supongo que sí, que lo es.

—¿Lo amas?

No sabe por qué pregunta. Hajime no suele hacer ese tipo de preguntas personales salvo que obtenga algo a cambio o simplemente quiera molestar. Hajime tiene suficiente con los propios para andar hurgando en los sentimientos ajenos. Pero ahí está la pregunta, suspendida en el aire, y ahí está la manera en que Hanagaki se sobresalta ligeramente y luego se sacude la inseguridad de encima arrastrando las manos hasta las rodillas y enderezándose, como si pudiera hacerse más grande con una única inhalación.

—Demasiado —susurra. Firme. Hajime envidia la seguridad en su mirada cuando Hanagaki se gira nuevamente hacia él y ladea el rostro, la sonrisa embobada aun pegada a los labios—. ¿Tú tienes alguien así, Koko-kun?

Hajime se pasa una mano por el rostro, apretándose la nariz y tragándose un suspiro.

—¿Tenemos que hablar de esto?

Esto es una palabra demasiado grande y Hajime no está muy seguro de si Hanagaki es capaz de entender todas las complejidades que él guarda en ella. Todos los secretos que Hajime creyó se llevaría a la siguiente vida consigo. Hanagaki lo observa un momento, intentando aun así entenderlo.

—Sólo si tú quieres —dice luego de un momento—. Quizás haya alguna pista de por qué estás aquí.

Hajime está aquí porque es un reverendo idiota.

—Si tuviera que apostar, diría que estoy muerto o soñando. No sé para qué serviría ninguna pista —masculla, pues puede empezar a sentir la frustración llevarse lo mejor de él.

Hanagaki se golpea la barbilla con un dedo.

—Normalmente uno no quiere abandonar un buen sueño, Koko-kun. Por qué es un buen sueño, ¿verdad? —Hanagaki no se fija en él cuando Hajime se encoge de hombros, su vista vuelve a estar en la gente en el Santuario. Ya no hay rastro de la familia que Hajime vio entrar hace unos momentos, el lugar parece vaciarse por momentos, pero Hanagaki y él siguen allí, hablando de la nada y del todo y de los hipotéticos sueños sobre los que Hajime siempre mintió tener—. Una vez, cuando todavía… cuando las cosas no estaban bien, soñé que estaba en Manila. Eso es en las Filipinas, ¿sabes? En fin. Estaba allí. Con Mikey-kun. También estaban Draken-kun, y Chifuyu y todo el resto de la pandilla. Mikey-kun y Baji-kun peleaban porque querían ir a puntos opuestos de la ciudad, y luego Draken-kun cargaba a Mikey-kun a la espalda mientras éste hacia un mohín porque todos los demás decidieron llevarle la contraria… y, lo siento, Koko-kun. Me estoy distrayendo.

—Tienes suerte que Inupi es mejor persona que yo, sino nunca te hubiera seguido —murmura Hajime para sí y Hanagaki tuerce el rostro interesado, pero cuando Hajime calla, no insiste.

—Lo que quiero decir es que no quería despertar, Koko-kun. ¿Es éste es un sueño del que quieres despertar?

Hajime arruga la nariz y aprieta los labios. En un gesto infantil sube las piernas al banco y se abraza a las rodillas.

—Si nos volvemos a cruzar luego de esto, Hanagaki, haré como que aquí no nos conocemos.  

—No lo hacemos, Koko-kun.

—Muy bien. Salgamos de esto. — Hajime asiente. Vuelve a bajar las piernas, inquieto, y las estira hacia adelante, hundiendo las manos en los bolsillos del pantalón y elevando la vista al cielo. Siente cómo le tiembla todo el cuerpo y Hajime enrolla los dedos en puños—. Akane-san... murió en el incendio. En mi mundo, de donde soy, Akane-san murió en el incendio. Ella era la hermana de mi… mejor amigo y yo estaba perdidamente enamorado de ella aunque me llevaba cinco años. Habría hecho cualquier cosa por salvarla.

Hajime inhala. Está seguro de que sí deja de prestarle atención a su respiración, se olvidará de hacerlo por completo.

Hanagaki busca su mirada.

—¿Y en este mundo?

—En este mundo está viva y vamos a casarnos. Debería sentir alivio pero…

—Pero ella no es Mikey-kun. —Cuando Hajime se voltea hacia Hanagaki con los labios apretados, éste carraspea y se explica—: Quiero decir que… Akane-san no es tu Mikey-kun, no es la persona por la que volverías a intentarlo todas las veces que fuera necesario.

—No. No lo es.

Hajime siente los ojos secos y fríos y el cuerpo extremadamente liviano. 

—¿Y esa persona?

—Él… en este mundo, fue él… fue Inupi quien murió en el incendio. —Hajime siente cómo le arde la garganta con amargura—. Es algo irónico, ¿no crees? Durante tanto tiempo, mientras estuve con él, sólo quería haber salvado a Akane-san y ahora que ella está aquí…

—Ahora, quieres volver.

Hanagaki coloca una mano sobre la rodilla de Hajime. Es un gesto cálido y lleno de compasión que llena a Hajime de culpa. Aprieta los ojos con fuerza hasta que todo se vuelve negro.

—Aparentemente, Hanagaki, sólo sé vivir al revés.

 

 

**

 

 

 —Koko, ¿eres feliz? —Las palabras de Inupi suenan mullidas bajo la lluvia, pero aun así, Hajime se detiene. Semanas atrás, días atrás, horas atrás, no esperó estar nuevamente frente a Inupi bajo ninguna circunstancia, sus caminos separados por elección propia. Ahora está aquí, el fantasma del peso de Hanagaki sobre los hombros y el corazón comprimido en el pecho. Hajime podría darse vuelta, enfrentar a Inupi, empezar a hablar, pero sólo guarda silencio y la voz de Inupi le erizan la piel como una brisa—: Puedes vivir una vida sin pensar en Akane, ¿sabes?

Hajime aprieta los dientes.

Inhala.

 

***

 

 

Akane lo está esperando en el apartamento cuando regresa de su encuentro con Hanagaki. Está de pie en la entrada, junto a la pequeña cocinita de azulejos amarillos que Hajime tanto odia. Está vistiendo una camisa de Hajime que apenas le roza las piernas sobre la falda del uniforme de trabajo y le dedica una sonrisa llena de alegría cuando lo escucha entrar. Luce hermosa y Hajime no siente absolutamente nada.

Hace muchos años que Hajime sabe que no es esto lo que quiere. Al igual que cuando era un tonto niño, Hajime mira el rostro de Akane y puede ver el rastro de Inupi en el tono de su cabello, el brillo de sus ojos y la curva de su nariz. Pero lo que con doce años Hajime era incapaz de entender, ahora luce tan claro que Hajime sólo quiere esconderse en el regazo de Akane como hizo en el cementerio, como si fuera un niño pequeño en el regazo de su hermana mayor. Hajime no quiere esto. No quiere a Akane. Este mundo no es más que una fantasía infantil. Hajime ya no es un niño y no quiere seguir viviendo como alguien que no es.

Pero ahora que está allí, a punto de enfrentar a Akane y todas las mentiras que curtió con el tiempo, Hajime es incapaz de moverse.

—¡Hajime! —Akane se seca las manos con una toalla antes de acercarse a él. Sigue regalándole esa sonrisa brillante que cuando Hajime era pequeño le hacía latir el corazón y ahora le hace sentir como si Hajime estuviera frente a un fantasma—. ¿No tenías clases? Quería sorprenderte con la cena. Me ensucie la camisa así que tomé una de las tuyas…

Akane se pone en puntas de pies y le echa los brazos al cuello. Hajime continúa inmóvil y cuando los labios de Akane besan los suyos, Hajime se siente como si un vacío se abriera bajo los pies de ambos y fuera a succionarlos enteros. La primera vez que intentó besar a Akane, fue ella quien lo detuvo, quien lo miró atenta y sin pena, y le dijo que debía besar a alguien que realmente le gustara. Entonces, el corazón de Hajime había latido con tanta fuerza que Hajime lo había sentido quemarle en todo el cuerpo y la confesión le había brotado sin su permiso. Inocente y cálida. Hajime querría poder darle eso ahora a Akane, pero lo único que hace es temblar levemente a la entrada del apartamento, con los zapatos de calle aún puestos y la mirada confundida de Akane sobre él.

—¿Sucede algo?

Akane desliza las manos por los brazos de Hajime hasta entrelazar sus dedos, como si pertenecieran allí de toda la vida. Hajime supone que eso ha hecho aquí por suficiente tiempo para que Akane no entienda por qué Hajime tarda en devolverle el gesto y presionar ligeramente sus dedos juntos. Hajime mira sus manos entrelazadas y se fija en el anillo que regaló a Akane la noche anterior a despertar en este mundo. Por primera vez desde entonces se pregunta si el Hajime que vivía aquí antes de que Hajime despertara junto a Akane realmente se enamoró de ella, como él lo hizo de Inupi en el suyo. Hajime espera que, de ser así, él sea capaz de volver encontrar el camino hacia ella.

—No… no puedo hacer esto, Akane-san.

Akane frunce el ceño y hace un ligero movimiento hacia atrás para observar a Hajime. No suelta sus manos entrelazadas y Hajime lo agradece, pues espera al menos poder transmitirle a través de éstas que nada de esto es su culpa. Que Hajime desearía haberla salvado, que se alegra de verla viva, que quisiera que esta vida fuera suya, pero Hajime no pertenece aquí.

Hajime no quiere vivir otra vida pretendiendo.

—¿De qué hablas, Hajime?

—Yo… Eres maravillosa, Akane-san. Siempre has sido maravillosa. Desde que era pequeño creí que nada me haría más feliz que hacerte feliz a ti. Quiero que seas feliz, Akane-san. Te mereces a alguien que pueda hacerte feliz. —Hajime da un pequeño apretón a sus manos unidas y luego suelta una de ellas para acariciarle la mejilla a Akane—. Pero esa persona no soy yo.

—¿Hajime?

La voz de Akane suena pequeña y Hajime se traga la culpa junto a las lágrimas que le caen por las mejillas, traicioneras, como si estuviera de vuelta en la biblioteca, cuando la muerte de Akane era algo aún difícil de entender. Hajime quiere ocultarse, quiere esconderse, guardar todo lo que siente de forma que ni Akane ni nadie pueda verlo, pero se obliga a mantener la frente en alto, porque Akane merece al menos eso.

—Quisiera que la realidad fuera otra. —Hajime se ríe, un sonido seco que se le entremezcla con las lágrimas y que muere en sus labios tan rápido como cobra forma en ellos—. No tienes ni idea de cuánto tiempo creí que quería esto, Akane-san. Pero amo a Inupi.

Hajime abre mucho los ojos, sorprendido por su propia confesión. Siente el cuerpo tenso y el corazón liviano. Akane también luce sorprendida. Abre los labios y vuelve a cerrarlos y por un momento Hajime cree que comenzará a gritarle. Pero simplemente suelta la mano de Hajime y da un paso atrás, poniendo distancia entre ambos.

—Hajime, necesitas ayuda.

Hajime sacude la cabeza.

—Sé que no entenderás. Pero yo… yo lo he amado todo este tiempo. Todos estos años, y nunca, nunca fui capaz de decírselo. Soy un cobarde, Akane-san. Yo quiero estar con él. Nunca quise nada más.

—Hajime, Seishu está muerto.

Hajime vuelve a sacudir la cabeza. Se pasa una mano por los ojos, limpiándose las lágrimas.

—No. No lo está… lo encontraré. Encontraré la manera de volver con él.

Hajime lo dice con tanta certeza que no tiene ninguna duda de que lo conseguirá. Hanagaki le había explicado que su habilidad para saltar en el tiempo se iniciaba con un apretón de manos y aunque Hajime duda que eso funcione para él, está dispuesto a apretar las manos de toda la población de Tokio si fuera necesario. Hajime tiene tantas cosas que quiere decirle a Inupi. No a una tumba. A Inupi, el Inupi al que besó por primera vez en la biblioteca, el Inupi al que Hajime hubiera seguido hasta la correccional o el mismo infierno, el Inupi que besó su cuello la noche antes de despertar en este mundo y le recordó a Hajime que nunca quiso alejarse de él.

Akane continúa mirándolo como si Hajime hubiera perdido toda la cordura. Hajime sabe que tiene algo de razón. Está de pie frente a alguien que Hajime sabe murió hace ya doce años. Todo es imposible. Nada tiene sentido.

—Quizás sea una locura pero… creo que tenía que despedirme de ti. —Es un pensamiento que lo atrapa de pronto, pero mientras habla, Hajime siente cómo le quema el pecho, como si hubiera esperado todo un mes en descubrir una verdad tan sencilla. En un impulso, Hajime se inclina ligeramente y roza la mejilla de Akane con los labios—. Adiós, Akane-san.

Akane parpadea y Hajime se graba la expresión de su rostro a fuego en la memoria. No quiere olvidarla. No quiere olvidar que le está fallando otra vez. Hajime una y otra vez continúa rompiendo todas sus promesas. Cuando cierra la puerta detrás de él, Hajime se queda de pie en el pasillo, con los ojos cerrados, con la tentación de darse vuelta y regresar con ella. Se seca las lágrimas con tanta bronca que por un momento teme hacerse daño en la piel y luego mira al frente. Avanza. Corre.

Hajime sólo quiere volver a casa.

 

-

 

Tokio luce inmensa y llena de oportunidades. Hay algo vivo en la noche, o quizás hay algo vivo en Hajime. La sangre le corre por el cuerpo, reclamando su atención, los pulmones le queman por el ejercicio y los ojos le arden por el rastro de las lágrimas que dejó en el apartamento. Hajime quiere gritar. Se siente como si acabara de romper las cadenas que lo mantenían atado al pasado. A cada paso que da, la presencia de Akane se desvanece. Hajime ya no siente el fantasma del roce de sus dedos en las manos ni lo persigue su mirada inquisitiva. Adelante sólo queda la incertidumbre, pero Hajime no se detiene.

Considera llamar a Hanagaki, pedirle abrigo por una noche, mientras Hajime decide qué hacer, pero teme que, de quedarse quieto, la cobardía vuelva a alcanzarlo. Hajime ha pasado doce años huyendo de sí mismo, retroceder no es una opción. Aun así, busca el contacto de Hanagaki en el teléfono y le envía un simple “Gracias” que Hajime espera logre transmitir todo lo que siente en éste momento.

Cuando Hajime se detiene en la parada de autobús, considera sus opciones. Quiere ver el apartamento en Roppongi, pues allí fue en el último sitio en el que vio a Inupi, pero sabe que será imposible ingresar en él. La seguridad del edificio es de primera y Hajime no logrará siquiera alcanzar el piso diecinueve antes de que la policía llegue a detenerlo. Mientras espera, Hajime revisa nuevamente sus listas de contactos. Siente que debería decirle algo a Yuzuha, pero contrario a su brote de honestidad previo, Hajime sigue sin saber cómo expresarse. Vuelve a mirar arriba y abajo los contactos, deteniéndose siempre un segundo más de la cuenta en la letra I, como si esperara que el nombre de Inupi fuera a aparecer de un momento a otro por arte de magia, y acaba por guardar el teléfono hasta el fondo del bolsillo del pantalón.

Hajime se sube al primer autobús que se acerca a la parada. Sigue sin saber a dónde se dirige pues en este mundo no tiene ningún lugar a dónde ir y a pesar de la seguridad con la que dijo que encontraría a Inupi, Hajime no tiene ninguna idea de cómo regresar a él. Ni siquiera sabe cómo llegó aquí en primer lugar. Pero Hajime es una persona racional y no dejará que el pánico se apodere de él. Tiene que haber una respuesta en algún lado y Hajime va a buscarla. Así tenga que vagar toda la noche, y las que sigan, por todo Tokio para encontrarla. Pero antes de llegar a una medida tan desesperada, el autobús tuerce su camino y Hajime poco a poco reconoce las calles de Shibuya.

Hay otro sitio donde vio a Inupi por última vez.

D&D Motorcycles Shop.

El cartel que recibe a Hajime en la noche está apagado. Luce lúgubre. Con el mismo tipo de aura que Hajime recuerda de cuando el local pertenecía aún a Sano Shinichiro. Las persianas están cerradas y no hay rastro ni de Draken ni de Mikey y mucho menos de los jóvenes delincuentes que rondan el lugar. Allí todo es silencio y los pocos transeúntes que caminan por aquella calle se desvían inmediatamente hacia sitios más concurridos, donde las luces continúan encendidas y la diversión apenas empieza. Hajime los ignora.

Se queda de pie frente a la tienda con las manos en los bolsillos y el corazón en la boca, y luego toma una decisión. Hajime se siente de quince años, acompañando por primera vez a Inupi a una pelea en vez de dirigiéndolas desde las sombras para ganar dinero. Le pica la piel y le late el pecho con rapidez. Hajime mira hacia todos lados para verificar que nadie lo sigue antes de ingresar por el callejón de servicio donde está la entrada secundaria a la tienda.

Aunque no tiene ninguna herramienta consigo, Hajime no tarda en encontrar un alambre tirado cerca de la basura. Lo toma entre dos dedos con asco y lo limpia contra la tela del pantalón antes de volver a la puerta y jugar con la cerradura de la misma. Hajime fue quien forzó la puerta la primera vez y fue Inupi quien descubrió el movimiento exacto que necesitaba la puerta para acabar de destrancar, presa del desuso o el paso del tiempo. Hajime la empuja ligeramente con el hombro y se cae de cabeza al interior.

Masculla un insulto contra el suelo y se queda quieto un momento, atento al ruido de una alarma o de que Draken aparezca para partirle la cabeza con una llave mecánica. Cuando nada sucede, Hajime se pone en movimiento.

De noche, la tienda luce atrapada en el tiempo. Hajime puede imaginar el olor a polvo y humedad, y, por momentos, cree escuchar el eco de los pasos de Inupi junto a él, pero cuando se gira a buscarlo, se maldice por caer en la trampa de los recuerdos. Hajime sabe que volver a casa no puede ser tan sencillo, pero el anhelo es tan fuerte que, aunque intente razonar consigo mismo, es incapaz de ganar contra él.

Cuando resulta evidente que Hajime no encontrará respuestas allí dentro, que no hay rastros de Inupi ni de ninguno de los años que compartieron juntos en aquella pocilga, Hajime encuentra acomodo en una de las esquinas, detrás de donde ahora está el mostrador y donde, en aquellos años, él e Inupi habían acomodado el viejo y maltrecho sofá. Hajime se sienta en aquel rincón, completamente a oscuras, y se abraza a las rodillas, escondiendo el rostro entre ellas.

En el silencio, no puede hacer nada más que esperar que lo alcance el sueño.

 

 

**

 

 

Hajime se despierta de un sobresalto. Presiona las manos a ambos lados del cuerpo para recordarse de que está sobre una superficie firme y no cayendo directo al vacío bajo a los pies. Aprieta los ojos intentando recordar qué soñaba pero la memoria se le desliza de la mente y poco a poco comienza a ser consciente de la vigilia cosquilleándole en la piel. Es aún de noche, porque de otra manera, Hajime habría despertado con los gritos de Draken o las sirenas de la policía o quizás con una muy bien merecida cachetada en el rostro. A su alrededor, sólo hay silencio y a Hajime le toma unos momentos darse cuenta que ya no está sentado y, otros tantos, que aquello que tocan sus dedos no es la superficie sucia del suelo de la tienda de motocicletas.

Hajime está seguro de que nunca se movió de aquel frío rincón detrás del mostrador donde el fantasma de las luces del exterior apenas se atrevía a entrar por la ventana sobre su cabeza. No recuerda haber caminado hasta el sofá en la sala de descanso ni haber abandonado la tienda. Hajime hace un mes que no está seguro de nada, porque cuando despierta esa mañana siente el tacto de la tela bajo los dedos y el reflejo suave de la ciudad intentando hacerse lugar entre los párpados. Hajime contiene el aire. No se atreve a abrir los ojos pues teme despertar en una pesadilla. Cuanta hasta diez y cuando finalmente se atreve a mirar el techo, sabe con certeza que ya no está en la tienda y el corazón le late como toro enfurecido en el pecho.

Con los sentidos repentinamente alerta, Hajime reconoce el ronroneo característico de la ventilación del apartamento de Roppongi, el tacto suave de las sábanas de seda sobre la piel y el reflejo familiar de las luces de Tokio que entran por el enorme ventanal de la habitación. Hajime odiaba este apartamento, vacío y sin alma, tanto como los azulejos amarillos de la cocina donde vivió el último mes, pero ahora no puede más que presionarse los puños de las manos contra los ojos e inhalar ese aroma característico que en los últimos años aprendió a reconocer como hogar. Está en casa. No existe otra respuesta posible.

Pero Hajime lleva más de un mes viviendo una vida que no es suya y la desconfianza se le anida en el pecho, impidiéndole moverse. El pasado, Hajime aprendió hace mucho tiempo, siempre está pisándole los talones y el futuro feliz es sólo algo que pasa en la televisión o en la vida de otros. Cuando finalmente se atreve a girar sobre la cama y comprobar con sus propios ojos que no está imaginándolo todo en un brote de locura, se da cuenta de que el pasado y el futuro siempre han sido lo mismo y que está esperándolo de pie a su puerta y con los brazos abiertos.

O en su dormitorio y con los brazos cruzados en el pecho.

Inupi está frente al enorme ventanal en un espejo de la última vez que Hajime lo vio allí. Está de pie, observando Tokio con la expresión oculta por la penumbra de la noche, y se gira hacia él cuando escucha a Hajime sentarse sobre la cama. Hajime que abre la boca pero ningún sonido sale de ella. Hajime que aprieta las sábanas entre los puños de las manos asegurándose de que puede sentirlas y que está despierto.

—Estás aquí —consigue decir y se siente tan tonto que si no temiera que Inupi desaparezca de allí si Hajime le quita los ojos de encima, escondería el rostro entre las sábanas y se hundiría en su idiotez como si aún tuviera diez años y fuera incapaz de controlar su vergüenza.

Inupi arruga la nariz.

—¿De verdad, Koko? ¿Esperabas que me fuera? No soy tan mierda, ¿sabes?

Inupi estira los brazos hacia adelante, desperezándose. En el rostro vuelve a descansar una expresión indescifrable que pone a Hajime nervioso. Hajime siempre amó eso de él. Impredecible, volátil, incluso para él, y aun así, Inupi jamás podría ser el tipo de persona que se van en el medio de la noche. Ese es el papel que Hajime asignó para sí. 

—Estás aquí —vuelve a repetir de manera estúpida, y porque es incapaz de confiar en sus sentidos, agrega, sin importarle cuánto reafirma su estupidez ante Inupi—: Eres… ¿eres real?

Inupi parpadea y da un paso hacia Hajime. Hajime escucha el suelo crujir ligeramente porque hace varios meses que una de las tablas del piso está floja y Hajime no ha hecho nada para arreglarla, y el sonido es como un ancla que lo trae de regreso, de una vez y por todas, a esta realidad. Hajime no sabe cómo regresó, ni le importa. Ésta es la única realidad que Hajime quiere vivir.

—¿Sigues borracho? —Inupi arruga tanto la nariz que Hajime no puede ignorar la mezcla de confusión y preocupación que se le acumula en el ceño—. ¿Qué se te metió…?

Hajime no lo deja acabar. Se pone de pie de golpe, arrastrando parte de las sábanas consigo enredadas entre los pies, y cruza la distancia entre ellos hasta tomar a Inupi de las mejillas y fundir sus labios en un beso. Con el impulso, Inupi trastabilla un par de pasos hacia atrás, pero Hajime planta los pies con firmeza en el suelo y se entrega al beso. Las manos de Inupi tardan unos momentos en reaccionar y se apoyan sobre la cintura de Hajime apenas como un roce fantasmal que a él le eriza toda la piel. Besar a Inupi no se parece en nada a los besos de Akane, especialmente, porque ahora, es Hajime quien lleva la ventaja de la sorpresa y quien presiona contra él confirmando que está aquí, que tiene carne y huesos y que Hajime puede sentirlo, puede tocarlo, puede mezclar las respiración de ambos hasta que deben alejarse para respirar.

Hajime apoya la frente contra el hombro de Inupi y aprieta los ojos conteniendo las lágrimas porque, testarudo, se aferra a mantener el poco de dignidad que conserva tras un mes alejado de las manos que ahora le presionan en el bajo de la espalda, como si no supieran que hacer con la presencia de Hajime entre los brazos de Inupi. Hajime no entiende cómo alguna vez creyó que quería algo diferente a esto.

—Me alegra que estés aquí —dice, sintiéndose infantil y torpe, y sin atreverse a mirar a Inupi.

—Me ofende que tengas tan mala idea de mi persona, Koko.

La voz de Inupi es suave, un arrullo que amenaza con calmar los nervios de Hajime y hacerlo olvidar absolutamente todo lo que vivió el último mes. Si es que siquiera pasó un mes. Hajime tendrá que hablar con Hanagaki. Quizás. Otro día. Ahora frunce el ceño y sacude la cabeza ligeramente contra el hombro de Inupi.

—No quise decir eso, idiota. —Hajime está seguro de que se le cuelan todas las emociones del último mes cuando habla y lo confirma cuando levanta el rostro para mirar a Inupi y puede ver la sorpresa reflejada en el brillo de sus ojos.

—Lo sé —dice, torciendo los labios en una suave sonrisa y Hajime se contiene se volver a besarlo, de intentar transmitirle a Inupi todo lo que pasa por su cabeza en este momento, el último mes, y los últimos seis años que han pasado separados el uno del otro. Quiere creer que habrá tiempo.

Hajime no quiere seguir huyendo.

Sacude la cabeza nuevamente.

—No me estás entendiendo.

Hajime levanta una mano y la coloca sobre la mejilla de Inupi, rozando con los dedos el borde de la cicatriz, la única visible de todas las que él e Inupi han cargado consigo todos estos años. El fantasma de Akane, la más grande de todas, y una que Hajime siente ahora liviana, como un pequeño picor olvidado en el fondo de la mente. Inupi abre mucho los ojos y Hajime no puede culpar la duda que se le arremolina en ellos.

—¿Koko?

Hajime lo ama y necesita que lo sepa, independientemente de lo que Inupi decida hacer con ello.

—Quiero que sepas que eres lo mejor que me pasó en esta vida —Hajime pega sus frentes y cierra los ojos, respirando junto a Inupi un momento. Inhala, juntando en la voz todo lo que ha ocultado de Inupi, del mundo y de él mismo todo este tiempo, desde el incendio—. Y, en todas las vidas, no importa cuántas haya, no importa dónde estemos, ni quien esté con nosotros, siempre te elegiría a ti, Seishu.

Hajime escucha como el aire se corta en los pulmones de Inupi un instante y roza sus narices antes de alejarse para poder verlo. Inupi lo mira con ojos cristalinos y Hajime da un paso hacia atrás, devolviéndole su espacio y sintiéndose absolutamente expuesto. Desnudo de una manera que en nada se relaciona con la falta de ropa o el aire del apartamento picándole en la piel.

—¿Estás enfermo? ¿Vas a morir? —Cuando Inupi rompe el momento entre ellos, lo hace bruscamente, y Hajime sabe que se merece esa cachetada de realidad. Pero se mantiene firme, con la espalda recta y el corazón abierto.

—¡Oi! Estoy aquí intentando ser romántico, tómalo o déjalo —dice, pero su voz no tiene enojo ni pelea, sólo una ligera complicidad que flota en el aire entre ellos hasta que Inupi mira el suelo, a sus pies descalzos, como si allí pudiera encontrar todas las mentiras que Hajime despojó de tajo del cuerpo.

—¿Hablas enserio?

—Sólo si se trata de ti. —Hajime vuelve a dar un paso hacia adelante hasta tomar las manos de Inupi entre las suyas. Hay algo frágil en la expresión de su mirada que le recuerda a cuando se enfrentaron en la bahía de Yokohama y Hajime siente el peso de todos los años que han pasado entre ellos llenarlo de inseguridad. Se obliga a entrelazar los dedos con los de Inupi y a mirarlo de frente cuando habla—. Sé que tenemos mucho por hablar y sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero nunca hable más enserio que en estos momentos. Quédate conmigo esta noche, Seishu. Mañana… mañana podemos hablar. Lo prometo.

—Y tú nunca olvidas una promesa.

Hajime asiente. Inupi mira sus manos entrelazadas.

—No las que importan. ¿Te quedarás?

—Creí que ya había dicho que no iba a irme.

Hajime quiere decirle que no es eso lo que está preguntando y que por favor tenga piedad de él pues lleva un mes conviviendo con la idea de que Inupi estaba muerto y ahora está aquí y Hajime se niega a perderlo otra vez, y que por favor se tome todo esto en serio porque hay un límite para la sinceridad de Hajime que él rebasó hace ya varios minutos y unas decenas de palabras, pero luego se fija en la sonrisa en labios de Inupi y entiende que se está metiendo con él.

—¿Puedes dejar de romper el romanticismo? ¡Estoy haciendo mi mejor esfuerzo!

Hajime se da media vuelta porque no está seguro de si quiere pegarle un golpe o besarlo y tira de sus manos entrelazadas en dirección a la cama.

Inupi no opone resistencia y Hajime considera eso una victoria.

—No. Es divertido. —La respuesta de Inupi llega unos segundos después y Hajime se detiene, dándose vuelta para enfrentarlo.

—¿Sabes qué? Retiro todo lo dicho. —Hajime se cruza de brazos y le echa la lengua como si aún tuviera quince años, como si nunca hubieran separados sus caminos, como si esto fuera simplemente otro día más. Hajime espera que sea simplemente un día de tantos. Aunque teme hacerse ilusiones, hincha el pecho y lo reta—. Tienes razón, estoy mejor solo.

Inupi no se altera. Se limita a encogerse de hombros.

—Si es lo que quieres…

—¡No! —Hajime sabe que el pánico en su voz no es normal ni la manera en que estira una mano para tomar a Inupi de la muñeca como si temiera que fuera a desvanecerse de frente a él, pero nada sobrepasa la vergüenza que le quema las mejillas cuando nota que Inupi simplemente se está burlando de él—. ¡Eres…! ¡Eres…!

Como Hajime no encuentra palabras para definirlo, recurre a su segunda mejor idea. Lo besa. Está vez, Inupi no espera por él, sino que le devuelve el beso con el mismo tipo de anhelo que Hajime acumula en el pecho y Hajime acaba cayendo de espaldas sobre la cama por el impulso. Entre besos se acomodan en ella. No se parece en nada a los besos que Hajime recuerda de la noche hace un mes. No se parece en nada a la desesperación con la que Hajime había querido confirmar que Inupi era real y estaba aquí. Hay algo cálido y pausado en la manera en que se buscan, hasta quedar acostados uno al lado del otro, hablándose entre caricias y el roce de los labios sobre la piel.

Los dedos de Inupi le acarician el hueso de la cadera con movimientos circulares y Hajime quita el cabello de frente a su rostro para poder darle besos breves sobre la cicatriz, sintiendo cada estremecimiento del cuerpo de Inupi contra el suyo.

—¿Estarás aquí cuando despierte? —murmura tan bajo que teme que Inupi no lo haya escuchado. El miedo le apresa el cuerpo y Hajime se plantea la posibilidad de no volver a dormir nunca en la vida con tal de no arriesgarse a perder esto, lo que sea que pueda comenzar entre ellos. Continuar entre ellos.

Inupi lo mira a los ojos, sube el dedo por la cintura de Hajime y vuelve a bajarlo, acercándose peligrosamente hacia su entrepierna.

—Sólo si vuelves a llamarme Seishu.

Hajime contiene el aire en los pulmones un momento y quiere decirle cuán injusto es que Inupi se esté tomando todo esto con tanta calma cuando Hajime apenas puede reconocerse a sí mismo.

—Está bien… —dice, mordiéndose el labio, y luego se inclina ligeramente hasta rozar el oído de Inupi con los labios— Seishu.

Esta vez, la mano de Inupi encuentra cobijo en la espalda de Hajime y lo atrae hacia él para que puedan volver a besarse. Hay algo sin prisas en sus movimientos que llena a Hajime de expectativa. Es incapaz de saber lo que traerá mañana. Pero Hajime se haya falto de dudas. Por primera vez en años está en el único sitio donde quiere estar—donde pertenece. El resto podrán resolverlo luego. Juntos. La idea le provoca un remolino de adrenalina que creía olvidado.

Hajime esconde el rostro contra el cuello de Inupi y los brazos de éste lo rodean, conteniéndolo contra él, cumpliendo su parte de la promesa.

No se irá de su lado.

 

-

 

Cuando el cansancio lo vence, Hajime sueña con el incendio.

Hajime está rodeado por el fuego. Está en todas partes. A su lado, al frente, en el techo y en el suelo donde Hajime está de pie. Cree estar de pie. Sueña estar de pie. El fuego lo consume todo, como lo hizo aquella noche, ya hace más de diez años. Pero Hajime, de pie en el genkan, no siente ni el calor en la piel ni el humo en los pulmones. Sabe que hay llamas pero no puede verlas. Mientras camina por la casa, Hajime se siente ligero. En medio de aquella escena del pasado, Hajime tiene la certeza de que el fuego no puede tocarlo. No hay nada que pueda perder ni nada que pueda ganar por volver a recorrer los mismos pasos.

Hajime sabe cómo continua la historia, la que vivió tanto tiempo en sus recuerdos como grilletes alrededor de sus muñecas y los pies, limitándole los movimientos. Hajime sabe que se precipitará hacia arriba, no con pasos cuidados que parecen prolongar el genkan al interior de la vivienda haciéndolo interminable, sino rápidos y desesperados. Hajime sabe que cuando llegue a la cima de las escaleras, derecha, izquierda y adelante, todo será lo mismo, pues frente a él sólo existirá el humo del que apenas puede protegerse con el suéter puesto sobre la cabeza. Hajime escuchará un ruido —un quejido— y seguirá aquella voz con un nombre en los labios. Una plegaria en medio del infierno: Akane-san.

Aquí, en el sueño, Akane está adelante, al final del pasillo. El genkan quedó abajo, olvidado en algún momento por el subconsciente, y ahora, en el último escalón de la escalera, él sólo puede mirar al frente. Hajime puede verla perfectamente, como si nunca hubiera dejado de hacerlo. Luce igual que a sus veintinueve años, en otro mundo. La camisa de Hajime en los hombros, la falda del uniforme del trabajo y la toalla entre las manos, tal cual como la última vez que la vio antes de despedirse. Luce hermosa. Hajime distingue el brillo alerta de sus ojos y la piel retorcida desde la mejilla al cuello, expandiéndose, pero sin llamas que marquen el camino. Akane no habla pero Hajime sabe que no es necesario. Cuando Akane finalmente lo llama, Hajime sabe que podría hacerlo, abalanzarse hacia adelante, cargarla sobre la espalda y llevarla fuera. Tiene la certeza de que podría cambiar el pasado de intentarlo.

Hajime quiere decirle algo. Quiere correr hacia ella. Decirle que lo siente, que siente no haber podido protegerla—quererla. Pero sacude la cabeza y gira hacia la derecha. De reojo, distingue algo cálido en la sonrisa triste de Akane que dice—: Adelante. Hajime se precipita hacia el dormitorio y la imagen de Akane se desvanece a su espalda como una nube de humo.

La habitación de Inupi está en absoluto silencio. En la realidad el ruido del fuego era ensordecedor. Estaba en todos lados, desorientándolo. Aquí, todo es calma. En la habitación y en Hajime. No siente el sudor ni el miedo. Sólo la certeza de seguir andando y cumplir su promesa.

En el centro de la habitación hay una figura. Está envuelta en sí misma, abrazada a las rodillas y con el rostro oculto entre éstas. Akane-san. Hajime sacude la cabeza. Inupi. Pero la mente de Hajime insiste que se trata de su hermana. Akane-san. Hajime tiene la certeza que es ella y puede imaginar su sonrisa—: Está bien, Hajime.

—Te sacaré de aquí —dice, y al mismo tiempo que lo dice, Hajime siente como carga a Inupi sobre la espalda y corre, corre y corre hasta que está afuera de la casa. Ahora ve las llamas. Pero su calor sigue siendo inexistente. Es un poco como estar adentro de una fotografía. Del incendio sólo quedan luces y colores. La memoria. El recuerdo. El pasado.

Hajime apoya a Inupi en el suelo, pues la realidad le pica en la piel y le quita la nube de los pensamientos, respira y dice—: Todo está bien ahora. La ambulancia está aquí.

Cuando se gira hacia Inupi, Hajime pestañea. Por un momento, vuelve a creer que frente a él está Akane. Mayor y a salvo. El anillo de compromiso brillando en su mano. Cuando vuelve a mirar, no es a Akane. Inupi está allí. Está allí y Hajime sabe con certeza que ningún sueño podrá cambiarlo.

—Te equivocaste, Koko. —Inupi tose—. No soy Akane, soy Seishu.

Hajime sacude la cabeza, una, dos veces, frente a la mirada perpleja de Inupi. Luego se acerca y se arrodilla junto a él hasta abrazarlo, pequeño en sus brazos. Inupi se pega contra él sorprendido y Hajime sonríe y llora, envolviéndolo y sintiéndose nuevamente de doce años a su lado.

—No, tonto —dice, y vuelve a sacudir la cabeza, mientras Inupi se aferra con sus manos pequeñas a él—. No me equivoqué.

Notes:

Si llegaron hasta aquí, muchas muchas gracias!
Me encantaría saber que les pareció ;;; como siempre los comentarios y los kudos calientan el alma.

Y si quieren hablar de TMR, pueden encontrarme en @nythesequel, donde siempre estoy dispuesta a chillar sobre el manga y los niños pandilleros ;;;