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Lo que de verdad importa

Summary:

"Ahora sé que enamorarse |de nuevo| siempre merece la pena. Que el riesgo a salir herido es incomparable con todo lo que recibes a cambio. Que puedes encontrar lo extraordinario en quien nunca pensaste, que hay un amor desmedido en las personas que están dispuestas a querer sin condiciones. Que hay personas capaces de alegrarte el día hasta desbordar felicidad, y que son muy |pero muy| difíciles de encontrar. Por eso vas a tener que asumir riesgos para mantenerlas a tu lado, para levantarte cada día con la seguridad de quién es afortunado.

He aprendido a dar mi opinión sin buscar que nadie la comparta, y a ponerme en el lugar de quienes creía equivocados. Que no todo es blanco o negro. Ahora sé que viajar te enriquece el alma y conocer a nuevas personas te enriquece la vida. Que hay momentos que no se pueden alquilar o comprar, que son únicos, irremplazables. Que la gente a la que quieres es lo más preciado que tendrás jamás. Que hay que ser fiel a uno mismo, que el amor puede ser capaz de mover el mundo |y que
lo más importante en la vida, es el tiempo que dedicamos a los que de verdad importan|"

Notes:

Me lanzo a la piscina en esta plataforma y me estreno con este one shot que me vino a la cabeza apenas hace cuatro días, cuando no sabiendo ni cómo, tropecé con la imagen de una puesta de sol desde cubierta de un barco por twitter.
Está escrito desde el personaje de Sergio y en una primera persona. Espero que todo aquel se anime a leerlo, lo disfrute imaginándolo del mismo modo que lo he disfrutado yo escribiéndolo. Inicialmente no tiene pensada una continuación, pero ya hay petición de que exista un one shot del propio one-shot, así que todo puede darse.

 

Solo me queda dar las gracias a todo aquel que sea capaz de llegar hasta el final |largo es un rato|, por leer las pequeñas fantasías que una servidora se monta en su cabeza, con tan solo una mera instantánea.

Deseando saber vuestras impresiones.
Para quejas, reclamos o comentarios, se me encuentra como:
@ItunoMundua en twitter
Believeinserquel en wattpad

Work Text:

LO QUE DE VERDAD IMPORTA

Lucía da saltitos de puntetas con los puñitos a la altura de la boca y los ojos haciendo chiribitas nada más embarcar.
-Papi, ma dado Minnie un abazo – verbaliza totalmente emocionada, generando el amago de la mayor sonrisa que he podido esbozar en estos últimos días.
Coloco mi mano en su cabeza pequeñita acariciándole con cuidado de no despeinar el peinado que le ha hecho su madre esa mañana – ya he visto princesa, aquí para los papas no hay nada – finjo un puchero sabiendo cuál va a ser su reacción y su risita no tarda en ser escuchada en toda la cubierta en la que nos encontramos. Sin embargo no veo venir ese momento de tierra trágame, que se acontece a continuación.
-Minnie, minnie – la oigo gritar con esa vocecita que se gasta, tirando a la par de la manga de mi cazadora – mi papi quere abazo.
Mi hija mayor y mi suegra en un amago por disimular, se parten de risa tras un par de abanicos que hemos comprado en una tienda local cercana al puerto, mientras se alejan hacía las altas figuras de latón de los más que conocidísimos ratones de la compañía Disney.

-¡Qué guapo has salido! – suelta con guasa la niña, enseñándome tras el embarazoso momento protagonizado, la captura que me ha tomado siendo abrazado por la Minnie gigante que recibe a los niños en el momento de la subida al barco.
-Paula, paula… – respondo intentando mostrar autoridad.
La risa incontrolada de mi adolescente preferida, me deja ver que vuelvo a fracasar en mis intentos por infundirle cualquier clase de miedo.
Paso mi brazo por encima de sus hombros y la atraigo hacia mí abrazándola con cariño.
-Oye – dice entonces - ¿por qué habéis discutido esta vez mamá y tú? – y alza la cabeza mordiéndose el labio inferior mientras clava sus ojos verdes en los míos.
-Cariño, no quiero hablar de eso – y siento como empieza a golpear el corazón dentro de mi pecho.
-Ya bueno, nunca quieres y ella me responde igual cuando suceden estas cosas, ¿por qué sois así? Sois más complicados que nosotros los adolescentes y eso déjame decirte pá, que es decir mucho – y asiente con la cabeza a continuación.
Frunzo el ceño algo confundido y sin esperar esa respuesta - ¿perdón?
-Vamos, vuestras caras ayer eran un poema y no hablemos de las escasas interacciones verbales desde hace unos días… ¿ya no le quieres?

La pregunta me deja noqueado y freno mis pasos viendo como mi hija pequeña y mi suegra se encuentran subiendo por las escaleras centrales de esa cubierta, a una posterior.
-Claro que quiero a tu madre – no me gusta tocar estos temas y menos con mis hijas, porque no se me dan nada bien, pero que Paula pueda tener la imagen en su cabeza de que no quiero a Raquel hace que sienta por dentro como si una maquina apisonadora estuviese aplastándome el corazón.
-Mamá también te quiere con locura, pero también quiere del mismo modo su parte laboral, es una parte de su vida que la hace sentir bien, que la empodera y le permite reconectar consigo misma y sacar la pedazo de mujer que lleva dentro. Y a veces puede ser difícil de gestionar, pero… tenemos que apoyarla pá y empatizar con ella. Créeme, a mí de pequeña también me costó entenderlo e incluso le preguntaba a la abuela si yo era adoptada o algo, por la de momentos que “me perdí” con ella. Tiempo después al ser conocedora de parte de la historia de mi madre y mi “padre”, mi otro padre quiero decir, comprendí mejor todo esto que te comento.

Y ahí está ella. Mi primera. Mi niña mayor, porque siempre la voy a considerar mi niña por muy mayor que se haga, dejándome sin palabras y haciendo que le dé unas cuantas vueltas a la mente a raíz de la actitud que he tenido con mi mujer estos últimos días.
Antes de tener tiempo para poder pensar en algo más, siento unos brazos abrazándome con fuerza y una cabellera rubia cubriendo mi hombro izquierdo.
No digo nada, no hay necesidad. Paula y yo nos entendemos muchas veces con solamente la mirada y la abrazo con cariño, antes de parar en el Guest Services donde nos dan un mapa con todas las actividades que se van a llevar en el barco a lo largo de la semana y los horarios de cada espectáculo y cada espacio. A continuación, recorremos el camino que hemos visto hacer al resto de la familia.
Sin embargo no encontramos a Mariví o Lucía en ninguna de las dependencias comunes de esa cubierta 4 del barco y tampoco en los camarotes que hemos reservado en la cubierta 8, así que dejo a mi hija que es mucho más experta y rápida que yo con los teléfonos móviles, que llame a su abuela.
-Ponte el bañador – me dice cruzándose de hombros y torciendo los labios, gesto que por cierto le sale idéntico a su madre, cuando corta la llamada – Aqua Lab– y rueda los ojos como cada vez que verbaliza algo que no le agrada.
-Hija, en castellano a poder ser – le pido, pues no estoy muy lúcido y desde la conversación en la cubierta de embarque con ella, no puedo dejar de pensar en mi inspectora y en que la echo condenadamente de menos.
-Nada, al parecer se han encontrado con Donald en una de las cubiertas y a la tata se le ha ocurrido la flamante idea, de convencer a la abuela de ir al parque acuático con el que al parecer cuenta este barco en cubierta 12.

Resoplando y jurando en arameo cada uno en un compartimento diferente del camarote, nos cambiamos de ropa con rapidez y salimos juntos dejando todo cerrado a nuestro paso.
Tras preguntar unas cuántas veces, conseguimos ubicarnos en esa nave naviera y llegar a AquaLab que al parecer queda camuflado en cuanto a expectación por Aqua Duck, un tobogán transparente en altura, que al parecer hace las delicias de viajeros de absolutamente todas las edades.
Lucia al vernos aparecer empieza a gritar emocionada, ignorando el hecho de estar rodeada de pasajeros y familias que como nosotros, han elegido el mismo tipo de viaje.
-Tata, papi, aquí, estamos aquí – y chapotea con los pies mientras se dispone seguir jugando en una zona acuática donde los más pequeños experimentan con el agua.
Corre hacia donde nos encontramos y alza los bracitos pidiéndome sin necesidad de verbalizarlo, que la coja.
-Pero renacuaja, ¿qué es esto de liar así a la abuela, a la hermana y a papá para salirte con la tuya?
Y haciéndose la loca me llena de besos, como si lo demás no fuese con ella.
-No, no – intento explicarle aguantándome la risa – está muy mal Lucia, acabamos de llegar cariño, no íbamos a ir a las piscinas hasta mañana.
-Te quero muso muso papi – y me abraza tan efusivamente que por un momento siento que va a dejarme sin aire, así tenga escasos 4 años.

-¿Dónde está la abuela, lianta? – le pregunta Paula mientras yo tomo un par de bocanadas de aire.
Lucía se lleva un dedito a la frente dándose toquecitos pensantes y acto seguido señala en una dirección hacia unas tumbonas que se encuentran al final de unas escaleras que comunican las cubiertas 11 y 12.
Veo a mi suegra conversando con una señora en el centro de la cubierta 11 y ruedo los ojos. Algo típico en ella. Nos acercamos y nos presenta a su nueva amiga, que al parecer también ha ido con el marido, su hijo y sus nietos.
-Papi quero tobogán – y siento como unos deditos diminutos se dedican a intentar trenzarme el pelo mientras habla y después señala ese tobogán transparente en el que nos hemos fijado Paula y yo al subir.
-Cariño el parque será para los niños, ese tobogán será para los niños mayores y los adolescentes como la hermana – le respondo antes de ser cortado por uno de los personajes Disney que se encuentran repartidos, al parecer, por todo el barco.

-Dile que no pequeña, que en nuestros barcos los parques acuáticos y las atracciones son tanto para niños como para papás – alienta a mi hija un Donald más alto que yo.
Lucía que no necesita mucho para venirse arriba empieza a aplaudir encantada – vamos papi vamos, los papis también pueden.
Me paso la mano por el pelo intentando poner alguna excusa. Finalmente niego y dejo soltar un suspiro – gracias amigo – le digo al Donald gigante que ya se aleja y subo agarrando de la mano a mi hija, por unas escaleras blancas con el nombre de la atracción “Aqua Duck” que conduce precisamente a la boca del tobogán.
Tras más de cinco viajes, con sus respectivas filas de espera y sin fuelle en el cuerpo, imploro a mi pequeña una tregua y salir a descansar un rato, gracias a Dios y aún no estando muy convencida de la idea, accede.
He visto a mi suegra y mi hija mayor hablar largo y tendido mientras montaba con Lucia en esa especie de montaña rusa trasformada en tobogán acuático, pero es salir con la niña y ver como se corta la comunicación, cosa que me choca un poco.
-¿Todo bien? – pregunto intentando no ser medio paranoico cuando llegamos a las hamacas del centro de cubierta donde se han instalado abuela y nieta.
-Todo perfecto yerno, ¿Qué tal con torbellino Marquina?
-Uf, no me hable, es Murillo total – respondo entre risas.
Mariví también ríe.

-Ha llamado – murmura cuando vemos a Lucia sentada a horcajadas sobre la espalda de su hermana, que ya se ha llevado las manos a la cabeza intentando alejar su pelo de las manos de su hermana pequeña, al ver como su tarea por no acabar cubierta de agua la primera tarde a bordo, cae por tierra.
-¿Cómo está? – pregunto tragando saliva.
-Ha avanzado mucho con el caso que tenían abierto, ya tiene un par de pistas sobre las que está tirando – y cruza las manos mientras me mira.
-Me alegro, ¡me alegro tanto!.. Bueno todos aquí sabemos que es la mejor – verbalizo de corazón.
- ¿La echas de menos, verdad? – me formula la pregunta de manera retórica y con un deje de cariño en esos ojos que bien he podido comprobar a lo largo de estos años con ellas, que no conocen la malicia.
Desvió un instante la mirada, intentando reconducir mi cúmulo de emociones.
-Muchísimo, a usted no puedo mentirle – me sincero.
-Señorito, le tengo más que dicho y repetido ya, que deje de tratarme de usted, así no este mi hija delante. Y en cuanto a lo que me comentas, estoy segura de que a ella le pasa lo mismo. Mi hija no ha sido tan feliz como desde que te conoció Sergio. Le ayudaste a ser capaz de restaurar, una vez más, fragmentos de su propia vida que se le iban cayendo a trozos.

Un nudo se instala en mi garganta y me dificulta el ser capaz de articular palabra.
Mi suegra apoya su mano en mi antebrazo frotándolo un segundo, antes de seguir hablando -Todos los matrimonios tienen sus momentos tensos, sus crisis ya sabes, lo importante es emplear esos momentos malos para hacer balance personal y para aprender de ellos, si es el caso.
-¿Puede quedarse con las niñas? Quiero llamarle, sé que estará todavía trabajando, pero lo necesito.
-Ay hijo…, nos ha comentado que iba a desconectar el teléfono. Y ya sabes como es mi hija…

Un deje de tristeza se instala en mi semblante, que al parecer no pasa desapercibido para Mariví.
-Estoy segura de que mañana volverá a llamar, siendo el día que es. Estate tranquilo, por favor.
Mañana nuestro torbellino cumple oficialmente sus 4 y este viaje de locos, es el regalo que Raquel y yo, aliados con Paula y mi suegra le llevábamos montando desde hace más de seis meses. Una semana a bordo de este crucero Disney, donde los personajes favoritos de nuestra hija aparecen hasta en los cuartos de baño para amenizar los días a los más pequeños de cada casa. Un viaje, al que sin Raquel a mi lado, no le encuentro suficiente sentido prolongar tantos días…
Siento que las lágrimas me escuecen en los ojos y me disculpo con mi suegra, saliendo de allí antes de que mis hijas me vean quebrarme de ese modo. Lo último que deseo es preocuparlas, aunque al parecer con Paula ya no lo logremos.
Pregunto por algún lavabo cercano y me encierro en uno dejando deslizar mi espalda por el marco de la puerta.
Su imagen golpea fuerte en la mente y siento aguarse la mirada. Su rostro fino y tan fuerte al mismo tiempo, su sonrisa, esos expresivos y brillantes ojos de color avellana, esas poses que tantas veces encontramos reproducidas en nuestras hijas, sus ceños fruncidos, sus bromas continuas independientemente de llevar una jornada de trabajo de 5 o de 25 horas, el equipo que formamos…
Desde que la conocí, comprendí que podía encontrar un lugar en el mundo al cuál pertenecer, en el que crecer y convertirme en una mejor versión de mí mismo. Un lugar en el que construir una familia, una con la que compensar el vacío interior que deja y va calando por dentro el no tener a nadie de esa que te vio crecer a ti mismo.
Siento las lágrimas rodando por las mejillas y las uñas clavándose con fuerza en las palmas de las manos mientras me golpeo con ellas en la frente una serie de veces.
¿Cómo he podido recriminarle con tanta insistencia y enfado su implicación con su trabajo cuando sé de sobra el valor terapéutico que tiene el cuerpo de policía en su vida?, ¿cómo puedo ser capaz de ponerle en el aprieto de elegir entre su trabajo o nuestra familia?, ¿cómo precisamente a ella que tanto me ayudó y tan poco me juzgó conociéndonos del modo que nosotros nos conocimos?

-Perdone, ¿le queda mucho? – escucho preguntar desde el otro lado de la puerta.
-No, ya mismo salgo – respondo intentando calmarme con el tiempo en contra.
Me incorporo y apoyo mis manos sobre el lavabo mirándome en el espejo, abro el grifo y me mojo la cara, a continuación atuso un poco el pelo y hago muecas, hasta conseguir una pose que camufle al menos en parte mi estado emocional.
Salgo disculpándome con el joven que espera fuera y me dirijo hacía el parque acuático, pero al llegar veo que los últimos bañistas se están marchando y reparo en un cartel donde se especifica el horario. Cierran la parte de las atracciones y piscinas en media hora.
Me dirijo hacia los camarotes, ideando que poder decir a mi familia, y sumido en mis pensamientos no me percato de la sombra que se cierne en el pasillo por el que estoy hasta que chocamos.
-Disculpe, mil perdones, yo…
-¿Papá? – la voz de Paula me devuelve de un plumazo a la realidad.
-Hija no te había visto – siento como me ruborizo, aunque espero que mis mejillas no me delaten.
-Estaba buscándote, Lucía está modo dramas. No se deja bañar por la abuela ni por mí, dice que ella se baña con mamá o en su defecto, y como es el caso, con su papá.
Las ocurrencias de nuestra pequeña me hacen sonreír.
-Bueno, en ese caso me tocará compartir bañera, así se ahorra agua – contesto intentando ser positivo al saber de sobra la de agua que acaba por el suelo en casa cada vez que toca baño.
-Paaaaaapi – me recibe la reina de Roma nada más abrir la puerta del camarote – tas perdido, ¿eh?
-Un poco – respondo intentando no mirar a mi suegra para evitar su regaño, aún no verbal.
Me meto al cuarto de baño cerrando tras nosotros y desvistiendo a Lucía, dejo caer mi bañador y la camiseta de tirantes antes de meternos a la bañera.
-Ratona, una serie de normas – explico a la niña antes de empezar.
-No se tira agua al suelo, no nos metemos el jabón ni el champú a los ojos y hacemos un poco, solo un poquito de caso a papa – termino de decirle apoyando las normas con el uso de tres dedos, uno para cada petición con el fin de que quede más claro.
-Vale papi – replica risueña.
Y asintiendo, nos disponemos a ir al lio.

. . .

De camino a uno de los restaurantes que tiene el crucero observo como abuela y nieta no dejan de mirarse y después mirarme a mí.
Empiezo a arrepentirme de no haberme mirado una vez en el espejo al terminar de afeitarme y vestirme tras la ducha, ¿me habré hecho algún corte?, ¿llevaré pintas de cualquier cosa?
Un simpático Mickey Mouse, nos saluda invitándonos a pasar a ese comedor, que alberga el Animator’s Palate uno de los tantos restaurantes tematizados con los que cuenta el crucero.
Lucía empieza a hablar emocionada y no nos queda otra que seguirla dentro de esa gran sala tematizada tanto en decoración como en música, con las aventuras de los personajes más emblemáticos de Disney.
Verla tan feliz a escaso ratito de que llegue media noche y de que se me haga mayor, me encoge el corazón y me ayuda a evadirme un poco de ese bucle del que no voy a poder salir del todo, hasta no estar cerca de Raquel.
-Papi, logo vamos al teatro, ¿verdad? – pregunta picando con su tenedor sobre el plato mientras cenamos.
A Paula se le atraganta la bebida empezando a toser y Mariví gira sobre la silla buscando su bolso. ¿Qué me estoy perdiendo aquí?
-¿De qué teatro hablamos? – pregunto queriendo enterarme por una vez de algo.
-Nada, de nada – dice mi mayor que es la primera en hablar – es que antes le hemos dicho a Lucía que si nos dejaba bañarle a la abuela o a mí, la íbamos a llevar al World Disney Theatre, el teatro que está al otro lado de esta misma cubierta.
-No es verdad – gimotea mi pequeña – hoy vamos al teato, ¿a qué si? – y clava la mirada en mi suegra.
-Ha sido algo improvisado – empieza a explicarme Mariví – la niña vive como loca con todos los personajes y de casualidad nos hemos enterado que hoy hay un pase teatralizado a las 22.30 con todos ellos. El problema es que solo hemos podido conseguir tres entradas….
Y se hace el silencio en la mesa.
-Vaya – digo cuando ato cabos – comprendo claro…
-Puedes ir tú con las niñas – se ofrece mi suegra rápidamente.
Pero antes de poder decir algo escucho claramente a Lucía verbalizar un no que me deja fuera de juego, mientras mira a su hermana y su abuela.
-Es que vamos abu, tata y yo papi – murmura parando de comer y bajando su cabecita mientras agarra el bajo de su camiseta estirándola a continuación.
-Claro – contesto haciendo ver que le resto importancia – es algo que le habéis preparado vosotras, no os preocupéis, yo os esperare en el camarote.

-Papa, hazme el favor de no ser un carca, que no eres tan mayor, por favor – replica Paula – puedes aprovechar para conocer el barco.
-Claro, María me ha dicho que en cubierta 11 debe haber un espectáculo de ilusionismo para adultos, al parecer tapan las piscinas y organizan espectáculos y al finalizar lanzan fuegos artificiales –anima mi suegra.
-Bueno, ya vemos – corto la conversación antes de que sigan intentando liarme.
Cuando terminamos de cenar, las acompaño con Lucía en brazos hasta el teatro. Mi niña se despide a las puertas del mismo, con los ojos vidriosos.
-Lo siento papi – susurra en apenas un murmuro a mi oído.
-Cariño, no pasa nada – le dejo claro frotando su espalda y algo mosca con la actitud de mi hija.
Me abraza fuerte todavía con los ojos vidriosos y la dejo en el suelo. Paula le ofrece su mano y entran juntas con Mariví.
Cuando la puerta se cierra a momentos de empezar el espectáculo, giro dispuesto a irme a mi camarote. No tengo ánimos ni temple para ir de espectáculos, esto lo estoy haciendo por mis hijas, pero sin ella aquí, la ilusión por esta experiencia cambia exponencialmente. Sin embargo, y a escasos pasos de la habitación, giro sobre mis pasos.
Necesito oírle, hablar con ella, disculparme por mi actitud de estos días y de estas últimas semanas. Eso es. Voy a llamarle.

Acelero mis propios pasos, para bajar a la extensa terraza, jogging truck como la llaman aquí, que se encuentra “escondida” en la cubierta 4 lo antes posible y no demorar esa llamada, no quiero que me escuche recluido en un camarote en un viaje así. Por suerte no está tan llena como posiblemente este la de la cubierta superior, pero si se encuentran algunos pasajeros tumbados sobre la zona de las hamacas contemplando la luna y las olas del mar chocando contra nuestro buque.
Me alejo buscando una zona tranquila y saco el teléfono marcando de corrido su número, para no perder tiempo buscando en la agenda.
Conforme van sucediéndose los pitidos sin obtener una respuesta desde el otro lado de la línea, mis ánimos menguan, hasta que al final se corta la llamada.
Me acerco a la barandilla y dejo que mi mirada se pierda en el horizonte pensando en nuestro último viaje de pareja. Fue hace algo más de dos años, apenas un fin de semana, porque Raquel se negó en redondo a separarse por más tiempo de nuestra torbellino preferida, que en aquel momento apenas pasaba del año y medio. Ahora esos momentos me parecen un mundo y el miedo, aunque no lo manifieste, se atenaza en mi pecho.
Tengo miedo a que se haya cansado de esto, a que se haya cansado de mí, de mis exigencias, de los reclamos por sus jornadas de trabajo, de las discusiones a las tantas en nuestra habitación que siempre giran alrededor del mismo tema. No quiero perderla por nada del mundo y el sentimiento me hace sentir culpable.
Se supone que cuando uno es padre, sus hijos deben suponer el centro del universo para la persona. Y así sucede con Paula y Lucía, son dos faros sin los que mi vida no sería la misma, sé de sobra que daría mi vida de ser necesario por ellas y las quiero con todo mi corazón, pero no más que a Raquel. Ella es mi ancla a tierra, la mujer de mi vida y la persona que me complementa y que supo ver más allá de lo que todos veían en mí, años atrás.
Sé que debo arreglar las cosas, pero lo cierto es que ni yo mismo sé cómo abordar este tema y menos con las niñas de por medio en casa.
Aún inmerso en ese sumidero mental, noto que se ha levantado la brisa de la noche cuando empiezo a sentir frío en el cuerpo, pero soy incapaz de acudir a por alguna de las chaquetas que he metido en el equipaje.

Sigo apoyado en la barandilla de esa cubierta, mientras giro de lado escuchando a lo lejos las risas de las parejas que disfrutan de esta aventura ajenas a todo, los murmullos de los niños que corretean jugando. Y desde la distancia observo un grupo de familias en círculo, posiblemente festejando porque el ambiente es jovial y alegre, exactamente opuesto al mío. Pero entonces y como si de una broma del destino se tratará me llega ese aroma. El aroma. Lo distinguiría aún a miles de kilómetros de distancia uno del otro. Y aunque sé que estoy actuando de forma irracional, dejo mi espacio en el barco y empiezo a otear ese lado de la cubierta, “sin saber exactamente” qué es lo que estoy buscando.
Mi mirada va de rostro en rostro, como intentando dar con ella, como necesitando encontrarla, pero por supuesto no es el caso. Giro al lado interior del jogging truck y cuando me cercioro de que estoy solo, me acuclillo soltando ese grito interno que lleva un rato instalado en mi pecho. Necesito expulsar esta comezón que me está matando por dentro, soltar este dolor físico y mental que me tiene sumido en la pena.
Aprovechando que estoy solo y que las niñas están disfrutando del espectáculo de teatro con su abuela, me permito darme tiempo para liberarme. Porque como les he enseñado desde que son pequeñas, los hombres también lloramos y también nos partimos por la mitad, aun cuando haya veces que decidamos hacerlo solos para no preocupar a quienes más nos importan.

No me percato del sonido de los pasos, ni de la presencia en el espacio, hasta que al abrir los ojos la veo allí. No, no, no, Sergio para, me repito verbalizándolo en voz alta.
Pero ella sigue ahí, de cuclillas, a mi lado hombro con hombro, en silencio y sin decir nada.
-Raquel… - es lo único que consigo decir con el corazón latiéndome mucho más rápido de lo que recordaba que era capaz de hacerlo.
Me mira y hace el amago de intentar esbozar una sonrisa sin mucho éxito
-Cu… ¿cuánto tiempo llevas aquí? – pregunto con las pulsaciones aceleradas
-Tranquilo, acabo de llegar – me informa ese timbre de voz que es igual de característico a como lo es ella en sí.
Sin poder refrenar mis impulsos, coloco mis manos sobre sus mejillas y aproximo mi rostro al suyo hasta quedar a escasos centímetros de sus labios y buscando sus ojos, le aviso con la mirada de ese beso largo y prolongado que no puedo demorar más.
-Raquel yo… - murmuro imperceptiblemente sobre sus labios cuando ese beso queda frenado para tomar aire.
Ella también me mira y puedo leer en sus ojos, que al igual que yo tiene mucho por decir, pero no encuentra el modo de empezar a hacerlo.
-Siento muchísimo todo lo que ha sucedido estos últimos días y semanas, quiero que sepas que estoy muy arrepentido y que te pido disculpas de corazón por mi actitud egoísta y bochornosa – suelto de corrido, ahora que he cogido impulso.
Sigue mirándome sin decir nada y entonces el impulso de abrazarla me gana y la abrazo con cariño, necesitando su contacto, necesitando demostrar en ese abrazo mi arrepentimiento y mis disculpas por todo lo que ha sucedido últimamente. Me doy cuenta al hacerlo, de cómo ella también responde al abrazo y a esa necesidad física de contacto.
Soy incapaz de separarme de ella, por más infantil que a mí mismo me resulte mi actitud y para que no piense que su marido se ha vuelto un perturbado, se lo comparto en apenas un murmullo.
Tras ese abrazo prolongado en el tiempo, nos separamos quedando frente a frente y nos sumergimos en la mirada del otro.
-No sabes todo lo que te he echado de menos – verbalizo siendo incapaz de camuflar mis emociones al tenerla allí conmigo.
-Yo también a ti, y a todo lo que tenemos – me confiesa ella que lleva una mano a mi mejilla izquierda depositando una caricia en ella.
-En serio, siento haber sido tan gilipollas estos días Raquel, haberte puesto en aprietos y compromisos haciéndote elegir entre dos ámbitos de tu vida que ahora entiendo que son perfectamente complementarios. Me aterra la idea de tirar por tierra todo lo que hemos edificado juntos, que te canses y…
La escucho suspirar y me calla con un pico en los labios
-No voy a negarte que a veces te mandaría a Palawan y no una semana…sino una larga temporada– la escucho decir, mientras ahora sí, esboza una pequeña sonrisa que consigue contagiarme – pero ¿qué haría sin mi Clark Kent en casa cuando me tocase lidiar con torbellino Marquina o con nuestra pequeña gran independiente?
La abrazo con fuerza y nos ayudamos mutuamente a incorporarnos cuando me pregunta si es que no pienso hacerle un tour rápido por el barco, aprovechando que no están las niñas.
Es justo en ese momento cuando comprendo el aura de misterio de mi hija mayor y mi suegra a lo largo de todo el día o el lo siento de mi hija pequeña a puertas del espectáculo de teatro, al verse “obligada” a elegir en mitad de semejante complot.
-¿Tu madre y Paula estaban al tanto de esto? – le preguntó al contemplar embelesado como se apoya en la barandilla que da al océano y le revolotea la melena debido a la brisa marina.
Su risita disimulada me confirma mis sospechas.
-Vamos que aquí todas estáis compinchadas y el Marquina nunca se entera de nada – replicó intentando fingir indignación mientras me acerco a ella apoyando mis manos sobre la madera a ambos lados de su cuerpo y la beso.
-Nuestra bebé no sabía nada – confiesa divertida sobre mis labios – por cierto, muero por verla, no me habría perdonado nunca, perderme su cuarto cumpleaños.
-Estoy seguro de que el sentimiento es mutuo – respondo sobre los suyos -Ven, quiero enseñarte algo.
Y sin perder tiempo, la subo a la última cubierta justo a tiempo de encontrar un hueco desde el que no perdernos los fuegos artificiales de los que me ha avisado mi suegra.
Colocándole sobre mi pecho, la abrazo desde atrás y beso su cuello dejando reposar con cuidado mi cabeza en el hueco que se le forma en el mismo.

Cuando termina el castillo de luces, dejamos que se desaloje la cubierta hasta ser las únicas dos personas que siguen en la misma. Y agarrados de las manos nos miramos frente a frente, sabiendo que nos debemos una conversación ahora que las niñas siguen varias cubiertas más abajo.
-Quiero decirte algo en relación al tema que me has comentado antes – me dice tomando la iniciativa ella.
-Claro, yo te escucho – la animo a hablar, intentando reflejar que de ahora en adelante solo va a encontrar apoyo y comprensión cada vez que salga el tema laboral.
-He pedido una reducción de jornada
La noticia me pilla de sopetón, pero pese a que días atrás me generaría la mayor felicidad del mundo, ahora no puedo evitar sentir una punzada de culpabilidad en mi interior.
-¿No te alegra? –la escucho preguntar con la sorpresa dibujada en el rostro.
-Claro que me alegro cariño, es solo que… - y me calló sin saber qué palabras usar.
-Te aseguro que no es debido a lo que se ha acontecido en casa últimamente – verbaliza leyéndome el pensamiento, una vez más.
Suelto un pequeño suspiro y me muerdo el labio nervioso – no quiero que por mi culpa renuncies a una parte de tu vida que tanto te ha aportado y sigue aportando, jamás me lo perdonaría Raquel – manifiesto al fin.
-De verdad que no – intenta convencerme – no te sientas culpable o responsable. Es una elección que he tomado por mí misma, te lo garantizo.
-¿Estás segura de que es lo que deseas de verdad? – y tiro de ella hacia mí, sin poder evitar sentirme dichoso al escucharla y pensar que vayamos a poder tener más tiempo en familia y especialmente en pareja.
-Segurísima – asiente con una amplia sonrisa - quiero compartir tiempo de calidad con mi familia.
-En ese caso y si es lo que tú quieres de verdad, yo también. Pero quiero que sepas y que te quede claro, que estoy contigo y que voy a estarlo de ahora en adelante siempre, así tengas una jornada de 5, de 15 o de 25 horas diarias.
-Lo sé cariño, lo sé. No dejas de repetírmelo desde que he llegado, ¿eh?.
-Es que todavía no sé si me has perdonado – y un rubor cubre mis mejillas al ver cómo me mira fijamente, antes de rodar los ojos.
-¡Pero que tonto eres!
Y de improviso me besa, acallando todas las inseguridades y miedos sentidos a lo largo de estos días que hemos estado separados, aún compartiendo espacios en común.
-¿Sabes? Va a parecerte una locura, pero hace rato pensaba en esa terraza de la cuarta cubierta en que te quiero más que nada y a nadie en este mundo – le digo en esos escasos milímetros que nos separan cuando frenamos ese beso para tomar aire mutuamente.
-Vamos, no te creo – susurra divertida – mueres por tus niñas, yo lo he visto.
-Sí, sí lo hago. Pero más si cabe, por la madre que tienen la suerte de compartir -y la tomo de la cintura alzandola unos centímetros de cubierta, mientras vuelvo a besarla.
Siento como se le saltan las lágrimas y me apuro. Raquel no es una persona que se emocione al primer cumplido y se activa mi alerta interna. ¿Habré hecho o dicho algo que haya podido hacerle daño?
-¿Qué sucede? – pregunto visiblemente nervioso – ¿he dicho algo malo?
Niega mientras veo como las lágrimas se acentúan y se convierten en un llanto silencioso que corre por sus mejillas. Verla así me hace mucho más daño, que si me arrancasen el corazón a tiras y depositandola en el suelo, la acuno entre mis brazos sin soltarla en ningún momento y sin llegar a comprender su reacción.
Suena un pitido seguido de una ráfaga de luz desde el bolsillo de la fina cazadora que lleva en la que se encuentra su teléfono y poco después vuelve a suceder lo mismo con el mío.
-Deben ser tu madre y las niñas, ¿quieres que me disculpe con ellas y nos quedemos un poco más aquí? – le pregunto preocupado
Niega y se seca las lágrimas con el dorso de las manos – ya son pasadas las doce y nuestra Lucía no volverá a cumplir 4 años ninguna otra vez.
Paula nos avisa de que están en el salón central de la cubierta 3 y bajamos acordando que primero salga yo y luego aparezca Raquel sorprendiendo a nuestro torbellino, que es la única que no sabe que su mamá está físicamente en el barco.

. . .

-Felicidades princesa – le digo a mi niña que sale corriendo nada más verme bajar por las escaleras.
¿Te ha gustado el espectáculo? – le pregunto a continuación
-Gasias papi. He visto en un ecenario graaaande a Mickey, Minnie, Donald, Daisy, Dory, Nemo, Woody, Goofy – comienza a decir haciéndome un listado detallado de los más de veinte personajes que recuerda y se sabe.
-Vamos, que no te ha dado tiempo ni a echar un poquito de menos a papá – le digo peinando esas ondas que se le forman en el pelo igual que a Raquel.
-Si – dice abrazada a mi cuello – muso muso.
-¿Y a mamá? – le digo en ese momento descolocándola, mientras Raquel se acerca por detrás abrazando a su madre y a nuestra hija mayor.
-¿A mamá? – pregunta Lucia levantando las palmas de las manos con gesto de extrañeza en su mirada.
Raquel la coge de mis brazos y al girar Lucía rompe a llorar de emoción al verla, haciendo que nosotros y los viajeros que se encuentran en cubierta nos emocionemos al mismo nivel que ella.
-Mami, mami estas aquí – la escucho decir con los ojos llenos de lágrimas y sin esperárselo - ¡mamiiii!- y la abraza con fuerza ante la atenta mirada de parte de los viajeros y la tripulación mientras Raquel la achucha con ternura, contándole que tiene que descansar esta noche para la sorpresa que le hemos preparado todos mañana.

Tras cantarle el cumpleaños feliz medio barco y felicitarla a ella y a nosotros por la niña que tenemos, conseguimos dejar de ser el centro de atención y nos desplazamos a una esquina de la cubierta.
-Yo creo que va siendo hora de acostarse, sobre todo tú cumpleañera – le digo a mi hija pequeña dándole un toquecito en la nariz.
-Yo quero ver un epectaculo – informa de forma graciosa llevándose las manitas a las caderas
-Tú en si misma ya eres el mayor espectáculo de la casa, mi amor – escucho decir a Raquel aguantando una carcajada.
Mariví, Paula y un servidor reímos al escucharla, sin embargo Lucía nos mira sin comprender que nos hace tanta gracia.
Estamos a punto de retirarnos a descansar cuando vemos como colocan una alfombra que cubre todo el espacio central de cubierta dividida en carriles de colores.
Escuchamos como explican que se trata de un espacio pensado para bebes, y aunque al comienzo nos choca, caemos en cuenta de cómo en cubierta hay pasajeros de todas las nacionalidades y no todos llevamos los mismos horarios.
-Papis, yo quero vedlo – el pucherito del “tengo que ganaros” no falta en esa carita, que hace con nosotros muchas veces lo que quiere.
Raquel accede y a mí no me queda más remedio que acceder también.
Paula y Mariví se disculpan con Lucía y con nosotros y se retiran a uno de los camarotes, así que nos quedamos los tres sin perder ojo de como acondicionan el espacio para que este pensado integra y exclusivamente para los bebés y las familias que quieran participar.

Rápidamente una familia rusa se acerca con su bebé de 10 meses, una preciosa niña regordeta de enormes ojos azules y poco después, cuatro familias más se acercan con sus respectivos hijos e hijas.
-Ay, que monos – escuchamos decir a nuestra hija que se lleva ambas manos a los mofletes en gesto de ternura.
-¿Te parecen? – le escucho preguntar a Raquel, que se agacha al igual que yo, a la altura de la niña.
Lucía asiente ensimismada.
-¿Pero un poco monos o muy monos hija? – insiste
-Muuuuuuuso – le contesta nuestra ratona.
-Entonces, ¿serás nuestra ayudanta nº1 cuando nazca tu hermanito o hermanita?
Me quedo estático al escuchar la pregunta y miro a Raquel con los ojos brillantes.
-¿Vamos a tener un bebé?- verbaliza Lucía incluyéndose por supuesto en el combo.
Su madre asiente abrazándola y alarga una de sus manos para que nuestros dedos puedan encontrarse y entrelazarse.
-Así es princesa, en unos meses seremos uno más.
-Es el mejor degalo del mundo- grita feliz nuestra hija llamando la atención de los viajeros, que no obstante pronto vuelven a sus cosas.
-Voy a llamarle isasagi – murmura llevándose los dos dedos índice a los labios dejándonos ver que se trata de un secreto de los tres.
-¿Y por qué isasagi ratona? – preguntó siendo incapaz de quitar los ojos de mi mujer.
-Poque es como el agüelo te decía a ti papi – responde Lucía. Dejando constancia una vez más, de lo atenta y cariñosa que es y de la importancia que para ella tienen las personas que están y las que le cuidan desde el cielo.

-Itsasargi que como ya te contó papá significa faro o bueno, luz para que tú lo entiendas, es un mote precioso para nuestro bebé cariño – dice Raquel besándole la cabeza con dulzura, para después fundir sus labios con los mios antes de sentarnos a ver el espectáculo de bebés que está por comenzar.
Y así juntos y sentados sobre unas simples escaleras, me doy cuenta de que siempre van a ser ellas cinco; las dos que tengo conmigo, las dos que se encuentran descansando y ese bebé que se está formando, lo que de verdad importe en mi vida.