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Las chicas dejaron las copas y, por enésima vez, hablaron sobre lo difícil que había sido amueblar la casa. Me arrepentí de no beber alcohol, también por enésima vez, mientras sonreí sin ganas. No sabía qué hacía ahí, cuando hace meses que no cambiaban de conversación aparte de: casa, trabajo y boda. Pensé en irme a casa, pero estaba demasiado cansada para inventarme una excusa y parecer convincente. Tampoco es que fuera muy difícil pasarme unas horas asintiendo y haciendo preguntas comodín, pero es agotador mantener la careta.
—¿Qué tal te va con tu chico?
Parecía que querían incluirme en la conversación con el único tema que se atrevían a sacar desde hace dos años. Y lo prefiero: las caras de pena o la positividad manida cada vez que me preguntan sobre el trabajo me pone de los nervios.
—Bien, todo bien. Sin novedades —dije automáticamente, como hago siempre.
Nos despedimos en la puerta del bar. Ellas querían seguir charlando, pero yo empecé a bostezar y a excusarme en que estaba demasiado cansada. Eso sí es un motivo de peso para irse, algo plausible para ellas: todas vivimos cansadas en el día a día que vivimos. Lo entendieron, nos despedimos, y yo, en cuanto les di la espalda, resoplé sin contemplaciones.
Por fin. Por fin puedo dejar de fingir.
En el camino a casa pude prestar atención a todos esos pensamientos que no habían dejado de torturarme. Tampoco tuve que evitar que se me llenaran los ojos de lágrimas, ni suspirar cada vez que se me llenaba el pecho por la angustia. Quería acabar con todo: la pena, la ansiedad, la incertidumbre, la rabia… el miedo. Empecé a llorar cuando me di cuenta que llevaba un rato pensando que todo sería mejor si no estuviese aquí, pensando en cuál sería la manera más eficaz de morir.
Llegué a casa, esa casa que no era mía. Lo recordé una y otra vez, era algo que me obsesionaba: no tenía un sitio para mí. Un sitio donde poder morir sin molestar a nadie. Porque si estaba pensando en acabar con mi vida, me parecía bastante feo dejar a mis padres ese recuerdo en su piso. Con eso en mente, puse el cerebro en automático y, cuando me quise dar cuenta, ya estaba en pijama, tumbada en la cama y mirando el techo.
Esto no es vida. Respiro y, a veces, hago algo mientras dejo pasar el tiempo, pero no es vida.
Me quedé dormida después del segundo ataque de ansiedad.
Las putas 3:33. Pensé que al menos, tras el berrinche de lloros estaría KO hasta mañana, pero me he despertado con los latidos disparados, casi vomitando al notar las pulsaciones en la garganta. Intenté calmarme y dormir, pero fue en vano. Me levanté para prepararme una infusión, como llevaba haciendo meses cada madrugada. Fui hasta la cocina de puntillas, no quería hacer ruido y despertar a nadie. No me di cuenta hasta el cuarto sorbo que no había nadie en casa, mis padres se habían ido de vacaciones ayer. Empecé a disociar mientras me quemaba las manos cogiendo la taza caliente. Una vez el dolor en las palmas fue insufrible, ya dejé la taza sobre la repisa. Sabía que tenía que evitar dejarme llevar por la mal llamada «nostalgia», que era como mi padre denominaba a mi depresión. Así que, antes de perderme, me fui al salón a poner la tele. No hay nada mejor que ponerse una serie de mierda para desconectar de una misma. La infusión empezó a hacer su efecto y empecé a entrar en un leve sopor… hasta que esa serie chorra que estaba viendo decidió volverse decente.
Mike, uno de los personajes secundarios, empezó a dejar de ser el compañero alegre y positivo, supuse que empezarían a desarrollar un poco su personaje. Joder que si lo hicieron, de repente Mike entró en quince minutos de existencialismo muy intenso. De ese que, quieras o no, te sientes identificado. Para las siete de la mañana, tras tres capitulazos, volví a pensar en el suicidio, tras ver cómo Mike se había tirado a las vías del tren por no ver otra forma de seguir adelante.
—Y yo que quería desconectar… Joder, Mike, la que has liado —me dije para evitar seguir con un monólogo interno autodestructivo de cojones.
Pero ya había empezado otra vez el círculo vicioso de malestar. Me levanté a por las pastillas que me habían recetado y me puse a leerme desde el principio, alargando cada momento, todo el prospecto. Evité llegar demasiado pronto a la parte de control de la dosis, aunque ya me la conocía. Una vez terminé, abrí el bote y volqué todo el contenido. Había seis y media. ¿Suficiente para palmar? Esperaba que sí.
De repente sonó el móvil. Pegué un brinco del susto, soy millenial, nunca tengo el sonido puesto, pero me lo dejaría ayer cuando estaba pendiente de que me llamasen mis amigas antes de quedar. Miro el número: nadie que conozca. Pensé dejarlo sonar, pero me ponía nerviosa; colgar tampoco era una opción, disparaba mi ansiedad. Así que acabé respondiendo, podía ser alguna de las once empresas a las que había enviado currículum esta semana.
—¿Sí?
—Hola, buenas —respondió una voz algo jadeante—. ¿Natalia…?
—Eh… Sí, ¿quién es?
—Soy de SEUR, traigo un paquete —dijo tras dos segundos de pausa. No le culpé, debía de ser la primera entrega del día—. ¿Está en casa para la entrega?
—Sí, sí. Venga sin problemas.
Colgó. Normal, los repartidores tenían que ir a cien. Miré la hora: las 07:32. Pues sí que empezaba pronto. Me sentí un poco mal porque alguien tuviera que traerme un paquete a primera hora de la mañana. Un paquete de mierda, tan chorra que ahora mismo ni recordaba qué había pedido. Empecé a mosquearme: no había pedido nada. Llevaba mucho sin pedir nada, pero revisé por si acaso todas las apps, no sería la primera vez que una compra compulsiva me asustaba. Nada. Qué raro.
Deja de emparanoiarte, seguro que ha pedido algo mamá y no te lo ha dicho.
Volví a mirar las pastillas. Si me las tomaba ya, ¿cuánto tardaría en empezar a estar grogui? No tenía que haber cogido el teléfono, le habría evitado el viaje al transportista. Estaba debatiéndome si tomarlas ya o esperar a coger el paquete, cuando sonó el timbre.
—Vooooy —dije mientras me incorporaba del sofá.
Espera, ¿por qué no ha llamado al telefonillo? A estas horas el portal siempre está cerrado. Empecé a pensar a toda velocidad, me volvió a saltar la alarma: no había pedido nada y ahora llamaban directamente a casa. Es más, ¿había pasado siquiera un minuto desde que había llamado por teléfono? Joder, ya te estás volviendo a comer la cabeza de más. Habrá entrado justo cuando un vecino salía. Pero seguía congelada, sin saber si abrir. Algo no era normal.
Volvió a sonar el timbre. Miré por la mirilla y solo intuí una silueta, la luz del pasillo no estaba dada, así que no podía verla con detalle. Me mosqueé de verdad, todo me parecía muy raro. Ahora que caía: los repartos, aunque sean urgentes, nunca llegan antes de las 8:30.
—¿Quién es? —dije sin abrir la puerta.
—El repartidor, acabamos de hablar por teléfono.
—Disculpa, pero… no recuerdo haber pedido nada.
Silencio. Un silencio plomizo, demasiado largo para ser la exasperación de un trabajador cansado. Volví a mirar y no pude apreciar ya ninguna silueta. Me alejé de la puerta, tras comprobar que estaba echada la llave. ¿Qué hacía? ¿Llamaba a la policía?
—Por favor —dijo al fin—, no lo hagas.
¿Qué? Era la respuesta más rara que me podría haber imaginado. ¿No quería que le preguntase? ¿Sería un psicópata y romperle la cuartada lo había roto por dentro? ¿Estaría pensando «Joder, ahora me toca hacer un asalto brutal a la casa en lugar de hacer roleplaying de repartidor»? Cuando por fin empecé a articular una respuesta, prosiguió:
—Por favor, no te suicides.
Vale, eso sí que no me lo esperaba. Sé que Google nos escucha, sabe todo lo que consumimos y puede sacar muchos parámetros por nuestros algoritmos, pero aquello era demasiado. Me armé de valor y abrí la puerta lo más rápido que pude.
