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Our Heart

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AU!Fantasy

Touya es un príncipe... pero, ¿de qué sirve ese título si no puede salvar a su madre?

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La vida era sencilla para la realeza, teniendo todo lo que querían, sin la necesidad de hacer nada a cambio; o eso se creía.

Touya se había convertido en príncipe cuando su padre había ascendido al trono, después de la muerte de su abuelo. Inevitablemente, debido a su nuevo título, las cosas en el palacio cambiaron drásticamente. Enji no tuvo piedad en su preparación como príncipe, y si se rehusaba a hacerlo, su madre era quien pagaba las consecuencias. Podría ser la reina, pero a su esposo le parecía adecuado castigarla por haber malcriado al mayor de sus hijos.  

Tuvo que callar y bajar la cabeza, obedeciendo a cada orden que le daba. Tomó clases de diferentes idiomas, lo entrenaron con los mejores caballeros del palacio, asistía a cada junta militar, y a las fiestas que armaban solo para derrochar su riqueza e impresionar a las demás familias reales. Su vida no era la mejor, pero había aprendido a sobrellevarlo todo. Mantenía a salvo a Rei, cuidaba de sus hermanos, y estaba terminando su entrenamiento, pues pronto se comprometería con una princesa de un reino cercano, a la cual ni siquiera había visto. El motivo de su compromiso era para formar alianza. Enji quería expandir su territorio. 

Y así habría sido, de no ser porque su madre enfermó.

La hechicera del palacio hizo lo que pudo, informándoles con mucho pesar que no había forma de salvarla. Aquel mal estaba expandiéndose por todo su cuerpo, debilitando sus fuerzas, acabando con su espíritu. Sin embargo, quedaba una última esperanza, algo que resultaba imposible pero debía de intentar. En el bosque del sur habían hadas, una rara especie que tenía sangre curativa. Si conseguían una y le sacaban el corazón para hacer un remedio, la reina podría sobrevivir. Touya no tardó en pedir la encomienda, se aseguraría de encontrar aquel ser y traerlo para curar a su madre. Se despidió de su familia, prometiendo que volvería antes de que el tiempo se les agotara. Tenía un mes para hallar y traerle, y así sería.

Por su parte, Enji no pensaba que podría lograrlo, por lo que antes de su partida, con un comentario burlesco y horrible salió de sus labios. "Si lo logras, te dejaré ser libre. Si fallas, bueno, ¿qué podría ser peor que perder a tu madre?". Hizo un increíble esfuerzo por no responderle, no caería en sus provocaciones. Usaría toda su vitalidad en su búsqueda.

El viaje fue largo, duró días explorando la parte protegida del bosque, la zona donde los seres mágicos se escondían de las personas. 

—Oh, ¿eres un humano? 

Sacó prontamente su espada, girándose listo para apuñalar a quien sea que estaba ahí. Parpadeó varias veces al no ver a nadie, ¿estaba alucinando?

—Eres muy lindo, ¿cómo te llamas? 

Volvió a girar, encontrando a un chico con grandes alas rojas. Era delgado, estaba desnudo y tenía varias flores enredadas entre sus desordenados cabellos dorados. Frunció el ceño, todavía empuñando su espada.

—¿Quién eres y qué quieres? 

—¿Quién eres tú? —aleteó hasta quedar encima de la rama de un árbol, dónde acarició a un búho—. Yo sé quién soy, pero parece que tú no sabes quién eres.

—Claro que lo sé.

—No, ustedes los humanos no lo saben. Usan nombres y vestimentas llamativas, para que los demás sepan quienes son; y ustedes no lo saben, solo pretenden hacerlo. 

—No tengo tiempo para tus estupideces —gruñó, guardando su espalda al ver que resultaba inofensivo.

—Entonces, ¿por qué lo estás negando, Touya? —rió, bajando hasta quedar a unos pasos de él.

—¿Cómo mierda sabes mi nombre? —trató de sacar su arma nuevamente; sin embargo, un par de plumas rojizas tomaron sus muñecas, empujándolo hasta un árbol y mantenerlo pegado al tronco de este.

—¿Lo ves? —acarició su cabello, apareciendo un par de flores entre sus cabellos albinos—. Reaccionas a un nombre, no a quien eres. No hay dos como tú en el mundo, pero sí muchos hombres llamados "Touya". No eres quien dices ser.

—Eres un idiota —a decir verdad comenzaba a cuestionarse lo que decía, confundido sobre sí mismo—. ¿Quieres saber quién soy? Sigue soñando, no necesito perder más tiempo contigo.

—Lo soy, pero tú también —reía suavemente, comenzando a romper su ropa.

¿¡Qué mierda!?

—¿Qué carajos haces? ¡Quítate! —forcejeó, inmóvil por no poder hacer nada mientras destruía su vestimenta hasta dejarlo completamente desnudo—. Eres un maldito depravado.

—¿Uhm? Ah, ya veo —su maldita risa comenzaba a hartarlo—. Ustedes creen que estar desnudos es malo, ¿por qué? Así fuimos traídos, la ropa la crearon los que deseaban ocultarse de quienes son.

—Si vuelves a decir una mierda de ser o no ser, juro que voy a matarte.

—No lo harás, puedo verlo en tus ojos —le liberó finalmente, para después tomar su mano y tirar de ella—. Ven, quiero que conozcas a mis amigos.

Todo esto era una maldita locura, sobre todo porque estaba yendo a dónde el rubio se dirigía. Recorrieron un túnel de enredaderas y árboles hasta llegar a un jardín lleno de seres mágicos. Todos tenían flores en sus cabelleras, desnudos, conviviendo unos con otros. El rubio fue hasta ellos, saludando y explicándoles que había traído a un perdido. Él no estaba perdido, ¿de qué mierda hablaba? Todos ahí posaron sus ojos sobre él, riendo igual que el alado. Si tuviera su espada los mataría a todos.

El rubio volvió a él y le presentó a cada uno, sin decir sus nombres por supuesto, solo habla de su especie y algunos datos sobre su persona. Era frustrante, ¿cómo se reconocían entre ellos?, ¿qué pasaba si quería hablar con otro de uno de su grupo? No comprendía su comunicación, y desearía hacerlo. No podía, tenía que irse y seguir buscando. Parecía estar distraído, así que iba a escabullirse, o eso pensaba hacer, hasta que vió a una chica centauro traer a un pequeño venado herido. 

—Yo me encargo —el rubio fue hasta ellos, quitándose una de sus plumas para cortar profundo en su muñeca, dejando que su sangre cayera sobre el lastimado animal. Quedó sorprendido al ver cómo de pronto estaba completamente bien, mas el contrario no. Le ayudaron a sentarse en el suelo vendando su brazo con algunas hojas.

—¿Está bien?, ¿cómo hizo eso? —se acercó, agachándose hasta quedar a un lado de él. Parecía haber quedado inconsciente.

—Lo estará, es nuestro guardián después de todo. Su sangre nos da vida y mantiene este bosque protegido. Eres el único humano que ha dejado entrar —la chica con orejas de conejo parecía totalmente tranquila, sin una pizca de preocupación—. Queda inconsciente cuando hace eso más de cinco veces al día. Necesita descansar y recuperar sangre.

Tuvo que ocultar su felicidad al descubrir que ese idiota era lo que había estado buscando, ¡salvaría a su madre! Solo necesitaba convencerlo de abandonar este lugar e ir junto a él. Sus alas eran un problema, ya sabía que podía usar sus plumas a voluntad, llevárselo a la fuerza no era posible. Tenía que ganarse su confianza, luego le llevaría al palacio, y ahí le arrancarían el corazón. 

Se adaptó prontamente al estilo de vida que tenían, siendo algo muy simple y cómodo. Todos dormían en nidos hechos de flores, y se duchaban en un manantial. Comían los frutos que los árboles le permitían tomar, siempre teniendo que preguntar antes de que este dejara el fruto caer en sus manos.

Lo que no tenía contemplado, era encariñarse con él. 

Era tan amable, empático y protector. Cuidaba de todos ahí, se aseguraba de que estuvieran bien y los hacía felices. También lo hacía con las plantas, dándoles las gracias por la comida, acariciando sus ramas y dando besos en sus hojas. Incluso cantaba entre tarareos, quedándose por horas ahí, sin perder su brillo ni su sonrisa.

Touya contaba los días con pesar, indeciso sin saber qué hacer. Faltaba una semana para que el tiempo se terminara, tenía que hacerlo ya, pero… estaba enamorado. El dulce chico le había cautivado y hecho conocerse a sí mismo, contemplando la armonía de su existir. Era libre en sus brazos, jamás se había sentido así de bien.

No obstante, su madre moriría de no llevarlo, por lo que, con dolor le pidió que le acompañara a casa. Le dijo la verdad, omitiendo claramente la parte de sacrificarlo. Con gusto aceptó, dejando primero bastante de su sangre en el bosque por si llegaban a necesitarla. Fueron hasta el palacio, vestidos con algunas prendas que dejó en su pequeño campamento a un lado del bosque antes de conocerlo. Todos le miraban asombrados, agradecidos de saber que su reina viviría. Él solo podía contenerse, sin estar listo para acabar con el alado.

—Sabes, estuve pensando en eso de los nombres, sería divertido tener uno para ti. Seré Keigo, ¿te gusta? —se detuvo a medio andar, dejando confundido al ajeno—. ¿Qué ocurre?

—Vete.

Keigo ladeó su cabeza, poniendo su mano sobre su hombro, la cual quitó con fuerza. 

—Pero, tu madre…

—¡Te van a sacrificar para curarla! —espetó, sintiendo un nudo formarse en su garganta—. Tu sangre no es suficiente, ella necesita tu corazón.

Hubo un silencio extenso, donde ninguno de los dos se movió. Cerró con fuerza sus ojos, dejando las lágrimas fluir al saber que ella moriría, porque era un maldito cobarde que no era capaz de sacrificar a un imbécil que apenas conocía. 

—Puedo hacerlo.

Alzó la mirada rápidamente, totalmente desconcertado. Debió de haber escuchado mal; sin embargo, la sonrisa simpática de Keigo le hacía saber que no era así.

—Vas a morir.

—Eso es lo que tú crees —tomó sus manos, estirándose para darle un beso en los labios—. Sé quién eres, Touya, y tú igual —murmuró sobre su boca, mordiendo su labio inferior—. Yo también necesito un corazón, y quiero el tuyo.

—¿Vas a matarme?

—Sí, pero no por mucho. Tendrás que llevar mi cuerpo al bosque cuando terminen, y ahí me darás tu corazón. Es lo único que pido para darte el mío.

Dudó unos instantes, aceptando al final. Ya no importaba si se quedaba o no en el palacio. Su padre había dicho aquel reto delante de todo mundo, así que era libre de hacer lo que quisiera, y decidir sin necesidad de preguntarle. Le llevó con la hechicera para abrir su pecho y sacar el órgano, preparando prontamente el brebaje. Él se quedó con su cuerpo, rezando internamente porque su plan funcionara. Al saber que su madre estaba curada, no perdió tiempo y partió al bosque lo más rápido posible. Les dijo lo que Keigo había dicho, esperando que se encargaran de ello. 

Y así fue, doloroso e insoportable.

No lo anestesiaron, solo usaron una roca filosa y rompieron sus costillas y piel para llegar hasta su corazón. Lo arrancaron y colocaron en el pecho de Keigo, dejándolos ahí juntos durante varios días. La maleza ya había trepado sobre sus cuerpos, dejándolos cubiertos. 

Fue como dormir profundamente.

—Touya.

Abrió sus ojos lentamente, sintiendo todavía algo de dolor en el pecho. Frente a él estaba Keigo, sonriente y sin cicatrices. Rió, incrédulo de que esto realmente haya funcionado.

—¿Quién eres? —cuestionó solo para molestarlo.

La sonrisa de Keigo se amplió, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. 

—Yo sé quién soy —acarició su mejilla, dándole un dulce beso después—. Tu corazón.