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Es al pisar el último escalón que lo escucha, muy detrás de él y sigiloso, aunque no lo suficiente. Piensa que es algún borracho con el andar torpe cayéndose unos metros detrás, como esos los hay mucho en el barrio.
No había más que hacer que soportar todo lo que conllevaba estar enterrado hasta la garganta en ese putrefacto distrito de mala muerte, donde sientes a las ratas escurrirse por los bordes de la calle al salir de un empleo que pide más de lo que se paga, que cierra a las once pero del que se sale a las doce, donde la saliva del jefe te salpica la cara cuando grita que los cubiertos están incompletos.
Es un coliseo sin el encanto de la blancura del travertino.
A Wei Wuxian todo eso ya le da lo mismo, creció allí y allí mismo moriría, su cuerpo quedaría apelmazado de bichos, sus huesos roídos por la acidez del aire, su sangre derramada sobre la madera mohosa de su departamento y nadie lo encontraría hasta pasadas las dos semanas cuando el olor fuera insoportable. Él imaginaba ese escenario cada tanto, recurrente en noches desoladas como esa donde no podría importarle menos su vida.
Sin embargo, el miedo seguía allí, latente, pulsando la arteria de su cuello.
Las pisadas ya no parecían las de un borracho, eran más bien firmes y pesadas, apresuradas por alcanzarle pero también renuentes, casi contenidas. No sólo eso, también había un resuello que parecía arrastrarse con fuerza dentro de la tráquea de lo que sea que lo estuviera persiguiendo. Discenrnía la respiración de los gruñidos, la fricción de sus pasos sobre el pavimento del rozamiento de las telas de su ropa, y todo eso parecía estar más cerca.
No quería hacerlo pero el instinto reaccionó antes que él, giró la cabeza en busca de lo que sea que aquello fuese. No había nada, ni animal ni persona, sólo bruma y el borrascoso escenario, tuberías oxidadas y la silueta de la estructura del metro a lo lejos.
Se afianzó la mochila al pecho con fuerza y con el miedo creciente reptando por toda su columna, la piel de gallina no se debía al frío, aunque sí que hacía, el sudor helado en su espalda baja era el mismo que le abrazaba los muslos temblorosos. Su estómago comenzó a retorcerse de puro nerviosismo, como si alguien lo tomara y lo torciera.
Creyó escuchar algo quebrarse a sus espaldas, un cristal explotando bajo el peso de una pisada brutal, tan cerca, tan inminente que fue como presionar el gatillo de una pistola.
Echó a correr, tan veloz como el miedo le permitía, escuchando sus latidos secos en sus oídos y sintiendo la impotencia de su pobre andar picar su médula espinal. Él no era lo suficientemente rápido para sacarle ventaja al monstruo que iba por su carne, al ente desconocido del que, a pesar de no conocer de nada, sabía de la dimensión de su fuerza, de lo explosivo de su deseo y de las ganas que tenía de devorarlo entero.
Dobló sobre una esquina y su pie se resbaló por la calle mojada, sus manos evitaron que cayera pero sus rodillas se rasparon contra la aspereza del pavimento. Se levantó por mero impulso de la adrenalina llenando sus venas.
Una risa sensual y llena de burla rebotó entre las paredes del callejón, supo entonces que, si la bestia no lo había alcanzado ya, era porque su intento de sobrevivir le parecía divertido, un entretenimiento pre alimenticio que sólo abría más su apetito.
Habían llegado a una callejuela de paredes sin ventanas que daba salida a una de las avenidas principales, su objetivo era llegar hasta allí y detener el primer automóvil en marcha que viera. Apresuró el paso lo más que pudo, y eso fue incentivo suficiente para hacer que la criatura se le abalanzara, que rodaran por el suelo y que terminara apresado por un cuerpo de músculos magros y de estatura considerable.
La poca luz que llegaba de las farolas distantes le permitió ver su rostro, de aspecto metamórfico como el mármol, tan pálido que parecía traslúcido. Sus facciones afiladas las sentía como un cuchillo contra su cuello, eran ojos de iris profundas de un tono semejante a lo rojo del vino, nariz griega, labios que sonreían con una fanfarronería enfermiza.
Su toque era frío y firme sobre la sujeción que ejercía en sus muñecas, la presión colosal parecía imposibilitar la circulación de sangre, tiñendo su piel de blanco.
Le dolía, se removía con desesperación debajo de ese cuerpo en un inútil intento por safarse y huir. Los gritos salían de su garganta sin moderación con la esperanza de ser escuchados por alguien.
— ¡Déjame, suéltame!
El estruendo de su risa sacudió cada nervio suyo, lo hizo vibrar de un modo que hacía a sus hombros estremecerse.
Se safó de alguna manera, completamente convencido de que aquello lo había dejado ir adrede. Gateó como pudo lejos de él hasta ponerse medianamente de pie, echó a andar con la taquicardia en la garganta, pero sus piernas, débiles y temblorosas, a penas podían mantenerlo de pie. Sintió a ese hombre pisándole los talones, estaba casi allí, casi al final del callejón, podía vislumbrar las luces de los carros ir y venir en una falsa ilusión de que saldría vivo de esa.
Entonces le tomó del cabello y lo tiró hacia atrás, cayó sobre el trasero y emitió un jadeo adolorido. Estaba siendo arrastrado de regreso, a la zona donde esa callejuela era más oscura, más recóndita. Enterró las uñas sobre la piel, rasguñando, golpeando, haciendo hasta lo imposible por que le soltara. Esa misma mano sobre sus cabellos lo halaron hacia arriba, obligándolo a ponerse de pie y a girarse para que le diera la cara.
Era la misma expresión de burla y goce.
Le atinó un golpe a la quijada de la bestia y aprovechó la distracción para huir de nuevo, pero al instante lo tomó del tobillo y lo hizo caer de bruces contra el suelo.
Ahora la criatura estaba sobre su espalda, su aliento caliente y excitado golpeándole la nuca, estremeciendo su piel y arrancando jadeos de miedo desde lo profundo de su garganta.
— Langzai...
Su voz le heló la sangre. Ronca y grave, ululando por los canales de sus oídos como una especie de serpiente venenosa, era la presa en total sumisión ante el predador.
— Sé que es esto lo que quieres, sé que te gusta.
— ¡No!
— Oh... sí. Te he estado observando, y escucho cada pensamiento tuyo. Todas las noches con la misma expresión en tu rostro, anhelante de que algo interesante suceda, pensando todo el tiempo en la muerte y en cómo ir hacia ella.
El susurro paulatino erizó su piel, las palabras golpearon a kilómetros por hora contra su cráneo.
— No es cierto, no es posible.
— No lo niegues, no sirve de nada, Langzai. Eres tú el que me ha llamado — Enterró la nariz entre la curvatura de su cuello, inhalando fuerte, constante, del mismo modo que un toxicómano inhalaría la cocaína sobre la mesa. — Ah... con tu aroma, fragante de deseo, de anhelo por el peligro.
Wei Wuxian se removió, atemorizado y al borde del llanto. Quien lo aplastaba contra el asfalto no era humano, la dureza de los huesos y el calor emanante de su carne se lo dejaban en claro.
La lengua ardiente probó la sal de su cuello, Wei Wuxian se estremeció, detuvo las quejas de golpe con un jadeo, las lágrimas cayeron libres sin tocar sus mejillas.
— ¿Quién eres, qué quieres? —chilló.
— Soy la materialización de tus deseos, Langzai, en forma y en esencia. Te llamo de la manera que siempre has ansiado que te llamen y yo uso el nombre que me has dado cuando me creaste; HuaCheng. Me duele que te olvides de mí.
HuaCheng, el nombre estaba borroso en su cabeza.
Sintió los afilados dientes primero rozar su piel y luego clavándose en su carne, soltó un alarido de dolor y las lágrimas, que pausaron por un momento ante la revelación, volvieron a caer como cascada. Dolía, la mordida no fue contenida de ninguna forma.
— ¡HuaCheng! —bramó, jadeó, gimió o lo que haya sido aquel grito. Una electricidad incoherente barrió todo su cuerpo y lo dejó temblando como cordero.
— Sí, Langzai, así.
Las manos de HuaCheng serpentearon por sus costados, sus dedos palpando la piel de su abdomen cuando se colaron por debajo de su suéter. Tocó su sexo con su otra mano, lo sostuvo y frotó por encima de sus pantalones. Un gemido le fue arrancado a Wei Wuxian desde las entrañas, los toques no se detuvieron.
Entonces se creó una emoción desconocida dentro de él empujada por el miedo y la incertidumbre, dicha emoción se clavaba en su cuerpo como dagas con veneno afrodisíaco, nublándole los sentidos a la vez que le dio la sensación de haber adquirido un sexto.
Sintió la dureza de un pene hacer presión sobre su culo y el suyo propio punsar entre la mano que lo acariciaba. HuaCheng arremetió allí mismo, simulando una embestida que lo dejó sin aliento. Gimió ahogado, contenido, esforzándose por mostrar que eso no le estaba afectando.
Pero era inútil, comprendía bien que el otro sabía que sí le afectaba.
— No, detente —pidió con la voz entrecortada.
— Me pides imposibles, esta es la noche que escogí para llevarte conmigo al otro mundo.
HuaCheng lo levantó del suelo con sólo un brazo colocado debajo de su abdomen. Wei Wuxian se puso de pie tembloroso, sosteniéndose de ese mismo brazo para encontrar equilibrio. Él lo hizo girar, lo empujó contra la pared y atacó su cuello. Las mordidas herían y la lengua sanaba, las manos de dedos largos y delgados amasaban sus nalgas con rudeza, gruñía como un monstruo desesperado, y quizás lo era.
Wei Wuxian se agarraba de su nuca y de la chaqueta de cuero de HuaCheng, no quería caerse, no quería sucumbir pero ya era demasiado tarde, el calor abrasador que bañaba todo su cuerpo era mayor en la parte baja de su abdomen.
HuaCheng supo de su desesperación y de su anhelo, sabía lo que quería y que lo quería en ese mismo momento; que lo mancillaran, que lo tomara todo de él hasta que no quedara ni la más pequeña migaja, que se adueñara de su cuerpo y de su alma, y HuaCheng, babeando sobre su carne, estaba dispuesto a dárselo todo.
Desgarró la mezclilla con una bestialidad innata, llevándose también la delgada tela de sus boxers. Lo tomó de los muslos y colocó sus piernas alrededor de sus caderas, luego fue directo a sus labios. Sentía la polla dura contra su abdomen mientras le metía la lengua hasta la garganta, mientras chupaba y mordía sus labios como un auténtico gamberro. Wei Wuxian le gemía en la boca con la saliva desbordándosele por las comisuras.
Los dedos de HuaCheng se abrieron paso entre los pliegues de su entrada, metiendo dos de golpe como si no doliera.
Pero claro que dolió, desgarró la piel y las ínfimas gotas de sangre mancharon sus dedos. Wei Wuxian chilló, se retorció y le clavó las uñas en la nuca. Pero sabía que le gustaba, que el dolor era su droga así como Wei Wuxian era la suya. Que el miedo y la miseria le llenaban las venas de pura éxtasis inhumana, incomprensible y absurda. El peligro le atraía tanto que él mismo era un sinónimo para ello.
Sin lubricación ni nada, HuaCheng se sacó el pene del pantalón y lo insertó de una en el pequeño agujero de Wei Wuxian. Un grito hizo eco por todo el callejón, y a este le siguieron muchos más.
HuaCheng arremetía con fuerza y profundidad en un vaivén constante, sus dedos se encajaban tanto en los muslos sudorosos de Wei Wuxian que parecía que en cualquier momento se los clavaría. El sonido que resultaba de sus embestidas era húmedo, piel contra piel chocando con frenesí desordenado que únicamente era acallado por los gemidos inconexos de Wei Wuxian, a veces pidiendo más, otras que se detuviera, en ocasiones gritando que sentía que se moría y otras jadeando que de seguro ya estaba muerto.
HuaCheng se reía por sus disparates, pero así le quería. Chiflado, siempre con un pie sobre la cordura pero con todo el resto de su cuerpo en su testaruda insania. Le besó el cuello sonriendo. Inclinó su cuerpo en el ángulo donde sabía que, al embestir, daría en ese punto donde a Wei Wuxian se le nublaba la consciencia.
Y allí dio bruto y sin restricciones, sintiéndose a sí mismo en el límite por como su polla palpitaba entre los canales de Wei Wuxian, sosteniéndolo ahora del trasero mientras se lo habría para llegar más profundo. Wei Wuxian se sacudió por los espasmos del inminente orgasmo, HuaCheng gimió con su voz ronca, gutural e innestable mientras el primero se venía entre sus cuerpos y el segundo vertía todo su semen en el interior de esa persona suya.
Jadeaban como animales después de una pelea a muerte, ambos cubiertos de sudor espeso que, al contacto con el viento frío de la noche, ponía la piel de gallina.
Wei Wuxian se estremeció, abrazándose más a HuaCheng.
El silencio reinó, y fue hasta después de un par de minutos que Wei Wuxian habló.
— ¿No me trajiste otros pantalones? Me estoy helando.
— Están en el auto.
— ¿Esperas que camine desnudo de la cintura para abajo con este frío, y encima, en un barrio tan mugriento como este? ¿Qué y si alguien me ve?
HuaCheng se carcajeó. Picoteó la suave piel de Wei Wuxian con la punta de su nariz, ensimismado con el olor lechoso que desprendía incluso después de una ronda de sexo como esa.
— Y ahora te preocupas. Te acabo de follar a media calle, gritaste cuanto quisiste y me dejaste hacer lo que se me vino en gana ¿te suena lógico? A mí no.
Wei Wuxian refunfuña, hace morritos que lo único que provocan en HuaCheng son unas inmensas ganas de besarlo y no soltarlo jamás.
— Déjame tu chaqueta, me la voy a amarrar a la cintura.
HuaCheng lo pone de pie sobre el suelo. Los restos del pantalón deshecho se enredan entre sus piernas. Se los arranca a la par que HuaCheng se quita su chaqueta de cuero y se la tiende.
— ¿Y qué es eso de Langzai? — Wei Wuxian pregunta, HuaCheng se encoge de hombros.
— Improvisación, ¿no te gusta? me lo vi en un drama chino.
Wei Wuxian se muere de risa.
