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Dirty Play

Summary:

Porque no todo en la mafia es trabajo, detrás de esos peligrosos hombres hay fachadas donde ocultan sus más grandes deseos.

⚠️Contenido +18 y lenguaje vulgar, se suplica discreción.

Work Text:

Passione, la mafia más poderosa de Italia, cuna de grandes capos y asesinos profesionales designados en varios rubros; La Squadra di Esecuzione quienes se encargaban de erradicar a soplones, competencia y limpiar el terreno de cualquier sujeto que se les atravesase, La Unita Especiale quienes eran los guardaespaldas de elite del jefe y así nos podríamos ir desglosando toda la organización que había levantado el líder cuya identidad se mantenía oculta por razones desconocidas. El único grupo que al parecer no se encontraba embarrado en trabajos sucios o en drogas era el que se encontraba en manos del capo Polpo que también se encargaba de seleccionar a los nuevos reclutas de la organización en general, que se limitaban a cuidar de algunos territorios de comercios y plazas donde la competencia osaba trabajar sin dejar la cuota correspondiente o en su defecto, cobrar a nombre de Passione.

El capo Polpo se encontraba ya desde hace un largo tiempo en prisión, por lo que su pandilla era dirigida por Bruno Buccellati, su hombre de mayor confianza. Sabía que todo estaría bien en sus manos y en él podía confiar su más grande secreto que tanto intrigaba a varios sicarios de la corporación; la enorme fortuna que tenia escondida. Buccellati cual perro fiel a su amo era dirigido por su superior y por su ética, haciendo trabajos que se le encomendaban en tiempo y forma, claro, sin afectar a terceros que no tenían nada que ver con la mafia, también ganándose a su paso la simpatía de locatarios y vecinos por su amabilidad y sencillez.

—Oe, Buccellati. – habló Narancia quien comenzó a apretar el paso para después echarse a andar en dirección al lugar que solían tomar como punto de reunión. –Me adelantaré al restaurante, Mista está esperándonos y no quiero que se termine la pizza como siempre.

–Aguarda Narancia, quedamos que hoy retomarías las clases de matemáticas. Disculpa, Buccellati. –Fugo corrió tras el moreno de apariencia andrógina. –¡Por un demonio, así jamás vas a aprender ni un carajo!

–Mocosos. –Abbacchio sopló mientras veía trotar al par de adolescentes, este portaba sus audífonos a un volumen adecuado, de reojo observaba a Bruno el cual caminaba a la par que él, saludando a la gente que topaba a su paso y manteniendo un majestuoso porte de superioridad y elegancia. El favorito a ser el sucesor de Polpo, y por supuesto que tenia todo el derecho a relevarlo el día en que este se retirara, fue Buccellati quien acogió a cada uno de los integrantes de su banda, el que le dio sentido a la vida del ex policía al haber tocado fondo después de haber causado la muerte de su camarada por los sobornos que había aceptado, ahora él vivía para servir y estar a la orden de Bruno, inclusive si su vida se encontrara de por medio.

–Siguen siendo jóvenes, déjalos jugar un rato. –la varonil voz del moreno retumbó a través de los gruesos audífonos del albino. –Han sido obligados a madurar a la fuerza.

–Tienes razón, pero deben mantenerse a la orden del día por si el capo se comunica con nosotros. –el amargado gesto del de ojos ámbar hizo reír al azabache.

–¿Sabes? Miremos el lado bueno de que Fugo y Narancia se fueran al restaurante con Mista. –Buccellati se acercó peligrosamente al estoico rostro de Leone, el cual comenzó a ablandarse al sentir el aliento del otro chocar en su piel. –Podemos continuar con ese juego que teníamos pendiente.

Para los miembros del grupo y el resto de Passione la relación de Bruno y Leone se limitaba a ser una de grandes colegas y amigos, un dúo dinámico que se entendía a la perfección por la similitud de edad y por el respeto en el que se dirigían mutuamente. Nunca sospecharían en la organización, eran un par de sicarios como muchos pero del otro lado de la moneda eran unos amantes descontrolados, las hormonas y la cercanía convirtieron esa amistad en amor, uno que consumaban a escondidas y lejos de los demás para así mantenerlos a salvo; no eran tan abiertos como Sorbet y Gelato con sus demostraciones afectivas o Tiziano y Squalo quienes incluso se encontraban casados, lo de ellos era única y exclusivamente para ellos y con recelo lo guardaban cual mas grande tesoro, siendo Abbacchio quien demostrara incomodidad si alguien se acercaba demasiado al hermoso hombre de ojos azules y melena oscura como la noche que robaba sus suspiros.

–Pensé que lo habías olvidado. –los ámbar con destellos lavanda de Abbacchio brillaron y su pecho golpeteó al igual que su entrepierna. –Vayamos rápido al departamento.

–Démonos prisa, lo que traigo bajo el traje está comenzando a apretarme. –el moreno coquetamente tiró del escote de su fino traje blanco, dando a relucir donde portaba su bralette de encaje un conjunto de arneses.

–Espera, Buccellati, ¿quiere decir que desde la mañana traes eso puesto? Demonios, eso no lo esperaba. –Abbacchio tragó en seco y comenzó a dar zancadas largas para llegar pronto.

–Ya venía preparado por si se prestaba la ocasión, yo lo que me dispongo lo obtengo. –Bruno miró con determinación a su amante y continuaron su trayecto hacia el modesto edificio donde el moreno de melena azabache vivía.

Avanzaron rápidamente hasta llegar al quinto piso donde torpemente abrieron la puerta por la ansiedad de tenerse el uno al otro. Rápidamente comenzaron a besarse, desesperadamente devoraban sus bocas como si no existiera un mañana, explorando cada relieve, chupeteando sus carnosos labios y a su paso embarrándose del espeso labial morado que portaba Leone como de costumbre. La falta de oxigeno los obligó a separarse, sus mejillas ya se encontraban rojas y sus frentes algo sudadas.

–La ropa, quítatela ya. –Buccellati ordenó mientras se dirigía al closet donde al parecer ocultaba algo, Abbacchio obedeció y comenzó a despojarse de la enorme gabardina que cubría su bien trabajado cuerpo que parecía ser tallado en mármol, seguido los pantalones, calcetines, zapatos, y justo cuando se disponía a retirar el incómodo bóxer que aprisionaba su erección fue detenido por Bruno quien lo obligó a mirarlo, el precioso cuerpo canela del ojiazul se encontraba finamente adornado de la lencería de siempre, los arneses que en la calle le había mostrado, desde su torso hasta su cadera bajando hasta los gruesos muslos donde sostenían un par de medias del mismo material que el bralette y para rematar unos preciosos tacones que realzaban sus tonificados glúteos.

–Seré yo quien te desprenda de tu ultima vestimenta. –Abbacchio adoraba ver a su precioso hombre tomar las riendas, lo ponía considerablemente caliente, tanto al grado de comenzar a mojar sus boxers. Bruno se hincó justo en el filo de la cama donde el albino se encontraba sentado y posó su mano en el bulto que clamaba salir, delineaba con el dedo índice las costuras de la prenda mientras veía con encanto los sublimes gestos que hacía el de hebras plateadas.

–Maldita sea Bruno, ya quítamelo o lo haré yo. –jadeó con dolor, deseaba ya tener ese par de nalgas en su verga.

–Soy tu superior, no me llames por mi nombre, igualado. –Buccellati se levantó y posó su pie derecho encima del bulto del mas alto, ejerciendo ligera presión con el tacón, Leone gruñó.

–¡Bastardo, eso duele! –Bruno comenzó a presionar más como muestra de desagrado, ahí el albino lo entendió todo. –Quiero decir, ¿qué es lo que deseas, mi futuro capo?

–No desesperes y sigue mis indicaciones, ah, y no me llames por mi nombre a menos que te lo pida. –el azabache quitó su pie de la entrepierna de Abbacchio y nuevamente se puso en cuclillas para deshacerse por fin de la ropa que resguardaba esa enorme erección, se relamió los labios al ver lo húmeda que se encontraba, el glande brillaba por el pre seminal, las venas se marcaban a lo largo de su longitud, esos vellos plateados que subían hasta su ombligo lo hacia enloquecer, demonios, adoraba tener a su hombre desnudo y a su merced.

Tomó con su diestra el grueso falo de Abbacchio y comenzó a lamerlo, haciendo movimientos envolventes con su cálida lengua, con su zurda masajeaba los testículos que colgaban, tan apetecibles como enormes ciruelas.

–Cielos, Buccellati... —el albino amaba sentir esos gruesos labios devorar su pene y ocasionalmente chupetear hasta su perineo, hacia que perdiera la cabeza. En una de tantas relamidas se detuvo, tenía otros planes para ese tremendo trozo de carne.

—Bien, como has acatado las órdenes, es tu turno. —Bruno se subió a la cama y se posicionó en cuatro, dejando a relucir su precioso trasero el cual portaba una tanga a juego con el resto de la lencería. —¿Qué esperas? Devórame.

Los ojos de Abbacchio brillaron como nunca y sin pensarlo dos veces hundió su rostro en ese par de carnosas montañas, lamiendo por completo cada parte y cada endidura que mantenían oculta la delgada tanga de encaje, los jadeos de Bruno eran música para los oídos de Leone, como meneaba las caderas con el fin de recibir más placer, señal perfecta para que la caliente lengua del albino comenzara a lamer en círculos el ano del menor, penetrando inclusive de tan hambriento que estaba. Se separó ligeramente para contemplarlo, su labia había quedado todo impregnado en la piel de su amado.

—Nadie te dijo que te detuvieras.

—Ahhhh no. —Abbacchio aprovechó su posición y tomó bruscamente de las muñecas al azabache, de algo le sirvió el entrenamiento que había recibido en la academia de policías, se encontraba en sumisión quien lo había pisoteado hace unos momentos, con pequeños seguros que traían los arneses ahora lo tenía atado con los brazos tras la espalda. —De esta no te escapas, pequeña sabandija.

—Bastardo... —no alcanzó a terminar cuando una fuerte nalgada impactó su glúteo derecho.

—Haz algo al respecto. —repitió dicha acción con el otro glúteo. —Te dejaré en paz hasta que lo supliques.

—¡Olvidalo!

—¿Que dijiste? —prosiguió con el castigo el ex policía, azotando su enorme mano una y otra vez sobre las ahora rojas nalgas del azabache. —Parecen unas apetitosas manzanas.

—Que horror. —soltó por debajo, más allá de estar disgustado se encontraba excitado, su pene sobresalía de la prenda de encaje, goteaba de tan mojado que estaba. —Ya es suficiente castigo, quiero sentirte dentro.

—Como ordene. —Abbacchio tomó su palpitante miembro y lo acercó a la entrada de Buccellati, hizo a un lado la pequeña tanga y con suavidad fue ingresando poco a poco para no lastimarlo, el otro como respuesta solo emitía pequeños quejidos, pese a estar muy excitado el tamaño de Abbacchio siempre lograba incomodarlo un poco. —¿Me puedo mover?

—Hazlo.

Y Leone inició a dar suaves estocadas, esperando que Buccellati terminara de adaptarse a su prominente verga, entrando y saliendo. Seguido comenzó a aumentar la velocidad y la fuerza con la que se movía, las envolventes paredes de Bruno presionaban tan delicioso su carne que deseaba tenerlo así toda la tarde, se sorprendió al ver como ahora Buccellati meneaba sus caderas para así ayudarlo a penetrar más, sabía que estaba rozando esa parte tan especial que hacía enloquecer al morenos de ojos azules.

—¡Ahi, justo ahí! —jadeaba una y otra vez Bruno, sus ojos estaban en blanco, de sus comisuras escurría saliva y su cuerpo se encontraba aperlado por tanto sudor que desprendían del calor.

—Pídelo de nuevo. —sonrió de lado. —Suplica, perra.

—¡Demonios, dame más por favor!

Y ahí quedó todo ese respeto que se tenían mutuamente, las palabras sucias eran válidas, ahora eran uno solo y solo así lograban sentirse vivos.

—Oh cielos, no puedo más.

—Ni yo...

El par de amantes dieron sus últimos movimientos antes de que terminaran viniendose casi al mismo tiempo. Sus cuerpos no pudieron más y terminaron tirados en la cama, Abbacchio desató a Bruno y lo acercó a su rostro para darle un dulce beso.

—Te amo, Buccellati.

—Bruno, dime así.

—Esta bien, Bruno.

—Yo también te amo, Leone Abbacchio. —el flequillo del azabache estaba empapado en sudor, ambos cuerpos desnudos cubiertos en una sábana blanca recibiendo los cálidos rayos del naciente crepúsculo, la imagen perfecta de uno de los muchos días que compartieron consumandose una y otra vez.

—Y cambiando de tema, tengo que salir.— Bruno comenzó a despojarse de toda la lencería y los arneses, yendo directo al baño. —Tengo que ir al territorio de Luka.

—Ese lloroso no me da buena espina.— el albino escupió.

—Resulta que varios taxistas están trabajando de forma ilegal, necesito investigar a fondo el tema. —el sonido del grifo de agua inundó la habitación, ahora Leone se encontraba celoso.

—Iré contigo.

—No seas celoso, nada malo podría pasar. —Bruno cerró la regadera y salió con una toalla rodeando su cadera. —Después de todo, ese Luka no posee un stand. Nada malo puede pasar.

—Está bien, pero recuerda que eres solo mío.

—Solo tuyo, Leone.