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Language:
Español
Stats:
Published:
2022-07-08
Updated:
2022-07-08
Words:
2,033
Chapters:
1/?
Hits:
21

El Tren Que Trasnocha

Notes:

Bien esta obra es de mi propiedad por lo que se ruega no duplicar sin mi consentimiento

Chapter 1: Azul y café

Chapter Text

  La tarde culminaba a las siete menos cuarto con un bostezo de sol. Un ultimo rayo de luz que mantenía el cielo anaranjado se extinguió en un suspiro, mostrando la otra cara del firmamento: la noche. Ella había arribado más temprano de lo que debía, usualmente caía pasada las siete treinta y eso me extrañó bastante. La brisa suave helada me acarició la mejilla trayéndome a memoria de que el invierno estaba a la vuelta de la esquina. Me acomodé la campera, junto con mi bufanda, sintiendo aquel ruido que conozco a la legua: el tren.
  Al arribar la máquina, me puse frente a la puerta más cercana para ser el primero en ingresar y buscar mi lugar de trabajo; estaba listo para una nueva jornada sobre las vías de la vida. Al abrirse las hojas me adentré en el vagón, preparando mi libro favorito mientras tomaba asiento en una butaca doble justo cuando, como si los corriera el diablo, empezaban a subir los demás pasajeros.
  Los veía ingresar presurosos, balanceándose y golpeándose unos a otros, como si dependiera su supervivencia de solo abordar la cabina metálica de apariencia monótona. Tal vez, algún día, logre descifrar el porqué de su comportamiento errático. El olor al café de la zona de descanso saludó a mi olfato antes de que las puertas cerraran, recordándome que bebiera uno de esos lates espumosos que tengo pendiente.

  Por aquellas puertas siempre entraban tres pasajeras, puntuales como siempre, que eran de mis menos favoritas: desesperación, amargura y soledad. Siempre una detrás de la otra, como si fuesen hermanas. A donde va una, vamos todas. Constantemente las veía ingresar siguiendo el hilo de una conversación la cual nunca me interesaba, aunque me nombrasen de vez en cuando. A menudo las envidio. Ellas al menos se tienen para parlotear, no sentirse excluidas del mundo que las rodea. Yo, pues, solo tengo mis charlas mentales y mis libros. Claro, eso es cuando no tengo trabajo. 
En cuanto avisté a las doncellas negativas ingresar por el atrio metálico me hundí en la lectura de mi libro, sumergiendo mi mente en el mundo de Apolo y sus desventuras al liberar a la sibila eritrea, Herófila, de las garras del Laberinto en Llamas. A decir verdad, me llama mucho la atención los libros que tengan como base la mitología griega, ya sea que fuese un simple cuento o el mismo mito, así como también una novela como la que disfruto en estos instantes.

  Mis ojos siempre pasaban danzantes entre los abrigos afelpados y costosos de la gente engreída, aquellos que solo montaban el tren para lucir con altivez sus atuendos de marca y falsas máscaras de finura. Si tan solo supieran que, a pesar de sus perfumes embriagantes y lociones dulces, el hedor de muerte emana desde dentro de su cuerpo como si se hubiesen comido un sándwich de carne podrida. Carne proveniente de su corazón.
Por el lado contrario están aquellas personas, un diminuto porcentaje de los pasajeros, que te llenan el alma. Esas que vienen con el corazón roto, resquebrajado y cortado. Algunos hecho jirones y otros remendados. Esas que su interior siempre, por costumbre, espera el golpe y no una caricia. Aquellas que cuando les das un poco de energía te quedan en eterna deuda, según ellos. Ese tipo de gente, puedo asegurarte, fueron agraciadas con las mejores sonrisas. De las que te da un calorcito en el pecho al saber que has aligerado la pesada carga que conllevan en su vida.

  Oh, cierto. Me he olvidado de contarte cual es mi oficio en ésta máquina y te lo diré de la siguiente manera:

  ¿Alguna vez te haz topado con una persona que, a pesar de conocerla por míseros minutos o días, logran cambiarte el ánimo rotundamente? Aquellas que llenan mucho más el espacio vacío aunque no fuera para ellos. Quienes te renuevan, revitalizan y curan, atenúan y relajan las tormentas que agobian. ¿Las haz visto?
  Bueno, de ellos formo parte (al menos eso creo yo). Soy un "acompañante". Pero no me mal interpretes. No soy de aquellos que ofrecen servicios de complacencia carnal o pasional. Lo mío lo considero mucho más especial, sin desacreditar a los que realizan "esa" clase de oficios. Yo lo tomo más personal, la gente que se sienta junto a mí, ya sea porque es el único asiento doble o porque realmente necesita compañía y no lo dice, es la que me gusta ayudar. Muchos vienen, pocos hablan. De esa minucia de gente que llega hay otros dos tipos. A los cuales clasifiqué como: los efímeros y los recurrentes.
  Con efímeros me refiero aquellos que llegan a ti de vez en cuando; que corren en tu búsqueda cuando su alma necesita respiro. Luego están mis favoritos (no es como si tuviese preferencias la verdad, pero si así fiera ellos lo serían) los recurrentes. Aquellos que vienen a ti de manera inesperada y se quedan, ya sea porque hay mucho para sanar o realmente quisieron quedarse por aprecio. De una u otra forma, a ambos tipos de personas me gusta ayudar.

  Un par de semanas después -un siete de julio para ser mas exactos-, cuando el invierno comenzaba su helado imperio, llegó aquel que cambiaría todas las cosas en las que me basaba y a las que atribuía peso moral para mi estructura como persona. Alguien que pondría a prueba la paciencia y el tiempo que llevaba guardados en mi maletín mental. Sería mentir si dijese que ese momento fue el mejor de mi corta existencia. Realmente todos, y cada uno de los porvenires, son mis favoritos.
  Ese día percibí, de refilón, el movimiento de las puertas al deslizarse para abrir, y luego cerrar, la puerta del vagón, dejando entrar a más pasajeros de esa estación. Subí el volumen de mi música, dejando que la tranquilidad me inunde por completo. Mis ojos permanecían arraigados firmemente a la historia cuando Apolo ingresaba al foso de lava para escuchar la profecía de Herófila; estaba prácticamente pegado a cada palabra y párrafo que lograba transportarme al mismo plano del relato que, junto con las melodías, hacían que las escenas parecieran más nítidas en mi imaginación. Justo en ese instante movieron levemente la tapa del libro, haciendo que mi burbuja de concentración explotara. Con la ira retenida con cadenas al fondo de mi cabeza, levanté la vista para observar a quien me hablaba.
  Con desgano amablemente disfrazado me quité los auriculares, colgándolos en mis hombros, y sonriendo a aquel pasajero. En cuanto me detuve en sus ojos sentí mi corazón dar un vuelco y doler a causa de ello, no era una sensación habitual. No desde… Preferiría no recordarlo por el momento. Eran azules como el cielo de la mañana y brillantes como un lucero; simplemente un deleite a la vista. Curvó los labios hacia arriba, mostrando un poco los dientes, formando una sonrisa que me llegó como flechazo. Me había cautivado con aquella mueca que, adornada con la timidez de un niño pequeño, se asomaba con cordialidad seguido de una pequeña risita que me pareció de lo más tierna. No pude evadir el sentimiento de querer pellizcarle las mejillas decoradas con una sombra carmín sobre ellas. Por su cabello, corto y oscuro, se deslizaban unas gotas de agua que marchaban directo a su mentón para arrojarse al vacío, estrellándose con ruido sordo en el piso de metal. Di un vistazo rápido a toda su persona, deduciendo que la lluvia no le tuvo clemencia al precipitarse sobre él. En conjunto era simple y llanamente perfecto.

  Volvió a mover la boca, articulando una oración, con una dulce voz:

—Discúlpame por interrumpir tu paz —inicio algo nervioso el recién llegado—, pero es el único asiento libre —su mano izquierda comenzó a rascar la parte trasera de su cuello, estaba apenado y se notaba a la legua—. ¿Crees que podría sentarme contigo? Si no te molesta, claro.
 
  Azul y café se encontraron de manera firme, embelesados uno del otro. Mi mente hacía un montón de conjeturas a tal velocidad que daba jaqueca y mis sentidos se nublaban de a momentos. Sin embargo, logré palmear con suavidad la superficie de la butaca para indicarle que podía sentarse en tanto me hacía a un lado. Sentí el ruido de el cuero sintético estirarse ante el nuevo pasajero, así como también percibí un suspiro pesado por parte del chico. Colocó su paraguas, del cual no me había dado cuenta hasta ese instante, a un lado suyo con la parte curva enganchada al respaldo.
  Volviendo mis ojos directo al mar de letras, intenté adentrarme de nuevo en aquellas aguas de aventuras contra el titan del sol, Helios, que moraba dentro de aquella encrucijada de pasillos tramposos y fuego abrasador. Todo con tal de detener los planes del emperador Cómodo y el triunvirato. Empero, al iniciar donde me había quedado -fue justo cuando logran adentrarse en el laberinto- percibí que movían mi libro, volteando inmediatamente al encontrar una mano blancuzca deslizarse con delicadeza por la portada.

—Así que… —inició con un semblante pensativo esfumándose casi al instante, dando paso a una pequeña sonrisa—. ¿Te gustan los libros? —lo admito, esa había sido una pregunta digna de un filósofo principiante y eso me hizo reír.

—Buen trabajo, Sherlock —cerré el libro, marcando con mi dedo índice la pagina donde me habia quedado nuevamente al tiempo que sus mejillas se teñían de un rosa adorable al escucharme—. Si, me gusta leer. Más si se trata de mitología griega y este —alcé un poco mi refugio de letras para mostrarlo— me lo regaló mi amiga en su ultimo viaje a la capital. —Sus ojos mantenían una línea recta a los míos, era algo raro.

—Comparto ese gusto por el tema, capaz que no en la misma medida ya que no me atraiga mucho la mitología —afirmó con franqueza, volteando la cabeza para comprobar que su paraguas no se habia caído con tanto movimiento del vagón—. Pero si me llama un poco la atención de vez en cuando —al devolver su vista en mi dirección pude encontrarme con aquel cielo pintado en ojos.

La conversación fue amena, algo tosca la verdad ya que no sabíamos, ni él ni yo, como empezar a charlar. Alcanzaba a sentir como, cada tanto, suspiraba viendo el techo de metal y entrelazando sus manos y soplando en medio de ellas para tratar de mantener su calor.

—Soy Santiago —me extendió la mano con una sonrisa que me había dejado bobo.

—Hola soy Natanael, seré quien te acompañe hasta tu estación —sonreí de igual manera, dejando mí libro para estrechar su mano.

  La calidez que poseía era indescriptible. Podría asemejarse a la taza de chocolate caliente que me habia hecho antes de empezar el trabajo. Tenía la sensación de que era muy reconfortante. En tanto la suavidad de su mano era como tocar la bufanda de seda de mí amiga Daiana cuando venía en el día, una nube era áspera a comparación de su piel. Sus azulados ojos se apartaron luego de que deshiciera aquel gesto, me quedé extrañado ante esa reacción. Por lo general siempre mantienen el contacto visual hasta que me devuelvo a mí libro o me cuentan un tema para comenzar con mí trabajo. Pero no toda la gente es igual entre sí, por lo que podría reaccionar de otra manera hacia mi.

  El tren que trasnocha seguía su rumbo, el cual no tengo idea. A veces toma una ruta, a veces otra, pero siempre llega a tiempo.

—Bien, me tengo que ir —dijo al cabo de unas horas de charla fugaz, agarrando su paraguas y colgando su mochila a los hombros—. Es un gusto conocerte Natanael.

  Cerré mí libro, acomodando mí camperón y mí gorro gris. Observando aquella mirada, haciendo que la tierra y el cielo se tocasen a la distancia.

  Me tendió la mano y recibí el gesto, afirmando el apretón.
Pude ver el camino de gotas de agua de sus botas comenzar y acabar en la puerta de salida, dónde, de nueva cuenta, se volteó a verme y sonrió.

  Sin dudas ésta fue una noche… Rara. Rara pero distinta a cualquier otra. En todo mi recorrido no podia dejar de sorprenderme ante aquellos zafiros.