Chapter Text
Well, you can hide a lot about yourself but, honey, what are you gonna do?
And you can sleep in a coffin, but the past ain't through with you
'Cause we are all a bunch of liars, tell me, baby, who do you wanna be?
And we are all about to sell it, 'cause it's Tragic with a capital T
Let it be, let it be, let it be
– Bueno, puedes esconder mucho de ti mismo, pero cariño, no lograrás mantener nada de ello en la oscuridad sin que yo lo intuya. ¿Qué vas a hacer?
Mikey procura ignorar esos insistentes ojos vendes que escanean su rostro en busca del mínimo indicio capaz de saciar su curiosidad. Es consciente de que el hambre de conocimiento tras esas palabras es ilimitada, voraz… como la de un perro incapaz de dejar de comer cuando su estómago está a punto de reventar. Desde su posición, en cambio, el amo sabe bien lo que le conviene a su leal perro. La información de la que le ha provisto es suficiente como para que quede saciado por unas horas.
– Tan solo has de demostrarme tu fidelidad una vez más y seguir mis órdenes al pie de la letra, Haru.
Le devuelve una mirada forjada en frío hierro. Hasta ahora Sanzu lo ha hecho muy bien. Cumple las tareas que le ha impuesto y, desde luego, no es fácil organizar la forma de viajar a otro país con discreción y una pistola en el cinturón. Él supo encontrar los individuos adecuados a los que coaccionar. Dinero, secretos, favores, miedo… Sanzu Haruchiyo es un lúcido maestro en el manejo de todas sus armas en favor de los deseos de su amo. Debería seguir así, acometiendo eficazmente las sencillas órdenes que conducen al propósito del plan que solo Mikey conoce.
– Puedes pedirme que te ayude a huir tan lejos como desees. Puedes hacerte pasar por muerto para intentar escapar de sus garras y puedes dormir en un ataúd, pero el pasado no ha terminado contigo.
“Exacto”, reflexiona Mikey en completo silencio “. Así será hasta que yo acabe con él de una vez por todas”. Su mirada se desliza inconscientemente hacia el sobre que descansa encima la mesa y se pierde en el recuerdo de lo que éste contiene. Los rostros y sonrisas que casi consiguen hacerle sentir algo. Casi.
– ¿Por qué no me lo cuentas todo?
La visión de un Sanzu rebosante de anhelo por urdir una trama que satisfaga a su rey es un regalo para Mikey. Puede imaginar cuánto desearía cooperar en su acto final, en su más sonado jaque mate, aunque, en realidad, desconoce hasta qué nivel le llega el fango. Ese pobre perro ya está sumergido por completo en la conspiración de su rey. Y no saldrá vivo de ella.
– Ni yo ni nadie en ToMan te revelará todos sus secretos, porque somos todos un puñado de mentirosos – Mikey se aproxima a su súbdito sin romper el contacto visual. Ambos permanecen en pie en la zona de estar de una suite de hotel con menos estrellas de las que podrían permitirse –. Nos hacemos pasar por mártires, por locos, por fieles lacayos – aferrándose con fuerza al cuello de la camisa de Sanzu, primero tira de él. Así fuerza a sus rostros a gravitar próximos el uno del otro durante unos segundos, demasiado cerca y, al mismo tiempo, no lo suficiente – … o por amantes – susurra. Justo después empuja a Sanzu hasta que al más alto no le queda otra que caer sobre uno de esos mullidos sofás que decoran la sala. Al fin lo tiene donde quería: bajo sus manos, bajo su mirada y, una vez puede sostenerse con las rodillas sobre el sofá, lo tiene entre sus piernas –. Dime, chico, ¿Quién quieres ser tú?
Las cicatrices a ambos lados de sus labios se arrugan sobre la sonrisa. En ese país desconocido, fuera de casa y lejos de quienes tiene atados a sus venas por la sangre que las recorre, se encuentra al fin donde pertenece. Justo debajo de Él.
– Siempre seré lo que tú desees de mí, mi Rey. Si después de haber sufrido el más absurdo de los destinos, de haber perdido a tus seres queridos y con ellos a parte de ti mismo, quieres que yo sea el sustituto de tu amante muerto, eso seré – desliza su mano en sentido ascendente por el muslo de Mikey invitándole a acercarse unos centímetros más –. Y no creas que ignoro las manchas rojas en tus manos. Considero que aportan un hermoso toque de color a este mundo en tonos grises. Las veo y las reconozco, porque son idénticas a las mías.
Mikey puede ver su propia vida reflejada en los verdes ojos que enfrenta. Esos ojos que siempre han acechado entre las sombras para presenciar cada pico y cada profundo valle de su existencia. Alentados por su morboso apetito por saber más. Bendecidos con la paciencia justa para encontrar el momento exacto en el que aproximarse.
– Adoro la preciosa historia que me has relatado, Haru, y estamos a punto de venderla a Hollywood, porque es Trágica con T mayúscula. Imagina a cuantas personas harás llorar.
Una leve y amarga risa sisea en boca de Sanzu al tiempo que aparta la mirada. A Mikey le gusta jugar, algo que no suele importunar a Sanzu. Por desgracia, llegados a este punto, la falta de control está poniendo en serio riesgo la conformidad del súbdito.
– No cambies de tema, cariño. Dime de una vez por todas qué vamos a hacer aquí.
– No hay prisa, Haru – las mortíferas manos que hasta ahora descansaban en el pecho de Sanzu, se mueven en direcciones opuestas. La izquierda desciende lentamente por su torso, mientras que la derecha sube para acariciar su esbelto cuello, hasta su mandíbula –. Te daré las instrucciones más adelante. Ahora, déjalo estar – Mikey se aproxima y deja caer un beso sobre uno de los diamantes – … déjalo estar – y continúa depositando besos cuello abajo.
– Ah, de acuerdo. Lo dejaré estar por el momento.
...
'Cause we all wanna party when the funeral ends, Ba ba ba, ba ba ba
And we all get together when we bury our friends, Ba ba ba, ba ba ba
It's been eight bitter years since I've been seeing your face, Ba ba ba, ba ba ba
And you're walking away. And I will die in this place
“Me viene a la memoria el primero de los funerales al que asistimos todos. Fue ocho años después de que nos viéramos por última vez, ¿recuerdas? El retrato de aquel prometedor joven sobre el altar cristiano. La luz caleidoscópica a través de las vidrieras. El féretro cerrado. Los centenares de flores incapaces de encubrir aquel olor a quemado. ¿O es que ese aroma había arraigado tan solo en mi nariz?
Me pregunto si Hakkai pudo ver su deseo hecho realidad: reunirse con todos sus amigos por última vez. Allí estábamos casi todos, de pie entre bancos de madera, en respetuoso silencio. Observé las lágrimas en los ojos de Mitsuya, el duelo en los de Chifuyu, el temor en los de Ken-chin.
La incómoda reacción de los familiares del pequeño Shiba fue incluso más entretenida. Sutiles vistazos de soslayo repudiaban en silencio nuestra presencia, prácticamente como si conocieran los hechos que habían llevado a su familiar hasta aquel eterno sueño. Absurdo, ¿verdad? Con lo bien que se le da a Kisaki encubrir este tipo de cosas…
Y entonces llegó la última pieza del rompecabezas: Tú, Takemicchy. ¿O debería decir, el Takemichi que no es mi Takemicchy? Pero era tu rostro el que me devolvía la mirada después de tanto tiempo y sentí algo moverse en mi pecho. Un latido de mi apático corazón consumido por la oscuridad.
Titubeaste nada más entrar en la iglesia. Tu lenguaje corporal delataba tu temor y fui consciente de que estabas a punto de darte la vuelta y marcharte en aquel mismo instante. Por eso desvié mi atención hacia el féretro, para recordarte por qué estabas allí. Para que te quedases al menos un minuto más. Funcionó.
No sabría describir muy bien qué es lo que siento en esas esporádicas ocasiones en las que advierto tu presencia desde que te marchaste. Aquella mañana me invadió una extraña calma al teneros a todos a mi alrededor, como si reviviera una escena hogareña, conocida y cálida. Por otro lado, tampoco era lo mismo que una vez fue. Te pasaba algo. Nos faltaba algo.
Ken-chin enfatizó su presencia a mi lado irguiendo su robusto cuerpo. Mitsuya había dejado de llorar. Seguro que captaste todas nuestras miradas sobre tu nuca mientras rendías tus respetos al difunto. Tus manos temblaban violentamente al preparar tu ofrenda de incienso, así que no me sobresaltó el estrépito que montaste al derramar el incensario desde la mesa hasta el suelo de mármol. La brillante pieza de metal rebotó escalones abajo lanzando su contenido al aire, esparciendo gris por el blanco suelo... cenizas a las cenizas… qué irónico.
Varios religiosos y familiares acudieron en tu ayuda y tú solo podías decir “Lo siento, lo siento”, una y otra vez. Recuerdo haber pensado: ¿Quién es ese tío y donde demonios se ha metido mi Takemicchy?
Así pues, terminaste de presentar tu saludo protocolario, capté tu último vistazo en nuestra dirección y te marchaste tal y como habías llegado, caminando con la cabeza gacha. De nuevo, en aquel luminoso lugar solo quedó la competa y fría oscuridad. Podía haber muerto allí mismo y no me habría importado lo más mínimo.”
