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My mouth (and the ghost of your lips)
El día de Izuku estaba siendo agotador. Su turno rondando por la zona alrededor de la agencia fue particularmente tranquilo a inicios de la tarde. Las calles eran tranquilas, la gente se acercaba con una sonrisa emocionada y agradecida. Tal vez aparecía un ladrón mediocre que no la contaría a los segundos. Nada sobresaliente. Lo prefería cuando tenía un alumno de haciendo la pasantía con él.
Y fue nostálgico, de verdad. Encontrarse en la posición en la cual era su turno enseñar a estudiantes de la nueva generación de héroes, siendo que estuvo en su lugar un par de veces.
“¿Cómo te encuentras?” Ochako le tendió un café expresso de la máquina del hospital.
Izuku le sonrió suavemente desde su posición, golpeando su rodilla con impaciencia. Su traje estaba rasgado y sucio, y se sentía asqueroso con la humedad del sudor. Estaba un poco desesperado por una ducha caliente.
Agradeció el café. “Mucho mejor.”
No mentía, no tenía heridas graves. El villano no fue difícil de apresar, él sólo se desconcertó al principio de la batalla. La patrulla tranquila en la que estaba conociendo a Mikaela, el estudiante con una peculiaridad de atracción de explosivos con un funcionamiento complejo e interesante, se tornó borrosa demasiado rápido y no esperaba la impulsividad del otro al abalanzarse al villano.
“Él va a estar bien, ¿lo sabes?” Suministró con tranquilidad, sorbiendo la amargura de su bebida.
Mikaela sólo sufría de una leve contusión y heridas superficiales menores. Ahora se encontraba de regreso unos días en la UA.
“Lo sé.” Asintió con la cabeza, un poco demasiado fuerte. “Simplemente… no debería de haber estado tan desprevenido como estaba. Es decir, vivo con Kacchan, debería de estar acostumbrado a la impulsividad ajena.”
A su lado, Ochako se rió.
“Bueno, sí.” Admitió burlona, el cariño filtrándose en su voz. Su sonrisa no llegó a sus ojos.
“Se va a reír de mí…” Suspiró con derrota, empujando sus rizos sudorosos hacia atrás. “Y oh, me matará después.”
Izuku sabía que lo haría. Esa misma mañana recibió una advertencia suya e insultos varios sobre cuán torpe era y su facilidad para joder hasta el día más ameno. Tenía razón, sin embargo. Pero realmente esperaba que después de un par de gritos insultantes, lo recibiese con un abrazo de respiración cálida y un beso furioso que prometería que lo mimaría a su manera.
A la manera de Kacchan. Su favorita.
“Por supuesto.” Siguió bromeando la heroína, otra risa escapándose de su boca. Colocó una mano en el hombro de Izuku, apretándolo con cierta aprensión en su rostro. “Deberías de ir a casa a descansar, Izu.”
Él coincidió, agotado. Relamió sus labios agrietados.
“Voy a.” Contestó en un murmuro rápido. “Tú también, ‘Chaco. ¿Te veo mañana?”
Apenas había dado un sorbo al café que se enfriaba rápidamente. No le dio un doble vistazo antes de dejarlo caer en el contenedor. Incluso si odia ser tan despreocupado, había un peso emocional apoyado en su espalda que no quería cargar más tiempo por hoy.
Un descanso de un par de horas lo dejaría como nuevo. Volvería a estar activo, ansioso por nuevas patrullas y preparado para salvar a personas en necesidad.
“Claro. Voy a esperar a Iida y nos iremos.” Ella asintió desde la rígida silla de plástico de la sala de descanso. “Nos vemos mañana. ¡Asegúrate de descansar!”
Le lanzó un pulgar hacia arriba con una sonrisa renovada antes de irse.
Podría coger el transporte público, porque no tenía vehículo propio. Pero todavía estaba en su traje, repugnantemente sucio y con sangre seca por algunas zonas, y lo último que Izuku quería era incomodar a los transeúntes. La vía rápida era, en realidad, utilizar OFA, así que lo hizo. Los edificios eran altos, y las luces en la oscuridad de la noche en esas horas resplandecían con velocidad a su alrededor mientras corría y se impulsaba. Fue refrescante en cierto modo tener el aire frío congelando un poco sus mejillas coloradas, el sonido animado de la gente aún fuera y los transportes públicos abarrotados. El verano ya había pasado en un pestañeo, y la rasca del invierno que se avecina comenzaba a estar presente.
Lo que significaba té caliente en sus días de descanso con Kacchan, almuerzos cálidos y citas en casa rodeados entre mantas y sus maratones usuales de las películas de All Might. Inevitablemente sonrió, sus pómulos tirantes por las costras de sangre acumuladas.
Para su suerte del día, el hospital no estaba lejos del complejo de apartamentos privado en el que vivía. Se detuvo en la entrada, sacando su tarjeta de identificación hacia el portero, Suyen, que lo saludó con una mueca apreciativa ante su estado.
“Hoy has tenido movimiento, Deku.” Silba abriendo la puerta magnética.
Izuku se encogió de hombros, esbozando una sonrisa un poco superficial en agradecimiento.
“Lo suficiente, señor.”
“¡Entonces cena bien para ganar fuerzas!”
“Sí, creo que hoy tendré una buena cena.” Dijo adentrándose. Lo despidió con la mano. “Buenas noches, señor Suyen.”
No percibió la mirada extrañada del hombre que se dirigía a volver a cerrar la puerta, demasiado ocupado recorriendo la zona para entrar lo antes posible al edificio. Arrastraba un poco los pies mientras lo hacía, un peso incómodo asentado en la boca de su estómago cuando llegó al apartamento y abría la puerta.
No entendía bien por qué. Asumió que hoy particularmente no estaba en su mejor forma.
Lo recibió un olor humeante que reconoció rápidamente como katsudon. La luz de la cocina estaba encendida, se podía vislumbrar desde su lugar en la entrada. Izuku suspiró cálidamente, parpadeando con ojos brillantes mientras escuchaba pisadas familiares.
No descuida la fotografía colocada en la entrada de Kacchan y él en su infancia.
“¡Kacchan!” Exclamó quitándose los zapatos y dejándolos a un lado, sus piernas corriendo hacia la cocina con entusiasmo. Iba a ser asesinado por ser descuidado, desordenado, por no ducharse antes de ir hacia él y abrazarlo, por no haberle escrito en todo el día y seguramente un millón de cosas más que el otro héroe encontraría para reprocharle. Pero Izuku estaba contento, porque era su momento favorito del día cuando no peleaba a su lado contra villanos en las rondas juntos, o las misiones fuera de Japón que compartían.
Sus períodos a solas, sin nadie más. Los domésticos, los simples. Eran suyos.
Bakugo estaba de espaldas a él, sus manos envueltas en agua tras lavar un conjunto de palillos sospechosamente similar al que Izuku le había regalado los primeros meses que empezaron a vivir juntos. Lo vio colocarlos con cuidado, y él sólo lo abrazó por la espalda a sabiendas que recibiría quejas mordaces. Incluso llevaba la ancha camiseta roja de Izuku que tanto empeño tenía por utilizar, fingiendo demencia y asegurando que le pertenecía. Le quedaba ancha, un poco dulce a ojos de Izuku.
En la encimera cercana, percibió dos tazones con katsudon. Uno de ellos se veía picante.
“¡Mierda Deku!” Gritó Bakugo, sin mordedura real. Lo empujó sin fuerza, y gruñó. “¿¡Estás jodidamente sucio!? ¡No me toques!”
Pero Izuku lo ignoró durante unos segundos. Había enterrado la cara en la curva pálida y expuesta de la piel suave del héroe, sus labios presionados en pequeños besos esparcidos. Bakugo olía a ese perfume fuerte y almizclado que solía usar entrelazado con el olor natural de la glicerina. Podía percibir las especias del katsudon impregnadas tras haberlo cocinado. Había estado cansado, y ahora su sangre corría fuertemente, emocionada.
Supuso que esto era la felicidad, ¿no? Sentirse cómodo y satisfecho en los detalles más pequeños junto a la persona que amas.
Kacchan. Kacchan. Kacchan.
Inhaló suavemente. Una sonrisa vibrando. “Lo siento, Kacchan.” Dijo. Ambos sabían que no era cierto, pero estaban dispuestos a fingir que lo era. Bakugo había girado su cuello para mirar a Izuku, sus ojos rojos extrañamente tranquilos a pesar de su expresión furiosa. “Hoy hiciste mi comida favorita.”
Bakugo resopló. “No para ti, es todo para mí.”
Era divertido que lo negase cuando eran dos tazones y cuatro palillos perfectamente colocados a un lado de cada uno de ellos. Pero estaba bien. Era su dinámica, Izuku lo sabía mejor.
“Mmh, Kacchan.” Su sonrisa se ensanchó, pestañeando perezosamente hacia los orbes ardientes que recorrían cada una de sus facciones. Buscando heridas, buscando algo fuera de lugar que no le gustaría ver.
“Ve a la ducha, estúpido Deku.”
Izuku estaba dispuesto a negarse, pero tenía que hacerlo. No podía seguir tan repugnantemente sucio para cenar, y menos si quería abrazar un poco más al otro. De vez en cuando tenía que hacer sacrificios. Lo hizo suspirar insondable, un poco molesto. La mano de Bakugo se había deslizado por su nuca rapada, acariciándolo con un cariño que parecía impropio de él y de la mueca hastiada permanente en su boca. Hizo que Izuku quisiera acurrucarse contra él más profundamente, seducido y envuelto.
“Deku.” Gruñó tensándose. “Báñate. Ahora.”
Por supuesto, la furia de Bakugo estalló porque fue empujado lejos y volvió a gritar que se largara y dejase de actuar como un idiota maloliente. Y obedeció con una mueca decaída, a la espera de inspirar lástima mientras iba directamente al baño.
“¿Acompáñame?” Ofreció en voz baja de pie en la puerta.
Fue ahí cuando comenzó a notar los músculos pesados. El villano no fue difícil de vencer, tenía una peculiaridad similar a la de Pinky pero sin la enorme habilidad e ingenio de la heroína. Lo que fue complicado fue mantener seguros a las personas de la zona y a Mikaela. No hubo heridos graves y la víctima de intento de homicidio y robo fue rescatada con éxito. Izuku simplemente comenzaba a pensar que no era su mejor día y su cuerpo tenía ese conocimiento.
Bakugo refunfuñó, quedándose en silencio mientras colocaba los tazones calientes en la mesa de la amplia habitación. Lo siguió hasta el baño, un acuerdo tácito y mutuo de que Izuku necesitaba este momento con él. Se conocían, y no necesitaron palabras cuando Izuku se desnudó con cuidado mientras dejaba que la bañera se llenase con agua caliente y se acomodó dentro en un suspiro satisfactorio. Bakugo se sentó en el filo a un lado, y alcanzó con dedos rápidos el champú de vainilla que el héroe de pelo escabroso y rizado usaba.
Izuku observaba con atención los movimientos, envuelto en la manera en la cual la piel de Bakugo era tersa y sus dedos largos, sin rastros de heridas recientes. Asumió que su día fue una patrulla tranquila, y se acurrucó un poco más sobre sí mismo cuando esos mismos dedos comenzaron a frotarse en su pelo.
“Lo siento por no haberte enviado un mensaje en todo el día.”
“¿Por qué mierda te disculpas, Deku?”
“Siempre solemos hablar por mensajes cuando no coincidimos.” Tanteó. Su mano cubierta de cicatrices chapoteó en el agua. “Si estuviese en tu lugar, me hubiese gustado saber sobre el ataque que hubo.”
Los dedos de Bakugo se desplazaban con habilidad alrededor del casco de Izuku, asegurándose de que los rizos recogieran bien el champú. Durante unos segundos, permaneció en silencio, su mirada concentrada y seria.
“Está bien, imbécil. Somos héroes. Sé que no te vas a morir, no voy a enfadarme porque hoy no has podido responder a mis mensajes.”
Izuku sonrió contra su brazo, sus párpados cerrándose. El corazón encerrado en su pecho revoloteó animado y confortado.
“Gracias, Kacchan.” Murmuró. “¿Tú estás bien?”
“Joder.” Se burló tirando un poco fuerte de uno de los rizos de Izuku. Fue recibido con una queja, pero no se apartó. “Obviamente. Papeleo y una patrulla aburrida con el pelo mierda.”
“¡Oh! Hace semanas que no patrullo con Kirishima. Es una pena.”
“¿Ah? ¿Y por qué querrías?”
“Bueno, quiero decir…” Balbuceó un poco. Sus ojos verdes abiertos para apartar un poco de espuma que goteaba. “Siempre es divertido.”
“¡Deku!” Gruñó amenazante, frotando con brusquedad. “¿Estás diciendo que nuestras patrullas no son divertidas?”
El estómago de Izuku se apretó en una risa limpia. Bakugo no era realmente del tipo celoso, sólo competitivo. Encontraría cualquier cosa para competir y vencer a Izuku o ganar a Izuku. Fue entrañable, de verdad. Cómo algunos aspectos de la personalidad que solía llevar consigo mismo en la infancia y adolescencia seguían presentes en ocasiones. Reducidos y con un temple maduro, desde luego, pero aún ahí.
A Izuku le gustaba mucho.
“Kacchan, cuando patrullamos juntos siempre acabamos en un callejón besándonos, no es divertido tener bolas azules cada vez.” Reprochó avergonzado.
Fue recibido por una risa vibrante, retumbando suavemente en su pecho. Izuku se sintió cálido, encantado en cada momento. Finalmente Bakugo terminó, y encendió el agua para enjuagar. Su risa aún seguía, divertido consigo mismo en su propio chiste personal.
“Eso es lo divertido.”
“¿Tener bolas azules es divertido?”
“¿No follamos esa misma noche cuando sucede o de qué jodida mierda te quejas?”
“¡Bueno, sí! ¡Pero no es divertido fingir que no me duele el pene mientras sonrío a la gente en la calle después, Kacchan!”
Bakugo esbozó su característica sonrisa de come mierda, echándole agua en la cara a Izuku. “No, definitivamente esa es la parte divertida.”
Tenían una dinámica. Sabían lo que el otro necesitaba con sólo observarse, y se ajustaban para pertenecer cada vez. Ambos siguieron hablando en voz baja, bromeando en una intimidad que se dejaban para ellos. Para cuando Izuku estuvo limpio, Bakugo secó sus manos en la toalla cercana que se encontraba colgada arriba de la bañera y se movió sin necesidad de indicarle que se secara rápido para cenar juntos. Estaba seguro que el katsudon se había enfriado levemente, pero Bakugo no se quejó ni una sola vez.
E Izuku no sabía cómo manejar el amor que temblaba como un gran tambor contra la caja torácica que lo aprisionaba.
Antes de salir, Izuku llamó su atención nuevamente. “¿Kacchan?”
El otro giró el cuello, las esquinas de sus ojos extrañamente suaves mientras escuchaba las palabras de Izuku. Había una diminuta luz en ellos, como si fuese a la vez todo y lo último que deseaba escuchar en la vida antes de irse.
“Te amo.”
Te he amado desde que tenía cuatro, quiso decir.
Lo guardó para sí mismo.
Bakugo se veía orgulloso desde donde se encontraba. Espalda recta, hombros cuadrados y labios apretados en una sonrisa legítima que le decía que lo sabía. Y que esperaba que Izuku supiese que él también lo amaba.
Porque lo ha hecho toda la vida.
Después de su pequeño momento, cenaron juntos. Al final el katsudon no estaba tan frío, lo que hizo suspirar con alivio a Bakugo mientras que provocaba una risa en el héroe rizado, quien le agradeció por la comida. No conocía a nadie que tuviese cualidades culinarias mejores que las de Bakugo, y se sentía como un orgullo poder comer lo que cocinaba casi todos los días. Para cuando terminaron, Izuku lavó los cubiertos, convenciendo con grandes ojos verdes al otro hombre para acomodarse en el salón y ver la película favorita de All Might que compartían.
Tenían trabajo al día siguiente. Muy temprano, en realidad. Pero Izuku se sentía caprichoso esa noche, y Bakugo muy dispuesto a cumplir sus deseos. Lo aprovechó lo mejor que sabía, ligeramente emocionado por los resultados.
“Es tu película favorita también.” Empujó con su hombro al héroe rubio, sentándose en el amplio sofá de cuero que Mitsuki, la madre de Bakugo, había escogido especialmente con ellos cuando se mudaron. “No lo niegues, Kacchan.”
Fue recibido con un chasquido no realmente molesto y lo empujó al sillón. Sus cejas estaban fruncidas cuando se dejó caer a su lado y se cruzó de brazos con enfado que ni siquiera sentía, para empezar. Porque era un poco dramático, disfrutaba de negar y luego hacer lo contrario.
“Cállate.” Contestó. Esperó a que Izuku navegase por la página de la televisión para iniciar la película. HBO tildó en la pantalla al principio.
“No, admítelo.”
“Me niego, idiota.”
“Entonces no pondré la película.”
Eso lo exaltó.
Bakugo gritó indignado. “¡Dame el maldito control remoto!”
Izuku se estiró, su brazo derecho alzado hacia arriba con una mueca burlona. No se movió de su posición.
“No, Kacchan.”
Entonces el desafío centelleó en los ojos rojizos que Izuku tanto anhelaba desde que supo cuánto le gustaban. Se abalanzó con grandes reflejos, colocando toda la fuerza en su torso para aprisionar a Izuku contra el respaldo de cuero y alcanzarlo. Sin embargo, no fue tan fácil, porque tenían la misma fuerza. Bakugo se quejó en voz baja cuando fue él quien se encontró aprisionado pecho con pecho, la sonrisa burlona de Izuku a la altura de su mirada fija. El control remoto seguía sujeto en el aire, y aprovechó para reducir un poco más la distancia de ambos.
Bakugo tenía el aliento caliente. Sus orejas se sonrojaban con facilidad, un rubor poco común coloreando sus pómulos altos y afilados, tan bonitos como él lo era al completo. Hipnotizó a Izuku desde su posición de control cuando se relamió un poco el labio superior en un jadeo rápido.
Quería besarlo. Izuku quería besarlo tanto. Hasta no sentir sus labios, no sentir el amor que amenaza con dejarlo sin nada más que la asfixia cálida.
Así que lo hizo.
Sus labios chocaron furiosamente. Como si llevaran todo el tiempo esperándolo. Dientes rozándose de manera desordenada entre bocas duras y un gemido estrangulado que enriqueció a Izuku de arriba abajo, abrasando su estómago por completo.
Su lengua acarició impacientemente los dientes superiores de Bakugo, reuniéndose a mitad de camino con la suya con emoción.
La mano que tenía libre la utilizó para acariciar la clavícula expuesta por la camisa holgada, sus dedos moviéndose lentos hacia la vena sobresaliente del cuello ajeno. La mandíbula de Bakugo se tensó en respuesta.
Izuku sabía cuánto le gustaba que lo controlasen desde el cuello. Cuando sus dedos rugosos con cicatrices dolorosas de vislumbrar rodearon la curvatura del cuello, volvió a gemir.
Jadeó contra su boca, húmedo. “Izuku…”
Lo emocionó y calentó en una décima de segundo, su corazón latiendo constante. Porque era Izuku ahora, y amaba cuando lo abrazaba de esa forma.
“Kacchan.” Casi gimió. Las pupilas dilatadas, distraído.
Eso fue suficiente para Bakugo, aparentemente. Porque a Izuku, ansioso, no le importó cuando le arrebataron el control remoto cuando perdió la fuerza en su brazo. Lo hizo cuando se rieron maliciosamente contra su boca, y lo empujaron fuera de sí.
“¡Mierda, bastardo pervertido!” Se carcajeó. Sin embargo, también estaba un poco febril. “Vamos a ver la puta película, tú lo pediste.”
Izuku se quedó mortalmente quieto, jadeando superficialmente mientras parpadeaba sin comprender por qué se habían detenido en la situación y momento ideales. Y no era justo, de verdad, que él tuviese el sobrenombre del mayor fanático de All Might, cuando ha sido Kacchan quien detuvo un posible buen sexo para poner su película de héroes.
“Te odio por ser tan bonito, Kacchan.” Se quejó frunciendo la boca. No estaba molesto. No realmente. Así que deslizó sus piernas entre las del otro, pegándose a sus cercanías de nuevo.
Se perdió totalmente el rubor que floreció en las mejillas de Bakugo. Se burló en respuesta, dando play. “Lo que tú digas, nerd.”
En algún punto, en una de las escenas de la batalla final de All Might contra el villano con el quirk de control que los mantuvo a ambos atentos como si no supiesen exactamente lo que ocurría de antemano, Izuku se movió para jugar con el pelo lacio y poco puntiagudo de la nuca de Bakugo. Se ganó un suspiro de satisfacción, lo que lo hizo sonreír unos segundos. Deshizo una de las trenzas que solía hacerse como parte de su traje de héroe, esas que tanto le gustaban a Izuku, para volver hacer otra desde cero.
Fue este momento en específico. La domesticidad, la simplicidad y comodidad de ambos viendo su película favorita en el apartamento que compartían, comiendo juntos, cuidándose mutuamente y besándose. Ellos sólo… queriéndose de una manera en la que no sabía, años atrás, que podrían llegar a quererse. Para Izuku, esta es la vida que siempre quiso inconscientemente después de ganar la guerra contra AFO y Shigaraki, una luz que prometía todo lo bueno por lo que lucharon con sangre y carne.
Se dio cuenta que Bakugo tenía grandes partes de su corazón. Guardadas para siempre que no volverían a ser suyas en lo absoluto.
Desvió la mirada de la pantalla unos segundos, abordado por las emociones. Desde su posición, Bakugo se veía concentrado. Había crecido tanto desde que estaban en UA que a veces olvidaba que éste era el hombre en el que se convirtió. Y estaba a su lado.
Se inclinó, sin resistencia, para dejarle un beso aterciopelado en la mandíbula. El otro no lo miró, pero vio las líneas de sus ojos suavizándose.
“Oye, Izuku.”
Había algo triste, afilado e imperturbable en un rumbo inquietante, en el tono ronco y bajo de su voz.
Siguió tejiendo la pequeña trenza después del beso, satisfecho con el resultado. "¿Sí?”
“Lo siento.”
Izuku se detuvo instantáneamente, la confusión filtrándose en su expresión. Volvió a observar a Bakugo, impasible y todavía con los ojos congelados en la batalla que se reproducía. Esbozó una sonrisa tímida, desordenado en lo que ocurría.
¿Por qué se disculpaba?
Fue como si el ambiente alrededor de ellos se transformase radicalmente. Se enfrió, un poco helado e inquietante. Bakugo lo miró por primera vez, y la tristeza que Izuku había sentido en su voz se podía ver en las profundidades del rojo.
Lo repitió. Lo hizo como si fuese todo lo que debía de entender. “Lo siento.”
Izuku no tuvo tiempo para preocuparse. No lo tuvo, porque Kacchan se esfumó de su lado en el sillón. La televisión dejó de sonar, y el salón en el que había estado no estaba. Fue como si el aire fuese arrebatado de sus pulmones, un dolor asfixiante y desconcertante aprisionando sus costillas y retorciendo su estómago desde la boca hasta el final. Como si parpadeara por primera vez de verdad en un largo tiempo.
Reconoció a sus propios dedos. Ya no estaban enlazados al suave y fino pelo de Bakugo. Sus labios estaban fríos, resecos y agrietados, como si no lo hubiesen besado segundos atrás. No estaba cálido, reconfortado, ni con el estómago lleno y la suciedad fuera. Estaba como entró al apartamento.
Nunca avanzó.
No estuvo en la cocina, ni el baño ni el salón. No fue cuidado por Bakugo, acariciado con cariño en un te amo murmurado con torpeza, en una rutina de una vida que protegían. Había estado todo el tiempo arrodillado en la entrada después de haber cerrado la puerta, paralizado, ensimismado y perdido en la angustia de su propia cabeza.
Su cuerpo era pesado, sacudiéndose en espasmos esporádicos. Sus ojos ardían.
Vislumbraba la fotografía de la entrada. Kacchan y él a los cuatro años, con sus estampas doradas y brillantes de All Might, sonriendo juntos en una promesa que dijeron en voz alta. En algún punto, había comenzado a llorar. No sabía cuánto tiempo había estado llorando. Quieto de manera espeluznante e incapaz de dejar de mirar la sonrisa infantil y orgullosa de Kacchan en la imagen. Lo primero que pensó, aturdido, es que se estaba aferrando de nuevo.
Aferrándose a los muertos, eso es.
A la vida que podría estar teniendo con él si hubiese llegado lo suficientemente pronto en la guerra contra AFO. Si hubiese alcanzado a salvarlo de la destrucción a los dieciséis.
Si tan sólo el corazón de Bakugo no hubiese sido perforado, despidiéndose sin una palabra. No tendría que haber asistido a su funeral semana después, ni haber sido él quien era consolado por Mitsuki y Masaru. Quienes habían perdido a su único hijo. Quienes, a su vez, entendían.
Realmente lo hicieron. Compasivos de una forma que Izuku no aceptaba.
Y han pasado siete años.
Izuku a veces olvida
Imagina y finge, incapaz de diferenciar los trazos de lo que es real y lo que no, porque el dolor supera a su espíritu y cabeza en momentos particularmente malos. Así que lo hace, porque lo extraña y sabe que no puede recuperar los pedazos que él se llevó.
Reconoce que sólo el amor puede doler así.
“Mierda…” Su voz se rompe, quebrándose en la pronunciación ronca y desgastada. Se ríe en un sollozo que no pudo tragar. Luchó por levantarse incluso cuando sus rodillas dolían. “Hoy es uno de esos días, ¿cierto, Kacchan?”
En los días que Izuku olvida que Kacchan está realmente muerto, es un poco más feliz.
