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Estaba segura de que Cupido había resucitado en Ginny. El problema radicaba en que su alma no era compatible con su cuerpo y mente y es por eso por lo que la pelirroja era un desastre a la hora de lanzar flechas a las parejas. O quizás la señora Weasley la había dejado caer de cabeza cuando bebé y es por eso por lo que había quedado medio estúpida. Sí, esa era la mejor explicación. Porque si no, no se explicaba cómo es que su amiga siempre ignoraba cuando le decía que no estaba interesada en citas a ciegas.
Y esta noche era una prueba de ello. Había tenido un día difícil; trabajar en el departamento de Cooperación Mágica Internacional no era nada fácil. Mucho menos ahora que había alcanzado un alto cargo que, debía admitir, lo tenía bastante merecido. Por lo mismo, es que después de trabajar duro, lo mínimo que merecía era llegar a casa a descansar mientras su amiga le contaba algún nuevo aprieto. Porque Ginny podía fallar como Cupido, pero nunca fallaba a la hora de sumar desastres a su vida. Y esa habría sido una muy buena noche de pasar un viernes en casa; en cambio, se encontraba caminando por el Londres muggle, dejando que las horas avanzaran hasta bien avanzada la noche y poder volver a casa. Sabía que si llegaba tarde se encontraría a Ginny sola, quizás un poco enfadada con ella, pero estaría más bien preocupada. La prefería preocupada a enfadada. Después de años verla discutiendo con alguno de sus hermanos, había aprendido la lección.
Mientras avanzaba por esa calle llena de vida nocturna, decidió entrar a un bar para poder tomarse una copa de vino tranquilamente. Si bien el escenario había cambiado y no se encontraba en casa, de igual manera podía hacerlo y que el alcohol cumpliera su propósito: relajo y distracción. Al entrar al bar, decidió irse al fondo del lugar a una mesa para dos que se encontraba al lado de un gran ventanal, con una tranquila vista de mesas abarrotadas de gente charlando y riéndose en un precioso jardín.
Luego de que el mesero tomara su orden y le sirviera un cuenco con frutos secos, se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldar de la silla. El día había sido demasiado agotador, una copa de vino le vendría estupendamente; como era el último día laboral, tendría dos días de descanso en los cuales estaba decidida a pasarse en pijama entre leyendo y teniendo un romance con sus sábanas.
Cuando el mesero dejó su copa, no tardó en llevársela a sus labios para beber. El fuerte pero exquisito vino logró que se relajara visiblemente y sonriera complacida. No es que fuera alguien que bebiera seguido, pero existían días en los que realmente lo necesitaba y este era uno de ellos.
Mientras bebía, observaba a las personas que también estaban en el bar y su mirada se detuvo en un grupo que festejaba un cumpleaños. Eso le recordó al suyo de este año, uno que había celebrado solo dos semanas atrás y no pudo evitar sonrojarse recordando como su cuerpo se había encendido por aquel beso demandante mientras estaba atrapada entre la pared y él; si no fuese porque escuchó como la llamaban estaba segura que habría acabado encerrada en algún cuarto, permitiendo que las caricias y besos se hiciesen más íntimos.
Recordarlo hizo que bebiera un poco más de su vino, como si así este pudiera ayudarla a bajar el calor y mandar el recuerdo lejos de su mente, tal como había estado tratando de hacerlo desde entonces. Afortunadamente, él no había intentado buscarla después de ello; sabía que no sería capaz de decirle que lo sucedido había sido un error. Y es que cuando vas conociendo a alguien y lo que vas conociendo te va cautivando y se mete en tus pensamientos y piel, poder rechazarle resulta ser una misión imposible.
No le había contado a Ginny porque si lo hubiese hecho, quizás su amiga se habría detenido en su labor de Cupido con otros hombres, pero teniendo esa información, habría buscado cualquier excusa disponible para tenerlos en la misma habitación.
De repente, estando completamente desconectada del resto de personas en el bar, no notó que un rubio entraba al lugar y al verla sentada, sola y apartada de todos, se dirigía hacia ella con paso decidido; una vez que estuvo frente a su mesa, carraspeó así logrando llamar su atención. Al levantar la vista, Hermione sintió como si un balde de agua fría le hubiese empapado de pies a cabeza; después de dos semanas sin verlo, él estaba de pie delante de ella, vestido con un pantalón negro y una camisa de igual color que lograba, maldita sea, adecuarse tan bien a su cuerpo que se notaba un torso tonificado.
—Granger —la saludó mientras corría la silla para sentarse sin esperar una invitación.
Hermione apenas si podía salir de la sorpresa al verlo ahí, delante de ella como si nada.
—¿Qué… qué estás haciendo acá?
—Existe una conversación pendiente entre tú y yo, y digamos que mi paciencia se acabó esperando a que por fin se dé —respondió.
Si había una de las tantas cosas que podía gustarle de Draco, era que siempre iba directo al punto. No era como ella que podía enredarse con sus propias palabras cuando quería entablar una conversación relacionada a su vida personal. En esta ocasión, Draco estaba siendo muy directo con apenas unas cuantas palabras y ella solo quería escapar. Sabiendo que no podía zafarse de la situación, asintió.
—Pues… dime.
Él le hizo una seña al camarero y cuando estuvo a su lado le ordenó un whisky en las rocas; solo le tomó un minuto volver con su pedido. Con el vaso en mano, Draco estuvo jugando con el, mirándolo, quizás meditando cómo comenzar con la supuesta conversación pendiente; Hermione cada vez se ponía más nerviosa y estaba a punto de decir algo cuando él tomó el líquido de un solo trago y habló.
—No estoy arrepentido sobre lo sucedido en tu fiesta de cumpleaños, pero si tú lo estás y deseas que quede en el olvido, lo haré.
De todo lo que pudo haberle dicho, ésta era una que no esperaba. Hermione no era tonta y no es que tampoco fuera insegura, pero había conocido en persona y también por las revistas de chismes, que el tipo de mujeres con las que se le veía a Draco no se parecían en nada a ella; si bien muchas de ellas eran atractivas, eran bastante… superficiales. No se le había conocido jamás una novia, pero si muchas con las que tenía algo pasajero. Aún si fuese algo fugaz lo de ellos (siempre pensando en el caso de que esto se diera), ella no se parecía en nada a ellas por lo que su declaración la dejaba todavía más sorprendida.
—Pero si no lo estás —continuó— es mi intención continuar donde quedamos y que veamos a dónde nos lleva todo esto.
Hermione enrojeció a más no poder y miraba alrededor nerviosamente; no porque tuviera vergüenza de él, si no de la situación en sí pues en este tipo de circunstancias cuando alguien te dice todo esto, ¿cómo actúas? ¿No hay un meteorito que deba caer precisamente ahora? ¿Dónde está la desgracia del Universo en estos momentos?
Sin saber qué decir al respecto, se levantó, le dijo que iría un momento al baño y se marchó sin darle tiempo a Draco de impedírselo. Una vez en él, se miró al espejo preguntándose si todo eso estaba realmente pasando.
Draco Malfoy había estado en sus pensamientos durante mucho tiempo; lejos quedaba el bravucón de la escuela y cuando habían comenzado a trabajar en el ministerio coincidiendo en algunas reuniones, le agradaba trabajar con él pues se complementaban a la perfección. A su departamento había llegado Theodore Nott con quien después de unas semanas habían entablado una amistad lo que, sorprendentemente, la había también obligado a relacionarse ocasiones con Draco y mientras más le conocía, más le gustaba. Lo que nunca esperó fue que después de conocerse tanto tiempo, él llegara a mirarla con otros ojos.
Compartían intereses en común, muy pocos por cierto, pero siempre tenían opiniones distintas en diferentes áreas y era agradable debatir con él, por supuesto respetando la opinión del otro y era esto último lo que la había llevado a sentirse atraída hacia él: alguien que no buscaba impresionarla ni adularla como le solía pasar, sino más bien alguien que la había maravillado por su inteligencia y extensa cultura, siempre dispuesto, además, a enseñarle sobre temas en los que ella jamás había prestado atención.
Si a todo esto le agregaba que con los años Draco se había vuelto muy guapo, sobre todo cuando su pelo lo dejaba libre de gel de cabello y una leve barba de dos días… Eran esos días en los que ella corría a encerrarse al baño para refrescarse y controlarse, pues parecía una adolescente con las hormonas alborotadas pensando en llevárselo a su oficina e inspeccionar su cuerpo minuciosamente y… Hermione movió su cabeza negativamente como si así esos pensamientos fueran a salir de su cabeza.
Se miró al espejo una vez más y cuando lo hizo, decidió hacer algo sensato. Antes de salir por la puerta decidida a negarse a lo propuesto, ésta se abrió y por ella entró Draco. Al verlo, Hermione dio dos pasos hacia atrás, los mismos que él dio para acortar la distancia.
—¿Sabes? — empezó él—, eres una excelente oclumante pero a veces, fallas. Lo que juega a mi favor porque soy muy buen legeremante.
Decidido. ella necesitaba una catástrofe en la que involucrara un meteorito y que de ser posible, le cayera directamente en la cabeza.
—Eso no va a pasar, Hermione.
Draco dio dos pasos más cortando toda distancia entre ellos. La respiración de ella se hizo más rápida y su garganta se encontraba seca. Él estaba demasiado cerca y por un demonio, era uno de esos días en los que él tenía una corta barba; eso no le estaba jugando a favor y vio que Draco sonreía probablemente leyendo su mente justo en esos momentos.
Él levantó su mano y acarició su mejilla lo que provocó que Hermione buscara más contacto con su palma; el gesto hizo que Draco ampliara su sonrisa, sin amago de suficiencia alguna. Se quedaron unos minutos mirándose a los ojos y cuando decidió que no iba a rechazarle, Draco acarició sus labios, entreabriéndolos; el roce hizo gemir a Hermione y eso fue todo lo que él pudo aguantar ya que estampó sus labios contra los de ella.
Si el beso de unas semanas atrás había encendido a Hermione, este lo logró hasta lo más profundo de su ser; Draco era exigente pero cálido a la vez, provocándola, dándole leves mordiscos y haciéndola gemir aún más. Sin siquiera ser consciente, pues estaba demasiado preocupada en besarle, él la tomó en brazos para aprisionarla entre una puerta y él, tal cual hace dos semanas atrás; sin querer perder el tiempo y avanzar más de la última vez, Hermione comenzó a besar su cuello y esta vez fue el turno de Draco gemir haciéndola sonreír. Si ella iba a perder la razón por su culpa, era justo que él pasara por lo mismo. En el preciso momento en que iba a volver a sus labios, Draco se alejó para mirarla.
—Por más que desee tomarte en este preciso momento, no quiero interrupciones y este no es el lugar correcto.
Hermione miró a su alrededor y se dio cuenta donde estaban, por un breve momento había olvidado que estaban encerrados en un baño en donde en cualquier momento alguien podía entrar.
—Tienes razón —dijo apoyando su frente con la de él.
Draco sonrió alejándose unos pasos de ella, yendo a la puerta para que ambos pudieran salir y terminar con esa agonía.
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Ya era tarde y Hermione aún no llegaba; Ginny estaba preocupándose, olvidándose por completo de que estaba enojada con su amiga por no llegar a casa y conocer a Anthony. Lo había investigado más de lo normal y tenía características que Hermione admiraba en un hombre: culto, inteligente, divertido pero serio a la vez. Anthony había sido paciente durante las horas que había esperado a que su amiga llegara, pero cuando ya se hizo tarde, se retiró, pidiéndole a Ginny organizar nuevamente una cita y ella le había prometido que lo haría a la brevedad.
Miró el reloj de pulsera y marcaba cerca de la medianoche. Hermione jamás llegaba tarde a casa sin avisarle; era un acuerdo que tenían de siempre decirse si llegarían tarde o temprano para no preocupar a la otra y hoy, justo hoy, Hermione lo había olvidado. ¡Pues más le valía tener una excusa razonable si no, iba a estrangularla con sus propias manos!
De repente, escuchó el sonido de llaves en la puerta demostrando que su amiga iba a entrar. Ginny se levantó, preparada para regañarla pero todo se fue a la basura cuando su amiga entró besándose con Draco Malfoy mientras este le arrancaba el abrigo que voló por los aires y le llegó justo en su cabeza. Ninguno se dio cuenta que ella estaba en la sala esperándola, demasiado concentrados besándose como para notarla. Sin nunca dejar de besarse y siendo el turno de Hermione de arrancarle la chaqueta a Draco mientras avanzaban torpemente hasta el dormitorio de ella , entraron dejando a una estupefacta Ginny, aún con la chaqueta en su cabeza.
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