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"Esperaba poder engañar al destino"
El ambiente es húmedo. Hay un frío subyacente que se acumula bajo su piel, y lo hace suspirar por lo bajo, con sus mejillas rojas y la sangre secándose entre suciedad. El lugar es una montaña rocosa que serpentea en un río de agua verduzca. Lo envuelve un silencio inquietante que Lucerys no está seguro de apreciar.
Han pasado cuatro meses desde que la expedición a The Sorrows comenzó, y lo que solía ser un grupo de veinte caballeros se convirtió en ocho hombres hambrientos e inseguros de si deberían seguir avanzando, con la idea de desobedecer al rey cruzando sus mentes.
Sus vidas valían más que el interés bélico de un noble, ¿verdad?
Sin embargo, todos tenían honor. Menos Lucerys, a quien sólo le importa avanzar.
Sabe que están cerca. Han pasado por tanto.
Un viaje largo en barco que amenazaba con su cordura, el calor abrasador de Essos, piratas asaltantes y lo peor de todo; la hambruna y la falta de agua. Lucerys no iba a rendirse ahora. Están cerca de encontrar algo, de saber si existen.
Los Valyrios.
Bárbaros con magia maldita blandiendo grandes armas que prometen un brutal derramamiento de sangre.
Hay historias morbosas donde cuentan cómo sus cabellos blancos se tiñen de la sangre de sus enemigos, y cómo sus níveas pieles son tan afiladas como una espada. O cómo sus ojos violetas harán que tu carne se desprenda de sus huesos. Lucerys no es un Valyrio, pero sus ojos violetas originaron las mismas habladurías de gente demasiado asustadiza y prejuiciosa desde su nacimiento.
Sus labios se aprietan antes de suspirar, su pierna derecha temblando en espasmos que lo hacen tropezar de vez en cuando.
Está oscureciendo. Ha estado oscureciendo hacía horas, y eso los está desorientando. Apenas pueden distinguir bien las ruinas entre la suave niebla que las rodea a unos metros.
Hay un movimiento inusual tras ellas que hace que Lucerys se detenga en seco.
“Oye, por qué te–”
“He visto algo.”
El hombre detiene al resto, que se inclinan entre la hierba y las piedras a un lado del río para ver mejor.
El mismo movimiento se repite.
Es una sombra inquietantemente enorme que se agita tras las rocas caídas.
Ninguno de ellos dice nada. Están sin habla, confundidos y con el instinto de supervivencia chillando en sus estómagos, el temor recorriendo sus cuerpos.
No vuelven a ver la sombra, y el sonido de la montaña rocosa sigue siendo el mismo.
Uno de ellos habló y su voz tembló en el susurro. “¿Qué jodida mierda era eso?”
Lucerys no lo sabe, pero hay algo en esa sombra que grita que deberían huir, correr y no acercarse a The Sorrows nunca más.
“Luke.” El hombre pelirrojo a su lado lo sujeta por el hombro. “No estoy seguro de si deberíamos de avanzar.”
“¿Quieres que nos retiremos?” Él sisea, sus ojos violáceos ardiendo incluso con el miedo que hace que sus dedos tiemblen. Nada ha estado bien desde que llegaron hace dos semanas a estas montañas. Está cansado, exhausto más allá de la comprensión, hambriento y aunque su determinación no decae, no sabe dónde están sus límites.
“¡No! No, sólo…”
Alois frunce la nariz, y gruñe frustrado. Sus mejillas están mucho más ahuecadas que hace un mes, y Lucerys sabe que él mismo no debe de estar mucho mejor.
Uno de ellos interrumpe. “Debió de ser la niebla.”
“¿Eso? ¿Niebla?”
Lucerys lo mira fijamente y no puede recordar siquiera su nombre. Probablemente lo confunda con uno de los tantos que murieron.
Muchos han muerto. Caballeros entrenados que dieron su vida, o desfallecieron por enfermedad y deshidratación.
Asiente. “Sí, ¿qué más puede ser? El aire debió de moverla o algo así. No es posible que sea algo más.”
Ignorantes (demasiado asustados y cansados para pensar) le dan la razón e ignoran abiertamente las quejas de Alois.
Lucerys desearía haberlo apoyado un tiempo después.
Pero, ¿qué iba a saber él que las fábulas no son sólo cuentos para asustar?”
Sucede cuando se acercan un poco más a las ruinas y deciden acampar, no muy seguros de si anocheció o si simplemente el cielo en la montaña siempre es oscuro, como si estuviese maldito.
No encendieron una fogata para evitar atraer animales. O lo que sea que esconda el lugar. Ya no están tan seguros de lo que es real y lo que no lo es.
El turno de vigilancia de Lucerys todavía no comenzaba, y no se supone que comenzase hasta dentro de un tiempo más. Pero es despertado por un jadeo y un ruido desagradable que le recordó a la carne abriéndose contra el acero.
Se queda mortalmente quieto.
Hasta que Alois grita. “¡Nos atacan!”
Se levanta tan rápido como puede, su pierna apretando el hueso agarrotado de una forma que lo hizo quejarse. Maldice al maldito pirata de mierda que lo hizo sentirse como un inválido por el corte con el que lo dejó herido mes atrás.
Cuando mira en la oscuridad, sabe que hay cuatro hombres muertos. Y que quien los mató fue sólo uno.
Lucerys vislumbra un tramo de pelo blanco.
“¡Alois, tu espada!”
“¡Lo sé, joder!”
La daga de Lucerys sigue escondida en sus ropajes.
“¿¡Quién mierda es!?”
“¡Ha matado a Bran!”
“¡Tiene un hacha!”
No sabe qué está ocurriendo, y está paralizado en su lugar. La sombra sigue moviéndose con la misma furia inicial, y se escucha una risa ronca y escalofriante que corta el aire. La ve deslizándose entre las espadas de los otros dos caballeros.
Lo único que hace que Lucerys se mueva en un grito ahogado es verlo dirigirse hacia Alois con una rapidez inhumana. De alguna manera, tropieza con uno de los cuerpos, y su daga se aprieta en sus dedos.
“¡Alois!”
El hombre esquiva el movimiento lento de Lucerys, y vuelve a oír esa risa.
Un escalofrío sacude su espalda.
La espada de Alois se balancea para chocar con el hacha brillante que se cierne sobre él.
“¡Luke, aléjate! ¡Puedo con él!”
Lucerys gruñe. “¡Jódete!”
“¡Cariño, no es momento de seducirme, estoy un poco ocupado!”
En otro momento, Lucerys lo golpearía por imbécil, pero ahora sólo quiere que se calle la boca y huya de ese monstruo.
No distingue bien su rostro desde su sitio donde jadea pesadamente, la oscuridad rodeando sus facciones. Alois apenas puede sostener los movimientos violentos del hombre, y cae hacia atrás en un golpe sordo.
“¡No, no, joder!”
Lucerys se mueve por instinto, demasiado asustado de perderlo a él también, de verlo ser asesinado y no ser capaz de hacer nada.
Temeroso de ser el siguiente en ser masacrado y convertirse en un cadáver sin historia y sin principio. La bestia esquiva de nuevo el ataque desequilibrado de Lucerys, y lo sujeta con una mano por el cuello.
Se le corta la respiración. El terror baña su sangre y quiere vomitar.
¿Va a morir?
Oh, realmente morirá. Lo hará sin saber aún quién es, y decepcionará a su abuelo por haber muerto patéticamente.
El salvaje se detiene en seco.
Él no se atreve a mirarlo.
“Fiolette øyne...” 1
Lucerys parpadea, sus pestañas llenándose de lágrimas frustradas en las esquinas. Cuando mira hacia arriba en busca de la voz grotesca que habló en un idioma que desconocía, chocó contra unos orbes similares a los suyos.
Ojos violetas.
Se queda sin habla, y se siente perdido de nuevo. Porque no puede ser. No deben ser reales. Este hombre no tiene sus mismos ojos.
Y justo cuando creía que no moriría, el bárbaro balancea su hacha y él alza su puñal en un grito escalofriante.
Cruza carne y sangre, lo escucha y lo siente en su propia piel. Después, el sonido del acero clavado en el pecho de un hombre con fuerza resuena en sus oídos como una maldición.
El Valyrio sonríe eufórico, tiene un ojo mutilado que Lucerys le hizo, y es consciente, bajo la fuerza de un rugido a sus espaldas, que Alois está muerto.
Y que él es el siguiente.
