Chapter Text
Se encontraba escribiendo algunas frases bajo un árbol con sombra ligera al lado de un río, la razón por la que quiso quedarse justamente ahí es por la hermosa imagen que se formaba a la caída de las mismas aguas, destellos recurrentes gracias a que el sol se estaba escondiendo en el atardecer. El escenario era el ideal para escribir acerca de lo que escuchaba decir del viento, el elemento que siempre estuvo presente con él y que ahora se le había permitido manipular por la bendición de los dioses... aunque su mente se encontraba en otro lado esta vez.
El sol era el ideal, sus rayos dorados caían con gracia en el cabello rubio y tez de su compañero quien descansaba plácidamente junto al minino que jugaba con la hoja que sostenía con la boca, parecía tranquilo y Kazuha por su puesto, disfrutaba de la vista.
Se sentía algo extraño el pensar que ahora era bastante consciente de sus sentimientos hacia su amigo, hace unos meses no entendía el por qué estaba tan empeñado en buscar su atención con su técnica en la espada o con sus poemas que enseñaba con tanto entusiasmo mientras buscaba de cada actividad una muestra de su aprobación. Ahora, sabía que gustaba de su compañía no solo porque fueran buenos amigos, si no que genuinamente pensaba en él con el deseo de que fuera su amante, sin embargo estos sentimientos estaban lejos de poder ser correspondidos y mucho más de ser revelados por si mismo. El espadachín rubio se levantó mientras el chico Kaedehara se sumía en sus pensamientos, mirando al albino con pincel en la mano con cierta curiosidad.
— ¿En qué estás pensando? — Su tono de voz le llegó profundo a Kazuha, quien salió obligado de su espacio de imaginación.
— En lo que escribo, el paisaje me ha dado algunas ideas. — Como siempre, se mostraba sereno, mirando sus notas vacías mientras se avergonzaba a si mismo por no saber decir la verdad. Terminó cerrando su libro para acomodarse un poco mejor en el tronco de aquél árbol.
— Dime algo, joven samurai ¿qué dice el viento sobre el clima? — Ese tipo de preguntas era rutinario y siempre era con el mismo objetivo, ver si tendrían que cambiar de lugar para hospedarse en la naturaleza o si deberían comenzar a buscar donde alojarse en el pueblo más cercano. Para su suerte, no parecía que el clima fuera muy complicado, sin embargo, por lo que Kazuha pudo deducir sin mucho esfuerzo, iba a ser una noche especialmente helada. — ¿Y bien? — Tomo se había quedado esperando una respuesta con intriga mientras Kazuha parecía cada vez más distraído.
— Va a hacer mucho frío esta noche, sería bueno buscar un lugar más cerrado. — Pensaba con criterio, mas de inmediato se imaginó algunos escenarios posibles que podrían pasar al estar los dos en un espacio más limitado, lo cual le hizo colocarse un poco nervioso.
— Estamos cerca de una aldea, podemos intentar pedir un lugar para dormir, tengo algunos moras que nos servirán. — Se levantó mientras tomaba en brazos a Tama y la colocaba cómodamente dentro de sus ropas para que no sintiera el frío que estaba por caer, de alguna forma, el ex burócrata sentía algo de envidia del minino.
Emprendieron ese viaje y Tomo se encargó de conseguir un lugar para ambos, para cuando guardaban sus cosas el tiempo efectivamente había empeorado hasta el punto en el que se escuchaba los rayos caer fuera junto a vientos que chocaban contra las paredes.
— Una tormenta... — Escucho a Tomo murmurar mientras sostenía la espada en sus manos. — Un mal presagio.
Bajó su arma y se recostó en el lugar que le correspondía, como siempre, él tomaba el suelo para dejarle a Kazuha la cama disponible. Este le siguió y también se acostó, aguantando las ganas de proponerle compartir la cama gracias al sentimiento de culpa que le causaba. Pero aunque preguntara, ya sabía la respuesta que recibiría.
— ¿Por qué dices que es un mal presagio? — No quería solo quedarse callado ante eso, así que preguntó.
— Tormentas así no se presentan en esta época del año, si añadimos esto a que no había señales de que ocurriría... es solo una suposición. — Se giró hacia Kazuha con una sonrisa suave en su rostro, la cual le contagió con facilidad. — Últimamente has estado muy callado, antes hubieras sido tú el primero en sacar conclusiones.
Esto le tomó por sorpresa, obligándole a romper con el contacto visual al ahora enterarse que no estaba siendo lo suficientemente discreto con su estado de ánimo.
— ¿En serio? No lo había notado. — Prefirió restarle importancia fingiendo inocencia antes de admitir que ha estado más ocupado en sus pensamientos que de costumbre, o más bien, ocupado pensando en quien se había robado su corazón y mente.
— ¿Por qué puedo sentir... — Tomo se acercó un poco hacia Kazuha mientras se apoyaba en sus brazos para ganar algo de altura y así verle directamente a los ojos, junto a esa sonrisa inamovible que siempre tenía para todo el mundo. — ...como si me estuvieras ocultando algo?
Con esa poca distancia y ahora por cómo sentía que el de ojos morados se había ensimismado en su contra, definitivamente Kazuha se había puesto un poco más nervioso al punto en el que sus manos en su pecho podían sentir el palpitar de su corazón acorralado.
— ¿Por qué dices eso? — Su voz estuvo a punto de traicionarle al pronunciar esas palabras, lo único en lo que podía pensar era en que hasta el momento jamás se habían acercado tanto de frente en un lugar tan cerrado como en el que ahora estaban.
— Es una superstición. — Sus ojos cansados le hicieron tener una mirada más aguda en ese momento, lo cual llegó a intimidar en cierto nivel al joven samurai, quien de no ser por sus años de entrenamiento para mantener la calma incluso en las peores situaciones, estaría mucho más nervioso de lo que se sentía o mostraba. — Si estoy equivocado entonces dímelo.
Y con eso se volvió a recostar, esta vez quedando de espaldas para poder dormir con Tama encima mientras el otro solo miraba expectante para terminar dándose la vuelta y rogar piedad a los arcontes para su pobre corazón.
A la mañana siguiente Kazuha fue el último en despertar, algo desorientado al sentir la mano de alguien sacudiéndole.
— ¿Huh..? ¿qué pasa? — Al abrir los ojos pudo notar como el otro ya se encontraba vestido y con arma en mano, alterado. Esto también preocupó a Kazuha, quien sentía como el sueño se había ido de un instante al otro gracias a la escena frente si y el viento que azotaba con fuerza la cabaña en la que dormían.
— Shogunato, están cerca y vienen por nosotros. — El chico rubio actuaba rápido guardando todas las cosas de ambos.
— ¿Qué? ¿por qué? no hemos hecho nada malo. — En la mente de Kazuha solo pasaban escenarios posibles en los que pudieron haber hecho enojar al Shogunato, pero no encontraba respuesta, a lo que Tomo respondió.
— Quieren nuestra visiones, fui a la aldea a comprar algunas cosas cuando me los encontré, me detuvieron y cuando intentaron tomar mi visión yo escapé. Los escuché decir que era prioridad tomarla, que tener una visión era peligroso... — En todo ese momento Kazuha solo había estado viendo un lado del chico, para cuando se volteó para mirarle a los ojos pudo notar un corte ligero en su rostro del cual salía algo se sangre. — Una mujer al oírlo delató que éramos dos. Tenemos que irnos ahora, Kazu...
— Andando. — Estaba molesto por la situación, por lo que le habían hecho a su compañero pero tenía que mantener la cabeza en frío si querían salir de este problema sin más heridas. Juntos pudieron salir del territorio de la aldea sin ser vistos, Tomo se encargó de confundirlos antes de llegar a tomar sus pertenencias y eso les fue de mucha ayuda. Cuando por fin encontraron un lugar en donde esconderse, Kazuha se tomó el tiempo de sacar algunas medicinas que tenía para atender el rostro de su amigo. Esperó a que el otro se sentara para colocarse a un lado.
— Tu... cara ¿no te duele? — Preguntó preocupado, aún con el sentimiento de impotencia en su corazón. El otro solo negó con la cabeza mientras esbozaba una gentil sonrisa.
— Para nada, hasta casi me olvido de ella. — Los rastros de la sangre corrida en su rostro delataba el que se había estado quitando lo que brotaba de ella, lo cual solo hizo sentir peor a Kazuha. — Estoy bien.
Al parecer fue capaz de leer el rostro del peliblanco, quien con cuidado se acercó con algo para limpiar la zona. Tomo solo se quedó en silencio.
— ¿Por qué fuiste solo al pueblo..? — Solo preguntó por rencor, castigándose a si mismo mas que para saber una respuesta. Ese tipo de preguntas de arrepentimiento que alguien se hace, culpable por no haber estado ahí para evitar la herida que ahora limpiaba o las que probablemente ocultaba bajo su ropa.
— Quería... llevarte el desayuno. — Eso lo tomó por sorpresa, casi deteniendo la limpieza mientras intentaba mantener neutralidad en su rostro a su vez que miraba el de Tomo, quien se había sonrojado ligeramente. — Pero esos soldados arruinaron el factor sorpresa.
Terminó por parchar la herida con cuidado para alejarse rápidamente, no quería correr el riesgo de que pudiera escuchar el fuerte y ahora frenético latir de su corazón.
— No vuelvas a salir solo. — A pesar de la sonrisa que podría mantener su cara, se notaba en sus ojos como algo de decepción le invadió con esas palabras, aunque Kazuha solo pudo interpretarlo como la impresión de un niño que ha sido regañado.
— Entendido. — Fue lo único que dijo antes de acomodarse para descansar.
———
Cada día que pasaba se estaba haciendo más difícil que el anterior, no solo el hecho de ahora estar obligados a esconderse y a moverse constantemente con el miedo de ser encontrados por los soldados de la Shogun que no dudaban un segundo en enfrentarlos con todo el personal disponible, si no que también la gente común estaba asustada y tensa con todo el problema que se había esparcido como una ceniza encendida que cae en un pajar, quemando todo y a todos a una velocidad alarmante. El decreto se captura de visiones fue un mandato directo por la Diosa electro hacia sus subordinados militares, donde se obligaba a todo habitante de Inazuma portador a ser expropiados de sus visiones ya sea por voluntad propia o en su contra. Tampoco huir de las islas era una opción, el día en el que se lanzó el decreto la misma Shogun invocó una tormenta que envolvió su reino, imposibilitando el salir o entrar de Inazuma.
Kazuha estaba aprendiendo a convivir con ese nuevo estilo de vida, pensaba que a pesar de lo mal que se veía la situación, aún podía contar con Tomo que al igual que él poseía el poder divino del control de un elemento para defenderse de quien pudiera retarlos, sin importar si eran del Shogunato u otros que quisieran aprovecharse de su situación, él sabía que juntos iban a vencer. Pero ahora estaba solo, gracias a un descuido de los dos, un ciudadano de un pueblo delató con el ejército de ellos y donde se hospedaban, después de estar durmiendo a la intemperie durante días el frío les había parado las cuentas y Kazuha había enfermado. Fueron ayudados por un joven, uno de los pocos aldeanos que apoyaba a los portadores a pesar del mandato de su Dios.
Cuando estaban por entrar y capturarlos, Tomo se encargó de ellos, escondiendo a Kazuha para que estuviera a salvo y alejándolos lo más posible. Había pasado una semana desde la última vez que lo vió y a pesar de su búsqueda, aún no lograba seguir su rastro con éxito, temeroso de que pudiera haberle pasado algo realmente malo como para no haber ido con él de regreso después de escapar del shogunato. Sin embargo, ahora ya estaba mejor de salud y había un lugar en el que no había buscado: La ciudad de Inazuma. Alguna vez vivió en esa isla con su apellido dándole renombre y asegurándole una buena visión de su futuro, ahora, no era más que un fugitivo buscado por la ley para ser expropiado del regalo que le benefició la voluntad divina.
Tapó su visión y su rostro para pasar desapercibido entre la multitud, usando su oído bien entrenado para intentar escuchar alguna pista sobre el posible paradero del rubio ojos morados por el que ha perdido el sueño los últimos días. Rondando por el centro, mientras intentaba evitar cualquier acercamiento innecesario con militares, pudo escuchar el como entre dos adultos mayores murmuraban entre sí sobre un joven que había desafiado directamente a la Shogun y al decreto de captura de visiones, que el enfrentamiento se llevaría a cabo cuando el sol de pusiera y algunas palabras más de lástima de parte de ambos ancianos que Kazuha no pudo procesar. El sonido a su alrededor se había vuelto sordo, el pánico haciéndolo presa por el solo imaginar a su compañero enfrentándose a esa Diosa de la que tanto le habían hablado desde que era un niño, el como su poder podía eclipsar fácilmente hasta los años más duros de entrenamiento de un mortal. Estaba claro, Tomo jamás escucharía esas palabras como lo hicieron con él, siendo huérfano y pobre desde niño, nunca tuvo el tiempo de detenerse para escuchar las hazañas de esa divinidad que se supone guarda por los habitantes de sus tierras, probablemente más preocupado por sobrevivir las noches que por recibir la bendición de quien fuera, por lo que sería lógico que no pensara en la posibilidad de perder teniendo tan poca previsión de lo que enfrentaba.
Antes de ser consumido por el miedo, las piernas de Kazuha comenzaron a moverse por si solas en ese momento en el que se detuvo para asimilar lo que había escuchado, acechado por ver como el sol se apuraba en esconderse mientras él luchaba con la poca fuerza que tenía por el hambre el llegar antes de que la batalla comience. Al correr, su sombrero y el esfuerzo que había colocado por esconder su visión se habían ido, usando el poder del viento para llegar más rápido, llamó la atención de soldados que aún estaban repartidos por la ciudad además de aquellos que se habían quedado vigilando fuera del palacio de la Shogun.
— ¡Alto ahí, en nombre de la Todopoderosa Shogun! Por orden del decreto de captura de visiones, está obligado a entregar su visión o se le será confiscada a la fuerza. — Un soldado había dictado la orden detrás de sí, mientras que él mantenía la vista fija en la inmensa puerta cerrada. Sacando la espada que guardaba y con el latir de su corazón bombeando adrenalina, decidió que se encargaría de ambas cosas de una sola vez. Soltando una fuerte y destructiva corriente de viento alrededor de si mismo, mandó a los soldados volando a la vez que obligó a las puertas a abrirse ante su presencia.
El espadachín alzó la mirada hacia el frente, presenciando el cómo soldados heridos retrocedían y como una ola de rayos agresivos saltaban hacia los lados por el conflicto que se estaba desatando en la sima, Kazuha pudo sentir como su instinto gritaba el que se apresurara a subir y eso hizo, aunque tuviera que derribar a los soldados que intentaban echársele encima.
Cada paso era un intento desesperado por llegar antes de que fuera el final, la electricidad se sentía en el ambiente y era algo que le aturdía, mas eso no le detuvo. Cuando dió el último impulso para llegar estaba listo para dar un ataque capaz de defender a su tan amado compañero, pero esa ilusión fue desecha tan rápido como se formó. Esa espada tan fácil de reconocer para él cayó rota ante sus pies, clavándose en el suelo con un sonido sordo. Con el terror tomando sus sentidos, Kazuha miró hacia el frente para ver la imagen estática de la mismísima Shogun sacando una brillante y amenazante katana del pecho, la cual le estremeció el corazón. Por un lado, una soldado de la Shogun y por otro, a su amigo de pie con algo de sangre corriendo por su ropa y extremidades, de pie mientras parecía esperar pacientemente a su destino inevitable.
¿Inevitable? No, no había llegado tarde, tal vez Tomo ya no tenía fuerzas para seguir peleando pero él sí. Tomando su propia arma en sus manos, lanzó otra ráfaga, esta vez no con el objetivo de defenderse si no únicamente para repeler como fuera ese rayo que tan cerca estaba de acabar con el rubio. Se abalanzó para tomar a su compañero como pudo con los ojos cerrados y una mano con su arma, la cual se vió obligado a soltar al sentir un dolor tan agudo que le recorrió hasta lo profundo de su cuerpo. Poco tiempo después, abrió los ojos una vez más, escuchando como una voz femenina y fría se refería a ellos.
— Otro portador... — El joven samurai solo miró debajo de si, notando que tan herido había terminado aquel terco guerrero, tan lastimado... sin saber si seguía vivo, temblando y aferrándose ambas visiones abrazó a Tomo con todas sus fuerzas, dispuesto a perder la vida peleando antes de seguir viviendo en un mundo sin él para que esté a su lado. — Ya veo, entonces compartirás su destino.
Antes de que subiera su katana nuevamente, una flecha amenazó a la Diosa con ir directamente a su rostro, por lo que tuvo que defenderse para evitarlo. Ahí es donde Kazuha, con la poca fuerza que aún le quedaba y aprovechando ese movimiento de distracción, impulsó el viento para hacer que la mujer se alejara de ellos... sus ojos cansados se fueron cerrando mientras los gritos que escuchaba tras de sí se hacían cada vez más lejanos...
"¡Rápido! ¡saquen a ambos de aquí!"
"¡Comandante! La resistencia entró al palacio ¡no nos quedan soldados!"
"¡Todo el mundo retroceda!"
"¡Ataquen y protejan a su excelencia!"
"¡La Shogun fue herida...!"
". . ."
———
". . ."
— Kazu... Kazuha... — Como una brisa que pasa casualmente por las hojas de un árbol hundido en el denso bosque, tan inaudible para los oídos comunes. ¿Qué había pasado? Su corazón aún se sentía algo abatido por la emoción que había sentido... pero no lograba recordar exactamente qué había pasado. Susurros cómplices que se transforman en amenazas, viento que se volvía ráfaga, incomodidad que se transformaba rápido en un miedo a flor de piel y la luz... esa luz.
— ¡Kazuha! ¿Puedes oírme? — Sus ojos se abrieron de golpe junto con un rápido movimiento de su cuerpo al escuchar el sonido tan cercano, alterado, se escudó con sus brazos, mientras sus ojos buscaban esa luz frente si, mas solo escuchó el como algo con líquido caía al suelo mientras alguien se alejaba a la vez que él, lo claro del lugar en el que se encontraba le había cegado y su respiración ahora agitada hizo que se asustara. Cuando pudo enfocar hacia la persona que estaba en la habitación, se pudo dar cuenta que no se trataba más que de su viejo amigo que se mantenía con las manos abiertas a los lados.
— Está bien, amigo... no te haré daño, estás a salvo aquí. Ya estás fuera de peligro. — Las orejas y cola lo hacían inconfundible, tragó saliva para bajar sus brazos e intentar volver a mantener la calma. Su pulso le era traicionero, sumando su garganta seca, le era imposible gesticular palabras ante lo que estaba viendo o sintiendo en el momento.
— ¿Gorou..? — Su voz salió como un quejido, opacando su tono de impresión en una mezcla con el sentimiento que le oprimía el pecho. El soldado se acercó hacia él a la vez que sus manos iban a recoger el cuenco para luego volver a colocarle agua y ofrecerla hacia el chico herido.
— Gracias a lo que hicieron tú y tu amigo logramos abrir paso hacia el palacio de la Shogun, fue arriesgado, pero- — El chico se vió interrumpido al ver el como Kazuha se levantaba de pronto de su cama mientras sostenía su sábana para cubrirse. — ¡O-oye! ¿a dónde vas?
— ¿Dónde está Tomo? — Aún después de entender que estaba fuera de peligro, el temor seguía muy presente y expectante a la respuesta de su viejo amigo. — ¿Está...?
Su voz se quebró con la pregunta al no recibir respuesta, Gorou solo bajó las orejas mientras se levantaba para entregarle su ropa al samurai.
— Te llevaré con él. — Con esas palabras el joven espadachín pudo volver a respirar, sintiendo como le daban un alivio que corrió por su pecho como una cura que le hizo olvidar lo herido que estaba de forma momentánea.
Siguió a Gorou por un rato hasta que llegaron a un sector médico en donde habían varias tiendas levantadas, con soldados de la isla Watatsumi descansando o siendo atendidos por el personal. Se detuvieron frente a la tienda más grande, de donde se veía a la sacerdotisa Sangonomiya salir con trapos mojados y algo de… sangre.
— Su excelencia. — Llamó Gorou a la chica junto con una ligera reverencia para mostrar respeto, ella mostró sorpresa en su mirar para de forma consiguiente esbozar una sonrisa de bienvenida, aunque no se sentía exactamente como feliz.
— General Gorou, veo que nuestro compañero ha despertado ¿cómo se ha sentido, señor Kaedehara? — Dejó que los trapos se los llevará una joven de su personal, mientras ella se acercaba con gracia hacia ambos.
— Me siento mucho mejor, gracias a usted y a todos los que fueron en nuestra ayuda. — Gorou, quien se había mantenido a su lado le miró de reojo a la vez que parecía decirle algo a Kokomi con solo hacer contacto visual.
— Supongo que no está aquí para preguntar por la situación de la guerra. — Fue fácil delatarlo, no quería sonar descortés ante quienes les habían salvado la vida, pero la ansiedad por ver a su amigo lo estaba consumiendo cada segundo que pasaba y era notorio. — Puede pasar si está listo.
Esas palabras fueron algo intimidantes para él, como si tuviera que prepararse para ver el estado en el que se encontraba y si recordaba un poco, en efecto la última vez que se encontraron el estado de su compañero no era precisamente el mejor. Aún podía sentir la impresión al no saber si estaba vivo o muerto en sus brazos. Antes de dejar que esos pensamientos negativos le atormentaran más, se obligó a ser razonable y abrirse paso hacia el interior de la gran tienda, tenía que verle de una vez por todas.
Su corazón se detuvo en el momento en el que enfocó su vista en él, lleno de vendajes en su cuerpo y rostro, marcas como prueba de que había liberado una gran batalla de la cual si apenas por su ayuda pudo sobrevivir. Se acercó con pasos temerosos, notando como también estaba solo adentro, tal vez porque los demás pensaron que necesitaría tener un momento a solas para asimilar lo que estaba presenciando y una parte de él agradecía la decisión. Se sentó a un lado para observarlo, aún con lo abatido que estaba, agradecía a los dioses el al menos poder ver qué seguía respirando.
— Tomo… — Suspiró intentando llamarlo aunque supiera que sería en vano, una fracción de incredulidad esperaba que en su sueño aún pudiera escucharlo. Estando ahí junto a él… se lo había imaginado unos momentos antes de entrar para estar mentalizado, mas la realidad era mucho más cruel y cruda de lo que esperaba. Pensar que hace solo unos meses estaban paseando por las islas de Inazuma, solo viajando a la par del otro mientras se hacían compañía. Dos huérfanos sin rumbo guiados por la naturaleza, por su instinto y el hambre aventurero por conocer mucho más allá de lo que pudieran haber imaginado. Toda esa fantasía se había esfumado en un parpadeo y estuvo a punto de perderse como gritos desesperados al océano, quien solo escucha y luego las hace desaparecer para nunca más ser oídas por otros.
El resto de la tarde Kazuha solo se dedicó a hacerle compañía y a aprender a tratar las heridas propias y las de sus compañeros, se negaba a sentarse a esperar y a lamentarse como una estatua que deja que las enredaderas crezcan hasta cubrirla. Quería al menos ser útil mientras esperaba a que Tomo mejorara, impulsado por la idea de que a él no le gustaría presenciar el como su compañero se dejaba vencer por la tristeza. Los días pasaron con lentitud y el albino ya se había hecho recurrente entre el sector del ejército, varios ya lo conocían por haber estado presentes en la batalla contra la Diosa electro o por rumores e historias que se habían generado después de eso, algunos más cultos, le habrían reconocido por su apellido y por lo tanto comenzaron a tratarle con más cortesía como si aún fuera un noble, pero siempre se encargaba de aclarar que ya no poseía ninguna clase de título y normalmente no volvían a mencionar nada sobre el tema. Por su lado, Kazuha solo rondaba por esos lugares con la esperanza de que Tomo despertara lo más pronto posible.
Entró a esa tienda con algo de agua y vendajes nuevos, listo para hacer el cambio mientras vigilaba el estado de su amigo que aunque no había empeorado hasta el momento, tampoco parecía avanzar aún y con todos los cuidados que se habían estado aplicando. De a uno fue cambiando los vendajes mientras en su mente pasaban fugaces memorias en las que también tuvo que hacerse cargo de las heridas del otro, siempre siendo el rubio quien con frecuencia era el que solía salir lastimado. A excepción de una vez en la que Kazuha fue el herido. Tomo se encargó de ser realmente un caballero, buscando y comprando los mejores materiales y medicinas para bajar aún más sus riesgos de enfermar, siempre dándole ese trato especial. El mismo culpable de que en su corazón crecieran tan fervientes esos sentimientos que no podía ignorar.
Después de perder su clan, su hogar y cargar con la responsabilidad de la decadencia de su linaje, el último de los Kaedehara había marchado al mundo sin un rumbo al que seguir, no como viajero que buscaba grandeza si no como un errante que se aferraba a la idea de sobrevivir sin un objetivo, metas o un deseo pues a sus ojos y al de todos los demás, para él ya no quedaba nada. Todo eso cambió cuando de pura casualidad o tal vez como obra del destino pudo conocer a Tomo, un alma que creció en la completa libertad, mucha más de la que Kazuha jamás podría experimentar, él le enseñó a ver el mundo de una manera diferente, a vivir y a experimentar su ambiente como nunca nadie le había mostrado… le enseñó que no se necesitaba de un nombre noble para poder tener honor, que aún sin nada, él podría ser dueño de su vida.
Y ahora… estaba limpiando de sus heridas mientras seguía inconsciente, expectante como quien espera a alguien de un largo viaje sin noticias de si volverá o no a verle. Sus manos comenzaron a temblar ligeramente por la idea de no volver a escuchar su voz llamando a su nombre y justo en ese momento, como si estuvieran escuchando sus pensamientos, la respiración de Tomo se comenzó a agitar como un intento desesperado por seguir viviendo. El espadachín, aquél entrenado para mantener la calma ante las peores situaciones y a reaccionar por instinto se había congelado, para suerte de ambos, Kazuha dejó caer el agua que tenía en mano así llamando la atención del personal.
— ¡Aquí! ¡Necesitamos apoyo! — El grito de la chica fue capaz de hacer que Kazuha volviera en sí a medias, siendo arrastrado hacia la salida mientras nuevamente todo se hacía borroso y confuso. Se estaba repitiendo otra vez, estaba en la delgada línea entre la vida y la muerte. Era algo que él no podría jamás predecir o controlar, tal vez por eso es que estaba tan aterrado, sentado afuera mientras escuchaba a todos los que estaban adentro discutir la forma de hacer que su amigo volviera a estar estable. Después de la espera más eterna que había sentido, un hombre salió del lugar para buscar a Kazuha con la mirada y posteriormente llamarlo.
— Usted debe ser el joven Kazuha. — No pudo responder ante eso, más su expresión daba a entender de alguna forma lo que quería decir. Era extraño, hasta hace no mucho recordaba el cómo Tomo se quejaba de nunca saber en lo que estaba pensando. — Él logró estabilizarse, más no estamos seguros de en cuánto podrá volver a la normalidad, en este tipo de casos mientras más tiempo pasa es menor la esperanza de que vuelvan a estar como antes.
— ¿Entonces qué puedo hacer? — Aún y con todo el dolor, esperaba de alguna respuesta que le diera esperanza, alguna medicina u opción alternativa que le diera fuerza para poder aguantar con esto más tiempo.
— Rezar es lo único que queda. — El doctor le dio una palmada en el hombro antes de retirarse con el resto de su equipo, dejándolo más perdido de lo que se sentía y aunque Kazuha nunca fue de llorar ante la frustración, en esta ocasión el nudo en su garganta era tan agobiante por la impotencia de solo poder actuar de espectador que no se sorprendería si terminaba en un mar de lágrimas antes de que pudiera entrar a esa tienda para ver el estado de Tomo. Tuvo que tomar valor para adentrarse una vez más y aunque lo único que guardaba por los dioses en ese momento era rencor, sabía que su amigo no necesariamente sentiría lo mismo. Buscó entre la ropa de Tomo el rosario que siempre llevaba con él, sin saber en realidad el significado que podría haber tenido y colocándolo en su mano mientras él se estaba a su lado, solo esperando a que sus rezos fueran escuchados por algún dios que aún le guardara clemencia a alguno de los dos, quienes directamente le habían faltado el respeto a su propio Dios.
Antes de lo que hubiera esperado, la primera lágrima corrió por su mejilla incluso llegando a sorprenderse a si mismo, estaba molesto al encontrarse rezando pero no sentía tanto rencor hacia los dioses como para sacar ese lado sentimental de él, estaba frustrado, impotente y con ganas de gritar por otra cosa. Vió su mano herida en la cual había caído la lágrima y su vista pronto cayó hacia el rubio, nuevamente sintiendo aquella presión que le quitaba el aire con tanta facilidad. Estaba molesto… con él. De pronto preguntas egoístas habían inundado su mente, cosas que normalmente no se permitiría de no ser porque ahora estaba tan desesperado porque alguien o algo le diera una respuesta en concreto sobre la salud de su compañero, la espera lo había estado matando e incluso ahora lo único que eran capaces de darle de consuelo era un consejo sobre pedir porque las cosas salieran bien. ¿Por qué tuvo que ir él solo? siempre supo que era imprudente, que era torpe y orgulloso, capaz de abandonar su seguridad por otros ¿era acaso él egoísta por desear que dejara de ser tan “Tomo” por un segundo para no haber terminado en la forma en la que estaba ahora? ¿por qué no pudo buscarlo? ¿por qué defender con tanto empeño a quienes alguna vez lo rechazaron? Nunca le debió nada al mundo, fue abandonado y aún con ello, su corazón era tan noble como para poder seguir peleando por sus principios y el no entenderlo solo hacía más confuso y doloroso.
— Tama… se pondrá muy triste si no despiertas pronto ¿sabes? — Tenía muchas ganas de soltar una que otra lágrima más pero se estaba aguantando, todo mientras se cuestionaba seriamente si en realidad estaba hablando de Tama. No sabía si podrían volver a hablar como alguna vez lo hicieron, tal vez su vida no volvería jamás a ser la misma y… tenía tanto por decir. — Si tú de alguna forma puedes oírme, Tomo.
Presionó las sábanas de la cama en la que él descansaba con frustración, con ese dolor de garganta que venía cargando cada vez que deseaba expresar sus sentimientos en voz alta ahora a flor de piel por todo el huracán de pensamientos que cruzaban por su cabeza, tan fatales y solitarios ¿pero como no estar desesperado después de todo?
— Debes despertar, te lo suplico… yo… no pude decírtelo- — No era propio de él perder las palabras, cada vez se iba desconociendo más. — Te amo.
Agachó la cabeza, suplicando ya no a una entidad divina, si no a su propio amigo para que mejorara… tenía más fé en él después de todo.
— De verdad te amo, me enamoré de cada aspecto y cosa que haz hecho por mi, de todo lo que te hace ser tú hasta el punto en el que me enfrenté a un dios con tal de salvarte el pellejo. Te amo, idiota… así que por favor, si puedes escucharme… por favor solo despierta. — Sin haberse dado cuenta, algo de viento se había formado a su alrededor por culpa de su visión, una brisa los envolvía insistentemente producto de la desesperación que invadió el corazón de su portador la cual fue interrumpida. Kazuha pudo sentir la mano de alguien en su cabeza, acariciando suavemente su cabello de una forma tan familiar que le obligó a levantar la mirada para encontrarse con… él.
— No es justo, Kazuha, yo quería decírtelo primero… — Sus palabras inundaron sus oídos haciendo que de pronto ese nudo que llevaba aguantando por tanto tiempo se desatara, sus ojos cansados por fin sintieron el derecho de llorar y Kazuha después de tanto tiempo se permitió ser completamente vulnerable. Su cuerpo entero se abalanzó para abrazar al rubio herido, quien sin importarle sus propias heridas abrazó de vuelta al pobre chico lastimado. Temblaba como loco, sin poder creer lo que estaba pasando y solo dejándose sostener por él hasta que alguno de los dos cortara el abrazo.
— C-creí que… creí que no volvería a- — Escondía su rostro adolorido, avergonzado de cómo podría verse en ese estado. — ¿Por qué hiciste algo tan tonto?
— Lo siento… de verdad lo siento. — Solo tomaba al otro como si fuera a derrumbarse, tampoco él encontraba las palabras correctas para expresar lo que sentía. No se arrepentía de lo que había hecho, pues fue algo que eligió y estaba más que dispuesto a aceptar su destino si no lograba conseguir el mundo que le prometió alguna vez a su compañero, su único amigo, prefería morir con el honor que tenía que a huir para siempre como un criminal. Lo único en lo que se arrepentía con profundidad era lo que había causado en el corazón de su pobre Kazuha. — No quería que me esperaras.
— ¿Entonces estabas dispuesto a morir así? ¿por qué? — Se separó del abrazo, ahora molesto mientras las lágrimas solo seguían cayendo sin parar, para ese momento sus ojos ya estaban hinchados, mientras que sus mejillas y nariz estaban rosadas.
— Porque alguien debía mostrarle a la Shogun que no somos marionetas a las que puede controlar, que tenemos deseos y cosas valiosas por las que luchar… si íbamos a vivir a merced de sus deseos ¿qué quedaría para nosotros? ¿Qué clase de vida tendríamos que soportar si le permitimos eso? — Tomo acercó su mano al rostro del contrario, quien ya estaba calmando su respiración de a poco mientras evitaba mirarle a los ojos por el enojo que sentía. — No podría permitir que vivieras en un mundo sin libertad otra vez.
— Podríamos haber huido. — El rubio solo sonrió cálidamente mientras soltaba una pequeña risa, casi sorprendido, como si no lo conociera de antemano.
— Sabes que no me lo permitiría… lo siento, Kazuha, por todo. — Los ojos rojizos del albino se abrieron con algo de sorpresa por su disculpa, ahora Tomo siendo el que comenzó a romper en llanto. El joven y herido samurai solo tuvo corazón para volver a atraparlo en un abrazo de consuelo, ambos estaban demasiado conmocionados como para saber controlar sus emociones en ese momento. Demasiado sensibles y vulnerables por la experiencia que habían tenido que vivir.
Pero ahora estaban a salvo, en ese momento y sin pensar en lo que les podría separar el futuro, ellos estaban a salvo, juntos en ese momento y era lo único que les importaba. Ambos se miraron con alivio y emoción a los ojos, cerrando así y de forma confidencial sus sentimientos con un beso dulce, ese que tanto tuvo que esperar tanto para poder concretarse.
