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El joven apareció una mañana, muy temprano, en su taller.
Luciano no lo escuchó entrar, tampoco recordó si quitó el seguro de la puerta lateral, de todos modos él ya se paseaba dentro, distrayéndose con deleite en algunas esculturas que se encontraban cerca de la ventana.
Las figuras de mármol blanco yacían semi cubiertas por sábanas, para protegerlas del polvo y también porque le daba cierta vergüenza que las observaran desde el exterior cada que pasaban frente al taller. Estas, en algunas esculturas, parecían crear en el chico una expresión de completa desaprobación, pero no se atrevía a quitarla, solo admirando lo que se encontraba expuesto a la luz.
Finalmente, Luciano se acercó para preguntar si podía ayudarlo, más cuando sus ojos se encontraron, algo dentro de ellos lo pasmó; eran de un color nunca antes visto, como el verde de las manzanas, con un movimiento peculiar al sentir que miraba el rostro; sus labios se cerraron de la impresión, mudo en cuanto pensaba en que era lo que le iba a decir.
El otro sonrió, contento de que hubiera algo más que esculturas frías e inanimadas en ese lugar.
—Ví las figuras desde la ventana —Le explicó el motivo de su presencia allí con sus labios sonrientes —pensaba que era un salón público.
Luciano no respondió al momento, sintiéndose preso de la forma en que sus ojos brillaban cuando la luz de la ventana golpeaba sus iris y el movimiento de sus párpados al pestañear. Se incorporó torpe.
Hubiera querido disimular mejor, pero le fue imposible.
—¿Las hiciste vos? - preguntó el desconocido.
—Ah, sí. —dijo y luego agregó distrayendo la mirada en la escultura a su lado, se trataba de una chica desnuda, lo sabía bien, pues él le había cubierto los pechos y demás. El joven también observó la escultura de la mujer —Yo la hice.
—Es muy hermosa, ¿podés quitar la sábana? —Solicitó.
Luciano lo observó y aquellos ojos, como el color de las manzanas, le fue imposible negarse.
Quitó las sábanas de la figura, esta se deslizó revelando sus formas curvas, casi asemejaba ser una piel real.
El joven se acercó asombrado, abriendo sus ojos y arqueando aquellas cejas doradas.
—Es impresionante, hasta pudiste hacerle los pliegues de la piel. — Luciano se estremeció cuando sus dedos tocaron el muslo de la escultura de mármol, examinándola. — ¿Quién es?
—Es Paula —dijo de inmediato - una compañera de estudio, posó para mí hace algunos meses.
—Paula… -
—Por cierto… ¿Cómo es tu nombre? No creo haberte visto antes. —Preguntó aprovechando que su lengua decidió despegarse del paladar.
Parecía no haber escuchado, concentrado en admirar la forma de los glúteos de la figura. Luego sonrió, lo observó de soslayo.
—Martín. No, no soy de acá. Llegué hace poco. —le explicó con una sonrisa mirándolo con atención. — ¿Cómo te llamás vos?
—Luciano.
—Luciano…-Saboreó cómo se sentía ese nombre entre sus dientes y sus labios, más luego agregó con la misma curiosidad-y ¿sos escultor o solo se trata de un pasatiempo?.
No dando tiempo a formular otra pregunta al moreno, por alguna razón su cerebro se sentía espeso
—¿Podés mostrarme aquellas que tenés ocultas en la esquina? —Señaló muy pronto con una curiosidad desatada.
El joven escultor no tuvo voluntad para oponerse a su petición y se encontró a sí mismo ansioso de cumplirle. Tampoco sintió deseos de cuestionar este comportamiento. Desde siempre Luciano había sido un adorador de las formas, de los cuerpos, gentiles y voluptuosos, incentivado por un padre sensible, emigrante de Portugal, y una madre brasileña, receptiva y de carácter entusiasta.
Tenía pocas visitas a su taller, más que todo por cierta vergüenza que le daba sus esculturas de desnudos, no era bien visto en su congregación y procuraba mantenerse lo más discreto posible sobre su oficio.
Sin embargo, este joven parecía maravillado, no lo conocía, no lo había visto nunca, pero algo en él resultaba irresistible, sentía que si le negaba podría perder una oportunidad de hacer nacer una amistad.
Se distrajo al ver como el rubio estaba observando la forma que había logrado hacer a la rodilla de un tal Julián, los dedos de un Gregorio y la nariz de un Sebastián. Luciano no perdió el momento para detallarlo.
Resultó una actividad inevitable; sus ojos se asentaron en la tierna anatomía que tenían sus párpados, sí, sus párpados, la forma en que atendía los detalles, en que sus ojos se movían asemejaba a la caricia de una rosa, era estremecedor y cautivante, casi oscuro y extraño.
—Jamás había visto un trabajo así antes-Escuchó que le comentaba cuando abandonaba su tarea de mirar dentro de los ojos de un tal Ricardo tallado en mármol blanco- Trabajar el mármol o la piedra debe ser algo muy difícil.
Una mirada distraída hacia abajo delató las manos maltratadas del mulato, que asintió al solo escucharlo y Martín sonrió orgulloso de estar en lo correcto.
Luego ocurrieron preguntas, sobre los estudios de Luciano, y cómo aprendió a trabajar el mármol y la piedra, fue gracias a un profesor de universidad que le enseñó y de pasó le dejó cuidado aquel taller, el profesor se había ido unos meses a otra parte del país y no volvería sino hasta septiembre para iniciar el nuevo semestre, Luciano era rápido en aprender cualquier cosa que se le presentara y no perdió el tiempo en practicar las técnicas aprendidas con sus amigos de estudio, pero siempre gustaba hacer desnudos,- para goce o incomodidad de sus modelos- capturar la perfección de la anatomía humana, sus soberbios y tiernos secretos era algo de lo cual solo podía traerle satisfacción, pensar que estas figuras se mantendrán para siempre en el mismo estado de juventud, exhibidas, orgullosas, robustas, contando que alguna vez existió alguien así de perfecto era algo que valía los callos y cortes en sus manos.
— ¿Y usted? ¿Qué hace? -Le preguntó cuándo creyó que era suficiente interrogatorio para él.
—Soy modelo. - Le respondió sencillamente, sin miramiento. - estoy de vacaciones justo ahora. Vengo de Buenos Aires.
—Ah, argentino..
— Ciertamente.-Asintió con esa la comisura de sus labios de arco de cupido estirándose lento y seguro. -Bueno, no te voy a quitar más tiempo, tenés cosas que hacer y te molesté mucho.
—No eres molestia. No diga eso. - Se apresuró a confesar, las palabras salieron con tanta espontaneidad de sus labios que él mismo se vio obligado a callar. No mentía, pero no quería detenerlo exponiendo su agrado de forma tan sincera. Martín no parecía alarmarse con su repentina réplica, sino que lo observó con esos ojos de verdes manzanas esperando algo más que vino poco después- ¿te gustaría ver los bustos?
Algo menos excitante que las esculturas previas. Martín parecía pensarlo, pero asintió poco después y con buena disposición fueron a mirar los rostros desconocidos, algunos a medio terminar, pero que sin duda de haberlas finalizado expondrán un trabajo detallado y maravilloso, de una dedicación tenaz, solo evidenciado en artistas con una colosal pasión por su obra, casi como si el material tuviera vida propia. Luciano le infundía su influjo y a Martin le gustaba…¿Le gustaba? no… más bien le atraía... ¿Qué perseguía Luciano en sus obras? algo, algo que no tenía nombre, algo colosal, algo que debía ser suyo, o quizá al revés, esperaba ser devorado por ellos. Quizá si continuaba su labor, si practicaba más, lograra encontrar aquello que buscaba en sus obras.
—Me encanta. -Le señaló al rostro a uno a medio terminar. -Se parece algo a mi ¿quién es?
—Ah…-Luciano se quedó sin palabras, no recordaba quien era el modelo, y también se sintió avergonzado de recordar que se trataba de las primeras esculturas que había hecho y que por disgusto no había terminado. Martín se colocó justo al lado y se vio obligado a detallar y confirmar que sí, era algo similar, la nariz no estaba terminaba, pero los ojos vacíos eran similares, esperaban ser llenados con algo, su dueño lo había abandonado en espera de ese “algo”
—Sí, eres algo similar. -Le respondió Luciano sonriendo vagamente. Martín le sonrió satisfecho.
— ¿Por qué no lo terminas? - Cuestionó el joven argentino.
—Hum, ya no recuerdo como era. - Le respondió en voz baja, luego su voz tomó fuerza por un repentino pensamiento que perforó su mente- ¿Le gustaría ayudarme?
— ¿Cómo…? ¿De qué hablás? - Preguntó con una mueca de desconcierto.
Luciano lo observó un instante, y por ese instante no obtuvo la respuesta, pero pronto se sintió iluminado.
—Es modelo, usted debe saber de esas cosas. - Apuntó Luciano con energía renovada. - La podré terminar si me ayuda ¿que dice? ...si tiene tiempo claro.-se apresuró a agregar.
Los ojos de Martín se iluminaron y estiró los labios en una sonrisa, mostrando sus dientes, la idea le gustó, pero simuló pensarlo por más tiempo, cosechando la incertidumbre, dentro de su sonrisa se le hizo agua la boca, luego como sumo agrado aceptó; se posicionó donde Luciano le indicó y se mantuvo quieto por un tiempo indeterminado en el procedimiento extraño de ser objeto de estudio, Luciano lo examinaba, quería acostumbrarse a las formas de su rostro, pero resultaba algo difícil concentrarse al encontrarlas tan agradable y perfectas. No tenía ningún tipo de marca en su piel blanca, en ocasiones, rosa por un sonrojo caprichoso, en el nacimiento de sus patillas doradas; su cabello, limpio y bien peinado, tenía una textura sedosa, sus pestañas algo oscuras, sus ojos vivos y brillantes tenían una forma extraña de moverse, se deslizaban con elocuencia de aquí para allá, intentando no captar la mirada oscura que le estudiaba.
Así permaneció por un tiempo más y Luciano le abandonó incapaz de ocultar su impresión sobre sí mismo; dándose cuenta que ya tenía todo lo que necesitaba hace tiempo atrás y solo estaba acariciando con los ojos el rostro. Martín estiró la comisura de los labios con aparente timidez y se alejó un paso evidenciando que Luciano se había acercado demasiado.
—¿Debo quedarme quieto aquí o…? -Apuntó Martín- puedo darte una fotografía.
—No. Una fotografía no-Replicó Luciano, sin tener el poder de detener las palabras de su boca- digo…no se me da bien imitar las fotografías.
Martín resistió la próxima expresión en su rostro y manteniéndose en serenidad asintió con la cabeza lentamente. Pronto Luciano le buscó una silla cómoda, con los materiales y cinceló la abandonada piedra blanca, -podría jurar que estaba más dura- mientras que aquellos ojos le observaban, examinándolo ahora, su anatomía; la fuerza de sus manos, también la delicadeza en su trabajo, todo esto y mucho más. Martín no pronunció palabra alguna. Concentrado en ver hasta la más mínima expresión de los músculos de su rostro y algo dentro de su vientre se retorció ¿vientre? no. Estómago.
Luciano trabajaba con tanto esmero. Esa vanidad de los artistas para con sus obras. Martín sonrió.
Definió los ojos de la figura, sus párpados, sí, esos párpados debían ser perfectos, delicados y si tuviera la habilidad, esculpiría sus pestañas, pero Luciano no tenía tal precisión. El tabique de la nariz y la forma de sus cejas desarrollaron una expresión relajada y sosegada pero cargado de algo inexplicable, inteligencia o astucia. Surgió el atardecer para cuando había solo definido esta parte, y Martín se levantó del asiento.
—Me tengo que ir. - Anunció.
Luciano volvió a verlo, se levantó con una expresión de incredulidad.
— ¿Ya? -Luego miró hacia la ventana y emergió la sangre en el cielo, la luz naranja le cubrió el rostro. ¡Era tarde! ¡Cuánto tiempo había pasado!
La figura de Martín se deslizó a su lado, para admirar el avance de aquella figura, sus labios se estiraron, estaba satisfecho con su progreso.
—Quizás pueda pasar mañana. -Comentó el joven - veo que esto tomará su tiempo. ¿Seguro que no querés una fotografía? -
—No, me gustaría que vinieras - admitió nuevamente sin poder controlar su lengua y rápidamente agregó con vergüenza - ah, si puedes, claro. Aunque ya…te he examinado, puedo hacerlo así. Sí.
—Lo intentaré - Le manifestó como respuesta.
Martín se marchó, no tenía nada que llevar y lo vio salir por la puerta del taller con el mismo silencio con el que había entrado, una sensación de irrealidad inundó a Luciano cuando se quedó solo, se sintió repentinamente laxo, como si, hubiera estado sosteniendo una emoción desesperada por mucho tiempo y sólo ahora había podido relajarse ¿cómo había terminado en esto? observó la figura de piedra en sus manos, pesaba pero estaba acostumbrado a su peso, los ojos, esos ojos vacíos no miraban a ninguna parte, perdidos, desconocidos. Miró hacia las demás esculturas, los bustos, sus ojos ¿a quién miraban?
Martín no regresó al día siguiente, ni al día siguiente de ese, pero Luciano no abandonó la tarea de recordar y plasmar con una voluntad tenaz lo que sus facciones, su hermoso perfil, sus ojos, la forma de sus labios, y su mentón, todas estas características, las perforó en su cerebro, sintió una irrefrenable sentimiento de responsabilidad sobre este trabajo y se vio laborando todo los días posteriores en aquel rostro de mármol abandonando sus demás pendientes.
Las estatuas en progreso lo observaban con los ojos - aún no esculpidos- insensibles. ¿Cómo podría dedicarse sólo a esa escultura? pero Luciano parecía ignorarlo, desplazándolas al final de su cerebro, pues debía de asegurarse que los labios tuvieran el grosor perfecto, no decidió si hacer una sonrisa o mantenerlos relajados, puesto que de esta manera adquirían una pizca de melancolía, casi solemnidad, sucumbió al deseo de una sonrisa sutil. Trabajó por cuatro días enteros; apenas recordaba comer, en ese periodo, extraño y atípico, no era de esta tendencia tan descuidada, pero finalmente pudo terminarlo, y luego nada. Martin no volvió.
Se encontraba a sí mismo mirando por la ventana, vigilante de cualquier persona con aquellos rasgos similares, junto al ventanal se estaba la escultura de Ricardo que deslizó los ojos hacia Paula y está a su vez admiraba a Luciano, el vigilante escultor en espera de aquel misterioso argentino.
Todos los demás también lo observaban. Cada vez que se presentaba en la ventana a mirar los que pasaban por allí.
El rostro de mármol de Martín se hizo un lugar en una repisa, solitariamente, Luciano lo miró por mucho tiempo y pensó que podría mejorarlo, de repente, sus pensamientos solo podían volar alrededor de esta imagen, era un pensamiento atípico y lo dominó por completo, él no se resistió porque le fascinaba la idea de inmortalizarlo.
Tomó papel y lápiz y plasmó lo que sus ojos podían recordar. Lo dibujó muchas veces, en muchas formas, en distintos ángulos. Sus ojos, sus labios, la forma de su nariz, sus pestañas y las orejas; incluso su quijada, y por separado sus manos. Intentó recordarlo de pie junto a la puerta y lo reprodujo en muchos formas jugando con la luz. En todos estos bocetos, sus ojos se miraban al dibujante, una imagen directa y muy humana.
Pronto, insatisfecho, abandonó los dibujos, ¡qué poca cosa! y moldeó la arcilla blanca, realizó muchas figuras. En un lapso de dos semanas completas, todas eran de Martín, de pie, sentado, inclinado, rostro, manos, perfil, replicó la juventud de su mirada, y la suavidad de sus sonrisa, sus ojos nuevamente lo observaban a pesar de que no había planeado algo así, pero era un efecto inevitable.
Las figuras de Martín los observaron intensamente. Si los tenían, estiraron los labios. Si estaban abiertos, movían los ojos. Luciano ignoraba esto, porque estaba sumergido que no podía pensar en otra cosa que no fuera en qué parte de Martín plasmar. La repisa se llenó y quedó corta por la cantidad de figuras, luego se sintió insatisfecho y pensó en trabajar con la piedra blanca…
Tenía que hacer algo totalmente diferente, una figura, completa; donde se apreciará toda su forma. Cuando se preparaba para este objetivo, juntando sus herramientas y demás instrumentos que necesitaría, sintió algo sobrenatural, algo le hizo erizar los vellos de su nuca. Volvió hacia la ventana sintiendo que alguien lo observaba por este lugar, pero tan solo advirtió el jardín. Solitario. No percibió el más miserable ruido, ni de los grillos.
No debería preocuparse por aquel inusual silencio. Cuando él comenzará a trabajar, solo se escucharía el martillo y los golpes en la piedra, la lija y la lima. Se concentró en su trabajo. En cortar la piedra, golpearla y hacerla dócil; mientras que desde una esquina en la repisa, los ojos de muchos Martines le vigilaban, abrían sus párpados suavemente y sus pupilas de manzanas, se deslizaban hacia la figura del escultor, las tensas, duras sonrisas talladas, se estiraron lentamente.
El escultor era una personaje infatigable. No se equivocó en pensar que tenía un carácter perseverante, de nobles maneras. Los amantes de las bellezas eran así; tercos, orgullosos, algo obstinados. Por eso, su pecado era tan jugoso. Lo vigiló trabajando día y noche, apenas con tiempo para comer, bañarse y dormir… ¿dormir? Ni pensarlo, necesitaba terminar su escultura.
Mientras trabajaba en su brazo, hizo nacer la urgencia como un perfume podrido. Día y noche, cuando el sol yacía en lo alto, o en las noches de tormentas, con el frío y el calor…
Una noche cuando daba por fin los toques finales a sus piernas, la luz se cortó. En la oscuridad repentina, se sintió envuelto con temor. Luciano maldijo su suerte, tenía que limar sus piernas y definir aún algunas partes de los dedos de los pies, pero ahora estaba imposibilitado, no podía moldear algo que no podría ver.
Cuando detuvo su trabajo, se sorprendió ante el dolor que comenzaba a circular por todo su cuerpo. Todos sus músculos le hacían huelga, le reclamaban el abuso al cual lo sometió este tiempo de obsesiva compulsión artística. Luciano se sentó al pie de la estatua y justo en ese momento, escuchó la lluvia caer en la ventana abierta. El viento frío del que antes era indiferente ahora yacía presente para acariciarlo con sus afilados dedos.
Tenía deseos de levantarse, pero su cuerpo pesaba. Se sentía agotado al extremo. Decidió descansar un instante al pie de la estatua y cerró los ojos, para caer dormido tan profundamente, como no había logrado hacerlo los últimos días.
Pero esto no duró mucho.
Un relámpago que cayó muy cerca, alumbró la habitación. Apenas abrió los ojos. lo distinguió. Algo se agitaba en la oscuridad sobre el piso de granito, la impresión de aquella imagen lo dejó alerta. ¿Serían ratas? no. Las ratas no se movían de esa manera, y además, no tenían brazos tan delgados y pequeños.
Luciano se sentó aguardando a que el dolor de sus hombros pasara o disminuyera. Miró hacia la escultura detrás de él y, nuevamente, la iluminación repentina le brindó una imagen completa de su forma. Su posición relajada, sus ojos cerrados, su mano izquierda reposaba lánguidamente sobre su pecho desnudo, su mano derecha laxa en su costado, sus piernas, una recta y la otra ligeramente flexionada… Lo recordaba, porque así parecía haberse impregnado en su cerebro, la imagen de un hermoso hombre, alto, esbelto, pero con suficiente masa muscular para contornear sus extremidades.
Nuevamente, algo se deslizó en la habitación. Luciano solo lo percibió por la sombra que creaba la luz nocturna, que entraba por la ventana abierta. La lluvia y su ruido, bloqueaban el sonido de aquello que se agitaba.
“...minalo…’’
Luciano se levantó, se sostuvo de una silla sin respaldar que estaba a su lado. Y lo escuchó de nuevo, no era su imaginación. Recorrió el lugar con los ojos bien abiertos, a pesar que las formas eran difusas. El nacimiento de un rayo volvió a encender el cielo como un corto circuito y juro ver, solo por un momento las esculturas de las repisa mover los labios.
“....nalo…Ter..” “ …nalo”
Los pequeños pasos se confundían con el crepitar de la lluvia en el exterior, y el viento trajo voces, desde las esculturas más antiguas.
“yelo…”
“Des…
“...tru…yelo”
Intentó ubicar de dónde procedían estas dos voces. Eran muy diferentes. Dudoso avanzó unos pasos, sus pies golpearon algo, algo duro que cayó al suelo, sintió temor de este objeto, pues sabía que sus herramientas se encontraban detrás de él, junto a la silla sin espaldar. Luciano se fijó que se trataba de una escultura pequeña de Martín, era un borrador de la escultura de piedras blancas detrás de él. Detrás de él…
Se acercó para tomarla, y reconoció su material de arcilla.
“Te…rminalo…terminalo”
Esa voz emanaba de aquella figura, Luciano no estaba seguro, la acercó a su oído un instante y de repente la lanzó lejos hacia la ventana. Está chocó contra algo indeterminado, pero la luz de los rayos del exterior revelaron que había impactado contra todas aquellas figuritas que se encontraban descansando en la repisa, pequeñas que se arrastraban lentamente hacia él.
El escultor intentó gritar, pero su boca estaba seca –no recordaba cuándo fue la última vez que tomó agua- dejando salir un gemido lastimero. Se volvió de inmediato, más sus pies se clavaron en su sitio al encarar la silueta de aquella figura alta. Algo no andaba bien. La figura de Martín estaba moviendo los brazos, se giraba lentamente, sin hacer el menor ruido.
“Luciano…” Escuchó su voz, era su voz. Un rayo permitió evidenciar cómo llevaba sus manos al rostro. El joven escultor sintió que algo llegó finalmente a sus pies, con pequeñas manos que jalaban el ruedo de su pantalón, como queriendo escalar. “Luciano”
Un segundo llamado lo hizo saltar en su sitio, pero no podía controlar lo que salía de sus labios o el temblor en sus adoloridos músculos llenos de descuido y temor.
“Terminalo…” Volvió a escuchar un coro de voces a sus pies, nítidamente, casi como tener a niños pidiendo dulces al unísono.
Martín se llevó las manos al rostro y asemejó llorar por que no tenía ojos, y no podía ver. Estaba incompleto y quería que se los tallara. Él mismo no podría, sólo Luciano era quien tenía esa habilidad.
“No veo… Luciano. No veo”
“Termínalo”
“Destrúyelo” Escuchó la voz de una mujer, era Paula. Yacía en una esquina, escondida junto con todos los demás, cerca de la ventana, abandonados. “Hazlo…”
“Hazlo…”
“Termínalo.”
Así, fue atormentado por esta multitud de voces, de exigencia, súplica. Contradictorias y confusas, Luciano no pudo más. No recordaba como respirar y pronto se sacudió aquello que subía por el ruedo de su pantalón. La figura de Martín continuaba llorando con las manos en su rostro, mientras él recordaba que tenía extremidades. Dolorosamente se movió, se dio media vuelta y buscó la puerta del taller. Al intentar escapar, Martín apareció frente a él, con los ojos ocultos en sus manos.
Gritó tan fuerte que se despertó.
Sus ojos admiraron el techo del taller, la bombilla estaba rota, los rayos del sol entraban por la ventana trayendo el día. Se levantó de repente, hallábase echado junto a la estatua. Pronto sus músculos reclamaron por los atrevidos movimientos y sentido, decidió hacerlo lentamente.
¿Qué había sucedido? Se fue la luz por la tormenta, recordaba, y luego, algo más, aterrador y pavoroso. Observó hacia la repisa, las esculturas seguían allí, inmóviles e intactas, o al menos eso creía. Se rascó el cabello, pensando en que quizá había sido una pesadilla.
Luciano recogió el cincel, volvió lentamente hacia su obra por terminar, solo faltaban pequeños detalles, pero algo lo detuvo de este actuar. En la esquina, junto a la ventana, la escultura de Paula yacía decapitaba. Los pedazos de Ricardo estaban esparcidos en el piso de granito. Julián y Gregorio, se habían caído a un lado, rompiendo su pecho y brazos.
Se precipitó hacia ellos, con un horrible sentimiento. Destruido igual que cada una de las figuras. ¿Había sido el viento de la ventana? Pero ¿cómo? Era Mármol blanco, pesaba demasiado como para que una fuerte brisa les causara tales daños. Pensativo, se acercó hacia la cabeza de Paula y escuchó un susurro.
“Destrúyelo”
A pesar de no ser testigo, Luciano se estremeció. A sus espaldas, Martín bajó las manos de su rostro blanco y sus párpados se abrieron lentamente.
