Actions

Work Header

Calendario de Adviento para una muerte asegurada

Summary:

Hacía dos meses, Lucerys rompió el compromiso con su prometida y les dijo a sus padres, futuros reyes de los Siete Reinos, que estaba saliendo con alguien. Lucerys no dio más detalles; total, tampoco era el príncipe heredero y sus padres no los pidieron. Pero Navidad se acercaba y le habían exigido que les presentara a su nueva pareja en la cena de Nochebuena. Lo que ni Rhaenyra ni Daemon sabían era que, primero, su pareja era un hombre, y segundo, ese hombre era su tío.

Notes:

Modern!AU donde Luke y Aemond asisten a un internado para la juventud de la clase alta (como en Young Royals) y son novios en secreto.
La idea está basada en un post que leí en el grupo de Facebook "Luke x Aemond ship (Lucemond)" donde, a grandes rasgos, imaginaba a Aemond y Luke comprometidos y la fecha de la cena de Navidad acechando a Aemond porque deberá enfrentarse a papá Daemon; y Daemon queriendo que Aemond se atragante con el pavo durante la cena por querer quitarle a su niño.

Eso y que, a pesar de tener que estudiar y organizar la Lucemond Week para enero, vi el post de Twitter del #LucemondChristmas y me dije: "eh, es la oportunidad perfecta para escribir esa idea tan graciosa". Y aquí estamos. Espero poder escribir drabbles cortitos cada día hasta el 25 de diciembre.

Chapter 1: Sentencia

Notes:

Día 1: mistletoe

Chapter Text

Todo comenzó con el muérdago.

La mañana que Aemond vio a Lucerys colgando un ramillete de muérdago en lo alto de la entrada al salón comedor, subido a una escalera de tres pisos y de puntillas, supo que algo malo iba a pasar. Lo sintió en las venas. Una llamarada abrasando su sangre, calentándola al rojo vivo bajo la piel como cuando aceleraba sobre su moto en una carretera recta y el viento le arañaba la cara. Adrenalina. Normalmente le encantaba esa sensación, pero en ese instante tuvo un mal presentimiento.

—¿De verdad te gustan ese tipo de celebraciones, Taoba? —masculló a sus espaldas, deteniéndose a observar cómo la pronunciación de aquel apodo en Alto Valyrio le provocaba un respingo a su sobrino—. No fastidies.

Nunca era un mal momento para incordiar a Lucerys. Daba igual que estuvieran en una relación desde hacía dos meses; molestarlo seguía siendo uno de sus placeres favoritos y el más arraigado a su ser. A veces no sabía si lo hacía por mantener las apariencias o por disfrute personal. Se excusaba argumentando que, si alguien llegara a saber de que tenían algo, los expulsarían a ambos de la institución y, como mínimo, se armaría un grandioso escándalo que mancharía la imagen de la familia real más de lo que su hermano Aegon ya se había encargado personalmente de ensuciar. Sus madres los mandarían a cada extremo del mundo con tal de alejarlos y que los medios de comunicación cesaran de hablar de ellos, y no volverían a verse en mucho tiempo. Aunque, quizás, lo que más temía Aemond era la reacción del padrastro de su novio y sobrino al enterarse.

Lucerys soltó un bufido, en parte porque no conseguía llegar bien a lo alto de la puerta, en parte por exasperación.

—Por supuesto que me gustan. Regalos, comida, canciones... —enumeró con cierto esfuerzo por el hecho de seguir de puntillas sobre la escalera—. ¿A qué persona del mundo no le iban a gustar?

—Falsedad, tradiciones idiotas, melodías que hasta el más mediocre de los cantantes puede entonar... Si encuentras diversión en algo de eso, ilumíname.

Tuvo un impulso. Sus brazos se despegaron de sus costados por instinto cuando vio el cuerpo del chico tambalearse súbitamente. Por suerte, fue un nimio movimiento, una acción que supo detener a tiempo. Y Lucerys no se cayó. Se estabilizó y terminó de fijar el muérdago en el dintel.

Entonces le miró. Desde arriba y por encima del hombro. Clavó en él sus centelleantes ojos verdes rodeados de espesas y oscuras pestañas.

—¿Por qué no me sorprende? ¿Acaso no te dieron regalos por Navidad cuando eras pequeño? —Tuvo la osadía de poner esa sonrisa, torcida, ladina, una mueca de los labios que le incendió la mirada. El muy canalla. Consiguió que le hirviera el deseo de bajarlo de ahí y estampar su cuerpo menudo en el marco de la puerta para comerle esa sonrisa a bocados.

Casi lo hizo.

—Tenemos que hablar. —Pero Luke cambió de tema de manera repentina, apagando el fuego. Descendió de la escalera de espaldas a él y, ya en el suelo, dio media vuelta para mirarle.

—¿Sobre qué?

Estaban muy cerca. Y estaban debajo del muérdago. Aemond se cuestionó cómo de hipócrita parecería si le pidiera un beso con la excusa de la tradición navideña después de despreciarlas.

—Mejor en privado —zanjó Lucerys—. Nos vemos bajo el puente en media hora. —Y sin decir más, recogió la escalera y se marchó con ella, dejándolo bajo el muérdago con un nudo en el estómago y un beso en los labios.

Un beso que se cobró en cuanto estuvieron a solas, ocultos de los ojos de estudiantes sedientos de chismes. Lucerys recibió sus labios y su lengua con hambre y sed, abriendo la boca y jadeante, estremeciéndose allá donde las manos de Aemond le tocaban sin ningún tipo de cuidado. Pero el chico duró poco a su merced. Tan solo unos minutos después de llegar, Luke intentaba zafarse de su control. Aemond, sin embargo, gruñía y reclamaba sus labios cada vez que éstos se apartaban. No sabía qué quería contarle que fuera de tanta importancia; qué podía ser más importante que su deseo, que ambos, allí, ahora. Lucerys tenía las mejillas tan rojas y la respiración tan errática que daba la sensación de que estallaría en un orgasmo de un momento a otro.

—Aemond... —¿Cómo se atrevía a pedirle que se detuviera si pronunciaba su nombre de esa manera?— para... un segundo...

Finalmente logró que dejara de besarle. Aunque sus manos y su cuerpo no se movieron ni un ápice, manteniéndolo contra la pared de piedra.

—Más te vale que sea importante...

Y sí lo era. Lo supo antes de que Luke abriera la boca, antes de que procesara en su cerebro las palabras que usaría para decírselo. Su mirada hablaba por sí misma. Y entonces supo que aquella corazonada que tuvo cuando lo vio subido a la escalera había sido certera.

—Mis padres llamaron anoche… —dijo en un hilo de voz—. Dicen que quieren… Bueno, ya sabes lo enfadados que están desde que rompí el compromiso con Rhaena… Más bien me han exigido conocer a mi pareja en la cena de Nochebuena.

A Aemond se le paró el corazón. Fue tan solo una fracción de segundo, pero le bastó para eliminar cualquier tono de color de su afilado rostro.

Los padres de Luke querían conocerlo. Los padres de Lucerys Velaryon, Rhaenyra y Daemon, querían conocer al novio de su hijo.

Quiso tragar saliva, pero su boca estaba seca. Necesitaba agua para digerir aquella información y lo que significaba: que en veinticuatro días tendría que enfrentarse a Rhaenyra, Princesa de Rocadragón, la Delicia del Reino, futura reina de los Siete Reinos y, también, su medio hermana. Rhaenyra, que tenía a sus hijos en un pedestal y luchaba con uñas, dientes y fuego de dragona cuando se trataba de defenderlos.

Sin embargo, no era Rhaenyra quien le preocupaba. También tendría que enfrentar a Daemon Targaryen, conocido por su irascibilidad, su falta de escrúpulos a la hora de echar a alguien de su casa —aunque debiera usar la violencia para ello— y, lo que más temía Aemond, la sobreprotección con la que trataba a sus hijos.

Lo tenía claro. Daemon Targaryen, el Príncipe Canalla, lo asesinaría en Nochebuena.