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Un 24 de diciembre a la noche, Pablo Aimar se encontraba en el patio delantero de su casa, terminando de colocar en las columnas de la galería un rollo de luces navideñas que no había tenido tiempo de colgar en la semana. Una suave brisa hacía que pequeños mechones de pelo le estorbaran la visión y empezó a bufar inconscientemente. Para colmo, como su altura no le permitía llegar a lo más alto de la columna, había tenido que traer un pequeño banquito que guardaba en el garage, y aún con esa ayuda extra no conseguía llegar con comodidad a donde pretendía colgar las luces. Bufó otra vez.
Navidad era su festividad favorita y siempre le había gustado decorar el frente de su casa para la ocasión; quizá fuera porque había visto incontables películas navideñas de origen yanqui y sin darse cuenta había adoptado la costumbre de colgar boludeces en las casas, o quizá sólo fuera porque así era él, un meloso irremediable con un gusto por la decoración. Si ya desde chico le obsesionaba decorar la casa de sus padres, la situación no había hecho más que empeorar desde que él tenía sus propios hijos.
Cuando todavía era nada más que un niño, su hijo menor lo ayudaba a colgar guirnaldas en las ventanas mientras ambos cantaban villancicos y el infante correteaba feliz por todo el patio. En aquel entonces, se prometió a sí mismo que todos los años iba a hacer las decoraciones más lindas que se le ocurrieran con tal de ver a su retoño feliz. Julián siempre había sido el más nene de papá de sus dos hijos, el que más se dejaba mimar por Pablo y lo acompañaba en sus ocurrencias. Lo seguía siendo incluso ahora en su adolescencia, aunque en menor medida y de manera ya no tan obvia.
Pablo siempre iba a maldecir al ciclo natural de la vida por hacer que sus hijos crecieran y dejaran de ser sus bebés para pasar a ser entes que se la pasaban todo el día con el celular, no le daban bola y en ocasiones hasta desafiaban su autoridad. Pero, aún así, él iba a poner todo su esfuerzo en decorar esa galería. Por las dudas. Por si algún dios milagroso decide convertirlos en nenes de vuelta.
Tan concentrado estaba en su tarea que no se dio cuenta de la voz que lo llamaba desde el interior de la casa.
—¿Pablo? —su voz retumbaba por los pasillos, acercándose cada vez más a la puerta. —Corazón, ¿qué estás hacien- —se paró en seco al ver la imagen que tenía en frente. Su marido estaba parado sobre un banquito que apenas lo levantaba unos centímetros del suelo, haciendo puntitas de pie para tratar de colgar esas luces navideñas con las que se obsesionaba siempre.
Se dio el lujo de quedarse unos segundos admirándolo desde el marco de la puerta antes de hacer cualquier movimiento. Entonces dio unos pasos hasta quedar detrás suyo y apoyó las manos en su cintura, haciendo que el otro pegue un saltito en su lugar.
—¿Se puede saber qué estás haciendo, Aimar?
—Colgando las luces, Scaloni —le contesta con el mismo tono burlesco.
—Con ese banco no vas a llegar a ningún lado —dice, afirmando las manos en la cintura del más bajo para poder levantarlo y sostenerlo unos segundos hasta que colgara las lamparitas.
Luego de bajarlo, el de rulos dio media vuelta para quedar de frente a él y Lionel pudo admirar el tono rojo que habían tomado sus mejillas.
—Tarado, no necesitaba que me levantes. Yo me las estaba arreglando perfecto.
Solo para molestarlo y porque una de sus grandes pasiones era ver a su marido sonrojado, su respuesta fue: —Obvio que lo necesitabas. No podrías ni bajar el azúcar de la alacena si no fuera por mi ayuda.
El castaño amagó con darle un pequeño golpe en el pecho a modo de protesta, pero Lionel fue más rápido e interceptó su brazo, agarrándolo para pegarlo contra su cuerpo. Unió sus labios enseguida en un beso cálido, rodeando la cintura de Pablo con sus brazos mientras el susodicho se colgaba de su cuello.
—¿Alguna vez te dije que sos el enano más lindo de todos? —murmuró contra sus labios, haciendo que al otro se le escapara una risa en medio del beso.
—Dale, cortala —protesta Pablo con tono divertido, apoyando su frente en el hombro contrario para que no viera lo rojas que seguro tenía las mejillas.
Los años podrían seguir pasando, pero su sonrojo ante los cumplidos de aquel hombre era algo que se mantenía imperturbable.
—La comida ya está lista —dijo Lionel antes de dejar un beso entre sus rulos. —Venía a buscarte para eso. ¿Vamos entrando?
Habían decidido que esa Navidad la iban a pasar solos, en casa con sus dos hijos. Normalmente, siempre iban a la casa de los padres de Pablo y la pasaban con ellos, sus hermanos y sobrinos, pero ésta no era otra navidad normal.
Habían salido campeones del mundo nada más que una semana atrás. Habían vuelto al país y se la habían pasado firmando autógrafos, sacándose fotos y mandando saludos; para cuando llegó el fin de semana, ambos estaban agotados y habían decidido que era mejor quedarse en su casa ya que, imaginaban, ir a casa de los Aimar iba a implicar tener que aguantar a sus familiares haciendo preguntas sobre la selección que ninguno de los dos ya tenía energías para contestar, y quizás incluso tuvieran que firmar autógrafos de los vecinos.
Así que ahora estaban los cuatro sentados en la mesa de su propio comedor, terminando de cenar mientras en la tele pasaban una repetición de la final que tanto Lionel como los chicos habían insistido en ver a pesar de las quejas de Pablo.
No es que no le gustara verlo, al contrario, le encantaba. Pero se conocía; era más que probable que para cuando llegaran los penales empezara a llorar como un nene, y esa no era precisamente la imagen que quería dar frente a sus hijos. Ya suficiente había tenido con las cargadas que tanto ellos como su marido le habían hecho tras su llanto en el partido contra México.
Se estaba sirviendo una última porción de ensalada rusa cuando el ruido de un celular llamó su atención. Su hijo mayor, Enzo, sacó su teléfono del bolsillo para ver la notificación que le había llegado.
—Hijo, nada de celulares en la mesa, por favor. Ya lo sabés —dijo a modo de reproche.
—Pará, pa, que debe ser un mensaje del novio —acotó Julián con tono burlesco, ganándose un codazo de su hermano y un par de puteadas por lo bajo.
—¡¿Novio?! — exclamó Pablo, sintiendo que la presión le bajaba de golpe. Era consciente de que ese momento iba a llegar, pero pensó que iba a ser mucho más adelante. Apenas tenían 16 y 17, la re puta madre. Para él todavía eran sus nenes.
Miró a Lionel, sentado a su lado, y agradeció que había dejado de mirar el partido y ahora estaba alternando su mirada entre él y sus dos hijos.
—Ese es mi pollo —exclamó finalmente, metiendo puñito como si estuviera festejando una victoria.
Lo bajó de golpe y borró la sonrisa de su cara cuando miró a su lado. Pablo lo asesinaba con la mirada y podría jurar que estaba empezando a temblar cual caniche por la bronca.
Al ver que no emitía palabra, Aimar lo miró con su mejor cara de ¿no pensás decirle nada?. Ah, Lionel conocía bien esa mirada.
—¿Tenés novio, Enzo? —cuestionó, ahora queriendo parecer serio.
—¡No! —contestó, escandalizado. Pablo había empezado a respirar hondo en un intento de mantenerse cuerdo. Enzo lo vio ponerse violeta. —Es un chico con el que nos estamos conociendo, nada más. No le hagan caso al pelotudo de Julián.
—¿Quién es? — logró decir finalmente Pablo, quien de a poco sentía que volvía a bajar a tierra. Por debajo de la mesa, Lionel había empezado a acariciarle el muslo con una mano buscando tranquilizarlo.
—Se llama Alexis.
—¿Alexis cuánto?
—Mac Allister. Alexis Mac Allister.
El de rulos empezó a hacer un montón de preguntas, una detrás de la otra, cual interrogatorio policial. Que cuántos años tenía, que de dónde era, que si venía de una “buena familia”. Incluso le preguntó a Julián si lo conocía y si era buen pibe. Terminó siendo necesaria la intervención de Lionel, diciendo que era navidad y que no deberían pasar la noche hablando de eso. Podían discutirlo cualquier otro día.
Sin embargo, fue Enzo quien siguió hablando. —Lo conocí en fútbol. ¿Ustedes no se conocieron así también?
Su hijo era un chamuyero de primera, Pablo lo conocía muy bien. Ahora que lo piensa, no le tendría que haber sorprendido que ya anduviera conociendo gente en plan romántico a su edad.
—No te hagas el boludo.
—Bueno, — esta vez fue el menor quien intervino —capaz él se haga el boludo, pero a mí me interesa en serio. Nunca contaron cómo fue que se conocieron ustedes.
Pablo lo miró mientras parpadeaba un par de veces. Lo había tomado por sorpresa. Si nunca les conté es porque nunca preguntaron, pensó.
Miró otra vez a su marido, que le devolvió la mirada con las cejas alzadas y levantó levemente los hombros, instándolo a que lo hiciera si le parecía bien.
Volvió a mirar a sus hijos.
—¿En serio quieren saber?
Ambos adolescentes asintieron con entusiasmo. Debajo de la mesa, Lionel había dejado de acariciarlo y ahora buscaba su mano y para poder entrelazar sus dedos.
—Bueno, está bien. Su padre y yo nos conocimos así.
