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Cartas del Diablo a su sobrino

Summary:

"Lucerys estaba harto de que su tío no respondiera el móvil, aún cuando éste aparecía en linea. No importaba si Aemond se excusaba poniendo por encima sus diabólicas cartas, mismas que Daemon terminó leyendo".

O: Lucerys no entiende porque Aemond no responde sus cartas y decide enfrentarlo.

Lucemond week. Día 2: Familia sobreprotectora. Esto es sexo con trama(?).

Notes:

Lucemond week
Dia 2: Familia sobreprotectora/quiza alma gemela.
De acuerdo, nos deschabetamos mucho escribiendo.
Esta historia perfectamente puede hilarse a: Todos los hombres deben morir.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

 

I

 

—Te ves mejor cuando montas mi verga, Mi Señor Strong—le susurró al oído con voz grave, inundada por el placer de contener su miembro en su interior, mientras le acariciaba la espalda baja en un acto lleno de deseo.

Estaba extasiado, los jadeos de Lucerys y la sensación que su interior le confería a su centro no se comparaban ni con el más fuerte de todos los tónicos. Envuelto en medio de un delicioso calor, una especie de hambre se acentuó aún más en su vientre bajo. Ansiaba tanto llenar a Luke de violentas estocadas mientras escuchaba sus gemidos estallar contra su oído, embebido a costa de todo lo que era capaz de brindarle.

Aemond dirigió su atención al lóbulo de su oreja, depositando pequeños mordiscos y besos sensuales en la suavidad de su piel. Los dientes le rosaron la carne. Deseaba comérselo entero, perderse en su cuello, enredarse en su lengua y follárselo como su amante pidiera. Encima suyo, Lucerys se estremeció y contuvo un gemido cuando su erección rozó contra el abdomen del mayor.

—Aemond…espera, ¡te dije que esperaras!—reclamó con esfuerzo, luchando por ocultar su rostro en la curvatura del cuello de su tío mientras se aferraba a sus omoplatos.

Aemond se deleitó tras escuchar su nombre lleno de lascivia y contención; las yemas de sus dedos se permitieron recorrer cada una de sus vertebras, como un manjar, trazando caminos con las manos sobre su piel suave y aterciopelada, caminos que lo devolvieron al mismo lugar donde había empezado: su preciosa espalda baja. Aemond amaba besarla, chuparla y marcarla. Le gustaba tener acceso a ella mientras se lo cogía de espaldas. Con cada roce, Lucerys parecía sobresaltarse más, perdiendo mesura, y los suspiros que soltaba solo lograban poner a Aemond más duro en su interior.

Aemond lo sabía, que solo podría jodérselo hasta que Lucerys lo ordenase. Depositó unos cuantos besos cerca de su nuca y fue entonces cuando buscó su rostro con desesperación. Deseaba mirarlo, comprobar lo que era capaz de hacer solo con las puntas de los dedos, con solo tocarlo y palpar su preciosa piel.

—Déjame verte, Luke— ordenó, conteniendo en su garganta toda la lujuria que lo asaltaba. Aemond jugó con sus rizos castaños cuando dirigió sus manos a su cabello, pasando sus dedos entre los mechones castaños en un gesto cargado de cariño y erotismo. Necesitaba probar su boca con urgencia.

Se extrañó cuando Lucerys se negó a apartar el rostro de su hombro. Sintió sus pestañas como un pincel en su clavícula, causándole un ligero cosquilleo que lo avivó.

—Luke… — le llamó, incitándole a continuar, con la voz quebrada en placer. Aemond lo atrajo más a su cuerpo, disfrutando de las sensaciones conferidas—. Por los siete… eres delicioso—confesó extasiado, mientras depositaba suaves besos sobre su hombro.

Lucerys contuvo sus jadeos y se abstuvo de responder; en vez de ello, se aferró más a su espalda. Entonces Aemond comenzó a inquietarse, por lo que afianzó más los dedos a sus rizos en un suave palpo, con el que deseaba transmitirle todo el calor que emanaba.

—¿Te he lastimado?— cuestionó, besándole los cabellos. Lastimar a Lucerys en el acto implicaba tan solo una orden, un movimiento de pestañas y una sonrisa que indicara Más rápido o Cógeme con fuerza. Estaba seguro de que esta vez lo había tratado con tanto cariño y sin presura que cada poro de su piel había comenzado a clamar por el castaño, que las yemas de los dedos ahí donde trazaban caminos habían dejado un rastro de fuego y que su verga estaba ardiendo de deseo, acogida por las paredes palpitantes de Lucerys que prometían darle la atención merecida en cuanto iniciase un vaivén de caderas. Pero Lucerys había sido claro: Aun no, ordenó.

Lucerys se revolvió en su escondite, el calor de Aemond emanaba por todos lados. El fragmento de piel que mantenía acoplado en su entrada sustentaba palabras que nunca se habían dicho: Que consideraba a Aemond su compañero y que amaba su cercanía. Las sensaciones le invitaron a mencionar aquel motivo por el que estaba en su habitación, por el cual había acudido a él hasta Antigua. Necesitaba saberlo con urgencia, antes de que su corazón crepitara más como las llamas en la leña.

—Las cartas— soltó repentinamente mientras recargaba su frente en su afilada clavícula.

Aemond no pareció comprender. Detuvo su tacto y buscó sostenerle el mentón, pero Luke se escabulló.

—Dime… ¿todo ha sido una mala broma?— preguntó con cierto deje de amargura mientras se volvía a hacer hueco entre la curvatura del cuello y el hombro—. De no quererme cerca, podrías habérmelo dicho.

—¿De qué estas hablando? —Aemond levantó una ceja, extrañado y confundido. ¿No era obvio lo mucho que lo necesitaba cerca? Tuvo que hacer un esfuerzo por contenerse del cosquilleo de su entrepierna.

La respuesta hizo que Lucerys se encaramara, afligido; con una mano sostuvo la base de Aemond y lo sacó de su interior sin más. Se escuchó un chapoteo. En el acto, alcanzó a notar que en el rostro de Aemond se formaba una mueca de desasosiego. Lucerys hizo un mohín. Arrastró las sábanas y se las llevó consigo al sofá de la habitación, lejos de él.

Parpadeo un par de veces y se odió por un momento cuando su miembro se mantuvo erecto, en busca de muchacho. Pronto entendió que cualquier cosa que estuviera rondando la mente de su amado apenas le había permitido disfrutar de sus caricias. Comenzaba a sentirse celoso. Dejó la cama y fue tras él, olvidando su propio placer, para centrarse de lleno en el muchacho afligido que había huido de él. En el sillón se dejó caer a su lado y buscó abrazarlo, a lo que Lucerys se achicó entre sus brazos, permitiendo a regañadientes la cercanía de Aemond.

—Cuéntame que es lo que te tiene tan intranquilo, Strong— exigió Aemond mientras acuñaba el torso de Luke envuelto en sábanas alrededor de sus brazos, recibiendo su espalda contra su cuerpo, gustoso.

En un inicio, Aemond se había dejado sorprender por su presencia. Luke había ido a verlo, ¡a él!, ¡hasta el Campus Universitario de la Ciudadela!, ¡hasta Antigua! Simplemente se negaba a sacarse de la cabeza lo que había sucedido hace unas cuantas horas, cuando Lucerys se había aparecido frente a la puerta de su departamento una vez caída la tarde, empapado por la lluvia y con el rostro consternado. No fue hasta ese momento, que el recuerdo de los ojos hinchados de Luke tomó sentido.

—Es solo que a todos les contestas el móvil, menos a mi— confesó en un arrebato, recordando todas las veces en las que le había enviado mensajes sin recibir respuesta aun cuando su tío se encontraba en linea. Lucerys se sintió estúpido por atreverse a reclamar algo tan banal como eso.

—Es porque tú y yo tenemos lo de las cartas—recalcó con firmeza, sin perder la serenidad. Entonces Lucerys deshizo el nudo que Aemond había formado alrededor de su torso y se volvió hacia él, de frente. No pudo evitar sentirse ligeramente ofendido cuando el menor rechazó sus brazos dispuestos a atenderle, a darle calor y mimos. Intentó restarle importancia, ya vería como calmarlo.

—¿Y por eso me ignoras?— su pregunta golpeó cualquier atisbo de moderación.

Aemond permaneció en silencio. La respuesta era un rotundo Si, bajo tales términos.

—Ya veo…—mencionó por lo bajo cuando vislumbró una afirmación asomársele—. No contestas mis mensajes pero no te importa follarme cada que me ves…— bajó la vista, lleno de amargura; ya no estaba interesado en la desnudez de Aemond—. Entonces, sólo soy un juego para ti.

Lucerys cerró los ojos con fuerza; de atinar un gesto de afirmación en el rostro de Aemond otra vez, le propinaría un puñetazo en el ojo que le quedaba. Desearía haberse tapado los oídos cuando escuchó a Aemond proferir un Hmm y lo que parecía ser algo parecido a una burla, llena de sorna. ¿Se estaba burlando de él?

—Lucerys. Si fueras un juego, serías uno del que jamás me aburriría— se sorprendió. Alzó la mirada y frunció el ceño, molesto. Su tío parecía divertido a costa de su sufrimiento.

—Si no soy un juego, ¿entonces qué soy? — se animó a continuar, impulsado por el enojo—. ¿Hay alguien más? ¿me ocultas de alguien acaso?— Luke no pudo evitar pensar en voz alta cuando un centenar de posibilidades perpetuaron su mente. Se sentía inseguro.

—Qué dices…— pronto, el semblante de Aemond cambió y su diversión se difuminó en el aire—. No hay nadie más.

—¿Entonces? ¿por qué no respondes mis mensajes? — insistió el joven en un sobresalto.

Aemond se llevó la mano a la sien y bufó en un gesto de desesperación. Sin más, se levantó con violencia y se marchó, dejándolo completamente solo en la habitación. El corazón de Luke palpitó a mil por hora cuando cayó en la cuenta de que Aemond lo había abandonado fríamente. La decepción le estampó el pecho y el arrepentimiento le asaltó por completo, a Aemond no le importaban sus sentimientos; no debió haber ido en su búsqueda en primer lugar, aquello había sido un gran error. Además, cuando Daemon y su madre se enterarán de que no se había presentado para entregar la última papelería en las oficinas de la facultad y así iniciar el primer año en la universidad sin ningún problema, pegarían el grito en el cielo y no dudarían en cuestionarlo.

A Daemon no le iba a gustar para nada saber que había estado con Aemond durante su primer día en Antigua, sobre todo después de que lo sorprendió irrumpiendo su privacidad, leyendo las diabólicas cartas de Aemond. Ese día había sido el mismo en el que su padrastro mantuvo una bochornosa plática con él al respecto. Todo era un asco. No tiene porqué enterarse dónde estoy, pensó Luke, más preocupado por los contactos de su padrastro que por él mismo.

Nada había valido la pena. Además, no recibía sus cartas desde hace un mes. Solo había una explicación. Aemond, aunque se empeñarse en evadirlo, se había burlado de él y se había aburrido, finalmente.

Lucerys suspiró profundamente y miró el techo, tratando de contenerse a sí mismo, colérico. Se acurrucó entre las sábanas y cerró los ojos con fuerza. Un peso de un material desconocido cayó y se balanceó a su lado, haciéndole abrir los ojos de par en par. Aemond había regresado con una caja que dejó caer en el lugar que había estado ocupando, a su lado. Se sobresaltó cuando la caja se desbalanceó bruscamente y se tambaleó ante la suavidad del colchón.

Estos—enfatizó el de cabello plateado con un deje de ironía y molestia, señalando la pila de sobres bien acomodados en el interior de la caja—, son todos y cada uno de los mensajes que te he respondido— Lucerys frunció el ceño, sin llegar a entender por completo, entonces se asomó al interior del contenedor de cartón y se animó a extraer uno de los tantos sobres que contenía, mirándole, receloso. Aemond se mantuvo al margen con los brazos cruzados, observando a Luke escudriñando sus cosas. Lucerys descubrió que se trataba de las cartas que había escrito en respuesta a las de Aemond.

Apenas pudo contener la respiración, pues sintió las mejillas muy tibias.

—¿Las conservas todas?— inquirió. Había cierta incredulidad en su tono. Un cosquilleo recorrió su pecho.

—Todas.

—Pero…aun así; no recibo tus cartas desde hace un mes. Me abandonaste— Lucerys se contrajo más dentro de las sábanas, el cosquilleo que sentía disminuyó.

—Eso es porque el maldito servicio postal de Poniente es una mierda, seguramente nunca las recibiste— Aemond batió la cabeza de lado a lado—. Y no te abandone— acentuó, mirándolo envuelto entre lo blanco de las sábanas, se veía lindo así. Tuvo que contener sus ganas de regalarle una sonrisa que esbozase ternura, por lo que moduló las expresiones de su rostro para figurar la característica apatía que solía rondarlo—. Ahora que estaremos más cerca el uno del otro, en Antigua… estoy de acuerdo con comenzar a comunicarnos a través de la mensajería instantánea.

—Nadie le dice mensajería instantánea, ¿eres imbécil?— replicó el muchacho, esta vez con una media sonrisa en el rostro. Aemond farfulló y desvió la vista, satisfecho; parecía haber tenido éxito calmando al dragón que su sobrino encerraba y dejaba salir de vez en cuando.

—Me da igual— Aemond rodó el único ojo que tenía. Lucerys se dejó llevar por el reflejo en el zafiro que llevaba desnudo, como todo el cuerpo—. Comuniquémonos a través del móvil como la gente normal. Será más sencillo así cuando no sepa dónde estás o si necesitas algo. No podré enviar una carta que te llegará a la vuelta de la esquina y en dos semanas, si tengo suerte.

Lucerys profirió una risilla y sus ojos se tornaron brillosos.

—¿Lo haces por mera practicidad o…?—no satisfecho, el castaño buscó respuesta, antes de sacar cualquier conjetura.

Aemond suspiró con pesadez, tragándose todo el aire de la habitación.

—Practicidad— agitó la mano en el aire, con la elegancia que lo caracterizaba, figurando obviedad. Entonces, los ojos de Luke se posaron sobre el suyo; bonitos y color verde oliva, tan solo tuvieron que entrecerrarse un poco para lograr profundizar en el asunto y obtener la verdad. Aemond se quebrantó, exhaló y finalmente se resignó—. Busco complacerte, Luke.

Lucerys sonrió, satisfecho. De pronto todas y cada una de las inseguridades que había adquirido durante el último mes fueron debilitándose una a una. Pero aun deseaba saber más. Se alejó del deseo impetuoso que volvía a formarse en su vientre bajo cuando fue consiente de la desnudez de Aemond y preguntó, sin más:

—¿Crees que podríamos intentar recuperar la última carta que enviaste?

Aemond hizo una mueca.

—A decir verdad, Strong, llegué a pensar que tu repentina intervención en mi departamento se debía a esa carta— el mayor lo miró directamente. Lucerys conocía suficientemente bien a Aemond como para no haber sido consciente del gesto de decepción que se construía en su rostro. Muchas expresiones en el rostro de Aemond eran suaves, un tirón de labios o del entrecejo lo cambiaban todo y nada a la vez, otras expresiones, eran, por su parte, violentas y descolocadas. Solo hacia falta hacerlo enojar para que este desencajara su mandíbula y mostrase un rostro desfigurado.

—¿Esa carta decía algo importante?— Lucerys frunció los labios y parpadeo un par de veces. Una emoción bien conocida le atravesó el pecho.

A Aemond le agradó su curiosidad. Dio un paso y buscó entre los sobres dentro de la caja de cartón, hasta que sus dedos dieron con el papel indicado.

—Siempre escribo en borrador, antes de pasar mis escritos a una mejor caligrafía— el de cabello color plata le extendió el papel. Lucerys no vaciló en tomarla entre sus manos. Se levantó, dejando la sabana en el sofá y comenzó a leerla sin tapujos, dando vueltas por toda la habitación. Aemond frunció el ceño y pareció enfadarse por su desnudez.

—¿Quieres sentarte de una vez? — le atisbó de repente; a decir verdad, los pasos y caminos que Luke trazaba en la habitación entera lo estaban poniendo nervioso. No era una carta como las otras, no; para él, había sido como una revelación, una que le había atacado con la misma violencia con la que buscaba tener a su sobrino únicamente para él.

De pronto, ya no le bastaba solo con verlo durante el invierno o el verano, ni follárselo en secreto en alguna de las tantas habitaciones sin uso de la casa de campo de su padre. Hueles a coito, le susurró Aegon una noche veraniega, tomando su lugar a su lado en la mesa y alzando su copa al frente sin despegar la mirada de Luke. Un movimiento peligroso que había logrado captar la atención de su madre.

El tema de las cartas era excesivo, fuera de la medida normal. Tantas cartas donde él y Luke compartían más que palabras. Aemond disfrutaba de comunicarse con él a través de ellas, y si un día recibía mensajes suyos a través del móvil, lo ignoraba como castigo. Había encontrado cierto disfrute en ello, Aemond sí que deseaba lastimarlo, hasta que miraba las consecuencias de sus actos y entonces se arrepentía. Pero si un día llegaba una carta donde Luke le contaba que había salido a cierto lugar o que había comenzado a leer un libro nuevo, su corazón se aceleraba y se sentía afortunado de leerle.

Y por otro lado, estaba el tema de la culpa.

Por los siete infiernos. ¡Qué se había estado cogiendo a un chico menor de edad por 2 años! No, ¡peor aún! Había caído por él profunda e irreversiblemente cuando apenas tenía cerca de los quince. Cualquiera diría que era un asco, una basura. Deberían haber llamado a servicios infantiles para protegerlo de él; y la cosa no terminaba ahí, ¡Lucerys era su maldito sobrino! Aquello no podía seguir, no de esa manera. Aemond sí que quería a Luke para él, por encima de Daemon y Rhaenyra, y cualquiera que se interpusiera. Estaba seguro de que ardería en todos y cada uno de los siete infiernos como un castigado, o peor, un demonio que se había hecho del inframundo al no sentir nada de culpa. Un dragón que ansiaba arder.

Movido por estas mismas sensaciones asfixiantes, un día explotó en mil pedazos. Aemond escribió y envió una carta. No recibió contestación, por lo que dio por terminado su romance, asumiendo que se trataba de una negativa por parte de Luke. Deseaba tomárselo de manera fría, que no le había importado. Luke siempre contesta mis cartas, pensaba como un hecho tortuoso cuando revisaba la página web que indicaba que su correspondencia había sido entregada. Quizá lo merecía, por no haberle respondido el móvil. Y un mes después, ahí estaba, en su departamento en Antigua, pensando que el motivo había sido la carta, aprovechando su ida obligatoria al Campus Universitario de la Ciudadela. Ciertamente, había estado feliz de imaginarse más cerca de Luke, ahora que este iniciaría la universidad.

—Entonces… ¿me has extrañado mucho y crees que será genial tenerme aquí en Antigua? — de repente, la voz aterciopelada de Luke logró sacarlo de sus pensamientos. El muy bribón había tomado asiento en la cama y ahora se encontraba con las piernas cruzadas en forma de mariposa, citándole directamente del papel que sostenía entre las manos, con una sonrisa que no se esforzaba en esconder una travesura.

Aemond lo había captado, el cómo trataba de hacerle burla, triunfante. Derramó un Hmm y permaneció frente a él, inexorable.  

—¿Sientes hambre por mí, Aemond?— la voz de Lucerys se tornó sensual, continuando con las citas. Aemond se dejó sorprender por lo rápido que Lucerys podía sopesar entre lo burlesco y lo lascivo. Se sorprendió aún más cuando tomó su mano y lo atrajo hacia él, invitándolo a tomar hueco entre sus piernas. Aemond no pudo contenerse más. Mirar su cuerpo desnudo, como una pintura obscena que podía tocar, despertaba su vientre bajo y avivaba su piel; sin más, le acarició las mejillas con tanto cariño y entrega que Lucerys se sintió el ser más amado sobre la faz de la tierra.

Aemond se abrió paso entre sus labios con la lengua, como se había hecho espacio a si mismo entre sus piernas, inclinándose para besarle. Luke se acomodó en el centro de la cama, trayendo a Aemond consigo, con las manos traviesas danzando por todo su cuerpo. Lucerys acarició su trasero y Aemond jadeó con gravedad. Las manos de Lucerys eran exquisitas sobre su cuerpo; cuando Luke notó su efecto, llevó sus manos a sus testículos y los acarició. Después jugó con su vello, a Lucerys le era llamativo que fuera relativamente lampiño.

Aemond se sintió atendido por Lucerys cuando sus manos iniciaron una danza. Él, por su parte, le acarició los muslos y jugó con su boca, tan cálida y deliciosa, degustando cada fragmento de ella. Luke se revolvió cuando las manos de Aemond tocaron muy cerca de su entrepierna; sus dedos le quemaban, dejando un rastro donde quiera que palpase. Mientras sus lenguas húmedas danzaban juntas, Luke comenzó a jugar con los pezones de Aemond. A Lucerys le gustaba acariciarlos, lamerlos y chuparlos. Su dedo índice se dio a la tarea de acariciar en suaves círculos la rosada aureola de su pezón derecho, mientras que el anular y el pulgar trataban de mantenerlo estimulado por completo.

Aemond jadeó en su boca.

—Siento tanta hambre por ti, Lucerys—profirieron sus labios entre besos llenos de calor—, que todos los días ardo en cada uno de los siete infiernos por no poder tenerte cerca— Aemond comenzaba a perderse ante el deseo. Sus manos recorrieron la espalda de Lucerys, dejando marcas que despertaban su cuerpo. Luke alzó un poco las caderas ante las caricias y Aemond tuvo acceso a sus nalgas, acariciándolas y apretándolas con arrebato.

 —Hazlo más fuerte— le pidió en un susurró. Aemond ciñó la piel de su trasero y se aferró con fiereza, dejándole las marcas rojas de sus dedos como un obsequio. Besó y probó su cuello, saboreando y dejando chupetones. Se dirigió a su miembro y lo masturbó, apretándolo en su mano mientras iniciaba un movimiento de arriba hacia abajo.

Lucerys se dejó caer entre las sábanas de la cama y lo miró con ojos llenos de agonía. Lo deseaba.

—Cómeme, tío— Aemond sonrió, la vista que tenía era hermosa. Lucerys estaba tendido, delante suyo, jadeante y exigiendo su atención. Su miembro erecto y excitado pidiendo y clamando únicamente por él.

Aemond lo tomó con los dedos y lo llevó a su boca, degustándole. Succionó y chupó. Besó y contoneó su lengua sobre su glande, y volvió a chupar. Lucerys era exquisito. Levantó la vista y lo encontró mirándole, entre gemidos, con ojos lascivos. El castaño dirigió sus manos a los cabellos plateados de Aemond y los acarició. Aemond continuó saboreándole mientras se abría paso en su entrada con un dedo. Luke jadeó al sentirlo dentro. Luego introdujo otro dedo y succionó con mayor fuerza su miembro. De esta manera, Aemond inició las penetraciones con ayuda de sus dedos, tocando algo en el interior de Luke que a juzgar por su mirada y expresión, le había gustado. Mirarlo morderse los labios le ponía duro. Lucerys contrajo los dedos de los pies y gimió, instándole a besarlo.

Aemond volvió a su boca, nunca se cansaría de degustarlo. Entonces se sintió palpitar, ardiendo de deseo. Le deseaba, deseaba a Luke una y otra vez solo para él.

—Ahora—le escuchó decir, lleno de lujuria—. Te necesito ya…

Una especie de electricidad le recorrió entero, de pies a cabeza.

—¿Cómo deseas que te folle, Mi señor Strong?

Lucerys sonrió embebido en placer y deseo mientras Aemond dejaba salir sus dedos de su interior. Una orden, solo eso bastaría para jodérselo de la manera en la que él más quisiera.

—Aemond, ¿esa especie de hambre de la que hablas en la carta es algo más?— Lucerys sonrió, ya sabía la respuesta. Aemond, por su parte, se dejó sorprender por la pregunta. Aemond se hizo de su miembro y comenzó a masajearlo nuevamente, el muchacho se ahogó en un gemido.

—Eres tan impertinente— le reprendió, apretandole entre los dedos. Luke se derritió ante el dolor que le hacía sentir.

 —Dilo, por favor. Necesito escucharlo— rogó con ojos lascivos y algo más, como si esperase aquello que solo Aemond podía dar o decir.

Su corazón vibró y casi se despedaza, ¿cómo podía si quiera haberse permitido torturarlo con el tema de los mensajes?

—Eres mío, Lucerys. Mio para amar y hacer lo que desee.

Lucerys se sintió mimado y complacido, era la primera vez que Aemond le decía que lo amaba. El joven de cabellos color plata continuó dándole caricias con las manos a su entrepierna. Todo comenzaba a mezclarse para ambos, los cariños, las emociones y el placer. Luke lo necesitaba tanto y Aemond no se negaría.

—Follame así entonces—pidió sin más, envuelto en su excitación.

Aemond se colocó encima suyo, descansando parte de su peso en un brazo mientras con el otro guiaba su miembro a su interior, internándose en su cavidad lentamente. Lucerys dejó escapar un jadeo, le gustaba sentir a Aemond de esa manera. Cuando estuvo completamente dentro, inició moviéndose con cuidado, sintiendo las paredes de su compañero embelesarle. Lucerys era tan apetitoso. Así, las estocadas continuaron, aumentando su ritmo gradualmente mientras le besaba el rostro y le mordía el lóbulo de la oreja, susurrando lo delicioso que era a su oído.

Pronto se hundieron en besos más profundos. Aemond deseaba darle toda la atención posible, masturbándole y penetrándole, deleitándose con los gemidos y jadeos de ambos. Sintió a Lucerys contraerse en su mano, gimiendo; el clímax lo había alcanzado, sintiendo los espasmos recorriendo sus terminales nerviosas, sobre todo en su vientre bajo. Entonces Lucerys llegó al punto de no retorno, acabando en su propio abdomen.

Estaba tan estimulado que las sensaciones que sentía en su interior generadas por Aemond se volvían mayores. Aquel punto que Aemond tocaba dentro suyo lo palpaba y le generaba un delicioso cosquilleo, sintiéndose morir. Aemond también se sentía de ese modo; su miembro estaba tan duro dentro de Lucerys que sentía que tarde o temprano se derramaría.

—Aemond… más…— suplicó entre jadeos, con los ojos brillosos y destellantes, llenos de placer. Aemond le besó la frente y salió violentamente de su interior, Luke se quejó cuando lo sintió salir. Lo colocó de espaldas con brusquedad y lo recostó. Sin premisa, lo atravesó. Lucerys estaba incendiándose, ahogando gemidos entre las sábanas cuando comenzó a penetrarlo con choques violentos. Aemond lo atravesó una y otra vez. Dio un par de estocadas profundas y jadeo. Cuando se sintió a punto de derramarse, salió y acabó en su bonita espalda baja, ronroneando.

 

II

 

Lucerys tenía 14 años cuando se dio por iniciado el tema de las cartas. Cuando menos se había dado cuenta, esperaba frente a la ventana cada dos semanas a que la camioneta de la paquetería timbrara el claxon a la entrega de sus misivas, firme a recibir las palabras de Aemond tendidas en pulcra caligrafía. Para Lucerys era importante porque sabía los muchos problemas que su tío tenía para expresar emociones, así que no le costaba imaginar lo mucho que Aemond se esforzaba por escribir algo qué compartirle.

Lucerys estaba al tanto de cuánto le costaba abrirse, especialmente con él, a raíz del ojo. Así que comenzó a celebrar el recibimiento de sus cartas como símbolo y prueba fehaciente del restablecimiento de su amistad. O por lo menos, así había sido en un inicio.

La cosa había comenzado después de que Aemond lo había lastimado, devolviéndole el regalo de Navidad que Lucerys le había entregado. Un bonito libro en Alto Valyrio con historias sobre la magia, los dragones y la guerra. Su tío, en un inicio había mostrado un particular interés en el libro de pastas viejas y hojas amarillentas, y Luke al ver que ni siquiera era capaz de contener su emoción por leerlo, se sintió feliz y emocionado de que finalmente pudieran congeniar en algo. Pensaba que había dado en el blanco, pues no era un secreto que Aemond era, a pesar de todo, un ratón de biblioteca. Pero cuando este le dijo que ni lo quería, ni lo necesitaba en la noche de Navidad de aquel año, a Luke se le rompió algo que tenía enterrado en el pecho y la pequeña pero valiosa relación que habían logrado recuperar aquellas vacaciones de invierno, de pronto parecía no haber significado nada, para su desgracia.

Una mañana helada, su mal talante seguía a flor de piel en relación con lo ocurrido. Pensaba que si Aemond no iba a leer el libro, pues entonces él lo haría. Así, se dispuso a comer helado, envuelto en una manta caliente encima de un taburete, con Joffrey haciéndole compañía embobado en las caricaturas televisivas.

Fue entonces cuando Lucerys encontró la primera carta de su tío entre la pagina 50 y 51, donde la imagen de dos dragones míticos y sus jinetes embelesados por la batalla permanecía impresa, con una leyenda que le acompañaba; “Batalla en el ojo de los Dioses, pintura en lienzo, 130 d.C”, algo de todo esto le parecía familiar, pero decidió ignorarlo.

La dichosa carta estaba escrita en Alto Valyrio y con tinta de Yi Ti. Al principio se molestó cuando leyó el remitente, haciendo gala de su sobrenombre: Para Mi Señor Strong. La cogió entre las manos, y con todo el estrepito que esta le había causado, la leyó por completo, sintiendo el pecho desplegado.

Lo primero que hizo fue correr a casa de su abuelo, aun envuelto en la cobija con la nieve saltando debajo de sus pies para lanzarle la carta a la cara a su tío, decirle que era un imbécil y luego abrazarlo; después decirle lo mucho que le había molestado lo del libro y luego enfrentarlo; qué culpa tenía él de que Aemond se hiciera un lio por dentro cuando se trataba de él, como bien se había encargado de aclarar en la carta, tratando de justificar su cruel comportamiento:

He rechazado tu regalo por eso, no me siento capaz de tomar lo que me das aún. Me tienes hecho un lio por dentro. Estas vacaciones de invierno me he divertido tanto contigo que ya no puedo pensar en solo sacarte un ojo. Quisiera ser tu amigo, genuinamente. Dame tiempo. Señor Strong, cualquiera que decida conocerte mejor te jurará lealtad eterna, ahora lo entiendo. Déjame ser yo. Te estaré enviando cartas, como lo hacían nuestros antepasados, será divertido, supongo.

Mientras corría rumbo a la casa de su abuelo, menos lo entendía, necesitaba explicaciones y unos guantes, las manos se le estaban congelando, aquel invierno había pegado duro en la moderna ciudad de Desembarco, pero eso poco importaba si aun cabía la posibilidad de alcanzar a Aemond. A qué se refería su tío cuando ponía en la carta Me tienes hecho un lio por dentro, Lucerys estaba tan confundido.

Cuando llegó a casa de su Abuelo con las manos y la nariz congelada, Aemond ya había partido a Antigua para retomar los estudios. El calor del hogar de su abuelo le habían descongelado las emociones que había sentido antes de emprender el camino en medio de la nieve. Su corazón latía rápido, y no por haber corrido por lo menos un kilómetro con una capa de nieve debajo de sus pies, el color rojo le empapaba las mejillas y no por el frio de fuera estampando su piel. Sentía tanta calidez a raíz de la carta.

A veces deseaba con todas sus fuerzas tomar el móvil, abrir la ventana de chat y enviarle emoticonos e imágenes graciosas. Pero su indicación había sido clara. Aemond insistía en que mantuvieran contacto por correspondencia. Vaya tontería se le fue a ocurrir, llegó a pensar en un inicio, pero con el tiempo, la escritura en papel, el pegado de las postales y el dirigirse emocionado a la paquetería más cercana con una carta que encerraba sus emociones y vivencias comenzaron a llenarlo. Ansiaba que Aemond lo conociera mejor, al mismo tiempo en que podía profundizar más en la personalidad de su huraño tío.

Después de un mes, Lucerys había recibido y escrito cuatro cartas en conjunto. Le gustaba pensar que no solo tenía los sentimientos de Aemond pendiendo de sus manos, sino, algo más. Con el tiempo, la desesperación por saber de Aemond, más le hacía decepcionarse del servicio postal. Parecía ser que la correspondencia en el Poniente Moderno era peor a cuando sus antepasados enviaban cuervos entre los Siete Reinos, de Desembarco del Rey hasta el Muro, y del Muro a Alto Jardín.

No pasó mucho tiempo antes de darse cuenta sobre lo mucho que Aemond significaba para él, que las emociones que este le provocaba con solo un par de palabras eran bien capaces de avivar cualquier llama que hubieran mantenido a medio contener en el pasado y que ahora bien podría descontrolarse e incendiarlo todo y a todos. Aemond era un catalizador que invitaba a Luke a quemar, a corroer, a desear y a sumergirse con él en cualesquiera de los siete infiernos. Si Aemond no había podido salir del infierno, Luke estaba perfectamente bien con la idea de ir con él y arder en su compañía.

Comenzaron a follar cuando Lucerys cumplió los 16, entre vacaciones de invierno; no parecía nada serio en un inicio. Se escondían en las habitaciones más olvidadas y ponían los seguros, esperando que nadie molestase. Cogían y luego se presentaban a la mesa para cenar cómo si nada, como si no hubieran comido y bebido el uno del otro con anterioridad. Aegon parecía haberse dado cuenta. Luego, Aemond volvía a Antigua y continuaban con las cartas, como si nada, aunque a Lucerys realmente comenzaba a dolerle, y Aemond por su parte, como siempre, ignoraba lo bueno que sentía.

Las Diabólicas Cartas, como las llamaba Jacaerys, no eran más que un intercambio de palabras donde ambos compartían su día, su semana o sus desgracias, aparentemente. Sencillo y simple, había cierto encanto en ello y Luke admitía lo mucho que le gustaba la recobranza de tener algo solo con Aemond. A veces Lucerys se hacía el gracioso y en medio del papel, con cierto enfado y protesta, escribía: En vista de lo difícil que es enviar memes a través de una carta escrita por mí mismo, toma un dibujo de algo gracioso que vi en internet, seguido de un calco con una leyenda que a Aemond le parecería ligeramente gracioso o que por lo menos le haría contener las risas con tal de mantener su semblante serio.

Y luego, todo explotó. Lucerys comenzaba a envidiarlos a todos. Deseaba compartir la facilidad con la que Aemond solía comunicarse con los demás miembros de su familia y seguramente con otras personas que rondaban su vida, a través del teléfono móvil. Estaba celoso. Comenzaba a pensar que aquello de las cartas no era precisamente especial, ni algo a lo que podría llamar como puramente suyo. Lucerys pensaba que se trataba de una de las tantas tácticas que Aemond empleaba para alejarlo de él, porque cuando Lucerys intentaba enviarle sencillos mensajes a través del teléfono en medio de una protesta que solo el parecía sufrir, Aemond nunca se dignaba a contestaba, a pesar de aparecer en línea. Lucerys se preguntaba qué hacía que fuese tan importante. Cualquier cosa menos hablar con él, pensaba. Estar con alguien más, quizás.

Un día encontró a Daemon leyendo sus cartas. Lucerys se había molestado encarecidamente por ello y se lo hizo ver, pero Daemon solo sonrió con sorna y luego lo miro como diciendo: Siempre estoy un paso por delante de ustedes. Por suerte, las cartas que leyó no contenían nada extraño. Estaban acostumbrados a mencionar algunas veces sus encuentros eroticos y lo que les gustaba de ello. Daemon era perspicaz y Lucerys por un momento sintió que estaba al tanto de la situación. Probablemente así lo era. Pero su padrastro solo dijo:  Deberías alejarte de esa basura mitad Hightower, antes de que tome tu ojo, o cualquier cosa que busque de ti, luego encumbró las cejas y un aire burlesco le asentó. Había cierto parecido entre Daemon y Aemond. Si no es que ya lo tomó.

 

—¿Lograste entrar al programa de phD?— sus piernas estaban enredadas y sus pies se acariciaban.

—Si, ayer me dieron la noticia— acarició sus cabellos castaños, deslizando sus dedos entre ellos. Lucerys suspiro, sintiéndose mimado.

—Mencionaste la rama a la que aspirabas en una de tus cartas, ¿finanzas?— inquirió, con afán de demostrarle su interés.

—Si—Aemond dejó caer los parpados y se acercó al cabello de Lucerys para olfatearle—. Hueles bien…— su aroma le dio tranquilidad, Lucerys olía a vainilla después de haber tomado un baño—. Pero si, vendría bien hacer los balances de la empresa.

Lucerys se dejó engatusar también por el olor que Aemond desprendía; aun no lo descifraba del todo, pero le gustaba.

 —Mi madre dijo que eras inteligente, dijo que la ultima estrategia mercantil que habías propuesto al abuelo Viserys trajo buenos frutos— Lucerys le acaricio el torso, buscaba llenarlo de cariños y subir su ego un poco. Sonrió suavemente cuando sintió a Aemond regodearse, orgulloso.

—¿Al final decidiste cambiar de programa?— Aemond se animó a preguntar, demostrando el mismo interés que Luke hacía un instante.

—Si, mañana, a escondidas del abuelo Corlys, y mis padres—había preocupación en su voz. Lucerys se internó en el cuello de Aemond, se le estaba haciendo costumbre esconderse en ese lugar cuando buscaba deshacerse de los problemas.

—No tienes que estudiar nada que no quieras— besó su frente, esperando transmitir su gesto como un soporte mientras le acariciaba la columna.

—No decías eso mientras me obligabas a leerte en Alto Valyrio cuando tenía 5— Aemond apoyó el mentón en su cabeza y suspiró, entre el sueño y la vigilia.

—Era diferente, necesitaba un compañero de juegos. Mi madre me obligaba a seguir las costumbres Targaryen, aunque si soy sincero, a ella no le gusta mucho la parte del incesto— Aemond rio encarecidamente. Era increíble cómo después de siglos y siglos de modernidad en Poniente, los Targaryen no se habían extinto por follar entre ellos. Si su madre se enterase de lo que hacía, probablemente habría dejado de ser un hombre con buen porvenir para ella desde hace tiempo—. Y Jacaerys y Aegon eran ordinarios… no tan maleables—había malicia en su tono. Recordó cuando Lucerys lo seguía a todas partes y ambos jugaban a ser jinetes de dragón. Aunque si recordaba bien, Lucerys era volátil y capaz de cambiarlo por una mazorca de maíz cuando encontraba cosas más interesantes qué hacer con Aegon y Jacaerys.

—¿Entonces ibas con tu sobrino el más pequeño y lo engatusabas para que hiciera lo que tú querías? — Lucerys depositó suaves besos en su clavícula y restregó su rostro contra su pecho, adormilado.

—Por los siete, siempre has sido tú el que me hace a mi como quieres—se burló mientras aceptaba los cariños que Lucerys le daba. Se aferró más a él y gruñó—. Te daría mi otro ojo si lo pidieras.

Hubo silencio.

—No… no digas eso—Lucerys levantó la mirada. Cuando sus ojos se toparon con el zafiro que Aemond llevaba, palpó la cicatriz con las yemas de los dedos con cuidado, como un regalo preciado, y llevó sus labios a ella.  

—Calma, Strong… harás que busque sacarte un ojo de nuevo— Aemond se sintió cohibido al sentir sus labios contra su piel cercenada.

—No, gracias.

Lucerys se dio la vuelta, buscando más comodidad en la cama, pidiendo que Aemond le abrazase y le acuñase con los brazos por la espalda. Aemond así lo hizo.

—Si no estudias esa ingeniería…¿qué quieres estudiar? — retomó el tema, besando su nuca.

—Es Ingeniería Química…ya sabes, mi abuelo quisiera heredar Petroleos Drifmark si tiene a alguien joven que impulse las nuevas tecnologías petroquímicas, después dijo, Sería genial que eligieras una acentuación administrativa— le imitó, tratando de igualar su voz con algo de respeto, aunque estaba enfadado.

—Tú abuelo ha demostrado ser un hombre sabio—Lucerys ignoró su comentario. Aemond no pudo ver cómo fruncia el entrecejo más sintió su desgana y mal talante—. Pero si buscas cambiar, yo te apoyare.

—He escuchado que la Universidad de la Ciudadela tiene un buen programa de ciencias genómicas. Quiero cambiar a la carrera de biología, mañana hablare con la administración y trataré de convencerlos— lo escuchó decir con seguridad.

La platica continuó fluyendo con normalidad, charlaron sobre banalidades y luego se comieron la boca un buen rato, hasta quedar exhaustos. Afuera seguía lloviendo.

—Aemond.

El muchacho de cabellos color plateados se revolvió en su lado de la cama, emitiendo un sonido de que le estaba escuchando.

—¿Te sientes culpable?

Aemond entornó los parpados, no sabía que era lo que más le asustaba. Responder a la pregunta o el sentir culpa por no sentirla.

—Algo así, pero no importa… arderé en todos y cada uno de los siete infiernos— se movilizó en la cama, quedando de frente al techo. Su tono era irónico.

—Me basta con tenerte solo para mí— le contestó Lucerys, abrazándose a él.

. . .

Aemond se despertó temprano. Los mensajes que llegaban a su celular y al de Lucerys comenzaban a incomodarle, por eso odiaba los malditos dispositivos electronicos; si no frenaban, pondría su dispositivo en silencio y despertaría a Lucerys para que acallara el suyo. Se estiró, quitándose el brazo pesado de Lucerys de encima y recogió el ruidoso aparatejo, tratando de enfocar la vista en la pantalla brillosa. Su tío Daemon había enviado una imagen que descargó tan pronto como logró enfocar.

La imagen era un escrito, que contenía lo siguiente:


Mi Señor Strong:

 

Felicidades por tu XVIII día del nombre. Escuché de un cuervo de tres ojos que te ha ido excelente en los exámenes de ingreso. Será bueno tenerte pronto en Antigua. Lamento no haber escrito; entre la ceremonia de graduación, el trabajo y los últimos pendientes me he distanciado de las necesidades y los placeres. Te he extrañado, mucho. Desde la última vez que te vi, en el verano, me he permitido ser practico y deshacerme de la absurda idea de que los diablos como yo estamos consagrados a la idea desinteresada de algo llamado Mal. Mis motivaciones son dos: la primera es deshacerme del temor al castigo, y la segunda es saciar una especie de hambre. Me imagino que los demonios, en el sentido universal, pueden devorarse mutuamente. En la Tierra, a este deseo se le denomina Amor. En los infiernos, lo reconocen como Hambre. Siéntete en la perfecta libertad de tomar lo que te ofrezco, si así lo quieres.

 

Tu tío,

Aemond.


Parecía que la carta si había llegado, después de todo. Aemond suspiró, sin culpa.

 

Daemon: «Voy a atravesarte el ojo con un cuchillo»

Aemond: «No cabe duda de que eres todo un hipócrita, tío»

Daemon: «Me voy a morir de la risa si dices que Luke es tu alma gemela. Aléjate de mi familia o verás que mañana me tienes en Antigua atravesando tu cráneo con una ballesta».

Aemond tuvo una especie de dejá vu, pero prefirió ignorarlo. Suspiró y miró dormir a Luke. ¿Un alma gemela? Aemond no creía en esas cosas. Luke era su compañero en todos los sentidos.

Aemond: «Adelante, ¿quieres que Lucerys se ponga triste?»

Notes:

Cuentame si te ha gustado este intento de smut! nos excedimos con el largo. Mancille el libro de cs lewis con el mismo nombre

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