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Lumine se abraza a sí misma en busca de calor, estornuda y sorbe su nariz, esperaba no agarrar un resfriado. La culpa era de su propia ignorancia, jamás se había podido imaginar que en caluroso desierto sus noches serían tan frías, de lo contrario, habría tomado sus provisiones cuando acepto cubrir a Raef en su guardia.
“Observar el viento”, eso era lo que Raef le había indicado. Podría esperar cualquier cosa durante la noche, pero su deber ahora era estar alerta de cualquier peligro procedente del desierto. Sin embargo, también le dijo que el desierto que los rodeaba era tranquilo, y que lo más probable era que solo debería informar de la llegada de suministros a la aldea, en realidad, por uno en particular y por eso ella estaba montando guardia.
Otro sonoro estornudo escapo de sus labios, pero parece que nadie la ha escuchado. «Todos deben dormir, ya es pasada la media noche, – piensa Lumine observando la aldea desde su altura. – Seguro Paimon debe estar durmiendo en una cama calida, mientras yo estoy aquí pescando un maldito resfriado». Es que su pequeña y parlanchín amiga la había abandonado rápidamente cuando las temperaturas comenzaron a bajar, se había ido a la casa del jefe de la aldea cuando Candace paso a dejarles un plato de comida caliente. Simplemente, acepto dormir en un lugar lejos del frío de la noche, mientras que la viajera se congelaba en la torre del vigía. Enana ingrata, eso es lo que era.
– Escuche el grito de una bestia en medio de la noche, pero resulta que solo eres tú.
Lumine se estremece al escuchar aquella voz burlona, y no ha sido por el frío. Voltea para mirar a su inesperado visitante, lo encuentra sentado en el muro más alto de la torre del vigía, la saluda levantando la mano y con una sonrísa pícara, su cabello se sacudía con la brisa nocturna.
– Tartaglia. – Fue el seco saludo que le dió Lumine antes de volver su vista al frente, mirando a la nada.
Estaba agotada de tratar con los Fatui: primero Dottore, luego Scaramouche, para terminar con el 11vo Heraldo. No quería saber nada, mucho menos de Childe, no cuando siente como su corazón se quiere salir del pecho. Toma una respiración profunda, y trata que su expresión no se demuestre la tormenta en su interior.
– ¡Oh, vaya! Esperaba más emoción de tu parte al verme después de tanto tiempo.
Ella no le presta atención al tono lástimero de su voz, ni cuando escuchó sus pasos al bajar del muro. Childe se sienta junto a Lumine, tan cerca, que ella podía oler fácilmente su olor característico que le recordaba el océano y sentir el calor de su cuerpo calentandola.
– ¿Qué es lo que te a traido a un lugar como el desierto de Sumeru, Tartaglia? – pregunta la viajera junto a un suspiro de resignación.
Él ríe secamente ante la distancia que marcaba ella. No había podido culparla, su colega la hizo pasar por muchas cosas, se meracía una porción de su desconfianza. Sin embargo, eso no significaba que no le doliera esa indiferencia.
– Ya te lo dije, girlie. Escuche a una bestia gritar y me acerque a verificar si era la que estaba buscando, y efectivamente sí lo era.
Lumine suelta un bufido al sentirse ofendida al entender lo que había detrás de sus palabras, y también su corazón que parecía querer salírsele por la boca. Siente como un calor la invade, se sorprende al notar el abrigo gris de Childe sobre sus hombros. Voltea a mirar al causante, pero él parecía entretenido escribiendo algo en una pequeña hoja de papel. Le era difícil ver que era lo que estaba anotando.
– ¿Qué haces? - Ella no era así, sabe que tiene que agradecer el gesto por prestarle su abrigo en esa noche tan fría, pero sentía curiosidad por la presencia a su lado y de lo que estaba haciendo.
– Anotando unos deseos. – responde Childe con simpleza.
– ¿Deseos?
Escuchar a Childe siempre era una caja de sorpresa, podía decirte cualquier cosa inimaginable en la boca de un Heraldo frente al que debería ser un enemigo.
– Es una festividad común en Snezhnaya por estas fechas. Cuando las campanas de la torre principal comienzan a sonar, todos tenemos listos un trozo de papel como este, en él anotamos el deseo más profundo de que tenemos en nuestro corazón. Mientras suenan las campanas tienen que escribirlo, quemarlo y echar las cenizas. – Childe sonríe con añoranza – Algunos, incluido mi padre y mis hermanos mayores, arrojan las cenizas en una copa que contenga champagne, vino o cerveza, depende del gusto, luego se lo beben toda, ¡hasta el fondo! –, explica con una risa que a Lumine le pareció casi infantil. – Imagino el ambiente en las calles llenos de alegría en este momento.
Suspira con la nostalgia de una nación que extraña, y el calor de un hogar que lo espera con ansias. Ella entendía muy bien ese sentimiento.
Un papel aparece repentinamente en su campo de visión sobresaltándola. Observa a Childe con la confusión pasmada en su rostro.
– ¿Quieres hacerlo también? Como te lo explique, es muy fácil. Solo escribes tu deseo más profundo, y después lo quemas para que se te cumplan. No parece tan complicado, ¿verdad?
Lumine toma el papel que le ofrecían
– No tengo ningún problema – expresa Lumine tratando de parecer indiferente y que sus mejillas no se sonrojaran.
Childe ríe suavemente.
– Bien.
Con papel en mano, Lumine escribe sus deseos rápidamente, sin darle la oportunidad a que Childe pudiera de leerlo. Mira el papel en su mano con sus deseos anotados. Eran dos, y dudaba de pedir el segundo después de haberse apresurado. Ella se muerde el labio con duda y ansiedad, temía que no pudiera cumplirse o que era muy tonto siquiera pedirlo. ¿Acaso él querría? Le dijo que era como las estrellas, que quería presentarle a su familia, e incluso tomar ognev mientras conversaban de cosas triviales. Eso era algo, ¿cierto? Voltea a mirar a Childe buscando una respuesta a sus dudas.
– ¿Sucede algo, girlie? - Childe se inclina sobre ella, y colocando un brazo detrás de ella, parecía estar rodeándola.
– ¡O-oh! Sí, todo está bien. - Lumine se sobresalta al escucharlo, y tartamudea una respuesta. Se había perdido en sus pensamientos de lo que había escrito.
– Entonces, ¿estás listas para quemar tu deseo? - la voz de Childe pareció bajar un poco, pero había picardía en su tono.
«No, no estoy lista», piensa Lumine arrugando el papel en sus manos en un ataque de timidez. ¿Dónde quedo la Lumine que iba a ser fría con el 11vo Heraldo, y lo ignoraría por el resto de su guardia?, se había ido con Paimon seguramente. Una parte de ella le decía que no lo hiciera, que era estúpido y una perdida de tiempo. La otra parte quería quemar el papel entre sus dedos. Todo por culpa de Childe al querer hacer esta tradición frente a ella. Lumine se arrepentía y maldecía su curiosidad.
- ¿Vas a quemarlo, viajero? - pregunta Childe con una sonrisa soberbia.
«¿Por qué está sonriendo tanto?», se cuestiona Lumine con disgusto. Ojea los deseos escritos en el papel. Por supuesto, el primero era poder reunirse con su hermano y volver a su vida de antes de quedar atrapados en este mundo, no obstante, su encrucijada se encontraba en el segundo deseo. No, no era momento para estar con arrepentimientos, ella no era esa clase de persona.
– Sí, vamos hacerlo. – responde tratando de sonar decidida. Era mejor no pensarlo demasiado.
Childe prende una pequeña llama, acerca su papel para quemarlo, Lumine lo observa jugueteando con el papel entre sus dedos, tenía curiosidad de saber qué era lo que había escrito en él. Lanza el papel, dejando que se terminará de consumir en el aire. Ahora Childe acerca el fuego a Lumine. La duda la volvió a invadir mientras acerca el papel al fuego frente a ella. Arcontes, ¿qué estaba haciendo? Retirar el papel de la llama cuando el fuego casi lo consume por completo, era el momento de arrojarlo al acantilado. Lo suelta, y no sabe por qué estaba tan nerviosa hace unos instantes. Es una tradición sin sentido, nada podía ocurrir, más allá de lo que ya estaba sucediendo.
Un silencio se instaló entre ellos. Childe tararea una canción, en cambio Lumine seguía luchando por permanecer en un estado inalterable junto a él, aunque en su interior era todo lo contrario. Fija su vista al cielo nocturno, y se sonroja ante el mar de estrellas.
– ¿Cuántos deseos pediste, girlie? – pregunta Childe de forma casual.
Estaba tan distraída que no se había dado cuenta que había dejado de cantar.
– Solo uno, quiero reunirme con mi hermano y estar junto a él como antes. - dice omitiendo su segundo deseo.
– ¿Solo uno? Pensé que habías pedido dos. - inquiere el Heraldo con duda.
– Bueno, yo… ¿Acaso vistes mis deseos?
Lumine voltea a mirarlo con sorpresa. ¿Él no podía saber la verdad de su segundo deseo, o sí? No, quizás solo preguntaba por cortesía. Childe ríe antes de responder.
– También pedí dos deseos, no tienes porque avergonzarte. Uno es poder pasar más tiempo con mis hermanos.
– ¿Y cuál es el segundo? - pregunta Lumine sin pensar.
Childe se lleva un dedo a los labios y le guiñe un ojo.
– Es un secreto.
Lumine se avergüenza, y finge desinterés volteando a ver el camino de entrada a la aldea como recordatorio de su trabajo en la torre del vigía.
Un fuerte aire sube del acantilado, levantando la arena y alborotando sus cabellos. La arena que subía parecía brillar en la noche como si fueran pequeños copos de nieve dorada, se eleva sobre ellos y pasa de largo hasta perderse en el desierto. Lumine acomoda sus cabellos con una leve sonrisa, cuando siente unos brazos que la rodean por la espalda. Un arrebol se apodera del rostro de ella, cuando siente el aliento caliente de Childe subiendo por su cuello. Voltea a mirarlo sin saber qué decir, él simplemente la miraba con dulzura.
– Aunque, puedo decir que ya se hizo realidad. – susurra Childe cerca de la oreja de Lumine.
Siente como su piel se eriza y su rostro arde, los latidos de su corazón podía oírlos perfectamente en sus oídos. Era incapaz de moverse, de hacer algo, de detener ese pequeño corazón suyo. Muchas veces había querido imaginarse que cuando lo volviese a encontrar sería en la más casual y cordial de las circunstancias. Su pulso no sufriría cambio alguno, no habría ansiedad ni sonrojos, solamente el gusto de saludar a un conocido. ¡Qué equivocada había estado!
– Lumine.
En el momento en que invoco cada letra de su nombre en un susurro cerca de sus labios, en ese momento, su corazón empezó a latir feliz, como enloquecido. «Me va a besar. ¡Oh, arcontes!», grita ella en su interior. Sin saber qué hacer, Lumine cierra suavemente los ojos y seguidamente siente como Childe posa sus labios contra los suyos en una caricia leve, en un cálido beso que calento sus cuerpos en esa noche fría, apenas había sido un contacto breve. Luego el brazo de él apretó el cuerpo de la viajera contra de sí con más fuerza y otra vez sus labios se abrían sobre los labios de ella humedeciéndolos. El contacto fue igual de suave pero más prolongado y Lumine, con los ojos cerrados ya por completo se dejó llevar por la caricia mientras él la apretaba en el abrazo. El beso seguía y ella se rendía a él sin pensar ya nada. La boca de Childe iba acariciando la suya con movimientos seguros que le envolvían y mojaban los labios. Pronto el Heraldo rindió la poca resistencia que en ella había y penetró su boca con decisión en un beso como si no tuviera prisa.
Lumine, aún demasiado nerviosa, se sentía incapaz de responder por iniciativa propia a las caricias de él dentro de su boca. Tenerlo tan cerca. Sentir su aroma, su brazo rodeandola por la cintura… el calor de su mano acariciando su mejilla y enredandose en su cabello. Por mucho tiempo había tenido que ocultar su amor por él ante todos los demás, incluso de él mismo, lo había hecho costase lo que costase. Pero ahora… ahora sentía una liberación resurgir dentro de su pecho, en la que ya no sentía la necesidad de ocultarlo más. Él lo percibió inmediatamente. Una intensa alegría y un más relajado disfrute del placer llenaron el corazón del joven de inmediato.
Childe se separa de ella, no si antes rozar la punta de su lengua con el labio superior de Lumine. Una corriente recorre su columna, sus manos aprietan la camisa de él en un intento por reprimir los sonidos que nacían en su interior. Por unos instantes Lumine se quedó inmóvil, con los ojos aún cerrados, saboreando las sensaciones sentidas, pero la respiración a sus espaldas le hizo bajar instintivamente la cabeza y pretender prestar atención a las arenas que se movían con el viento. Era inverosímil creer que una situación así sucediera en su guardia nocturna.
– ¿Se cumplió tu segundo deseo, girlie? – pregunta Childe cerca de su oreja.
– Se puede decir que sí. – responde ella con cierta timidez. Tenía la piel completamente erizada y las mejillas sonrojadas.
Childe ensancha su sonrisa y vuelve a besarla brevemente, a Lumine se le paraliza el corazón.
– Me alegra saber que el tuyo también se cumplió junto al mío.
