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No, no estaba bien.
Si ninguno de los dos se dirigía la palabra después del incidente, entonces es que algo realmente grave había ocurrido entre los dos. Algo estúpido en realidad, y es que, ellos no eran niños para actuar de esa forma por algo tan simple como una acción así. Debería de ser trivial, casual, como golpearse el dedo del pie contra un mueble. Algo que pasa, duele, maldices, pero sigues con tu vida sabiendo que en algún momento puede o no pasar de nuevo.
Entonces, si ambos dijeron que era estúpido ¿por qué era el alemán el que evitaba al soviético? ¿O el soviético estaba evitando al alemán? La verdad es que los dos se evitaban el uno al otro, sin disimulo alguno en realidad. Si se veían el uno al otro entrar en un cuarto, salían, se daban la espalda, hacían lo que fuera por fingir que no se habían visto o no cruzarse.
URSS hasta estaba pasando más tiempo con sus hijos con tal de tener una excusa para no ver al Nazi.
¿Y? ¿Qué había sido lo grave? Un beso.
-Si tus fuerzas avanzan por esa zona, van a morir congelados, tus hombres no están acostumbrados. – explicó el comunista, mientras señalaba una zona en el mapa dispuesto sobre la mesa.
-Solo necesitan abrigarse ¿qué tan difícil es?
-No subestimes el clima, muchas veces es peor de lo que parece.
-Tú eres el experto en el frío ¿ah? – el alemán rió, el soviético le miró mal.
Hubo un tiempo de silencio entre ambas potencias, algo incómodo y molesto considerando que Third se mantuvo con la sonrisa luego del comentario al de mayor estatura. Soltó, el menor, un largo suspiro antes de rodear la mesa y acercarse al más alto, poniéndole una mano en el hombro.
- De verdad te agradezco el apoyo, URSS. En serio. – fuera de cómo, sabía, era el soviético, se apoyó ligero sobre su hombro.
- Todavía eres nuevo, demasiado joven. –
- Ah ¿tengo que ser viejo para que me respetes? – pudo decirlo serio, pero lo dijo con gracia, el ruso se rió también. Incluso él podía reír.
- De hecho, sí. Apresúrate a crecer, aunque sea un poco hacia arriba. - ahora el molesto fue el alemán, quien se alejó del contrario para cruzarse de brazos.
-Si, sí. Ya me duele el cuello de tener que ver hacia arriba siempre.
El soviético, riendo, se inclinó hasta estar un poco más cerca del alemán, tomando el borde más firme del dichoso gorro que portaba, tirándolo hacia abajo para cubrirle los ojos y desordenarle el cabello que tan poco lograba ocultarse debajo de aquel accesorio.
- Se me va a hacer una joroba si sigo tan agachado para escucharte, niño.
- Maldito anciano. – sentenció claramente más irritado de lo que quería, el alemán, acomodando el gorro.
Era infantil de su parte, claro que sí, pero, ¿quién es coherente cuando tiene la cabeza caliente?
Con la rabia en las nubes, tomó una de las “orejeras” de aquel gorro tan grueso que el soviético parecía no quitarse nunca cuando estaba con él; y, por supuesto, tiró de él para quitárselo. El movimiento hizo a URSS tener que moverse hacia el lado del menor, en un giro repentino, una ligera pérdida de equilibrio causada por la sorpresa en medio de la satisfacción de haberle hecho enojar tanto.
Ninguno había pensado en eso, esa era la verdad, no lo hizo URSS al inclinarse tanto para no sentir el golpe de la otra solapa en la cara cuando el gorro se fuera, tampoco lo hizo Third Reich cuando siguió tirando sin pensar ni mirar la cercanía del mayor.
Fue un instante, un ligero roce más que otra cosa, o puede que no lo haya sido. Third seguía con la solapa bien agarrada, pero sin tirar más, URSS se quedó estático por la sorpresa, con los- bueno- el ojo, clavado en el Nazi.
Solo era un pequeño roce de labios, ligeramente abiertos por la sorpresa y por las muecas de antes, pero un movimiento y sería un beso, un movimiento y ya no habría nada.
Ambos decidieron que no debía haber nada.
Se apartaron el uno del otro, el nazi con el afelpado gorro en manos por fin. No imaginaba que el soviético tuviese el cabello mínimamente crecido la verdad, pero, ahora no tenía fuerzas para hablar de eso.
- Diablos ¿Cómo usas esta cosa en la cabeza? Es realmente pesada. – Intentó, desesperado, cambiar el tema como si solo le habría arrancado el gorro y nada hubiese pasado.
- Es la clase de cosas que se usan en el frío Third, si esto te pesa, no sobrevivirás con el resto de la ropa. –
- Me imagino, pero puedo arrastrarme. –
- Te va a hacer más frío. –
- Como para joderse. –
Y, silencio. No había manera, nada, era imposible hablar sobre el tema y era imposible esquivarlo. ¿Quién dice que la huida es la salida del cobarde? Ahora mismo huir era como salir de agua a respirar.
Dejó el gorro pesado en la mesada y miró afuera, una vaga excusa y una sonrisa apenas firme, y el menor se había ido de la oficina, huyendo como un conejo.
Vaya vergüenza, dos grandes potencias no se habían visto a la cara después de un incidente tan mínimo. Vamos, se decía el alemán, URSS y virginidad no estaban de la mano, el hombre ya era un adulto hecho y derecho, con años en el poder, con un heredero fijo y varios otros niños en su firme abrigo.
¿Y el nazi? No era algo bonito de pensar en si era o no un sinónimo de virginidad o inocencia, pues era y no lo era. Un beso le hizo temblar las piernas y arder los ojos, cuando cosas peores había pasado ahora se sentía especialmente desprotegido cerca del soviético.
Para el mayor era eso, un beso que no era un beso, un roce demasiado íntimo, pero igualmente incómodo. Un accidente que dejó un ligero calor en su garganta y un sabor tenue a dulces que probablemente el menor había consumido.
Y aun así los dos no se miraban a la cara, Third fue un par de veces por mero trabajo, pero URSS no le recibió, sino que fueron sus subordinados con papeles y planes que Nazi revisó.
Lo mismo pasó alguna que otra vez que el soviético pisó suelo alemán, aunque de por sí el ambiente fuera extraño y pareciese que el nazi nunca estuviese protegido, que como Führer debería estarlo, fue especialmente extraño con el Nazi negándose a verle. Pasó lo mismo que él hizo con el menor y, de esa forma, se evitaron por un tiempo.
Pero, vamos, Third no llegó a donde estaba esquivando sus problemas e intentando huir de un hombre mayor. Si iba a ser evitado, no iba a darle chance de huir, aun si por una actitud infantil llegaron a eso, con la misma se iba a sacar de ahí.
- ¡Adivina qué! – Ah, tenía la sorpresa marcada en la mirada, su rostro apenas cambió, pero ya había aprendido a leer ese orbe dorado con el que veía.
Le llegó de improviso, sin aviso previo, como si aquella embajada le perteneciera por algo más que solo por representar a su país en el territorio ajeno.
Se acercó al soviético con un mapa en mano, papeles, incluso un saco que cargaba en el hombro.
- Necesito tu opinión, señor del frío. –
Era como si nada, como hace un mes, y aquello movió un poco al ruso, que simplemente se limitó a prestarle atención.
- ¿Aprendiste a leer mapas por fin? – una mueca molesta en el alemán, una sonrisa en el ruso.
- Aprendí a hacer muchas cosas este mes, pero no eso exactamente. – Una sonrisa en el alemán, un ceño fruncido en el ruso.
- ¿A abrocharte la camisa sin errar siempre? – el alemán rió, el ruso apenas cambió la expresión.
- Creo que aprendí a hacer lo contrario – Una mirada fuerte, inesperada, el soviético no la esperaba y aquello dejó un sabor amargo en lo profundo de la garganta.
El mayor se apoyó en la mesa, mirando por sobre el hombro lo que el alemán desplegaba sobre la mesa y las rutas que había dibujado.
- Como sea, sobre el mes anterior... –
- Si trajiste el saco para ver si aguanta, eso es un pijama aquí. –
- Pensaba modelarlo, gracias por arruinarme. –
Un silencio largo, sepulcral. Pudo ser otro quiebre si el alemán no hubiese comenzado a reír y girado para buscarle la cara al mayor.
- Dime que no me vas a evitar otro mes por eso. –
- Tú me has estado evitando. –
- Tú no me recibiste. –
- Tú huiste. –
Como niños, peleando a comentarios cortos, con la vista fija en el otro, pero con un peso tan ligero en sus palabras. La mirada viajaba, esporádica, ligera, fija en sus ojos, sutil en sus facciones, pesada en sus labios.
Ya no se miraban a los ojos, pronto eran solo sus labios. Hubo más palabras en las que ninguno de los dos pensó, ninguno creía que fueran palabras en realidad, tal vez solo fueron murmuros sin sentidos y lanzados al aire antes de callarse el uno al otro.
Ligero, suave, un roce más marcado y con ambos labios encajados, pero sin nada más. Con o sin experiencia, ninguno buscó un contacto más profundo. Ambos se quedaron quietos, respirando suave, con los ojos entrecerrados por unos segundos y del todo cerrados después.
Quién sabe cuanto tiempo estuvieron ahí, por cuanto quería que durase ese calor suave en la garganta o el sabor a dulce de labios que no eran suyos, pero se quedaron ahí.
Al menos, después de ese, no se evitaron el uno al otro. Ni sus labios lo hicieron una que otra vez.
