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Una vez que Enzo tomó su supresor diario, revolotea por la habitación buscando el perfume embotellado en un frasco redondo cuyo fin es ocultar su olor, cuando finalmente lo encuentra, pulveriza el líquido en los lugares correspondientes.
Había comenzado con su farsa desde el día en que se presentó como omega y es que, nadie podía juzgarlo, él había visto como su propio ídolo había utilizado el mismo método que repite él ahora para llegar a la cima, Messi había fingido ser un beta durante años hasta que un día se hartó y reveló la verdad a la prensa, que era un omega. Un pequeño Enzo de 15 años había tomado la decisión, apoyado por su madre, de seguir los pasos de su ídolo. Desde entonces, cada día ha tomado sus supresores y ha utilizado perfumes que cuestan un ojo de la cara para que nadie pudiera percibir su aroma. Había funcionado porque lentamente pudo ir demostrando de lo que estaba hecho, debutando en primera en el club de sus amores y a pesar de los altibajos ahora estaba jugando un mundial.
—¿Qué haces, Enzo?— pregunta Julián quien ha salido del baño, a espaldas del mediocampista, de la nada.
Es una pregunta casual pero Enzo se sobresalta, cerrando el bolso, en donde estaba escondiendo sus supresores y el perfume, con dedos rápidos pero torpes que tiemblan ligeramente. Se incorpora rápido, sentándose en el borde de la cama y finalmente le dirige una mirada al delantero, mala decisión.
Julián lo mira extrañado, solamente lleva sus slips puestos ya que acaba de salir de bañarse, gotas gruesas caen de los mechones despeinados de su cabeza, rodando por su torso hasta que se pierden en el dobladillo de su ropa interior. El mediocampista traga con fuerza.
—Nada. Estaba por ir a desayunar— habla rápido, casi atragantándose con sus propias palabras.
Al final del día, aunque tome sus supresores e intente mantener a su omega dormido en lo más profundo de su ser, estaba ahí e inevitablemente, sentía. Ver al alfa, semidesnudo y tratándolo con la delicadeza natural que tiene para con él, le produce ciertas sensaciones a su omega.
Sale de su habitación apresurado para ir a desayunar y piensa que tiene que ser más cuidadoso con sus supresores.
(...)
Julián es extremadamente cariñoso, en especial con él que es su mejor amigo.
Entonces, al mediocampista no le sorprende para nada que Julián haya querido dormir con él después de lo ocurrido en los últimos dos días.
Después del partido contra Holanda había festejado la victoria con sus compañeros y rápidamente se fue a dormir, evitando cenar con todos. Se sentía mal por haber errado el penal y al despertar al día siguiente se fue en lo más silenciosamente que pudo de la habitación para entrenar por su propia cuenta. Utilizó todo el día de descanso para entrenar solo. Julián lo encontró cuando el sol se estaba escondiendo y lo convenció de cenar, Enzo no quería ver a sus compañeros entonces el delantero consiguió dos viandas para comer juntos sentados en el césped y charlar de cualquier cosa que no tuviera relación con cierto partido. Julián lo obligó a volver a su habitación, a que se bañara y le había preguntado si quería que durmieran juntos.
Enzo había sentido ganas de llorar desconsolado en el pecho del alfa por lo atento que estaba siendo con él, en lugar de eso, le dió una respuesta afirmativa y se acostó dejándose envolver por el cuerpo cálido de Julián.
Lo que sí lo sorprendió fue despertarse sintiendo su propia sangre hervir debajo de su piel y con el cuerpo adolorido, le costó decidir salir de entre los brazos del alfa y le costó aún más, en efecto, salir del agarre que se volvía cada vez más apretado.
Cuando logra levantarse de la cama, busca su celular y se dirige directo a encerrarse en el baño. La luz le provoca achicar los ojos, es blanca y da la ilusión de frío que le genera una ligera incomodidad.
Se lava la cara con el agua que sale casi congelada y se frota la parte posterior del cuello con su mano mojada.
Es cuando se sienta en la tapa del inodoro que siente un ligero aroma haciéndose presente entre las cuatro paredes blancas que lo golpea con violencia y le provoca que las manos le tiemblen. Busca su celular en su bolsillo, lo había apagado la noche anterior y tarda en encenderse. Finalmente logra desbloquear la pantalla y caen múltiples notificaciones al mismo tiempo, destacando una entre todas las demás.
¡Tu celo debería llegar hoy! se lee en el panel de notificaciones. Tiene hora de las 8:00 am. Son las 5:30. La notificación es de ayer .
Se empiezan a acumular en su mente una serie de pensamientos que no puede controlar mientras permanece inmóvil mirando la pared blanca.
Horas antes cuando salió de bañarse, ahogado en su angustia, olvidó por completo usar el perfume que cubre su olor. Generalmente oculta parcialmente su olor incluso después de haberse duchado pero el olor de un celo…
Un golpeteo en la puerta hace que se sobresalte.
—¿Si?— dice una vez que se ha aclarado la garganta.
—Gordo…—comienza y Enzo quiere chillar porque Julián no le suele decir así y tiene la voz tan ronca que puede simplemente imaginar a su amigo apoyado en la pared con los párpados luchando por cerrarse— Volvé a dormir conmigo.
Enzo traga con fuerza, se ve en el espejo que está pálido. Su entrada está goteando ahora.
—A las siete tenemos entrenamiento, Ju— responde después de un respiro profundo.
Hay un silencio, el falso beta asume que su amigo está intentando ver la hora de su reloj.
—Es re temprano todavía, dale, vení. Si no querés dormir hacemos fiaca un rato— intenta convencerlo.
Enzo sabe que no tiene ninguna excusa para no ir pero sabe que no hay chance de que si se va a acostar con Julián él no note su olor. No puede usar su perfume, no delante de Julián, no tiene forma de explicar eso, ¿por qué un beta, carente de olor natural, usaría un perfume para esconderlo?
—Bueno, ahí voy— dice finalmente.
Escucha los pasos de Julián y toma unas cuantas respiraciones, no tiene excusas, no tiene idea de qué hacer, en un segundo siente que ve repetirse todas las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida que lo han llevado hasta este preciso momento.
Abre la puerta luego de apagar la luz del baño, al menos quiere evitar que Julián lo vea a la cara. De camino a la cama se enreda los pies con la ropa que está tirada por todo el suelo pero logra llegar, se acuesta boca arriba, evadiendo el contacto físico con el alfa que, confuso, se acerca, acostándose horizontalmente en la cama para dejar caer su cabeza en el pecho del falso beta y poder verlo desde su lugar. Enzo respira profundo para evitar que el otro sienta el galope violento de su corazón en el centro de su caja torácica.
—¿Cómo te sentís?— pregunta el alfa adormilado.
Enzo duda antes de responder y antes de que pueda abrir la boca Julián agrega:
—Sé que capaz no querés hablar de lo del penal, pero creo que te puede hacer bien.
—Sí, qué sé yo. No me gustó haberlo errado, lógicamente, pero tengo que seguir entrenando porque quiero seguir en la cancha, quiero demostrar que me merezco estar acá— le cuesta un poco hablar porque la angustia sigue ahí, quiera o no—. Me merezco estar acá— afirma pero suena más como si se lo estuviera diciendo a sí mismo para convencerse.
Julián lo mira desde donde su mejilla se aplasta en su esternón, intentando descifrarlo. Lleva una mano a las costillas del mediocampista, acaricia la piel y traza los huesos, como si las estuviera contando.
—Obvio que sí, ni siquiera dudes de eso— el alfa se endereza, apoyando su codo entre el brazo y el costado de Enzo, dejando reposar ligeramente el peso de su propio costado en el estómago del falso beta—. Erraste un penal, no hiciste un mal partido. Ganamos y la victoria es tuya también, hayas errado o no ese penal.
—Nos pudo haber costado muchísimo, siento que no me da la cara para ver a nadie— exasperado se pasa una mano por el pelo y no mira a Julián, mira el techo, prohibiendole a su omega caer en la tentación.
—Literalmente nadie está enojado con vos, era una posibilidad, nadie va a pensar que no te mereces estar acá porque erraste un penal. Es más están todos preocupados por vos, Leo ayer te estaba buscando para hablar con vos, no quiere que te hagas la cabeza más de lo necesario— cuenta el alfa y a Enzo se le llenan los ojos de lágrimas—. Todos ven como dejás la vida cada vez que salís a la cancha, no dudes de eso, no dudes de vos— finaliza y se inclina para darle un beso en el pecho.
Julián no necesita una respuesta, no se queja cuando Enzo no se la da, simplemente vuelve a acostarse en el pecho del mediocampista y acaricia su costado con la palma de la mano.
Se sumergen en un silencio profundo, Julián con los ojos cerrados y a Enzo finalmente se le caen algunas lágrimas, Julián lo deja, sabe que no hace falta decir nada más, sólo tiene que contener desde su lugar al mediocampista.
Los minutos corren en el reloj de Julián y Enzo se está por quedar dormido de nuevo cuando el alfa vuelve a hablar:
—Que rico olor que hay, ¿te pusiste perfume, gordo?
Su corazón se salta un latido y siente el estómago tan pesado que tranquilamente podría agujerear su espalda, atravesar el colchón y perderse para siempre. Piensa en fingir que está dormido pero el alfa puede escuchar su corazón latir y sabe que no está durmiendo.
Termina por contestar un simple “mhm” que al alfa no le alcanza.
—Tenés como olor cítrico pero dulzón, no te conocía ese perfume, te queda lindo, va con vos— explica el alfa.
—Sí, ni idea de donde lo saqué, estaba por ahí— miente con la voz más tranquila que le sale.
Siente que acaba de zafar como nunca pero no sabe cuánto tiempo más pueda sostenerlo.
—Ya nos tendríamos que ir levantando, ¿no?— propone Enzo.
El alfa gruñe cuando intenta incorporarse y siente que su cuerpo entero se contrae, tiene que contenerse para no lloriquear y mostrarle el cuello a su amigo, se queda quieto, inmóvil, sumiso ante el alfa de olor a madera.
—Estoy cómodo, Enzo— se queja pero de todos modos mira su reloj para comprobar que efectivamente ya deberían levantarse.
Julián termina por levantarse con pesadez y entra al baño diciéndole que se va a bañar y que si necesita ir al baño puede pasar.
Apenas la puerta se cierra Enzo salta de la cama para revisar entre sus cosas y prácticamente bañarse en el perfume que debería cubrir en gran parte el olor de su celo. Cuando escucha la ducha abierta entra al baño se cepilla los dientes lo más rápido que puede y le avisa al alfa que va a desayunar porque tiene hambre. Mentira. Tiene el estómago cerrado pero sabe que no puede enfrentarse a la imagen de su amigo semidesnudo en su estado actual.
Mientras desayuna charla con algunos de sus compañeros, todos son más amables con él que de costumbre, nadie dice nada del penal errado, siente que lo están cuidando y su omega, inevitablemente, se retuerce ante los cuidados de tantos alfas.
Piensa que los síntomas de su celo no son tan fuertes aún y que puede resistir el entrenamiento. No tiene idea de qué va a hacer después. Piensa en que puede hablar con su capitán, nadie podría entender mejor que él la situación.
(...)
Julián desde que conoce a Enzo ha tenido el inexplicable instinto de mantener un ojo pegado a él. Era un sentimiento raro en la boca de su estómago, complicado de explicar pero era casi como si necesitara verlo, chequear que estuviera bien, como si necesitara cuidarlo de algo, lo que sea.
En algún punto de su amistad había pensado que quizás le gustaba el beta. Nunca le habían gustado los betas antes, de todos modos, Enzo siempre ha dado la imagen de beta que se siente atraído por omegas por lo que Julián tuvo que descartar lo que sea que le estaba pasando. A pesar de eso, el alfa era innecesariamente curioso y eso lo había llevado a experimentar con betas y con alfas, quería averiguar si era posible que le gustaran los betas. La respuesta era no. Nunca pudo sentir lo que le pasaba con Enzo con nadie, ni con betas, ni con alfas, ni siquiera con omegas.
Era lo más lógico para él mantener una porción de su atención en el beta durante el entrenamiento. Desde donde estaba, podía ver a Enzo cansado, el entrenamiento no estaba siendo muy exhaustivo pero el morocho estaba cubierto por su propio sudor. Está un poco alejado pero percibe claro que Enzo está pálido.
El entrenamiento llega a su fin a las 11am y Enzo simplemente se queda estático en su lugar, algunos compañeros le palmean la espalda, ajenos al notorio malestar del mediocampista.
Todo pasa demasiado rápido, Julián no logra reaccionar cuando de un segundo a otro ve como las rodillas del falso beta se aflojan haciéndolo caer al suelo. El que reflejos más rápidos tiene es Leandro Paredes, que estaba solo a unos pasos y se apura a llegar al cuerpo débil frente a él, evitando que Enzo se golpee la cabeza contra el suelo.
Julián puede contar con los dedos de una mano las veces que ha sido testigo de como Enzo estaba en algún tipo de riesgo, desde la vez que se tropezó y casi rodó por las escaleras hasta la vez que se patinó en la ducha generando un estruendo que casi lleva al alfa al infarto. Absolutamente todas las veces que el beta ha estado en riesgo, su alfa, molesto, ha aullado en su pecho, violento y desenfrenado, anhelante y desesperado por proteger al beta incluso si con su propia vida fuera necesario. Esta vez no es la excepción.
Julián trota hacia el lugar donde poco a poco se acercan más de sus compañeros, preocupados por la situación.
—Yo le dije que comiera algo además de un té en el desayuno, que pibe boludo— se queja Leandro, dirigiéndose a Julián que ha arrebatado el cuerpo de entre sus brazos, es una queja vacía, sin embargo, puede percibirse en su tono los nervios y la angustia que le está generando la situación.
Alguien en la ronda que se ha formado menciona algo sobre llevar a Enzo a la enfermería, entonces Julián se levanta, cargando el cuerpo del mediocampista como si estuviera relleno de plumas y emprende el largo camino hasta la enfermería. No quiere hablar, no quiere hacer nada que no sea estar cerca de Enzo hasta que abra los ojos.
Es recién cuando Julián lo está recostando en la camilla que Enzo reacciona con un gimoteo pesado. La enfermera está esperando que le digan lo que ha ocurrido, no es necesario porque el alfa le explica con toda la suavidad del mundo al beta que acaba de abrir los ojos asustados y nublados.
—Te desmayaste, gordo.
Enzo intenta incorporarse pero el cordobés lo evita, manteniendo una mano firme y pesada sobre su hombro.
—Tengo entendido que no desayunó nada— comenta el alfa, refiriéndose a la enfermera esta vez.
A Julián se le pide que se aleje de la camilla y quiere gruñir pero se controla y se sienta en una silla paralela a la camilla.
Le pinchan el dedo a Enzo para medirle el azúcar, le toman la presión y le ponen un termómetro abajo del brazo. La enfermera limpia su cuerpo con paños húmedos porque afirma que tiene la temperatura muy alta.
Enzo está nervioso, Julián lo nota. No para de repetir que se quiere ir, que no es nada, que con una siesta se le pasa todo y para Julián sería lo más normal del mundo si no fuera porque a sus fosas nasales comienzan a llegar ciertas feromonas particulares, una brisa de aire ingresa por el ventiluz y arrastra un aroma cítrico lleno de miedo. Un aroma cítrico muy similar al que olió a la mañana proveniente del cuerpo de Enzo y que luego no volvió a percibir. Un aroma cítrico que no es de la enfermera porque ha distinguido su olor dulce apenas cruzó la puerta del cuartucho.
Los puntos comienzan a unirse en su cabeza, los betas no tienen olor. La enfermera parece notar exactamente lo mismo.
—Creo que sería mejor que esperaras afuera— dice la omega dirigiéndose a Julián.
—¡No!— se queja Enzo.
Es tarde porque el alfa ya ha saltado de su silla y sale de la habitación. Le pica el cuello, su alfa aúlla en su pecho porque Enzo prácticamente le ha pedido que se quede y él no lo ha hecho. Siente que si vuelve a oler la esencia del mediocampista va a tener que arrancarse la piel con las uñas para evitar saltar sobre él.
—Entraste en celo— afirma la omega una vez que se queda sola con Enzo.
El mediocampista solo asiente con la cabeza, se siente adolorido y puede asegurar que la primera ola del celo está muy cerca.
—Tenés declarado que sos un beta— agrega la enfermera.
—Hice un certificado trucho, no le podés decir a nadie, por favor— suplica.
La omega parece dudar pero ver la cara de desesperación del morocho le revuelve el estómago.
—¿Qué hago con Julián?— pregunta ella en cambio.
—Necesito hablar con él.
—¿Estás seguro?— lo mira con profundidad. Quiere estar segura de que es él y no su omega en celo el que habla.
—Sí— dice acompañado de un asentimiento con la cabeza—. No me va a hacer nada, yo sé que no me va a lastimar.
Cuando la enfermera abre la puerta para ver si Julián sigue ahí este se acerca con velocidad a la puerta, quiere ver que Enzo esté bien, logra distinguirlo detrás de la omega y cuando desde su lugar se asegura de que no le ha pasado nada vuelca su atención en la enfermera frente a él.
—Quiere verte— dice ella simplemente y lo deja pasar.
La mujer no se va de la habitación, se queda en un rincón mientras Julián se acerca a Enzo con paso firme aunque está lleno de dudas.
—Ju…
Tiene toda la intención de agregar algo pero el alfa no se lo permite.
—Te tengo que sacar de acá, cualquiera te puede oler— está decidido.
Enzo y la enfermera comparten una mirada y el mediocampista se incorpora con dificultad, piensa que es una posibilidad que esté deshidratado.
—Te voy a llevar— comunica el alfa.
Antes de que Enzo pueda decir algo, Julián alza su cuerpo, él por su parte, abraza con fuerza la cintura del alfa con sus piernas. El delantero lo sostiene de la cintura y la mente de Enzo vuela pensando en lo fuertes que son los brazos del alfa y lo cerca que está su cara de la glándula de aroma de este. Necesita contenerse de esconder la cara en su cuello o de frotarse contra el abdomen tonificado.
El alfa ignora lo mejor que puede la esencia de su amigo, caminando a paso firme hasta que divisa la puerta de su habitación, en el suelo hay dos bolsos y anota mentalmente agradecerle a quien se haya tomado el tiempo de alcanzarles los bolsos olvidados en el vestuario. Julián tiene que batallar para levantar su bolso y buscar a tientas la tarjeta que abre la puerta, entra los bolsos pateandolos con cuidado y cierra la puerta detrás de su espalda.
Recuesta Enzo en su cama, deteniéndose brevemente para sacarle los botines y el mediocampista siente que quiere lloriquear porque quiere estar en la cama del alfa, rodeado de su olor, su cama no huele a nada por el perfume que ha estado usando y no le emociona la idea de sumergirse en su propio olor que, si es honesto, odia. No es lo suficientemente dulce como para ser el omega ideal pero sí lo suficientemente dulce como para ser percibido como uno.
Julián busca en la mini heladera, en un rincón de la habitación, una botella de agua que acerca a Enzo, este la acepta y le da un largo trago bajo la atenta mirada del alfa.
—¿Por qué no me dijiste nunca?— pregunta finalmente el cordobés.
Enzo traga con fuerza y aleja la botella, tapándola más fuerte de lo necesario. Piensa algunos segundos su respuesta, huyendo de los ojos intimidantes del alfa.
—Necesitaba que nadie supiera— comienza a explicar, su voz tiembla un poco, como si estuviera aguantando las lágrimas y a Julián se le ablanda el corazón—, mi carrera todavía no está asegurada y si esto saliera a la luz ahora-
El alfa se arrodilla a un lado de la cama y deja viajar su mano hacia la mejilla del mediocampista, soltando feromonas para calmarlo cuando siente que su amigo ya no es capaz de seguir hablando, de todos modos, Enzo siente que el alfa ya entendió lo que tenía que entender a juzgar por cómo se suavizó su rostro.
Se quedan en silencio, Julián le acaricia la cara con el pulgar y Enzo se vuelve cada vez más chiquito y suave en su lugar, sólo enfocando toda su atención en los rasgos faciales del alfa, el cansancio comienza a pasarle factura, definitivamente no durmió lo suficiente la noche anterior y el celo no lo ayuda para nada, es por eso que cuando el alfa distingue que los párpados de Enzo se mueven pesados, decide hablar.
—Creo que lo mejor sería que te deje solo para que duermas un rato— habla suave para no alarmar al mediocampista pero no funciona.
—¡No! No te vayas, por favor— ruega el omega y agarra con sus dos manos la mano de Julián que seguía acariciándole la cara, la acerca a su pecho como si esta fuera una nueva pertenencia.
El alfa evita gruñir cuando siente las manos de Enzo heladas y pequeñas en comparación de la suya propia. No puede ignorar la súplica del mediocampista dos veces en un día.
—Quedate hasta que me duerma, después dejame si querés— intenta de nuevo Enzo, más suave esta vez pero no puede ignorar el dolor en el pecho que siente de sólo pensar en que el alfa lo va a dejar solo.
Finalmente, el alfa, al ver su mirada desesperada decide quedarse, se sienta a un lado del cuerpo de Enzo y tira de las mantas sobre este, suelta su mano de entre las del mediocampista para acariciarle el pelo y el menor se retuerce para buscar la otra mano del alfa para que ocupe el vacío que ha quedado entre las suyas propias, el alfa siente la ternura invadir su cuerpo desde lo más profundo de su pecho y entrelaza sus dedos con los de Enzo.
El silencio hace presencia pesada y densa entre las paredes blancas y el alfa siente que se ahoga en sus propios pensamientos hasta que abruptamente llega a su nariz el aroma del lubricante natural de su amigo, le pica en la nariz y le dedica una mirada disimulada, ve sus mejillas imposiblemente rojas y desvía los ojos cuando Enzo se acurruca en su lugar, adolorido, aferrándose con fuerza a la mano del alfa. Julián piensa que la situación es casi incómoda, él se siente incómodo, siente que los pantalones le aprietan y se siente mortificado por eso.
—Hay muchas cosas que tienen más sentido ahora que sé que sos un omega— habla el alfa después de aclararse la garganta, la voz se le ahoga un poco cuando llega al final de su afirmación, es raro llamar a su amigo de esa forma teniendo en cuenta que hasta hace unas horas era un beta. Omega. Suena nuevo y desconocido, casi fuera de lugar.
Enzo ahora lo mira desde su lugar, entre las almohadas, con ojos grandes e indescifrables.
—¿Como qué?— responde casi en un susurro.
Julián conecta su mirada con la del omega y por más que busque y rebusque en su cabeza no encuentra las palabras.
—Es difícil de explicar, es más como un sentimiento que algo que pueda decirte— duda mientras explica pero Enzo da una mirada dulce y comprensiva intentando transmitirle que entiende a qué se refiere, le gustaría preguntarle qué es lo que entendió porque no está seguro de si él mismo entiende lo que está sintiendo, lo que está pensando o lo que está pasando siquiera.
—Perdón— dice el omega después de algunos instantes. Julián le da una mirada interrogativa—. Me habría gustado que supieras la verdad de otra forma, no quiero que pienses que no confío en vos porque no existe nadie en esta vida en quién yo confié más que en vos.
Y la dinámica de su amistad siempre fue la misma: Enzo es honesto y habla hasta por los codos y Julián se sienta y lo escucha porque le gusta que el otro llene los silencios que hasta antes de conocerlo le eran irrelevantes. Desde que se fue a jugar en Inglaterra los silencios solamente significan que Enzo está lejos y a veces los silencios se vuelven tan pesados que necesita llamar a su amigo para que le cuente algo, lo que sea, Enzo siempre atiende las llamadas riendose y diciéndole que las llamadas son para viejos, que le podría haber mandado un mensaje, Julián disfruta de esa burla porque no solo significa que volvió a escuchar la voz de su amigo sino que también pudo escuchar su risa y eso siempre logra hacer que su pecho se vuelva más liviano.
Entonces cuando se da cuenta de que ninguna respuesta verbal alcanza para transmitirle al omega lo que siente y piensa luego de su confesión, simplemente se inclina para darle un beso en la sien duda un poco antes de permitirse a sí mismo deslizarse hasta el cuello de Enzo, buscando su glándula de aroma, trazando la piel sensible con la punta de su nariz y una vez que está seguro de que lo ha marcado con su olor se aleja, incorporándose de nuevo e intenta ignorar como el menor intenta ahogar sus jadeos.
(...)
Cuando Enzo se despierta está solo en la fría habitación, solo la luz de su mesita de luz está encendida y siente que su cuerpo está tan caliente que podría incendiarse, con dificultad, se levanta de la cama, buscando a ciegas sus pantuflas que no deberían estar tan lejos.
Arrastra sus pies hasta la puerta, sabe que no debería salir en su estado, su ropa interior está húmeda por el lubricante que ha filtrado mientras dormía y su olor es fuerte y denso pero tiene hambre, no ha comido nada desde temprano a la mañana y por la ventana puede ver que está atardeciendo.
Abre la puerta y lo encuentra, Julián está sentado en el suelo, a un lado de la puerta usando su celular, Enzo se siente confundido al verlo ahí.
El alfa mira hacia arriba y se pone de pie en un instante para chequear el estado de Enzo, lo escanea de arriba a abajo y vuelve a subir para centrarse en su rostro.
—¿Qué pasó?— pregunta Julián cuando no encuentra nada particularmente extraño.
—Tengo hambre— suelta un poco avergonzado por toda la atención del alfa.
El delantero lo hace entrar de nuevo a la habitación, acompañándolo para que se siente de nuevo en la cama. Es casi como un deja vu cuando Enzo lo ve buscar algo en la heladerita de nuevo pero esta vez el alfa se acerca a él con algunas cosas en la mano que las desparrama en la mesita de luz a un lado de la cama del omega.
—Te traje algunas cosas para que comas— explica el alfa mientras, una vez más, se sienta en una orilla de la cama de Enzo.
Julián deja en el regazo de Enzo un recipiente destapado y le alcanza un tenedor, es una ensalada, puede distinguir que hay pedazos de pollo, de huevo hervido y de un montón de verduras que desconoce el nombre.
—¿Qué hacías ahí afuera?— pregunta el omega abruptamente, tomando por sorpresa a Julián.
Piensa que no le va a responder porque solo mueve su mirada de él a la comida que aún no ha probado, pero finalmente se aclara la garganta.
—Después de que te dormiste me quedé ahí afuera para que mi olor tape el tuyo y asegurarme de que nadie intente entrar— dice y agarra el tenedor de la mano de Enzo para robarle un pedazo de brócoli.
—Pero, ¿por qué desde ahí afuera?, podrías haberte quedado en tu cama— hace un gesto con la mano en la que Julián volvió a dejar el tenedor y es donde el alfa enfoca su atención brevemente.
Julián se muerde el interior de la mejilla y lo vuelve a mirar a los ojos.
— Tu olor— dice simplemente y observa al omega para averiguar si con esa respuesta alcanza pero Enzo lo mira con curiosidad, esperando que siga hablando—. Es difícil para mí estar rodeado de tu olor siendo un alfa.
El omega siente como sus mejillas ahora arden y no puede detener a sus ojos que son más rápidos que sus pensamientos y se enfocan en los pantalones del alfa, donde se distingue un bulto en sus pantalones.
—Enzo, no estás comiendo nada— dice antes de que el omega pueda siquiera reaccionar.
Julián le arrebata nuevamente el tenedor, pincha un pedazo de pollo y lo lleva frente a los labios del omega, aguardando pacientemente a que abra la boca. El mediocampista recibe la comida y mastica despacio.
Entonces Enzo se pregunta si Julián es el tipo de alfa que hace este tipo de cosas con sus parejas, cree que sí y piensa en que le gustaría saber que se cruza por la mente del alfa, también siente que le pica el cuello de solo imaginar a Julián armando un nido..
Recibe otro bocado de comida y arruga la cara, no sabe lo que es pero es amargo y no le gusta, Julián se ríe pero le pasa una botella de agua y una vez que toma y la deja a un lado, continúa rebuscando en el recipiente lo que piensa que a Enzo le puede gustar, evita darle rúcula de nuevo, separandola en un costado.
—Tenés que comer todas las verduras, sino vas a pasar débil el celo— le dice medio riéndose cuando Enzo hace cara de asco, esta vez por el brócoli—. Tenés que ser un buen omega— y jura que es una broma pero la voz le ha salido una octava más ronca.
Enzo preferiría morir que admitir que algo en su interior se revolvió. Su cuerpo tiembla ligeramente e intenta con todas sus fuerzas ignorar como su entrada empieza a lubricar de nuevo. Mastica ignorando el mal sabor y traga sin pensarlo. Julián le sonríe y quiere lloriquear porque quiere que le diga que sí es un buen omega .
El alfa lo mira atento, intenta pretender que no se da cuenta de nada para no incomodar al omega y continúa alimentándolo en silencio.
—Ya me llené— dice el omega después de unos cuantos bocados más, su voz se escucha mas suave ahora y sus mejillas siguen rosadas.
El alfa está conforme porque el recipiente está casi vacío así que simplemente suelta un —Muy bien, gordo— y se pone de pie para ordenar los alimentos, llevando lo que Enzo no comió a la heladera y cambiando la botella de agua por otra más fría.
Enzo siente que hasta la punta de sus orejas están ardiendo enrojecidas. Había algo de él que luchaba por someterse, que se retorcía cada vez que Julián lo felicitaba por lo que sea.
Tenés que ser un buen omega.
Se repite en su cabeza con la voz ronca de Julián. No puede parar de pensar en esas palabras.
El omega se arrodilla en la cama, sentándose sobre sus talones mientras observa atento todo lo que hace Julián.
—Juli— lo llama y es casi un quejido.
Juguetea con sus dedos sobre su regazo y los observa demasiado avergonzado como para mirar al alfa reaccionar a su llamado, aguarda hasta que el delantero se acerca a él, posicionándose frente a su cuerpo. El alfa mira hacia abajo, esperando a que Enzo decida conectar sus miradas.
—¿Sí?— pregunta pero es solo para transmitirle al omega que tiene toda su atención puesta en él.
Enzo finalmente lo mira, con ojos grandes y brillosos, tiene un puchero casi imperceptible dibujado en los labios y traga saliva con un poco de dificultad.
—¿Te vas a ir?— interroga con voz suave.
Julián le sonríe con los labios sellados y hace un ruido con la garganta.
—Debería.
El omega ahoga un lloriqueo.
—Pero, ¿en dónde vas a dormir?— suena un poco molesto, como si su intención fuera hacer un berrinche en breve.
—Ya voy a ocuparme de eso— le responde simple y en ningún momento ha perdido la sonrisa dulce.
Enzo se rinde, dejando escapar un quejido vergonzoso y deja caer su cabeza contra el pecho del alfa frente a él.
El pene del alfa se retuerce en sus pantalones pero lo ignora, cree que definitivamente no ha de existir un alfa que resista tanto a sus instintos como él en este momento, ignora cualquier pensamiento para ocuparse en acariciar el cabello de Enzo, es corto a los costados así que pincha un poco en sus dedos.
—No quiero— se queja Enzo.
—Y, ¿qué querés, gordo?— pregunta el alfa con una risita.
Pero Enzo está serio, muy serio entonces vuelve a mirar al alfa.
—Quiero que me marques con tu olor— responde firme, decidido.
Lo toma un poco desprevenido a Julián que se le corta un poco la respiración por el tono que utiliza el omega. Ya lo ha marcado con su olor hace pocas horas, cree que si se acerca un poco a Enzo podría olerse a sí mismo en él.
—Por favor— agrega el omega frunciendo un poco las cejas en señal de angustia.
Julián duda un poco pero finalmente se inclina directo hacia el cuello del omega que se levanta un poco para quedar a la altura del otro.
La respiración caliente del alfa golpea la piel sensible del cuello de Enzo que no puede retener el jadeo tembloroso que se le escapa, se muerde el labio con fuerza para evitar soltar sonidos vergonzosos.
Solo le toma un par de segundos al omega para someterse completamente ante el alfa, dejando caer su cabeza hacia atrás para presentarle su cuello y Julián gruñe cuando siente un tirón en su entrepierna ante tal acto.
Es casi automática la reacción del alfa de llevar su mano a la cintura de Enzo que se arquea por instinto, provocando que sus cuerpos choquen, el omega suelta feromonas sin parar, complicando la labor del delantero que se siente atraído a su cuello como si fuera magnético.
Enzo no tiene idea de en qué momento llevó su mano al cabello del alfa, apretando un puñado y obligándolo a quedarse en ese lugar y cuando Julián se siente satisfecho con su trabajo e intenta apartarse el omega simplemente lo empuja contra su cuello de nuevo haciendo que el alfa sonría.
—Enzo…—advierte en un tono firme pero tierno.
El estómago del omega cae a sus pies cuando el alfa, acompañado de su advertencia deja un beso juguetón detrás de su oreja y no puede evitar el gimoteo que sale de lo más profundo de su pecho, se separa para ver al alfa frente a él que ahora tiene el pelo desordenado y la respiración agitada. Enzo no se queda atrás, su pecho se infla y se desinfla en respiraciones cortas pero rápidas.
Se miran sin decir nada y Enzo cree que si presta mucha atención podría escuchar el corazón de Julián que late sincronizado con el suyo. Los labios de Enzo están entreabiertos y ninguno de los dos parpadea, es una guerra de miradas no declarada y ninguno quiere ceder. La mano del alfa sigue presente y pesada en la cintura del mediocampista que ha pasado su mano de la nuca de Julián a su cuello.
Es Enzo, finalmente, el que rompe el contacto visual para romper la distancia, estampando sus labios contra los de Julián que tarda en reaccionar pero le devuelve el beso, son pequeños roces, suaves y dulces.
El omega se separa un poco, tanteando el terreno y se humedece los labios con la lengua, arrastrando con ella el sabor que dejó el alfa en su boca. Julián sigue el movimiento con los ojos, ve como Enzo separa los labios rojos y húmedos, como si fuera a decir algo pero no emite ningún sonido.
Julián continúa con su mirada perdida en los labios del omega, quiere chuparlos, quiere morderlos. No piensa antes de acercar más el cuerpo de Enzo para besarlo de nuevo, esta vez el beso es más desesperado, mordisquea el labio inferior del omega haciendo que se le escape un gemido y aprovecha para introducir su lengua. De a poco el omega recupera el control del beso y es su turno de morder con cuidado el labio del alfa.
De forma tosca y abrupta, Julián se aleja, la realidad lo golpea.
—No, Enzo. No te puedo hacer esto— dice con dificultad.
El omega puede notar la mirada perdida del otro y puede deducir que está buscando la forma de huir. Enzo quiere llorar.
—¿Hacer qué?— desafía el omega, siente el pecho pesado, se siente rechazado y no deseado.
—Estás en un estado vulnerable, no me voy a aprovechar de vos— explica y suelta la cintura del omega.
—¡No!— chilla Enzo agarrando la mano del alfa para impedir que se vaya —Yo quiero, Juli. Quiero estar con vos, me duele mucho— ruega.
—No, no estás lúcido ¿Tenés algo, algún juguete, que querés que busque antes de irme?— dice y da un paso hacia atrás.
—¡No quiero nada de eso!, te quiero a vos, por favor. Te juro que no es nomás por el celo, quiero de verdad— suplica apretando la mano del alfa.
Enzo tiene los ojos llenos de lágrimas y al alfa le duele el pecho cuando lo nota, está haciendo llorar al omega por el que se podría arrancar el corazón. Se acerca de nuevo, sosteniendo la cara del omega entre sus manos, este forma un puchero en sus labios y sus ojos grandes y húmedos parecen sacados de una caricatura.
—Por favor— dice bajito el omega y cierra los ojos provocando que caiga una lágrima gruesa de cada ojo.
El alfa le da un beso en la frente y le acaricia las mejillas con los pulgares, intentando limpiar el camino de lágrimas que se dirige a su cuello.
—Mirame, por favor— pide el alfa suave.
El omega abre los ojos, deja su alma expuesta y no le importa las consecuencias que podría tener.
—¿Estás seguro?— le pregunta Julián y Enzo asiente con la cabeza y su labio tiembla un poco —Decime que querés que haga— pide.
Las mejillas tibias del omega se vuelven rojas y quiere desviar la mirada, no lo hace porque no quiere dejar lugar a la duda.
—Quiero que me hagas tuyo— le dice decidido.
Julián le sonríe con ternura y lo observa por unos instantes antes de dejar un beso casto en sus labios.
—Vamos a hablar de esto cuando tu celo termine, no sos una cogida nomás para mí— decreta el alfa y Enzo siente que el corazón le late desbocado.
—Para mí tampoco, Juli, te lo juro— dice rápido, necesita que el alfa le crea, necesita que el alfa sienta lo que él siente.
Entonces el alfa besa con cuidado sus labios, establece un ritmo suave y dulce, Enzo no tiene fuerzas para intensificar el beso porque le gustaría ser besado con tal devoción para siempre, podría quedarse a vivir en el beso de Julián.
Con cuidado el alfa lo hace recostarse en la cama, acomodándose entre las piernas del omega que no se despega de sus labios en todo el proceso.
Cuando se separa es para dirigirle una mirada al omega mientras le levanta un poco la camiseta, pidiendo autorización en silencio, Enzo asiente entonces se la saca, dejándola caer al suelo y aprovecha para hacer lo mismo con la suya.
—Sos tan lindo— suelta el alfa distraído, recorriendo el torso de Enzo con la yema de los dedos.
El omega ahoga un jadeo mordiéndose el labio, tiene los cachetes rojos y no puede evitar gemir y arquear la espalda cuando los dedos del alfa acarician sus pezones, es un mero roce, suave, casi imperceptible pero que causa estragos en su interior. Julián sonríe burlón cuando nota lo sensible que es Enzo y esta vez acaricia las dos protuberancias adrede, traza círculos y los pellizca con cuidado haciendo gimotear al omega.
Julián se inclina y deja que su lengua se asome para lamer uno de los pezones del omega, juguetea con la lengua firme y cuando el omega menos lo espera, chupa con fuerza. Enzo rueda los ojos hacia atrás y se siente incapaz de formar ideas cuerdas cuando el alfa mordisquea la protuberancia marrón y la suelta para chupar la otra que ha quedado descuidada.
—Por favor— suplica el omega y no sabe qué es lo que está pidiendo—. Voy a-
No puede terminar de hablar porque el alfa mordisquea su pezón de forma bruta, le causa dolor pero enseguida se incorpora, alejándose del omega, los dos piensan que si lo hubiera mordido más fuerte, el omega podría haber llegado al orgasmo.
El alfa rueda sus manos por la cintura del omega que intenta recuperar el aliento, llega a la cintura de sus pantalones y junto con sus calzoncillos, los desliza por las piernas bronceadas, dejando el cuerpo del omega desnudo.
Su piel brilla bajo la luz tenue de la habitación y el alfa se muerde el labio porque no es la primera vez que ve a Enzo desnudo pero sí es la primera vez que está desnudo para él, sí es la primera vez que es suyo y siente que se va a volver loco porque cree que jamás podría encontrar la belleza del omega en alguien más, a estas alturas, su alfa considera que es más fácil morir que intentar encontrar a alguien como Enzo.
—Decime qué querés que te haga— pregunta Julián.
Como primera respuesta, el omega jadea avergonzado.
—Lo que sea, lo que vos quieras— dice finalmente, habla rápido y hace que el alfa sonría.
Entonces Julián se recuesta con el pecho contra las sábanas, entre las piernas del omega, comienza por besar el estómago de Enzo haciéndolo gimotear por lo íntimo de la situación, no puede evitar imaginarse a sí mismo con el estómago abultado por llevar dentro de sí a los cachorros del alfa, es casi como si le compartiera la imagen mental a Julián porque este gruñe y mordisquea la piel tersa antes de continuar con un recorrido hacia su entrepierna.
Besa la piel de Enzo y cuando está cerca de su pene, redirecciona sus besos húmedos a los muslos del omega, se detiene particularmente en la cara interna, donde la piel es tierna y ligeramente más clara que el resto. El omega sostiene su peso en sus codos, con la intención de poder ver lo que el alfa le está haciendo y cuando Julián nota como tiembla su cuerpo, decide otorgarle un poco de alivio, lleva su boca hasta el pene del omega y recorre con besos todo el largo.
Enzo gime y jadea y piensa que incluso si quisiera hacer algo más no podría.
Es cuando Julián engulle su pene entre los labios que cree firmemente que es una posibilidad desmayarse, sin embargo, responde dejando caer su cuerpo en el colchón para ocupar una de sus manos en agarrar un puñado del pelo del alfa. Gime con fuerza y se le marca la vena de la frente porque siente que no puede tomar todo lo que le está dando Julián, de todos modos, quiere más.
El ruido de la saliva acumulándose en la boca del alfa llena la habitación y lo acompañan los sonidos sucios de chasquidos. Su boca está cálida alrededor de la extensión del omega y hace que le empiecen a temblar las piernas.
Es cuestión de segundos para que el omega comience a retorcerse, no controla cuando sus piernas se cierran alrededor de la cabeza del alfa que reacciona alejándose del pene del omega para mirarlo con ojos serios a modo de advertencia.
—Quedate quieto para mí, ¿sí?— pide, su voz es dulce pero autoritaria y Enzo solo puede asentir con la cabeza, más deseoso de acatar las órdenes del alfa que de llegar al orgasmo.
Cuando el alfa vuelve a llevarse su pene a la boca, Enzo tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener sus piernas abiertas y su cuerpo medianamente quieto pero está tan cerca de su orgasmo que podría perder la cordura.
—Mhm, muy bien— dice el alfa alejándose apenas un instante antes de volver a su labor.
El omega lloriquea y cuando el alfa chupa de nuevo, con más fuerza que antes y su orgasmo explota en la boca de Julián sin poder avisarle antes, sus piernas ahora tiemblan incontrolables y se le aprieta el estómago con fuerza.
Siente que va a desmayarse cuando el alfa no se aleja, ha tragado todo gustoso y lo sigue exprimiendo con su boca con la intención de no desperdiciar nada y de alargar el orgasmo del omega lo máximo posible así que se mantiene en ese lugar haciendo jadear a Enzo que no encuentra palabras.
Es cuando Enzo intenta alejarse, sin fuerzas por lo que no se mueve de su lugar, que el alfa entiende que es demasiado y deja caer el pene de su boca, entonces, sube por el torso del omega dejando besos por toda la extensión hasta que llega a su altura y lo besa en los labios. Es un beso dulce y Enzo puede sentir su propio sabor en los labios del alfa.
—Sos tan hermoso, un omega tan hermoso y bueno— dice ahora besando las mejillas de Enzo.
Y el mediocampista no puede hacer más que lloriquear y buscar con frenesí los labios del alfa para besarlo de nuevo.
Se besan de forma descuidada, al omega le cuesta seguir el ritmo porque todavía está un poco aturdido pero se las ingenia para arrastrar su mano por el pecho desnudo del alfa y tirar de sus pantalones hacia abajo para poder meter su mano en los calzoncillos de Julián.
El alfa se deja hacer, permitiendo que la mano delgada de Enzo comience a masturbarlo, sus dedos no alcanzan a cerrarse alrededor de la extensión gruesa y pesada pero el omega se esfuerza por sacarle algunos jadeos al alfa, sintiéndose orgulloso cuando lo logra.
—Cogeme— pide el omega en medio de los besos.
Entonces el alfa le muerde el labio con fuerza y se separa. Se saca los pantalones y continúa por su ropa interior, exponiendo su cuerpo ante el omega que lo devora con la mirada, deteniendo su mirada en el pene grueso y erecto.
Abre las piernas del omega y lo acerca más a su cuerpo, el olor cítrico de su lubricante está presente en cada rincón de la habitación y su entrada está literalmente goteando.
El alfa traza el agujero con la punta de su dedo índice, atento al rostro y a las reacciones del omega. Con cuidado lo hace entrar hasta la mitad y lo saca, con el único fin de tentar al omega que gime con el ceño fruncido. Introduce el dedo de nuevo, esta vez con más cuidado y se permite llegar hasta el último nudillo, Enzo suelta todo el aire que estaba conteniendo en sus pulmones y se encuentra con la mirada del alfa que lo mira con absoluta admiración.
Bombea su dedo, arrancándole algunos ruiditos al omega y agrega un segundo dedo. Espera unos instantes hasta que el omega se acostumbre y finalmente hace tijeras con sus dedos, el celo ayuda a que la intromisión de sus dedos sea más sencilla pero el alfa quiere asegurarse de no lastimar al omega cuando lo penetre así que cuando este comienza a mover sus caderas, buscando sus dedos, suma un tercero.
Estira su agujero en todas las direcciones y un repentino y agudo gemido lo toma por sorpresa, une los cabos en su cabeza y sus dedos golpean en un ritmo lento en el mismo lugar que antes, sintiendo una protuberancia redonda que pone al omega a soltar una serie de ruidos que no puede detener. Es él el que les pone una pausa cuando saca sus dedos empapados y Enzo hace un movimiento con sus caderas con la intención de no perder el contacto.
—Por favor, por favor—se queja el omega inquieto.
Julián ubica una almohada bajo las caderas del omega y bombea un par de veces su propio pene.
—¿Estás seguro, Enzo?— cuestiona.
Observa con absoluta atención el rostro del omega, buscando algo fuera de lugar e intentando captar hasta la más mínima expresión facial.
—Sí, por favor, Julián— responde, está desesperado pero quiere demostrarle al alfa lo decidido que está.
El alfa se ayuda con la mano para dirigir su miembro duro hacia el agujero de Enzo, dibuja un círculo con la punta de su pene en la piel arrugada y tiene que contenerse para no sisear.
—¡Alfa!— chilla y busca a tientas el brazo del alfa, aferrándose a él con las uñas.
La entrada del omega parece guiñar y Julián cree que es muy difícil contenerse de complacer los deseos del omega, entonces se abre paso entre las paredes cálidas de su agujero, dejando entrar únicamente la punta.
Enzo lloriquea e intenta empujarse hacia el miembro del alfa pero este lo sostiene de las caderas, evitando que pueda moverse. No necesita esforzarse mucho porque el alfa empuja un poco más y después otro poco hasta que hace entrar toda su extensión centímetro a centímetro. Las paredes del omega lo aprietan con violencia y las piernas bronceadas envuelven su cintura.
Al alfa se le escapa un gruñido y sus caderas retroceden, sacando su miembro casi por completo para volver a empujar hasta el fondo de nuevo y todo es tan lento que Enzo siente que su cuerpo entero quema.
Julián se compadece del omega que está sudando y apretando los dientes tan fuerte que podrían romperse así que con una embestida profunda marca un ritmo constante y la boca de Enzo se abre dejando salir jadeos y respiraciones agitadas.
Los dedos del alfa recorren sus costados hasta que terminan trepando para aferrarse a las piernas firmes del omega mientras que las manos de este encierran puñados de las sábanas blancas. Julián es implacable en sus embestidas, no muestra indicios de cansancio mientras el omega segundo a segundo toma un aspecto cada vez más desprolijo.
—Tan hermoso— murmura el alfa cuando logra encontrar su mirada y el omega no puede hacer más que lloriquear y apretarse alrededor del alfa.
El omega, avergonzado, se cubre la cara con el antebrazo y no puede evitar chillar cuando el alfa cambia ligeramente el ángulo y golpea su próstata.
—Dejame verte la cara— pide Julián después de inclinarse para darle besos suaves en el ángulo de su mandíbula.
Obedece y ve al alfa sonreír cuando lo deja ver su rostro sonrojado y húmedo por las lágrimas que no sabe en qué momento comenzaron a caer de sus ojos. Julián besa sus párpados, sus mejillas y finalmente sus labios. Lo besa de forma desordenada, con los dientes chocando y con los gemidos suaves del omega ahogándose en la lengua del alfa.
Cuando Julián está satisfecho recupera su postura anterior, volviendo a golpear el punto más sensible del cuerpo del omega que lo mira desde su lugar, la cabeza hundida en las almohadas y los labios hinchados por culpa del alfa, Julián piensa que Enzo es un ángel digno de devoción, que aunque esté transpirando, jadeando por aire y abierto para él, es lo más puro y hermoso que alguna vez haya visto en su vida entera y tiene que morderse la lengua para no declararle su amor.
Puede notar en la respiración irregular del omega y en cómo sus músculos se contraen que va a acabar, entonces es conciente de lo cerca el orgasmo que él mismo está. Deja que una de sus manos se deslice hasta atrapar el miembro del mediocampista y lo masturba imitando el ritmo de sus embestidas.
—Alfa— lo llama y es, en realidad, una advertencia de lo cerca que está.
El alfa aprecia cada detalle de su rostro y percibe lo arqueada que está su columna, como tiene los dedos de los pies apretados y los nudillos blancos por la fuerza con la que agarra las sabanas.
—Dale, gordo, acaba para mí— le dice suave el alfa.
Y Enzo no va a admitirlo jamás pero realmente estaba esperando a que el afa le diera permiso, así que, es cuestión de un par de embestidas más para que se retuerza y con un chillido llegue al orgasmo, ensuciando la mano de Julián y su estómago en el proceso. Su entrada se aprieta con fuerza y el alfa sisea, el espectáculo visual y el interior caliente del omega lo tienen al borde, así que se hunde lo más profundo que puede y los músculos de Enzo se contraen de nuevo, es todo para el alfa que comienza a derramarse dentro del omega con un gruñido gutural.
Julián intenta retroceder cuando siente que su nudo va a comenzar a hincharse pero Enzo chilla y lleva una de sus manos a la cadera del alfa, impidiéndole alejarse.
—Anudame, alfa, por favor— ruega con los ojos llorosos.
Y el alfa no puede contradecirlo así que arrastra su cuerpo, para poder acostarse sobre su costado y que Enzo esté cómodo, lo abraza por la cintura manteniéndolo lo más cerca posible, pegando la espalda del omega a su pecho y reparte besos perezosos por sus hombros.
—Mhm, tan lindo, tan bueno— murmura en su cuello y le acaricia el estómago sintiendo el bulto provocado por su propio pene mientras su nudo comienza a hincharse en el interior del omega.
Enzo se regocija, dejando salir ruiditos suaves y bajos y es recién cuando el nudo se hincha por completo, que la mano del alfa se desliza hacia abajo y se encuentra con que el omega está medio duro. Con decisión, envuelve su mano alrededor del pene de Enzo y lo bombea lento.
—Alfa…— se queja con un pequeño jadeo— No puedo acabar de nuevo, Ju.
El cordobés le besa el cuello y continúa masturbándolo, el omega lloriquea.
—Sí podés. Mostrame que sos un buen omega— gruñe en su cuello y mordisquea la piel sensible.
El omega comienza a sollozar cuando Julián se enfoca únicamente en la cabeza de su pene, acariciándolo con la yema de los dedos haciéndolo casi delirar, él juguetea con uno de sus pezones, pellizcándolo y haciéndolo rodar entre sus dedos y esconde su cara en la almohada.
Le toma unos pocos segundos al alfa lograr que Enzo llegue al orgasmo, provocando que se retuerza en su lugar y Julián continúa acariciándolo hasta que el omega tira de su brazo y solloza una vez más por lo sensible que siente cada parte de su cuerpo.
—Sh, sh. Respira, gordo— dice el alfa y lo agarra de la mandíbula, levantando su cabeza de la almohada para que pueda recuperar el aire.
El omega está en una posición incómoda ahora pero está aturdido y agitado, así que, no piensa mucho en eso mientras busca los labios del alfa. Se besan con dulzura y Julián siente como a cada segundo que pasa, el cuerpo del omega se vuelve más suave y laxo entre sus brazos.
No saben por cuánto tiempo se besan pero en algún punto el nudo se deshincha y el pene del alfa se desliza blando fuera de la entrada de Enzo y este rueda sobre su cuerpo para poder estar de frente a Julián que le sonríe y lo vuelve a besar, apretándolo entre sus brazos.
—Mhm— se aleja apenas unos centímetros el alfa y cuando Enzo quiere besarlo de nuevo lo sostiene de la barbilla y le da un pico en su lugar—. Quiero cortejarte.
Enzo se sonroja con violencia y no sabe donde esconderse.
—Nadie tiene porqué enterarse de que sos omega, nadie va a sospechar nada, tuve novios betas— explica y Enzo gruñe ante la mera mención de parejas anteriores—. Quiero que seas mío, ¿me dejás cortejarte?
Y el omega no necesita ninguna explicación en realidad porque él estuvo al borde de suplicarle al alfa que lo mordiera.
—Obvio que quiero, Ju.
Entonces al día siguiente cuando los pasan a despertar, Julián se levanta y le explica en persona a Aimar que a Enzo le iniciaron reposo en la enfermería y que está muy débil como para quedarse solo, es fácil creerle al alfa y más aún porque es parcialmente cierto lo que cuenta. Simplemente vuelve a la habitación y está seguro de que es el alfa más afortunado del mundo cuando ve a Enzo mirándolo desde su cama con un puchero en los labios indagando sobre porqué lo dejó tanto tiempo solo.
