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Español
Stats:
Published:
2023-02-14
Words:
10,889
Chapters:
1/1
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8
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84
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1,231

Ese Pobre Salteño

Summary:

ADVERTENCIA: Contiene representaciones de prostitución/pornografía, así como la sincera y a menudo desagradable verdad de la industria del sexo.

Ambientada en un AU con ambientación temporal muy dudosa, Agustín cree haber tocado fondo trabajando como bailarín en una jaula. Pero entonces se encuentra con alguien en una situación aún peor. En un hotel barato, después de un día muy malo, Marcos y Agustín se consuelan mutuamente.

Notes:

Bueno, no voy a mentir, tengo miedo de subir esto. Es un texto demasiado extenso, posiblemente haya muchos errores que pase por alto, posiblemente me concentré demasiado en el setting y la historia que omiti profundizar un poco más en los personajes… ya, no es la primera vez que no explayo en el lore de mis One Shots. ¿Por qué usan cintas en pleno 2023? ¿Por qué Agustín tiene un reproductor VHS? ¿Por qué hay una playa? ¿Por qué se tiene que ir en tren? ¿Dónde carajo están? ¡¿Por qué Alfa maneja un burdel?! ¡¿QUÉ HACE ALFA ACÁ?! Viva la ficciónnnnnnnnnnnnnnnn.

Me da mucha felicidad que Mano Enemiga esté recibiendo toda la exposición que está recibiendo, ya van como tres veces que encuentro tweets random que hablan de mi trabajo jajja, posta que me hace feliz.

Como último pedido antes de dejarlos leer en paz, ¿pueden hacerme la pata y seguirme en mis cuentas de twitter? Mi main es @D1SCORANGER, me faltan 5 seguidores para llegar a los 1000, siganme y silencienme xfa jajaja, solo quiero llegar a esa meta. Hablo de GH de vez en cuando, juro que me pondré de lleno para la edición que viene… @pcapaldilf es mi cuenta Margus, supongo que esa la usare para hablar de mis fics y eso.

El tópico de este fic es medio fuerte, espero haberlo tocado bien. ¡Disfruten!

PD: CHICOS SANTI ES POR EL SANTI AMIGO DE AGUS, NO EL TROLO DE DEL MORBO

Work Text:

Él no es nada que no haya visto antes. Ya me crucé con muchos como él, parados en el vestuario con esa expresión de desamparo en el rostro, mirando la pintura pelada mientras Alfa hurga en el guardarropa precario del club buscando algo para vestirlo. Como si importase. De todas formas, no tardará en sacársela.

Entonces, va a ser uno de esos días, ¿no?

Pasa una o dos veces al mes. Ya no preguntamos más. El dueño tiene un " acuerdo comercial mutuo " o algo así con un par de empresas de vídeos para adultos, y de vez en cuando la sala de descanso de los bailarines se le alquila a un equipo de filmación. Esto significa que pasamos algunas noches sentados en bancos de madera en el camerino entre baile y baile y vemos un desfile de modelos brillantes, aceitados y experimentados, y otros chicos bonitos "no tan experimentados" con los ojos muy abiertos que pasan para pedir ropa prestada.

Este chico es uno de estos últimos. Tiene ojos grandes y verdes, la piel de un rosado blanquecino y el pelo rubio, largo y alborotado. Es tan musculoso que todo lo que Alfa saca para él se le pega, hasta que finalmente acaba vistiendo una horrible camisa verde neón y el vaquero rojo desagradable que traía.

"¿Está seguro?", le pregunta a Alfa, apretando la asquerosa prenda. Su voz es melódica, tímida pero expresiva, rica en un acento salteño.

"¡Es lo más nuevo!" insiste Alfa, casi ofendido. "Pibe, ¿cuándo fue la última vez que fuiste a una bresh?".

"Eh.... Nunca", contesta avergonzado.

Yo empiezo a cambiarme y lo miro mientras los dos pasan a mi lado. Capto la mirada del joven y le dirijo una sonrisa amistosa, quizá incluso comprensiva. Sé a qué viene. Él agacha la cabeza y me ignora. Ah, sí. Ya conozco a estos tipos.

Sin plata. Desesperado. Probablemente hetero. Él es exactamente lo que están buscando – y sí que están dispuestos a pagar para tenerlo.

Me hace agradecer que lo único a lo que me he rebajado es a bailar por un par de pesos. Podría ser peor. Podría ser ese pobre chico. Pienso en eso mientras me quito los pantalones y me pongo los ridículamente diminutos y ajustados culottes negros que los bailarines tenemos que usar. Sí, podría ser mucho peor...

* * * * *

La noche transcurre con el frenesí habitual de música horrible, cuerpos sudorosos y billetes de mil en la cintura. Tres tipos intentan tocarme por entre las barras de mi estúpida jaula, y les digo educadamente que se vayan a la mierda. El cuarto es rubio, con ojos azules y de contextura delgada, así que le dejo meter mano antes de también mandarlo a la mierda. Lo veo irse con sus amigas, un grupo de chicas heterosexuales que deambulan por la barra, agarrando copas y riéndose a carcajadas. Un par de ellas son lindas, así que les dedico una sonrisa obscena y un guiño sugerente, lo que las hace reír aún más. No hay nada malo en coquetear un poco. Eso los deja pensando.

Por sórdido y vergonzoso que sea este trabajo, momentos así lo hacen soportable. Momentos en los que te sientes como una estrella de rock con todo el mundo en la sala pidiendo tu atención. Un día, cuando las cosas estén bien, cuando mi canal de Twitch explote, tendré ese tipo de cosas todos los días, y no tendré que quitarme mi ropa para hacerlo.

Alfa me dice que me tome un descanso a las once, así que me pongo la bata en el vestuario y me voy a la sala de descanso. En el camino, me acuerdo del equipo de filmación que está ocupando nuestro espacio. "¡La concha de la lora!" Mis músculos doloridos no están contentos con la idea de pasar veinte minutos sentado en un banco duro de madera.

Uno de los otros bailarines, que creo se llama Santiago, me escucha y se acerca desde la barra con paso ligero y una pequeña fortuna en billetes de mil en la cintura. "¿Agus? ¿Qué te pasa, enano?"

Él recién empieza y no sabe nada del circuito de videos porno. Le explico la situación, pero su reacción es más de fascinación que de fastidio. "¿Podemos ir a ver?".

Lo dudo. Soy demasiado exigente con la actuación como para disfrutar del porno, y no me interesan las frías y coreografiadas excusas eróticas que se producen frente a la cámara en nuestra cómoda sala de descanso. Pero Santi quiere ver, así que bueno. Empuño el picaporte de la puerta y pasamos sigilosamente.

Apenas reconozco el lugar. La habitación, normalmente sucia, está iluminada con luces de escenario, los muebles están decorados con una preciosa maceta verde y la mesa de centro de mármol del estudio del dueño.

Y es en esa mesa donde nuestro Salteño del vestuario está siendo penetrado. De rodillas, con el culo al aire, mientras el “modelo estrella” de la compañía, Matias Schrank, alias La Plaga, le da duro como si fuera un acelerador. No es una obra maestra homoerótica, pero hay algo en ese chico que es una obra de arte. Ya no viste la ropa del club, y tengo que admitir que es justo mi tipo. No me suelen gustar los chicos, pero él es perfecto. Tan guapo que si lo tocas se puede romper, como una obra de arte.

Lo miro fijamente, sin saber si es perturbador o erótico. Está gimiendo, ya sea de dolor o de placer, pero a los productores les da igual. El porno "Gay4Pay" es para los que se excitan con la desesperación de los demás, no con su deseo.

Pero a medida que se desarrolla la escena me doy cuenta de que consiguieron a una criatura poco común: un gemidor 100% genuino. Levanta la cabeza y por un momento veo su cara, sus ojos cerrados, sus rasgos juveniles, una imagen del éxtasis perfecto. Se levanta sobre sus manos temblorosas, arqueando la espalda hacia dentro hasta formar una curva perfecta, y sus gritos son cada vez más fuertes, más altos, más desesperados. Un quejido suave que le llega desde el fondo de la garganta, sordo, como si intentara contenerse.

Es hermoso, pienso, antes de poder pensar racionalmente.

La Plaga le pone una mano en la espalda y lo empuja hacia abajo. Está claro que está tapando una toma. Siento una pizca de celos. Me habían pedido que hiciera un par de estos videos y yo los había mandado a la mierda. Me pregunto si, de haber dicho que sí, ahora yo estaría cogiéndome a ese salteño hermoso y no el puto de Matías Shrek. Me deshago de ese pensamiento. No está bien usarlo así, y lo sé. Otro gemido, y la rata asquerosa sonríe por su pérdida de control. Mira a la cámara y sonríe. Tiemblo ante esa mirada. Acaba de quitarle la virginidad a un chico y cree que es divertido.

El "director" - y uso el término vagamente - grita "corte", y La Plaga comienza a pasearse por la habitación con una erección mientras uno de los "ayudantes" asisten al salteño para que se baje de la mesita. Sus piernas tiemblan visiblemente y lo oigo murmurar en voz baja. "Dios, Dios..."

"¿Estás bien, Marcos?", le pregunta el asistente.

Tiene nombre. Por supuesto que tiene nombre.

A la vez me siento mejor y peor por ver esto. Culpable porque me recuerda que es un ser humano, y tranquilo de algún modo, como si saber su nombre justificara el que yo vea cómo se lo monta un desconocido. Por un par de minutos me quedo mirando su espalda, sus hombros marcados, su cabeza inclinada, su melena rubia alborotada. Ambos vuelven a estar sobre la mesita, La Plaga de espaldas, ajustándose el condón, y Marcos en un equilibrio inestable sobre él, bajando cautelosamente sobre su pene con la ayuda del escenógrafo.

La cámara empieza a grabar y, siguiendo sus instrucciones, Marcos empieza a saltar como un profesional, su cuerpo ágil se adapta perfectamente a las exigencias físicas de este acto desconocido. Parece que sabe lo que hace, como si hubiera investigado o algo así, y sólo lo delata su evidente nerviosismo cuando la cámara no está sobre él. Sin embargo, parece disfrutarlo. De sus delicados labios rosados vuelven a brotar gemidos agudos que se dirigen directamente a mi entrepierna. Tengo que tener cuidado o les daré a los clientes más de lo que están dispuestos a pagar.

"¿No me habías dicho que hacían porno con chicos hetero?" Santi me pregunta.

Me había olvidado de que estaba conmigo. "Es que sí. El salteño ES hetero", le explico.

Santi sonríe. "A la mierda. Nunca vi a un hetero gemir así cuando le están dando por el orto".

Tiene razón, pero no tengo ganas de hablar. No puedo dejar de mirar a Marcos. No sólo su cuerpo. Su cara. Esos preciosos ojos verdes. Su expresión. La forma en que se muerde el labio cuando encuentra el ángulo justo, pareciendo constantemente conmocionado por la forma en que su cuerpo responde a cada nueva sensación.

Recuerdo esa sensación.

Mis ojos recorren su cuerpo increíblemente marcado, antes bronceado pero ahora sonrojado y rosado como su rostro. Su mano se aferra a sus genitales. Pero no se está pajeando.

Ni siquiera tiene una erección.

Siento que me recorre un escalofrío. Marcos sigue montando al tipo que tiene debajo, con una mano apretada contra su pene flácido, manteniéndolo erguido contra su cuerpo, como una erección de mentira. Las yemas de los dedos le rozan los huevos, pero es débil; gime cuando el pene de Matías le golpea la próstata, pero no muestra ninguna reacción física más allá de ese gemido desesperado. Lo miro fijamente, intentando leer su expresión. Tiene los ojos cerrados, le tiemblan los hombros, pero en su cara se ve una mezcla de sufrimiento y placer, y me doy cuenta de que debe de odiar esto. Aceptó esto por plata, y descubrir que su cuerpo responde así en contra de su propia naturaleza debe de ser angustioso. Cuando vuelven a hacer una pausa para darle la vuelta y acomodarlo como a un muñeco, veo el dolor en su cara, la rabia contra todos y cada uno de ellos: la plaga que se lo coge, el equipo de cámara, el director, yo y los otros degenerados que lo miran, y probablemente él mismo.

Me quedo paralizado. No puedo apartar la mirada. Me da tanta pena y no puedo creer que se me haya pasado por la cabeza cogermelo. No puedo creer que me excitara con esto. Todo me hace sentir enfermo.

"Voy a fumar." Digo.

Santi apenas murmura, demasiado absorto en la escena que tiene delante. Salgo a escondidas, esperando que el subidón de nicotina calme esa fría sensación en mi estómago. No sé por qué me siento tan culpable. Sólo estuve deseando al pobrecito por un segundo. Normalmente no me afecta lo que hacen ahí dentro. Si un chico es tan pobre o tan estúpido como para vender su virginidad a una empresa porno, es su problema y su elección. No son tan diferentes de mí en ese sentido. Este parece diferente de alguna manera. Deben ser esos pequeños e inocentes ojos verdes. Debe ser.

Vuelvo a entrar para alejarme del frío. Santi sigue en la puerta de la sala de descanso. Tenemos que volver al turno. Le susurro, pero no me oye. O me ignora.

Me acerco a él, le doy un codazo en el hombro e intento que se aleje sin mirar lo que hacen esos hijos de puta. "Vamos. Tenemos que volver".

Y mi intento de autocontrol me falla, porque Marcos está tumbado de espaldas en el sillón, boca arriba, doblado por la cintura mientras Matías Shrek lo penetra desde arriba, y está suplicando. De nuevo, los suaves gemidos de placer escapan de sus labios, y cierra los ojos, retorciéndose indefenso contra los almohadones. Es hermoso, en un sentido enfermizo. A todo esto, me pregunto en qué estará pensando. ¿En qué o en quién? Vuelve a quedarse quieto un momento, y se puede ver el shock en su cara. Es sólo un segundo, luego su máscara regresa, y Dios, si que está ACTUANDO. Hace pucheros a la cámara, se lame los dedos, acaricia sus propios pezones en círculos sensuales y perezosos, como probablemente vio hacer a alguna mujer en un video porno hetero.

Sería erótico si no supiera lo falso que es, una falsedad cursi para ocultar sus reacciones genuinas. No quiere darles demasiado de sí, así que les ofrece un espectáculo. Su actuación se ve defraudada por su pene flácido, pero el equipo de filmación está encantado.

Al final, La Plaga saca su pene y se quita el condón, y la cámara se acerca para un primer plano mientras se masturba sobre el vientre tenso de Marcos, salpicando su piel perfecta con gotas de esperma. Es un clímax muy anticlimático, pero parece ser lo que los pornógrafos llaman "el plano del éxito".

Uno de los técnicos le pasa una toalla a Marcos, que se limpia antes de ponerse los bóxers y salir del set sin decir palabra.

"¡Bien, gracias Marcos!", le dice el director. "Anda a bañarte. ¿Pueden meter a Alexis ya? Rápido, ¡se está haciendo tarde!"

Por segunda vez, Marcos pasa a mi lado y capto su mirada. Esta vez se detiene, mirándome casi acusadoramente, como si supiera que lo estuve observando. Como si supiera que lo quería para mí.

"Las duchas están ahí abajo", le digo, señalando el pasillo, como para excusar mi presencia.

Sus ojos se entrecierran y su hermoso rostro se tuerce en una mueca oscura. "Sí, ya sé", responde secamente.

Me hago a un lado y se aleja.

* * * * *

Estoy en la barra durante el resto de la noche, mezclando y sirviendo tragos. Es menos agotador, pero el calor sigue siendo intenso, y agradezco la oportunidad de desnudarme y meterme bajo el fresco chorro de las duchas cuando termina mi turno. Pero sorpresa, algún hijo de puta usó toda el agua caliente. Gané bien de propina, así que puede que esta noche salga por ahí. Me seco con la toalla y me pongo un poco de perfume antes de vestirme y buscar mi mochila en la taquilla. La dejaré en mi departamento y veré si puedo ir al centro antes de que empiecen a cerrar los bares nocturnos. Puede que la noche no sea joven, pero al menos no está muerta, y espero que una buena cogida sin culpas limpie mi cerebro de pensamientos agridulces sobre salteños vírgenes de ojos verdes.

A medio camino de la puerta, oigo una voz. Un sollozo.

Dios. Está tan grabado en mi cabeza que estoy alucinando.

Sigo el sonido por detrás de las taquillas. Todos los de mi turno ya se habrán ido. La mayoría de los chicos de acá se bañan en sus casas, pero mi presión del agua está jodida y siempre soy el último en salir, y ninguno de los del turno tarde está en un descanso hasta dentro de una hora.

Siento que el corazón se me hunde cuando lo encuentro.

Marcos.

Está sentado en el banco, a medio vestir, todavía envuelto en una toalla y tiritando. Tiene el pelo mojado por la ducha y está encorvado, con la cabeza entre las manos. Ni siquiera me escucha acercarme.

"¿Hola?"

Levanta la cabeza sobresaltado, con los ojos muy abiertos, como si lo hubieran agarrado haciendo algo que no debía.

Se me encoge el corazón. Su cara es una máscara de desesperación, con el labio inferior enrojecido de tanto morderlo. "¡Qué onda!" Suspiro, haciendo todo lo posible para que sepa que estoy realmente preocupado. No quiero que confunda mi simpatía con un ligue dudoso, o que piense que me estoy burlando de él. "¿Estás bien?"

Resopla y se limpia la nariz con el dorso de la mano. "No", responde tajante. Vuelve a aspirar y sacude la cabeza antes de volver a mirarme con esos tristes ojos verdes. "¿Qué carajo hice?", pregunta.

Me siento a su lado y le pongo una mano en el hombro. Está frío al tacto. Debe de llevar horas sentado así. "No hiciste nada malo. No tenes por qué sentirte mal", intento consolarlo. Parece un sentimiento superficial. Me siento mal por bailar por plata. Ni se me ocurriría hacer lo que él hizo.

"¿En serio?", responde, con las manos temblorosas mientras se las pasa por el pelo. "¡Mi papá no diría eso!".

"Un poco estricto, ¿no?" le pregunto. Parece que estoy hablando por hablar.

"¡Es un CURA! ¡Se moriría de vergüenza! No sé en qué estaba pensando".

"No es para tanto. O sea, a ver, ... tenías tus razones, ¿no?"

Se tranquiliza, apoya los codos en las rodillas y respira hondo. Le paso la mano por la espalda con un movimiento que espero sea tranquilizador. "Necesitaba la plata", confiesa en voz baja. "Tengo que pagar la matrícula de mi escuela de modelaje antes de fin de mes o me expulsan. No puedo dejar que eso pase. Necesitaba la plata y uno de mis compañeros me pasó un número".

Saca un sobre de papel marrón de su mochila y lo acaricia con las manos. "Me acaban de dar cien mil peso’. Así que ya está. Trabajo hecho. Supongo que ese es mi valor". Se ríe amargamente, tocando el paquete con los dedos.

"No pienses así", le digo suavemente. "Es una vez, no tenes que volver a hacerlo".

"¡Pero...!" Hace una pausa, le tiembla el labio inferior mientras manipula el papel marrón. Algo indescifrable se dibuja en su rostro.

"¿Qué?

"Me gustó". Sus palabras apenas son un susurro. "Odiaba hacerlo, pero al mismo tiempo me gustaba. No la cámara, ni el otro.... lo que se siente". Mira hacia otro lado, bajando la cabeza. "No esperaba que me gustara".

"Eso es sólo anatomía", le explico tan fríamente como puedo. "Se llama próstata y está diseñada para que te sientas bien cuando te cojen. No hay nada malo en..."

"¡No soy gay!", protesta de repente, con una gesticulación explosiva. Sería gracioso si no estuviera tan alterado.

"No digo que lo seas".

"Pero... ¿y si lo soy? Dios, ¡no aguanto esto! Pensé que podía aguantarlo y no puedo".

Lo rodeo con los brazos y lo abrazo mientras se desmorona, acariciándolo y dejándolo llorar antes de levantarlo suavemente de la bola en la que se hizo. "Mira... no podes quedarte acá toda la noche. Arréglate, vestite, y tranquilízate. ¿Tenes dónde dormir?"

Deja de sollozar el tiempo suficiente para responder a mi pregunta. "Me pagaron un hostel en el centro. Está a unos veinte minutos caminando".

"Bien... te llevo hasta allá."

"¿Venís conmigo?"

El tono de su pregunta no indica si quiere que lo haga o no, así que dejo la decisión en sus manos. "Puedo acompañarte si queres".

Lo piensa un momento y asiente. "Creo que me gustaría. No quiero estar solo esta noche".

¿Eh? Parece haber decidido que me quede o algo así. Bueno, supongo que no puede hacer daño quedarme un rato. Asegurarme de que esté bien y eso. Sonrío y asiento con la cabeza, y él también esboza una pequeña sonrisa. Finjo estar ordenando mi mochila mientras él termina de vestirse y ordenar sus cosas, metiendo la plata de la matrícula en una media. Nos vamos juntos a la puerta, uno al lado del otro.

"Espera", me dice cuando llegamos al pasillo. "No sé ni cómo te llamas".

Le extiendo la mano y me la estrecha formalmente. "Agustín", le digo. "Soy Agustín"

Me sonríe, una sonrisa genuina y dentuda que ilumina su rostro y hace que sus ojos verdes brillen. "Yo soy Marcos. Marcos Ginocchio".

* * * * *

Los pasillos de la parte trasera del bar están llenos de gente mientras el equipo de filmación cierra tras el último rodaje. El dueño está hablando con el director, haciendo preparativos para mañana. Me acerco y toso cortésmente, esperando una pausa en la conversación. "Voy a llevar a Marcos a su hostel", les digo.

Asienten y murmuran una respuesta, sin importarles si lo asaltan y muere en la calle. No le ofrecen un taxi. Tiene su paga, su alojamiento barato y su pasaje de tren. Ya no es su problema.

"Gracias por ayudarme", dice, y me sobresalto cuando me doy cuenta de que está hablando con el director. Se me revuelve el estómago cuando se despide cortés y amistosamente de los hombres que lo prostituyeron. Pobre salteño. Incluso el desagradable de Matías Shrek recibe un saludo de despedida, pero éste se encoge de hombros y murmura un "hasta luego" antes de volver a charlar con uno de los bailarines. Veo un destello de dolor en la cara de Marcos al darse cuenta de lo poco que significaba su sacrificio para esta gente, lo tomo del brazo y lo guío hacia la salida. "Vamos", le digo. "No tenes por qué seguir acá".

No. No hay nada que rescatar de esta noche. El daño ya está hecho. Marcos agacha la cabeza y me sigue.

* * * * *

No son veinte minutos caminando hasta el hostel. Son más bien cuarenta cuando llegamos al pequeño y descuidado hostel. Y la habitación no está pagada como le prometió el equipo de filmación. Marcos saca a duras penas un par de billetes de su paga y firma, mientras el encargado vuelve a usar su celular.

La habitación es todo lo que esperaba. Papel de flores horrible, baño diminuto que no ha sido decorado desde los 80s, toallas ásperas y sábanas aún más ásperas. Hay un hervidor eléctrico manchado de amarillo junto a un televisor cuadrado, además de una escasa selección de bolsitas de té y sobres de leche en polvo. El olor a humo rancio persiste en la habitación y me doy cuenta de que el cenicero de la mesilla ni siquiera está limpio.

Marcos deja su mochila ordenadamente a los pies de la pequeña cama y se pasa las manos por el pelo, soltando un suspiro de cansancio.

"¿Cómo estás?" le pregunto.

"Estoy hecho mierda", es la respuesta franca y sombría. "Tuve un viaje de ocho horas esta mañana, y ahora todo esto. Estoy cansado. Y.... Y me siento mal".

"¿Comiste mucho hoy?" Lo entendería si no lo hubiera hecho. Yo no comí en todo el día antes de mi primera noche bailando en el club.

"Me comí medio pebete antes de salir. No pude terminarlo. No sé si puedo comer ahora. Me siento..."

Le pongo una mano en el hombro y lo aprieto. Me resulta tan natural tocarlo, aunque no estoy seguro de que sea lo correcto. No se aparta ni nada, así que supongo que está bien. "¿Sí?"

Sus ojos se encuentran con los míos y se encoge de hombros miserablemente. "Sucio".

Me identifico con él. "Es normal. Mira... Sé que te bañaste en el club, pero anda y pégate otra ducha. Ya, anda. Voy a ir a un negocio que conozco y traeré algo para comer".

Él vuelve a rebuscar en su mochila y saca más plata para pagarme la cena. Le hago un gesto con la mano y meto mis manos en los bolsillos.

"Guarda eso", le digo. "Tenes que pagar la matrícula".

"¡¿Seguro?!", dice, genuinamente sorprendido por todos y cada uno de los actos de amabilidad que le estoy mostrando. Es obvio que el chico tiene un complejo de culpa exagerado, como si pensara que no merece generosidad después de lo que acaba de hacer.

Tomo las llaves de la habitación y de la puerta principal y lo dejo que se bañe en paz. La tienda de sushi está a la vuelta. Pido un Combo Soul de 30 piezas. La bolsa me da calor en el pecho mientras me apresuro a atravesar el frío y entro lo más silenciosamente posible.

Todavía está en el baño cuando vuelvo a la pequeña y húmeda habitación, así que desempaqueto la cena sobre la cama. La colcha está manchada, así que un poco de salsa no le hará nada. Pronto el aroma de la cena caliente para llevar cubre el humo rancio del lugar, y atrae a Marcos fuera del baño. Lleva una toalla alrededor de la cintura y otra sobre los hombros. O tiene frío o es increíblemente puduroso. Sospecho que es lo segundo.

Dios, ¿quién lo convenció de perder la virginidad en un video porno gay?

Sonrío y su cara se ilumina al ver su primera comida en condiciones en todo el día. "¡Qué rico!".

Se tira en la cama, desenvolviendo con impaciencia la bolsa. Debe de estar muerto de hambre. Nos relajamos en la cama rechinante y hundida y comemos ahí. Yo me estiro sobre los pies, él se posa en un lado, cerca de las almohadas. Vierto mis piezas sobre la salsa, él hace lo mismo. Yo termino mis quince piezas primero, por supuesto.

"Gracias", dice, masticando y tragando con cuidado antes de hablar.

"No pasa nada", le digo, metiéndome las manos en los bolsillos, inseguro de qué hacer. Si quedarme o no con él. "Tuviste un día duro. Te merecías algo".

"Me merezco una buena patada", resopla, dándole un bocado a una de sus ultimas piezas. "Soy un estúpido".

"No, no lo sos", le digo, sentándome de nuevo a su lado. "Necesitabas la plata y aceptaste una oferta. Así es como trabaja esta gente. Se aprovechan de los que no tienen otra opción. A mí me pidieron que hiciera un par de videos".

Me mira con complicidad. "Sí, seguro que lo hicieron, pero no lo hiciste, ¿verdad?"

"No", admito, intentando no sonar como si tuviera la moral alta. "Pero bailo para ellos. Todas las noches. Casi en bolas. Porque necesito la plata. Yo también tengo estudios que pagar".

Me sonríe, otra de esas raras sonrisas suyas. "¿En serio?"

"Sí. Así que te entiendo. Problemas de presupuesto, horarios de la facultad. No hay muchos trabajos decentes dispuestos a dejarte trabajar entre clases y clases".

"¿Te molesta?", me pregunta. "Bailar. Casi en bolas".

"Y en una jaula. Olvidé mencionar que en una jaula". Se ríe y yo bebo un trago de agua. "De vez en cuando, pero es sólo un trabajo. Algunos de los clientes se ponen demasiado atrevidos, pero para eso están los patovicas. Y algunas de las personas de ese club son lindas, así que...".

Dejo la frase en el aire y él no parece entenderla. Parece confuso. "Así que...", empieza titubeando, "¿sos...? Espero que no te importe que pregunte... ¿sos gay?".

"Soy bisexual".

"¿Sos qué?"

"Bi. Bi-sexual. Me gustan los hombres Y las mujeres".

"Ah." Está claro que todavía no lo entiende. "Entonce', ¿cómo e' eso? Tene' uno de cada uno o..."

Me río. "No, nada que ver. Nunca tuve novio, pero a veces me meto con guasos. Pero también me gustan las chicas. Puede que algún día me case y tenga hijos. Pero mientras hay mucho para elegir".

Parece un poco sorprendido, me mira la mano. "Entiendo... bueno..."

"¿Y vos?" le pregunto.

"Ah.... Tuve novia por un tiempo. En mi primer año de facu".

Y ahí está. Una novia. ¿Dónde estuvo viviendo este chico estos últimos años? ¿En un monasterio? No me extraña que esté tan confundido.
Habla un rato de ella. Cómo se conocieron, cómo era ella, qué solían hacer. No habla de sexo. Hago una lista de algunas de mis relaciones serias y no tan serias. Mi primera novia. Mi primer amor. Mi primer tipo. Algunos de las cogidas que sobresalieron entre tantas. Me siento como una estrella de rock comparado con él. Tengo que admitir que eso me gusta.

"¿Y cómo sabes?", pregunta al rato, con el resto de la cena abandonada desde hace tiempo mientras escucha mis historias con los ojos muy abiertos y los oídos ansiosos. "Cómo sabes si te gustan... los hombres o las mujeres... o...". Todavía no puede entenderlo. "... ¿los dos?"

Me encojo de hombros. "Cuando era más chico me fijaba tanto en los chicos como en las chicas. Solía joder con un par de mis amigos. Nada serio, sólo cosas de pendejos boludos. Me les uní un día después de unos tragos, con un poco de coraje, - y me gustó. Y si me gusta algo, lo sigo haciendo".

Asiente con la cabeza y picotea distraídamente su comida. "Así que si hice eso... me acosté con un chico, y me acuesto con otro chico... y decidiera que me gusta? ¿Significa que soy gay?"

"No te voy a decir lo que tenes que hacer, o quién sos. Eso lo tenes que averiguar vos".

"Mis amigos del colegio solían decirme puto", murmura con tristeza. "Me pegaban la mayoría de las veces, porque no opinaba de chicas como ellos, porque me gustaban peliculas de Disney...".

Dios, puedo entender por qué no le pide ayuda a nadie. Este tipo claramente se odia a sí mismo y a su entorno. "Mira, tenes que dejar de preocuparte tanto por lo que piensen los demás. Hace algo que quieras hacer, y que el resto se joda. ¿Vas a terminar eso?"

Hago un gesto hacia su cena y él niega con la cabeza, así que tomo la caja con pocas piezas y las tiro al tacho de basura.

"A mi parecer, si queres hacer algo, hacelo".

"¿Hasta coger con hombres?"

Lo dice como si fuera un crimen. "Si eso es lo que queres." Recojo su botella de agua vacía, y la mía, y las tiro también.

"No sé lo que quiero", suspira, riendo nerviosamente, como disimulando haber confesado demasiado. "Yo sólo.... nunca me lo había planteado hasta todo esto, pero no quiero que mi ÚNICA experiencia sea con ese... ese...". Las palabras le fallan y deja caer las manos sobre su regazo con un suspiro. "No sé. Sólo quiero hacerlo con alguien que.... bueno... me guste".

Suena como un nene. Es algo dulce. Estoy seguro de que tendría donde elegir si no fuera tan introvertido. "Mira", le digo con un aire de firmeza, "si es lo que queres, anda y hacelo. ¿Qué tenes que perder?". Me dejo caer en la cama a su lado y veo cómo la comprensión se dibuja en su rostro mientras mira al suelo, sumido en sus pensamientos.

"Tene' razón", murmura.

"Claro que tengo razón", respondo con una sonrisa de satisfacción, examinándome las uñas, creyéndome un terapeuta sexual.

Pero el beso me toma por sorpresa, en parte porque es tan repentino y en parte porque es tan MALO. En un momento está ahí sentado, sufriendo una crisis de sexualidad, y al siguiente me agarra la cara con las dos manos, me gira a medias hacia él y pega sus labios a la comisura de mi boca en un intento desesperado de meterse en mi garganta. Me caigo hacia atrás, apenas consiguiendo sostenerme con las manos, y él cae conmigo, desplomándose contra mi pecho, todavía dándome su beso húmedo y empalagoso por toda la cara. Me enderezo, consigo rodearlo con un brazo, inclino un poco la cabeza para conseguir un mejor ángulo, pero él me mete la lengua en la boca con tal ferocidad que nuestros dientes chocan. "¡Ay!" murmuro, retrocediendo tanto por lo atroz del beso como por el asqueroso sabor a salsa de soja de su boca.

"Perdón", le escucho decir.

"¡Marcos!" Protesto, empujándolo suavemente. Se aparta de mí y sus manos siguen arañando mi camisa. "Marcos, solta".

Se sienta y se limpia la boca. Yo hago lo mismo. Sé que no puedo disimular la expresión de mi cara. La expresión que demuestra que ha sido el peor beso que me han dado en mi vida. Lo miro y me siento culpable al instante. Parece como si le hubieran dado un puñetazo. "Perdón, no estaba pensando. Yo solo...." Está temblando, apoyando torpemente una mano en mi brazo.

"Marcos", suspiro, tomando su mano con suavidad, "no te lo tomes a mal, pero...".

"Te juro que soy mejor en esto", me dice, apretando mi mano y acercándose un poco más de nuevo. "Bueno, no mucho pero... me gustas".

Alarga la mano y la apoya en mi pecho, y yo me encuentro recorriendo su brazo, frío y húmedo por el baño. ¿En serio quiero hacer esto? Ahora mismo está hecho un desastre y los dos lo sabemos. Después de lo que pasó, probablemente se aferre a cualquier cosa para sentirse mejor. ¿Pero no es esto lo que necesita? ¿Alguien que le enseñe que no todo es sórdido, degradante y sucio? ¿Que el placer culpable que sintió mientras se prostituía ante un equipo de filmación miserable puede sentirse mejor con alguien a quien desea y en quien confía, y alguien que lo desea a él? No puedo negar lo que se me pasó por la cabeza cuando lo vi por primera vez. Es hermoso, lo reconozco. Y no es su culpa que sea un pésimo besador. Tal vez sólo necesita practicar un poco.

"¿Agu'?"

Levanto la vista y veo sus ojos verdes mirándome, implorantes y entrañables. Es adorable. "¿Seguro que queres hacer esto?" le pregunto.

Se ríe nerviosamente y se encoge de hombros. "Sé que quiero hacer ALGO con vos, digamo'... y estoy seguro de que es esto, así que... como dijiste. ¿Qué tengo que perder?"

Quizá tiene razón. ¿Qué tengo que perder? La noche ya se me pasó volando. Renuncié a mis planes para pasar la noche con él, sólo para sentarme con él y asegurarme de que estuviese bien. ¿Acaso yo sabía lo que podría surgir de ese simple paseíto al hostel? No. ¿Lo deseé desde el primer momento en que lo vi? Sí, creo que sí. Sería un tonto si lo rechazara ahora, con o sin beso dudoso. Sonrío y le doy un suave tirón de la mano. "Vení", le digo.

Se deja caer contra mí en un enredo de brazos, y aprieto los labios contra los suyos. Es hora de enseñarle cómo se hace. Al principio suavemente, sacándolo de su pequeño caparazón reprimido con delicados toques, rozo mis labios contra los suyos, sintiendo la suavidad y dejando que se relaje ante la idea. Es tan lento, casi casto, pero él prácticamente se derrite entre mis brazos. Hay algo profundamente erótico en esos pequeños suspiros suaves y sinceros que emite, en la forma en que sus manos me rodean ansiosamente los hombros. Chilla cuando le muerdo el labio y no puedo evitar sonreír. "Perdón", me oigo decir. Pero no lo digo en serio.

"No pasa nada", murmura.

Le doy otro mordisco, esta vez un poco más suave, y él gime, rodeándome con los brazos. ¡Dios, es tan fuerte! Siento que podría romperme. Quiero más, más de ese cuerpo fuerte y bronceado. Quiero más piel. Le quito la toalla de los hombros y le acaricio los brazos hasta el pecho. Siento su jadeo antes de oírlo y el aliento en mi mandíbula. Saco la lengua para rozar sus labios entreabiertos y él se abre dispuesto a dejarme reclamar su boca.

Esta vez la salsa de soja no sabe tan mal. Es un beso perezoso, pero más enérgico. Sé que soy yo el que tiene el control, el que tiene experiencia, pero cuando siento sus dedos enredarse en mi pelo y su cuerpo arquearse contra el mío, sé que estoy tan perdido como él. Se trata de necesidad. Él necesita a alguien que lo saque del lugar oscuro en el que se metió hoy, y yo necesito a alguien que me necesite. Estoy cansado de ser un objeto; una cara bonita y un cuerpo firme en un atuendo escaso; un extraño sin nombre en un bar. Esto es más que eso. No es superficial. No es sólo sexo sin sentido, donde estamos tan fuera de nosotros por la bebida o las drogas que ni siquiera nos acordaremos del nombre del otro por la mañana. Es algo con una conexión. Aunque sólo sea un encuentro de una noche, no carece de sentido. Él lo recordará. Siempre me recordará. A mí y a esto.

Me echo hacia atrás, viéndolo balancearse, aturdido y tambaleante. En la penumbra de la habitación, sus ojos resplandecientes me miran implorantes. Sonrío. "Acóstate", le digo, dándole un suave empujón. "Dale, no te voy a lastimar".

Él se echa hacia atrás y se recuesta contra las almohadas, claramente avergonzado por el hecho de que la toalla blanca y barata que le rodea la cintura se le está abombando descaradamente en la entrepierna, doblando las piernas para intentar ocultarlo. Quiero arrancarle la toalla y deleitarme con su cuerpo desnudo. Aún recuerdo cómo lo veía en aquella sala de descanso bajo aquellas luces y me muero de ganas de volver a verlo, de mostrarle el verdadero placer y verlo retorcerse, gemir y suspirar bajo mis caricias. Pero por ahora me ahorro sus rubores, me desnudo rápidamente junto a la cama y dejo caer mi ropa en un cúmulo. Él me mira, y yo miro su reacción, con los ojos fijos, su cara como un cuadro de intriga y lujuria. Su mirada se desvía hacia el sur cuando me bajo los pantalones, pero solo por un momento. Es tímido, bendito sea. No quiero avergonzarlo más exhibiéndome. Ya estoy erecto de solo besarlo, pero aun así me centro en él, me subo a la cama y me pongo de rodillas sobre él. Subo y bajo la cabeza por sus muslos, saboreando la suavidad de su piel y el vello de su cuerpo. Su dulzura me seduce.

Cuando las puntas de mis dedos rozan el borde de la toalla, sigo subiendo por su muslo, encontrando carne caliente. Me mira como hipnotizado, con el pecho subiendo y bajando, la boca abierta. No puedo resistirme. Subo por su cuerpo musculoso y vuelvo a besar sus dulces labios, y su suspiro me estremece. "Decime si queres que pare", le susurro entre beso y beso.

Él niega con la cabeza. "No... no pare´".

Asintiendo a su petición, dirijo mi atención a su garganta y le beso la nuez de Adán. Sabe a sudor y perfume. Es intoxicante. Él también lo cree, claramente, pues se curva bajo mis besos y prácticamente se aprieta contra mi pierna. Creo que ni siquiera se da cuenta de cuándo le quito la toalla, hasta que vuelvo a hacer presión sobre él y nuestros penes se rozan. Emite un gemido extraño y confuso, me agarra la cara con las dos manos y me atrae hacia él, besándome con ferocidad. Sus caderas suben y nos atropellamos mutuamente durante unos minutos, hasta que la cama cruje bajo nuestros cuerpos, hasta que gimo de deseo tanto como él, hasta que ambos estamos mojados de semen, sudorosos, pegajosos y ruidosos. El fuego crece en mis venas y mis entrañas, y me debato entre el deseo de venirme y el deseo de tenerlo de todas las formas posibles antes de que acabe la noche. Prometí que le daría placer de verdad, y una sesión de tres minutos de sexo anal en un hostel no es precisamente una leyenda erótica.

Sacando a relucir toda mi fuerza de voluntad, me alejo de él y él gime desesperadamente, sus manos me manosean el cuerpo mientras me mantengo encima de él. "¿Qué queres que te haga? le pregunto con una sonrisa.

Sus ojos se abren de par en par. "Yo... No.... Lo que quiera', ya sabes..."

Parece que me toca a mí entonces. "¿Queres que te la chupe?".

Otra mirada de sorpresa. "Eso estaría... bueno".

Obedezco y me deslizo por la cama, por su cuerpo, besando cada costilla en mi camino. Finalmente, me poso sobre su regazo. Esta vez está innegablemente excitado, su pene sobresale tentadoramente hacia arriba, largo y carnoso, como el resto de su cuerpo, rodeado de rizos castaños oscuros y con un tentador sendero de placer que le sube por el vientre. Y él la tiene dura para MÍ, toda para mí. Suspira al primer contacto, lo rodeo con una mano y le bajo el prepucio. Sus caderas se mecen suavemente debajo de mí, y no puedo resistir el impulso de provocarlo un poco más, besándole los muslos y los huesos de la cadera. Por fin lo recorro de raíz a punta con una larga y lenta lamida, y él gime. Uf, hace unos ruidos preciosos.

Lo distraigo de sus pensamientos bajando la cabeza y rodeando su verga con los labios. Se estremece al instante, con pequeños sonidos de placer que se mezclan con los gemidos sorprendidos de alguien a quien nunca le habían hecho esto antes. Me la meto hasta el fondo, apretando una mano y luego la otra a su alrededor. Me arrodillo, intentando conseguir un ángulo que no me dañe la espalda ni el cuello. Es difícil, pero merece la pena cuando sus pequeños gritos se convierten en gemidos y gruñidos ásperos. Sus caderas se levantan de la cama, su cuerpo se retuerce y se contorsiona. Lo torturo con pequeños lametones, lamiendo el líquido pre-seminal salado que se acumula en mi lengua, disfrutando de su sabor, de su tacto y del agradecimiento que me muestra por mis esfuerzos.

Me tienta excitarlo en ese momento, pero me resisto y retrocedo antes de que se venga, sonriendo mientras maúlla y gime, manoseándome. "¡Seguí!", me suplica.

"¿Mmm? Le arqueo una ceja. "¿Queres que siga?" Paso las manos por debajo de sus rodillas, levanto sus piernas y aprieto mi cuerpo entre sus muslos. "¿O queres algo más?

Mi pija se desliza por la cálida y tentadora entrada de su culo y él gime, cubriéndose la cara con una mano. "Dios", susurra. "Dios, Dios, Dios..." Hijo de un cura, ¿verdad?

"¿Eso es un sí?" Le doy un meneo experimental. Está tan caliente, tan caliente, pero tengo que darle la oportunidad de cambiar de opinión.

Asiente frenéticamente, me agarra con las dos manos y me besa, con fuerza, desesperado y anhelante. "Dale", le digo suavemente, apoyando la cabeza en la suya. "Date la vuelta. Ponete de rodillas".

Él accede, aunque algo tembloroso, y yo aprovecho mientras él se acomoda en la cama para agarrar el preservativo y el gel que guardo en la mochila para momentos como éste. Sigue temblando cuando vuelvo y le paso una caricia tranquilizadora por la espalda, sintiendo las marcas de su columna. Su ansiedad es un poco molesta. No puedo evitar preguntarme si se habría planteado esto de no haber sido por la experiencia de esta noche. Por un momento me pregunto si me estoy aprovechando, pero me dijo que tenía curiosidad y estoy seguro de que no puedo resistirme a él, que me mira con adoración por encima del hombro mientras me ofrece su culo casi virgen.

Como era de esperar, el primer dedo que le meto encuentra muy poca resistencia. Otro duro recordatorio del amargo giro de los acontecimientos que nos han traído hasta aquí; que apenas unas horas antes ya había sido "penetrado" por un imbécil insensible que no se lo merecía. Aparto ese pensamiento de mi cabeza y me concentro en el placer de Marcos, hundiéndome más en ese calor tentador, buscando ese pequeño rincón de su interior que sé que le hará gemir.

Y así es. Es deliciosamente ruidoso...

"¿Más?", pregunta, casi avergonzado.

No puedo evitar sonreír mientras le concedo su deseo, añadiendo un segundo dedo, y un tercero, sintiendo cómo se retuerce y se agita. Mueve las caderas de un lado a otro, sacudiendo la cabeza y meneando el culito. Sus pequeños chillidos se intensifican y aceleran mientras prácticamente se coge a sí mismo con mis dedos. No se trata de preparación, sino de placer. Enrosco mis dedos, frotándolos contra su próstata. Y él se entrega a mí. Cada caricia lo hace gemir y retorcerse y... ¡es tan perfecto!

Lo necesito. Y ahora.

Saco la mano, me acerco, cubro mi erección y tiro la envoltura del condón al suelo. Me acomodo entre sus piernas largas y abiertas, presionando mi verga contra su culo y pasando mis manos suavemente por su espalda. "¿Estás...?"

"¡Sí!", jadea sin vacilar. "¡Agu', por favor!"

Empujo suavemente, dejando que me sienta centímetro a centímetro. Es como una tortura para mí. Está tan apretado, tan caliente, tan malditamente culeable. Lo siento apretarme hasta el fondo. Retrocedo y vuelvo a empujar, esta vez con más fuerza. Sus brazos ceden, su cabeza y sus hombros caen sobre la almohada y él AÚLLA. "¡Dios!"

Nunca aulló así para los del video. No, esto es sólo para mí.

Intento ir despacio, de verdad, pero no puedo evitarlo. Por suerte, a él no parece importarle. Sus músculos se ondulan alrededor de mi miembro y se empuja contra mí, atrayéndome profundamente. Dejando a un lado la precaución, me rindo a sus impulsos y me abalanzo sobre él. Probablemente demasiado fuerte para alguien tan inexperto, pero a él no parece importarle. Está tan abierto, tan relajado, y simplemente se deja llevar. Mis manos se aferran a sus caderas, tirando de él contra mí, penetrándolo furiosamente hasta que la cama cruje, hasta que Marcos tiñe el aire con una sarta de obscenidades que harían sonrojar a su papá religioso, y yo veo las estrellas porque tengo los ojos cerrados con fuerza. Es tan perfecto.... tan perfecto... Perdido en el placer, me doy cuenta de que en algún momento se calló, ahora gime suavemente, con leves gemidos entrecortados por jadeos ásperos, y me doy cuenta, en la bruma de mi propio clímax, de que acaba de venirse. Ni siquiera le toqué el pito.

Con Marcos ya saciado, me concentro en enterrarme en su dulce culito, tan cerca ahora que puedo sentirlo. Aprovechando sus pequeños jadeos y gemidos posorgásmicos, lanzo mis caderas hacia delante, acelerando y acelerando hasta que el hormigueo de mis huevos se expande y me vengo dentro de él con un grito y un estremecimiento de felicidad, cada músculo se tensa mientras él me ordeña el orgasmo. Tan apretado, tan perfecto.

Nos desplomamos juntos sobre la cama, sudorosos y pegajosos. No dice nada durante mucho tiempo. Luego, finalmente: "Necesito un trapo".

Le da vergüenza. No sé por qué. Le sonrío juguetonamente y, sin ningún pudor, me inclino sobre él y le lamo el semen de la panza. Boquea, primero de asombro, luego de placer cuando bajo la cabeza para chuparle el pene ya flácido y luego sus muslos pegajosos. "Mejor", le digo.

Sus ojos me miran fijamente. Por fin, esboza una sonrisa. "Sos increíble", ríe.

Le doy un beso suave en la sien. "Gracias." Exhausto, cierro los ojos. Un instante después, lo siento abrazarse a mi pecho. "¿La pasaste bien?

"Sí", susurra. "Sí, la pase bien. Gracias".

"De nada." Con los párpados pesados y el cuerpo dolorido, me rindo al sueño y espero haber hecho lo correcto esta noche. Supongo que lo averiguaré por la mañana.

* * * * *

Ya es mediodía cuando la luz del sol se cuela por las cortinas gastadas y se arrastra por la alfombra para sacarnos de nuestro sueño. Levanto la cabeza para parpadear dormido por la habitación y, un momento después, siento a Marcos agitarse contra mi pecho, su pelo alborotado me hace cosquillas en la cara mientras se retuerce y se estira, murmurando en voz baja. No me atrevo a moverme, como si moverme más pudiera romper el hechizo. Me mira, con los ojos muy abiertos y un poco confundido, y veo cómo rebusca mentalmente en sus recuerdos de los sucesos de anoche y recuerda qué está haciendo aquí. Y lo que yo hago aquí. Y sé cuándo lo recuerda porque empieza a sonrojarse.

"Buenos días", le digo con una sonrisa.

"Buenos días", murmura somnoliento, acurrucándose contra mi pecho.

Nos quedamos tumbados un momento, disfrutando de la sensación del otro, de la intimidad, del calor de otro cuerpo desnudo en el frío aire de la habitación del hostel sin calefacción... pero el momento se arruina cuando golpean con fuerza la puerta de la habitación: "¡Limpieza!", grita una voz áspera. "¡Vamos, a las once tiene que salir!"

"¡La puta madre!" Suspiro fuerte, decidido a no levantarme de la cama.

"¡Salimos en un segundo!" responde Marcos, saltando de la cama y buscando su ropa.

La voz le responde: "Sr. Ginocchio, ¿hay alguien más ahí adentro?".

Sus ojos se abren de par en par, preso del pánico, y yo no puedo evitar sonreír. "¡Eh..... no! ¡Me refería a mí y a mi.... s cosas! Deme cinco".

Hacemos su valija y nos vestimos en un arrebato, mientras escuchamos a la mucama alejarse por el pasillo. Marcos se pone una remera rosa y, para rematar, se pone unas lentes de sol, y yo sonrío. ¡Nunca vi nada más adorable!

"¿Qué?", me dice.

"Nada", le contesto, y le doy un beso suave. Se sonroja.

Dejamos la habitación rápidamente mientras la mucama atiende una habitación vecina, y bajamos las escaleras a toda velocidad, uno al lado del otro. Cuando nos acercamos al vestíbulo, veo al gerente detrás del mostrador y tiro de Marcos hacia el hueco de la escalera. Nos escondemos juntos, riéndonos, hasta que el viejo desaparece en el despacho durante una fracción de segundo, y entonces nos damos a la fuga. Oigo un traqueteo cuando Marcos arroja la llave sobre el escritorio, y un momento después salimos disparados por la puerta principal mientras el director brama e insulta tras nosotros.

El aire frío me golpea la cara como una sábana helada, pero es estimulante. Oigo las risitas de Marcos detrás mío, y le agarro la mano, corriendo por la calle, esquivando el tráfico. Saltamos la pared y llegamos a las vías del tranvía, bajamos las escaleras y llegamos a la playa, hundiendo los pies en la arena húmeda a cada paso. Al atravesar la arena y la salmuera, Marcos suelta un grito de alegría y emoción, y no puedo evitar sentir un cálido resplandor ante el cambio que se produce en él.

Seguimos corriendo, riendo como idiotas, siguiendo la costa. Me suelta la mano y sale volando, sus piernas largas lo llevan rápidamente por la playa. Corremos, damos vueltas, esquivamos y zigzagueamos hasta que nuestros zapatos, medias y una buena parte de nuestros pantalones están empapados de agua de mar. Seguimos descalzos a un ritmo más lento, con las mochilas colgadas de un hombro y los zapatos y medias colgando de la otra mano, chapoteando en el agua fría. Marcos vuelve a estar callado, pero es sólo cuestión de tiempo que surja la inevitable pregunta.

"¿Agu'?"

"¿Sí?

"Estaba pensando... sobre anoche..."

Ya estamos. De verdad que no necesitaba esto. Empiezo a prepararme para los consuelos y disculpas de siempre y las frases cliché para rechazar esas aventuras nocturnas que siempre quieren un poco más.

"Esa grabación."

Ah. Bueno, es justo decir que no me lo esperaba.

"Esto va a sonar estúpido... Ni siquiera había pensado en esto, soy TAN idiota, pero..." Se tambalea, tartamudea un poco y gesticula salvajemente mientras se esfuerza por poner sus pensamientos en palabras. "¿Qué pasaría si... bueno, digamo' – en el mejor de los casos – dentro de diez o veinte años, me hago conocido? Un súper modelo, famoso de aparecer en la tele, ¿no? ¿Qué pasa si alguien... bueno... encuentra eso?"

Suspiro. Pobre santo. ¿Qué respondes a algo así? ¿Que ya es demasiado tarde? Me mira con esos ojos, tan adorables y tan llenos de arrepentimiento y esperanza.

"Nunca lo pensé", continúa. "Ni siquiera consideré la posibilidad. Las consecuencias a largo plazo. Sólo quería pagar esa matrícula".

Se hace el silencio mientras contemplamos el horizonte, y en ese momento me acuerdo de la taquilla del club donde los de filmación guardan todo el equipo y las cintas entre rodaje y rodaje antes de desaparecer para ir a la sala de edición. Tal vez... sólo tal vez... "Bueno, no hay por qué preocuparse por eso ahora", le digo. "Pero nunca se sabe. Capaz, digamos... DESAPAREZCA. Algunas nunca ven la luz del día".

Me mira, un poco perplejo, y luego con admiración anonadada cuando se da cuenta de lo que estoy insinuando.

"Vamos", le digo. "Tenes que subirte al tren".

* * * * *

Llegamos a la estación con veinte minutos de antelación. Intento darle un beso de despedida en la playa, pero se tensa y se aparta, demasiado consciente del montón de gente que se amontona a su alrededor. En lugar de eso, entramos en la estación caminando uno al lado del otro, rozándonos las manos de vez en cuando. Pequeños gestos de intimidad ocultos.

"¿Qué vas a hacer ahora? le pregunto con una cálida sonrisa, metiéndome las manos en los bolsillos.

"No sé", responde, balanceándose contra mí, cómodo y feliz. "Intentar arreglar las cosas. Conseguir una novia, quizá un novio, nunca se sabe. Ver cómo va. Como me dijiste".

Me río entre dientes. "Pregunto por tu carrera, Marcos".

Se sonroja furiosamente. "¡Ah, eso! Bueno... terminar la escuela de modelos, obvio, y despué', no sé, conseguir un representante. Eee... seguramente audicionar para algo. Nunca se sabe. Podría tener suerte".

Rebota al pensarlo, constantemente activo, como si no pudiera estarse quieto. Debe ser divertido trabajar con él. "¿Cuál es el papel de tus sueños?" le pregunto con una sonrisa. "A ver, hace rato dijiste algo de actuar también".

Otra sonrisa y agacha la cabeza, avergonzado. "No puedo decirte".

"¿Por qué no? ¡Decime!"

"No puedo." Me muestra una mirada disimulada y sonríe. "Pero seguramente me verías. Ah, sí", ríe, "si lo tuviera, sabrías".

Y eso es todo lo que me dice. Su tren está a punto de irse. "Bueno, entonces", le digo. "Voy a buscar fotos tuyas en las revistas".

"Sí", responde. "Nunca se sabe".

Y juntando sus cosas, se aleja a grandes pasos por el andén, y yo me doy la vuelta. No le veo subir al tren. No quiero verlo salir de mi vida para siempre. No sé muy bien por qué.

* * * * *

Llego temprano al club. Sólo está el encargado, no hay camareros ni bailarines. Sé que el jefe suele ir directamente a su despacho a tomarse un whisky antes de que empiece la fiesta, y esta información me permite entrar en el club y pasar desapercibido por los pasillos entre bastidores. Me siento como una especie de héroe de acción, aunque suene estúpido, como un Simulador, merodeando así.

Llego a los camerinos y los encuentro vacíos y silenciosos, justo lo que quería. Sé que es estúpido y arriesgado hacer esto. Si me descubren, perderé mi trabajo, pero sinceramente ya no me importa. Sé que soy mejor que esto. He visto el daño que este tipo de lugares puede hacer a una persona, y ya estoy harto. Además, no puedo evitar pensar que le debo algo a Marcos. Si lo que sugirió se hace realidad, no podría soportar ver su carrera hecha trizas por su pasado. Cualquiera que sea el trabajo de sus sueños, se lo merece. Y merece conservarlo.

Me muerdo el labio, saco un clip y una tarjeta bancaria del bolsillo y localizo la taquilla de la empresa cinematográfica. Es la grande del fondo. Siempre es así. Espero que aún no lo hayan trasladado todo a los estudios de edición. Normalmente están aquí al menos un par de días seguidos, así que cruzo los dedos...

Forzo la cerradura como un ladrón. La puerta se abre y respiro aliviado. Todo está ahí. La cámara, los trípodes, las cintas. Agarro la pila de casetes y me fijo en las etiquetas. Algunos espacios en blanco. Un par de nombres que no reconozco. Pero entre ellos está mi premio: "MARCOS GINOCCHIO". Saco la cinta de la funda y me la meto en el bolsillo antes de cambiarla por la cinta en blanco que había traído.

Con el vídeo bien guardado en mi campera, me escapo de nuevo. Vuelvo dentro de media hora o así y me mezclo con el resto del personal. Será como si nunca hubiera estado aquí.

* * * * *

Otra noche, otro ritual de humillación, otros cinco mil pesos de propina por el baile y apenas dos por el bar. El dueño se lleva el 30%, según mi contrato. Seguramente me quedaré con menos de la mitad una vez que haga la compra semanal, así de deprimido me siento. Me cambio en un silencio furioso. Esta noche, un viejo me intentó agarrar y el portero, que debía cuidarme, se quedó riéndose de mí. Estoy tan furioso que no puedo ni mirar al bar. Sólo quiero irme a casa.

Me encojo de hombros, cierro la taquilla y me dirijo a la puerta. Al doblar la esquina, oigo voces elevadas.

"Te digo que estaban todas BIEN cuando las llevé anoche".

"Bueno, obviamente no las revisaste TODAS, ¿verdad?" Alfa. Suena enojado. Parece que se sabe de mi pequeña intervención.

"¡Sí, lo hice! ¡Cada una de ellas! Me harté de mirar porongas, así que lo hice. Y lo juro, todas las grabaciones estaban bien, lo que significa que ALGUIEN estuvo metiéndose con mis cintas".

Tengo que pasar por delante de ellos para irme, pero me imagino que sólo me incriminará si intento pasar a escondidas sin mostrar ALGÚN interés. Me acerco. "¿Todo bien, Walter?" Pregunto, haciéndome el inocente.

El director porno habla en su lugar. "Esperaba que alguien me aclarara por qué una de mis cintas no muestra más que un maldito ruido blanco".

Parezco interesado, de verdad. "¡¿Es joda?! ¿Qué paso? Las guardaste acá, ¿no?". Me acerco, inspeccionando la taquilla como si nunca la hubiese visto antes.

"Sí pibe".

Examino el contenido, que obviamente no cambió desde que abrí el cajón unas horas antes. "Para empezar, mala ahí. No podes meter el micrófono con las cintas. Todos los equipos de sonido son magnéticos. Así se cagan".

El director me mira entrecerrando los ojos. "¿En serio?"

"¡Sí, todo el mundo lo sabe!"

"¡Deberías escuchar a Agustín!", me dice Alfa. "Él está en esa onda de los streamers, lo sabe todo, ¿no, Agus?".

Sonrío lo más sinceramente que puedo y observo con cierto placer cómo el director se pasa los dedos por el pelo y maldice en voz baja. "La puta que me pario", sisea, "ese salteño de mierda era el mejor de todos. De todas las cintas que teníamos, ¿por qué tenía que ser la de él?".

Es hora de excusarme para irme. "Me voy, ¿sí? Siento lo de las grabaciones, acuérdese de lo que dije para la próxima."

"¡Pibe!", suelta el director.

Se me hiela la sangre. ¿Me habrá descubierto? Si me revisan... la cinta está en mi bolsillo. Mi mente corre en busca de una respuesta si se enteran. ¡Concha! ¿Qué hago? Sonrío de nuevo. "Sí, ¿qué?"

"¿Estás en esa onda de influencers, y esas cosas, no?"

"Streamers. ¿Por qué?"

"Mira, soy un cineasta, ¿sí? Tengo gastos que cubrir, así que ¿qué te parecería ganar unos pesos extra y ahorrarme unos cuantos en el proceso?".

Siento que mi sonrisa se convierte en una mueca. "No, gracias".

"Ochenta mil. Dale, ¿qué decís?"

"Dije que no."

"Bueno, noventa. Última oferta. Dale, ¡ya te quitas la ropa para ganarte la vida! ¡Esto no es tan diferente!"

"¡Dije que NO, asqueroso de mierda! " No puedo evitarlo. Es estúpido, lo sé. Y cuando se me acerca, sé que estoy hasta las manos. Me agarra de la campera, a pocos centímetros del casete. Retrocedo por miedo, no a él, ¡porque podría hacerlo mierda! - sino a que me descubra.

"¡Bueno, tranquilo!", la voz de Alfa detiene la marea de agresividad y el director me suelta. "No hace falta. Agus, pedile perdón al hombre".

"¡Perdón!" Escupo. "GRACIAS por su amable propuesta de negocio, pero no creo que sea la dirección adecuada para mi carrera en este momento. No obstante, le deseo la mejor de las suertes en todos sus proyectos futuros y estoy deseando ver su obra maestra, ¡ya que estoy seguro de que será un éxito!"

Mientras escapo, furioso, lo escucho dirigirse a Alfa. "Un enano como ese nunca lograra nada. Es demasiado bajo".

Pero no me importa. La cinta de Marcos sigue pegada a mi pecho. Su secreto, y cualquier futura carrera que pueda hacerse, está a salvo.

* * * * *

De vuelta a mi pequeño apartamento, me desplomo junto a la vieja chimenea de carbón. Enciendo un cigarrillo con la llama de mi encendedor. Me siento agotado. Emocional y físicamente. Doy un trago a la botella de sidra que compré de camino a casa y me quedo mirando las llamas unos instantes. Contemplo. Me relajo. Siento. En el cálido resplandor, dejo que el calor queme toda la rabia y el asco de mi cuerpo. Nunca me había sentido así después del trabajo, ni siquiera aquella primera noche, pero ahora siento que necesito una limpieza. Como si de repente fuera peor. O quizás es que de repente estoy mejor. Como si me valorara una fracción más que hace dos días.

Mi mano cae sobre la cinta que llevo en el bolsillo.

Tiro el cigarrillo al fuego, extraigo la cinta y le doy la vuelta entre las manos. Parece tan inofensiva. Una cajita negra, brillante e insignificante. Sin la funda, no hay nada que la distinga de los millones que hay por ahí.

Sé que debería destruirla. Pero ahora...

Una pequeña chispa de curiosidad se apodera de mí. Creo que ni siquiera es la pornografía lo que me intriga. Es sólo el hecho de que probablemente nunca lo volveré a ver. Bueno, PUEDE que se haga famoso, pero... ¿cuánta gente se hace famosa?

Soy un cínico, ya sé.

Hay un reproductor de cintas de vídeo prestado debajo de mi tele. Solía ser de mis papás. Sin pensarlo mucho, pongo la cinta y aprieto el botón de "play".

La estática de la pantalla parpadea y da paso a la aburrida decoración familiar de nuestra sala de descanso, y veo cómo Marcos se desliza torpemente en la toma, mirando a la cámara y luego a una persona ligeramente a su derecha. "¿Está grabando?", pregunta perplejo.

"Sí... es sólo una breve introducción. Para que puedas, ya sabes... hablarnos un poco de vos". Es la voz del director, con su mejor tono seductor y engreído que le oí hablar con la mayoría de los tipos a los que convenció para que entraran en su negocio mugriento.

Sacude la cabeza un momento, totalmente confundido. "No sé qué decir", murmura, soltando una risa nerviosa.

"Cualquier cosa. Es sólo por un minuto más o menos. Información de fondo, eso es lo que queremos".

Duda de nuevo, mira a la cámara y luego de nuevo al director. "Bueno emm... Soy Marcos, y soy... un estudiante. Estudiante de modelaje. Vivo en Salta..."

"¿Cuántos años tenes, Marcos?"

"Veintidós", responde, con voz mansa y vacilante. Está claro que no tiene ni idea de lo que intentan conseguir.

"Decinos por qué estás acá, Marcos".

Hace una pausa, con la boca abierta y los ojos entrecerrados por la confusión y la inquietud. "Perdón....", suelta, "¿pero creía que esto tenía que ver con la ACTUACIÓN? Soy actor y modelo. ¿A quién le importa mi edad y dónde vivo? ¿Qué tiene eso que ver con...?".

"Puedes 'actuar' todo lo que quieras una vez que empecemos", suspira el director, claramente cansado de su tímida víctima. "Lo que quieras. Sólo... explícame por qué estás acá".

Marcos balbucea un momento. Lo están provocando y él lo sabe. Qué grupo de enfermos. Finalmente murmura su respuesta, mirando al suelo. "Necesito la plata", dice rotundamente. "Estoy en la lona y desesperado, por eso estoy acá". Se pasa una mano por los ojos antes de mirar fijamente a la cámara "Eso es lo que querías escuchar, ¿verdad?".
Se da la vuelta y se muerde el pulgar mientras sus palabras sólo encuentran el silencio, aunque la cámara no lo pierde de vista, vigilando cada uno de sus movimientos. Oigo al director hablar en voz baja con la cámara. "Muy bien. Qué pendejo soberbio. Corta acá y traigamos a...".

Se oye un ruido blanco y después a Marcos posado torpemente en el sofá, con las manos entrelazadas delante de él. Lo pongo en pausa. No quiero seguir viendo. No quiero presenciar la desvirgación del chico dulce con el que compartí cama anoche. Ya vi suficiente en el club. Sólo quiero borrarlo todo de la historia. Para mí, Marcos tenía toda su belleza virginal cuando lo tomé. Sus toqueteos inseguros, sus expresiones con los ojos muy abiertos, su primer beso que fue espantoso. Puede que otra persona hubiera ultrajado su cuerpo por primera vez unas horas antes, pero fui yo quien lo PLACIÓ. Sé que él lo vio así. Vi la expresión de su cara anoche y esta mañana cuando nos separamos. En lo que a nosotros dos respecta, yo fui el primero. Este pequeño incidente de mal gusto en la cinta nunca pasó, porque ahora destruiré la única evidencia que queda.

Mi mano se queda sobre la imagen pausada de su cara. Ese rostro apuesto y dulce que probablemente nunca volveré a ver, a menos, claro, que sus sueños se hagan realidad y termine en la portada de Caras o algo así. Qué bonita ocurrencia. Bonita, pero improbable. Con un suspiro, me pongo en pie y me inclino para besar la imagen de la pantalla. La estática me hace cosquillas en la nariz. Me hace sonreír. Después, su imagen desaparece cuando pulso el botón de apagar. La cinta cae en mi mano. La peso en la palma de mi mano por un breve momento.

Luego la tiro al fuego. Las llamas rugen, consumiendo la cinta dentro del casete en cuestión de segundos. El olor a plástico quemado permanece en el aire mientras la carcasa se derrite lentamente. Enciendo otro cigarrillo para tapar el amargo olor. Sentado y viendo cómo el vídeo se derrumba en un bulto negro fundido, se me ocurre ahora que debería haberle pedido su número. No tengo forma de avisarle que el video ya no existe.

Debería habérselo pedido. Habría sido bonito seguir en contacto. Tendré que estar atento a su nombre de ahora en más, en las revistas, en las redes sociales, en la tele... Marcos Ginocchio. Tal vez un día te encuentre.