Work Text:
Roier perdería la cabeza algún día.
Perdería los últimos retazos de cordura que le quedaban en el seso y lo peor era que lo último que vería antes de sucumbir a la completa locura serían esos ojos oscuros y centelleantes mirándole con aquel brillo vivaracho.
Al principio había sido un simple desliz, se dio cuenta por la forma en que Spreen soltó una risa nerviosa e intentó corregirse enseguida. Seguro que también había sido un mero accidente la segunda vez, quizá incluso la tercera y la cuarta, pero a la quinta Roier ya no estaba tan seguro.
La primera vez había sido en casa de Quackity durante uno de sus encuentros ocasionales. El tipo tenía un montón de licor almacenado y, aunque quizá no fue la decisión más inteligente, empezaron a mezclarlos todos para tomar como si no hubiera mañana. En algún punto a Mariana se le ocurrió jugar al Jenga borracho, que era como el Jenga normal, pero con retos absurdos escritos en cada uno de los bloques de madera; no obstante, todos se rindieron después de que Shadoune ganara tres rondas seguidas.
Spreen también llevó una cámara, que fue un regalo de cumpleaños de sus padres y uno muy caro, e hizo algunas fotos y documentó algunos de los momentos que calificó de históricos durante la noche; como cuando Carre se cayó de la silla al calcular mal dónde estaba o cuando Rivers intentó beberse una jarra cargada de cerveza.
—Amigo, te vas a hacer pija si seguís tomando así —le advirtió Spreen.
Roier sabía que debía de tener razón, porque hacía mucho tiempo que no probaba el alcohol y empezar con tequila tampoco era lo más sensato, pero se limitó a sonreír y lamerse la sal de la mano antes de zamparse el vaso.
—¿Y? ¿Eres culo o culón? —dijo con sorna una vez que chupó la rodaja de limón.
—Estás muy al pedo, hermano, te digo que no tomes tan rápido.
—Ay, pues, pinche metiche, Spreen, a ti que te valga verga cómo tomo, ¿no? —respondió Roier antes de llenarse otro vaso y tomar la sal de la mesa.
Ninguno de sus amigos fue consciente del intercambio de palabras, escuchando a Aldo hablar de algo que le había ocurrido la semana pasada mientras su relato se veía interrumpido por las risas de Rivers entre medias, pero Spreen, que llevaba unos minutos sosteniendo la cámara, la giró hacia él y arqueó una ceja tras ella.
—¿Cómo? A ver, decímelo en la cama si tenés los huevos —le retó, en busca de problemas, pero Roier le lanzó una mirada de sorpresa y Spreen pareció darse cuenta de su error, dejando escapar una risa nerviosa en un instante—. En la cámara.
Roier sintió que se le calentaba la cara, pero se lo tomó a risa también.
—Va que va, te lo digo en la cama, guapo.
La segunda vez fue en medio del bosque.
Los padres de Spreen propusieron llevarlos de acampada el fin de semana. Vegetta, el padre mamado y una divinidad ante los ojos de Roier, no dejaba de insistir a su marido en que deberían haberle hecho caso y haber salido antes de casa, ya que la oscuridad de la noche se cernía sobre ellos y debían asegurarse de estar instalados antes de que oscureciera por completo. Rubius, el otro padre, se limitó a lanzar una mirada divertida a todos los jóvenes y guio a su marido para que encendieran el fuego.
Se habían repartido el resto de las tareas, de modo que Mariana y Aldo se encargaban de montar la tienda de campaña donde dormirían los cuatro, y Spreen y él se ocupaban de la tienda donde pasarían la noche sus padres. Roier nunca había montado una tienda en su vida, así que procuró leer las instrucciones con calma antes de ponerse manos a la obra, pero Spreen tenía otros planes y se lanzó de cabeza a sacar todas las piezas a la vez.
—¿Qué hacés ahí parado, wacho? Agarrame el palo —le llamó el chico.
Roier bajó el libro de instrucciones y allí estaba de nuevo, esa sensación de que se le calentaban las orejas y se le aceleraba el corazón como si estuviera corriendo una maratón a toda velocidad. Pero Spreen esta vez ni siquiera pareció darse cuenta de cómo había sonado lo que había dicho, pues estaba demasiado concentrado en montar la tienda antes de que el sol los abandonara por hoy.
—Ay, papi, ¿no me llevas a una cita primero? —bromeó Roier con voz melosa, porque lo interpretaría como lo que era: un malentendido para reírse.
Y entonces Spreen cayó en la cuenta y volvió a soltar una suave carcajada, sacudiendo la cabeza antes de volverse para continuar su tarea.
—Dejá de boludear y vení a ayudarme, capo.
—Ya fue, pendejo —Roier caminó junto a Spreen y le dio un codazo—, ¿es neta que no me dirás por qué te quedaste despierto hasta tan tarde anoche?
—Ni en pedo —respondió—, así que dejá de romper las bolas, ¿querés?
Fue entonces cuando ocurrió la tercera vez. Spreen le había confesado que, aunque sus horarios de sueño por lo general eran «una poronga», la noche anterior se había ido a dormir casi a las ocho de la mañana porque algo le había impedido conciliar el sueño. Pero se rehusó a revelar el porqué.
—Ay, sí, te crees muy acá, ¿no? Haciéndote el misterioso y todo ese pedo —dijo Roier con los brazos cruzados y una mirada poco impresionada—. No, pues, vete a la chingada, Spreen. Me vale madre, al cabo que ni quería saber.
—Flaco, no me seas así.
Para su asombro, la voz de Spreen se suavizó de improviso y el wey se puso delante de él para agarrarle del brazo e impedir que siguiera caminando.
—¿Así cómo? —Roier resopló como un niño pequeño.
—¡Así! —Tenía la barbilla levantada y seguía sin desenlazar los brazos, por lo que el oso híbrido lo señaló de pies a cabeza y suspiró al darse cuenta de que seguía enfurruñado.
»Bien, escuchame, lo que sí que te puedo tocar… Uy, tocar —continuó, riendo una vez más con aquella risa nerviosa que pilló desprevenido a Roier y le hizo olvidar que estaba enfadado—. Lo que sí te puedo contar es que acabé viendo una película que está zarpada. Un estreno, boludo.
Roier frunció las cejas y todavía con los brazos cruzados, preguntó:
—¿Apoco sí, Tilín? A ver, ya me diste curiosidad. ¿Cuál viste?
—«Cars».
No pudo evitar la risa y le dio un golpe amistoso en el brazo al argentino.
—Ay, ¡qué culero!
Spreen esbozó una sonrisa y le miró de un modo que hizo que a Roier le temblaran las piernas. Pensó que sus ojos parecían un cielo nocturno plagado de estrellas: tan oscuros, brillantes y vivos que podría perderse en ellos durante horas; y llegó a la conclusión de que soportaría todos los infartos que las frases accidentalmente subidas de tono de Spreen pudieran provocarle si eso significaba ver aquella sonrisa en sus labios.
Dio gracias a Dios de que Mariana no estuviera allí para verle ahora mismo, porque seguro que se burlaría de él por lo enculadísimo que estaba.
La cuarta vez ocurrió después de que Roier pidiera a Spreen ver las fotos que había hecho con su cámara.
El chico actuó de forma extraña en cuanto escuchó la petición, negándose de la misma forma que se había negado a contarle la verdadera causa de su insomnio mientras forcejeaban para apoderarse de la pinche cámara.
—¡Qué necio que sos, wacho! —Spreen gruñó y jaló con más fuerza.
Pero el comportamiento inquieto del mayor solo despertó más su curiosidad.
—¡Al menos dime por qué no quieres que vea las fotos, baboso!
—¿Pero andás otra vez con eso? ¡Era re-intenso, loco!
Spreen estaba encima de él y, si no tenía cuidado, la camisa azul del mayor le asfixiaría en los intentos de quitarle la cámara de las manos. Al cabo de unos segundos empezó a gritarle a Spreen que se calmara y que le devolvería el aparato, pero el chico parecía tan empeñado en arrebatárselo que se le cayó de las manos al suelo con un sonoro estruendo.
—¡Ay, cabrón!
Sin cambiar de posición, ambos giraron la cabeza para presenciar cómo la pantalla se oscurecía por completo y Roier observó cómo el oso híbrido descendía desde encima de él para alcanzar la cámara. En cuestión de segundos, pulsó varias veces el botón de encendido, pero sus ojos se encontraron con los de él cuando no surtió efecto.
Spreen le miró con claras intenciones asesinas y Roier dejó escapar una risita nerviosa, enderezándose en la silla y rascándose el brazo.
—Híjole, ¿así nomás ya no quiso funcionar la cámara?
Era como ver un volcán a punto de entrar en erupción.
—¡Sos un pelotudo! —espetó el chico, y solo empeoró a partir de ahí—. ¡Un sorete mal cagado! ¡Trolo de mierda chupa pijas! Escuchame una cosa, pedazo de hijo de las remil putas y la recalcada concha de tu renegrida puta madre, esta cámara les costó un ojo de la cara a mis viejos, ¿oíste?
—Simón, oí, pero bájale de huevos, papi —dijo, con una sonrisa inquieta que pretendía apaciguar al mayor.
No pareció dar resultados positivos.
—¡Cerrá el orto, hijo de una camionada de porongas! —Spreen dejó la cámara en la mesa junto a ellos para agarrarle por el cuello de la camisa y acercarle a él—. ¿Cómo podés andar tan tranquilo? ¡Te juro que te mamo, hijo de puta!
Así, el momento de tensión pareció desvanecerse entre ellos y Roier luchó contra el impulso de reírse en su cara.
—¿Cómo? —preguntó y el agarre de Spreen pareció flaquear.
—Que- Que te mato.
Puede que Roier tuviera el instinto de supervivencia en el culo, porque después de eso sí se echó a reír delante de su cara y el chico liberó su agarre y desvió la mirada con las mejillas coloradas. Roier no viviría para contarlo.
—¿Seguro que no funciona? Déjame echar un ojo.
Agarró la cámara y tocó el botón de encendido, y como si fuera un milagro, la pantalla se cargó y pareció marchar a la perfección. Roier levantó la barbilla para encontrarse con los ojos morados del muchacho.
Como si Spreen no estuviera lo bastante abochornado, el chico no le miró a los ojos, se limitó a agarrar la cámara con manos apresuradas y salió de la habitación. Roier parpadeó, estupefacto por la actitud del joven, pero pensó que al menos esta vez no era él el más avergonzado por la situación.
También se alegró de no tener que vender sus riñones para pagar la cámara.
No fue sino hasta unas semanas después que se volvieron a ver.
Su grupo de amigos había decidido que sería buena idea reunirse el viernes para comer unas carnitas asadas, así que estaban en la terraza de la casa de Missa con música de fondo y varias conversaciones a la vez.
Por supuesto, llenaron el refri de chelas y pasaron la velada de cháchara y bebidas en la terraza. Roier se aseguró de no volverse demasiado loco con el alcohol, porque la última vez se había despertado con una cruda que no le desearía a nadie y no le apetecía volver a pasar por eso. Tras terminar la segunda, fue a la cocina a por otra y, cuando se dio la vuelta, vio a Spreen entrar en la habitación y cerrar la puerta tras de sí.
—¿Qué onda, Spreen?
Roier se apoyó en la encimera de la cocina con una sonrisa en los labios y observó cómo el chico sacaba también una botella de cerveza.
—¿Qué contás, capo? —Spreen le devolvió el saludo con despreocupación.
Se mordió el interior de la mejilla, pero se encogió de hombros y contestó:
—La neta no tengo mucho que contar, ¿y tú?
—Tampoco —dijo sin más, abriendo su botella con el destapador.
Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos, bebiendo sus cervezas y de pie en la cocina. Roier se moría de ganas de preguntarle si todo iba bien, si las cosas entre ellos se habían arreglado, pero no estaba seguro de cómo abordar el tema o incluso de si debía abordarlo en primer lugar, así que la incertidumbre aumentaba la incomodidad.
Pero como cuando la tienda, Spreen se lanzó de cabeza.
—Che, perdón por gritarte la última vez e irme sin despedirme.
Roier carraspeó para aparentar calma ante el oso híbrido.
—No hay pedo. Son tus cosas, así que siento no haber respetado tu privacidad —le dijo, lo que les devolvió a un momento de silencio, salvo que éste estaba lleno de una sensación más ligera en su pecho.
»Ahora solo tengo unas perras ganas de comerme unas carnitas, ¿sí o no? —prosiguió Roier en un esfuerzo por no perder el hilo de la conversación.
—¿Y no querés probar la carne argentina?
Algo en la voz de Spreen hizo que el cerebro de Roier dejara de funcionar, sosteniendo la botella de cerveza a escasos centímetros de sus labios con cara de desconcierto. Aquella sería la quinta vez y Roier no podía soportarlo más.
—Spreen, de veras que tienes que parar con las frases de doble sentido.
El cabrón enarcó una ceja con una mirada maliciosa y sonrió.
—¿Y qué pasa si no?
—Pues, que... que si no paras, tiro todo a la verga y te beso, wey —dijo como si fuera una amenaza.
La sonrisa de Spreen se ensanchó y, sin previo aviso, se inclinó hacia delante y le besó. Ocurrió tan de repente que Roier apenas tuvo tiempo de reaccionar. Y tenía razón, porque lo último que vio antes de caer en la locura fueron sus ojos oscuros y brillantes mirándole con picardía. Y la locura se sintió fría, los labios de Spreen le sabían a cerveza, pero su pecho parecía un sol en sí mismo. Sentía que todo su cuerpo ardía.
El argentino se humedeció los labios una vez que se separaron, y sintió como si sus rodillas fueran a ceder en cualquier momento, pero entonces el otro le sonrió divertido y recuperó su cerveza. Roier se limitó a mirarle mientras le dejaba, saludando a alguien fuera de la cocina conforme se dirigía a la terraza. A los pocos segundos descubrió que había sido a Mariana.
—¿Todo bien, mien? — Su amigo le miró extrañado en cuanto cruzó el umbral de la puerta y se acercó para tocarle la frente con la mano—. No parece que tengas fiebre, pero estás como un jitomate.
Roier se enderezó y alejó la mano de su rostro con una mueca.
—No manches, Mariana, la regaste, pero un buen, cabrón.
—¿Qué? —Mariana se apartó y le miró desconcertado—. ¿Y ahora qué hice?
Roier tan solo negó con la cabeza, dio otro sorbo a su cerveza y salió de la cocina con una sensación de quemazón en el pecho. De ninguna manera iba a decirle que ahora le apetecía comer carne argentina.
